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El Rincón del Diablo

Deseos Ocultos

Deseos Ocultos

 

Quedé impresionado cuando la vi. Desde que subí a la combi tuve esa sensación extraña que suele acompañarme en este tipo de circunstancias. Pienso que fue casi como una recaída. Tenerla tan cerca de mí fue, sin duda, el motivo por el cual mi mente y mi cuerpo se estremecieron. Era muy linda, no cabía duda: aquél fue un factor esencial. Pero había algo que la diferenciaba de las demás.  Llevaba bastante tiempo sin consentir malos pensamientos; sin embargo, su sola presencia hizo que me exaltara en demasía. Y parecía ser que yo le agradaba también a ella. Me miraba seria por un momento; luego, esbozaba una sonrisa fugaz, y bajaba la vista. Yo sí la miraba con descaro, algunas veces. Otras no se podía. A pesar que su cuerpo obstruía el panorama de su madre, ella se mostraba vigilante todo el tiempo. Las pocas veces que podía observarla captaba detalles estupendos. A esto, trataba de ocultar ciertas expresiones que denotaran mis inclinaciones. Podía contemplarla y mantener mis sentidos alertas a la vez. Confieso que, la mayoría de veces, la razón se va por el excusado y me dejo llevar por mis instintos. Esta vez no. Como ya dije, hay algo en ella que me hace verla con otros ojos, sin perversión; pero siempre con los deseos deslizándose en la superficie de mi piel. Son pocos los momentos de lucidez. Pero a diferencia de hace algunos años, ahora puedo sacudir la cabeza y decirme: "¡Basta! ¿Cómo se te ocurre pensar semejantes barbaridades?". Ahí entra a tallar mucho la reflexión. Mi capacidad de autocontrol se ha ido trabajando; de lo contrario, mis acciones serían el resultado exclusivo de mis impulsos. Sin embargo, todo se borra cuando empiezo a espiar sus piernas bien formadas, sus brazos delgados, sus pechitos prematuros, casi invisibles, su rostro limpio y risueño, su traviesa sonrisa, la mirada atenta de la madre, y entonces me hago el desentendido y miro hacia la ventana, a cualquier parte menos a ella, como quien no quiere la cosa. Son los primeros indicios de desconfianza los que se notan en el semblante marchito de la madre, los gestos de incomodidad, la seriedad exagerada. Es como la señal que me indica cuidado, que es hora de la retirada.

Las esquinas de la avenida Pardo se van sucediendo, una a una. Pronto, la calle que atraviesa la empresa arriba a lo lejos y pienso que es el instante perfecto para acabar con esta tortura. Le dirijo una mirada más. Ella se da cuenta que alguien le observa. Levanta la cabeza, hace lo mismo, y me sonríe. Correspondo ese saludo-despedida y le guiño un ojo. Quiere reírse, pero lo evita. En el fondo, está siendo mi cómplice. Está aprovechando el ocasional sueño de su madre para hacer de las suyas. Estoy comenzando a creer que se ubicó encima de las piernas de su mamá para bloquear toda vigilancia.

La esquina donde tengo que bajar se va acercando. Le paso la voz al cobrador y pronuncio con fuerza el nombre de la calle. Éste hace lo propio con el conductor. La combi se estaciona. La pequeña está frente a frente con su madre. Me ve bajar. Una vez en la acera, la observo antes de que la combi arranque y sonrío. Ella interpreta positivamente esa sonrisa y me dice adiós con la mano. Puedo ver cómo la madre se sobresalta y mira hacia todos lados. La combi avanza y aquella imagen se va perdiendo por completo. Cada relación es igual: nunca perdura. Me tengo que conformar con su recuerdo persistente, y con la esperanza de volverla a encontrar, algún día, y disfrutar plenamente de su cuerpo lozano. Podría escribir una historia sobre esto. Sí, sólo bastaría con dejar grabado su rostro pueril en mi memoria. Podría sentarme a escribir en la computadora apenas llegue, ahora que la inspiración se desborda; sin embargo, tengo que cumplir con ciertos parámetros de mi vida. Ahora es el mundo y yo solamente. Debo olvidarme de mis deseos ocultos y volver a ser el hombre de negocios que todos admiran.

© Esteban Couto

Chimbote, 03 de agosto de 2005.

 

Verdugo y víctima: el placer del dolor

Verdugo y víctima: el placer del dolor

 

El sadomasoquismo como tema literario ha perdurado hasta nuestros días, más que por un deseo de liberación, con el tácito fin de profundizar en la oscuridad de su esencia.

Las comunes reacciones que surgen con el solo hecho de mencionar esta temática son esperadas. Reacciones sin mucha validez en estos tiempos, puesto que el continuo rechazo a su conocimiento no deja de ser, en países de mayor desarrollo, una acción varada en la cucufatería de siglos atrás.

Como se explicó en la edición anterior, y por estar vinculado de manera estricta a las denominadas "parafilias" -si hay que llamar de alguna forma a comportamientos sexuales no aceptados por ciertos lados de la sociedad-, no se trata esta edición de una apología al tema tratado. Nuestros motivos han sido siempre con un objetivo más que desenfadado y creativo: el abordaje de aquel trasfondo desde una posición analítica y crítica, tomando como fundamento, no sólo la obra de autores que escribieron sobre ello, sino que también hicieron de su vida una copia fiel de su pensamiento.

El Divino Marqués, como lo llamara en algún momento Rubén Darío, hizo de su vida y obra un solo cuerpo, del cual fabricó la revolución ante las reglas de aquel entonces mediante sus acciones y escritos. Un cuerpo uniforme que no podía separarse y exigía una honestidad con respecto a lo que concebía como libertad y que supo plasmar en la descarnada letra de obras tan inquietantes (sin llegar a ser morbosas) como lo son Juliette, Justine, La Filosofía en el Tocador, o Los Ciento Veinte Días de Sodoma. Todas con la carga erótica precisa, con el tinte anecdótico sin pelos en la lengua (o con ellos) y con la filosofía particular de sus concepciones del mundo sexual y social.

Sobre el Marqués de Sade se hicieron numerosos estudios, tanto de su vida como de su obra, justificando su razón de ser, y con fundamentos bien planteados. Algunos, con orientaciones más literarias que morales, han penetrado en los abismos más altos de su ideología. Estudiosos como Jean Paulhan, Maurice Blanchot y George Bataille han sabido abordar a este personaje con la visión necesaria, para rescatarlo del  prejuicioso agujero donde la "moral" y las "buenas costumbres" llegaron a confinarlo.

