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El Rincón del Diablo

Paul a las doce y media de la noche en punto

Paul a las doce y media de la noche en punto

 

Por:  AntonioCapurro

E-Mail: toniuz@yahoo.com


                  Paul a las doce y media de la noche en punto está desnudo sobre la enorme cama esperando ansiosamente los fuertes brazos de Sebastián, como todos los sábadosy domingos en que pueden amarse sin deberle explicaciones a nada: ni Paul a su familia, ni Sebastián a su prestigio.

         Hace seis meses exactos, Paul y Sebastián se citan religiosamente en el mismo hotel, en el mismo piso y en la misma habitación. Paul, el estudio; Sebastián, los negocios. Paul, la juventud, Sebastián, la madurez. Paul, el peligro, Sebastián, la cautela. Paul con las ganas de quitarse el antifaz, Sebastián con sus dudas respecto a dar un importante paso en su vida.

         Esta noche la puntualidad de Sebastián acumula su primer punto encontra. Paul en la semioscuridad de la habitación piensa en la repentina demora. Quiere ser positivo; así que hace de cuenta que algo muy importante en el trabajo ha retenido a Sebastián. El teléfono no suena, el celular tampoco. A esas horas y en ese momento una llamada puede hacer la diferencia, la gran diferencia.

         En lugar de comerse las uñas, Paul deja la suavidad del colchón y va directo al baño. Metido en la ducha permite que el chorro de la regadera cumpla un total efecto relajador bajo su nuca. Permanece así por más de cinco minutos, es la segunda vez que se ducha en el mismo día; luego prosigue su limpieza corporal y sale más higiénico que nunca.

         Por estos días Paul mantiene largos sus ensortijados cabellos castaños, casi hasta el cuello, como le gusta a Sebastián que lo ve sexy; aunque él no comparta la misma idea. Los mojados rizos caen sobre sus ojos cegándole brevemente la visión, con una mano los lleva hacia atrás y con la otra palpa en el colgador de la pared tratando de hallar el albornoz, pero no encuentra nada, tampoco ninguna toalla para atar a su cintura. Cuando pisa la fría losa en lugar del tapiz, sus húmedos pies casi le hace resbalar e irritado espeta: "Mierda, nada está en su correcto sitio".

         No se ha colocado nada sobre la piel después de secarse, excepto desodorante y perfume. Mirándose en el espejo que refleja la totalidad de su  cuerpo, centra su atención en el vello púbico que desde su pecho crece desperdigamente hasta formar un frondoso bosque sobre la base del pene. Acaricia su sexo deseando encontrar entre sus dedos las manos de Sebastián, esas manos de hombre hábil, diestro y experto que sabe perfectamente tocar en la zona precisa. Paul permanece un rato más en el espejo pensando en cuanto tiempo podrándurar de esa manera, a hurtadillas, teniendo que ocultarse de todo el mundo comosi fueran unos vulgares ladrones que huyen por haber cometido el pecado de robar el amor para ellos.

         Será una larga noche de espera para Paul, una noche que no cree poder resistir; aunque la suite sea la más lujosa y tenga alrededor mil comodidades para disfrutarlas él solo. Puede llamar a Sebastián, pero prefiere no darle una chance de explicación, no quiere oír lo mismo de siempre, no quiere entender sus disculpas de hombre súper ocupado. "Tú sabes querido Paul, losnegocios son los negocios, en la agenda hay citas ineludibles compromisos ya pactados que no dan espacio a postergaciones. Es así, cariño, que le hago pues. Ya tendremos el sábado y el domingo para nosotros, entre semana me es muy difícil. Entiéndeme, por favor, Paul". Sebastián y sus argumentos, Sebastián y el qué dirán, Sebastián y su temor a decir que ama a otro hombre.

          La televisión me aburre pese a que haya un montón de canales para escoger en el cable, pero de qué me sirve el jacuzzi, el champagne, la cama, mi cuerpo que desea amarte si tú no vienes. No, Sebastián, esta noche de sábado no voy a quedarme colgado frente a una pantalla de no sé cuántas pulgadas ni mirando el reloj cada cinco minutos  ni dando vueltas de aquí para allá como un impenitente sonámbulo. Esta noche voy a salir a la calle a dejar que mi libido satisfaga sus instintos, y que el deseo aflore libremente. No soy ni un puto ni un flete sólo un gay cuyo hombre todavía no abre la puerta de verdad para dormir junto a mí, para ser el que es, para mostrar sus emociones a plenitud.

         Me pregunto Sebastián ¿hasta  cuándo representarás ese papel de soltero codiciado que estás empeñado en actuar,según me dijiste, desde hace muchos años para tu familia, tus amigos y tus negocios? Sé que no puedo exigirte demasiado, pero tú sabes que yo estoy dispuesto a dejar las apariencias y las medias voces con tal de poder compartir junto a ti más que un sábado y un domingo en este maravilloso hotel cinco estrellas. Mucho más que un fin de semana fuera  de la ciudad, una noche en el asiento trasero de tu carro frente al mar o los encuentros en una discoteca de ambiente.

         Quizá esté pidiendo demasiado, quizá estoy tratando de navegar contra la corriente cuando soy consciente que nada será como yo lo imagino. Nunca pensé que iba a enamorarme de esta manera y de un tipo que me lleva quince años por delante. En realidad la edad no me interesa, pero de repente eso nos aleja a pesar de que yo he aprendido de ti y tú de mí. Sé como has gozado de mis locuras y arrebatos sintiéndote a tus cuarenta todo un jovencito desbocado, mientras yo he descubierto la serenidad y la sabiduría de tus experimentados años.

         Podríamos ser el equilibrio que andábamos buscando, un complemento el uno para el otro. Sin embargo, nada es perfecto, hay cosas difíciles de comprender y de aceptar hasta en uno mismo que anda cuidándose de no exponer lo que lleva adentro manteniendo el viejo disfraz del correctísimo heterosexual al que nadie cuestiona ni pone en entredicho. Y en este hoyo estamos los dos, Sebastián, cada cual con su propia historia, con sus propios miedos y angustias. Y hasta con su propio karma.

         De  nuevo frente al espejo pero esta vez con ropa, no la misma que vestía al entrar hotel, verificar la reservación y pedir la llave, sino una más informal; aunque elegante, algo pegada al cuerpo y atractiva. Paul termina de arreglarse y lo hace introduciendo en sus pies las botas de cuero negro. Ahora sólo falta colocar en su muñeca el bonito reloj que Sebastián le regaló en su cumpleaños número veintiséis con las iniciales de ambos grabadas en la parte posterior acompañado de un forever love. Tiene dudas si escribirle o no unas cuantas líneas antes de salir por allí a vagabundear con rumbo desconocido. Piensa mojando sus labios en lo qué pondrá en la nota y en lo qué le dirá a Sebastián cuando quiera saber el motivo de su actitud.

         En su mochila ya tiene dispuestas sus cosas, lo que no decide aún es cómo diablos hará, si es mejor salir y volver más tarde o, por el contrario, dejarlo plantado del todo y olvidarse del problema que lo tiene jodido interiormente como la aquella vez en que escuchó a uno de sus amigos insultar a un travesti que pasaba por su recorrido: "Maricones de mierda, ¿por qué no se van a putear por otro lado?". Aquella vez Paul se quedó paralizado en el interior del carro pensando en esa actitud homofóbica, afortunadamente ninguno volteó a mirarlo tan entretenido como estaban por fastidiar a las postizas chicas de breves faldas y zapatos de plataforma meneando sus cuerpos trasnochados. "No será que también les gustaría estar con ella para saber cómo es el asunto", se dijo cuando ya el auto abandonaba la avenida de las prostitutas. "Si supieran que su velludo, vozarrón y varonil pata es un homosexual encubierto, un gay asolapado?, ¿me golpearían?, ¿Cuál sería su reacción inmediata? La verdad es una pérdida de tiempo salir con unos tipos que odian y discriminan a la gente como yo, debo dejarlos de ver, alejarme calladamente hasta que se olviden de mi existencia. Nunca me sentí tranquilo en este insignificante grupo universitario", sentenció Paul en su mente justo cuando el carro lo dejó en la puerta de su casa a la medianoche y él entró corriendo para hablar por teléfono con Sebastián, como lo venía haciendo desde hacía unos días atrás.

          Fue una noche de ambiente cuando lo conocí, yo estaba súper aburrido bebiendo en la barra de la discoteca, me habían plantado y no deseaba conversar con nadie. Tenía un humor de perros, tomando mi trago de pisco sour de rato en rato lanzaba una ojeada a mi  alrededor para desanimar a tiempo cualquier inesperado lance. Y de repente levanté mis ojos; que miraban a mis manos jugar con una pequeña tarjeta del local, cuando en el espejo de la barra me percaté de tu presencia. Observabas con profunda intensidad en mí, eso me perturbó un poco, tanto que me olvidé del enojo y de todo lo demás.

         Y permití tu osada actitud, a los cinco minutos de aquel intenso intercambio de miradas pedías ya dos tragos más, al menos no iba a perderme una noche de sábado por un estúpido desplante. Resuelto a pasarla bien, acepté con sumo agrado y placer sostener una entretenida charla contigo, se notaba que eras un hombre maduro, lo que me atrajo desde el inicio. No eras uno más de aquellos tíos con las manos sudorosas que salen a cazar adolescentes inexpertos o jovencitos apetitosos, no buscabas una aventura casual; aunque tu acercamiento anterior te declarase culpable. Siempre habían sido chicos de mi edad y nunca hombres mayores los que se habían fijado en mí, y yo en ellos.

         Esa primera noche no pasó nada físico entre ambos, sólo conversaron casi tres horas continuas en una café miraflorino donde las revelaciones emergieron de forma natural. Sebastián tenía su historia y Paul la suya, en cierto modo casi parecidas casi entroncadas por el temprano descubrimiento de un deseo diferente, con la fachada para evitar rumores, las relaciones furtivas, el máximo cuidado en la vida íntima sacrificada y condenada a permanecer bajo un telón oscuro.

         Hubo una mutua atracción, al principio Sebastián creyó que junto a Paul no podría llegar a una relación más larga y duradera, pero se equivocó tanto como él. Sebastián era totalmente distinto a lo que Paul había conocido hasta ese momento, ambos se estaban cansando y aburriendo de tantas noches efímeras y tantas insignificantes aventuras, de revolcarse con un hombre en la cama y no tener nada que decir al día siguiente.

         Cuando  Sebastián se despidió en la puerta de la casa de Paul, ya no tenía esa mirada devoradora y penetrante, sino una serena tranquilidad que emanaban de sus ojos produciendo en él una gran calidez. Paul flotaba dejándose llevar por esa tierna sensación que guardó hasta tirarse a dormir desnudo bajo sus sábanas. Después de aquella vez no volvió a saber nada de él casi por una semana, ninguno tenía el número telefónico del otro ni tampoco conocían sus apellidos; aunque Sebastián sabía donde ubicarlo. Paul tenía grabado en la mente sus gestos al detalle y en sus sueños los hombres llevaban el rostro y el cuerpo aún inexplorado de Sebastián.

         Desde el día en que Paul regresó cerca de las doce y media de la noche en punto luego de terminar un trabajo en la universidad y Sebastián lo esperaba a una cuadra de su casa fumando un cigarrillo apeado fuera del carro no dudó ni un minuto en ir con él adonde quisiera para ser el Paul enamorado que deseaba entregarse con el corazón y el cuerpo dispuesto dar y a compartir como nunca antes lo hizo con ningún otro.

          Fuiste mío y fui tuyo, hasta hoy que bajo por el ascensor donde la primera vez que subimos al octavo piso yo te quité los lentes y la corbata, luego lo demás en la habitación. Veo los números, del número ocho desciendo al uno, llego a la recepción y cruzo el inmenso portal de vidrio donde está el botones que no deja de sonreír y me saluda muy cortésmente. Al mirar a la calle tengo una sensación extraña, no sé por dónde ir no sé cuál dirección tomar, en la lista de teléfonos que llevo dentro de mi billetera sobra a quien llamar para darse un vacilón y dejar a un lado la incertidumbre de tu llegada, Sebastián. ¿Cuánto tiempo más voy a ser tu Paul a las doce y media de la noche en punto?, ¿es necesario que me haga esta pregunta? Mi reloj señala las tres de la madrugada, las luces de la ciudad me atraen poderosamente, voy a tomar un taxi para salir de aquí.

 

El Graffiti

El Graffiti

 

 

Habría sido ese gesto afeminado que soltaba espontáneamente en el aula, cuando aún era un jovencito floreciente intentando concluir la secundaria, el que había progresivamente transformado, a Luís de La Puente Armado en "Lucha", o había sido la curiosa experiencia casi providencial de haber leído aquel violento graffiti en el baño de un deprimente mercadillo de su natal Chimbote, que decía: "La pinga debe ser rica lo que pasa es que no lo hemos probado" firma, Iván.

    Lo cierto es, que la verdadera razón de su equivocada inclinación sexual, provenía como un cosquilleo juguetón, gradualmente desde su infancia, y aquellas frases como: "Profesor quiero dar examen oral, porque me gusta el oral" encubierto en un claro doble sentido, más su tono casi morboso, era el indicio que en el cuerpo y en el alma del alumno De La Puente Armado, se estaba gestando una verdadera hembra, porque de Armado no tenía ni la esperanza ansiada de aquellas bellas mujercitas que insinuantes se le acercaban, atraídas por su rostro blanco y definitivamente bien parecido.

    Lucha entró en aquel salón abrumada por las luces multicolores que chispeaban su rostro, obstaculizándolo observar a  tanta gente que como estatuas engastadas de luces permanecían inamovibles. Avanzó hacia el centro, y dudó en continuar, pero una voz familiar que brotó desde la barra anunciando su llegada, la hizo continuar, y se dirigió hacia aquel espacio abarrotado de botellas, más iluminado, descubriendo con mayor claridad su albo rostro exagerado por el maquillaje, sus labios púrpuras como luces encendidas, sus cejas negras y oblicuas como un definitivo trazo de carbón,  y esos falsos párpados arqueadísimos que la hacía más mujer. Un hombre joven, un tanto moreno, dejó su copa en la mesa y se apartó de la barra para interceptar su llegada con un abrazo emotivo y torpe, dándole además un besó en la aguda línea donde terminaban sus labios, sus toscas manos de hombre curtido recorrieron rápidamente su espalda semidesnuda hasta impregnarse en esas nalgas voluminosas haciéndola estremecer. Luego de susurrarle unas frases al oído, la hizo sentar al lado suyo añadiéndole finalmente una sonrisa de complicidad.

     Afuera, la garúa de aquel duro invierno había ahuyentado  a mucha gente, sólo algunos menesterosos recorrían la calle sucia en busca de algunos trastos. La fachada de aquel antro clamoroso, sucio y deprimente, contrastaba con el anuncio luminoso y  acogedor. En el interior, en esa vorágine de hombres embriagados amasando senos y nalgas ardientes, encubiertos por una luz tenue, Lucha continuaba disfrutando de los tragos y el placer indescriptible que le producía, al sentir que un hombre rudo la trataba como una verdadera dama. La noche  había despojado su traje negro y misterioso, y  el alba con su piel blanca, asomaba afuera. Lucha extrajo del bolsillo de su ceñido jeans focalizado, un pequeño celular que su padre le había obsequiado con la finalidad de no reprobar el año, presionó una tecla, y la luz de la diminuta pantalla le permitió ver la hora: - "Tres y cuarenta y cinco de la madrugada, mierda sólo me dieron permiso hasta las doce"- se dijo para sí, muy preocupada. Alguien entendiendo su intención, la conminó a quedarse, pero aquel hombre moreno de quien, por impulso casi natural, dependía en ese momento, la llevó nuevamente a la pista. Bailaban muy apretujados, y ella aprovechó para solicitarle al oído con esa voz afeminadamente dulce, que la llevara a su casa, al tiempo que sus ralos cabellos envolvían la cara del hombre permitiéndole aspirar un penetrante perfume de mujer, y algo se abultó entre sus piernas, y él apretándola más le dijo que la llevaría de inmediato, pero antes le planteó una condición evidente, a la que ella entre asustada y curiosa recordando aquel graffiti accedió.

