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El Rincón del Diablo

Novissima Verba

Novissima Verba

 

 

para el gran Kawide, en la caleta de Culebras

 

 

Novissima verba, expresión con que los historiadores del planeta conocen a "las últimas palabras", y que muchos se empeñan en adjudicar a sus seres queridos a la hora de su muerte para convertirla en emblema de posteridad. El autor de la novissima verba más célebre es, qué duda cabe, Jesucristo, quien antes de dar el último respingo se permitió un par de segundos para prorrumpir el conocido: "In manus tuas, Domine, commendo spiritum deum" o, en buen cristiano: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu".

 

 

De magnicidios y conjuras

 

Sin embargo, la historia siempre registró las más escalofriantes frases en la hora crucial de los magnicidios. Nunca dejó de estremecerme, por ejemplo, la resignada ironía de Flavio a su verdugo cuando este apareció en su gabinete para cumplir órdenes de Nerón: "A ver si puedes matar tan bien como yo alargar el cuello". Y no menos inquietante, el impasible desafío de Cicerón al tribuno Pompilio Lenas que llegó a asesinarlo por orden del emperador Antonio: "Acércate, veterano, muestra cómo sabes apuñalar". El estoicismo de Agripina, madre de Nerón, es igual de sorprendente; luego de desnudar su vientre con vehemencia, le pediría al centurión que había llegado para liquidarla: "¡Aquí, aquí es donde hay que herir, pues ha engendrado tal monstruo!", comprendiendo que su hijo acababa de ordenar su muerte.

La oscura y agitada historia romana es sin duda la que mayores conspiraciones registra, y a cada cual, palabras más célebres: "¿Tú también, hijo mío?", infructuosa reprimenda de Julio César a Bruto, su hijo ilegítimo con la hermosa Servilia, al ver que éste engrosaba la camarilla de conjurados para asesinarlo. Las últimas palabras de Nerón, el más insufrible de los emperadores romanos, son las del orgullo más estúpido y absurdo; creyéndose un virtuoso de la lira y de la poesía, se lamentó convencido: "¡Qué artista va a perder el mundo!". Pero Nerón no fue eliminado por manos ajenas; casi dudando de lo que hacía, él mismo se rebanó el vientre mientras oía los ágiles cascos de los caballos de sus perseguidores.

Conjuras, intrigas, complots, la historia del mundo está plagada de traidores, asesinos a sueldo y fanáticos que quisieron liberar a su pueblo o a la nobleza de gobernantes incapaces y de cortesanos incómodos. Durante el siglo XVI, Enrique III de Francia, tras recibir una puñalada mortal del dominico Jacob Clement, reaccionó horrorizado: "Malvado monje, me ha matado. ¡Que lo maten!"; pero fue el propio rey quien, en plena agonía, arrancó el cuchillo de sus entrañas para herir de muerte con la misma arma a su asesino. Por esa misma época vivió en España, Francesillo de Zúñiga, el bufón más virulento del rey Carlos V. Célebre por sus crónicas mordaces contra los cortesanos españoles, una de sus víctimas planificó y consiguió su muerte en su etapa más esplendorosa; mientras agonizaba, Pedro de Ayala, juglar como él, le encargó que una vez en el cielo intercediera por su alma; a Zúñiga no se le ocurrió mejor payasada que descubrir una mano por debajo de la manga y pedirle: "Átame un hielo al dedo meñique, no vaya a ser que se me olvide".

 

 

 Con cicuta, fusil o guillotina

 

