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El Rincón del Diablo

La inocencia necesita de mí

La inocencia necesita de mí

 

CAMPO TEUCRO 

 

¡Ay, cuando las cuidan, es el regreso!

No comprendo lo incomprensible

No es como verse en el espejo

No es como verse frente al polvo del espejo

No es como verse frente al polvo de la pared

No es el techo de la noche

Sino el piso de la noche

El piso del día, las nubes y la lluvia

Las nubes juntas van construyendo un murciélago en la lluvia

Hecho de lluvia congelada

Hecho o hecha de nubes

Mi semen cae lentamente sobre el rostro de una niña extranjera

Campo teucro

 

 

 

 

 

LA INOCENCIA NECESITA DE MÍ

 

La inocencia necesita de mí,

en el mar y en la ola,

en un pelo desnudo

cerrando la boca.

 

¿Te imaginas criatura?

Todo hace falta,

y contar tus dedos,

y morder tu cama,

de madera, claro.

 

Incendiar tu puerta

con las llaves de las llamas.

Ahí estoy,

con los días cerrados,

con esta rebelión que no dura

la última desesperación.

 

¿Alguna duda?

 

Oculto soy inmortal,

poderoso,

en gigante

ipso facto.

 

Inocente,

volátil,

de las ramas y palabras,

casi un piloto que nunca ha estrellado

días como ahora

 

¿Cómo?

 

¿No hay un Después de este tamaño?

 

 

© Alexander Comundo.

 

 

Alexander Comundo. Estudiante de literatura UNMSM. Ha publicado poemas en la antología Generación 2000? de la editorial Círculo Abierto Editores. Correo electrónico de contacto: alexandercomundo@hotmail.com

 

Nido de Carne

Nido de Carne

 

Nada en el fuste pirado por la briosa
Colectivito de huesos, remar de roces

La muerte envaginada dona ciliares pasos
A los labios del cantil horizontalísimo

Respira en su desierto el clavito de nuez.
Respira la puerta aporadísima, chirria luz

Norma el quicio despedazado por el higo
Muerdo su lava, alegoría, musita la carne

La ternura vaga entre lo más lascivo
Estoca el pliego guarda agujas

Guarismo de sus muslos, tañe su cilicio
Danzan sus gotas a la par, sima y ciño

Violín cuyo sonido no logro descifrar
Diosa hirviente sin abrir las piernas

Roce mi agua como cuando yo roce su río
Su duna lunar son mis dientes, sangra luz

Vera, edad del dado, quilla crujiente, botón
Mis dedos, atea estola, borlita jugosa

Ceñido entre el arpón que es su nieve
Carnosa y grácil, pilla el albo mandril.

 

© El Ex Félix Méndez.

 

“De lo amado amo los pies”, primera parte del poemario Trilogía del deseo (Libro inédito).

“De lo amado amo los pies”, primera parte del poemario Trilogía del deseo (Libro inédito).

 

III

Pies pequeños.

Pies de niño.

Sin heridas;

sin lados duros.

Suban y bajen de los toboganes.

Suban y bajen del sube-y-baja.

Suban y bajen de los columpios.

 

El parque.

En el parque había un laberinto.

No era muy grande,

pero algunos niños se perdían.

Yo me perdía con ellos. Entonces

cuántos pies enterrados en la arena, protegiditos

como si ocultásemos

alguna cosa.

 

Al final de la tarde

llegaban los padres,

los hermanos,

las niñeras.

Qué fácil lo quebraban todo

con sus coherentes palabras.

Todos nos encontrábamos.

Todos nos despedíamos.

 

Pie de niña.

Pie de niño.

Y pensar que una vez serán tan distintos

y ahora son tan iguales.

¿Cómo poder mirarte

sin sentirme abochornado?

 

Vieja insolente,

histéricas madres y padres cornudos,

parejitas de universitarios

que vienen a mejor pasar sus horas, ¡largaos!

Déjenme disfrutar

del mejor momento de mi tarde.

