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El Rincón del Diablo

A Trilce Rosario para la posteridad

A Trilce Rosario para la posteridad

 

 

De las muchachas de albo pelaje, entre el aparecer y desaparecer

de la brisa, donde el tiempo deposita como en una columna infinita

las horas

oirás Trilce Rosario, aquellos signos disonantes

como carbones encendidos revoloteando en sus gargantas

y fijarás la prudencia quemante de hallar mi voz (para entonces ausente)

Libre y magnánima como cuando tu llanto anunció

la materia estremecedora  de tu existencia

atravesarás aquel viento de espinas

y una flor de color reencarnado brotará de tus ojos.

 

Ahora que veo tus alas briosas alcanzar las nubes

tu lengua estridente como las olas del mar,

ahora que siento en tu piel mis huellas fatigadas

ahora  confieso Trilce Rosario:

que la inútil y ansiosa esperanza de recibirte varón, turbó mi alma

hasta envolverme en un estremecimiento inexplicable de alegría.

Oirás mucho "mi niña bonita" para descubrir los ignotos parajes

por donde tu madre y yo, entre relámpagos

construíamos tu supuesta forma determinada.

 

Te busco a veces, en la hondura de las estrellas

luminosa, encantadora y opulenta como un coral diamantino

para descender a la descarnada forma de los infortunados

y compartir el fulgor de tu risa en un fresco pan.

 

Igual, si hubieras visto la luz frente al ruidoso mar de Culebras

o rodeado de frías y sonámbulas edificaciones en Huarmey

brillarás divinamente como el resplandor de la misma nieve.

 

Cuando los oscuros fantasmas arranquen la luz de mis ojos

y tu besos en mis mejillas sean costras fermentadas

no dejarás que el fuego de mis colores se apague

Oh! Trilce Rosario

Tampoco irás a buscarme en ese bosque de cruces

de nichos viejos e insondables

porque desde ya te digo, que mi cuerpo reposará

en la transparencia divina de las aguas del mar

y oirás mi voz rebelde explotar en las olas

derribando las rocas de esta humanidad castrante

¡Como irás a buscarme en la tierra, si yo siempre estaré en el mar!

 

A estas alturas un frío helado corta mis dedos

y un sueño siniestro me golpea como una pesada roca

por tus ojos digo, aparecerá el anuncio de otro mundo.

¿Pero como puedo seguir escribiéndote más 

si tu propia existencia es un bello poema ardiendo en mis venas

a punto de estallar en mi corazón?

¿Como puedo seguir hablándote Trilce Rosario...?

 

 

                                           Huarmey 04 de octubre del 2006

 

                                                   Teofilo Villacorta Cahuide

Datos y Cuerpos

Datos y Cuerpos

CUERPO

Engendras tu ser
Miras las luciérnagas
las inventas
miro los siglos con tu esperma
miras con tu carnívora ausencia

Muerto
inundado de ti
inflamado de ti
condenado a la constelación
que reflejas



(Para ver los demás poemas, hacer click aquí)

 

Tania Guerrero

 

La Hermandad y La Luna

 

Si bien la precocidad intelectual es frecuente y en algunos casos coincide en un mismo grupo humano, la madurez precoz es escasísima y, en ciertos pacientes, peligrosa.

MARGARET L. TYLER. Medical Review.

 

Dejad que los niños vengan a mí.

MC. 10,13

 

 

Sueño de Mario

El naipe sale en sueños. Unos dedos que no son de nadie (pero que yo sé que son de mi mamá) lo sacan de un mazo. Tiene escrito La Lune. Su imagen me espanta. Una luna de locos desparrama su luz como lágrimas. Dos perros voraces, enfrentados, aúllan toda la noche. Una ciudad en escombros se ve a lo lejos. Y las lágrimas lunares incendian los techos de los edificios más altos. Es el día del juicio. Pero mi mamá dice no, Mario. Ella saca otra carta, se lee en la base Le Jugement. Yo niego. El Juicio no será eso. Mamá dice a gritos: «¿Sabes por qué es, niño?». Mira al planeta que se incendia. Me explica: «Porque ustedes dejaron las puertas abiertas y se escaparon los perros». No sé por qué miro la Luna y reprocho a mi mamá: «¡La victoria final no será de la Madre de los Lunáticos, tonta!».