Incongruente o no, la lista de ajusticiamientos a lo largo de los siglos es tan penosa como interminable. De hecho, la cicuta fue uno de los primeros métodos decentes que el mundo civilizado concibió para ajusticiar. La muerte por cicuta más célebre es la de Sócrates, quien, tras el proceso que le hiciera la Asamblea ateniense por corromper a la juventud con sus doctrinas, debió esperar treinta días para la consumación de su sentencia. Pero lo hizo con estoicismo, dilucidando sobre las posibilidades de una vida más allá de la muerte con amigos y parientes que llegaban todos los días a su celda. Cumplido el plazo, se despidió de su mujer y sus tres hijos, bebió el veneno, y cuando empezó a sentir sus efectos, se dirigió a uno de sus prosélitos con este sarcasmo: "Critón, debemos un gallo a Esculapio; no te olvides de pagar esa deuda". Años más tarde, y mientras ingería la poción letal, su verdugo le reclamó al filósofo Foción las doce dracmas que costaba el trabajito de machacar la planta venenosa. Impasible, y sintiendo a la muerte trepar dentro de él, Foción encargó a uno de sus amigos: "Dale ese dinero, ya no se puede morir gratis en Atenas". Séneca, en cambio, se mostró solemne, aunque su muerte resultó muy penosa. Facultado de elegir la forma de irse de este mundo, el filósofo romano decidió cortarse las venas; pero como se desangraba con demasiada lentitud, cambió de opinión y prefirió beber un trago de cicuta. Antes de hacerlo, brindó con orgullo y serenidad: "Ofrezco esta libación a Júpiter libertador".

La competitividad del verdugo fue otro elemento que preocupó mucho a los condenados. El ejecutor que se encargaría de ahorcar al obispo español Antonio Osorio de Acuña, le pidió perdón por el acto impío que iba a cometer; sabiéndose perdido, al obispo solo le quedó exhortar: "Te perdono si aprietas fuerte". La misma inquietud se apoderó de Ana Bolena, la segunda esposa de Enrique VIII, quien condenada a morir decapitada, apenas alcanzó a comentar camino del cadalso: "He oído decir que el verdugo no sabe bien su oficio, y tengo un cuello tan estrecho...".

Resignación, valentía, consternación e indiferencia, reacciones distintas ante un mismo final. La guillotina, prestigioso e infalible invento de muerte, fue inspiradora de las más memorables y sugerentes frases. "¡Pueblo vil, cuánto siento haberte servido!", palabras amargas del sanguinario terrorista Juan Bautista Carrier. La última voluntad del célebre Dantón, quien no pudo eludir el frenesí de Robespierre durante la Revolución Francesa, reproduce un honor ganado que la historia no puede objetarle. Antes de tumbarse sobre la báscula, el político francés le pidió a su ejecutor sin palidecer: "Enseñarás mi cabeza al pueblo, bien vale la pena". Y el verdugo cumplió. Luego de hacer su trabajo, llevó la cabeza de Dantón hasta las cuatro esquinas del cadalso mientras el gentío tributaba con lágrimas y aplausos a uno de los personajes más venerados de la época. Dos siglos antes, las palabras de María Estuardo, reina de Escocia, condenada por su prima Isabel I, fueron realmente dignas; ayudada por un cortesano a subir al patíbulo, mantuvo la honorabilidad hasta el último segundo, diciéndole: "Gracias, este será el último trabajo que os ocasiono y el más agradable servicio que me habéis prestado". Menos locuaz, la cortesana de Luis XV, madame Du Barry, dudando de la suerte que corría y mirando con escepticismo la hoja que amenazaba su cuello, apenas alcanzó a preguntarse: "¿A mí?, ¿a mí?...".

Las muertes por fusilamiento no dejan de registrar frases llenas de valor e hidalguía, como la del mariscal Ney condenado a muerte por la restauración borbónica en Francia. Con envidiable serenidad, Ney se atrevió a ordenar su propio fusilamiento: "¡Soldados, al corazón!". En cambio Murat, cuñado de Napoleón, temeroso de que alguno de sus ejecutores fallara el tiro e incapaz de imaginar su rostro destrozado por las balas, fue claro en solicitar: "¡Soldados, apuntad al corazón, no tiréis a la cara...!". Ambos fueron afortunados, porque el pelotón de fusilamiento acertó en el primer intento; sin embargo, el marino español Montes de Oca, quien luego de que el pelotón de fusilamiento le asestara tres balas en el vientre y no llegara a matarlo, aun tuvo fuerzas para precisar: "¡Qué desgracia, es necesario repetir!". ¿Y cómo interpretar la actitud del peruano Leoncio Prado en Huamachuco? Condenado a fusilamiento por el ejército chileno durante la Guerra del Pacífico, solicitó beber una taza de café antes de su muerte, los soldados chilenos dispararían a su cuerpo cuando él golpeara por tercera vez la cucharilla contra la taza. Esta señal ha sido comprendida como un intento de Prado por salvar su pellejo, pues los golpecitos de cuchara entre la logia masónica serían un desesperado recurso de absolución; infortunadamente, no hubo masón alguno entre sus ejecutores que descifrara su código secreto.