Partiendo de El Marqués de Sade, uno de los personajes más extravagantes y punto-eje de esta edición, se ha seleccionado trabajos diversos, más con un enfoque de indagación, sobre el tema mencionado, que se revela mas bien como un concepto liberador, distinto, fuera del ámbito del psicoanálisis o las oscuras apologías. El sadomasoquismo como una fuente cognitiva y vinculado, asimismo, al aspecto creativo. Escritos como los de George Bataille, con relación al Divino Marqués, y también con una visión propia de los instintos ocultos de la sexualidad humana, con especial referencia al sadomasoquismo, como lo es su novela Historia del Ojo, de la cual Miguel Ángel Correa, ensayista español, hace un breve estudio. Personajes vinculados al tema, como la Condesa Sangrienta, Erzsébeth Báthory, están presentes igualmente; y demás trabajos creativos, destacando la labor formal y su trabajo riguroso de la palabra, en poetas como el peruano Alejandro Mauthino y el chileno Rodrigo Verdugo (paradójica e involuntaria apología del tema).

El sadomasoquismo, para los que gustan de él, ha dejado de ser ya un escándalo, y su presencia en la literatura es tan vasta que se afinca en temas relacionados con el erotismo. No es cosa del otro mundo leer una novela sobre las pasiones más recónditas o un poema con imágenes sugestivas: máscaras de cuero, látigos, gemidos y rojas líneas en sábanas blancas.

Como siempre, esta sección queda abierta a toda abierta mente que conciba la literatura un reflejo de la realidad a través de una original perspectiva.

El dolor y el placer copulan, a continuación, para ustedes.

 

Di@bóliko

DIRECTOR OFICIAL DE ESTE INFERNÁCULO

 

SADE

(Del libro de George Bataille: "La Literatura y el Mal")

 

En medio de toda esa ruidosa epopeya imperial se ve flamear esa cabeza aterradora, ese pecho enorme surcado de relámpagos, el hombre-falo, perfil augusto y cínico, gesto de titán terrible y sublime; en esas páginas malditas se siente circular como un escalofrío de infinito, se siente vibrar sobre esos labios quemados, coma un soplo de ideal tormentoso. Aproximaos y oiréis palpitar en esa carroña cenagosa y sangrante arterias del alma universal, venas hinchadas de sangre divina. Esta cloaca está amasada con azul de cielo; hay en esas letrinas algo de Dios. Cerrad los oídos al choque de las bayonetas, al gañido de los cañones; apartad la vista de esa marea oscilante de batallas perdidas o ganadas; entonces veréis destacarse de esa sombra un fantasma inmenso, deslumbrante, inexpresable; veréis pender por encima de toda una época sembrada de astros el rastro enorme y siniestro del marqués de Sade.
Swinburne

¿Por qué los tiempos revolucionarios habrían de dar esplendor a las artes y a las letras? EL desencadenamiento de la violencia armada va mal con la preocupación por enriquecer un dominio cuyo gozo solamente lo asegura la paz. Los periódicos se encargan entonces de dar un rostro al destino del hombre: la misma ciudad, no los héroes de las tragedias y de las novelas, es la que proporciona entonces al espíritu ese temblor que ordinariamente nos proporcionan los personajes imaginarios. La visión inmediata de la vida resulta pobre si se compara con la que elaboran la reflexión y el arte de la historia. Pero aunque ocurre lo mismo con el amor, que encuentra su verdad inteligible en la memoria (hasta el punto de que la mayor parte de los amores de los héroes míticos tienen para nosotros más verdad que los nuestros propios) ¿seríamos acaso capaces de decir que los momentos de pasión encendida, incluso cuando la poca vigilia de nuestra conciencia nos los vela, no nos absorben por completo? Del mismo modo, el tiempo de la revuelta es en principio desfavorable a la eclosión de las letras. A primera vista, la Revolución marca en la literatura francesa una época pobre. Se propone una importante excepción, pero afecta a un desconocido (que tuvo en vida una cierta fama, pero mala fama). Por lo demás, el caso excepcional de Sade no contradice una opinión que más bien confirmaría él mismo.

Hay que decir en primer lugar que el reconocimiento del genio, del valor significativo y de la belleza literaria de las obras de Sade es reciente: los escritos de Jean Paulhan, Pierre Klossowski y Maurice Blanchot, le han consagrado: es cierto que hasta ese momento no se había hecho una manifestación clara, sin insistencia, que se desprendiera por sí misma, de una opinión ya bastante extendida -- suscitada por algunos homenajes clamorosos-- y que se ha impuesto lenta pero seguramente.

 

Sade y la Toma de La Bastilla

Lo que hay que decir en segundo lugar es que la vida y la obra de Sade van ligadas a los acontecimientos, pero de forma extraña. El sentido de la revolución no está dado en las obras de Sade; en ninguna medida son reductibles sus ideas a la revolución. Si se unen a ella es más bien como los elementos inconexos en un rostro como la ruina al peñasco o la noche al silencio. Los rasgos de ese rostro siguen siendo confusos pero ya ha llegado el momento de aislarlos.

Pocos acontecimientos adquirieron más valor simbólico que la toma de la Bastilla. El día de la fiesta que la conmemora hay muchos franceses que, al contemplar en la noche avanzar las antorchas del desfile, sienten qué es lo que les une a la soberanía de su país. Esta soberanía popular, toda tumulto y revuelta, es irresistible como un grito. No existe signo más significativo de la fiesta que la demolición insurreccional de una prisión: la fiesta -- que no es, si no es soberana --, es el desenfreno por esencia, de donde procede la soberanía inflexible. Pero sin un elemento de azar, sin capricho, el acontecimiento no tendría el mismo alcance (por eso es símbolo y por eso precisamente se diferencia de las fórmulas abstractas).

Se ha dicho que la toma de la Bastilla no tenía en realidad el sentido que se le atribuye. Es posible. El 14 de julio de 1789 sólo había en esa prisión prisioneros de poco interés. El acontecimiento no habría sido a fin de cuentas, más que un malentendido. Según la opinión de Sade: ¡Un malentendido que él mismo habría originado! Pero nosotros podemos decirnos que el malentendido da a la historia ese elemento ciego sin el cual la historia sería la simple respuesta a las exigencias de la necesidad (como en la fábrica). Añadamos que el capricho no introduce sólo en el cariz del 14 de julio el mentís parcial del interés, sino además de un interés adventicio.