 

Esta tarde,

en este parque,

también hay un laberinto.

Sus paredes son tan delgadas,

tan transparentes,

que podría atravesarlas sin ningún apuro.

Salir es fácil.

Entrar es fácil.

Llegar al centro,

no.

 

 

© Luis M. Hermoza

 

Reina, Reinita... La Dulce

Reina, Reinita... La Dulce

Por: Nicolás Hidrogo Navarro (hacedor1968@yahoo.es)

 

Con especial y gratífero afecto a las putas de Las Violetas -polvoriento y famoso lupanar de Chiclayo-,

grandes samaritanas que han y endulzan

la morbosidad de los norteños del Perú.

 

 

¿Y? Me miró arremolinadamente torvo, con el rabillo del ojo izquierdo, temerosa y cómplice. Estaba atrapando zancudos con los ojos cerrados, era mejor así en una noche tan oscura y silente. Me cuchicheaba: ... ¿saldremos?, ¿hoy lo hacemos?... ¿iremos a la botica? Su mirada estática estaba engrasada por un derretido rostro que se deslizaba torrente con el sudor sobre su blusa amarilla. Abrió la cortina de su lampiño y mullido cuerpo y todo se encendió en mí: la ingravidez del ambiente hacía denso y enneblinado la distancia entre ella y la mía, un pegajoso y tórrido ambiente soporífero exigía dormir abreviado de prendas, sentía que por mis venas corría carbón rojísimo y líquido. Caminé en puntillas hasta alcanzar su voz y le dije: ¡tengo miedo!...

Acababa de cumplir los once años y mañana debía ir a la escuela en su último día. Ella había bajado de Ñuñajalca, un centro poblado menor de Bagua Grande, y estaba en mi casa casi ya cuatro meses. Hacía de empleada -digo hacía porque nunca supe que para hacer cosas de la casa había que pagar, ella no cobraba, además nunca la llamé empleada, sino Reina Reinita-. Yo la consideraba más que eso: casi, casi, no sé, casi una diosa salvaje y silvestremente domada, desde la espasmódica noche que me levanté al baño sonámbulo y puede contemplar su dormir y medir la distancia de su roncar y la turgencia y bambolez de sus bultos delanteros aguijoneados por mil zancudos. No tenía apellidos ni documentos, ni recuerdos, ni pasado, ni familia, sólo tenía un nombre: Reina. No tenía edad sólo un cuerpo de mujer y mucha juventud y coquetería y complicidad sintetizada en su figura ayeguada y en una masa corpórea de apenas 42 kilos. No tenía historias que contar ni ilusiones futuristas que elucubrar: vivía plenamente entregada a todo, como que fuera el primer y último día que trabajaría en casa.. Casi no hablaba, todo lo decía con su rostro: gestos y sonrisas, mohines y silencios, era su mejor lenguaje, la empecé a entender y comunicarme así, en silencio. Nunca tuve un reproche, nunca hubo un no, ni preguntas, ella lo adivinaba y solucionaba todo. Desde que llegó a la casa, ella remodeló la ubicación de las cosas y se sabía, al cabo de una semana, el re-orden total, recreado por ella. Siempre supuse que iba a ser la mejor mujer del mundo y que se quedaría con nosotros para siempre. Escasa de estatura, de rostro atriangulado y penetrante y profundo mirar, nunca se cansaba, le dada vuelta a todos los rincones de la casa como setecientas veces al día y terminaba cantando al anochecer. No era bonita, era adorable, sencillamente era una mujer apetecible y creo yo -según mis sueños, fantasías, suposiciones y proyecciones- supercomplaciente. Fue la primera mujer que vi desnuda y peladita como una yuca de desayuno y me samaqueó de nervios y atiborró de imágenes lujurientas para toda la vida. Por ella descubrí el rostro oculto de la intimidad, en su cuerpo tostadito descubrí lo plural en toda mujer: un matorral espeso, esponjado y negruzco se alojaba en sus entrepiernas y unos salvajes y ebrios pezones marrones apuntaban en un ángulo de ciento veinte grados. Sólo miré, sólo miré su enorme llanura plagada de concupiscencias y un bosque retorcido de escondites y misterios me fueron revelados. Las dunas abrasantes de su cuello, sobacos y ombligo, empezaron a nadar entre mis pupilas lubricadas por el espanto y la sorpresa. Ella rompió la virginidad de mis ojos, ella sonrió y sonríe entre mis recuerdos, ella rió, ella se carcajea complizmente entre mi pervertida inocencia y me dejó durmiendo cuarentaisiete años, perdido entre el opio de mis sueños.

