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El Rincón del Diablo

Post mortem

Post mortem

 

Y ahí está el camino frente a mi puerta.

Para que todo lo malo que hay por el mundo llegue hasta aquí.

                                                                                                      William Faulkner

 

 

POST MORTEM

 

Y  mi carne

¿por qué no forra

el espectáculo de mis restos?

 

Mi osamenta,

mi tiza aún compacta,

¿por qué ante manos insaciables?

¿por qué ante rostros eruditos se desgasta?

 

Rey

durante la estadía en mi oscuro templo.

Y ahora bufón,

distracción desnuda,

croquis indefenso.

 

Y mis súbditos rastreros

¿a dónde han ido?

¿por qué extraños me exhiben

en el circo de la ciencia?

 

Flaco, ingobernable,

sin luz, era feliz.

Ahora: marioneta, libro releído,

rompecabezas transportable,

alimento intelectual para perros.

 

Goberné el silencio del concreto

y recibí una fecha:

el comienzo y el final

y de qué me quejo,

si aquí también me han numerado.

Pero soy bufón:

el obsequio ofrecido en la necrópolis.

 

 

 

 

MI NOVIA MORIBUNDA

 

Mi novia moribunda

fragua un suspiro demencial.

 

Su pose no explora el espectáculo,

falta el ardid.

Mientras lo necro pugna los minutos.

 

Filmo cada mueca

de su inédita inestabilidad.

El ahora descompuesto

en este corto funerario.

 

Nadie más sabrá

de mi lectura y su recuerdo.

 

 

 

 

PRODUCTO COMERCIAL

 

Algo de esta tarde debe consolarme,

fuera de aquí

un ventarrón envuelve un esperpento

y las miradas,

los cuerpos,

una sirena,

la sangre,

los coprófagos rodeando los despojos,

poetas de la tragedia

degustando un producto comercial.

 

Teatralizarán,

antecederán un fragmento más del colectivo,

hurtarán gestos post mortem,

interrogarán,

tergiversarán,

dirán qué

         quién

         cómo

         cuándo

reservarán el dónde,

mientras una o varias gargantas

invocan el himno del desahucio.

 

Algo de esta tarde debe consolarme

¿pero qué?

mamá yace en el asfalto,

la masa continúa rodeando a papá,

alguien llama en casa,

pero no alimentaré tabloides.

 

 

 

Alexis Cuzme (Manta - Ecuador, 1980): Poeta. Cronista de cine. Periodista cultural y rockero. Editor de la revista rockera Marfuz. Ha publicado los poemarios: Desconsuelo (2001), Complot ante el silencio (2003) y Club de los premuertos (2006). En el campo rockero Legión: década pagana (biografía, 2006). Los poemas para este blog fueron extraídos de su último libro Club de los premuertos, de la segunda parte titulada Post mortem.

 

En la fortaleza de Muzot

En la fortaleza de Muzot

En 1514 Isabelle de Chevron y Jean de Montheys contrajeron matrimonio en la fortaleza construida por los Blonay, una unión que, pese a lo esperado, duró poco. Montheys murió un año después en la batalla de Marignan por una espada que le atravesó el estómago, cerca de los intestinos. Cuando el cadáver llegó a Muzot, ella contempló la escena con incrédulo rostro, pero luego de algunos minutos pidió que alejaran aquel cuerpo de su vista, alegando no conocer a dicho hombre. A los tres meses, un par de pretendientes declararon su amor a la viuda de Montheys, se debatieron a duelo y murieron en el acto. A partir de allí Isabelle enloqueció y fue común verla correr en las noches rumbo al cementerio de Miège, donde estaban enterrados su esposo junto a sus dos pretendientes.

No era la primera ocasión que Rilke imaginaba la figura de aquella dama. En su diario, confesó haberla fantaseado desde el balcón, como en otras oportunidades, pero el 26 de enero de 1922 sintió una repentina conmoción en el cuerpo: el llanto de Isabelle frente a los sepulcros, la flexión del enjuto torso y el golpeteo infructífero de las manos contra la tierra; una, dos, tres veces.

Esa noche, Rilke se convenció de que había que deshacerse por fin de esa imagen, aunque solo tuvo fuerzas para respirar con cierto desgano, mantenerse de pie y animarse a inclinar la vista hacia el jardín, donde un suave viento hacía ondear los rosales.

-La cena está lista -cuenta el poeta que oyó de pronto, la voz de su ama de llaves en tono tímido, respetuoso, que lo hizo volverse sin reparos.

Sí. Era una costumbre acercarse por aquellos días al balconcillo y mirar el paisaje invernal de Muzot, ¿pero qué más podía hacer? Alejarse por instantes del cuarto de trabajo, de las arcas viejas y desusadas, de la ventana doble que permitía ingresar una luz opaca y que lo incitaba a sentir el aire fresco del exterior. No había otra alternativa ante el cansancio de permanecer sentado frente al escritorio durante horas, extensos minutos dedicados a relatar detalles de sus días en minuciosos epistolarios.

Ahora, Frieda le informaba desde la puerta que podía bajar al primer piso y sentarse a la mesa, aviso que calmó su ansiedad; luego de comer pensaría en el párrafo que había dejado pendiente, a pesar de que no lo entusiasmaba ni atraía mucho, acaso porque solo deseaba continuar su anterior trabajo. Al salir de su pieza advirtió que su ama de llaves, en vez de bajar junto a él a la cocina, ingresaba a la capilla del costado, un habitáculo donde se encontraba empotrada una svástica. No había entrado para llevar a cabo su acostumbrado rezo y Rilke se percató de ello al verla aparecer de nuevo, aunque en esta ocasión con una palmatoria y dos cirios en las manos.

-Le dejaré las velas si es que quiere más luz en el cuarto-le dijo ella, ingresando a su pieza y dejando los objetos encima de la consola de abenuz.

Bajaron con lentitud, se sentaron a la mesa y comieron el puré y las patatas con salsa. Tanto él como ella no se decidieron a hablar de algún asunto; más bien guardaron silencio hasta concluir el postre. Finalmente, y luego del agradecimiento, ella llevó los platos al lavabo y él subió a su cuarto de trabajo, con mayor ánimo para continuar su diario y la carta que pensaba enviar a la princesa Marie Taxis.

 

Mientras escribía, no pudo dejar de pensar nuevamente en la leyenda que según algunos aldeanos narraba las apariciones nocturnas de Isabelle de Chevron cada noche por los alrededores de Muzot. En sus notas, el poeta alega sentir esa figura como un fantasma que deambula en su memoria, en sus días cotidianos, en su habitación. Y es que saber, después de aquellos trágicos sucesos de 1514, que la viuda perdió el juicio y la sensatez, que burló en las madrugadas la vigilancia de su nodriza Ursule para ir rumbo al cementerio de Miège, lo turba considerablemente. Rilke conoce a la perfección dicho mito: por aquellos años hubo el temor de su nodriza por encontrar muerta a su ama, lo que no tardó en acontecer: una noche de agosto, encima de un sepulcro, rígida e inerte, con las manos unidas unas a otras. El mito se expandió por el resto del pueblo y ahora ya no sería el cuerpo de Isabelle sino su espectro que iba a atisbarse en el campo, perdiéndose entre los arbustos, buscando desesperada al amado Montheys.