En los momentos en que se decidía, aunque oscuramente, en el espíritu del pueblo, un acontecimiento que iba a sacudir (e incluso en cierto modo a liberar) al mundo, uno de los desgraciados a los que encerraban los muros de la Bastilla era el autor de Justine (ese libro del que afirma la introducción de Jean Paulhan que planteaba una cuestión tan grave que no bastaba un siglo entero para responder a ella). Llevaba en aquel momento diez años encarcelado; en la Bastilla se hallaba desde 1784: uno de los hombres más rebelde y más iracundo que jamás hayan hablado de rebelión y de rabia; un hombre, en una palabra, monstruoso, al que poseía la pasión de una libertad imposible. El manuscrito de Justine se hallaba todavía en la Bastilla en 14 de julio pero abandonado en un calabozo vacío (junto con el de Ciento veinte días de Sodoma). Sabemos que Sade, la víspera de la revuelta, arengó a la multitud: empuñó, al parecer, a guisa de altavoz, un tubo que servia para el desagüe, gritando, entre otras provocaciones que se "degollaba a los prisioneros". Este gesto responde perfectamente al carácter provocador que manifiesta toda su vida y toda su obra. Pero este hombre que por haber sido el desenfreno, el desencadenamiento en persona, llevaba diez años encadenado, y que desde hacía diez años esperaba el momento de la liberación, no fue liberado por el "desencadenamiento" de la rebelión. Es corriente que un sueño deje, en la angustia, entrever una posibilidad, que luego arrebata en el último instante: como si sólo la respuesta confusa fuese lo bastante caprichosa como para colmar el deseo exasperado. La exasperación del prisionero retardó nueve meses su liberación: el gobierno exigió el traslado de un personaje cuyo humor coincidía tan bien con el momento. Cuando la cerradura cedió y la sublevación liberadora invadió los corredores, el calabozo de Sade estaba vacío y el desorden del momento tuvo esta consecuencia: los manuscritos del marqués, dispersos, se perdieron; desapareció el manuscrito de los Ciento veinte días... (libro que en un sentido domina a todos los libros, al ser la verdad del desencadenamiento en que el hombre, en el fondo, consiste, aunque se vea obligado a contenerlo y a callar); la revuelta de la Bastilla, en vez de liberar a su autor, extravió el manuscrito de ese libro que significa por sí solo -- o por lo menos fue el primero en significarlo --, el horror de la libertad. El 14 de julio fue verdaderamente liberado pero al modo oculto como se libera un sueño. Más tarde se recuperó el manuscrito (ha sido publicado en nuestros días) pero el marqués permaneció sin él toda su vida: lo creyó perdido para siempre y esto le abrumó: era "el mayor mal, escribe, que el cielo podía reservarle", murió ignorando que lo que él imaginaba perdido iba a ocupar más tarde un lugar entre los "monumentos imperecederos del pasado".

 

La Voluntad de Destrucción de Símismo

Vemos que un autor y un libro no son forzosamente los felices resultados de un tiempo de calma. Todo va unido, en el caso presente, a la violencia de una revolución. Y la figura del marqués de Sade, sólo de un modo lejano pertenece a la historia de las letras. Pero a nadie le está permitido querer y esperar con claridad lo que Sade oscuramente exigió y llegó a obtener. La esencia de sus obras es destruir: no sólo los objetos, las víctimas que entran en escena (que sólo están allí para responder a la rabia de negar), sino también al autor y a su misma obra. Puede ser que en definitiva la fatalidad, al querer que Sade escribiera y fuese despojado de su obra, tenga la misma verdad que su obra: que transmite la mala nueva de un entendimiento de los vivos con lo que les mata, del Bien con el Mal y, cabria añadir: del grito más fuerte con el silencio. No podemos saber a qué móvil obedecía un hombre tan cambiante como él, en el momento de dar en un testamento las instrucciones referentes a su tumba que deseaba se hiciera en su tierra, en un lugar apartado. Pero estas frases sin apelación, fuera cual fuera esa azarosa razón, dominan y terminan su vida:

La fosa, una vez recubierta, será sembrada, para que después, al encontrarse el terreno de la citada fosa guarnecido de nuevo y el bosque cubierto como lo estaba antes, las huellas de mi tumba desaparezcan de encima de la superficie de la tierra, como me satisface que mi memoria desaparezca de la memoria de los hombres.

La distancia entre las "lágrimas de sangre", vertidas por los Ciento veinte días y esta exigencia de nada, es la misma que media entre la flecha y su diana. Más adelante demostraré que el sentido de esa obra infinitamente profunda está en el deseo que el autor tuvo de desaparecer (de resolverse sin dejar huella humana): porque ninguna otra cosa estaba a su medida.

 

El Pensamiento de Sade

Entendámonos; nada sería más inútil que tomar a Sade al pie de la letra, en serio. Sea cual sea el aspecto bajo el cual se le aborde, siempre se nos habrá escabullido. De las diferentes filosofías que presta a sus personajes no podemos quedarnos con ninguna. Los análisis de Klossowski lo demuestran perfectamente. A través de sus criaturas novelescas, unas veces, desarrolla una teología de El Ser supremo en maldad, otras, es ateo; pero no ateo a sangre fría: su ateísmo desafía a Dios y goza con el sacrilegio. Sustituye por lo general a Dios por la Naturaleza en el estado de movimiento perpetuo pero tan pronto es su fiel creyente como su execrador: "Su mano bárbara -- dice el alquimista Almari-- sólo sabe modelar el mal: el mal le divierte por tanto: ¡y yo he de amar a una madre semejante! No: la imitaré: pero detestándola: la copiaré, ya que ella lo quiere, pero será precisamente detestándola --. La clave de estas contradicciones es sin duda una frase que nos da directamente su pensamiento (de una carta del 26 de enero de 1782, fechada "en el gallinero (el torreón) de Vincennes" y firmada Des Aulnets -- como si el sello de su verdadero nombre fuera incompatible con una afirmación moral: "¡Oh, hombre! -- describe - a ti te toca pronunciarte sobre lo que está bien y lo que está mal... Tú quieres analizar las leyes de la naturaleza, y tu corazón... tu corazón en el que la ley está grabada es a su vez un enigma al que tú no puedes dar solución --. En realidad no podía haber reposo para él, y muy pocos eran los pensamientos que hubiera mantenido con firmeza. Es indudable que fue materialista pero esto no podía zanjar su cuestión: la del Mal al que amaba y el Bien al que condenaba. Sade, en efecto, que amó al Mal (toda su obra intentaba hacer deseable el Mal), al no poder condenarlo, tampoco podía justificarlo: los filósofos corrompidos que él pinta lo intentan cada uno a su manera, pero no encuentran ni pueden encontrar principio alguno que elimine la naturaleza maldita de aquellas acciones cuyas ventajas alaban. El elemento maldito es, efectivamente, lo que buscan en esas acciones. Y la amarga exclamación de Almami prueba que no supo dar a su pensamiento otro curso que el de la incertidumbre y la turbación. El único punto de que se está seguro es que no hay nada que justifique el castigo, al menos el castigo humano: "la ley, dices, fría por naturaleza, no podría ser accesible a las pasiones que pueden legitimar la cruel acción del asesino". En este aspecto, que se halla cargado de sentido, no varió nunca: "Tú quieres --decía ya en 1782, en la carta del 29 de enero-- que el universo entero sea virtuoso y no presientes que todo perecería al instante si sólo hubiera virtudes sobre la tierra... no quieres comprender que, ya que es preciso que existan vicios, es tan injusto que tú los castigues como lo sería que te burlaras de un tuerto... ". Y más abajo:... goza, amigo mío, goza y no juzgues... goza, te digo, deja a la naturaleza el cuidado de moverte a su antojo y a lo eterno el de castigarte". Si el "desencadenamiento" de las pasiones es maldito, por lo menos, el castigo, que pretende oponerse a él, tiene un carácter que no tiene el crimen. (Los autores modernos dicen, en términos que tienen sus defectos, pero que son más precisos: el crimen provocado por una pasión, si tiene una componente de peligro, no deja de ser auténtico; no ocurre lo mismo con la represión, la cual está sometida a una condición: no buscar lo auténtico sino lo útil. )