 

 

Genio y figura, hasta la sepultura

 

Alejémonos de muertes tan violentas y revisemos las ingeniosas agonías de pensadores y artistas. Una de las más originales, la del escritor francés François Rabelais, quien, sarcástico como en sus libros, alcanzó a exclamar: "¡Bajad el telón, se acabó el sainete!". Y Jean Philippe Rameau, el más grande compositor galo de la primera mitad del siglo XVIII, tuvo fuerzas para reprochar al desafinado cura que hería sus tímpanos con el salmo de extremaunción: "¡Oh, señor cura, que voz más desentonada!". Solemnes e inquisidores hasta el último minuto, más de un filósofo fue realmente ingenioso con su muerte: "¡Amigos míos, voy a dar un gran salto en la eternidad!", palabras de Tomas Hobbes ante sus colegas que lo rodeaban en su lecho de muerte. Y contraria a la creencia de que Aristóteles murió de un cólico, gran parte de historiadores asegura que se suicidó arrojándose al Euripo, un estrecho que separa la isla Eubea de las costas de Grecia, cuyo flujo y reflujo el filósofo jamás pudo explicar: "Trágueme el Euripo, ya que no puedo entenderlo", alcanzó a decir.

Hay dos versiones para las últimas palabras de Goethe, el inmortal poeta alemán. La más conocida, la célebre: "¡Más luz!", de connotaciones espirituales y filosóficas; la otra, la vertida por la señorita Seidler, amiga íntima de la familia Goethe, quien en una curiosa carta del 23 de marzo de 1823, narró que segundos antes de sucumbir, el poeta le pidió a su hijastra: "Dame tu manita rica" (¿?). He dejado para el final una de mis frases favoritas, las del escritor español Marcelino Menéndez Pelayo, a quien, víctima de una cirrosis atrófica y viendo que la parca le pisaba los talones, se le ocurrió decir: "¡Qué lástima morirse cuando me queda tanto por leer!".

En La comedia entretenida, Cervantes escribe que "el que está para morir siempre suele hablar verdades"; si esto es así, vaya pensando, mortal lector, en las palabras que dejará antes de dar el último suspiro. Piense que no solo deben ser ingeniosas, sino unas que subsistan en la posteridad como representación de su verdad. A no ser que viva con el consuelo de dejar la misma interrogante que se llevó al otro mundo el pensador francés Pierre Gassendi: "Nací sin saber por qué, he vivido sin saber cómo y muero sin saber cómo ni por qué". Usted "dirá". 

 

Ricardo Ayllón

Del libro: Baladas del Ornitorrinco (Altazor, 2005).

 

RASGOS DESORDENADOS

RASGOS DESORDENADOS

 

 

                               De autobiografías y figuretis

 

Por un lado la soterrada marginalidad, y por otro, el desenfrenado figuretismo que desemboca en extravagancias absolutamente increíbles, no sólo es privilegio de los grandes genios; ya que la fotografía imaginaria nos muestra a un grueso número de personajes por demás pintorescos que se mueven en diversos campos profesionales, y desde ese balcón, nada risible, no dejan de mostrarse como unos posesos narcisistas.

 

Pero es en el campo del arte donde hallamos una nutrida veta de fantasía personal, como hoja de vida, que circulan de voz en voz o de mano en mano en voluminosos tomos autobiográficos, cuyas confesiones de parte sólo son de fiar cuando revelan cosas vergonzosas; porque un hombre que expresa una buena imagen de si mismo, probablemente miente, más aun cuando enarbola su alucinada bandera de triunfo. De hecho, la exageración pasado por el filtro de la fantasía atrapa la atención de muchos, de allí que convierten su autobiografía en un strip tease con focos de colores fosforescentes. Sin embargo la sociedad industrial ha hecho que la perversión de esos instintos tenga un gran valor.

 

En nuestro medio son pocos los que se sienten cautivados por este rasgo desordenado de fantasía, la población los identifica como una asfixiante luz en pleno día, aparecen de pronto en cualquier lugar y cualquier momento, hacen gala de eso que dice que "de poetas y locos todos tenemos un poco", aunque sin proponérselo lesionan el protocolo de cuanta reunión o ceremonia se presente.