Amanece. Siempre amanece. A mis doce años significa hastío. Ya no aguanto el hospital. Ya no puedo fingir que no me doy cuenta de que me muero de leucemia. Y hablar, actuar, como un imbécil, cuando soy genial, un tipo más listo que el bobalicón de mi hermano o el retrasado de mi padre. Es apenas un alivio: hoy vendrán Tiago y Angélica. Ella convenció a su papá de que la traiga, con un capricho de esos que se tragan los mayores. Hablar por fin de un asunto distinto. No más prensa basura de papá, ni la manía por el orden de mamá: ¿está todo bien, Mario?, junta tus sandalias punta con punta cuando regreses del baño, estupideces. Pero, ¿vendrán realmente Angélica y Tiago? El cielo está cubierto por más nubes de tormenta. Ellos son los únicos de mi edad que me sacan de esto. Esta pesadilla de dedo que presiona en la base de la nuca y deja constancia, y dice tú eres, te vas a morir. La idea me da náuseas.

 

(Para acceder a todo el texto, hacer click aquí)

 

Del libro El inventario de las naves (Fondo Editorial PUCP, 2005)

© Alexis Iparraguirre

 

Extraña Primavera

Extraña Primavera

 

Estamos en primavera y yo debía sentirme feliz. Siempre me ha gustado esta estación en particular, pero me encuentro ante un dilema que borra la alegría de ese renacer de la naturaleza. Ante mis ojos, Melisa se metió por el cable del teléfono y desapareció. Unos minutos antes había respondido una llamada, y unos minutos más atrás al fin nos habíamos encontrado después de pedirle reiteradas veces una oportunidad para explicar mi conducta de aquella noche junto a Lola.

Acudí a la cita, en su casa, pensando borrar el pésimo recuerdo. Era el Día de la Primavera y pensé que todo obraba a mi favor: iba a invitarla a la celebración en el Rosedal. Habría mucha gente, lo suponía, pero allí, en el Rosedal, le había declarado mi amor a fin de año: revivir aquellos instantes podía allanarme el camino hacia la confianza. Pero Melisa me recibió con un amistoso beso, me dijo que no había nada que explicar, que no me preocupara, y me hundió: supe que no iba a ser fácil borrar su indiferencia.

Su mirada era distinta y declinó el paseo por el Rosedal, mientras acariciaba una rosa. Miré con recelo el hermoso ramo de rosas en su florero favorito. Fuese quien fuese quien le obsequió las flores, era alguien muy interesado en agradar. Melisa estaba como hipnotizada junto al florero acariciando la flor, alejada de mis ansiedades. Traté de llevar la conversación hacia el punto que me interesaba y mencioné a Lola. Su querida prima Lola. En el momento en que iba a decirle tajantemente que entre Lola y yo no había nada, sonó el teléfono. El aparato se encuentra en la misma mesa del florero, y, por la forma en que Melisa hablaba -los ojos le brillaban endemoniadamente-, era evidente que estaba encantada de recibir la llamada.

Aquella conversación parecía no tener fin y comencé a sentir un impulso siniestro hacia el hombre que me robaba su atención. Era un hombre, sin dudas. Solamente hablando con un hombre, una mujer se comporta así, como hacía Melisa. Le pedí que dejara de atenderlo y escuchara lo que yo necesitaba decirle. Sonriente, me regañó con un gesto de la mano y siguió conversando. Insistí con mis reclamos y tironeé del cable, sentí una vibración rara: ella se quedó mirándome muy seria y fría, pero sobre todo, muy distante. Y juro que desapareció por el cable telefónico. En ese mismo instante en que su mirada me helaba.

Durante largo rato el cable quedó colgando de mis manos, con una indiferencia atormentadora. El cable quemaba mis manos y mi mente se resistía a procesar los hechos. Yo sentía frío.

 

La policía no me cree y me abruman las horas de interrogatorio. Quieren que confiese dónde está el cadáver, cómo la maté y por qué. Sigo diciendo que ella estaba hablando con alguien, seguramente un hombre, juro que hablaba muy entusiasmada y que yo le pedí que cortara la comunicación, y ella me miró y desapareció. Así, sencillamente: se fue por el cable del teléfono. Una y otra vez he explicado que agarré el tubo y no escuché nada. Estaba muy nervioso, con frío, y colgué, y estuve horas esperando que sonara el aparato con la esperanza de que fuera ella. Pero nadie llamó y Melisa no regresó. La policía dice que en esa casa nunca hubo teléfono. Lola, la prima, lo corrobora, y para complicar más mi situación, Lola afirma que nunca me ha visto y que su prima jamás le habló de un hombre llamado como yo.