Muchos estarán de acuerdo sobre este punto: el acto del juez tiene un carácter frío, lejos de cualquier deseo, y no presenta riesgo. Por eso encoge el corazón. Pero dicho esto, y considerando a Sade resueltamente como lo opuesto al juez, hay que reconocer que no hubo en él ni moderación, ni rigor que permitan reducir su vida a un principio. Fue generoso desmedidamente; sabemos que salvó del cadalso a los Montreuil y Mme. de Montreuil, su suegra, le había hecho apresar por orden del rey; pero él había estado de acuerdo con ella - e incluso la presionó -- para eliminar por el mismo medio a Nanon Sablonniére, sirvienta suya, que sabía demasiado. Entre el 92 y el 93 dio muestras de gran fervor republicano en la sección de Picas, de la que fue secretario y presidente; no obstante hay que tener en cuenta una carta del 81 en la que dice: "Me preguntáis cuál es realmente mi forma de pensar para poder seguirla. Nada más delicado que este extremo de vuestra carta, pero con gran pesar responderé exactamente a vuestra demanda. En primer lugar, dada mi cualidad de hombre de letras, la obligación en que me encuentro aquí diariamente de trabajar tanto en favor de un partido como de otro determina una movilidad en mis opiniones de la que sin duda se resiente mi forma interna de pensar. ¿Me gustarla sondearla en realidad? No está, en realidad, a favor de ningún partido y es un compuesto de todos ellos. Soy antijacobino; los odio a muerte. Adoro al rey, pero detesto los antiguos abusos; amo un gran número de artículos de la constitución, pero otros me revuelven. Quiero que se devuelva a la nobleza su esplendor porque quitárselo no conduce a nada; quiero que el rey sea el jefe de la nación; no quiero Asamblea Nacional sino dos cámaras como en Inglaterra, para que el rey posea una autoridad mitigada, equilibrada por el concurso de una nación necesariamente dividida en dos órdenes (el tercero es inútil, yo lo suprimiría). He ahí mi profesión de fe. ¿Qué soy en la actualidad? ¿Aristócrata o demócrata? Vos me lo diréis, si os place... porque yo no lo sé". En realidad nada puede deducirse de esta carta (escribía a un burgués que necesitaba para sus rentas), excepto esa "movilidad en las opiniones", el "¿qué soy?"... que el "divino marqués" habría podido tomar como divisa.

Me parece que, en su estudio sobre "Sade y la Revolución", o en su "Esbozo del sistema de Sade", Pierre Klossowski ha dado una imagen un poco artificiosa del autor de Justine: queda reducido a un elemento del engranaje en que una dialéctica sabia hace entrar a Dios, a la sociedad teocrática y a la rebeldía del gran señor (que quiere conservar sus privilegios y renegar de sus obligaciones). En cierto sentido es muy hegeliano, pero sin el rigor de Hegel. Los movimientos de la Fenomenología del Espíritu -- a los que se asemeja esta dialéctica -- componen un conjunto circular que abarca por entero el desarrollo del espíritu en la historia.

Klossowski, un poco precipitadamente, extrae conclusiones de un brillante pasaje de la Philosophie dans le Broudoir, donde Sade pretende basar el estado republicano sobre el crimen. Era tentador, a partir de esto, deducir de la muerte del rey, como substitutiva de la muerte de Dios, una concepción sociológica que fundamenta la teología, dirige el psicoanálisis (y que se aproxima a las ideas de Joseph de Maistre... ). Todo esto es frágil. La frase que Sade presta a Dolmancé no es más que una indicación lógica, una de las mil pruebas que nos da del error de una humanidad que no tiene en cuenta la destrucción y el Mal. Klossowski llega al final a decir que es posible que el razonamiento de Dolmancé esté allí nada más que para mostrar la falsedad del principio republicano: a tan sabia adivinación no hay respuesta del marqués. Se trata en realidad de algo muy distinto.