Hay también. quienes osadamente se atreven a expresar el esquema de vida de los demás, y con un delirio de aberraciones narran acontecimientos que causan imprevistas carcajadas  en algunos, y otros sencillamente se horrorizan, y son estos últimos los que forman parte de ese pedazo de sociedad hipócritamente sofisticada.

 

Volviendo a la autobiografía, entre muchos que se atrevieron  a plasmar tremebundas confesiones, imbuido por un intencional vesanismo, está nada menos que el genial Salvador Dalí, pintor surrealista que falleciera a  la edad de 84 años, un 18 de abril de 1989 y cuyo episodio de vida discurre por ese polémico y "desvergonzado" libro, del cual no importa si son verídicos o imaginarios, lo importante es que ésas son las cosas que le hubiese gustado hacerlas:

 

Cuando Dalí tenía seis años causó revuelo la aparición del cometa Halley, de pronto apareció en el umbral de la sala un empleado de su padre y anunció que desde la terraza se podía ver el cometa. Mientras cruzaba el vestíbulo vio a su hermanita gateando por una puerta, en silencio. Se detuvo, vaciló un instante y le propinó una tremenda patada en la cabeza, como si fuese una pelota y luego siguió corriendo imbuido de gozo delirante que le había causado aquel acto salvaje.

A los cinco años atrapa a un murciélago herido y lo mete en un balde. A la mañana siguiente ve que el animal está casi muerto y cubierto de hormigas que lo devoran. Se lo introduce en la boca, con hormigas y todo, y lo muerde hasta casi partirlo por la mitad.

Estos son sólo dos pincelazos del libro autobiográfico de Dalí, en la que hay que añadir la costumbre, aun en edad adulta, de masturbarse frente al espejo

 Aunque a estas alturas te  haya causado cierto horror, estamos ante los rasgos más desordenados de una autobiografía confesa o no, hipócrita lector.

 

                               Teófilo Villacorta Kawide

 

La piel de Iriana

La piel de Iriana

 

 

Salió de una mañana lluviosa para entrar en su alcoba ensopado de un sentimiento de desazón y desconsuelo que no lo dejaba respirar: seis putos años de carrera universitaria frustrados por la maraña de burocracia y trámites originados por su anarquía y desacato al sistema -no podía ceder a la vieja tradición de dar de comer a su ilustre jurado, no, no estaba en su esquema mental ni ético- todo ello sumado a la desolación que le colmaba el corazón.

 

Cuando lo encontraron, tenía el maletín repleto de libros, la ropa raída y las venas vacías.

En la húmeda y fría atmósfera de su cuarto de alquiler reposaba la daga que con solemnidad y ternura acabó con su vida...

 

Agotado por el trajín amoroso que la noche le deparó en los brazos de Iriana, se puso a repasar palmo a palmo el iter críminis de su amor: la llamada telefónica pactando el encuentro, la aparente distraída incursión a un hostal de paso, el vértigo de los besos, la incesante caída de los cuerpos, sudor y placer a mares, caricias y gemidos entrecortados por ráfagas de furia, el desorden en los ojos, las frases sin sentido, las bocas y lenguas reinventando la lascivia... hasta que al filo del clímax, Iriana confundió el nombre amado.

 

Con inventada parsimonia y taimado silencio, cesó en su arremetida y dando un suspiro se echó boca arriba. Prendió un cigarrillo con franca desidia y a grandes bocanadas consumió su amarga evanescencia.

Estaba claro, nada le devolvería la calma hasta que estuviera seguro de que sólo él y nadie más que él, fuera el dueño de tamaño placer: la piel de Iriana, ese talle nacarado que le nublaba los sentidos.

 

El peso húmedo de la mejilla de Iriana sobre su pecho desierto le dictó la sentencia.

Fingiendo una caricia, tomo el cuello delicado, lo rodeó con sus poderosas manos y lentamente ajustó y ajustó hasta que los ojos de la pobre perdieron las órbitas y por supuesto también su encanto.

El cuerpo cada vez más frío iba perdiendo su candor. Ahora era de un morado lívido, la piel de Iriana, mientras su mirada huía triste por la ventana, hacia la noche que ya moría.