Sabía aquella historia y, sobre todo, vivía en el mismo palacete donde aquella mujer vio a su esposo sin vida, se enteró de la muerte de sus dos pretendientes y planeó cada medianoche la manera de escapar al cementerio con el único fin de matarse. La primera vez que tuvo miedo fue aquella madrugada en la que, mientras descansaba en el balconcillo y sentía la fría corriente de aire sobre la piel de su rostro, creyó ver una mancha azulina en el descampado. Esa misma iridiscencia la debieron observar también los aldeanos, haciéndolos confundirla con el espectro de Isabelle. ¿Pero era una mancha? Había escrito varias horas, eso sí, aunque de manera infructífera. Alegó aquella visión al cansancio y la debilidad, y decidió por fin acostarse para continuar al día siguiente. Desde aquella vez, sin embargo, le era imposible evitar el recuerdo de dicha anécdota; le asaltaba la duda, la incertidumbre. A pesar de la ofuscación que significaba imaginar a Isabelle había cierto deseo por retenerla en su mente. La viuda de Montheys, quizá, habría estado en la misma pieza donde él ahora se encontraba, tal vez maniática de acercarse a la ventana para observar el jardín, acaso buscando a su esposo en la penumbra como ahora él hacía con ella. ¿Y por qué no salía de la fortaleza e iba a caminar? Siempre volvía a su pieza y continuaba las cartas.

Al día siguiente, tan pronto despertó de un profundo sueño, fue al escritorio a escribir lo que había imaginado mientras dormía. Le pareció asombroso y ridículo, pero no dudó en describirlo con detalle en su diario. Le causaba cierto pánico el haber esbozado en su mente el semblante de Chevron, escuchado su voz, un tono apacible y galante. De los sucesos recordaba muy poco. Ella había aparecido en Muzot de repente y había ingresado a la fortaleza para quedarse un tiempo. Él no se había opuesto a tal medida, reconociendo incluso que se trataba de la viuda, y aunque no le extrañó saber eso, sí le molestó que Frieda se opusiera. A partir de ahí todo era difuso y poco rememorable. La última voz que había oído antes de levantarse era la suya, pero ahora le costaba recordar la frase exacta.

Cuando terminó de traspasar dicha ilusión a su cuaderno de apuntes, llamó a su ama de llaves. Esta apareció y antes de escuchar el motivo de su presencia, le preguntó a Rilke si deseaba que le sirviera el desayuno. «He tenido un mal sueño», dijo más bien él, desde el escritorio, por lo que Frieda entendió que no debía prepararle nada hasta más tarde.

El resto del día se dedicó a leer los volúmenes que tenía en el estante. Recién cuando anocheció se propuso revisar lo que había escrito en la mañana, y si bien la anécdota lo abrumó de nuevo, prefirió olvidarse de lo sucedido. Bajó a la primera planta y encontró a Frieda viendo el jardín a través de la ventana.

-¿Piensa usted en el rostro de Isabelle de Chevron?-cuenta Rilke que le preguntó aquel día, mientras se sentaba a la mesa.

Su ama repuso que no y le preguntó a continuación si deseaba cenar, consulta que el poeta consintió.

 

Luego de la comida, subió a su cuarto de trabajo. Es obvio que Muzot le parecía un lugar apropiado para lo que pretendía llevar a cabo, aunque no entendía por qué hasta ahora no había encontrado el momento adecuado para proseguir con sus elegías, comenzadas en Duino, detenidas todavía en Muzot, sin ningún indicio de ser retomadas con éxito. Sin embargo, saber que el lugar era ideal para su propósito lo tranquilizaba; el 25 de julio de 1921 ya le había escrito a la princesa Taxis tan pronto se instaló, luego de que la señora Klossowska arreglara el inmueble para su estadía: «Aquí estoy, pues princesa, perdidamente enamorado de este Muzot».

En el fondo, ya no es cuestión de esperar.

Se levanta para ir al balconcillo, manía que ya no puede evitar, y a pesar del riguroso invierno se mantiene apoyado a la barandilla por minutos. Hay mucha esperanza por ver esa luminosidad en el campo, muchos ánimos por querer saber algo más sobre la viuda de Montheys; si se mantiene allí es porque sabe que tal aparición no demorará en acontecer. A la media hora dará un profundo respiro e ingresará a su alcoba.

Después de esa visión, se encierra durante varias noches en su pieza hasta que el 11 de febrero, exhausto y emocionado, escribe una misiva a la princesa Marie Taxis. Al final de la carta, se lee: «Justo este sábado once, a las seis de la tarde, están listas las Elegías. Princesa, si supiera que todo esto sucedió en pocos días, como una tempestad, como un huracán en el espíritu. Incluso me olvidé de comer y solo Dios sabe quién me alimentó. Desearía estar en Duino con usted pero Muzot e Isabelle me han tratado como un huésped privilegiado, y creo que es obligación mía quedarme un tiempo más».

 

El 17 de febrero, luego de levantarse de una repentina siesta, confesaría haber soñado por segunda vez con la viuda de Montheys. Se levantó conmocionado y solo escribió un breve texto: «Hoy he soñado de nuevo con una mujer que decía llamarse Isabelle. Yo negaba esa afirmación pero ella insistía en llamarse así; una, dos, tres veces». Como es costumbre suya en Muzot, baja al salón para encontrarse con Frieda, pero ve a esta sentada al frente de una mujer de cabellos blancos, arropada con un atuendo de pieza entera. Rilke se presenta y la mujer hace lo mismo. « Isabelle de Chevron » , cree escuchar, y se apresura a preguntar de nuevo.

 

Edwin Chávez

Del libro: 1922 (Estruendomudo, 2005)

 

 

Muros rojizos

Muros rojizos

 

No sé cuánto tiempo habré estado dormida. ¿O inconsciente? Lo único que recuerdo es un dolor muy intenso antes de despertar debajo de mi cama.

 

Me extraño al ver cómo han quedado mis cosas: las sábanas están rasgadas y apiladas en un esquibna y todos los libros despedazados en otra. Mis discos están rotos y regados por el suelo. La pantalla del televisor tiene una botella atravesada. El espejo ha quedado inservible.

 

Trato de caminar con cuidado hacia la sala, pero algunos pedazos de vidrio se me clavan en los pies.

Antes de salir del cuarto, reparo en que las paredes y el techo se encuentran manchados de sangre. La reconozco con facilidad: todo está impregnado de ese olor ácido y empalagoso.

 

No recuerdo qué pasó, pero no tengo miedo. Al salir, tropiezo con una maceta estrellada. Los jarrones están quebrados y los adornos -o lo que queda de ellos- se encuentran esparcidos. La vitrina que había en el centro de la sala está vacía. Algo que llama mi atención es que las cortinas siguen en su lugar, pero también están manchadas de sangre. Las ventanas están rotas. Trato de cerrar la única que aún sirve; me corto la mano.

Empiezo a sangrar. Entro al baño a ponerme algo.

... 

(Para ver todo el texto, hacer click aquí) 

 

Víctor Falcón Castro

Del libro: Cómo alterar el orden de todo (Arteidea, 2005).