"Me pregunto, dice Jean Paulhan, cuando veo a tantos escritores de nuestros días, tan conscientemente dedicados a rechazar el artificio y el juego literario en beneficio de un acontecimiento inefable -- del que se procura que no ignoremos que es a la vez erótico y espantoso --, preocupados por defender en cualquier circunstancia lo contrario de la Creación, y siempre ocupados en buscar lo sublime en lo infame, lo grandioso en lo subversivo, exigiendo además que toda obra haga tomar postura y comprometa a su autor..., me pregunto digo si en un temor tan extremado no debería buscarse más un recuerdo que una invención, si no hay más memoria que ideal, y, para abreviar, si nuestra literatura moderna, en la parte que nos parece más viva -- la más agresiva en todo caso -- no se encuentra en su totalidad vuelta hacia el pasado y muy concretamente determinada por Sade... " Paulhan está quizá equivocado al prestar, hoy en día imitadores a Sade (se habla de él, se le admira, nadie se siente tentado a parecerse a él: son otros los "terrores" con los que hoy se sueña). Pero define bien la actitud de Sade. Las posibilidades y el peligro del lenguaje no le afectaron: no podía pensar en la obra como separada de su objeto: porque ese objeto le poseía -- en el sentido en que el diablo emplea la palabra --. Escribió enajenado de deseo por ese objeto y se dedicó a ello como un devoto. Klossowski dice con justeza: "Sade no sólo sueña; dirige y conduce su sueño hacia el objeto que le hace soñar, con el método consumado de un religioso contemplativo que pone su alma en oración ante el misterio divino. El alma cristiana toma conciencia de sí misma ante Dios. Pero si el alma romántica, que no es más que un estado nostálgico de la fe", toma conciencia de sí misma planteándose su pasión como un absoluto, de tal suerte que el estado patético se hace en ella función de vivir, el alma sádica, en cambio, no toma conciencia de sí misma más que por medio del objeto que exaspera su virilidad y la constituye en estado de virilidad exasperada, que de este modo pasa a ser también una función paradójica de vivir: sólo se siente vivir en la exasperación. " Al llegar a este punto hay que precisar: el objeto de que se trata, comparable a Dios (es un cristiano, Klossowski, el primero que propone la comparación), no se da, del mismo modo como Dios se entrega al devoto. El objeto como tal (un ser humano) sería entonces indiferente: hay que modificarle pata obtener de él, el sufrimiento deseado. Modificarle, es decir destruirle. Demostraré más adelante que Sade (y en esto se diferencia del simple sádico que es irreflexivo) tuvo como fin alcanzar la conciencia clara de aquello que sólo el "desencadenamiento" logra (pero el "desencadenamiento" lleva a la pérdida de la conciencia), o sea la supresión de la diferencia existente entre el sujeto y el objeto. De este modo su finalidad sólo se diferencia de la filosofía por el camino elegido (Sade partió de "desencadenamientos" de hecho, que quiso hacer inteligibles y la filosofía parte de la calina de la conciencia -- de la inteligencia distinta -- para llegar a un punto de fusión). Antes hablaré de la evidente monotonía de los libros de Sade que se deriva de la decisión de subordinar el juego literario a la expresión de un acontecimiento inefable. Libros, es verdad que se diferencian tanto de aquello que habitualmente es considerado literatura como una extensión de peñascos desérticos, sin sorpresas, incoloros, se diferencia de los paisajes variados, de los arroyos, los lagos y los campos que nosotros amamos. ¿Pero ¿podríamos medir la magnitud de tal extensión?

 

El Frenesí Sádico

Al excluirse de la humanidad, Sade no tuvo en su larga vida más que una ocupación que decididamente le interesó: enumerar hasta el agotamiento las posibilidades de destruir seres humanos, destruirlas y gozar con el pensamiento de su muerte y sus sufrimientos. Una descripción ejemplar, aunque fuese la más hermosa, habría tenido poco sentido para él. Sólo la enumeración interminable, aburrida, tenía la virtud de extender ante él el vacío, el desierto, al que aspiraba su rabia (y que sus libros vuelven a presentar ante aquellos que los abren).

De la monstruosidad de la obra de Sade se desprende aburrimiento, pero ese mismo aburrimiento constituye, a su vez, su sentido. Como ha dicho el cristiano Klossowski "sus interminables novelas se parecen más a los devocionarios que a los libros que nos divierten". El "método consumado" que las ordena es el del "religioso... que sitúa su alma ante el misterio divino". Hay que leerlas como fueron escritas, con el deseo de sondear un misterio que no es ni menos profundo, ni quizá menos "divino" que el de la teología. Ese hombre que, en sus cartas, es inestable, chistoso, seductor o violento, apasionado o divertido, capaz de ternura y tal vez de remordimientos, se limita en sus libros a un ejercicio invariable, en el que una tensión aguda, indefinidamente igual a sí misma, se separa desde el comienzo de las preocupaciones que nos limitan. Desde un principio nos vemos extraviados en alturas inaccesibles. Nada queda de lo que duda, de lo que modera. En un tornado sin apaciguamiento posible y sin fin, un movimiento transporta invariablemente los objetas del deseo hacia el suplicio y la muerte. El único término imaginable es el deseo que podría sentir de ser él la víctima de un suplicio. En el testamento, ya citado, ese arrebato exige, en la culminación, que su misma tumba no perviva, lleva a desear que hasta el propio nombre "desaparezca de la memoria de los hombres".

Si consideramos esta violencia como el signo de una verdad difícil, que obsesiona a aquel que sigue su sentido tan profundamente que, al hablar de ella, emplea la palabra misterio, debemos relacionarla en seguida con la imagen que el mismo Sade nos ha dado de ella.

"Ahora, amigo lector -- escribe al comenzar los Ciento veinte días -- es cuando es preciso abrir tu corazón y tu espíritu al relato más impuro que se haya jamás realizado desde que el mundo existe, ya que un libro semejante no puede encontrarse ni entre los antiguos, ni entre los modernos. Imagina que cualquier gozo honesto o prescrito por esa bestia de la que hablas sin cesar sin conocerla y a la que llamas naturaleza, que estos gozos, digo, serán expresamente excluidos de esta compilación y que, cuando los encuentres por casualidad, sólo se encontrarán en ella en tanto que vengan acompañados de algún crimen o coloreados con algunas infamias. "

La aberración de Sade llega hasta hacer que sus héroes sean en realidad más cobardes que malvados.

He aquí la descripción de uno de sus personajes más perfectos:

"Nacido falso, imperioso, bárbaro, egoísta, tan pródigo para sus placeres como avaro cuando se trataba de ser útil; mentiroso, glotón, borracho, cobarde, sodomita, incestuoso, asesino, incendiario, ladrón... " Es el duque de Blangis, uno de los cuatro verdugos de los Ciento veinte días. "Un niño decidido hubiera atemorizado a ese coloso, y cuando, para deshacerse de su enemigo, no podía emplear sus tretas o su traición, se volvía tímido y cobarde... "

Blangis no es, en realidad, el más repugnante de los cuatro.

"El presidente de Curva! era el decano de la sociedad. Tenía sesenta años aproximadamente y, singularmente desgastado por los excesos, no ofrecía casi más que un esqueleto. Era grande, seco, delgado, con los ojos hundidos y apagados, una boca lívida y malsana, la barbilla respingona y la nariz larga. Cubierto de pelos como un sátiro, una espalda plana y las nalgas blandas y caídas, que parecían más bien sucios trapos colgando encima de los muslos... Curval estaba hasta tal punto metido en el cenagal del vicio y el libertinaje, que le hubiera resultado imposible hablar de otra manera. Tenía sin cesar las más sucias expresiones tanto en la boca como en el corazón, y las entremezclaba enérgicamente con blasfemias que procedían del auténtico horror que sentía -- al igual que sus compañeros-- por todo lo que tenia algo que ver con la religión. Este desorden de espíritu, aumentado además por la embriaguez continua en la que le gustaba conservarse, le daba desde hacia algunos años un aire de imbecilidad y embrutecimiento, que constituía, según pretendía el mismo, su más preciada delicia".