 

Marx Espinoza

marxespinoza666@hotmail.com

 

ELOGIO DE LOS NAVEGANTES - Juan Ojeda

ELOGIO DE LOS NAVEGANTES - Juan Ojeda

 

 

Elogio de los navegantes

(fragmento)

  

Crecer como los mares que preñan las espumas,

Durar por la distancia más que uno mismo,

Con todo y con fulgores, en uno y más allá

De la tierra calcinada.

                                     Atisbar:

Fuerza aún en tanto polvo que nos come adentro.

 

Pero mirar, surgir gritando

Como rocas, árboles, tallos erguidos en la temerosa claridad

Que guardan las montañas. Crecer, y no crecimos, no damos,

 

No después de mucha o tanta eternidad de sombra,

Por sentirnos poco en aquello que sale y desteje

Y abandona cuanto nace, acaba en la mirada.

 

No hicimos, sino en ausencia por nosotros, en mares vacíos,

Reducto que en silencio presagia la distancia, el monte

Nunca halado después de los intensos crematorios,

Las calles inundadas, el sol que agrieta en duras evidencias.

Ser esto que pronuncia crujiendo, y sale a dar en mano

El peso de la claridad venida a cargos: pero nada nuestro.

 

Estuvimos preguntando en las noches: alimentad los costos,

Sus vuelos, decíamos: y nosotros nunca, que no fuera el olvido,

Abierto, penetrando a voz y penetrando, como salida llorosa

 

En cuanto apagan los ojos y no decimos nada, si por otros:

Sus ganancias de nuestra raíz en grueso costo,

La hierba que mastican y nosotros nada Si fuimos,

Tocamos las piedras metiéndonos, arando

Por todas las materias que fluían, creados entre la elevación

Del aire y sus vertientes, socavados para otra lentitud

 

Inalterable al principio común que nos guardaban los silencios:

Solos, tornados sin fin, tangibles elementos

Que alcanzaron el agua y sus fábulas crecientes,

Y esto nos venía, y fuimos por pura descendencia

Del sentido al material, juntando las caídas

Hasta tocar solemnes la altura y el designio: en verdad

Sólo hemos acunado advenimiento

                                                             Los lacerados puentes

Que en presencia surtan, aquí, detrás del pecho,

 

De caminos que andamos y vamos, y el pecho con maderas,

Puentes y senderos, ofrecidos: y nada,

Nosotros nada, si lo que nos dicen:

 

A otras dulzuras

A otros animales

A todos los aires

 

A nunca nosotros

                          Pero sí lo de ellos,

Que dejaron el camino y el puente.

 

 

 

 

 

 

 

 

Eleusis

 

 

Facilis descensus Averni

Eneida, Lib. VI

 

 

No desciende la noche sólo para los desgarrados,

pues en medio de lavasta alegría oirás el pánico.

Tras el fluir del río una inmóvil música brilla, y hay pánico.

 

Objetos arrojados en el desván del espíritu

resuenan ceñidos por una luz monótona y muda,

y ya no sabemos dónde ocultar esa astucia apática

que flota en los ojos como un aire hurgado.

 

¿Qué laboriosas sombras fatigan lo real?

No lo sabríamos. El misterio que sin cesar remueve

la estéril tierra, ya se oscurece cuando lo nombramos.

 

Ajenos a un nacimiento que se nutre de nosotros

descendemos en nuestra propia esencia.

                                                                Cegados

por el súbito oleaje de las formas, compartimos

el terror y la atroz certidumbre en lo vivido.

 

Los desgarrados, esos que recogen, sin saberlo,

la pavorosa carencia del mundo y, transfigurados,

soportan el misterio y habitan una soledad deforme,

están más cerca del nacimiento. Y si pudiéramos entrar

a la morada en que yacen, su sola inercia nos destruiría.

¿Soportaremos, entonces, el vértigo de lo real?

 

A veces, en un rumor de días quebrados, nos hemos

convencido de arrastrar actos como ásperas llagas

en las que acaso, roído ya el sueño

el verdadero mundo encontraríamos. Y así indagamos

si el hastío de sabernos ajenos a nosotros mismos,

no sea sino el instante imprevisto en que morada y exilio

ruedan hacia el fondo del que nunca hemos salido.