 

Crucifixión

Crucifixión

Me duelen las muñecas, los brazos, las costillas… parece que mi cuerpo se hará añicos en cualquier momento y nadie va a hacer nada para impedirlo. El cansancio de llevar más tiempo del que puedo calcular aquí en suspensión hace que mis ojos, agotados, comiencen a cerrarse para dar paso a la oscuridad y el silencio en este lugar dejado de la mano de Dios. Todo parece que se calma… el dolor ya ha sobrepasado los límites de mi humanidad y apenas se siente. La oscuridad ya se ha hecho perpetua, no sé si porque ya no puedo abrir los ojos o porque la noche ha caído sin apenas yo notarlo, y calma algo la desesperación que siento por volver a posicionar mis extremidades en la tierra. Unos golpes sordos me despiertan de un tormentoso sueño… están cortando madera y hundiendo clavos en ella… la pena invade por un momento mi atormentado corazón, ya que eso significa que alguien más va a sufrir lo que yo estoy sufriendo. Unas pequeñas lágrimas recorren mi amoratado rostro al pensar en mi compañera de tormentos. Intento enfocar mi vista a los lados, pero lo veo todo demasiado borroso y tan solo distingo sombras. Un aullido de dolor me congela la sangre… es una mujer joven la que está siendo torturada y esos gritos desgarradores tan solo pueden significar una cosa: que le han incrustado el primer clavo. Tras dos aullidos más el silencio vuelve a invadir el camino en el que estamos. Algo me golpea las costillas: una mueca de dolor recorre mi faz. Un fornido hombre me ha lanzado un puñal, rasgando mi piel en una línea rojiza y chorreante. Escucho unas apagadas risotadas a mi alrededor, y otro puñal atraviesa el aire clavándose en mi brazo. Una inesperada furia recorre mis entrañas y recupero algo de visión intentando desfibrarme de las cuerdas que me sujetan a la madera, pero solo consigo dañarme más las muñecas, que empiezan a sangrar de nuevo. Con horror veo como el hombre del primer puñal se acerca con un enorme martillo, y con una despreciable sonrisa blande ese instrumento para estamparlo en mis piernas. Un sordo crujido me ensordece por un momento… me ha roto las piernas y el dolor es aún peor de lo acumulado. La cabeza ya no me responde bien… las risas de esos hombres cada vez se hacen más lejanas y poco a poco una suave brisa me recorre el cuerpo elevándome por encima de todo. Veo mi propio cuerpo inerte bajo mis transparentes pies y opto por no permitir que a mi compañera de tormentos le hagan lo mismo, así que flotando ligeramente atenazo su cuerpo, la despojo de su alma, y nos dejamos llevar por esa suave corriente de aire hasta la inmensidad. Queda en mis oídos, por último, un breve “gracias” de mi compañera, como una secuencia de voces, antes de tormento, ahora de paz. 

Silvia Calmet 

 

Un hombre muerto a puntapiés

Un hombre muerto a puntapiés


¿"Cómo echar al canasto los
palpitantes acontecimientos callejeros?"
"Esclarecer la verdad es acción moralizadora."
EL COMERCIO de Quito




"Anoche, a las doce y media próximamente, el Celador de Policía No.451, que hacía el servicio de esa zona, encontró, entre las calles Escobedo y García, a un individuo de apellido Ramírez casi en completo estado de postración. El desgraciado sangraba abundantemente por la nariz, e interrogado que fue por el señor Celador dijo haber sido víctima de una agresión de parte de unos individuos a quienes no conocía, sólo por haberles pedido un cigarrillo. El Celador invitó al agredido a que le acompañara a la Comisaría de turno con el objeto de que prestara las declaraciones necesarias para el esclarecimiento del hecho, a lo que Ramírez se negó rotundamente. Entonces, el primero, en cumplimiento de su deber, solicitó ayuda de uno de los chaufferes de la estación más cercana de autos y condujo al herido a la Policía, donde, a pesar de las atenciones del médico, doctor Ciro Benavides, falleció después de pocas horas.
"Esta mañana, el señor Comisario de la 6a. ha practicado las diligencias convenientes; pero no ha logrado descubrirse nada acerca de los asesinos ni de la procedencia de Ramírez. Lo único que pudo saberse, por un dato accidental, es que el difunto era vicioso.
"Procuraremos tener a nuestros lectores al corriente de cuanto se sepa a propósito de este misterioso hecho." No decía más la crónica roja del Diario de la Tarde.
Yo no sé en qué estado de ánimo me encontraba entonces. Lo cierto es que reí a satisfacción. ¡Un hombre muerto a puntapiés! Era lo más gracioso, lo más hilarante de cuanto para mí podía suceder. Esperé hasta el otro día en que hojeé anhelosamente el Diario, pero acerca de mi hombre no había una línea. Al siguiente tampoco. Creo que después de diez días nadie se acordaba de lo ocurrido entre Escobedo y García.
Pero a mí llegó a obsesionarme. Me perseguía por todas partes la frase hilarante: ¡Un hombre muerto a puntapiés! Y todas las letras danzaban ante mis ojos tan alegremente que resolví al fin reconstruir la escena callejera o penetrar, por lo menos, en el misterio de por qué se mataba a un ciudadano de manera tan ridícula.
Caramba, yo hubiera querido hacer un estudio experimental; pero he visto en los libros que tales estudios tratan sólo de investigar el cómo de las cosas; y entre mi primera idea, que era ésta, de reconstrucción, y la que averigua las razones que movieron a unos individuos a atacar a otro a puntapiés, más original y beneficiosa para la especie humana me pareció la segunda. Bueno, el por qué de las cosas dicen que es algo incumbente a la filosofía, y en verdad nunca supe qué de filosófico iban a tener mis investigaciones, además de que todo lo que lleva humos de aquella palabra me anonada. Con todo, entre miedoso y desalentado, encendí mi pipa. -Esto es esencial, muy esencial.
La primera cuestión que surge ante los que se enlodan en estos trabajitos es la del método. Esto lo saben al dedillo los estudiantes de la Universidad, los de los Normales, los de los Colegios y en general todos los que van para personas de provecho. Hay dos métodos: la deducción y la inducción (véase Aristóteles y Bacon). El primero, la deducción me pareció que no me interesaría. Me han dicho que la deducción es un modo de investigar que parte de lo más conocido a lo menos conocido. Buen método: lo confieso. Pero yo sabía muy poco del asunto y había que pasar la hoja. La inducción es algo maravilloso. Parte de lo menos conocido a lo más conocido... ¿Cómo es? No lo recuerdo bien... En fin, ¿quién es el que sabe de estas cosas?) Si he dicho bien, este es el método por excelencia. Cuando se sabe poco, hay que inducir. Induzca, joven.
Ya resuelto, encendida la pipa y con la formidable arma de la inducción en la mano, me quedé irresoluto, sin saber qué hacer.
-Bueno, y ¿cómo aplico este método maravilloso? -me pregunté.
¡Lo que tiene no haber estudiado a fondo la lógica! Me iba a quedar ignorante en el famoso asunto de las calles Escobedo y García sólo por la maldita ociosidad de los primeros años.
Desalentado, tomé el Diario de la Tarde, de fecha 13 de enero -no había apartado nunca de mi mesa el aciago Diario- y dando vigorosos chupetones a mi encendida y bien culotada pipa, volví a leer la crónica roja arriba copiada. Hube de fruncir el ceño como todo hombre de estudio -¡una honda línea en el entrecejo es señal inequívoca de atención!
Leyendo, leyendo, hubo un momento en que me quedé casi deslumbrado.
Especialmente el penúltimo párrafo, aquello de "Esta mañana, el señor Comisario de la 6a...." fue lo que más me maravilló. La frase última hizo brillar mis ojos: "Lo único que pudo saberse, por un dato accidental, es que el difunto era vicioso." Y yo, por una fuerza secreta de intuición, que Ud. no puede comprender, leí así: ERA VICIOSO, con letras prodigiosamente grandes.
Creo que fue una revelación de Astartea. El único punto que me importó desde entonces fue comprobar qué clase de vicio tenía el difunto Ramírez. Intuitivamente había descubierto que era... No, no lo digo para no enemistar su memoria con las señoras...
Y lo que sabía intuitivamente era preciso lo verificara con razonamientos, y si era posible, con pruebas.
Para esto, me dirigí donde el señor Comisario de la 6a. quien podía darme los datos reveladores. La autoridad policial no había logrado aclarar nada. Casi no acierta a comprender lo que yo quería. Después de largas explicaciones me dijo, rascándose la frente:
-¡Ah!, sí... El asunto ese de un tal Ramírez... Mire que ya nos habíamos desalentado... ¡Estaba tan oscura la cosa! Pero, tome asiento; por qué no se sienta señor... Como Ud. tal vez sepa ya, lo trajeron a eso de la una y después de unas dos horas falleció... el pobre. Se le hizo tomar dos fotografías, por un caso... algún deudo... ¿Es Ud. pariente del señor Ramírez? Le doy el pésame... mi más sincero...
-No, señor -dije yo indignado-, ni siquiera le he conocido. Soy un hombre que se interesa por la justicia y nada más...
Y me sonreí por lo bajo. ¡Qué frase tan intencionada! ¿Ah? "Soy un hombre que se interesa por la justicia." ¡Cómo se atormentaría el señor Comisario! Para no cohibirle más, apresuréme:
-Ha dicho usted que tenía dos fotografías. Si pudiera verlas...
El digno funcionario tiró de un cajón de su escritorio y revolvió algunos papeles. Luego abrió otro y revolvió otros papeles. En un tercero, ya muy acalorado, encontró al fin.
Y se portó muy culto:
-Usted se interesa por el asunto. Llévelas no más caballero... Eso sí, con cargo de devolución -me dijo, moviendo de arriba a abajo la cabeza al pronunciar las últimas palabras y enseñándome gozosamente sus dientes amarillos.
Agradecí infinitamente, guardándome las fotografías.
-Y dígame usted, señor Comisario, ¿no podría recordar alguna seña particular del difunto, algún dato que pudiera revelar algo?
-Una seña particular... un dato... No, no. Pues, era un hombre completamente vulgar. Así más o menos de mi estatura -el Comisario era un poco alto-; grueso y de carnes flojas. Pero una seña particular... no... al menos que yo recuerde...
Como el señor Comisario no sabía decirme más, salí, agradeciéndole de nuevo.
Me dirigí presuroso a mi casa; me encerré en el estudio; encendí mi pipa y saqué las fotografías, que con aquel dato del periódico eran preciosos documentos.
Estaba seguro de no poder conseguir otros y mi resolución fue trabajar con lo que la fortuna había puesto a mi alcance.
Lo primero es estudiar al hombre, me dije. Y puse manos a la obra. Miré y remiré las fotografías, una por una, haciendo de ellas un estudio completo. Las acercaba a mis ojos; las separaba, alargando la mano; procuraba descubrir sus misterios.
Hasta que al fin, tanto tenerlas ante mí, llegué a aprenderme de memoria el más escondido rasgo.
Esa protuberancia fuera de la frente; esa larga y extraña nariz ¡que se parece tanto a un tapón de cristal que cubre la poma de agua de mi fonda!, esos bigotes largos y caídos; esa barbilla en punta; ese cabello lacio y alborotado.
Cogí un papel, trace las líneas que componen la cara del difunto Ramírez. Luego, cuando el dibujo estuvo concluido, noté que faltaba algo; que lo que tenía ante mis ojos no era él; que se me había ido un detalle complementario e indispensable... ¡Ya! Tomé de nuevo la pluma y completé el busto, un magnífico busto que de ser de yeso figuraría sin desentono en alguna Academia. Busto cuyo pecho tiene algo de mujer.
Después... después me ensañé contra él. ¡Le puse una aureola! Aureola que se pega al cráneo con un clavito, así como en las iglesias se las pegan a las efigies de los santos.
¡Magnífica figura hacía el difunto Ramírez!
Mas, ¿a qué viene esto? Yo trataba... trataba de saber por qué lo mataron; sí, por qué lo mataron... Entonces confeccioné las siguientes lógicas conclusiones:
El difunto Ramírez se llamaba Octavio Ramírez (un individuo con la nariz del difunto no puede llamarse de otra manera);
Octavio Ramírez tenía cuarenta y dos años;
Octavio Ramírez andaba escaso de dinero;
Octavio Ramírez iba mal vestido; y, por último, nuestro difunto era extranjero.