   Ambos salieron del salón en un descuido, tomados de la mano afuera recibieron la ascendente claridad de la madrugada, aun caían  algunas gotas casi impalpables. Caminaron unos metros y abordaron un taxi. La música suave, cargada de sentimiento, que salía del autoradio hizo que sus cuerpos se juntaran, él aprovechó para deslizar su mano derecha por sobre sus hombros para acercar su rostro, mientras que con la otra mano le frotaba delicadamente los senos, se miraron ambos con los ojos iluminados, ansiosos se besaron con esos labios devoradores que ambos habían reservado para ese momento. Al taxista, esos movimientos sinuosos y frenéticos, que alcanzaba  ver a  través del retrovisor, no le inquietaba en lo mínimo, había sido testigo de cosas  mayores o peores.

     El taxi se estacionó al frente de un modesto hotel, cercano al barrio donde vivía Lucha. Ella envuelta aun en ese vértigo de excitación, bajó confundida. El hombre pagó al taxista, luego entraron al hotel.- "Número 15" - ella leyó el número, escrito con plumón grueso en una puerta semiabierta  claramente deteriorada; empujaron y un tenue olor a semen aspiraron ambos,- "Puta, que no somos los únicos"- murmuró el hombre y se tendió en la cama que crujió como si se rompiera. Lucha se volcó suavemente encima y buscó sus labios para besarlo con esa pasión furiosa con que había aprendido a besar hace unas horas, luego le desabotonó la camisa blanca perfumada, le besó el pecho imberbe pero inflamado y duro, lo liberó de la camisa y desesperada le abrió la bragueta para extraer aquel miembro enardecido y palpitante; lo frotó con sus delicadas manos logrando elevarlo mas, luego aquellos labios encendidos se apoderaron de aquella protuberancia rosada que lo disfrutó como una fruta deliciosa.

     El hombre que se dejaba manipular por los juegos inexpertos de Lucha, experimentaba una exaltación poderosa insostenible, entonces se levantó rápidamente y empezó a desvestirla, extrayéndole con violencia la diminuta blusa, al tiempo que su boca buscaba esos senos perlinos para succionarlos hasta casi morderlos, y en un mágico convencimiento logró que ella misma se bajase los pantalones, y con una vuelta de ballet logró poner a disposición ese prominente trasero, sonrosado, húmedo, hirviendo de lujuria, dispuesto a ser embestido por ese enhiesto y flameante miembro que blandía desesperado, esperando introducirse en esa misteriosa cueva a la que jubiloso y triunfante descubriría por vez primera. La tomó de la cintura dispuesto a empalarla, pero un dolor acompañado de un quejido lo detuvo, ella le solicito que fuera mas leve, que era la primera vez, y que untara aquella herramienta con algo suave, resbaloso. El estaba desprevenido, pero ardiendo de deseo, su cuerpo se calentaba más, la sangre le latía incesantemente hasta casi explotar las venas, de pronto aquel miembro enrojecido y duro, que esperaba ser empotrado, se cubrió de un líquido salivoso y después de poco esfuerzo desolló esa cueva virgen, abriendo el camino que señalaba la ruta donde ingresaría toda la masculinidad del mundo. Un dolor placentero invadió a Lucha, que hundido el rostro en la almohada, disfrutaba proporcionándole leves movimientos a su hombre, mientras éste embestía cada vez con mayor fuerza, amasando al mismo tiempo aquellos blancos senos, pero no de mármol ni de marfil, como en un poema sobre Dalí que había leído, sino llenos de siliconas, tampoco las nalgas le parecían naturales, como las que el propio pintor empalaba a sendas mujeres al filo del abismo, tampoco en eso se parecía, porque era sólo un poema, ahora era todo real, porque él seguía montando esa loca humanidad, trastocada por la naturaleza. Una potra  blanca que se hizo para él, y loco, con los ojos casi desorbitados seguía jadeando, hasta que en un impulso final expulsó en esa ajustada cueva su líquido viscoso cual ardiente lava quemándole las entrañas hasta dejarla bajo el agotamiento. Ambos quedaron abatidos, mientras de aquella cueva dulcemente  profanada, algunas manchas de sangre  resbalaban por entre esas nalgas blandas y desgarradas, en tanto Lucha veía con un rictus de felicidad, aquel capullo manchado con algo suyo, iluminado de rojo como un semáforo en peligro.

Teófilo Villacorta Cahuide 

 

La “Dulce” Perversión

La “Dulce” Perversión

 

Definitivamente, esta sección no pudo ser mejor inaugurada que con los cuadros de Balthus, pintor francés que se caracterizó por la elaboración de su estilo y los escabrosos temas que formaban parte de toda su obra, y que se vincula con la temática que en esta oportunidad trataremos: la pedofilia, tema que por su misma naturaleza aún es motivo no sólo de análisis profundo y preocupación social, sino también de tratamiento literario, desde enfoques y estilos diversos.

Obviamente, temas como estos abordados en la Literatura siempre arrancarán prejuiciosos rumores o gritos de escándalo. No es para menos, puesto que en los últimos años, los rostros pederastas han aumentado de manera abrupta. Sin duda, este sería un tema para tratarlo con pinzas.

Como las veces anteriores, una vez más recalcamos que esta sección no pretende una apología, y mucho menos la tácita incitación a la violencia, como varios de nuestros lectores ya creen encontrar entre los posts y trabajos creativos en cada edición mensual. Una vez más se recalca que nuestro trabajo consiste en mostrar, literariamente, un determinado tema, oscuro por lo general, ligado directamente a la denominación de este blog. Así, no sólo se ha investigado y recopilado material de análisis y comentario sobre obras vinculadas a la pedofilia, tema de esta sección, sino también material creativo, y que esta vez incluye, como se mencionó en un inicio, los óleos de Balthazar Klossowski (Balthus), de un fuerte matiz y orientación artística fuera de lo común. A lo largo de toda esta edición, los cuadros de Balthus acompañarán los trabajos aquí publicados (a excepción de algunos posts), dándole una distinta modalidad a nuestra presentación. 

Como verán, los ensayos y artículos incluidos se orientan al análisis minucioso de obras literarias que han tratado la pedofilia, desde perspectivas distintas, sea desde la posición de la víctima o del victimario, aunque esta visión varíe según el autor y las tonalidades de su obra. Si bien esta temática plasmada en su producción suele ser muy delicada y herir susceptibilidades, no está exenta de recursos estilísticos y un tratamiento íntegramente literario.

De esta manera, una obra tan conocida y reconocible cuando se habla de este tipo de temas es Lolita de Vladimir Nabokov, retrato inquietante de la psicología de un pederasta y su romance con una pequeña niña de 12 años. Por tanto, en esta sección se presenta, a manera de estudio ensayístico, el análisis hecho por John Ray en el prólogo para la edición de esta novela, además de una selección de sus primeros capítulos. Igualmente, se ha seleccionado los dos primeros capítulos de la novela Luna Caliente de Mempo Giardinelli, que con un estilo similar al de Nabokov en Lolita, describe los bajos deseos de un hombre mayor, Ramiro, por una muchacha púber de 13 años durante su estadía en la casa de un forense amigo suyo.

Se han incluido, asimismo, los trabajos creativos de jóvenes poetas y narradores sobre el tema en mención, plasmándolo desde un punto de vista personal, sin dejar de lado su labor estética.

La denominación de esta sección, La "Dulce" Perversión no se trata de una apología ni mucho menos una provocación a los lectores. Tomando en cuenta que el término "dulce" figura justamente entre comillas y se trata mas bien de un rasgo irónico con relación a los pederastas y su particular perversión.

En algún momento llegamos a leer en un ensayo que "el pedófilo no ama a los niños, muy al contrario, los odia porque odia su inocencia y lo que más desea es verla destruida". Pensando en eso hemos considerado que esta desviación de carácter psicológico y, más que eso,  psiquiátrico, fija su oscuro ojo en la ingenuidad de un ser indefenso.

No incitamos para nada este mal en nuestros lectores; al contrario, mostramos el reflejo de una sociedad que origina este tipo de males a través de los ojos de diversos autores, para que los conozcan y asimilen, porque la Literatura es eso: mero reflejo de la sociedad, y los textos aquí presentados lo son de alguna forma. El inquietante reflejo de una perversión general.

Como dice Nabokov: "Señoras y señores del jurado, la prueba número uno es lo que los serafines, los errados, simples y noblemente alados serafines envidiaron. Mirad esta maraña de espinas".

 

Di@bòliko

DIRECTOR OFICIAL DE ESTE INFERNÁCULO

 

Vladimir Nabokov - Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas...

Vladimir Nabokov - Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas...

 

PRÓLOGO DE LA EDICIÓN

 

Lolita o las Confesiones de un viudo de raza blanca: tales eran los dos títulos con los cuales el autor de esta nota recibió las extrañas páginas que prologa. «Humbert Humbert», su autor, había muerto de trombosis coronaria, en la prisión, el 16 de noviembre de 1952, pocos días antes de que se fijara el comienzo de su proceso. Su abogado, mi buen amigo y pariente Clarence Choate Clark, Esquire, que pertenece ahora al foro del distrito de Columbia, me pidió que publicara el manuscrito apoyando su demanda en una cláusula del testamento de su cliente que daba a mi eminente primo facultades para obrar según su propio criterio en cuanto se relacionara con la publicación de Lolita. Es posible que la decisión de Clark se debiera al hecho de que el editor elegido acabara de obtener el Premio Polingo por una modesta obra (¿Tienen sentido los sentidos?) donde se discuten ciertas perversiones y estados morbosos.

Mi tarea resultó más simple de lo que ambos habíamos supuesto. Salvo la corrección de algunos solecismos y la cuidadosa supresión de unos pocos y tenaces detalles que, a pesar de los esfuerzos de «H. H.», aún subsistían en su texto como señales y lápidas (indicadoras de lugares o personas que el gusto habría debido evitar y la compasión suprimir), estas notables Memorias se presentan intactas. El curioso apellido de su autor es invención suya y, desde luego, esa máscara -a través de la cual parecen brillar dos ojos hipnóticos- no se ha levantado, de acuerdo con los deseos de su portador. Mientras que «Haze» sólo rima con el verdadero apellido de la heroína, su nombre está demasiado implicado en la trama íntima del libro para que nos hayamos permitido alterarlo; por lo demás, como advertirá el propio lector, no había necesidad de hacerlo. El curioso puede encontrar referencias al crimen de «H. H.» en los periódicos de septiembre de 1952; la causa y el propósito del crimen se habrían mantenido en un misterio absoluto de no haber permitido el autor que estas Memorias fueran a dar bajo la luz de mi lámpara.

En provecho de lectores anticuados que desean rastrear los destinos de las personas más allá de la historia real; pueden suministrarse unos pocos detalles recibidos del señor Windmuller, de Ramsdale, que desea ocultar su identidad para que «las largas sombras de esta historia dolorosa y sórdida» no lleguen hasta la comunidad a la cual está orgulloso de pertenecer. Su hija, Louise, está ahora en las aulas de un colegio: Mona Dahl estudia en París. Rita se ha casado recientemente con el dueño de un hotel de Florida. La señora de Richard F. Schiller murió al dar a luz a un niño que nació muerto, en la Navidad de 1952, en Gray Star, un establecimiento del lejano noroeste. Vivian Darkbloom es autora de una biografía, Mi réplica, que se publicará próximamente. Los críticos que han examinado el manuscrito lo declaran su mejor libro. Los cuidadores de los diversos cementerios mencionados informan que no se ven fantasmas por ningún lado.

Considerada sencillamente como novela, Lolita presenta situaciones y emociones que el lector encontraría exasperantes por su vaguedad si su expresión se hubiese diluido mediante insípidas evasivas. Por cierto que no se hallará en todo el libro un solo término obsceno; en verdad, el robusto filisteo a quien las convenciones modernas persuaden de que acepte sin escrúpulos una profusa ornamentación de palabras de cuatro letras en cualquier novela trivial, sentirá no poco asombro al comprobar que aquí están ausentes. Pero si, para alivio de esos paradójicos mojigatos, algún editor intentara disimular o suprimir escenas que cierto tipo de mentalidad llamaría «afrodisíacas» (véase en este sentido la documental resolución sentenciada el 6 de diciembre de 1933 por el Honorable John M. Woolsey con respecto a otro libro, considerablemente más explícito), habría que desistir por completo de la publicación de Lolita, puesto que esas escenas mismas -que torpemente podríamos acusar de poseer una existencia sensual y gratuita- son las más estrictamente funcionales en el desarrollo de una trágica narración que apunta sin desviarse nada menos que a una apoteosis moral. El cínico alegará que la pornografía comercial tiene la misma pretensión; el médico objetará que la apasionada confesión de «H. H.» es una tempestad en un tubo de ensayo; que por lo menos el doce por ciento de los varones adultos norteamericanos -estimación harto moderada según la doctora Blanche Schwarzmann (comunicación verbal)- pasan anualmente de un modo u otro por la peculiar experiencia descrita con tal desesperación por «H. H.»; que si nuestro ofuscado autobiógrafo hubiera consultado, en ese verano fatal de 1947, a un psicópata competente, no habría ocurrido el desastre. Pero tampoco habría aparecido este libro.

Se excusará a este comentador que repita lo que ha enfatizado en sus libros y conferencias: lo ofensivo no suele ser más que un sinónimo de lo insólito. Una obra de arte es, desde luego, siempre original; su naturaleza misma, por lo tanto, hace que se presente como una sorpresa más o menos alarmante. No tengo la intención de glorificar a «H. H.». Sin duda, es un hombre abominable, abyecto, un ejemplo flagrante de lepra moral, una mezcla de ferocidad y jocosidad que acaso revele una suprema desdicha, pero que no puede ejercer atracción. Su capricho llega a la extravagancia. Muchas de sus opiniones formuladas aquí y allá sobre las gentes y el paisaje de este país son ridículas. Cierta desesperada honradez que vibra en su confesión no lo absuelve de pecados de diabólica astucia. Es un anormal. No es un caballero. Pero, ¡con qué magia su violín armonioso conjura en nosotros una ternura, una compasión hacia Lolita que nos entrega a la fascinación del libro, al propio tiempo que abominamos de su autor!

Como exposición de un caso, Lolita habrá de ser, sin duda, una obra clásica en los círculos psiquiátricos. Como obra de arte, trasciende su aspecto expiatorio. Y más importante aún, para nosotros, que su trascendencia científica y su dignidad literaria es el impacto ético que el libro tendrá sobre el lector serio. Pues en este punzante estudio personal se encierra una lección general. La niña descarriada, la madre egoísta, el anheloso maniático no son tan sólo vívidos caracteres de una historia única; nos previenen contra peligrosas tendencias, evidencian males poderosos. Lolita hará que todos nosotros -padres, sociólogos, educadores- nos consagremos con celo y visión mucho mayores a la tarea de lograr una generación mejor en un mundo más seguro.

 

john ray jr., Doctor en Filosofía, Widworth, Mass.

 

 

 

 

 

PRIMERA PARTE

 

 

1

 

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.

Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.

¿Tuvo Lolita una precursora? Por cierto que la tuvo. En verdad, Lolita no pudo existir para mí si un verano no hubiese amado a otra... «En un principado junto al mar.» ¿Cuándo? Tantos años antes de que naciera Lolita como tenía yo ese verano. Siempre puede uno contar con un asesino para una prosa fantástica.

Señoras y señores del jurado, la prueba número uno es lo que envidiaron los serafines de Poe, los errados, simples serafines de nobles alas. Mirad esta maraña de espinas.