 

Pues todo está rodeado por una muerta Realidad

todo es pánico, inmóvil duración

donde nada encontraremos.

 

 

 

 

 

 

 

 

Mar órfico

 

 

Thought flies out from the scars of the sea

as if to land. Flocks that are longings

come in the shake over the deep water.

 

ROBERT DUNCAN

 

 

¿Qué consagra el ardor de muerte por la vida,

Y este asir de vida en la muerte? Otro es el fuego

Que ordena la oculta tierra, ebria aridez de tiempo detenido

Y rostro ardiendo en inerte fábula.

 

Fuego de cadáveres ahora lava el mundo.

 

El que contempla, estremecido, el oro de la oscuridad:

Retorna a su corona vacía y estrecha el día con sigilo,

Temeroso del tesoro pútrido

Que abandona el aire inmóvil sobre el mar. Lentas son las voces

De los pescadores en las quietas orillas,

Ni un leve rumor aquí retiene el espíritu

Sólo franjas de luz petrificada parpadean en la niebla hueca,

Y el brillo de los garfios húndese en las aguas.

 

Entre las rocas apenas blanqueadas, fucos resecos

Y hastío insistente de aves, ojos

De dioses abatidos en las heces del tiempo.

 

¿Quién oprime el aire de las muertas esferas? ¿Quién remueve

Con torpes manos las cenizas del mundo?

 

Sólo un gemir contenido de plata deforme bate el mar,

Y el aire se oscurece como hálito sordo de ojos yermos

Y debemos soportar esta fijeza, caminar aterrados

De hurgar un espacio agostado, cuerpos

Que fatigadas olas renuncian a arrastrar.

Muerte de la vida

Vida de la muerte.

Desde las piedras enfermas de la orilla contener el mundo

Y soportar, cóncavos, la inmovilidad de lo real.

 

 

 

 

 

 

 

 

Elogio de la destrucción

 

 

Aber stille blutet in dunkler Höhle stummere Menshheit,

fügt aus harten Metallen das arlösende Haup.

 

GEORG TRAKL

 

 

Tiempo agrietado y confuso, tiempo de muertes

y áridos abismos humanos.

                                   "Oh, ya hemos conocido

el tiempo, ya hemos ordenado el pasado y el futuro

en el hórrido escombro de un presente irredimible,

y todo es como nacer desde la tierra muerta,

tiempo muerto entre muertas raíces".

 

"¿Es ésta la región verdadera, o te has confundido?

¿Qué ruidos son esos? ¿Quién grita?"

Sólo las raídas jarcias del viento, que arrastra el hedor

del mar enfermo. Ya ni los cuervos graznan

sobre los musgosos cuerpos flotando a la deriva.

Tratamos de soñar, soñar, nutriendo

el cariado prestigio de un Saber oscuro.

 

Una premonitoria gravedad gobernó nuestros sentidos

mientras caminábamos sobre brumosas ruinas, y era

el murmullo o el estrépito de un universo detenido.

 

Oh, tú, diestro ya en el arte de la navegación

y temeroso de más duros escollos, ¿escuchas las lamentaciones?

¿Qué detestables tierras sepultas en los sueños?

 

Cómo huir de una revelación, dime, y haber hurgado

y mientras despertaba: lo real ordenándose en un calor pútrido.

 

Objetos, objetos del tiempo y ya no puedes contenerte,

torpes aguas del espíritu en una duración que temes. Vivías

o soñabas soportando un tiempo absurdo. ¿Vivías o soñabas?

Objetos húndense y es inerte todo humano obrar.

 

                                                            Oh el Caos,

la desordenada ciencia del que habita tenazmente,

y sus horribles ojos horadados por una visión muerta. Y días,

días que no transcurren y aúllas desde un pozo. Pústulas,

pétrea sombra, huesos roídos por diligentes ratas.

 

Y los que no vivieron ni soñaron,

¿conocerán el tiempo Otro? Tal vez una inocencia oscura

accedería, como dolorosa llaga, en la raíz de lo vivido,

el tiempo deviniendo bajo inmóvil materia.

Pero nuestra pureza ya la hemos perdido,

o mora en un dominio de pavorosos gestos,

Reino de lo Sórdido donde un breve aullido nos retiene,

y es difícil la ascensión, y dioses huyen

amontonando párpados de piedra.