Con estos preciosos datos, quedaba reconstruida totalmente su personalidad.
Sólo faltaba, pues, aquello del motivo que para mí iba teniendo cada vez más caracteres de evidencia. La intuición me lo revelaba todo. Lo único que tenia que hacer era, por un puntillo de honradez, descartar todas las demás posibilidades. Lo primero, lo declarado por él, la cuestión del cigarrillo, no se debía siquiera meditar. Es absolutamente absurdo que se victime de manera tan infame a un individuo por una futileza tal. Había mentido, había disfrazado la verdad; más aún, asesinado la verdad, y lo había dicho porque lo otro no quería, no podía decirlo.
¿Estaría beodo el difunto Ramírez? No, esto no puede ser, porque lo habrían advertido enseguida en la Policía y el dato del periódico habría sido terminante, como para no tener dudas, o, si no constó por descuido del repórter, el señor Comisario me lo habría revelado, sin vacilación alguna.
¿Qué otro vicio podía tener el infeliz victimado? Porque de ser vicioso, lo fue; esto nadie podrá negármelo. Lo prueba su empecinamiento en no querer declarar las razones de la agresión. Cualquier otra causal podía ser expuesta sin sonrojo. Por ejemplo, ¿qué de vergonzoso tendrían estas confesiones:
"Un individuo engañó a mi hija; lo encontré esta noche en la calle; me cegué de ira; le traté de canalla, me le lancé al cuello, y él, ayudado por sus amigos, me ha puesto en este estado" o
"Mi mujer me traicionó con un hombre a quien traté de matar; pero él, más fuerte que yo, la emprendió a furiosos puntapiés contra mí" o
"Tuve unos líos con una comadre y su marido, por vengarse, me atacó cobardemente con sus amigos"?
Si algo de esto hubiera dicho a nadie extrañaría el suceso.
También era muy fácil declarar:
"Tuvimos una reyerta."
Pero estoy perdiendo el tiempo, que estas hipótesis las tengo por insostenibles: en los dos primeros casos, hubieran dicho algo ya los deudos del desgraciado; en el tercero su confesión habría sido inevitable, porque aquello resultaba demasiado honroso; en el cuarto, también lo habríamos sabido ya, pues animado por la venganza habría delatado hasta los nombres de los agresores.
Nada, que a lo que a mí se me había metido por la honda línea del entrecejo era lo evidente. Ya no caben más razonamientos. En consecuencia, reuniendo todas las conclusiones hechas, he reconstruido, en resumen, la aventura trágica ocurrida entre Escobedo y García, en estos términos:
Octavio Ramírez, un individuo de nacionalidad desconocida, de cuarenta y dos años de edad y apariencia mediocre, habitaba en un modesto hotel de arrabal hasta el día 12 de enero de este año.
Parece que el tal Ramírez vivía de sus rentas, muy escasas por cierto, no permitiéndose gastos excesivos, ni aun extraordinarios, especialmente con mujeres. Había tenido desde pequeño una desviación de sus instintos, que lo depravaron en lo sucesivo, hasta que, por un impulso fatal, hubo de terminar con el trágico fin que lamentamos.
Para mayor claridad se hace constar que este individuo había llegado sólo unos días antes a la ciudad teatro del suceso.
La noche del 12 de enero, mientras comía en una oscura fonducha, sintió una ya conocida desazón que fue molestándole más y más. A las ocho, cuando salía, le agitaban todos los tormentos del deseo. En una ciudad extraña para él, la dificultad de satisfacerlo, por el desconocimiento que de ella tenía, le azuzaba poderosamente. Anduvo casi desesperado, durante dos horas, por las calles céntricas, fijando anhelosamente sus ojos brillantes sobre las espaldas de los hombres que encontraba; los seguía de cerca, procurando aprovechar cualquiera oportunidad, aunque receloso de sufrir un desaire.
Hacia las once sintió una inmensa tortura. Le temblaba el cuerpo y sentía en los ojos un vacío doloroso.
Considerando inútil el trotar por las calles concurridas, se desvió lentamente hacia los arrabales, siempre regresando a ver a los transeúntes, saludando con voz temblorosa, deteniéndose a trechos sin saber qué hacer, como los mendigos.
Al llegar a la calle Escobedo ya no podía más. Le daban deseos de arrojarse sobre el primer hombre que pasara. Lloriquear, quejarse lastimeramente, hablarle de sus torturas...
Oyó, a lo lejos, pasos acompasados; el corazón le palpitó con violencia; arrimóse al muro de una casa y esperó. A los pocos instantes el recio cuerpo de un obrero llenaba casi la acera. Ramírez se había puesto pálido; con todo, cuando aquel estuvo cerca, extendió el brazo y le tocó el codo. El obrero se regresó bruscamente y lo miró. Ramírez intentó una sonrisa melosa, de proxeneta hambrienta abandonada en el arroyo. El otro soltó una carcajada y una palabra sucia; después siguió andando lentamente, haciendo sonar fuerte sobre las piedras los tacos anchos de sus zapatos. Después de una media hora apareció otro hombre. El desgraciado, todo tembloroso, se atrevió a dirigirle una galantería que contestó el transeúnte con un vigoroso empellón. Ramírez tuvo miedo y se alejó rápidamente.
Entonces, después de andar dos cuadras, se encontró en la calle García. Desfalleciente, con la boca seca, miró a uno y otro lado. A poca distancia y con paso apresurado iba un muchacho de catorce años. Lo siguió.
-¡Pst! ¡Pst! El muchacho se detuvo.
-Hola rico... ¿Qué haces por aquí a estas horas?
-Me voy a mi casa... ¿Qué quiere?
-Nada, nada... Pero no te vayas tan pronto, hermoso...
Y lo cogió del brazo.
El muchacho hizo un esfuerzo para separarse.
-¡Déjeme! Ya le digo que me voy a mi casa.
Y quiso correr. Pero Ramírez dio un salto y lo abrazó. Entonces el galopín, asustado, llamó gritando:
-¡Papá! ¡Papá!
Casi en el mismo instante, y a pocos metros de distancia, se abrió bruscamente una claridad sobre la calle. Apareció un hombre de alta estatura. Era el obrero que había pasado antes por Escobedo.
Al ver a Ramírez se arrojó sobre él. Nuestro pobre hombre se quedó mirándolo, con ojos tan grandes y fijos como platos, tembloroso y mudo.
-¿Que quiere usted, so sucio?
Y le asestó un furioso puntapié en el estómago. Octavio Ramírez se desplomó, con un largo hipo doloroso.
Epaminondas, así debió llamarse el obrero, al ver en tierra a aquel pícaro, consideró que era muy poco castigo un puntapié, y le propinó dos más, espléndidos y maravillosos en el género, sobre la larga nariz que le provocaba como una salchicha.