 

 

2

 

Nací en París en 1910. Mi padre era una persona suave, de trato fácil, una ensalada de orígenes raciales: ciudadano suizo de ascendencia francesa y austríaca, con una corriente del Danubio en las venas. Revisaré en un minuto algunas encantadoras postales de brillo azulino. Poseía un lujoso hotel en la Riviera. Su padre y sus dos abuelos habían vendido vino, alhajas y seda, respectivamente. A los treinta años se casó con una muchacha inglesa, hija de Jerome Dunn, el alpinista, y nieta de los párrocos de Dorset, expertos en temas oscuros: paleopedología y arpas eólicas. Mi madre, muy fotogénica, murió a causa de un absurdo accidente (un rayo durante un pic-nic) cuando tenía yo tres años, y salvo una zona de tibieza en el pasado más impenetrable, nada subsiste de ella en las hondonadas y valles del recuerdo sobre los cuales, si aún pueden ustedes sobrellevar mi estilo (escribo bajo vigilancia), se puso el sol de mi infancia: sin duda todos ustedes conocen esos fragantes resabios de días suspendidos, como moscas minúsculas, en torno de algún seto en flor o súbitamente invadido y atravesado por las trepadoras, al pie de una colina, en la penumbra estival: sedosa tibieza, dorados moscardones.

La hermana mayor de mi madre, Sybil, casada con un primo de mi padre que le abandonó, servía en mi ámbito familiar como gobernanta gratuita y ama de llaves. Alguien me dijo después que estuvo enamorada de mi padre y que él, livianamente, sacó provecho de tal sentimiento en un día lluvioso, para olvidar la cosa cuando el tiempo aclaró. Yo le tenía mucho cariño, a pesar de la rigidez -la rigidez fatal- de algunas de sus normas. Quizá lo que ella deseaba era hacer de mí, en la plenitud del tiempo, un viudo mejor que mi padre. Mi Sybil tenía los ojos azules, ribeteados de rojo, y la piel como de cera. Era poéticamente supersticiosa. Decía que estaba segura de morir no bien cumpliera yo dieciséis y así fue. Su marido, un gran traficante de perfumes, pasó la mayor parte del tiempo en Norteamérica, donde acabó fundando una compañía que adquirió bienes raíces.

Crecí como un niño feliz, saludable, en un mundo brillante de libros ilustrados, arena limpia, naranjos, perros amistosos, paisajes marítimos y rostros sonrientes. En torno a mí, la espléndida mansión Mirana giraba como una especie de universo privado, un cosmos blanqueado dentro del otro más vasto y azul que resplandecía fuera de él. Desde la fregona de delantal hasta el potentado de franela, todos gustaban de mí, todos me mimaban. Maduras damas norteamericanas se apoyaban en sus bastones y se inclinaban hacia mí como torres de Pisa. Princesas rusas arruinadas que no podían pagar a mi padre me compraban bombones caros. Y él, mon cher petit papa, me sacaba a navegar y a pasear en bicicleta, me enseñaba a nadar y a zambullirme y a esquiar en el agua, me leía Don Quijote y Les Misérables y yo lo adoraba y lo respetaba y me enorgullecía de él cuando llegaban a mí las discusiones de los criados sobre sus varias amigas, seres hermosos y afectuosos que me festejaban mucho y vertían preciosas lágrimas sobre mi alegre orfandad.

Asistía a una escuela diurna inglesa a pocas millas de Mirana; allí jugaba al tenis y a la pelota, obtenía excelentes calificaciones y estaba en términos perfectos con mis compañeros y profesores. Los únicos acontecimientos definitivamente sexuales que recuerdo antes de que cumpliera trece años (o sea antes de que viera por primera vez a mi pequeña Annabel) fueron una conversación solemne, decorosa y puramente teórica sobre las sorpresas de la pubertad, sostenida en el rosal de la escuela con un alumno norteamericano, hijo de una actriz cinematográfica por entonces muy celebrada y a la cual veía muy rara vez en el mundo tridimensional, y ciertas interesantes reacciones de mi organismo ante determinadas fotografías, nácar y sombras, con hendiduras infinitamente suaves, en el suntuoso La Beauté Humaine, de Pichon, que había hurtado de debajo de una pila de Graphics encuadernados en papel jaspeado, en la biblioteca de la mansión. Después, con su estilo deliciosamente afable, mi padre me suministró toda la información que consideró necesaria sobre el sexo; eso fue justo antes de enviarme, en el otoño de 1923, a un lycée de Lyon (donde habríamos de pasar tres inviernos); pero, ay, en el verano de ese año mi padre recorría Italia con Madame de R. y su hija, y yo no tenía a nadie con quien consolarme, a nadie a quien consultar.

 

 

3

 

Como yo, Annabel era de origen híbrido: medio inglesa, medio holandesa. Hoy recuerdo sus rasgos con nitidez mucho menor que hace pocos años, antes de conocer a Lolita. Hay dos clases de memoria visual: con una, recreamos diestramente una imagen en el laboratorio de nuestra mente con los ojos abiertos (y así veo a Annabel, en términos generales tales como «piel color de miel», «brazos delgados», «pelo castaño y corto», «pestañas largas», «boca grande, brillante»); con la otra, evocamos instantáneamente con los ojos cerrados, en la oscura intimidad de los párpados, el objetivo, réplica absolutamente óptica de un rostro amado, un diminuto espectro de colores naturales (y así veo a Lolita).

Permítaseme, pues, que al describir a Annabel me limite decorosamente a decir que era una niña encantadora, pocos meses menor que yo. Sus padres eran viejos amigos de mi tía y tan rígidos como ella. Habían alquilado una villa no lejos de Mirana. Calvo y moreno el señor Leigh, gruesa y empolvada la señora de Leigh (de soltera, Vanessa van Ness). ¡Cómo la detestaba! Al principio, Annabel y yo hablábamos de temas periféricos. Ella recogía puñados de fina arena y la dejaba escurrirse entre sus dedos. Nuestras mentes estaban afinadas según el común de los pre-adolescentes europeos inteligentes de nuestro tiempo y nuestra generación, y dudo mucho que pudiera atribuirse a nuestro genio individual el interés por la pluralidad de mundos habitados, los partidos de tenis, el infinito, el solipsismo, etcétera. La blandura y fragilidad de los cachorros nos producía el mismo, intenso dolor. Annabel quería ser enfermera en algún país asiático donde hubiera hambre; yo, ser un espía famoso.

Nos enamoramos simultáneamente, de una manera frenética, impúdica, agonizante. Y desesperada, debería agregar, porque este arrebato de mutua posesión sólo se habría saciado si cada uno se hubiera embebido y saturado realmente de cada partícula del alma y el corazón del otro; pero ahí nos quedábamos ambos, incapaces hasta de encontrar esas oportunidades de juntarnos que habrían sido tan fáciles para los chicos callejeros. Después de un enloquecido intento de encontrarnos cierta noche, en el jardín de Annabel (más adelante hablaré de ello), la única intimidad que se nos permitió fue la de permanecer fuera del alcance del oído, pero no de la vista, en la parte populosa de la plage. Allí, en la muelle arena, a pocos metros de nuestros mayores, nos quedábamos tendidos la mañana entera, en un petrificado paroxismo, y aprovechábamos cada bendita grieta abierta en el espacio y el tiempo; su mano, medio oculta en la arena, se deslizaba hacia mí, sus bellos dedos morenos se acercaban cada vez más, como en sueños; entonces su rodilla opalina iniciaba una cautelosa travesía; a veces, una providencial muralla construida por los niños nos garantizaba amparo suficiente para rozarnos los labios salados; esos contactos incompletos producían en nuestros cuerpos jóvenes, sanos e inexpertos, un estado de exasperación tal, que ni aun el agua fría y azul, bajo la cual nos aferrábamos, podía aliviar.

Entre algunos tesoros perdidos durante los vagabundeos de mi edad adulta, había una instantánea tomada por mi tía que mostraba a Annabel, sus padres y cierto doctor Cooper, un caballero serio, maduro y cojo que ese mismo verano cortejaba a mi tía, agrupados en torno a una mesa de un café sobre la acera. Annabel no salió bien, sorprendida mientras se inclinaba sobre el chocolat glacé; sus delgados hombros desnudos y la raya de su pelo era lo único que podía identificarse (tal como recuerdo aquella fotografía) en la soleada bruma donde se diluyó su perdido encanto. Pero yo, sentado a cierta distancia del resto, salí con una especie de dramático realce: un jovencito triste, ceñudo, con una camisa oscura de deporte y pantalones cortos de excelente hechura, las piernas cruzadas mostrando el perfil, la mirada perdida. Esta fotografía se tomó el último día de nuestro verano fatal y pocos minutos antes de que hiciéramos nuestro segundo y último intento para torcer el destino. Con el más baladí de los pretextos (ésa era nuestra última oportunidad y ninguna otra cosa importaba de veras) escapamos del café a la playa, donde encontramos una extensión de arena solitaria, y allí, en la sombra violeta de unas rocas rojas que formaban como una caverna, tuvimos un breve encuentro, con un par de anteojos negros perdidos como únicos testigos. Yo estaba de rodillas y a punto de besar a mi amada, cuando dos bañistas barbudos, un viejo lobo de mar y su hermano, aparecieron de entre las aguas con exclamaciones de aliento. Cuatro meses después, Annabel murió de tifus en Corfú.

 

 

4

 

Repaso una y otra vez esos míseros recuerdos y me pregunto si fue entonces, en el resplandor de aquel verano remoto, cuando empezó a hendirse mi vida. ¿O mi desmedido deseo por esa niña no fue sino la primera muestra de una singularidad inherente? Cuando procuro analizar mis propios anhelos, motivaciones y actos, me rindo ante una especie de imaginación retrospectiva que atiborra la facultad analítica que con infinitas alternativas bifurca incesantemente cada rumbo visualizado en la perspectiva enloquecedoramente compleja de mi pasado. Estoy persuadido, sin embargo, de que en cierto modo fatal y mágico, Lolita empezó con Annabel.

Sé también que la conmoción producida por la muerte de Annabel consolidó la frustración de ese verano de pesadilla y la convirtió en un obstáculo permanente para cualquier romance ulterior, a través de los fríos años de mi juventud. Lo espiritual y lo físico se habían fundido en nosotros con perfección tal que no puede sino resultar incomprensible para los jovenzuelos materialistas, rudos y de mentes uniformes, típicos de nuestro tiempo. Mucho después de su muerte sentía que sus pensamientos flotaban en torno a los míos. Antes de conocernos ya habíamos tenido los mismos sueños. Comparamos anotaciones. Encontramos extrañas afinidades. En el mismo mes de junio del mismo año (1919), un canario perdido había revoloteado en su casa y la mía, en dos países vastamente alejados. ¡Ah, Lolita, si tú me hubieras querido así!

He reservado para el desenlace de mi fase «Annabel» el relato de nuestra cita infructuosa. Una noche, Annabel se las compuso para burlar la viciosa vigilancia de su familia. Bajo un macizo de mimosas nerviosas y esbeltas, al fondo de su villa, encontramos amparo en las ruinas de un muro bajo, de piedra. A través de la oscuridad y los árboles tiernos, veíamos arabescos de ventanas iluminadas que, retocadas por las tintas de colores del recuerdo sensible, se me aparecen hoy como naipes -acaso porque una partida de bridge mantenía ocupado al enemigo-. Ella tembló y se crispó cuando le besé el ángulo de los labios abiertos y el lóbulo caliente de la oreja. Un racimo de estrellas brillaba plácidamente sobre nosotros, entre siluetas de largas hojas delgadas; ese cielo vibrante parecía tan desnudo como ella bajo su vestido liviano. Vi su rostro contra el cielo, extrañamente nítido, como si emitiera una tenue irradiación. Sus piernas, sus adorables piernas vivientes, no estaban muy juntas y cuando localicé lo que buscaba, sus rasgos infantiles adquirieron una expresión soñadora y atemorizada. Estaba sentada algo más arriba que yo, y cada vez que en su solitario éxtasis se abandonaba al impulso de besarme, inclinaba la cabeza con un movimiento muelle, letárgico, como de vertiente, que era casi lúgubre, y sus rodillas desnudas apretaban mi mano para soltarla de nuevo; y su boca temblorosa, crispada por la actitud de alguna misteriosa pócima, se acercaba a mi rostro con intensa aspiración. Procuraba aliviar el dolor del anhelo restregando ásperamente sus labios secos contra los míos; después mi amada se echaba atrás con una sacudida nerviosa de la cabeza, para volver a acercarse oscuramente, alimentándome con su boca abierta; mientras, con una generosidad pronta a ofrecérselo todo, yo le hacía tomar el cetro de mi pasión.

Recuerdo el perfume de ciertos polvos de tocador  -creo que se los había robado a la doncella española de su madre-: un olor a almizcle dulzón. Se mezcló con su propio olor a bizcocho y súbitamente mis sentidos se enturbiaron. La repentina agitación de un arbusto cercano impidió que desbordaran, y mientras ambos nos apartábamos, esperando con un dolor en las venas lo que quizá no fuera sino un gato vagabundo, llegó de la casa la voz de su madre que la llamaba -con frenesí que iba en aumento- y el doctor Cooper apareció cojeando gravemente en el jardín. Pero ese macizo de mimosas, el racimo de estrellas, la comezón, la llama, el néctar y el dolor quedaron en mí, y a partir de entonces ella me hechizó, hasta que, al fin, veinticuatro años después, rompí el hechizo encarnándola en otra.

5

 

Cuando me vuelvo para mirarlos, los días de mi juventud parecen huir de mí en una ráfaga de pálidos deshechos reiterados, como esas tempestades matinales de nieve en que el pasajero de tren ve remolinear papel de seda ajado tras el último vagón. Durante mis relaciones sanitarias con mujeres, yo era práctico, irónico, enérgico. Mientras fui estudiante, en Londres y París, las mujeres pagadas me bastaron. Mis estudios eran minuciosos e intensos, aunque no particularmente fructíferos. Al principio proyecté graduarme en psiquiatría, como hacen muchos talentos manqués. Pero ni para esto servía: un extraño agotamiento me atenazaba («Doctor, me siento tan oprimido...»). Y viré hacia la literatura inglesa, donde tantos poetas frustrados acababan como profesores vestidos de tweed con la pipa en los labios. París me sentaba de maravilla. Discutía películas soviéticas con expatriados. Me codeaba con uranistas en Deux Magots. Publicaba tortuosos ensayos en diarios oscuros. Componía pastiches:

 

... Poco me importa

que Fräulein von Kulp

pueda volverse,

la mano sobre la puerta;

a nadie he de seguir, ni a Fresca,

ni a Gaviota.

 

Los seis o siete entendidos que leyeron mi artículo: «El tema proustiano en una carta de Keats a Benjamín Bailey», rieron entre dientes. Inicié una Histoire abrégée de la poésie anglaise por cuenta de una importante editorial y después empecé a compilar ese manual de literatura francesa para estudiantes de habla inglesa (con comparaciones tomadas de las letras inglesas) que habría de ocuparme durante la década del cuarenta y cuyo último volumen estaba casi listo para la imprenta por la época de mi arresto.

Encontré trabajo; enseñaba inglés a un grupo de adultos en Auteuil. Después, una escuela de varones me empleó durante un par de inviernos. De vez en cuando, aprovechaba las relaciones que había hecho con sociólogos y psicólogos para visitar en su compañía varias instituciones, tales como orfanatos y reformatorios, donde podían contemplarse pálidas jóvenes pubescentes, de pestañas gruesas, con una impunidad perfecta como la que nos está asegurada en sueños.

Ahora creo llegado el momento de presentar al lector algunas consideraciones de orden general. Entre los límites de los nueve y los catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o más veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana, sino nínfica (o sea demoníaca); propongo llamar «nínfulas» a esas criaturas escogidas.