Con aprensión sé que la policía remueve cielo y tierra buscando datos que echen una luz sobre mi persona. No encuentran nada, absolutamente nada, y comienza a preocuparme una idea: que sin Melisa no existo. Primavera más cruel ni en pesadillas.

 

Rosa Elvira Peláez

Buenos Aires, 2002.

(Del libro inédito La danza de los locos y otras historias en la yema de los dedos).

 

La otra orilla

La otra orilla

Un hombre sueña: una esquina, una calle, y en el fondo de la calle, una casa. Sabe que sueña. Avanza, entre neblinas, por unos gastados piedrones negros y lustrosos. Entra en la casa. Después de la puerta de calle, un amplio corredor le ofrece posibilidades diversas. Abre una puerta interior. En una habitación amplia y en penumbras, un hombre, en un sillón dormita. Un hombre de unos cuarenta años, que no parece cansado ni preocupado.

      El recién llegado lo observa. En una mesa cerca del sillón hay un libro. Siete Noches, es su título. El recién llegado se acerca al dormido. Primero con curiosidad, luego con estupor. Reconoce los rasgos de la cara, el abundante pelo negro, el rictus de los labios en descanso y la manera de dormitar con la cabeza apoyada en el pecho, las manos cruzadas y abandonadas. Estos detalles le son familiares, más que familiares, le son íntimos. El que está sentado se inclina, toma una hoja de papel y un bolígrafo, y comienza a escribir rápidamente. Al recién llegado le incomoda esta indiferencia.

      Transcurre un instante, unos segundos, una suma de segundos.

      El que escribe, sigue concentrado en su quehacer. El otro no sale de su asombro. Observa con curiosidad y con inquietud controlada, reprimida. La letra del que escribe comienza a deformarse. Y sin interrumpirse le dice al recién llegado:

      -Acabo de soñar conmigo mismo, y quiero seguir esa sugerencia de Borges, de manipular el producto más intenso de nuestra imaginación.

      -También me parece estar soñando -dice el recién llegado.

      -Lo sé, pero para usted que no es escritor no debe ser lo mismo que para mí.

      -Naturalmente. Yo prefiero leer a escribir.

      -No me dice nada nuevo.

      -Yo también conozco algo de Borges -dice el recién llegado, con cierta, expresamente, mal disimulada vanidad-, y durante muchos años, siguiendo su recomendación, he aspirado a la dicha de comprender, más que a la de escribir.

      -También lo sé -dice el que escribe sin interrumpir su quehacer.

      El recién llegado pregunta:

      -¿Se puede tener acaso dos personalidades?

      -¿Qué quiere decir con eso de se puede? No sólo se puede, sino que se debe -le dice el que escribe, con cierta insistencia, con cierta entonación de convencimiento que denota más un deseo de convencer que de explicar-. De otra manera sería imposible -sigue-, no nos soportaríamos, no nos daríamos tregua.

      -Me cuesta discutir sin imágenes -dice el otro interrumpiendo, pero el que escribe ignora la observación y sigue:

      -Uno es uno, para uno; y uno es otro, para los demás.

      -¿Cómo y cuándo -quiere saber el recién llegado-, podré tener la certeza, la comprobación de esa ecuación?

      -La calle existe, ¿no? -interroga y afirma el que escribe-, lleva el nombre de uno de los signos zodiacales; los piedrones negros y gastados, los sacaron hace algún tiempo. Usted estuvo una vez aquí, y le gusta soñarse aquí. Le gusta soñar que una parte suya; sólo una parte, se repite aquí, se encuentra aquí nuevamente, sin molestar, sin preocupar a nadie.

      -Sí -responde con incomodidad el recién llegado.

      -A veces, durante la vigilia (con el propósito de realizarlas evidentemente), usted ha tramado distintas arquitecturas oníricas. Quiero decir que se ha dormido con el propósito, con la esperanza, de soñar lo que usted quiere soñar. Y lo que usted quiere, es soñar con la dueña de esta casa. Pero la dueña de esta casa sólo vigila su vigilia, donde usted cada vez le repite su veneración. ¿No es así? -pregunta el que escribe.