¡Cómo debieron sonar esos maravillosos puntapiés!

Como el aplastarse de una naranja, arrojada vigorosamente sobre un muro; como el caer de un paraguas cuyas varillas chocan estremeciéndose; como el romperse de una nuez entre los dedos; ¡o mejor como el encuentro de otra recia suela de zapato contra otra nariz!

Así:

¡Chaj!
con un gran espacio sabroso.
¡Chaj!

Y después: ¡cómo se encarnizaría Epaminondas, agitado por el instinto de perversidad que hace que los asesinos acribillen sus víctimas a puñaladas! ¡Ese instinto que presiona algunos dedos inocentes cada vez más, por puro juego, sobre los cuellos de los amigos hasta que queden amoratados y con los ojos encendidos!
¡Cómo batiría la suela del zapato de Epaminondas sobre la nariz de Octavio Ramírez!

¡Chaj!
¡Chaj! vertiginosamente,
¡Chaj!

en tanto que mil lucecitas, como agujas, cosían las tinieblas.

 

Pablo Palacio 

 

El Rincón del Diablo - Un año envueltos en azufre y fuego

El Rincón del Diablo - Un año envueltos en azufre y fuego

   

Brevemente, y a manera de introducción, presento una sección nueva de El Rincón del Diablo, por ser en este mes de marzo, sus últimos días (palpando abril casi con las uñas), su primer año de creación. El blog ha sufrido innumerables cambios desde su nacimiento; tanto su orientación temática como el contenido han variado siempre. Sin embargo, en este año nos hemos propuesto hacer algo diferente y acorde, también, con la denominación de este blog: Rincón del Diablo (Apartado lugar donde oscuras fuerzas se revelan), Bitácora Subte (mural donde cosas no comunes se hallan impresas), de Literatura (nuestra más baja pasión, por supuesto). Por tal razón, en todo el año, temáticas alejadas de lo convencional, lo puro, lo terriblemente arcano como el thánatos, lo pagano, las perversiones sexuales, etc. desfilarán por estos senderos. Esta es una entrega general, a manera de síntesis de lo que será su orientación en lo que a temas se refiere. Si usted, cibervisitante de blogs, sufre de hipertensión o síntomas cardíacos, este espacio no le es apto. Para todos los que quieran apreciar algo diferente en la red este sitio queda abierto. Abran los ojos y observen el festín pagano que les ofrecemos por nuestro primer año subterráneo y metálico.

 

 

Di@bòliko

 

DIRECTOR OFICIAL DE ESTE INFERNÁCULO

 

 

A propósito de infiernos y días sagrados - Arthur Rimbaud: el ángel rebelde

A propósito de infiernos y días sagrados - Arthur Rimbaud: el ángel rebelde

 

A veces místico, a veces réprobo. Innovador por donde se le mire. Rimbaud ha sido considerado un poeta genial no sólo en su época, ya que se ha mantenido vigente hasta ahora, por romper con todas las formas y valores imperantes, intocables en ese tiempo y, sin embargo, profanados con el objetivo de mostrar con franqueza el mundo interior del ser humano: sus miedos, sus tristezas, sus más recónditos deseos. Un ser humano, en sí.

En esta sección, les presentamos una selección de poemas de uno de sus libros más representativos: "Una Temporada en el Infierno", una visión experimental de la poesía que levantó vuelo en las últimas décadas del siglo XIX.

El Infierno acaba de ser abierto, ingrese sin temor a él... 

 

 

 

 

Una Temporada en el Infierno

 

 

 

«Antes, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde se

abrían todos los corazones, donde todos los vinos corrían.

Una noche, me senté a la Belleza en las rodillas. - Y la

hallé amarga. - Y la insulté.

Me armé contra la justicia.

Me escapé. ¡Oh bujas, oh miseria, oh odio! ¡A vosotros se

confió mi tesoro!