Se advertirá que reemplazo términos espaciales por temporales. En realidad, querría que el lector considerara los «nueve» y los «catorce» como los límites -playas espejeantes, rocas rosadas- de una isla encantada, habitada por esas nínfulas mías y rodeada por un mar vasto y brumoso. Entre esos límites temporales, ¿son nínfulas todas las niñas? No, desde luego. De lo contrario, quienes supiéramos el secreto, nosotros, los viajeros solitarios, los ninfulómanos, habríamos enloquecido hace mucho tiempo. Tampoco es la belleza una piedra de toque; y la vulgaridad -o al menos lo que una comunidad determinada considera como tal- no daña forzosamente ciertas características misteriosas, la gracia letal, el evasivo, cambiante, trastornador, insidioso encanto mediante el cual la nínfula se distingue de esas contemporáneas suyas que dependen incomparablemente más del mundo espacial de fenómenos sincrónicos que de esa isla intangible de tiempo hechizado donde Lolita juega con sus semejantes. Dentro de los mismos límites temporales, el número de verdaderas nínfulas es harto inferior al de las jovenzuelas provisionalmente feas, o tan sólo agradables, o «simpáticas», o hasta «bonitas» y «atractivas», comunes, regordetas, informes, de piel fría, niñas esencialmente humanas, vientrecitos abultados y trenzas, que acaso lleguen a transformarse en mujeres de gran belleza (pienso en los toscos budines con medias negras y sombreros blancos que se convierten en deslumbrantes estrellas cinematográficas). Si pedimos a un hombre normal que elija a la niña más bonita en una fotografía de un grupo de colegialas o girl-scouts, no siempre señalará a la nínfula. Hay que ser artista y loco, un ser infinitamente melancólico, con una burbuja de ardiente veneno en las entrañas y una llama de suprema voluptuosidad siempre encendida en su sutil espinazo (¡oh, cómo tiene uno que rebajarse y esconderse!), para reconocer de inmediato, por signos inefables -el diseño ligeramente felino de un pómulo, la delicadeza de un miembro aterciopelado y otros indicios que la desesperación, la vergüenza y las lágrimas de ternura me prohiben enumerar-, al pequeño demonio mortífero entre el común de las niñas; y allí está, no reconocida e ignorante de su fantástico poder.

Además, puesto que la idea de tiempo gravita con tan mágico influjo sobre todo ello, el estudioso no ha de sorprenderse al saber que ha de existir una brecha de varios años -nunca menos de diez, diría yo, treinta o cuarenta por lo general y tantos como cincuenta en algunos pocos casos conocidos- entre doncella y hombre para que este último pueda caer bajo el hechizo de la nínfula. Es una cuestión de ajuste focal, de cierta distancia que el ojo interior supera contrayéndose y de cierto contraste que la mente percibe con un jadeo de perverso deleite. Cuando yo era niño y ella era niña, mi pequeña Annabel no era para mí una nínfula; yo era su igual, un faunúnculo por derecho propio, en esa misma y encantada isla del tiempo; pero hoy, en septiembre de 1952, al cabo de veintinueve años, creo distinguir en ella el elfo fatal de mi vida. Nos queríamos con amor prematuro, con la violencia que a menudo destruye vidas adultas. Yo era un muchacho fuerte y sobreviví; pero el veneno estaba en la herida y la herida permaneció siempre abierta. Y pronto me encontré madurando en una civilización que permite a un hombre de veinticinco años cortejar a una muchacha de dieciséis, pero no a una niña de doce.

No es de asombrarse, pues, si mi vida adulta, durante el período europeo de mi existencia, resultó monstruosamente doble. Abiertamente, yo mantenía las relaciones llamadas normales con cierto número de mujeres terrenas, provistas de calabazas o peras como pechos; secretamente, me consumía en un horno infernal de localizada codicia por cada nínfula que encontraba y a la cual no me atrevía a acercarme, como un pusilánime respetuoso de la ley. Las hembras humanas que me era permitido utilizar no servían sino como agentes paliativos. Estoy dispuesto a creer que las sensaciones provocadas en mí por la fornicación natural, eran muy semejantes a las conocidas por los grandes machos normales ayuntados con sus grandes cónyuges normales en ese ritmo que sacude el mundo. Lo malo era que esos caballeros no habían tenido vislumbres de un deleite incomparablemente más punzante, y yo sí... La más turbia de mis poluciones era mil veces más deslumbrante que todo el adulterio imaginado por el escritor de genio más viril o por el impotente más talentoso. Mi mundo estaba escindido. Yo percibía dos sexos, y no uno; y ninguno de los dos era el mío. El anatomista los habría declarado femeninos. Pero para mí, a través del prisma de mis sentidos, eran tan diferentes como el día y la noche. Ahora puedo razonar sobre todo esto. En aquel entonces, y hasta por lo menos los treinta y cinco años, no comprendí tan claramente mis angustias. Mientras mi cuerpo sabía qué anhelaba, mi espíritu rechazaba cada clamor de mi cuerpo. De pronto me sentía avergonzado, atemorizado; de pronto tenía un optimismo febril. Los tabúes me estrangulaban. Los psicoanalistas me acunaban con seudoliberaciones y seudolíbidos. El hecho de que para mí los únicos objetos de estremecimiento amoroso fueran hermanas de Annabel, sus doncellas y damas de honor, se me aparecía como un pronóstico de demencia. En otras ocasiones me decía que todo era cuestión de actitud, que nada había de malo en sentirse así. Permítaseme recordar que en Inglaterra, durante la aprobación del Acta de Niños y Jóvenes en 1933, se definió el término «niña» como «criatura que tiene más de ocho años, pero menos de catorce» (después de lo cual, desde los catorce años hasta los diecisiete, la definición estatuida es «joven»). Por otro lado, en Massachussetts, EEUU, un «niño descarriado» es, técnicamente, un ser «entre los siete y los diecisiete años de edad» (que, además, se asocia habitualmente con personas viciosas e inmorales). Hugh Broughton, escritor polemista del reinado de Jaime I, probó que Rahab era una prostituta desde temprana edad. Esto es muy interesante y me atrevería a suponer que ya están ustedes viéndome al borde de una crisis y echando espuma por la boca. Pero no, no es así; sólo barajo encantadoras posibilidades en un mazo de naipes. Tengo algunas otras imágenes. Aquí está Virgilio, que pudo cantar a la nínfula con un tono único, pero quizá prefería otra cosa... Allí, dos de las hijas pre-núbiles del rey Akenatón y la reina Nefertiti (la pareja real tenía una progenie de seis), con muchos collares de cuentas brillantes por todo atavío, abandonadas sobre almohadones, intactas después de tres mil años, con sus suaves cuerpos morenos de cachorros, el pelo corto, los alargados ojos de ébano... Más allá, algunas novias forzadas a sentarse en el fascinum, marfil de los templos del saber clásico. El matrimonio antes de la pubertad no es raro, aun en nuestros días, en algunas provincias de la India oriental. Después de todo, Dante se enamoró perdidamente de su Beatriz cuando tenía ella nueve años, una chiquilla rutilante, pintada y encantadora, enjoyada, con un vestido carmesí... y eso era en 1274, en Florencia, durante una fiesta privada en el alegre mes de mayo. Y cuando Petrarca se enamoró locamente de su Laura, ella era una nínfula rubia de doce años que corría con el viento, con el polen, con el polvo, una flor dorada huyendo por la hermosa planicie al pie del Vaucluse.

Pero seamos decorosos y civilizados, Humbert Humbert hacía todo lo posible por ser correcto. Y lo era de veras, genuinamente. Tenía el más profundo respeto por las niñas ordinarias, con su pureza y vulnerabilidad, y bajo ninguna circunstancia habría perturbado la inocencia de una criatura de haber el menor riesgo de alboroto. Pero cómo latía su corazón cuando vislumbraba entre el montón inocente a una niña demoníaca, «enfant charmante et fourbe», de ojos turbios, labios brillantes, diez años encarcelados, no bien le demostraba uno que estaba mirándola. Así pasaba la vida. Humbert era perfectamente capaz de tener relaciones con Eva, pero suspiraba por Lilith. El desarrollo del seno aparece tempranamente después de los cambios somáticos que acompañan la pubescencia. Y el índice inmediato de maduración asequible es la aparición de pelo. Mi mazo de naipes se estremece de posibilidades... Un naufragio. Un atoll y en su soledad, la temblorosa hija de un pasajero ahogado. ¡Querida, éste es sólo un juego! Qué maravillosas eran mis aventuras imaginarias mientras permanecía sentado en el duro banco de un parque fingiendo sumergirme en un trémulo libro. Alrededor del quieto estudioso jugaban libremente las nínfulas, como si él hubiera sido una estatua familiar o parte de la sombra y el lustre de un viejo árbol. Una vez, una niña de perfecta belleza con delantal de tarlatán, apoyó con estrépito su pie pesadamente armado a mi lado, sobre el banco, para deslizar sobre mí sus delgados brazos desnudos y ajustar la correa de su patín, y yo me diluí en el sol, con mi libro como hoja de higuera, mientras sus rizos castaños caían sobre su rodilla despellejada, y la sombra de las hojas que yo compartía latía y se disolvía en su pierna radiante, junto a mi mejilla camaleónica. Otra vez, una pelirroja se asió de la correa en el subterráneo y una revelación de rubio vello axilar quedó en mi sangre durante semanas. Podría enumerar una larga serie de esas diminutas aventuras unilaterales. Muchas acababan en un intenso sabor de infierno. Ocurría, por ejemplo, que desde mi balcón distinguía una ventana iluminada a través de la calle y lo que parecía una nínfula en el acto de desvestirse ante un espejo cómplice. Así aislada, a esa distancia, la visión adquiría un sutilísimo encanto que me hacía precipitar hacia mi solitaria gratificación. Pero repentinamente, aviesamente, el tierno ejemplar de desnudez que había adorado se transformaba en el repulsivo brazo desnudo de un hombre que leía su diario a la luz de la lámpara, junto a la ventana abierta, en la noche cálida, húmeda, desesperada del verano.

Saltos sobre la cuerda; rayuela. La anciana de negro que estaba sentada a mi lado, en mi banco, en mi deleitoso tormento (una nínfula buscaba a tientas, debajo de mí, un guijarro perdido), me preguntó si me dolía el estómago. ¡Bruja insolente! Ah, dejadme solo en mi parque pubescente, en mi jardín musgoso. Dejadlas jugar en torno a mí para siempre. ¡Y que nunca crezcan!

 

6

 

A propósito: me he preguntado a menudo qué se hizo después de esas nínfulas. En este mundo hecho de hierro forjado, de causas y efectos entrecruzados, ¿podría ocurrir que el oculto latido que les robé no afectara su futuro? Yo la había poseído, y ella nunca lo supo. Muy bien. Pero; ¿eso no habría de descubrirse en el futuro? Implicando su imagen en mi voluptuosidad, ¿no interfería yo su destino? ¡Oh, fuente de grande y terrible obsesión!

Sin embargo, llegué a saber cómo eran esas nínfulas encantadoras, enloquecedoras, de brazos frágiles, una vez crecidas. Recuerdo que caminaba un día por una calle animada en un gris ocaso de primavera, cerca de la Madeleine. Una muchacha baja y delgada pasó junto a mí con paso rápido y vacilante sobre sus altos tacones. Nos volvimos para mirarnos al mismo tiempo. Ella se detuvo. Me acerqué. Tenía esa típica carita redonda y con hoyuelos de las muchachas francesas, y apenas me llegaba al pelo del pecho. Me gustaron sus largas pestañas y el ceñido traje sastre que tapizaba de gris perla su cuerpo joven, en el cual aún subsistía -eco nínfico, escalofrío de deleite- algo infantil que se mezclaba con el frétillement de su cuerpo. Le pregunté su precio, y respondió prontamente, con precisión melodiosa y argentina (¡un pájaro, un verdadero pájaro!) Cent. Traté de regatear, pero ella vio el terrible, solitario deseo en mis ojos bajos, dirigidos hacia su frente redonda y su sombrero rudimentario (una banda, un ramillete), batiendo las pestañas dijo: Tant pis, y se volvió como para marcharse. ¡Apenas tres años antes, quizá, podía haberla visto, camino de su casa, al regresar de la escuela! Esa evocación resolvió las cosas. Me guió por la habitual escalera empinada, con la habitual campanilla para el monsieur al que quizás no interesaba un encuentro con otro monsieur, el lúgubre ascenso hasta el cuarto abyecto, todo cama y bidet. Como de costumbre, me pidió de inmediato su petit cadeau, y como de costumbre le pregunté su nombre (Monique) y su edad (dieciocho). El trivial estilo de las busconas me era harto familiar. Todas responden dix-huit: un ágil gorjeo, una nota de determinación y anhelosa impostura que emiten diez veces por día, pobres criaturillas. Pero en el caso de Monique, no cabía duda de que agregaba dos o tres años a su edad. Lo deduje por muchos detalles de su cuerpo compacto, pulcro, curiosamente inmaduro. Se desvistió con fascinante rapidez y permaneció un momento parcialmente envuelta en el sucio voile de la ventana, escuchando con infantil placer (la mosquita muerta) a un organillero que tocaba abajo, en el patio rebosante de crepúsculo. Cuando le examiné las manos pequeñas y le llamé la atención sobre las uñas sucias, me dijo con un mohín candoroso: Oui, ce n'est pas bien, y se dirigió hacia el lavabo, pero le dije que no importaba, que no importaba nada. Con su pelo castaño y ondulado, sus luminosos ojos grises, su piel pálida, era perfectamente encantadora. Sus caderas no eran más grandes que las de un muchacho en cuclillas; en verdad no vacilo en decir (y por cierto que éste es el motivo por el cual me demoro con gratitud en el recuerdo de ese cuarto de penumbra tamizada) que entre las ochenta grues poco más o menos que habían «trabajado» sobre mí, fue ella la única que me proporcionó un tormento de genuino placer. «Il était malin, celui qui a inventé ce truc-lá», comentó amablemente y volvió a vestirse con la misma prodigiosa rapidez.

Le pedí otro encuentro, más elaborado, para más tarde, en ese mismo día, y dijo que me encontraría a las nueve, en el café de la esquina. Juró que nunca había posé un lapin en toda su joven vida. Volvimos al mismo cuarto y no pude menos que decirle qué bonita era, a lo cual respondió modestamente: «Tu es bien gentil de dire ça». Después, advirtiendo lo que también yo advertí en el espejo que reflejaba nuestro pequeño edén -una terrible mueca de ternura que me hacía apretar los dientes y torcer la boca-, la concienzuda Monique (¡oh, había sido una nínfula sin tacha!) quiso saber si debía quitarse la pintura de los labios avant qu'on se couche, por si yo pensaba besarla. Desde luego, lo pensaba. Con ella me abandoné hasta un punto desconocido con cualquiera de sus precursoras, y mi última visión de esa noche con Monique, la de largas pestañas, se ilumina con una alegría que pocas veces asocio con cualquier acontecimiento de mi vida amorosa, humillante, sórdida y taciturna. La gratificación de cincuenta que le di pareció enloquecerla mientras brotaba en la llovizna de esa noche de abril, con Humbert bogando en su estrecha estela. Se detuvo frente a un escaparate y dijo con deleite: «Je vais m'acheter des bas!», y nunca olvidaré cómo sus infantiles labios parisienses explotaron al decir bas, pronunciando la palabra con tal apetito que transformó la «a» en el vivaz estallido de una breve «o».

Me cité con ella para el día siguiente, a las 14,15, en mi propio cuarto, pero el encuentro fue menos exitoso; me pareció menos juvenil, más mujer después de una noche. Un resfrío que me contagió me hizo cancelar la cuarta cita; no lamenté romper una serie emocional que amenazaba abrumarme con angustiosas fantasías y diluirse en ocre decepción. Que la esbelta, suave, Monique permanezca, pues, como fue durante uno o dos minutos: una nínfula delincuente que brillaba a través de la joven materialista.