      -Yo estaba convencido que uno soñaba lo que uno quería -argumenta el recién llegado-, y dudaba, todavía dudo, del Doble-Ser. Sin embargo he constatado algo con satisfacción. En mi modesto caso, a este y al otro lado de la vigilia, he reconocido con agrado una tranquilla veneración por Rulfo, una serena pasión, platónica acaso, por Rosa Río-Zugmann, y un ardiente apetito carnal por esa muchacha que en algunos relatos eróticos se llama Ariadna Francis.

      -Pero nada respalda su certeza de que no hay motivos para que sienta angustia al despertar -objeta el que escribe, sin abandonar su quehacer.

      -Mi terror no es durante la vigilia -argumenta molesto el recién llegado-. Lo diré de otra manera, intento decirlo de otra manera: en mis sueños, algo se niega en mí a despertar. Los psicólogos (a los que he consultado, para dejar tranquila a mi mujer), sostienen que mi verdadero terror es al hecho que, durante la vigilia, sin saberlo, yo pienso que me voy a dormir y a soñar eternamente. Los especialistas a los que he consultado son amigos míos, de manera que puedo asegurar que sus puntos de vista no están estrictamente apegados a los catálogos de interpretaciones. Sin que lo diga, no creo haberlo dicho, en verdad, le temo a la muerte, al tránsito hacia la muerte.

      -¿Se refiere a ese tránsito lleno de mangueras y de tubos de oxígeno, con gente infeliz mirando la pantalla de algún aparato, e interpretando sus señales, al tránsito doloroso, a una agonía mortificante? ¿A eso se refiere? ¿Eso lo espanta?

      -Mi ideal es una muerte durante el sueño, plácida, ignorada -confirma el recién llegado-. Me gustaría saber que mi regreso a la vigilia será feliz y no debajo de la carrocería de uno de esos artilugios que en Santiago de Chile se les llama micros -agrega con repudio.

      -Una bala que lo mate, no una bala que lo despierte. ¿Ese es su ideal? -pregunta el que escribe.

      -Disfruto, hasta donde puedo, de eso que llamamos vida, pero no estoy dispuesto a hacer nada por o para mantenerme en ella -reconoce el recién llegado y se sienta.

      -Estamos de acuerdo -dice el que escribe. Y despierta.

 

Carlos Briones Jara 

Londres, 1983.

 

 

De rosas y cuculíes

De rosas y cuculíes

"Camile Apesta a Rosas"

Camile apesta a rosas, lo descubrí esta mañana cuando hallé su cuerpo descompuesto y no eran los gusanos quienes devoraban sus pezones, sino las mariposas rojizas de estas tardes de invierno...

   

Mañana no habrá cuculíes


Desde el día de la masacre Gabriel no dejó de soñar que perseguía un ojo sanguinolento que escapaba de sus manos volando hasta el infinito. Aún recuerdo el corral embarrado con cuerpos torturados de cuculíes y la pestilencia de su sangre púrpura empapando de lágrimas mis noches lejanas...

 

(Para ver ambos relatos, hacer click aquí)

Roxana Ghiglino.

 

Los mil rostros de la muerte

Los mil rostros de la muerte

 

La muerte ha sido siempre un tema inquietante. Todos hemos sentido cierta curiosidad por ese fenómeno, tan natural en el ser humano y, sin embargo, complejo, imposible de comprenderlo completamente.

En la literatura fue un motivador para aquellos que tienen pleno conocimiento que todo ser humano comienza a morir desde el momento que ve por vez primera la luz del mundo. Así, en esta oportunidad, El Rincón del Diablo presenta una sección nueva referente a la muerte, en sus miles de facetas, con sus miles de máscaras, las cuales poseen debajo un rostro distinto, nuevo y perturbador. Desfila así la muerte física, plasmada en los temas referentes a asesinatos, suicidios, enfermizas obsesiones respecto a ello. La muerte interior, la del alma, es también uno de los rostros que conocemos poco, no sólo morimos físicamente, existimos quienes estando con vida vagamos por el mundo, sin sentido, como muertos vivientes.