Logré que se desvaneciera en mi espíritu toda la esperanza

humana. Contra toda alegría, para estrangularla, di el salto sin

ruido del animal feroz.

Llamé a los verdugos para, mientras perecía, morder las

culatas de sus fusiles. Llamé a las plagas para ahogarme en la

arena, la sangre. La desgracia fue mi dios. Me tendí en el lodo.

Me sequé al aire del crimen. Y le hice muy malas pasadas a la

locura.

Y la primavera me trajo la horrorosa risa del idiota.

Habiendo estado hace muy poco a punto de soltar el último

¡cuac!, se me ocurrió buscar la clave del festín antiguo, donde

había tal vez de recobrar el apetito.

La caridad es la clave. - ¡Esta inspiración demuestra que

soñé!

«Seguirás siendo hiena, etc.», exclama el demonio que me

coronó de tan amables adormideras. «Gana la muerte con todos

tus apetitos, y tu egoísmo y todos los pecados capitales.»

¡Ah! Ya aguanté demasiado - Pero, querido Satán, te lo

suplico, ¡menos irritación en la pupila! Y mientras llegan las

pequeñas cobardías rezagadas, tú que aprecias en el escritor la

carencia de facultades descriptivas o instructivas, te arranco

unos cuantos asquerosos pliegos de mi cuaderno de condenado.

 

 

 

 

 

¡Si tuviese yo antecedentes en un punto cualquiera de la historia

de Francia!

Pero no, nada.

Me es evidentísimo que siempre he sido de raza inferior.

No logro comprender la rebeldía. Mi raza nunca se levantó

más que para el pillaje: así los lobos con el animal que no mataron

ellos.

Recuerdo la historia de la Francia hija primogénita de la

Iglesia. Habría hecho, villano, el viaje a tierra santa; tengo en

la cabeza caminos por las llanuras suabas, vistas de Bizancio,

murallas de Solima; el culto de María, el enternecimiento por

el crucificado, se despiertan en mí entre mil hechicerías profa30

nas. - Estoy sentado, leproso, en los cacharros rotos y las ortigas,

al pie de un muro roído por el sol.- Más tarde, reitre,

habría vivaqueado bajo las noches de Alemania.

¡Ah! Algo más: bailo el aquelarre en un rojo calvero, con

viejas y con niños.

No recuerdo más lejos que esta tierra y el cristianismo.

Nunca me terminaría de ver en ese pasado. Pero siempre solo,

sin familia; incluso ¿qué lengua hablaba? No me veo jamás en

los consejos de Cristo; ni en los consejos de los señores, -

representantes de Cristo.

¡Oh la ciencia! Lo hemos recuperado todo. Para el cuerpo y

para el alma, - el viático, - tenemos la medicina y la filosofía,

- los remedios caseros y las canciones populares arregladas.

¡Y las diversiones de los príncipes, y los juegos que éstos

prohibían! ¡Geografía, Cosmografía, Mecánica, Química!...

¡La Ciencia, la nueva nobleza! El progreso. ¡El mundo

avanza! ¿Por qué no va a dar vueltas?

Es la visión de los números. Vamos hacia el Espíritu. Es

segurísimo, es oráculo, esto que os digo. Comprendo y, como

no sé explicarme sin palabras paganas, querría callarme.

 

 

 

 

 

¡Vuelve la sangre pagana! El Espíritu está cerca: ¿por qué no

me ayuda Cristo, dando a mi alma nobleza y libertad? ¡Ay! ¡El

Evangelio pasó! ¡El Evangelio!

Estoy esperando a Dios con glotonería. Soy de raza inferior

desde la eternidad.

Heme en la playa armoricana. Que las ciudades se enciendan

al atardecer. Mi jornada está hecha; dejo Europa. El aire

del mar me quemará los pulmones, los climas perdidos me

curtirán. Nadar, desmenuzar la hierba, cazar, sobre todo fumar;

beber licores fuertes como metal hirviendo, - como hacían

los queridos antepasados alrededor de las fogatas.

Volveré, con miembros de hierro, con la piel oscura, los

ojos enfurecidos: por mi máscara, me juzgarán de una raza

fuerte. Tendré oro: seré ocioso y brutal. Las mujeres cuidan de

estos feroces enfermos cuando regresan de los países cálidos.

Me veré mezclado en asuntos políticos. Salvado.

Ahora estoy maldito, tengo horror a la patria. Lo mejor es

un sueño muy borracho, en la playa.

 

 

 

 

 

Ya desde muy niño admiraba al forzado irreductible tras el

cual se cierran siempre las puertas de la prisión; visitaba los

albergues y los alojamientos que el podía haber consagrado

con su estancia; veía con su idea el cielo azul y el trabajo florido

del campo, olfateaba su fatalidad en las ciudades. Tenía

más fuerza que un santo, más sentido común que un viajero -

y él ¡él solo! era testigo de su gloria y de su razón.

Por los caminos, en noches de invierno, sin cobijo, sin ropa,

sin pan, una voz me atenazaba el corazón helado: «Debilidad o

fuerza; hete aquí: es la fuerza. No sabes ni adónde ni por qué

vas; entra en todas partes, contesta a todo. No te matarán más

que si fueras cadáver». Por la mañana, tenía la mirada tan perdida

y la compostura tan muerta, que quienes me encontré

quizá no me vieran.

En las ciudades el fango se me aparecía súbitamente rojo y

negro, como un espejo cuando la lámpara deambula por la

habitación contigua, ¡como un tesoro en el bosque! Buena

suerte, gritaba yo, y veía un mar de llamas y de humo en el

cielo; y, a izquierda, a derecha, todas las riquezas, llameando

como millo nes de truenos.

Pero la orgía y la camaradería de las mujeres me estaban

prohibidas. Ni siquiera un compañero. Me veía ante una multitud

exasperada, delante del pelotón de ejecución, llorando la

desgracia de que no hubieran podido comprender, y perdonando.

- ¡Igual que Juana de Arco! - «Sacerdotes, profesores,

maestros, os equivocáis al entregarme a la justicia. Yo

nunca formé parte de este pueblo, yo nunca fui cristiano; soy

de la raza que cantaba en el suplicio; no comprendo las leyes;

no tengo sentido moral, soy un bruto, os equivocáis...»

Sí, tengo los ojos cerrados a vuestra luz. Soy una alimaña,

un negro. Pero puedo salvarme. Vosotros sois falsos negros,

vosotros maniáticos, feroces, avaros. Mercader, tú eres negro;

general, tú eres negro; emperador, vieja comezón, tú eres negro:

has bebido un licor libre de impuestos, de la fábrica de

Satán. - Este pueblo está inspirado por la fiebre y el cáncer.

Los tullidos y los viejos son tan respetables, que solicitan ser

hervidos. - Lo más astuto es abandonar este continente donde

la locura anda al acecho, para proveer de rehenes a estos miserables.

Entre en el verdadero reino de los hijos de Cam.

¿Sigo conociendo la naturaleza? ¿Me conozco? - No más

palabras. Amortajo a los muertos en mi vientre. Gritos, tambor,

danza, danza, danza, ¡danza! Ni siquiera veo la hora en

que, al desembarcar los blancos, caeré en la nada.

Hambre, sed, gritos, danza, danza, danza, ¡danza!

 

 

 

 

 

¡Basta! Llega el castigo. - ¡Adelante!

¡Ah! ¡Los pulmones arden, las sienes braman! ¡La noche

me da vueltas en los ojos, con ese sol! El corazón... Los

miembros...