Ella estaba allí y se me perdió en el tumulto el primer día incrédulo, sí la vi y no la vi, como visión fugaz desapareció tragado por la misma gente, pero era ella, treintainueve años después fue vomitada por la vorágine del tiempo. Uno tras otro día, en el mismo lugar la busqué, hasta que por fin, sí allí estaba a tres metros de mi vista, a casi 560 kilómetros de donde la conocí, ella está allí, con cuarenta kilos demás, con un lunar postizo en la comisura de sus labios, con un kilo de maquillaje encima, sopleteando como flor artificial un perfume barato de dos soles el litro, y haciendo su guiño inconfundible a todo el mundo entre la avenida Balta y la calle Amazonas del congestionado y putísimo Chiclayo. Había hecho su posicionamiento estratégico en una esquina, muleteando como torera a todo el mundo, con su protuberante mondongo y masticando un chiclets adams con sus desvencijada dentadura de acrílico empobrecido, con un nombre de guerra que hace recordar a caramelos y a mi diabetes, "La Dulce", con una blusa roja y una falda azul eléctrico para llamar la atención. Ella está allí esperando al mejor hombre del mundo - quizá un apestoso que no se ha bañado en semanas o un lunático sexópata-, qué importa ella es buena, ella es complaciente, ella soporta y tolera todo, nunca se enoja, ella fue la mejor empleada del mundo, pero ahora ella, Reina Reinita, es la mejor puta del mundo.

La lujuriosa noche en que creí perder el control al miedo y asistir a sus tentadores susurros y que no me quedaría dormido, como siempre, sólo encontré dos sapos haciendo clop-clop en su cama y de ella nunca más.

 

Lambayeque, marzo 14 de 2005.

 

Extraído de la Revista Virtual Autoscopia:

http://tania.blogia.com/ 

Ellas se entregan hasta morir

Ellas se entregan hasta morir

 

Sentía mucha cólera  porque no dejaba de pensar en ti, Justina. Tú no me querías, al Mardonio sí. Me despreciaste de la peor manera. De mi lado, riendo todavía, te fuiste con él y cuando te estuve viendo se desaparecieron por los chirimoyos y paltos, allá cerca al cementerio. Allí mismito te tumbó, Justina, levantando tu pollera te dejaste besar y morder. Por eso pensaba en ti...  

 

A esas horas ya los rayos del sol iban calentando la mañana, yo estaba piense y piense en ti, Justina,  en lo felices que íbamos a ser, mi mamita a veces se daba cuenta de mi sufrimiento, pero no me decía nada,  sólo me miraba un poco contrariada. Esa mañana me había tocado arrear a los ganados a Huamallog. Y mientras desataba la soga del toro Choloque yo seguía pensando en ti, Justina,  cuando en una de esas, como en un sueño nomás, escuché - teg teg teg tegtereg - era la gallina negra de mi mamita que estaba empollando desde hace una semana. El cacareo era como si viniera del más allá, con un tono de burla y nostalgia a la vez. Allí mismito no sé qué me pasó, sentí como si empezara a hervirme la sangre, empecé a respirar con dificultad.