Los trabajos seleccionados y aquí presentados son una síntesis de lo planteado anteriormente. Cada poema, cada cuento, cada artículo o ensayo es una perspectiva diferente de cada autor, una individual visión sobre aquella temática, con estilos propios, pero que tratan de mostrarnos siempre a esa figura extraña e indescifrable, flotando en la atmósfera.

Ingresen a cada círculo de esta bitácora, y sean testigos de la oscuridad que sobre sus cabezas se ciñe.

Conózcanla...        

 

 

Diabòliko

 

DIRECTOR OFICIAL DE ESTE INFERNÁCULO

 

Edgar Allan Poe: el rostro bajo la máscara de la muerte

Edgar Allan Poe: el rostro bajo la máscara de la muerte

 

 

 

¿Quién podría olvidarlo? Exponente importante de la corriente de "El Romanticismo", bohemio empedernido, casi un orate. La gran mayoría de sus cuentos han tenido como tema o elementos relevantes a la muerte. Tétricos, oscuros, inimaginablemente perturbadores. Los cuentos de Poe destacan características propias de la psicología del autor: su aire tanático, impregnado de horror, y una serie de aspectos propios de los relatos de suspenso. No por nada es el iniciador de esta corriente en el género narrativo. Asimismo, su poema más interesante, "El Cuervo", es también una alegoría de aquella temática; en él, describe la angustia que le produce al poeta la muerte de su amada, la cual toma forma en el cuervo.

En esta oportunidad, les presentamos de Edgar Allan Poe, precisamente aquel poema: "El Cuervo", y dos cuentos donde la muerte se alza como protagonista principal. Usted, lector, será llevado al laberíntico fondo de las historias que aquí nos relata Poe, con su ya reconocido e inquietante estilo, frío como el metal, turbulento como su propia mente.     

Disfrutad de su inminente visión...

 

 

El cuervo
de Edgar Allan Poe

 

 

Cierta noche aciaga, cuando, con la mente cansada,
meditaba sobre varios libracos de sabiduría ancestral
y asentía, adormecido, de pronto se oyó un rasguido,
como si alguien muy suavemente llamara a mi portal.
"Es un visitante -me dije-, que está llamando al portal;
sólo eso y nada más."

¡Ah, recuerdo tan claramente aquel desolado diciembre!
Cada chispa resplandeciente dejaba un rastro espectral.
Yo esperaba ansioso el alba, pues no había hallado calma en mis libros,
ni consuelo a la pérdida abismal
de aquella a quien los ángeles Leonor podrán llamar
y aquí nadie nombrará.

Cada crujido de las cortinas purpúreas y cetrinas
me embargaba de dañinas dudas y mi sobresalto era tal
que, para calmar mi angustia repetí con voz mustia:
"No es sino un visitante que ha llegado a mi portal;
un tardío visitante esperando en mi portal.
Sólo eso y nada más".

Mas de pronto me animé y sin vacilación hablé:
"Caballero -dije-, o señora, me tendréis que disculpar
pues estaba adormecido cuando oí vuestro rasguido
y tan suave había sido vuestro golpe en mi portal
que dudé de haberlo oído...", y abrí de golpe el portal:
sólo sombras, nada más.

La noche miré de lleno, de temor y dudas pleno,
y soñé sueños que nadie osó soñar jamás;
pero en este silencio atroz, superior a toda voz,
sólo se oyó la palabra "Leonor", que yo me atreví a susurrar...
sí, susurré la palabra "Leonor" y un eco volvióla a nombrar.
Sólo eso y nada más.

Aunque mi alma ardía por dentro regresé a mis aposentos
pero pronto aquel rasguido se escuchó más pertinaz.
"Esta vez quien sea que llama ha llamado a mi ventana;
veré pues de qué se trata, que misterio habrá detrás.
Si mi corazón se aplaca lo podré desentrañar.
¡Es el viento y nada más!".

Mas cuando abrí la persiana se coló por la ventana,
agitando el plumaje, un cuervo muy solemne y ancestral.
Sin cumplido o miramiento, sin detenerse un momento,
con aire envarado y grave fue a posarse en mi portal,
en un pálido busto de Palas que hay encima del umbral;
fue, posóse y nada más.