¿A dónde vamos? ¿Al combate? ¡Soy débil! Los demás

avanzan. Los aperos, las armas... ¡el tiempo!...

¡Fuego! ¡Fuego contra mí! ¡Aquí! O me rindo. - ¡Cobardes!

- ¡Me mato! ¡Me arrojo a los cascos de los caballos!

¡Ah!...

- Ya me acostumbraré.

¡Sería la vida francesa, el sendero del honor!

 

 

 

 

 

Noche del Infierno

 

Me ha tragado una buena buchada de veneno. - ¡Bendito sea

tres veces el consejo que me llegó! - Las entrañas me arden.

La violencia del veneno me retuerce los nervios, me hace deforme,

me arroja al suelo. Me muero de sed, me ahogo, no

puedo gritar. ¡Es el infierno, la pena eterna! ¡Ved cómo se reavivan

las llamas! ¡Ardo como es debido! ¡Venga, demonio!

Había entrevisto la conversión al bien y a la felicidad, la

salvación. Podía describir la visión, ¡pero el aire del infierno

no soporta los himnos! Eran millones de criaturas encantadoras,

un suave concierto espiritual, la fuerza y la paz, las nobles

acciones, ¿qué sé yo?

¡Las nobles ambiciones!

¡Y sigue siendo vida! - ¡Si la condenación es eterna! Todo

hombre que desee mutilarse está ya condenado, ¿verdad? Me

creo en el infierno, luego estoy en el infierno. Es el cumplimiento

del catecismo. Soy esclavo de mi bautizo. Padres,

habéis hecho mi desgracia y la vuestra. ¡Pobre inocente! - El

infierno no puede atacar a los paganos. - ¡Sigue siendo vida!

Más tarde, las delicias de la condenación serán más profundas.

Un crimen, de prisa, para caer en la nada, por la ley de los

hombres.

¡Calla, calla de una vez!... Éste es lugar de vergüenza, de

reproche: Satán diciendo que el fuego es innoble, que mi cólera

es espantosamente tonta. - ¡Basta!... Errores que alguien

me sopla, magia, perfumes falsos, músicas pueriles. - Y decir

que poseo la verdad, que veo la justicia: tengo un discernimiento

sano y firme, estoy listo para la perfección... Orgullo.

- Se me reseca la piel de la cabeza. ¡Piedad! Señor, tengo

miedo. Tengo sed, ¡tanta sed! ¡Ah! La niñez, la hierba, la lluvia,

el lago sobre las piedras, el claro de luna cuando el campanario

daba las doce... El diablo está en el campanario, a tal

hora. ¡María! ¡Virgen Santa!... - Horror de mi estupidez.

¿No son aquéllas almas buenas que me desean el bien?...

Venid. Tengo una almohada tapándome la boca, no me oyen,

son fantasmas. Por otra parte, nadie piensa nunca en los demás.

Que nadie se acerque. Huelo a chamusquina, eso es seguro.

Las alucinaciones son innumerables. Es eso lo que siempre

he tenido: no ya fe en la historia, el olvido de los principios.

Me lo callaré: poetas y visionarios se pondrían celosos. Soy

mil veces el más rico, seamos avaros como el mar.

¡Qué cosas! El reloj de la vida se acaba de parar. Ya no estoy

en el mundo. - La tecnología es seria, el infierno está

ciertamente abajo - y el cielo arriba. - Éxtasis, pesadilla,

dormir en un nido de llamas.

Cuánta maldad de observación hay en el campo... Satán,

Ferdinando, corre con las semillas silvestres... Jesús anda sobre

las zarzas de purpurina, sin inclinarlas... Jesús andaba sobre

las aguas. La linterna nos los mostró de pie, blanco y con

trenzas oscuras, flanqueado por una ola esmeralda...

Voy a desvelar todos los misterios: misterios religiosos o

naturales, muerte, nacimiento, porvenir, pasado, cosmogonía,

nada. Soy maestro en fantasmagorías.

¡Escuchad!...

¡Tengo todos los talentos! - No hay nadie aquí, y hay alguien:

no querría divulgar mi tesoro. ¿Alguien desea cánticos

negros, danzas de huríes? ¿Alguien desea que desaparezca,

que me zambulla en busca del anillo? ¿Alguien lo desea?

Haré, con el oro, remedios.

Confiad, pues, en mí: la fe conforta, guía, cura. Venid todos,

-hasta los niños, -que yo os consuele, que os divulguemos

su corazón, - ¡el corazón maravilloso! ¡Pobres hombres,

trabajadores! No pido oraciones; con vuestra confianza

solamente me contentaré.

- Y pensemos en mí. Todo esto me hace añorar poco el

mundo. Tengo la suerte de no sufrir más. Mi vida no fue más

que locuras suaves, qué lamentable.

¡Bah! Hagamos todas las muecas concebibles.

Decididamente, estamos fuera del mundo. Ningún sonido

ya. Me ha desaparecido el tacto. ¡Ah! Mi castillo, mi Sajonia,

mi bosque de sauces. Las tardes, las mañanas, las noches, los

días... ¡Qué cansado estoy!

Debería tener mi infierno por la cólera, mi infierno por el

orgullo, - y el infierno de la caricia; un concierto de infiernos.

Me muero de cansancio. Es la tumba, voy hacia los gusa37

nos, ¡horror de los horrores! Satán, farsante, quieres disolverme

en tus encantos. ¡Exijo! ¡Exijo un golpe con la horquilla,

una gota de fuego!

¡Ah! ¡Ascender de nuevo a la vida! Poner los ojos en nuestras

deformidades. Y este veneno, ¡este beso mil veces maldito!

¡Mi debilidad, lo cruel de este mundo! ¡Dios mío, piedad,

escondedme, me comporto demasiado mal! - Estoy escondido

y no lo estoy.

Es el fuego quien se reanima con su condenado.

 

 

 

 

 

Mañana

 

¿No tuve una vez una juventud amable, heroica, fabulosa,

digna de escribirse en hojas de oro? - ¡Demasiada suerte!

¿Por qué crimen, por qué error, he merecido mi debilidad actual?

Vosotros, quienes pretendéis que los animales sollocen

de pena, que los enfermos se desesperen, que los cadáveres

tengan malos sueños, tratad de contar mi caída y mi dormir.

Yo ya no logro explicarme mejor que el mendigo con sus Pater

y Ave Maria. ¡Ya no sé hablar!

Sin embargo, hoy, creo haber terminado la crónica de mi

infierno. Era, en efecto, el infierno; el antiguo, aquel cuyas

puertas abrió el hijo del hombre.

Desde el mismo desierto, en la misma noche, siempre se

despiertan mis ojos cansados bajo la estrella de plata, siempre,

sin que se conmuevan los Reyes de la vida, los tres magos, el

corazón, el alma, el espíritu. ¡ Cuándo iremos más allá de las

playas y de los montes, a saludar el nacimiento del trabajo

nuevo, la sabiduría nueva, la huida de los tiranos y de los demonios,

el fin de la superstición, a adorar -¡antes que nadie!-

la Natividad en la tierra!

¡El canto de los cielos, la marcha de los pueblos! Esclavos:

no maldigamos la vida.

 

 

 

 

 

Adiós

 

¡Otoño ya! - Pero ¿por qué añorar un eterno sol, estando

comprometidos en el descubrimiento de la claridad divina, -

lejos de las gentes que mueren con las estaciones?