           Entonces, me dije en mis adentros - Justina, ¡Justinacha!,  a mí no me quieres, pero al retaco del Mardonio, sí. -Corrí  tras la gallina con desesperación, como si estuviera poseído por el mismito demonio que me gritaba incansablemente a los oídos -¡Hazlo, Justina no te quiere, hazlo! -, entonces  la tomé entre mis brazos con avaricia, como si fueras tú mismita, Justina; me percaté de que nadie me viera  y empecé a hacerle el amor. La gallina aleteaba con fuerza  - ¡teg teg teg tegtereg! -, su diminuto cuerpo se retorcía y sus ojos se nublaban, pero eso sí, carajo, no sé si era de placer o de dolor porque yo sólo pensaba en ti, Justina.

            Después de un rato, el aleteo ya era débil y moribundo, y en uno de esos, lanzó un último cacareo y expiró, yo sólo atinaba a repetir - Justina, ¡Justinacha, tú no me quieres, pero al retaco del Mardonio, sí!

     Ella estaba entre mis brazos, sin aliento, tibiecita, la sangre caliente aún recorría su cuerpo. Recién tomé conciencia de lo que acababa de hacer, me asusté demasiado, sentí como si mi alma se apartara de mi cuerpo. En ese instante, sólo atiné a dejar a la gallina sobre un montón de leña y corrí a buscar mi poncho y una soga, salí  desesperado como el mismito Judas, arreando mis animalitos.

       Al mediodía, después de dejar a mis ganados en el corral de alfalfa que teníamos en Huamallog, llegué con mi atado de leña. Justo en ese instante, mi mamita llamó para sentarnos a la mesa; era hora del almuerzo. Mi tayta, como de costumbre, se sentó al medio, sobre un poyo grande, a los extremos, mis hermanitos y yo.

Mamá nos sirvió muy cariñosamente papas calientes, motecito de maíz y caldo de gallina. Mi tayta inició el banquete con gran apetito, como gustando mucho de la carnecita, yo sólo atinaba a observar maliciando lo que había pasado.

Mi mamita me miraba con inquietante recelo.

 - ¿Qué te pasa Rómulo?, ¿por qué no comes, hijito?, ¿acaso estás enfermo?

- No mamita, no estoy enfermo.

- Entonces...come hijito. Es la gallina negra que estuvo empollando, se había muerto desangrada la pobre...

Al escuchar a mi mamita, agarré sin querer la cuchara y comencé a tomar el caldito, invadido, inexplicablemente, por una sensación de repugnancia; de pronto, sentí como si una corriente recorriera todo mi cuerpo, hasta mis entrañas querían salirse. Mi mamita me había servido la rabadilla. Cerré los ojos, y comencé a comer a grandes bocados.

Ahora,  a decir verdad,  ya me olvidé de ti, Justina, pero ya no puedo olvidar a las gallinas. Con decirte que ahora nos quedan sólo siete de las treinta que tenía mi mamita. Es que, carajo, las gallinas se entregan a uno hasta la muerte; pero las mujeres, se entregan sólo por un momento.

 

© Eber Zorrilla

 

Eber Zorrilla Lizardo, poeta y narrador (Huari, Ancash 1982). Actualmente es docente de Comunicación y estudiante de Ciencias de la Comunicación en la UNASAM. Obtuvo el Tercer Premio en el concurso Relato Breve convocado por la ONG Vasos Comunicantes (2006) y autor del libro "Las almas también penan por amor" (Ornitorrinco Editores, 2007). Ha publicado cuentos y poesías en las revistas Letra Libre y Escenario Partido.