Esta negra y torva ave tocó, con su aire grave,
en sonriente extrañeza mi gris solemnidad.
"Ese penacho rapado -le dije-, no te impide ser
osado, viejo cuervo desterrado de la negrura abisal;
¿cuál es tu tétrico nombre en el abismo infernal?"
Dijo el cuervo: "Nunca más".

Que una ave zarrapastrosa tuviera esa voz virtuosa
sorprendióme aunque el sentido fuera tan poco cabal,
pues acordaréis conmigo que pocos habrán tenido
ocasión de ver posado tal pájaro en su portal.
Ni ave ni bestia alguna en la estatua del portal
que se llamara "Nunca más".

Mas el cuervo, altivo, adusto, no pronunció desde el busto,
como si en ello le fuera el alma, ni una sílaba más.
No movió una sola pluma ni dijo palabra alguna
hasta que al fin musité: "Vi a otros amigos volar;
por la mañana él también, cual mis anhelos, volará".
Dijo entonces :"Nunca más".

Esta certera respuesta dejó mi alma traspuesta;
"Sin duda - dije-, repite lo que ha podido acopiar
del repertorio olvidado de algún amo desgraciado
que en su caída redujo sus canciones a un refrán:
"Nunca, nunca más".

Como el cuervo aún convertía en sonrisa mi porfía
planté una silla mullida frente al ave y el portal;
y hundido en el terciopelo me afané con recelo
en descubrir qué quería la funesta ave ancestral
al repetir: "Nunca más".

Esto, sentado, pensaba, aunque sin decir palabra
al ave que ahora quemaba mi pecho con su mirar;
eso y más cosas pensaba, con la cabeza apoyada
sobre el cojín purpúreo que el candil hacía brillar.
¡Sobre aquel cojín purpúreo que ella gustaba de usar,
y ya no usará nunca más!.


Luego el aire se hizo denso, como si ardiera un incienso
mecido por serafines de leve andar musical.
"¡Miserable! -me dije-. ¡Tu Dios estos ángeles dirige
hacia ti con el filtro que a Leonor te hará olvidar!
¡Bebe, bebe el dulce filtro, y a Leonor olvidarás!".
Dijo el cuervo: "Nunca más".

"¡Profeta! -grité -, ser malvado, profeta eres, diablo alado!
¿Del Tentador enviado o acaso una tempestad
trajo tu torvo plumaje hasta este yermo paraje,
a esta morada espectral? ¡Mas te imploro, dime ya,
dime, te imploro, si existe algún bálsamo en Galaad!"
Dijo el cuervo: "Nunca más".

"¡Profeta! -grité -, ser malvado, profeta eres, diablo alado!
Por el Dios que veneramos, por el manto celestial,
dile a este desventurado si en el Edén lejano
a Leonor, ahora entre ángeles, un día podré abrazar".
Dijo el cuervo: "¡Nunca más!".

"¡Diablo alado, no hables más!", dije, dando un paso atrás;
¡Que la tromba te devuelva a la negrura abisal!
¡Ni rastro de tu plumaje en recuerdo de tu ultraje
quiero en mi portal! ¡Deja en paz mi soledad!
¡Quita el pico de mi pecho y tu sombra del portal!"
Dijo el cuervo: "Nunca más".

Y el impávido cuervo osado aún sigue, sigue posado,
en el pálido busto de Palas que hay encima del portal;
y su mirada aguileña es la de un demonio que sueña,
cuya sombra el candil en el suelo proyecta fantasmal;
y mi alma, de esa sombra que allí flota fantasmal,
no se alzará...¡nunca más!.

 

 

 

 

 

El gato negro*

Edgar Allan Poe

 

 

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.

Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.

Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.

Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.

Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.

Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.

Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.

El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.

La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: "¡Incendio!" Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.

No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras "¡extraño!, ¡curioso!" y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.

Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.

Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.

Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.

Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.

Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.

Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.

Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.

El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.

Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra..., ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!

Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.

Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.

Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.

Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.

El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.

No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: "Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano".

Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.

Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.

Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.

-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida... (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes... ¿ya se marchan ustedes, caballeros?... tienen una gran solidez.

Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.

¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.

Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!

 

 

 

 

 

 

El corazón delator*

Edgar Allan Poe

 

 

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.

Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.

Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:

-¿Quién está ahí?

Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.

Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.

Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.

Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.

Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.

¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.

Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.

Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.

Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!

Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?

Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.

Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.

Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.

Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!

-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!

 

 

* Traducción de Julio Cortázar.