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El Rincón del Diablo

La piel de Iriana

La piel de Iriana

 

 

Salió de una mañana lluviosa para entrar en su alcoba ensopado de un sentimiento de desazón y desconsuelo que no lo dejaba respirar: seis putos años de carrera universitaria frustrados por la maraña de burocracia y trámites originados por su anarquía y desacato al sistema -no podía ceder a la vieja tradición de dar de comer a su ilustre jurado, no, no estaba en su esquema mental ni ético- todo ello sumado a la desolación que le colmaba el corazón.

 

Cuando lo encontraron, tenía el maletín repleto de libros, la ropa raída y las venas vacías.

En la húmeda y fría atmósfera de su cuarto de alquiler reposaba la daga que con solemnidad y ternura acabó con su vida...

 

Agotado por el trajín amoroso que la noche le deparó en los brazos de Iriana, se puso a repasar palmo a palmo el iter críminis de su amor: la llamada telefónica pactando el encuentro, la aparente distraída incursión a un hostal de paso, el vértigo de los besos, la incesante caída de los cuerpos, sudor y placer a mares, caricias y gemidos entrecortados por ráfagas de furia, el desorden en los ojos, las frases sin sentido, las bocas y lenguas reinventando la lascivia... hasta que al filo del clímax, Iriana confundió el nombre amado.

 

Con inventada parsimonia y taimado silencio, cesó en su arremetida y dando un suspiro se echó boca arriba. Prendió un cigarrillo con franca desidia y a grandes bocanadas consumió su amarga evanescencia.

Estaba claro, nada le devolvería la calma hasta que estuviera seguro de que sólo él y nadie más que él, fuera el dueño de tamaño placer: la piel de Iriana, ese talle nacarado que le nublaba los sentidos.

 

El peso húmedo de la mejilla de Iriana sobre su pecho desierto le dictó la sentencia.

Fingiendo una caricia, tomo el cuello delicado, lo rodeó con sus poderosas manos y lentamente ajustó y ajustó hasta que los ojos de la pobre perdieron las órbitas y por supuesto también su encanto.

El cuerpo cada vez más frío iba perdiendo su candor. Ahora era de un morado lívido, la piel de Iriana, mientras su mirada huía triste por la ventana, hacia la noche que ya moría.

 

Marx Espinoza

marxespinoza666@hotmail.com

 

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