 

El baño

El baño

 

La puerta ladra su mala lubricación y junto al sonido de los pasos el cuchicheo extraño de las voces. Los mosaicos lucen una limpieza pocas veces creíble en estos lugares. La abundancia de papel higiénico y el cerrojo que calza con una precisión absoluta en la ranura, acusan un prestigio que desciende por el baño del restaurante hasta la atención impecable de los mozos. Dan ganas de quedarse una vida sacando e introduciendo el cañito de acero, al menos hasta que falsee o la presión sea tan fuerte que todo parezca volver a la normalidad. Los inodoros cargan encapuchados con sus respectivas tablas. Nechu con la pollera levantada y las rodillas tirando de la bombacha intenta hacer pis en posición de galope; sólo por costumbre y no porque el sitio realmente lo merezca. Cae el primer goteo y se interrumpe con la entrada blanda de las dos mujeres. Intuye que no hay una sola por el ruido desparejo del calzado pero tampoco está segura de que sean un par. Palanquea desde la vejiga siendo inútil el esfuerzo por terminar de mear. Se empareja fastidiosa la ropa, abre con placer la manija del compartimiento y escucha un gemido que rebota como eco y vuelve a instalarse en otro más aflautado cerca de las canillas. Cierra con urbanidad la puerta y en lo que dura el asombro procura descifrar los murmullos constantes que invaden la totalidad del baño. Se levanta nuevamente la pollera y se sienta sobre el brillo de la tabla. -Esto es ridículo - piensa - Salgo rápido y listo -. Antes de tomar el envión para huir una de las tantas palabras toma forma, y al instante la siguiente; son comestibles y llevan en la melosidad de los dientes las ganas apretadas desde hace mucho tiempo. Tan solo palabras desgarradas con la protección innata de no ser oídas ni por ellas mismas.

Nechu está a punto de toser adrede, carraspear con el disimulo falso de la inocencia sorda. No es mala opción tirar de la cadena o levantar la tabla; algo que ponga aviso y rompa con su cuadrado transformado involuntariamente en su pequeño escondite. No hace nada de esto, al contrario, apoya los pies, es decir, los tacos de los zapatos sobre el canto de la puerta y espera que ninguna de ellas localice su presencia. La gelatina de los besos ligada al salto ronroneado de vocales cambian por completo su estado de ánimo. Ahora nace la intriga de cómo son, sus caras, sus cuerpos, sus ropas. La palabra de una de ellas delata que no tiene más de treinta, la otra sostiene un descanso natural en la voz, no parece mayor en edad pero sí en experiencia. Unos labios finos y rectos inauguran en la imaginación de Nechu la figura desconocida. Un maquillaje desapercibido estiliza los rasgos cálidos de una cara vulgarmente bonita. No llega a crear su altura ni sus manos, por un instante piensa en espiar pero no duda en continuar inmóvil. Acaricia sus tetas grandes y firmes, la blusa libera dos botones y deja ver su corpiño crema que cubre parte de una aureola sensiblemente rosada. Se las mira como si no las conociera. Su mente es una madeja ciega que agudiza el resto de los sentidos para descubrir la imagen tapada. Una boca licúa el acorde a flujo bebido que trepa por el techo y queda prensado en uno de los focos que da de lleno sobre su cabeza. Una mano aferrada al inodoro, la otra corre la bombacha que parece un trapo de piso macerado por su jarabe vaginal. La succión a helado de agua derretido que produce el sexo de una en la boca de la otra, se funde al sonido propio de los dedos que masturban el clítoris calvo de Nechu.

Ahora acomoda la cola hacia delante, los pies siguen calzados en la puerta mientras que el índice y el mayor juegan como tijeras sobre su antiguo espiral; se pajea de arriba hacia abajo y estaciona en cada puente de calentura para después acelerar la frotación en sentido contrario. Mete dos dedos hasta los nudillos y deja el anular rozando el culo que se dilata y se contrae junto a los gemidos que retumban en el baño. Entran y salen y se los pasa por las tetas. Se las chupa. La bombacha la pellizca entorpeciendo de a ratos el movimiento de sus dedos. Los vuelve a enjuagar en su sexo y se pinta de flujo nuevamente las tetas. Se las chupa. Agarra la cartera y la mano gomosa le tiembla como si hubiese cargado una bolsa de cemento durante horas; saca un clásico desodorante a bolilla y apurada en fiebre empuja desalojando cada puerta de la concha, lo deja sellado y lo inclina mecánicamente hacia un costado y hacia otro. Lo saca y lo chupa. Se lo pasa por toda la cara... Por las tetas... Por el culo.