"Desaseado en toda su persona", e incluso "bastante maloliente", el presidente de Curval estaba "absolutamente embrutecido"; el duque de Blangis, por el contrario, encamaba la brillantez y la violencia: "Si era violento en sus deseos... ¡en qué se convertía, gran Dios!, Cuando la borrachera de la voluptuosidad le embargaba: ya no era un hombre, sino un tigre enfurecido. ¡Desgraciado de aquel que servía entonces a sus pasiones! Gritos espantosos, blasfemias atroces salían de su pecho hinchado; de sus ojos parecían salir ascuas; echaba espuma, relinchaba. Se le habría tomado por el mismo dios de la lubricidad".

Sade no tuvo esta crueldad sin límites. Tuvo a veces complicaciones con la policía, que desconfió de él, pero que no pudo imputarle ningún crimen verdadero. Sabemos que acuchilló a una joven mendiga, Rose Keller, a navajazos, y derritió cera caliente en sus heridas. El castillo de Lacoste, en Provenza, fue, según parece, el lugar de orgías organizadas, pero sin los excesos que sólo la invención permite del castillo de Silling, representado como aislado en lejanas soledades rocosas. Una pasión, que quizá maldijo a veces, hacía que el espectáculo del dolor de otros le transportara hasta el extremo de trascender al espíritu. Rose Keller, en un testimonio oficial, habló de los gritos abominables que le produjo el goce. Por lo menos este rasgo le aproxima a Blangis. No sé si es legítimo hablar de placer para referirse a estos trances. En llegando a un cierto grado, el exceso no cabe en la noción común. ¿Se habla acaso del placer de los salvajes que se cuelgan del extremo de una cuerda por un gancho que se hincan en el pecho, y de este modo dan vueltas en torno de un poste? Los testimonios de Marsella alegan los golpes con látigos con alfileres en las puntas que ensangrentaban al marqués. Hay que llegar más lejos: a veces las imaginaciones de Sade son tales que habrían desalentado a los faquires más aguerridos. Si alguien pretendiera envidiar la vida de los malvados de Silling sería pura jactancia. A su lado, Benito Labre resulta delicado: no existe asceta que haya superado hasta ese punto el asco.

 

Del "Desencadenamiento" a la conciencia clara

Esa era la situación moral de Sade. Muy diferente de sus héroes (en muchos casos da prueba de sentimientos humanos), conoció estados de desenfreno y de éxtasis que le parecieron llenos de sentido con respecto a las posibilidades comunes. Pero nunca consideró que podía o debía separar de la vida estos peligrosos estados, a los que le conducían los deseos invencibles. En vez de olvidarlos, como suele hacerse, se atrevió en sus momentos normales a mirarlos cara a cara, y se planteó la cuestión abisal que en realidad les plantean a todos los hombres. Otros antes que él habían tenido los mismos extravíos, pero subsistía siempre la oposición fundamental entre el desencadenamiento de las pasiones y la conciencia. Nunca dejó el espíritu humano de responder, de vez en cuando, a esa exigencia que lleva al sadismo. Pero se hacía de manera furtiva, en la noche que resulta de la incompatibilidad entre la violencia, que es ciega, y la lucidez de la conciencia. El frenesí alejaba la conciencia. A su vez la conciencia en su condena angustiada negaba e ignoraba el sentido del frenesí. Sade fue el primero que en la soledad de la prisión dio expresión razonada a esos movimientos incontrolables, sobre cuya negación ha fundado la conciencia el edificio social y la imagen del hombre. Para ello tuvo que dar la vuelta e impugnar todo lo que los demás consideraban inamovible. Sus libros producen la sensación de que, con una resolución exasperada, quería lo imposible y el revés de la vida: tuvo la firme decisión del ama de casa que, deseando terminar, desuella a un conejo con un movimiento seguro (también el ama de casa revela el reverso de la verdad y, en ese caso, el reverso es también el corazón de la verdad). Sade se basa en una experiencia común: la sensualidad que libera de las trabas ordinarias-- se despierta no sólo ante la presencia, sino también ante una modificación del objeto posible. En otros términos: como un impulso erótico es un desencadenamiento (con relación a los comportamientos de trabajo y, en general, a las conveniencias sociales) lo desencadena el desencadenamiento coincidente de su objeto. "Desgraciadamente el secreto está más que demostrado --observa Sade ----, y no existe un libertino que esté ya algo anclado en el vicio que no sepa hasta qué punto el crimen tiene poder sobre los sentidos... " "Por tanto, es cierto -- exclama Blangis---- que el crimen tiene tal atracción por sí mismo que, independientemente de toda voluptuosidad, puede bastar para inflamar todas las pasiones." Estar desencadenado no es siempre, activamente, efecto de una pasión. También lo que destruye a un ser lo desencadena; el desencadenamiento es siempre la ruina de un ser que se ha dado a sí mismo los límites de las conveniencias. La sola puesta al desnudo es ya ruptura de esos límites (es el signo del desorden que reclama el objeto que a ello se entrega). El desorden sexual descompone las figuras coherentes que nos establecen ante nosotros mismos y ante los otros, como seres definidos (las hace resbalar hacia un infinito, que es la muerte). Hay en la sensualidad un algo turbio y un sentimiento de estar anegado, análogo al malestar que se desprende de los cadáveres. Pero como contrapartida, en la turbación de la muerte hay algo que se pierde y se nos escapa: se inicia en nosotros un desorden, una impresión de vacío, y el estado en que entramos es vecino, al que precede al deseo sensual. Un hombre joven no podía ver un entierro sin experimentar una incitación física: por esta razón tuvo que alejarse del cortejo que conducía a su padre. Su comportamiento se oponía a los comportamientos habituales. Pero no podemos, de todas formas, reducir el impulso sexual a lo agradable y benéfico. Hay también en él un elemento de desorden, de exceso, que llega hasta a poner en juego la vida de los que le siguen.

La imaginación de Sade ha llevado hasta el límite ese desorden y ese exceso. Nadie, a menos que no le preste oídos, termina los Ciento veinte días sin estar enfermo: el más enfermo es desde luego aquel que se siente enervado sexualmente por esta lectura. Esos dedos partidos, esos ojos, esas uñas arrancadas, esos suplicios en donde el horror moral agudiza el dolor, esa madre que se ve conducida por el engaño y el terror al asesinato de su hijo, esos gritos, esa sangre vertida entre tanta fetidez, todo al fin se suma para producirnos la náusea. Nos supera, nos asfixia y produce, al mismo tiempo que un agudo dolor, una emoción que descompone y que mata. ¿Cómo se atrevió? Y sobre todo, ¿cómo pudo? El que escribió esas páginas aberrantes lo sabía, estaba llegando al último límite imaginable: no hay nada respetado que él no ridiculice, nada puro que no mancille, nada amable que no colme de horrores. Cada uno de nosotros se ve personalmente afectado: por poco que nos quede de humano, ese libro ataca como una blasfemia, y como una enfermedad del rostro, a todo lo más querido, lo más santo. Pero ¿y si seguimos adelante? Ese libro es el único ante el cual el espíritu del hombre está a la medida de lo que es. El lenguaje de los Ciento veinte días es el del universo lento, que degrada con golpe certero, que martiriza y destruye la totalidad de los seres a los que dio vida.