 

                                                  Destruye el mundo,

destruye los sentidos y su horroroso reino, destruye

el tiempo, ¡oh, destruye! Destruye el espíritu entre

putrefacciones y Caos,

y espera entre el sueño y la muerte

el nacimiento de la Realidad.

 

"¿Ves algo allí abajo?"

                                     "Sólo muecas de monos

ásperamente aturdidos en una danza siniestra".

Así, pues, destruye el tiempo de un Reino ya vencido

al propósito de usura e indigencia. Destruye, te digo,

y que el torpe ayuntamiento de las disquisiciones

no ocupe la memoria en un gesto conmovido.

 

¿Quiénes laboran la deleznable propiedad humana?

Destruye, destruye que es tiempo de abandonar

lo tenaz de unas pobres virtudes, la astucia

de lo oculto, que sin cesar trunca lo vivido,

trastos de una extinguida Realidad.

 

Porque ahora habitamos un mundo derrelicto,

el uso del tiempo entre insidiosas costumbres,

la opacidad del acto en la aciaga Historia.

Destruye, destruye y no procures lo innominado,

la pura duración del instante en un reino irreal, mientras

heredas un lenguaje erróneo.

¿Es fiel la memoria para un tiempo tan real y confuso?

¿Lamentaste el execrable cuidado en un Origen falso?

 

¡Antes de ti, indigencia, y después de ti, indigencia!

(Nutre la destrucción a quienes entendieron el mundo,

y es necesario consumirse en una ciencia óptima,

para mostrar la aborrecible imagen de un cosmos putrefactado).

 

"Oh, no perturbes mi quietud con olores de despojos,

en esta ribera sólo existe la esterilidad.

Ascenderemos a los cerros morados,

y no nos ahoguemos en la transparencia".

 

Iluminación del desorden en un más alto vestigio,

herrumbradas las llaves que conducen a aposentos derruidos.

¿Es ésta la pútrida heredad roída en una mente incierta?

Y habremos de considerar

la insuficiencia del espíritu, y haya otra Realidad

no este tiempo mendaz, costra de otros tiempos pétreos

donde Nacimientos y Muerte, Putrefacción y Crecimiento,

son columnas quebradas

Que un ojo perverso contempla torpemente.

 

 

Juan Ojeda

Nov. de 1969

 

De: Rosas Negras

De: Rosas Negras

 

 

Que me alquilen por fin esa tumba, blanqueada de cal,

con las líneas de cemento en relieve, -muy lejos bajo tierra.

 

JEAN ARTHUR RIMBAUD

 

 

 

 

 

 

El Vacío

 

 

                                                  sepultura

himno invocando la niña en el vertedero

sombra

gato resonando las cabezas

látigo discurriendo las acequias y el globo

ocasionas zombis

                             delirios

por la mañana como ultratumba haces tu ingreso

            por el rabillo de los días

junto a tu desnudez que detrita los colores

 

 

 

 

 

 

Sepultura

 

 

morada inconfensable de los incrédulos

abrigo de las arañas y profundidad

                los esqueletos

socavón de las alimañas

allí el cuerpo perfecto ojos tumbados a la eternidad

apolillada

 

 

 

 

 

 

Espejo

 

 

me he inventado una roca en pecho

para mirarme al espejo las arrugas y

cicatrices de la aldea

me he visto ultrajado de pena y de hambre

estirando las piernas hasta la demencia del día y

hallar a los hombres

me he encontrado vejado y pordiosero

catapultando la mano para estrechar la muerte

 

 

Juan Carlos Lucano

De: Rosas Negras (Arteidea, 2005)

 

ANATOMÍA DE UN VACÍO

ANATOMÍA DE UN VACÍO

 

Despierto
En el cuerpo que al centro es una luz.
Lilia Díaz C.

 

deambulo entre las cosas
con un báculo roto
Ignacio Miranda

 

Algún día, Dios mío, alcanzaremos a decirte
de qué materia estamos hechos.
José Watanabe

 

 

 

 

 

 

GUERRA EN EL ESPEJO

 

A veces cuando escribo entre luciérnagas
una canción me toca el cuello
y me desnudo ante una mosca,
le cuento mis lamentos
el porqué de mis lágrimas.