Otoño. Nuestra barca alzada en las brumas inmóviles gira

hacia el puerto de la miseria, la ciudad enorme con el cielo

manchado de fuego y de lodo. ¡Ah! ¡Los harapos podridos, el

pan empapado de lluvia, la embriaguez, los mil amores que me

crucificaron! ¡Nunca, pues, se acabará esta vampira reina de

millones de almas y de cuerpos muertos y que han de ser juzgados!

Me veo de nuevo con la piel roída por el fango y la

peste, llenos de gusanos el pelo y las axilas y con gusanos todavía

más gruesos en el corazón, tumbado entre los desconocidos

sin edad, sin sentimientos... Habría podido morir allí...

¡Horrorosa evocación! Abomino de la miseria.

¡Y me asusta el invierno, porque es la estación de la

comodidad!

- A veces veo, en el cielo, playas sin fin, cubiertas de

blancas naciones alegres. Un gran bajel de oro, por encima de

mí, agita sus banderolas multicolores a las brisas de la mañana.

He creado todas las fiestas, todos los triunfos, todos los dramas.

He tratado de inventar nuevas flores, nuevos astros, nuevas

carnes, nuevas lenguas. He creído adquirir poderes sobre52

naturales. Pues bien, ¡tengo que enterrar mi imaginación y mis

recuerdos! ¡Una hermosa gloria de artista y narrador, echada a

perder!

¡Yo! ¡Yo, que me dije mago o ángel, dispensado de toda

moral, he sido devuelto al suelo, con un deber por encontrar y

con la rugosa realidad por abrazar. ¡Campesino!

¿Me equivoco? ¿Será la caridad hermana de la muerte,

para mí?

En fin, pediré perdón por haberme alimentado de mentira.

Y adelante.

Pero ¡ni una sola mano amiga! Y ¿dónde hallar socorro?

_________________

 

Sí, la hora nueva es por lo menos muy severa.

Porque puedo decir que la victoria me ha sido otorgada: el

crujir de dientes, el chisporroteo del fuego, los suspiros apestados, van moderándose. Todos los recuerdos inmundos se borran.

Mis últimas añoranzas levanta el vuelo, - celos de los

mendigos, de los bribones, de los amigos de la muerte, de los

rezagados de toda índole. - Condenados, ¡si yo me vengara!

Hay que ser absolutamente moderno.

Sin cánticos: mantener el terreno ganado. ¡Dura noche! La

sangre seca me humea en el rostro, y dentro de mí no tengo

sino ese horrible arbolillo... El combate espiritual es tan brutal

como la batalla de los hombres; pero la contemplación de la

justicia es poder exclusivo de Dios.

Es, no obstante, la víspera. Acojamos todos los influjos de

vigor y de ternura auténtica. Y cuando llegue la aurora, armados

de una ardiente paciencia, entremos en las espléndidas

ciudades.

¡Qué decía de mano amiga! Una buena ventaja es que

puedo reírme de los viejos amores engañosos, y cubrir de bochorno

a las parejas embusteras, - he visto, allá abajo, el infierno

de las mujeres; - y me será lícito poseer la verdad en

un alma y un cuerpo.

 

 

 

Abril-agosto, 1873.

 

Fragmentos de "Una Temporada en el Infierno"

Arthur Rimbaud

 

 

El Rey Nabokov

El Rey Nabokov

 

¿Quiere conocer usted la real obsesión de Vladimir Nabokov? A continuación, un artículo extraído de la revista Casa de Asterión Nº 7, donde nos habla de las verdaderas bajas pasiones del escritor ruso.

 

Apertura. Cuando se habla de Nabokov, del escritor ruso Vladimir Vladimirovich Nabokov (Rusia, 1899), "la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes"* y se pronuncia el nombre de aquella nínfula que sacude y estremece nuestro cuerpo que, de pronto, se libera de todo principio moral y viaja a las profundidades de la sensibilidad artística. Lolita. Lo-Li-Ta. Sin embargo, hay quienes prefieren evocarlo -nabokovianos profesos-por las otras aficiones que practicaba, paralelas al arte de la escritura.

Algunos recuerdan al profesor polémico que  ridiculizaba a los grandes escritores como Fiador Dostoievski o Miguel de Cervantes y trataba al padre del sicoanálisis, Sigmund Freud, como a un escritor de comedias.

Otros evocan la imagen de Nabokov en el campo, vistiendo pantalones cortos, gorra de marinero y colgado de una red cazamariposas, realizando labores de lepidóptero autodidacta.

Y otros, lo recuerdan sentado frente al mundo de 64 escaques y 32 soldados asesinos. Ajedrez.

 

Medio juego. La relación del escritor ruso con este deporte es muy íntima e intensa, tanto que le dedicó un libro completo. La defensa, -Zashchita Luzhina- (1930), es una novela que narra la historia de un Gran Maestro que posee una pasión incontrolable por el ajedrez, lo que le afecta emocionalmente y convierte su vida en un mundo de problemas difíciles y decisiones arriesgadas. Para el protagonista, Aleksandr Luzhin, el mundo es un campo de batalla en contraste con la armonía que halla en los cambios, lances, jaques y mates del ajedrez. Gracias a su cercanía con este deporte, Nabokov pudo conocer a fondo la psicología de un jugador profesional y plasmarlo en un personaje tan verosímil y complicado como Luzhin.

Jorge Luis Borges, otro escritor relacionado con el estratégico juego, dedicó dos sonetos a este laberíntico deporte y, sin embargo, el escritor argentino confesaba que no era un buen jugador. En cambio, Nabokov no era cualquier aficionado, era un jugador íntegro, capaz de pasar noches de insomnio sólo para urdir los más complicados problemas que ponía en aprietos a cualquier concentrado campeón.

La otra manera en que Nabokov introdujo el ajedrez en la literatura fue a través de los juegos de palabras, donde las metáforas complejas conformaban un conjunto de técnicas basada en estrategias de aquel escenario cuadrado que representa una guerra medieval. Para Nabokov, los problemas del ajedrez exigían las mismas cualidades que caracterizan a cualquier actividad artística.

Si comparamos la vida del escritor con este juego de mesa, también hallaremos similitudes. Él provenía de una familia aristocrática, por lo cual asumiría de forma directa el papel de rey y su esposa, Vera Slonim, sería la reina y no por ser la esposa solamente, sino porque ella en la mayoría de los casos fue, como lo es en el ajedrez, la más fuerte de la pareja. Era el agente literario, chofer, editora y traductora de los libros de Nabokov. Vera fue la responsable de que el escritor ruso-norteamericano lograra expresar su genio y figura.

 

Finales. El ajedrez y la literatura han convivido durante mucho tiempo, ya que ambas son relacionadas con los cafés, la noche, la locura y los intelectuales. García Márquez, Milan Kundera, Lewis Carrol, Allan Poe, Ricardo Palma, Stefan Zweig, etc., fueron escritores que también crearon historias y personajes ligados a este mágico juego.

No se descarta que Vladimir Nbokov hubiera querido convertirse en un jugador importante -como hasta ahora lo hacen sus compatriotas- y, quizás, trascender como lo hizo con la literatura. Por fortuna -para los nabokovianos profesos- dedicó su vida a la creación de obras originales que le dieron categoría de genio de la Literatura Universal (aunque no había necesidad de que alguien le adjudique algo: "Pienso como genio, escribo como un autor distinguido y hablo como un niño", dijo alguna vez).

 

Jaque mate. El rey murió en 1977. Vera, la reina y la más fuerte, dejó el tablero en 1991. Ambos jugaron 52 años juntos a favor del arte literario.