Mi breve relación con Monique inicio una corriente de pensamientos que pueden parecer harto evidentes al lector que conoce los cabos. Un anuncio de una revista pornográfica me llevó a la oficina de cierta mademoiselle Edith, que empezó ofreciéndome la elección de un alma gemela en un álbum más bien sucio («regardez-moi cette belle brune!»): Cuando aparté el álbum y me las arreglé de algún modo para soltar mi criminal anhelo, me miró como si hubiera estado a punto de mostrarme la puerta. Sin embargo, después de preguntarme qué precio estaba dispuesto a desembolsar, consintió en ponerme en contacto con una persona qui pourrait arranger la chose. Al día siguiente, una mujer asmática, groseramente pintada, gárrula, con olor a ajo, un acento provenzal casi burlesco y bigote negro sobre los labios rojos, me llevó hasta el que parecía su propio domicilio. Allí, después de juntar las puntas de sus dedos gordos y besárselas para significar que su mercancía era un pimpollo delicioso, corrió teatralmente una cortina, descubriendo lo que consideré como la parte del cuarto donde solía dormir una familia numerosa y desaprensiva. En ese momento, sólo había allí una muchacha de por lo menos quince años, monstruosamente gorda, cetrina, de repulsiva fealdad, con trenzas espesas y lazos rojos, sentada en una silla mientras mecía ficticiamente una muñeca calva. Cuando sacudí la cabeza y traté de huir de la trampa, la mujer, hablando a todo trapo, empezó a levantar la sucia camisa de lana sobre el joven torso de giganta. Después, viéndome resuelto a marcharme, me pidió son argent. Entonces se abrió una puerta en el extremo del cuarto y dos hombres que habían estado comiendo en la cocina se sumaron a la gresca. Eran deformes, con los pescuezos al aire, morenos, y uno de ellos usaba anteojos negros. A sus espaldas espiaban un muchachuelo y un niño que andaban de puntillas, con las piernas torcidas y embarradas. Con la lógica insolente de las pesadillas, la enfurecida alcahueta señaló al de los anteojos negros y dijo que había estado en la policía, lui, de modo que me convenía hacer lo que se me había dicho. Me dirigí hacia Marie -ése era su nombre estelar-, que por entonces había trasladado tranquilamente sus pesadas ancas hasta un banquillo frente a la mesa de la cocina para seguir con la sopa interrumpida, mientras el niño de puntillas recogía la muñeca. Con una oleada de piedad que dramatizó mi ademán idiota, deslicé un billete en su mano indiferente. Ella transfirió mi dádiva al exdetective, mientras se me permitía retirarme.

 

7

 

Ignoro si el álbum de la alcahueta fue o no otro eslabón en la guirnalda de margaritas; lo cierto es que poco después, por mi propia seguridad, resolví casarme. Se me ocurrió que horarios regulares, alimentos caseros, todas las convenciones del matrimonio, la rutina profiláctica de las actividades de dormitorio y, acaso, el probable florecimiento de ciertos valores morales podían ayudarme, si no para purgarme de mis degradantes y peligrosos deseos, por lo menos para mantenerlos bajo mi dominio. Algún dinero recibido después de la muerte de mi padre (no demasiado: el Mirana se había vendido mucho antes), sumado a mi postura atractiva, aunque algo brutal, me permitió iniciar la busca con ecuanimidad. Después de considerables deliberaciones, mi elección recayó sobre la hija de un doctor polaco: el buen hombre me trataba sucesivamente por mis vahídos y mi taquicardia. Jugábamos al ajedrez: su hija me miraba detrás de su caballete de pintura, e introducía ojos y articulaciones -tomadas de mí- en los trastos cubistas que por entonces pintaban las señoritas cultas, en vez de lilas y corderillos. Permítaseme repetirlo con serena firmeza: yo era, y aún soy, a pesar de mes malheurs, un varón excepcionalmente apuesto; de movimientos lentos, alto, con suave pelo negro y aire melancólico, pero tanto más seductor. La virilidad excepcional suele reflejar, en los rasgos visibles del sujeto, algo sombrío y congestionado que pertenece a lo que debe ocultar. Y ése era mi caso. Muy bien sabía yo, ay, que podía obtener a cualquier hembra adulta que se me antojara castañeteando los dedos; en verdad, ya era todo un hábito mío el no mostrarme demasiado atento con las mujeres, a menos que se precipitaran, con la sangre encendida, en mi frío regazo. De haber sido yo un françáis moyen aficionado a las damas de relumbrón, podría haber encontrado fácilmente, entre las muchas bellezas enloquecidas que rompían contra mi sombrío peñasco, criaturas mucho más fascinantes que Valeria. Pero mi elección estaba condicionada por consideraciones cuya esencia era, como habría de advertirlo demasiado tarde, una lamentable transacción. Todo lo cual demuestra hasta qué punto Humbert era siempre estúpido en cuestiones de sexo.

 

8

 

Aunque me dijera a mí mismo que sólo buscaba una presencia que sirviera de blanco para mis tiros, un pot-au-feu superlativo, lo que realmente me atraía en Valeria era que imitaba a una niña. No lo hacía porque hubiera adivinado algo en mí; era sencillamente su estilo, y sucumbí a él. En realidad, ya andaba cerca de los treinta (nunca llegué a saber su verdadera edad, porque hasta su pasaporte mentía) y había perdido su virginidad en circunstancias que variaban según su estado de ánimo rememorativo. Por mi parte, yo era tan candoroso como sólo un pervertido puede serlo. Ella tenía un aire retozón, de pichona, se vestía a la gamine, mostraba generosamente sus piernas suaves, sabía cómo destacar el blanco de una prenda íntima con el negro terciopelo de sus chinelas, hacía mohínes, tenía hoyuelos, era juguetona, sacudía su pelo corto, rubio y rizado de la manera más graciosa y trivial que pudiera imaginarse.

Después de una sucinta ceremonia en la mairie, la llevé al nuevo apartamento que había alquilado y, con cierta sorpresa de su parte, hice que se pusiera antes de tocarla, un tosco camisón que me había ingeniado para hurtar del lavadero de un orfanato. Esa noche nupcial me procuró cierta diversión. Pero la realidad no tardó en afirmarse. Los rubios rizos revelaron sus raíces negras; el vello se convirtió en púas sobre una piel rasurada; los volubles labios húmedos, que yo había atiborrado de amor, traicionaron ignominiosamente su semejanza con la parte correspondiente en un preciado retrato de su mamá muerta, tan parecida a un sapo; al fin, en vez de una pálida niña del arroyo, Humbert Humbert tuvo en sus manos un baba enorme, hinchado, de piernas cortas, pechos grandes y casi sin seso.

Ese estado de cosas duró desde 1935 hasta 1939. La única ventaja de mi mujer era su naturaleza tácita, que favorecía la ilusión de un extraño bienestar en nuestro pequeño y mísero departamento: dos cuartos, una vista brumosa desde una ventana, una pared de ladrillos desde la otra, una cocina estrecha, una bañera en forma de zapato dentro de la cual me sentía como Marat, pero sin ninguna doncella de cuello blanco que me apuñalara. Pasamos juntos unas pocas noches apacibles, ella hundida en su Paris-Soir, yo trabajando en una mesa desvencijada. Íbamos al cinematógrafo, a ver carreras de bicicletas y combates de boxeo. Yo recurría muy pocas veces a su carne rancia; sólo en casos de gran necesidad y desesperación. El almacenero que vivía frente a nosotros tenía una hijita cuya sombra me enloquecía; pero con ayuda de Valeria encontraba, después de todo, ciertos desahogos legales para mi fantástica tendencia. En cuanto a la cocinera, descartamos tácitamente el pot-au-feu y comíamos casi siempre en un lugar atestado de la Rue Bonaparte, con manteles manchados de vino y entre una algarabía foránea. En la casa vecina, un anticuario exhibía en su escaparate abigarrado una vieja estampa norteamericana, espléndida, llameante, verde, roja, dorada, azul, índigo: una locomotora con una chimenea gigantesca, grandes faroles barrocos y un barredor tremendo, que arrastraba sus coches color malva a través de la noche tormentosa, en la pradera, y mezclaba su humo tachonado de chispas con las aterciopeladas nubes henchidas de truenos.

Las nubes estallaron. En el verano de 1939 mon oncle d'Amérique murió legándome una renta anual de unos pocos miles de dólares a condición de que me fuera a vivir a los Estados Unidos y demostrara ciertos interés por sus asuntos. La perspectiva encontró en mí la mejor de las bienvenidas. Sentí que mi vida necesitaba una sacudida. Además, había otra cosa: en la felpa de la comodidad matrimonial aparecían agujeros de polillas... En las últimas semanas, había advertido que mi gorda Valeria no era ya la misma: había adquirido un extraño desasosiego y a veces hasta mostraba cierta irritación muy poco afín con el carácter que se suponía encarnado con ella. Cuando le informé que estábamos a punto de embarcarnos para Nueva York, pareció perpleja, angustiada. Hubo algunas tediosas dificultades con sus documentos. Tenía un pasaporte que, por algún motivo, su participación de la sólida nacionalidad suiza de su marido no podía superar; resolví que la necesidad de hacer colas en la préfecture y otras formalidades era lo que le había vuelto tan inquieta, a pesar de mis pacientes descripciones de Norteamérica como el país de los niños rosados y los grandes árboles, donde la vida era tanto mejor que en el insulso y turbio París.

Una mañana, salíamos de cierta oficina con sus papeles casi en orden, cuando Valeria, que iba zarandeándose a mi lado, empezó a sacudir vigorosamente su cabeza lanuda sin decir una sola palabra. Callé durante un instante y al fin le pregunté si le pasaba algo. Me respondió (traduzco de su francés, que a su vez sería, según imagino, la traducción de una trivialidad eslava): «Hay otro hombre en mi vida».

En verdad, ésas son palabras feas para los oídos de un marido. Confieso que me ofuscaron. Golpearla allí mismo, en la calle, como habría hecho un hombre honrado del común, no era cosa factible. Años de oculto sufrimiento me habían enseñado un autocontrol sobrehumano. La hice subir, pues, a un taxi que se había deslizado de manera invitadora a lo largo de la acera durante algún tiempo, y en esa relativa intimidad sugerí que aclarara su tremenda revelación. Una furia creciente me sofocaba, no porque sintiera un afecto especial hacia esa figura ridícula, madame Humbert, sino porque los problemas de uniones legales e ilegales, sólo podían resolverse por sí mismos, y ahí estaba ella, Valeria, una esposa de comedia, preparándose a disponer de mi comodidad y mi destino. Le pregunté el nombre de su amante. Repetí mi pregunta; pero ella se empeñó en un grotesco balbuceo, discurriendo sobre su infelicidad conmigo y anunciando planes para un divorcio inmediato: «Mais, qui est-ce», grité al fin, golpeándole la rodilla con el puño. Ella, sin pestañear, fijó en mí sus ojos como si la respuesta hubiera sido demasiado simple para las palabras, después se encogió ligeramente de hombros y señaló la espesa nuca del conductor del taxi, que se detuvo en un pequeño café y se presentó. No recuerdo su ridículo nombre, pero después de todos esos años aún puedo verlo con toda nitidez: un fornido ruso blanco, ex coronel, de bigote espeso y corte de pelo a la prusiana. Había miles de ellos trabajando en ese oficio de necios por todo París. Nos sentamos a una mesa. El zarista pidió vino y Valeria, después de aplicarse una servilleta mojada sobre la rodilla, siguió hablando... en mí, más que a mí. Vertía palabras en este digno receptáculo con volubilidad que nunca había sospechado en ella. De cuando en cuando, dirigía una descarga eslava hacia su insólito amante. La situación era absurda y lo fue aún más cuando el coronel-taximetrista, deteniendo a Valeria con una sonrisa posesiva, empezó a desarrollar sus opiniones y proyectos. Con un acento atroz en su cuidadoso francés, esbozó el mundo de amor y trabajo en el cual se proponía entrar tomado de la mano de su mujer-niña, Valeria. Valeria, mientras tanto, había empezado a arreglarse, sentada entre él y yo; se pintaba los labios fruncidos, triplicaba su mentón para observarse la pechera de la blusa, etcétera. El coronel hablaba de ella como si hubiera estado ausente, y también como si Valeria hubiera sido una especie de pupila a punto de pasar, por su propio bien, de las manos de un tutor sensato a las de otro más sensato todavía. Y aunque mi ira impotente haya exagerado y desfigurado ciertas impresiones, puedo jurar que el ruso llegó a consultarme sobre problemas tales como la alimentación de mi mujer, sus períodos, su guardarropa y los libros que había leído o debía leer: «Creo que Jean Christophe le gustará...», dijo. ¡Oh, el señor Taxovich era todo un letrado!

Puse fin a esa cháchara sugiriendo a Valeria que empacara en seguida sus pocas pertenencias, y el bobo del coronel se ofreció galantemente para llevarlas en su automóvil. Volviendo a su condición profesional, condujo a los Humbert a su domicilio. Durante el camino, Valeria habló y Humbert el Terrible deliberó con Humbert el Pequeño si Humbert Humbert debía matar al amante, o a los dos, o a ninguno. Recuerdo la ocasión en que empuñé una pistola automática perteneciente a un camarada de estudios, en los días (he hablado de ellos, pero poco importa) en que jugaba con la idea de gozar de su hermana, una diáfana nínfula con un arco de pelo negro, y luego darme muerte. Ahora me preguntaba si Valechka, como la llamaba el coronel, era digna de que disparara contra ella, o la estrangulara, o la ahogara. Tenía piernas muy vulnerables y resolví limitarme a lastimarla horriblemente no bien estuviéramos a solas.

Pero nunca estuvimos a solas. Valechka -que ahora vertía torrentes de lágrimas teñidas por el revoltijo de su maquillaje multicolor- empezó a llenar un baúl, y dos valijas, una caja que estuvo a punto de estallar, mientras el maldito coronel, que revoloteaba alrededor de ella incesantemente, hacía imposibles mis sueños de ponerme mis botas de montaña y darle un buen puntapié en el trasero. No puedo decir que el coronel se portara con insolencia o cosa semejante; por el contrario, exhibió -como una representación suplementaria en esa función que me habían endilgado- una discreta cortesía de viejo estilo, subrayando sus movimientos con toda clase de excusas mal pronunciadas (j'ai demannde perdone... est-ce que j'ai puis...) y volviéndose con todo tacto cuando Valechka descolgó de la cuerda para tender, sobre la bañera, sus calzones rosados. Pero el coronel parecía llenar el lugar en todo momento, le gredin, ya acomodando su persona a la anatomía de un sofá, ya leyendo mi periódico en mi silla, ya desatando el nudo de un cordel, ya enrollando un cigarrillo, ya contando las cucharitas de té, ya visitando el cuarto de baño, ya ayudando a su muñeca a envolver el ventilador eléctrico que su padre le había regalado, ya llevando a la calle su equipaje. Yo me senté a medias apoyado en el alféizar de la ventana, con los brazos cruzados, muriéndome de odio, de hastío. Al fin, ambos estuvieron fuera del trémulo apartamento -seguía resonando en cada nervio mío la vibración de mi portazo a sus espaldas, pobre sucedáneo del revés que debía haberle dado en la mejilla, según las normas del cinematógrafo-. Representando torpemente mi papel, me precipité al cuarto de baño para comprobar si se habían llevado mi agua de colonia inglesa; allí estaba, pero advertí, con un estremecimiento de furioso asco, que el antiguo consejero del zar no había tirado la cadena después de vaciar su vejiga. Ese solemne estanque de orina ajena donde se desintegraba una colilla pardusca, me hirió como un insulto supremo y busqué, enloquecido, un arma alrededor de mí. En realidad, me atrevo a decir que sólo una cortesía de clase media rusa (con un dejo oriental, quizá) había sugerido al buen coronel (¡Maximovich!, súbitamente su nombre vuela en taxi hacia mí), persona muy formal como todos los de su condición, que encubriera sus necesidades privadas con un decoroso silencio, como para no humillar la pequeñez del domicilio de su huésped con el fragor de una impetuosa cascada, al cabo de su propio chorro aminorado. Pero todo ello no pasó por mi mente mientras exploraba la cocina, rugiendo de rabia, en pos de algo mejor que una escoba. Al fin, abandonando la busca, salí de la casa con la heroica decisión de atacarlo a puño limpio: a pesar de mi vigor natural, no soy un púgil, mientras que Maximovich, bajo, pero de hombros anchos, parecía hecho de hierro. La calle desierta, donde no quedó más rastro de la partida de mi mujer que un botón de vidrio arrojado al arroyo después de permanecer durante tres innecesarios años en un estuche roto, evitó que me sangraran las narices. Pero no importa. Tuve mi pequeña venganza a su debido tiempo. Un hombre de Pasadena me dijo un día que la señora Maximovich, née Zborovski, había muerto al dar a luz en 1945; de algún modo, la pareja había ido a parar a California, donde se había prestado, a cambio de un salario excelente, a un largo experimento ideado por un distinguido etnólogo norteamericano. El experimento consistía en observar las reacciones humanas y raciales a una dieta de bananas y dátiles, en una constante posición de cuatro patas. Mi informante, un doctor, juró que había visto con sus propios ojos a la obesa Valechka y a su coronel, por entonces con el pelo gris y también muy corpulento, gateando diligentemente por los bien barridos suelos de una serie de cuartos muy iluminados (frutas en uno, agua en otro, esteras en un tercero, etc.), en compañía de otros cuadrúpedos alquilados, escogidos entre grupos indigentes y desesperados. He tratado de encontrar los resultados de esas pruebas en la Revista de Antropología, pero parece que aún no se han publicado. Desde luego, se necesita algún tiempo para que fructifiquen esos productos científicos. Espero que se publiquen ilustrados con buenas fotografías, aunque no es muy probable que la biblioteca de una cárcel albergue obras tan eruditas. El libro a que me veo limitado en estos días, a pesar de las gestiones de mi abogado, es un claro ejemplo del absurdo eclecticismo que gobierna la elección de libros en las bibliotecas carcelarias. Tienen la Biblia, desde luego, y Dickens (un ejemplar antiguo, Nueva York, ed. G. W. Lillingham, MDCCCLXXXVII); el Tesoro de la juventud, con algunas bonitas fotografías de girls scouts con pelo color de miel, en pantalones cortos; y El anuncio de un crimen, de Agatha Christie. Pero también tienen coruscantes fruslerías tales como Un vagabundo en Italia, de Percy Elphinstone, autor de Vuelta a Venecia, Boston 1868, y un Quién es quién en el teatro relativamente al día (1946) -actores, productores, autores, fotografías de escenas-. Examinando el último volumen, di con una de esas coincidencias que los lógicos abominan y los poetas aman. Transcribo casi toda la página:

«Pym, Roland. Nació en Lundy, Massachusetts, en 1922. Estudió arte escénico en Elsinore Playhouse, Derby, Nueva York. Se inició en Fuegos de artificio. En su vasto repertorio figuran: A dos cuadras de aquí, La muchacha de verde, Maridos mezclados, Toca y vete, El encantador Juan, He soñado contigo.»

«Quilty, Clare. Dramaturgo norteamericano. Nació en Ocean City, Nueva Jersey. 1911. Estudió en la Universidad de Columbia. Se inició en la carrera del comercio, pero la abandonó por el arte dramático. Es autor de La pequeña ninfa, La dama que amaba los relámpagos (en colaboración con Vivian Darkbloom), Era oscura, El hongo extraño, Amor paternal y otras piezas. Son notables su abundantes producciones para niños. La pequeña ninfa viajó 22. 000 kilómetros y se representó 280 veces en su rumbo hacia Nueva York. Hobies: autos de carreras, fotografía, animales domésticos.»

«Quine, Dolores. Nació en 1882, en Dayton, Ohio. Estudió arte escénico en la American Academy. Actuó por primera vez en Ottawa, en 1900. En 1904 debutó en Nueva York con Nunca hables a extraños. Desde entonces reapareció en... (sigue una lista de obras).»

¡Cómo me retuerce con dolor desesperado la lectura del nombre de mi amada, aunque atribuido a una vieja bruja! Acaso también ella pudo ser actriz. Nació en 1935. Apareció (advierto el desliz de mi pluma en el párrafo precedente, pero no lo corrijas, por favor, Clarence) en El escritor asesinado. ¡Oh, Lolita mía, sólo puedo jugar con palabras!

 

VLADIMIR NABOKOV

12 de noviembre de 1956

 

 

 

 

Título original

Lolita

Olympia Press

París, 1955

 

 

 

 

Traducido por

Enrique Tejedor

 

 

©  Vladimir Nabokov, 1955

©  Ediciones Grijalbo, S. A., 1975

Déu i Mata, 98. 08029 Barcelona

Séptima edición (Segunda en «Edibolsillo»)

Reservados todos los derechos

ISBN: 84-253-1505-0

Depósito Legal: B. 4.729-1986

Impreso en IBYNSA

Badajoz, 147 - 08018 Barcelona

 

 

 

Escaneo y OCR: Hypnerotomachia Poliphili

Revisión: Thor

Noviembre de 2003

 

 

Mempo Giardinelli y su "Luna Caliente".

 


Mempo Giardinelli, escritor y periodista, nació en Resistencia, Chaco en 1947, ciudad a la que regresó para radicarse en 1990, después de años de peregrinaje que incluyeron 8 años de exilio en México. Ha publicado La revolución en bicicleta (novela, 1980; Seix Barral, 1996), El cielo con las manos (novela, 1981; Seix Barral 1996), Vidas ejemplares (cuentos, 1982), Luna caliente (Premio Nacional de Novela en México 1983; Seix Barral, 1995), El género negro (ensayo, 1984), Qué solos se quedan los muertos (novela, 1985), Antología personal (cuentos, 1992), El castigo de Dios (cuentos, 1994), Santo oficio de la memoria (novela, VIII Premio Internacional "Rómulo Gallegos" 1993; Seix Barral, 1997) e Imposible equilibrio (Planeta, novela, 1995). Fundó y dirigió la revista "Puro Cuento" entre 1986 y 1992. Dedicado también al periodismo, en 1998 publicó el libro de ensayos El país de las maravillas donde con extraordinaria calidad literaria indaga en eso que tantos han llamado la argentinidad. Ha publicado artículos, ensayos y cuentos en diarios y revistas de todo el mundo. Sus obras han sido traducidas a una docena de lenguas.


 

 

 

 

 

 

 

El regreso a la provincia -después de una larga estancia en París- significa para Ramiro Bernárdez el hallazgo de una nueva sensualidad, ligada al calor sofocante del Chaco y a la piel dorada de Araceli Tennembaum, una adolescente, casi una niña. Su desbocada pasión por ella lo arrastra a una serie de pérdidas: la de su futuro profesional, la de su familia y, por último, la irrevocable pérdida de sí mismo. Y por encima de todo, aquella luna caliente símbolo propiciatorio del encuentro de los amantes, pero también de una cierta locura.
Novela trepidante, que se aleja de las formas trilladas del realismo urbano y de lo real maravilloso, Luna caliente constituye un verdadero clásico latinoamericano del género noir y es una breve pero rotunda explicación de los hilos que mueven las pasiones humanas. Oscilando entre lo sentimental y lo policial, lo erótico y lo político, se inaugura aquí una nueva y original forma de describir el enfrentamiento entre civilización y barbarie.

Reseña Biblioteca Latinoamericana Contemporánea, 2000

 

 


 

 

 

La muerte es el hecho primero y más antiguo,
y casi me atrevería a decir: el único hecho.
Tiene una edad monstruosa y es sempiternamente nueva.

Elías Canetti . La conciencia de las palabras

 

I

Sabía que iba a pasar; lo supo en cuanto la vio. Hacía muchos años que no volvía al Chaco y en medio de tantas emociones por los reencuentros, Araceli fue un deslumbramiento. Tenía el pelo negro, largo, grueso, y un flequillo altivo que enmarcaba perfectamente su cara delgada, modiglianesca, en la que resaltaban sus ojos oscurísimos, brillantes, de mirada lánguida pero astuta. Flaca y de piernas muy largas, parecía a la vez orgullosa y azorada por esos pechitos que empezaban a explotarle bajo la blusa blanca. Ramiro la miró y supo que habría problemas: Araceli no podía tener más de trece años.

Durante la cena, sus miradas se cruzaron muchas veces, mientras él hablaba de los años pasados, de sus estudios en Francia, de su casamiento, de su divorcio, de todo lo que habla una persona que los demás suponen trashumante porque ha recorrido mundo y ha vivido lejos, cuando regresa a su tierra después de ocho años y tiene apenas treinta y dos. Ramiro se sintió observado toda la noche por la insolencia de esa niña, hija del ahora veterano médico de campaña que fuera amigo de su padre, y que lo había invitado con tanta insistencia a su casa de Fontana, a unos veinte kilómetros de Resistencia.

La noche cayó con grillos tras los últimos cantos de las cigarras, y el calor se hizo húmedo y pesado y se prolongó después de la cena, rociada de vino cordobés, dulzón como el aroma de las orquídeas silvestres que se abrazaban al viejo lapacho del fondo de la finca. Ramiro nunca sabría precisar en qué momento sintió miedo, pero probablemente sucedió cuando descruzó las piernas para levantarse, al cabo del segundo café, y bajo la mesa los pies fríos, desnudos, de Araceli le tocaron el tobillo, casi casualmente, aunque acaso no.

Cuando se pusieron de pie para ir al jardín, porque el calor era sofocante, Ramiro la miró. Ella tenía sus ojos clavados en él; no parecía turbada. Él sí. Caminaron, con las copas en las manos, detrás del médico, que ya estaba bastante achispado, y de su esposa, Carmen, quien no dejaba de hablar. Los más chicos se habían acostado y Araceli, decía su madre, era raro que estuviera despierta a esa hora. "Los chicos crecen", dijo el médico. Y Araceli hizo como que miraba algo, al costado, en un gesto que Ramiro interpretó cargado de la intención de que él viera su media sonrisa.

Charlaron y bebieron en el jardín trasero, hasta las doce de la noche. Fue una velada que a Ramiro le resultó inquietante porque no podía dejar de mirar a Araceli, ni a su falda corta que parecía remontarse sobre las piernas morenas, suavemente velludas, impregnadas de sol, que en ese momento brillaban a la luz de la luna. Era incapaz de apartar de su cabeza algunas excitantes fantasías que parecían querer metérsele en la conversación, y que no sabía reprimir. Araceli no dejó de mirarlo ni un minuto, con una insistencia que lo turbaba y que él imaginó insinuante.

Al despedirse, cometió la torpeza de volcar un vaso sobre la muchacha. Ella se secó la pollera, alzándola un poco y mostrando las piernas, que él miró mientras el médico y su esposa, bastante bebidos los dos, hacían comentarios que pretendían ser graciosos.

Cuando se adelantaron para abrir la puerta que daba al patio, a fin de atravesar la casa hasta la calle, Ramiro tomó a Araceli de un brazo y se sintió estúpido, desesperado, porque lo único que se le ocurrió preguntar fue:

-¿Te manchaste mucho?

Se miraron. Él frunció el ceño, dándose cuenta de que temblaba a causa de su excitación. Araceli cruzó los brazos por debajo de sus pechos, que parecieron saltar hacia adelante, y se encogió con un ligero estremecimiento.

-Está bien -dijo, sin bajar la mirada, que a Ramiro ya no le pareció lánguida.

Minutos después, cuando cruzó la carretera y entró al viejo Ford del 47 que le habían prestado, Ramiro se dio cuenta de que tenía las manos transpiradas, y que no era por el agobiante calor de la noche. Entonces fue que se le ocurrió la idea, que no quiso pensar ni por un segundo: apretó varias veces, violentamente, el acelerador, hasta que no dudó que había ahogado el motor. Con rabia, y ahora sin apretar el pedal, hizo girar en vano el arranque. El motor se ahogó más. Repitió la operación varias veces, empecinado, furioso, haciendo un ruido que se fue apagando junto con la batería.

-¿No arranca, Ramiro? -preguntó el médico desde la casa. Ramiro pensó que ese hombre, ya borracho, era un estúpido por preguntar algo tan obvio. Con un gesto exagerado, y secándose el sudor de la frente, salió del coche y dio un portazo.

-No sé qué le pasa, doctor. Y me quedé sin batería. ¿No me daría un empujón?

-No, hombre, quedate a dormir y listo; mañana lo arreglamos. Además es tarde y hace demasiado calor. Y en el viaje a Resistencia se te puede descomponer de nuevo.

Y sin esperar respuesta caminó hacia la casa y empezó a ordenar a su mujer que le prepararan a Ramiro el dormitorio de Braulito, el mayor de sus hijos, que estudiaba en Corrientes.

Ramiro se dijo que acaso se iba a arrepentir de su propia locura. Se preguntó qué estaba haciendo. Dudó un instante, petrificado sobre el camino de tierra. Pero capituló cuando vio a Araceli, en la ventana del primer piso, mirándolo.

 

II

El cuarto al que lo destinaron también quedaba en la planta alta. Después de rechazar la invitación a tomar otra copa, y de despedirse del matrimonio, Ramiro se encerró en el dormitorio y se sentó en el borde de la cama, hundiendo la cabeza entre las manos. Respiró agitado, preguntándose si era el verano chaqueño, el calor, lo que lo ponía tan caliente. Pero no era eso: debió admitir que no podía olvidar el color de la piel de Araceli, ni la insinuación de sus pequeños pechos duros, ni su mirada que ahora dudaba si había sido lánguida o seductora, o las dos cosas.

Sí, se dijo, las dos cosas, y se apretó el sexo, erecto, dolorosamente endurecido, como si estuviera por romper las costuras del pantalón. Se sintió enfebrecido. Tenía la boca reseca. Le dolía la cabeza.

Debía ir al baño. Quería ir, para ver... Cuando abrió la puerta de la habitación, el pasillo estaba a oscuras. Se detuvo un momento, recostándose en la jamba, para acostumbrarse a la penumbra. A su izquierda había dos puertas cerradas, que supuso serían del matrimonio y de los niños; una tercera estaba entreabierta y desde adentro llegaba la tenue luz de un velador. Supo que era el cuarto en cuya ventana había visto la figura recortada de Araceli. Una cuarta puerta dejaba ver un lavatorio blanco. Se metió en el baño lentamente, espiando la habitación iluminada, pero no pudo verla.

Se sentó en el inodoro con los pantalones puestos y se estiró el pelo hacia atrás. Sudaba y la cabeza no dejaba de dolerle. Buscó una aspirina tras la puerta con espejo que había sobre el lavatorio. Tomó dos y luego se lavó las manos y la cara, durante un largo rato, refregándose los ojos. No podía pensar. Pero enseguida se dio cuenta de que no quería hacerlo, porque algo le decía que ya sabía lo que iba a pasar, su propia ansiedad le anunciaba una tragedia. El miedo y la excitación que sentía lo bloqueaban y sólo podía escapar actuando, sin pensar, porque la luna del Chaco estaba caliente esa noche, y el calor era abrasador. Porque el silencio era total y el recuerdo de Araceli era desesperante y su excitación incontenible.

Salió del baño, cruzó el pasillo, volvió a espiar, no alcanzó a verla y se encerró nuevamente en su dormitorio. Se tiró sobre la cama, vestido, y se ordenó dormirse. Perdió noción del tiempo y al rato se desabotonó la camisa; dio vueltas sobre la colcha y cambió de posición un millón de veces. Le era imposible dejar de pensar en ella, de imaginarla desnuda. No sabía qué hacer, pero algo tenía que hacer. Fumó varios cigarrillos, muchos de ellos dejándolos a la mitad, y finalmente se puso de pie y miró su reloj. La una y media de la mañana. ¿Qué estoy haciendo?, se preguntó, debo dormir. Pero abrió la puerta y volvió a asomarse al pasillo.