Lo vuelve a chupar. Lo pega al clítoris como si una pija la hiciera desear antes de penetrarla. Vuelve a introducirlo, lo mueve en círculo rallando con la tapa lisa todas las paredes de su sexo. Lo hace suave... Despacio. Ahora más fuerte... Más rápido. Más despacio. Más fuerte. Más rápido. Más flujo. Más meo. Más fuerte. Más suave.

Más fuerte. Se mea. Se acaba. Más rápido. Más despacio. Más fuerte. Se acaba. Se mea. Se frena... Uno... Dos... Tres... Cuatro segundos. El cuerpo se sacude parejo como si el silencio obligado le flameara por todos los músculos. El líquido ácido corre por sus piernas que se desbordan en un chapoteo tibio; salpicando sus muslos, la tabla, el piso, la puerta. Saca el desodorante de la concha y tirita a dos veinte sin controlar la electricidad que deshecha su orgasmo. Las dos mujeres continúan jugando de saliva sin saber que han donado el catálogo de una masturbación. Nechu vuelve de a poco a tensar la piel, su marido espera por el vino sentado en una mesa. No puede salir, tendrá que aguantar la salida al pie de su charco. No es mala idea mojar los dedos y volver a empezar... Despacio... Despacio.

 

La Pecera Etero

mailto:%20lapeceraetero@hotmail.com

 

Don Marciano y el extraño caso de la mujer aparecida

Don Marciano y el extraño caso de la mujer aparecida

Luego de haber tenido conocimiento sobre cierta situación anecdótica en la zona de la Cordillera Negra, me decidí a investigar viajando a las mismas fuentes. La historia a muchos parecerá descabellada pero por lo mismo enigmática e insólita.
Cuando llovía, Don Marciano, no iba cerca de algún árbol a guarecerse sino que seguía caminando bajo la lluvia, como si esa sensación le tranquilizara el alma encendida con la que había nacido; aquella vez la leve lluvia parecía haberle mareado induciéndole a un mundo del que saliendo no volvería a ser el mismo. Caminaba por la ruta siempre conocida por él, los árboles que tras suyo dejaba, lo habían visto crecer como él había visto crecer su propios huesos, su piel y hasta su propia sombra.
Esa tarde como muchas otras parecía apacible al igual que todas las otras que transcurrían en el lugar, salvo los acontecimientos cotidianos de la siembra y la cosecha, sin embargo al dar vuelta por casa de doña Iluminación, Don Marciano divisó a lo lejos una silueta sensual de movimientos felinos, que turbaron su mente y su espíritu. Esta imagen no solo impactó sus ojos sino también su olfato, porque el aroma que a lo lejos sentía le hizo escarapelar el cuerpo poniendole la carme de gallina, el corazón entonces empezó a latirle intensamente, no por temor sino por deseo, sus pasos empezaron a variar sigilosos como los de un puma, no aceleraba sino casi danzaba como un animal, el celo lo había cubierto sin que él se diera cuenta, y aquella visión se convirtió en un presentimiento. Cuando tuvo a la presencia frente a sus ojos, pudo entender el porqué de todo; era una mujer increíblemente hermosa, sus cabellos largos y negros le caían hasta las caderas, sus pechos redondos le explotaban como una flor, estas emociones él nunca antes las había sentido lo que explicaban el por qué de tanto marasmo.
La imagen de aquella mujer lo tenía en un paroxismo similar al de los fieles frente a sus santos; su rostro fresco lo sedujo, y aunque traía ropas raidas y una cuerda atada a la cintura él no pudo distraerse de ella, quedando hipnotizado como una mosca a la araña. Ahí mismo la mujer se dejó seducir por él y en medio de la nada, se hundió en su cuerpo, sin que ella dijera nada y al contrario lo recibiera gustosa, así, anidó en sus pechos como si toda la eternidad hubiera decidido estacionarse en esa piel, quedando dormido en su regazo, uno junto al otro como un solo cuerpo hasta que amaneció; una vez soñado todo lo que el inconciente puede soñar las aves invadieron el mundo con sus cascabeles cánticos y a él otra vez se le puso la piel de gallina, esta vez de temor. Ella habló por fin, pero fue para decirle que por favor la dejara; él le suplicó que no, que se quedaría, pero un presentimiento le hizo entender que no sería posible convencer a aquella mujer de su decisión. Él se fue, compungido y sucedido, pero una vez andado un corto trecho, su corazón le dio media vuelta y volvió a donde estaba la mujer; para su sorpresa encontró una burra atada en el lugar con la misma cuerda con que antes la había encontrado.
Esta historia me contaba don Marciano, y en sus ojos se dibujaba una profunda nostalgia que me hacían imaginar sus visiones y sentir los efluvios de aquella mujer que se perdía en el tiempo.
El relato, precisamente, coincide con el testimonio que me diera uno de los pobladores del valle, don Nicéforo Domínguez, quien había acusado a don Marciano, nuestro personaje enamorado, de haber abusado sexualmente de su joven burra. Lo aseveraba porque él mismo lo había encontrado en pleno acto indecoroso con la pobre animala, frente a lo cual preso de una furia incontenible descargó su indómito látigo en sus nalgas para haber si por las nalgas recapacitara su cruel fechoría, gritándole: «sucio, degenerado, pervertido» y una suerte de mil improperios más, que por las circunstancias y en consideración a usted amigo lector, no podemos transcribir, mientras don Marciano huía recogiéndose los pantalones.
Sobre dicha denuncia datan documentos fidedignos en la gobernación del lugar, acusando a don Marciano de zoofilia en desmedro de la honra de la joven burra de don Nicéforo Domínguez.