La mosca siempre vuela indiferente
se va por la ventana.

Duermo entonces
otra vez feliz
sobre un trozo de vidrio ensangrentado.

 

 

 

 

 

DESPUÉS DE 50 AÑOS DE NEGACIÓN

 

Entonces
mis manos cayeron y no vieron sus tristes recuerdos
ahogados en el río.
Una fotografía
que se olvida en el tiempo
y que notas en tu espalda mojada,
todos los días de tu vida.
Viejas canciones que palpitan labios pintados,
y tú
al borde, siempre al borde de un mar que encadena tus costillas,
y que te absorbe
el ave blanca de tu pecho
hasta olvidar
que eres una roca
la memoria de todos los amores que se han lanzado hacia el abismo
acariciando tu silencio.

 

 

 

 

 

OTRO

 

Otro hombre se mira en el espejo
y dice que hay un bastardo que le tapa su reflejo.

Sale fuego por su nariz
y una muchacha que esparce agua por sus pechos,
detrás de las puertas llenas de balas
detrás de la Luna cortada con tijeras
el viento
le hace una seña al hombre,
le señala una caja negra
y un coro de señoras que sonríen
a una hormiga suicidada,
sobre el nombre de su lápida.

El hombre calla
y acaricia al buitre que lo espera
siempre entre la lluvia
con las alas rotas
moviendo sus ojos hacia el cielo.

 

Paolo Astorga

De: Anatomía de un Vacío (2006)

 

Versos Pútridos

Versos Pútridos

 

 

            Puntos Suspendidos

 

La muerte: la miseria: la condicional:

la maratónica: la suprangustia:

la insolada: una lágrima:

una dos: una arteria:

unatrio:

unánime: el veneno: el suicidio:

el desmesurado: el mismo:

elotro:

el constitucional: lo que vive:

lo que desgarra: lo que está:

lo que debería estar: me patalea:

me gesticuliza: me trasnocha: su diestro:

su insoldada: su desquicio.

minconciente:

mi muerte...

 

 

 

 

 

            Insano

 

Enmurallado enfrascado

en cinta de miseria existencial

mi alma se abandona

sin un asomo de diente en su boca

y muerta lánguidamente su lengua

1/3 de exhalación

menguará la acidez de sí

ya que lo absoluto

es vil quimera en mí

vil mil veces vil

1/3 de verbo

y me pasará el témpano con la nada

ilusión vida...

 

 

 

 

 

 

 

 

In Situ

 

la exhalación bosteza al nasal

del alma tácita en mí

hay que hacer algo!!!

algo de todo!!!

y no vive deuda sin quemar

hasta la muerte por eso

me avienta la cuenta su

objeto glacialmente g

guadaña    /    gregaria

qué sol incaico morirá

con saludo del sudor perlado

en el efugio testado si toda

meteórica restaña mis

segundos

a horas transnasales

la Muerte

materna & agria

ivernando en

la cordillera negra de mi vivir

 

 

José Cárdenas Jara

 

Dos laberintos interiores

Dos laberintos interiores

 

ZIG ZAG

 

caminas  en  zigzag

para  no  jugar  con  la  melancolía

desnudas  tus  muslos

                          estás  en  paz.  

 

 

 

OASIS

 

a  veces

quisiera  ceder  mis  ojos

a  los  ojos  de  la  muerte

a  la  música  de  luna  con  burbujas  sin  colores

recoger

          febrero

                       3

                        en  flor  orquídea

olvidada  en  el  abrigo  del  reloj

por  los  nudos  arojizos

de  la  duda  bulliciosa  con  silencios  exactos

 

a  veces

quisiera  ceder  mis  ojos

a  los  ojos  de  la  muerte

en  horas  no  existentes

                   para  el  triple  renglón

ceder  mis  ojos  al  iris seco  de  la  escarcha

en  un  tiempo  de  eros  en  exilio   

sin  arcanos

                    sin  futuro

                                       sin  oráculos

extraviados  en  un  horóscopo  piedra

Pon   roca  Montaña  peña  Cemento

como  un  vaso  de  sol  cubierto  por  nubes  tristes

sin  miedo  a  no  gustar  

de

      sus

            eclipses.

 

 

 

  EVA VELÁSQUEZ LECCA   (CHIMBOTE, 1968).