El silencio era absoluto. De la puerta entreabierta de la habitación de Araceli ya no salía la luz; apenas el resplandor de la luna caliente que ingresaba por la ventana y llegaba, mortecina, al pasillo. Se sintió desconcertado; se reprochó su fantasía. Los chicos crecen, pero no tanto. Sí, lo había mirado mucho, deslumbrada, pero no por eso con la intención de seducirlo. Era muy chica para eso. Debía ser virgen obviamente, y toda la malicia de la situación estaba en su propia cabeza, en su podrida lujuria, se dijo. Pero también pensó se ha dormido, la yegüita seductora tuvo miedo y se durmió. Lo impresionó la rabia que sentía, pero en su estómago hubo algo de alivio. Cruzó hacia el baño, diciéndose que regresaría luego a dormirse, y en ese momento escuchó el sonido de la muchacha revolviéndose en la cama. Se dirigió hacia la puerta entreabierta y miró hacia adentro.

Araceli estaba con los ojos cerrados, de cara a la ventana y a la luna. Semidesnuda, sólo una brevísima tanga apretaba sus caderas delgadas. La sábana revuelta cubría una pierna y mostraba la otra, como si la tela fuese un difuminado falo que merodeaba su sexo. Con los brazos ovillados alrededor de sus pechos, parecía dormir sobre el antebrazo izquierdo. Ramiro se quedó quieto, en la puerta, contemplándola, azorado ante tanta belleza; respiraba por la boca, que se le resecó aún más, y enseguida reconoció la erección paulatina e irreversible, el temblor de todo su cuerpo.

Si dormía, ella se despertó fácilmente de un sueño intranquilo. Hizo un movimiento, sus pechitos se zafaron de la cobertura de sus brazos, y se acostó boca arriba. De pronto, miró hacia la puerta y lo vio; rápidamente se cubrió con la sábana, aunque su pierna derecha quedó destapada y reflejando el brillo lunar.

Estuvieron así, mirándose en silencio, durante unos segundos. Ramiro entró a la habitación y cerró la puerta tras de sí. Se recostó en ella, acezante, dándose cuenta de que su pecho se alzaba y luego bajaba, rítmica, aceleradamente. Temblaba. Pero sonrió, para tranquilizarla; o de tan nervioso. Ella lo miraba, tensa, en silencio. Él se acercó lentamente hacia la cama y se sentó, sin dejar de mirarla a los ojos, penetrante, como si supiera que ésa era una manera de dominar la situación. Estiró una mano y empezó a acariciarle el muslo, suavemente, casi sin tocarla; sintió el leve estremecimiento de Araceli y apretó su mano, como para hundirla en la carne. Se reacomodó sobre la cama, acercándose más a ella, conservando esa especie de sonrisa patética que era más bien una mueca, tironeada por ese súbito tic que le hacía palpitar la mejilla izquierda.

-Sólo quiero tocarte -susurró, con voz casi inaudible, reconociendo la pastosidad de su paladar-. Sos tan hermosa...

Y empezó a acariciarla con las dos manos, sin dejar de mirarla, ahora, a todo lo largo de su cuerpo, siguiendo con su vista el recorrido de sus manos, que subieron por las piernas, por las caderas, se juntaron sobre el vientre, treparon lenta, suavemente, por el tórax hasta cerrarse sobre los pechos. Ella temblaba.

Ramiro la miró nuevamente a los ojos:

-Qué divina que sos -le dijo, y fue entonces que advirtió en ella el terror, el miedo que la paralizaba. Estaba a punto de gritar: tenía la boca abierta y los ojos que parecían querer salírsele de la cara.

-Tranquila, tranquila...

-Yo... -moduló ella, apenas en un suspiro-. Voy a...

Y entonces él le tapó la boca con una mano, conteniendo el alarido. Forcejearon, mientras él le rogaba que no gritara, y se acostaba sobre ella, apretándola con su cuerpo, sin dejar de manosearla, besándole el cuello y susurrándole que se callara. Y enseguida, espantado pero enfebrecido por su apasionamiento, empezó a morderle los labios, para que ella no pudiera gritar. Hundió su lengua entre los dientes de Araceli, mientras con la mano derecha le recorría el sexo, bajo la bombacha, y se exaltaba todavía más al reconocer la mata de los pelos del pubis. Ella sacudió la cabeza, desesperada por zafarse de la boca de Ramiro, por volver a respirar, y entonces fue que él, enloquecido, frenético, le pegó un puñetazo que creyó suave pero que tuvo la contundencia suficiente para que ella se aplacara y rompiera a llorar, quedamente, aunque insistía "voy a gritar, voy a gritar", pero no lo hacía, y Ramiro la dejó respirar y gemir y le bajó la bombacha y se abrió el pantalón. Y en el momento de penetrarla, ella soltó un aullido que él reprimió otra vez con su boca. Pero como Araceli gimoteaba ahora ruidosamente volvió a pegarle, más fuerte, y le tapó la cara con la almohada mientras se corría largamente, espasmódico, dentro de la muchacha que se resistía como un animalito, como una gaviota herida. Hasta que Ramiro, embrutecido, ahuyentando una voz que le decía que se había convertido en una bestia, destapó la cara de la muchacha sólo unos centímetros, para horrorizarse ante la mirada de ella, lacrimógena, fracturada, que lo veía con pavor, como a un monstruo. Entonces volvió a cubrirla y a pegar trompadas sordas sobre la almohada. Araceli se resistió un rato más. Para Ramiro no fue difícil contenerla, y poco a poco ella se fue aquietando, mientras él miraba por la ventana, impasible, sin comprender, y se decía y repetía que la luna estaba muy caliente, esa noche, en Fontana

Dos aproximaciones literarias a los pederastas

Dos aproximaciones literarias a los pederastas

 

 

Por: Luis Navarro


 

 

No es nada fácil hablar de un tema tan desagradable, moralmente rechazable e incomprensible como la pederastia. El sexo, la atracción sexual, es una cuestión de formas e ideas: nos atraen ciertos rasgos de un cuerpo y sobre todo la cabeza que controla ese cuerpo. Un niño no tiene ni las formas ni las ideas que provocan la atracción sexual; de hecho, deja de ser niño cuando las adquiere. Por eso es muy difícil entender que alguien quiera abusar de un niño -siempre es abuso, además, porque no puede haber en el niño voluntad de correspondencia-. No es mi intención aquí formular una explicación y tampoco quiero llenar esto de adjetivos que intenten calificar tal acto: si no hay palabras, no las hay; asumamos que no todo puede verbalizarse. Me confieso incapaz de comprender qué es lo que pasa por la mente de un pederasta. Por eso voy a fijarme en cómo lo ven otros, otros que quizá tampoco buscan comprender ni explicar, pero que tienen la audacia de hablar de ello en términos literarios y hacerlo de modo conmovedor y estéticamente brillante.

Hace poco leía las maravillosas memorias de Martin Amis, Experiencia, publicadas en el año 2000. Este libro, que uno cierra emocionado por lo que cuenta y por la prosa con que lo hace, tiene espacio para todo: el humor, el amor, los recuerdos de juventud, el retrato de la figura del padre, reflexiones literarias de altura y una pequeña revancha contra el cuarto poder, sin llegar a convertirse en el ajuste de cuentas que terminan siendo muchos libros autobiográficos. También hay hueco para un asunto que ha afectado - y lo sigue haciendo- a Amis y su familia: el secuestro y asesinato de Lucy Partington por parte de Frederick West, famoso asesino en serie de la Inglaterra contemporánea. Lucy desapareció en 1973 y hasta los años 90, en que se descubrió todo lo que West llevaba haciendo durante más de dos décadas -cuando se desenterraron los cadáveres de su jardín-, no se conoció el verdadero destino de la chica. A la angustia de tantos años sin conocer la verdad le siguió el enorme dolor de saberla, pero la angustia no desapareció, ya que todavía quedaba la terrible duda sobre el sufrimiento de Lucy -West era un sádico-. Martin Amis habla mucho de Lucy en Experiencia y procura mencionar lo menos posible a West al que, para más dolor de la familia de Lucy y de todas las chicas a las que mató, se convirtió en objeto de múltiples libros y artículos periodísticos, algunos con la pretensión de averiguar la verdad, otros muchos con el único fin de ofrecer carnaza a una sociedad enferma de amarillismo, con teorías insoportables para los directamente afectados. Amis no entra en ese juego, pero cuando habla de West aporta -como en el resto del libro, por otra parte- ideas e impresiones de un gran valor. Aquí, y en cuanto al tema que nos ocupa, merece la pena destacar dos: la primera es una frase definitoria de Frederick West -que violó a muchas menores, empezando por su propia hija, de la que abusó reiteradamente durante años-: ‘West era un siniestro tarado a quien la niñez le enseñó a ser adicto a ese momento en que la impotencia se convierte en prepotencia' [cito por la edición española, en Anagrama]. La segunda es una reflexión general sobre los pedófilos de los que viene a decir que lo que buscan, más allá de la belleza física y el placer, es profanar lo que caracteriza a la infancia: su inocencia. El pederasta -y esto también lo resalta Amis- no abusa de los niños porque los quiera; lo hace porque los odia y necesita destruir su candidez.

Frente a esto, Amis opone el amor, el amor por su familia, por sus padres y por sus hijos, un amor filial al que West jamás pudo aproximarse ni de lejos y esto lo convierte, como al resto de pederastas, en un desgraciado. [Un inciso: quizás esté aquí una de las razones por las que algunos sacerdotes católicos han abusado de menores; el voto de castidad los imposibilita para amar a un niño].

Junto a Experiencia descubrí recientemente un fascinante cómic que también se ocupa del tema de la pederastia, en este caso en el terreno de la ficción. Se trata de La muñequita de papá, una breve novela gráfica de la norteamericana Debbie Drechsler que originalmente se publicó por entregas en la prestigiosa editorial de Seattle Fantagraphics. La muñequita de papá es un cómic indie que tiene como protagonista a Liz, una pre-adolescente de la que su padre abusa sin que nadie más lo sepa. El padre de Liz, como West, es un pederasta que empieza por buscar donde más fácil lo tiene, en su propia casa, y que desde luego no sabe lo que es el amor. Los dibujos de Debbie Drechsler, aunque de estética naïf -como los guiones que los acompañan-, no evitan las imágenes más duras y explícitas, pero la autora prefiere no centrarse en las relaciones incestuosas y trazar un retrato de la adolescencia traumática de una chica norteamericana que apunta directamente al corazón del lector, al que deja un importante poso de turbación. Liz se deprime, piensa en el suicidio o se refugia en fantasías nocturnas que le procuran una frágil seguridad, como le podría pasar a la típica chica impopular en el instituto, una ‘nerd' intelectual que escribiera poesía y perteneciera a un club de lectura, de la que se reirían en los pasillos los miembros del equipo de fútbol americano y a la que seguramente le costará relacionarse incluso con chicos tan raros como ella. Liz podría ser la protagonista de una historia que ya hemos visto demasiadas veces, sobre todo en el cine, pero se aleja de la tragedia superficial de la adolescente media estadounidense porque su padre la viola. La protagonista de este cómic es un personaje poliédrico, de gran complejidad y atractivo, al que el lector toma afecto y con ese afecto se hace más duro asistir a su sufrimiento. La muñequita de papá es una obra imprescindible, aunque pueda no ser agradable adentrarse en ella.

 


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Pederastia vs pedofilia ¿perversion-es?

Pederastia vs pedofilia ¿perversion-es?

  
por Celia Gómez Ramos   
02 / 2005

 

Hace unos días, con el título "Proponen boicot contra la obra de García Márquez", apareció en el Diario Milenio[1] una nota en la que la diputada federal por Aguascalientes, Angélica de la Peña[2], integrante de la Comisión para la Protección a los Niños, invitó a no comprar el libro Memorias de mis putas tristes* por promover la pederastia e ir en contra de la tendencia mundial de respeto a los derechos humanos.

 

 

"El Silencio del Pensador, es una Traición;
una Traición a la Verdad
porque el Pensador, bebe copiosamente la Verdad
en el río del Misterio, y debe decirla al Mundo;
callar es abdicar; enmudecer, no es vencer;
es una manera vil de ser vencido;
mutismo, es egoísmo"

J.M. Vargas Vila

La nota, firmada por Katia Zaragoza señala que la legisladora es conciente de que no puede ser censurada la obra de Gabriel García Márquez, sin embargo, sí se puede -dice- hacer un llamado a la sociedad para que no adquiera el material y propuso buscar otras alternativas de diversión, entre las que se incluyen obras de autores mexicanos e internacionales que se han destacado por la difusión de temas que protegen los valores familiares y el respeto a la población.[3]

Esta situación nos da la posibilidad de abordar el fenómeno de la censura, y acercarnos a la definición de la pederastia y/o de la pedofilia.

La pederastia, según Wikipedia, la enciclopedia libre[4], "(del griego: pais - "niño", erastés - "amante") es la preferencia sexual de un varón adulto por púberes o adolescentes varones. El uso corriente llama así a la apetencia que siente un hombre por adolescentes de su mismo sexo. El término designaba en la antigüedad griega una institución bien normatizada de la educación de los adolescentes varones de familias de buena posición social por parte de pedagogos, varones maduros. Mientras que la pederastia, si bien dentro de las sociedades actuales normalmente ya no existe más como costumbre, es considerada sobre todo como una fascinación estética y aún erótica por un varón adolescente y también como una actitud moral (desde el momento en que se trata de la educación de un púber).

La pedofilia, en tanto, es considerada una perversión sexual en la que un adulto es atraído, físicamente o no, por un niño cualquiera sea su sexo o edad. Los dos términos deben ser diferenciados".

Gérard Bonnet, en su libro Las perversiones sexuales[5], señala que "la pedofilia es aquella patología en la que el individuo encuentra su gozo preferencial en la relación sexual con los niños o con los adolescentes y no la señala como perversión, sino en el caso en que esta preferencia se convierte en necesidad exclusiva, y se acompaña con el acto".

Expone que la pedofilia y el sadismo, son las perversiones más impugnadas y denunciadas con mayor violencia en la actualidad y añade que la pedofilia perversa es tan frecuente entre las mujeres como entre los hombres. Incluso en las mujeres -abunda-, toma formas mucho menos evidentes pero que no son menos perniciosas; exhibiciones intempestivas, caricias íntimas y exigencias de caricias, con frecuencia con la apariencia de liberalismo o de ingenuidad. De cara a esta perversión, el autor sugiere una información abierta y profunda, tanto para los adultos como para los niños, con el objetivo de limitar los riesgos inherentes a un tipo de patología que se ha recrudecido en los últimos años.

Así, con estas definiciones, no tendríamos ningún motivo para hacer caso a la legisladora De la Peña, que ni siquiera supo lo que decía con pederastia y de lo cual no trata en lo absoluto el libro en cuestión. Pero como la pretensión es censurar un trabajo literario, independientemente del autor, sigamos arañando.

¿Qué significa, pues, amar a nuestro país, y
ser patriota? Si un poeta dedica toda su vida
a luchar contra los prejuicios, a eliminar los
puntos de vista estrechos, a iluminar la mente
de su pueblo, a purificar su gusto y a ennoblecer
sus opiniones y su pensamiento, ¿qué cosa
mejor podría hacer?¿Cómo podría ser
más patriota?

GOETHE

A lo largo de la historia, han existido marcos reguladores de las acciones individuales, sin embargo en la mayoría de las Constituciones del mundo, la libertad de expresión se encuentra asegurada en la actualidad. Hoy en más de 50 países existe una Ley de Transparencia.

En México, en el ámbito de medios de comunicación masiva, electrónicos y escritos, el derecho a la información y a la libertad de expresión cuenta con un largo trayecto, plasmado en leyes y reglamentos que garantizan ese derecho tanto al individuo como a las autoridades[6], lo cual trae las consiguientes obligaciones y responsabilidades, aunque de esas no hablaremos.

Las leyes, la moral y sistema de valores de los pueblos, así como las conveniencias o creencias de aquellos con poder, en un complejo engranaje, determinaban lo "bueno", y lo "malo". Eso se presentaba en las diferentes esferas, incluida la de las artes, censurándose todo aquello que no se apegara a lo determinado como "bello", lo que por fortuna fue disipándose al tiempo que la sociedad, en sus costumbres locales y en cada época, se trasformaban, hasta que llegamos a un alto grado de apertura, respeto y tolerancia, al comprender la idiosincrasia, que es individual, como la diversidad.

