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El Rincón del Diablo

Dos aproximaciones literarias a los pederastas

Dos aproximaciones literarias a los pederastas

 

 

Por: Luis Navarro


 

 

No es nada fácil hablar de un tema tan desagradable, moralmente rechazable e incomprensible como la pederastia. El sexo, la atracción sexual, es una cuestión de formas e ideas: nos atraen ciertos rasgos de un cuerpo y sobre todo la cabeza que controla ese cuerpo. Un niño no tiene ni las formas ni las ideas que provocan la atracción sexual; de hecho, deja de ser niño cuando las adquiere. Por eso es muy difícil entender que alguien quiera abusar de un niño -siempre es abuso, además, porque no puede haber en el niño voluntad de correspondencia-. No es mi intención aquí formular una explicación y tampoco quiero llenar esto de adjetivos que intenten calificar tal acto: si no hay palabras, no las hay; asumamos que no todo puede verbalizarse. Me confieso incapaz de comprender qué es lo que pasa por la mente de un pederasta. Por eso voy a fijarme en cómo lo ven otros, otros que quizá tampoco buscan comprender ni explicar, pero que tienen la audacia de hablar de ello en términos literarios y hacerlo de modo conmovedor y estéticamente brillante.

Hace poco leía las maravillosas memorias de Martin Amis, Experiencia, publicadas en el año 2000. Este libro, que uno cierra emocionado por lo que cuenta y por la prosa con que lo hace, tiene espacio para todo: el humor, el amor, los recuerdos de juventud, el retrato de la figura del padre, reflexiones literarias de altura y una pequeña revancha contra el cuarto poder, sin llegar a convertirse en el ajuste de cuentas que terminan siendo muchos libros autobiográficos. También hay hueco para un asunto que ha afectado - y lo sigue haciendo- a Amis y su familia: el secuestro y asesinato de Lucy Partington por parte de Frederick West, famoso asesino en serie de la Inglaterra contemporánea. Lucy desapareció en 1973 y hasta los años 90, en que se descubrió todo lo que West llevaba haciendo durante más de dos décadas -cuando se desenterraron los cadáveres de su jardín-, no se conoció el verdadero destino de la chica. A la angustia de tantos años sin conocer la verdad le siguió el enorme dolor de saberla, pero la angustia no desapareció, ya que todavía quedaba la terrible duda sobre el sufrimiento de Lucy -West era un sádico-. Martin Amis habla mucho de Lucy en Experiencia y procura mencionar lo menos posible a West al que, para más dolor de la familia de Lucy y de todas las chicas a las que mató, se convirtió en objeto de múltiples libros y artículos periodísticos, algunos con la pretensión de averiguar la verdad, otros muchos con el único fin de ofrecer carnaza a una sociedad enferma de amarillismo, con teorías insoportables para los directamente afectados. Amis no entra en ese juego, pero cuando habla de West aporta -como en el resto del libro, por otra parte- ideas e impresiones de un gran valor. Aquí, y en cuanto al tema que nos ocupa, merece la pena destacar dos: la primera es una frase definitoria de Frederick West -que violó a muchas menores, empezando por su propia hija, de la que abusó reiteradamente durante años-: ‘West era un siniestro tarado a quien la niñez le enseñó a ser adicto a ese momento en que la impotencia se convierte en prepotencia' [cito por la edición española, en Anagrama]. La segunda es una reflexión general sobre los pedófilos de los que viene a decir que lo que buscan, más allá de la belleza física y el placer, es profanar lo que caracteriza a la infancia: su inocencia. El pederasta -y esto también lo resalta Amis- no abusa de los niños porque los quiera; lo hace porque los odia y necesita destruir su candidez.

Frente a esto, Amis opone el amor, el amor por su familia, por sus padres y por sus hijos, un amor filial al que West jamás pudo aproximarse ni de lejos y esto lo convierte, como al resto de pederastas, en un desgraciado. [Un inciso: quizás esté aquí una de las razones por las que algunos sacerdotes católicos han abusado de menores; el voto de castidad los imposibilita para amar a un niño].

Junto a Experiencia descubrí recientemente un fascinante cómic que también se ocupa del tema de la pederastia, en este caso en el terreno de la ficción. Se trata de La muñequita de papá, una breve novela gráfica de la norteamericana Debbie Drechsler que originalmente se publicó por entregas en la prestigiosa editorial de Seattle Fantagraphics. La muñequita de papá es un cómic indie que tiene como protagonista a Liz, una pre-adolescente de la que su padre abusa sin que nadie más lo sepa. El padre de Liz, como West, es un pederasta que empieza por buscar donde más fácil lo tiene, en su propia casa, y que desde luego no sabe lo que es el amor. Los dibujos de Debbie Drechsler, aunque de estética naïf -como los guiones que los acompañan-, no evitan las imágenes más duras y explícitas, pero la autora prefiere no centrarse en las relaciones incestuosas y trazar un retrato de la adolescencia traumática de una chica norteamericana que apunta directamente al corazón del lector, al que deja un importante poso de turbación. Liz se deprime, piensa en el suicidio o se refugia en fantasías nocturnas que le procuran una frágil seguridad, como le podría pasar a la típica chica impopular en el instituto, una ‘nerd' intelectual que escribiera poesía y perteneciera a un club de lectura, de la que se reirían en los pasillos los miembros del equipo de fútbol americano y a la que seguramente le costará relacionarse incluso con chicos tan raros como ella. Liz podría ser la protagonista de una historia que ya hemos visto demasiadas veces, sobre todo en el cine, pero se aleja de la tragedia superficial de la adolescente media estadounidense porque su padre la viola. La protagonista de este cómic es un personaje poliédrico, de gran complejidad y atractivo, al que el lector toma afecto y con ese afecto se hace más duro asistir a su sufrimiento. La muñequita de papá es una obra imprescindible, aunque pueda no ser agradable adentrarse en ella.

 


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