En el extravío de la sensualidad, el hombre realiza un movimiento de espíritu por el cual se hace igual a lo que es.

El transcurrir de una vida humana nos vincula a opiniones fáciles: nos representamos a nosotros mismos como entidades bien definidas. Nada nos parece más seguro que ese yo que fundamenta el pensamiento. Y cuando accede a los objetos es para modificarlos para su uso: jamás es igual a lo que no es él. Lo que es exterior a nuestros seres finitos es, o bien un infinito impenetrable que nos subordina, o bien el objeto que nosotros manejamos, que está subordinado a nosotros. Añadamos que, por un pequeño rodeo, el individuo, asimilándose a las cosas que maneja, puede también subordinarse a un orden finito, que le encadena en el interior de una inmensidad. Si, a partir de ahí, intenta encadenar esta inmensidad en las leyes de las ciencias (que colocan el signo igual entre el mundo y las cosas finitas), sólo se igualará a su objeto encadenándose en un orden que le aplasta (que le niega, que niega lo que en él se diferencia de la cosa finita y subordinada). Sólo posee un medio para escapar a esos diversos límites: la destrucción de un ser semejante a nosotros (en esta destrucción se niega el límite de nuestro semejante; en efecto, no podemos destruir un objeto inerte, porque sólo cambia y no desaparece. En cambio, un ser semejante a nosotros desaparece en la muerte). La violencia sufrida por nuestro semejante se sustrae al orden de las cosas finitas, eventualmente útiles: le devuelve a la inmensidad.

Esto era ya cierto en el sacrificio. En la aprehensión, llena de horror de lo sagrado, el espíritu esbozaba ya el movimiento en que es igual a lo que es (a la totalidad indefinida que nosotros no podemos conocer). Pero el sacrificio es tanto, miedo al desencadenamiento, como desencadenamiento. Es la operación mediante la cual el mundo de la actividad lúcida (el mundo profano) se libera de una violencia que si no podría destruirle. Y si es verdad que, en el sacrificio, la atención se mantiene sobre un desplazamiento que lleva del individuo aislado a lo ilimitado, no por eso deja de volverse hacia interpretaciones huidizas, que son las más opuestas a la conciencia clara. Por otra parte, el sacrificio es pasivo, se basa en un miedo elemental: sólo el deseo es activo y sólo él nos hace sentirnos presentes.

Solamente cuando el espíritu, detenido ante una dificultad, hace que su atención recaiga sobre el objeto del deseo, se le da una oportunidad al conocimiento lúcido. Caso que supone la exasperación y la saciedad, el recurrir a posibilidades cada vez más lejanas. Supone, por último, la reflexión unida a la imposibilidad momentánea de satisfacer el deseo, y el deseo de satisfacerlo más conscientemente.

"Los verdaderos libertinos admiten -- señalaba Sade -- que las sensaciones comunicadas por el órgano del oído son las más intensas. Por tanto, nuestros cuatro malvados, que querían que la voluptuosidad se impregnara en su corazón tanto y tan profundamente como pudiera penetrar, habían imaginado con ese designio una cosa singular. " Se trata de las "historiadoras", que estaban encargadas, en los intervalos de las orgías de Silling, de avivar el espíritu mediante el relato de todos los vicios que habían conocido: son viejas prostitutas, cuya larga y sórdida experiencia es el principio de un cuadro perfecto, que precedió a la observación clínica, y que la observación clínica luego ha confirmado. Pero desde el punto de vista de la conciencia, las "historiadoras" no tienen más que un sentido: presentar en forma de una exposición minuciosa, desde lo alto de una cátedra objetivada por otra voz, ese dédalo que Sade quiso esclarecer hasta el final. Lo más importante: esta singular invención nació de la soledad de un calabozo. En realidad, la conciencia clara y distinta, renovada sin fin y repetida, de lo que fundamenta el impulso erótico necesitó, para formarse, de la condición inhumana de un prisionero. Libre, Sade habría podido saciar la pasión que le apremiaba, pero la prisión le retiró los medios para lograrlo. Cuando la pasión de que se habla no turba al que razona sobre ella, el conocimiento objetivo, exterior, es posible, pero sólo se alcanza la plena conciencia cuando el deseo es efectivamente experimentado. La célebre Pathologia sexualis, de Kraft--Ebing, u otras obras del mismo tipo, tienen sentido en el plano de un conocimiento objetivo de los comportamientos humanos, pero exterior a la experiencia de una verdad profunda, revelada por esos comportamientos. Esa verdad es la del deseo que las fundamenta, y que la enumeración razonada de un Kraft--Ebing deja de lado. Vemos que la conciencia del deseo es poco accesible: el deseo por sí mismo altera la claridad de la conciencia, pero sobre todo hay que partir de que la posibilidad de satisfacerlo la suprime. Parece que en toda la animalidad la satisfacción sexual se lleva a cabo en un gran "desorden de los sentidos". La inhibición de que es objeto en la humanidad se une por otra parte con su carácter, si no inconsciente, por lo menos alejado de la conciencia clara. Esta conciencia la preparaba la individualidad esencialmente reflexiva de Sade: Sade no cejaba en seguir un razonamiento paciente, unido al esfuerzo que mantuvo por asimilar la mayor parte de los conocimientos de su tiempo. Pero sin la reclusión, la vida desordenada que hubiera llevado no le habría permitido la posibilidad de alimentar un interminable deseo, que se proponía a su reflexión sin que pudiera satisfacerle.

Para subrayar aún más la dificultad, añado que Sade sólo anuncia la realización de la conciencia: no pudo llegar a la plenitud de la claridad. El espíritu ha de acceder aún, ya que no a la ausencia de deseo, sí al menos a la desesperación que deja en el lector de Sade el sentimiento de una semejanza final entre los deseos experimentados por Sade y los suyos, que no poseen esa intensidad, que son normales.