Para mi es difícil pensar en la censura como tal, porque además de no haber sido tocada por ella, siempre he creído que uno puede decir todo, independientemente del medio de comunicación; lo importante será la forma y el compromiso que adquiere el artista o quien escribe, con determinada posición o manera de ver las cosas. Considero que cada quien adquiere un compromiso desde el ámbito de la plástica, el teatro, la danza, la música, la composición o la literatura, un compromiso con el arte y con la vida.

Indudablemente, algo se quiere transmitir -representar, tal vez- y debe de existir en el creador un discurso que irá respondiendo a su trabajo, su postura frente al mundo (política, social, económica, cultural y religiosa) de alguna manera quedará plasmada en su obra, dado que no puede negarse en sus percepciones para sus construcciones. Otra cosa será, y es aquí donde hablamos del compromiso del autor con su existencia -aunque Mario Vargas Llosa, Octavio Paz, Carlos Fuentes y otros, puedan no haber sido comprendidos-, pensar que un escritor o artista no tiene posiciones ni afectos o fobias frente a la vida, y no pueden ni deben hablar de ellos. Sólo haciéndolo se comprometen con los otros, sólo así se involucran con su entorno; porque no puede esperarse de un autor, que sea un simple fabricante de mundos y cazador de mitos en sus obras y no viva una vida.

Los autores tienen la posibilidad, incluso la obligación de verter sus demonios en su trabajo, lo cual no implica la imitación y tampoco se puede creer, que un escrito sea únicamente el responsable de una acción, tendría que haber una semilla plantada en el individuo, para generarla. Saber esto no quita que en distintos momentos broten y se reaviven voces que quieran controlar las libertades de pensamiento y de creatividad. Pensamiento retrógrado y ultraconservador.

Los escritores, dirá Mario Benedetti, suelen oponerse a la censura moral, porque este tipo de vigilancia fácilmente puede extenderse a otros rubros y se cuestiona el porqué obras de arte acusadas inicialmente de pornografía son finalmente aceptadas en su verdadero valor.[7] Recordemos por ejemplo que Baudelaire fue enjuiciado por su libro Las flores del mal y como argumento de defensa señaló que "El libro debe ser juzgado en su conjunto y entonces surgirá de él una terrible moralidad", sea eso quizá un punto de acuerdo para que al menos en literatura se privilegie la temática, a las escenas en las historias; que es entonces cuando un texto se justifica por sí mismo y se considera literario y, arte, o bien, no merezca ver la luz.

La censura es esa búsqueda de control en la difusión de la información no solamente en el ámbito del erotismo, sino a nivel de las ideas, sea la esfera política, social o religiosa. Y si no censura el gobierno, lo hacen en ocasiones los grupos de poder político y económico. Otras veces, hasta la propia sociedad... Incapaces de comprender que en el terreno de la literatura ninguna historia bien contada es inmoral, sino producto transformado de lo que se vive, de los amores y los odios; de las pasiones y las indiferencias; de la existencia y de la muerte; de los anhelos y las inmundicias; de las explicaciones ausentes y de las acciones cotidianas.

Si bien se otorga tanto poder a la palabra, un poder capaz de hacer actuar a los humanos, un poder mayor al del Ser Supremo, que en el Cristianismo es "El Verbo Encarnado", habría que recalcar que la literatura es sueño, represiones, inconformidades, representaciones de la vida en sus diversos exponentes; son los autores tratando de entender las causas de las situaciones, tratando de entender al hombre; tratando de desentrañar o de mostrar su furia, de mostrar sus miedos, sus temores, sus fobias y sus indulgencias..., su pasión por la vida

Fabricada siempre, la creación, no puede estar supeditada a los mismos cánones de la palabra dicha, porque la primera se desarrolla en el ámbito de la imaginación y se construye y reconstruye para transmitir algo específicamente. En tanto, la palabra oral, empleada por los grupos de poder y del gobierno mismo (en discursos, entrevistas, frases que nos bombardean todo el tiempo), se supone, debería ser transparente en sus fines, pues en estos casos no es superior lo que se dice, sino la autoridad que tiene quién lo dice; que si de llevar a actuar se tratara, es la que llega a más gente crédula y con deseos de ver por algún lado una esperanza, que aquella a quien puede llegar un escritor.

En distintas épocas y localidades muchas obras artísticas han sido censuradas y aún así han logrado levantar vuelo por su propio peso, algunas de las veces cuando sus autores ya se marcharon de este planeta, otras por fortuna no.

El caso del norteamericano Henry Miller, ha sido uno de censura. Lo cito, "No son los océanos los que nos separan del mundo -es la manera norteamericana de ver las cosas"... "el estilo norteamericano consiste en seducir a un hombre a través del soborno y convertirlo en una prostituta. O ignorarlo, matarlo de hambre hasta someterlo y convertirlo en un esclavo". "Cualquier progreso que haya en la vida, no proviene de la adaptación sino del atrevimiento, de la obediencia a la urgencia ciega". Eso lo señalaba en Francia Miller, cuyos textos fueron censurados por 30 largos años en Estados Unidos, su país natal. "Un hombre escribe para expulsar el veneno que ha acumulado -continúa- debido a su estilo de vida falsa. Está intentando recapturar su inocencia, pero todo lo que logra hacer (escribiendo) es inocular al mundo con un virus de su desilusión. Ningún hombre pondría una sola palabra en un papel si tuviera el coraje de vivir aquello en lo que creía".

Pedofilia y censura

No estoy a favor ni de la pederastia ni de la pedofilia, jamás lo estaré, pero pensar que un autor por escribir respecto a la vida de un niño o una niña menor de edad que enfrenta dichas situaciones las promueva, resulta una insolencia y absoluto desapego de la realidad, de la que no es ajena el escritor y por ello escribe. Así las obras del Marqués de Sade, la de Vladimir Nabokov con su Lolita; Choderlos de Laclos con Las amistades peligrosas; Anaïs Nin con Incesto; Michel Faber con Pétalo Carmesí, Flor blanca; Flaubert con Madame Bovary; George Bataille con Historia de Ojo; John Cleland con Memorias de Fanny Hill; D.H. Lawrence con El amante de Lady Chatterley. Cuentos libertinos de Honorato de Balzac; Inmaculada o los placeres de la inocencia de Juan García Ponce; Apariciones de Margo Glantz; La edad de hombre de Michel Leiris...[8]

Podríamos mencionar a Oriana Fallacci con Carta a un niño que nunca nació, a Hermann Hesse con Bajo la Rueda y también recordar cuando vino por primera ocasión Madonna a México y Provida, dirigida por Jorge Serrano Limón buscó manifestar su inconformidad e intentar boicotear su visita a la nación mexicana, porque incitaba al vicio. Esto no es irrelevante.

Irrelevante nunca, que la única forma de percatarse que algo despierta pasiones es habiéndolas experimentado o imaginado con ese "algo", por supuesto el señor Serrano Limón, tan reprimido, debió saber quien era Madonna y haberla "estudiado" en escena. Para que un libro no apto para niños llegue a ellos, tiene que haber descuido, desinterés o falta de comunicación de los padres en la mayoría de las ocasiones, y no de las instituciones. Por otra parte, considerar que la gente adulta no lo es, sería como regresar a la época de la conquista, cuando nos consideraban "Menores de Edad" y no nos reconocían inteligencia para tomar decisiones, ni distinguir entre lo que está a favor de la vida y lo que está en contra. Personas de moral sospechosa, son sin duda, aquellas que sospechan de la moral de los demás.

Entonces, la censura a la creación literaria es impensable, a menos, claro está, cuando se convierte por un efecto indeseado en una forma de promocionar la obra. Lo vimos con Aura de Carlos Fuentes, cuando reclamó el Secretario del Trabajo, Carlos Abascal Carranza, que a su hija, de tercero de secundaria, se la hubieren dejado leer en la escuela en el marco de las lecturas guiadas. Se hizo escándalo y Fuentes declaró que nunca se vendió tanto su libro(9). Eso podría ser lo que deseara la diputada que solicita no se compre el libro de García Márquez, que por cierto, en nuestras distintas librerías resulta ser el más vendido, y ni siquiera creo que se deba a su pronunciamiento.

Ahora bien, los temas que protegen los valores familiares y el respeto de la población, no necesariamente deben ser abordados por los escritores, quienes en ningún momento considero quieren quitar su lugar a los pedagogos. Entiéndase bien, los escritores no son formadores, capturan realidades y mitos, deforman y transforman, crean y recrean los sonidos y silencios de su tiempo.

Entonces qué ¿pedófilos o pederastas? Entonces qué ¿nos alcanzará la censura?Entonces qué ¿hoy la fama sólo se logra con el escándalo? Entonces qué ¿políticos con doble moral?

 


[1] Milenio Diario, 22 de enero de 2005, p.35

[2] Esposa del senador y coordinador de la bancada perredista en el Senado de la República, Jesús Ortega, quien quiere ser Presidente Nacional de su partido. Pareja en el poder que no se incluyó en el artículo "Erotismo y Poder", que se puede leer aquí mismo.

* Sí, ese mismo que López Obrador titula Memorias de mis sexoservidoras: Recuerdo el rubor del Jefe de Gobierno Capitalino y su pudor al no poder decir el título correcto del libro que estaba leyendo. Otro perredista ¿preocupado? por la existencia de literatura no pedadógica. ¿Estamos ante una izquierda pudorosa? Recordemos que alguien dijo que el que quiere quedar bien con todos acaba no complaciendo a nadie.

[3] Se llama a la censura social de García Márquez porque legalmente no se puede.

[4] Obtenido de "http://es.wikipedia.org/wiki/Pederastia", que por cierto es gratuita.

[5] Bonnet, Gérard. Las perversiones Sexuales. Presses Universitaires de France. Publicaciones Cruz O., S.A. 1992. Colección ¿Qué sé?

[6] En México hemos contado a partir del siglo XX con leyes y reglamentos sobre moral pública, entre los más importantes se encuentran (únicamente se mencionan aquellos en cuestión de publicaciones):

1917 Ley de Imprenta.

1923 Convención de Ginebra para reprimir la circulación y el tráfico de publicaciones obscenas.

1944 Reglamento de Revistas Ilustradas en lo tocante a Educación.

1951 Reglamento de los artículos 4º y 6º, Fracción VII, de la Ley Orgánica de Educación Pública, sobre Publicaciones y Revistas Ilustradas en lo tocante a la Cultura y la Educación.

1981 Nuevo Reglamento sobre Publicaciones y Revistas Ilustradas.

1982 Reglamento de Publicaciones y Objetos Obscenos (sólo tuvo pocos días de vida).

1990 Reformas al Código Penal en materia de delitos sexuales.

2002 Ley de Transparencia y Acceso a la Información Pública Gubernamental.

[7] Benedetti, Mario en Sobre artes y oficios. Editorial Alfa. Montevideo, Uruguay, 1968.

[8] Entre aquellas obras censuradas en literatura, encontramos que: El manuscrito de James Joyce, Dublineses fue rechazado por 22 editores antes de publicarse, por sus pasajes "demasiado realistas" y su lenguaje "inaceptable"; el zar censuró La sonata Kreutzer de Tolstoi por su "tema escabroso" y sus "ataques a la institución del matrimonio"; Contrapunto de Aldous Huxley fue rechazada por "tratar de relaciones sexuales extramaritales sin condenarlas". Treinta años más tarde la censura llegó a Corre conejo de Updike. Un juez de Filadelfia se escandalizó con Palmeras salvajes de Faulkner y Santuario, otro de sus libros, produjo reacciones iracundas de los guardianes de la moral.

[9] A últimas fechas, en México han existido hechos aislados de censura, y no en literatura, por ejemplo: No permitieron la exhibición en el Museo de Arte Moderno de la pintura de Rolando de la Rosa (Juan Diego con Marilin Monroe en el Ayate) 1988; el Ayuntamiento panista en Veracruz intentó cancelar la segunda semana cultural lésbico-gay, porque "todo gay es un mal nacido y no es bien visto por la sociedad" según señaló Mario Riojas Almanza, encargado de Educación, Cultura y Recreación del Municipio, en 1995.

Extraído de: http://www.palabrasmalditas.net/portada/index.php?option=com_content&task=view&id=356&Itemid=7

 

El interior de lo interno

El interior de lo interno

 

Por: Nacho Fernández 

Hacer la reseña de este libro en el Valle Sagrado de los Incas al atardecer, es sentir toda la fuerza narrativa del mejor Márquez. Una vieja estación, vendedores en el anden, estoy sentado en la cocina de una posada rural llamada El Albergue esperando la llegada del tren que me llevará al Machu Pichu, el entorno es sin duda el sitio ideal para describir la impresionante belleza de este texto. El maestro colombiano vuelve abrir el tarro de las esencias en este relato corto que funciona como novela por el peso de su testimonio. Hablar del talento, de la expresión poética, de la medida del tiempo y del enjambre que es capaz de urdir el escritor, es decir lo que todos sabemos: nos encontramos ante un monstruo de la literatura que traspasa el siglo XXI en plenitud de forma creativa. Los viejos sueños de Gabo resucitan y es más Márquez que nunca. Al afilado tino de "sus" términos, la conjugación especial, su sensibilidad descriptiva, el aroma contenido de una profundidad que parece leve, el gran dominio musical del lenguaje, la descripción minimalista que se convierte en barroca cuando desea y que a renglón seguido es la línea de un colegial, hace que el argumento -aun siendo sencillo- resulte conmovedor, sugerente y nítido. De nuevo el autor colombiano se bambolea por las ventanas de su memoria, dejándonos un rastro de toda su vida. Personajes que hundieron su razón de ser en pasiones. Paisajes colindantes con su arraigo: puertos, barcos, fiestas, putas, olores y sabores de un país en llamas. Autocritico con su tiempo, ácido y desconsiderado, Gabo ataca el amor desde una perspectiva nihilista. El viejo escritor de columnas de un diario local se enfrenta a su vejez -y a su propia muerte- en un duelo con su juventud mental. Se compromete y sufre escribiendo textos para demostrar que la vida no es un trayecto, sino una ilusión, que emboca en uno cuando nadie sabe, quizás a la edad tardía. No hay coqueteo con la pederastia, muy al contrario, el deseo por una niña sume al nonagenario protagonista en un viaje a la senectud viva desde la atracción romántica, protectora y consecuentemente paternalista. En todo caso es la inversa, un ataque directo a sus limitaciones físicas e intelectuales, que él resuelve con maestría. Nunca hay escenas de sexo explicitas y recurre sólo a la edad de la adolescente como punto referencial de los limites del amor, en su caso de los extrarradios de la pasión obscena. Márquez entrona su relato en un ejercicio de purísima y catártica actitud vital. El interior de lo interno. El periodismo funciona como motor de la narración. El autor vuelve hacer un homenaje a lo que es su gran pasión: los diarios olvidados, a los periodistas corrientes con los medios más modestos, a las figuras inalcanzables de una redacción en tránsito. Estupenda metáfora de la sociedad donde todos caben con suficiencias o exageraciones. "Mustio Collado" como le llamaban sus ex alumnos, narra en primera persona sus noventa años de vida. Es feliz a su manera, melómano, sentimental, profesor de renuncia, cobarde ante su compromiso, egoísta, lector y putero. Es la imagen de un compendio de vidas arrasado por su nostalgia; la madre al fin pura decepción, su finísimo papa, las mujeres que le perdieron, las que amó y nunca llegó a confesar y las que le quisieron en secreto. Apuesto por su fealdad y glorioso por su haz de entrepierna. El niño anciano fagocita su infancia en las últimas páginas del libro en menos de tres párrafos. Admirable. El burlador burlado por su propia inspiración. Lean este libro es un vademécum de cualquiera de nuestras vidas y ahí esta.