Tania Guerrero

Extraído de: http://tania.blogia.com/

 

2da. Antología Virtual de Poesía y Narrativa

2da. Antología Virtual de Poesía y Narrativa

EL RINCÓN DEL DIABLO

 

Bitácora Subte de Literatura

 

 

Te invita a participar de una nueva edición, donde saldrá a la luz su 2da. Antología Virtual de Poesía y Narrativa*. Puedes enviar en esta oportunidad poemas o cuentos sobre una temática escogida por nosotros y que será motivo de esta selección: Lo erótico. Todo trabajo deberá estar orientado a la Literatura Erótica, y los temas estarán relacionados a sus diversas manifestaciones, desde cualquier enfoque. Si tienes material que se acerque a estas insólitas condiciones, envíanos tu trabajo a este mail: diabolico_777_4ever@hotmail.com, o al siguiente: dagonistamorethatgod@gmail.com**. Esperamos tus trabajos***, en esta habitación albahía, envueltos con sabanas de seda y llamaradas de fuego.

 

Di@bòliko

 

DIRECTOR OFICIAL DE ESTE INFERNÁCULO:

www.blogia.com/elrincondeldiablo

 

 

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*Esta nueva Antología sólo tiene dos parámetros. Sólo podrán participar:

  • - Aquellos cuyos trabajos de poesía o narrativa se avoquen estrictamente a la temática elegida; y
  • - Aquellos cuya nacionalidad pertenezca a países de habla hispana. Los poemas y cuentos que estén escritos en catalán, gallego, vasco u otro dialecto deberán venir con su respectiva traducción al español.

No hay límite de edad, y los trabajos enviados pueden ser o no inéditos.

La extensión máxima en la sección de cuentos es de 10 páginas en formato word tamaño A4 a doble espacio. El número de poemas enviados a la sección de poesía es ilimitado, y su extensión es libre.  

No olvidar agregar sus respectivos datos biográficos.  

 

**Cualquier pregunta o inquietud también a este e-mail o al de la cuenta Hotmail.

 

***El plazo de recepción de material se extiende hasta el 30 de octubre de este año.