 

La Poesía del Destino de Sade

No puede sorprendernos que una verdad tan extraña y tan difícil se haya revelado la primera vez en forma brillante. La posibilidad da la conciencia es su valor fundamental; pero no podía dejar de referirse al trasfondo cuyo signo es en realidad. ¿Cómo le podía faltar a esta verdad naciente el resplandor poético? Esta verdad, sin la brillantez poética no habría tenido, humanamente, su alcance. Es conmovedor que una fabulación mítica se ligue a lo que, al fin, desvela, el fondo de los mitos. Fue precisa una revolución -mire el ruido de las puertas derribadas de la Bastilla-- para entregarnos, en el azar del desorden, el secreto de Sade: al cual la desgracia le permitió vivir ese sueño cuya obsesión es el alma de la filosofía: la unidad del sujeto y el objeto; y, en este caso, la identidad, en la trascendencia de los límites entre los seres, del objeto del deseo y del sujeto que desea. Maurice Blanchot ha dicho certeramente de Sade que había "sabido convertir su prisión en la imagen de la soledad del universo", pero que esa prisión, ese mundo, ya no le incomodaba, porque había "desterrado y excluido de él a todas las criaturas". De este modo, la Bastilla donde Sade escribió fue el crisol donde con lentitud fueron destruidos los límites conscientes de los seres por el fuego de una pasión que la impotencia prolongaba.

 

 

 

 

EL DIVINO MARQUÉS: Selección de textos

 

 

 

La Serpiente

Todo el mundo conoció a principios de este siglo a la señora presidente de C..., una de las mujeres más agradables y bonitas de Dijon, y todos la han visto acariciar y acoger públicamente en su lecho a la serpiente blanca que va a ser la protagonista de esta anécdota.

- Este animal es el mejor amigo que tengo en el mundo - le comentaba un día a una dama extranjera que había ido a verla y que mostraba curiosidad por conocer la razón de las atenciones que la bella presidente prodigaba a su serpiente -. En otro tiempo amé apasionadamente - prosiguió ésta -, señora, a un joven encantador que se vio obligado a alejarse de mí para ir a cosechar laureles; al margen de nuestros encuentros convenidos, él me había pedido que, siguiendo su ejemplo, a unas horas determinadas nos retiráramos cada uno por nuestro lado a algún paraje solitario para no ocuparnos de nada en absoluto más que de nuestra ternura. Un día, a las cinco de la tarde, cuando iba a recogerme en un pequeño pabellón al extremo de mi jardín, para serle fiel en mi promesa, convencida de que ningún animal de esta clase hubiera nunca podido penetrar en el jardín, de pronto descubrí a mis pies a este encantador animalillo, al que, como bien podéis ver, idolatro. Quise huir; la serpiente se tendió delante de mí, parecía pedirme perdón, parecía asegurarme que bien lejos estaba de querer hacerme ningún daño; me paro, la observo; al verme tranquila se acerca, hace cien cabriolas a mis pies, unas más de prisa que las otras; no puedo contenerme y le paso mi mano por encima, con su cabeza la acaricia delicadamente, la cojo y la pongo sobre mis rodillas, se arrebuja en ellas y parece que duerme. Una sensación de inquietud se apodera de mi... De mis ojos se escapan, a pesar mío, unas lágrimas que bañan a este animalillo encantador... Despertada por mi dolor, me mira..., gime..., alza su cabeza hasta mi seno..., lo acaricia y de nuevo se desploma anonadado... ¡Oh, cielos - grité -, todo se ha acabado; mi amante ha muerto! Abandoné aquel funesto lugar llevando conmigo a esta serpiente, a la que un misterioso sentimiento parece ligarme a pesar mío... Advertencias fatales de una voz desconocida cuyos ecos, señora, podéis interpretar como os guste, pero ocho días más tarde recibo la noticia de que mi amante había sido muerto en el preciso instante en que apareció la serpiente; nunca he querido separarme de este animal; sólo a mi muerte me abandonará; después de aquello me casé, pero con la explícita condición de que no la apartaría de mi lado.

Y tras estas palabras la gentil presidente cogió la serpiente, la recostó contra su seno y le hizo dar, como si fuera un podenco, cien vueltas delante de la dama que la interrogaba.

¡Oh, Providencia!, si esta aventura es tan cierta como lo asegura toda la provincia de Borgoña, ¡qué inexcrutables son tus designios!

 

 

 

 

 

¡Que me engañen siempre así!

Hay pocos seres en el mundo tan libertinos como el cardenal de ..., cuyo nombre, teniendo en cuenta su todavía sana y vigorosa existencia, me permitiréis que calle. Su Eminencia tiene concertado un arreglo, en Roma, con una de esas mujeres cuya servicial profesión es la de proporcionar a los libertinos el material que necesitan como sustento de sus pasiones; todas las mañanas le lleva una muchachita de trece o catorce años, todo lo más, pero con la que monseñor no goza más que de esa incongruente manera que hace, por lo general, las delicias de los italianos, gracias a lo cual la vestal sale de las manos de Su Ilustrísima poco más o menos tan virgen como llegó a ellas, y puede ser revendida otra vez como doncella a algún 1ibertino más decente. A aquella matrona, que se conocía perfectamente las máximas del cardenal, no hallando un día a mano el material que se había comprometido a suministrar diariamente, se le ocurrió hacer vestir de niña a un guapisimo niño del coro de la iglesia del jefe de los apóstoles; le peinaron, le pusieron una cofia, unas enaguas y todos los atavíos necesarios para convencer al santo hombre de Dios. No le pudieron prestar, sin embargo, lo que le habría asegurado verdaderamente un parecido perfecto con el sexo al que tenía que suplantar, pero este detalle preocupaba poquísimo a la alcahueta... "En su vida ha puesto la mano en ese sitio - comentaba ésta a la compañera que la ayudaba en la superchería - ; sin ninguna duda explorará única y exclusivamente aquello que hace a este niño igual a todas las niñas del universo; así, pues, no tenemos nada que temer..."

Pero la comadre se equivocaba. Ignoraba sin duda que un cardenal italiano tiene un tacto demasiado delicado y un paladar demasiado exquisito como para equivocarse en cosas semejantes; comparece la víctima, el gran sacerdote la inmola, pero a la tercera sacudida :

- ¡Per Dio santo! - exclama el hombre de Dios -.¡Sano ingannato, quésto bambino e ragazzo, mai non fu putana!

Y lo comprueba... No viendo nada, sin embargo, excesivamente enojoso en esta aventura para un habitante de la ciudad santa, Su Eminencia sigue su camino diciendo tal vez como aquel campesino al que le sirvieran trufas en lugar de patatas: "¡Qué me engañen siempre así!" Pero cuando la operación ha terminado:

- Señora - dice a la dueña -, no os culpo por vuestro error.

- Perdonad, monseñor.

- No, no, os repito, no os culpo por ello, pero si esto os vuelve a suceder no dejéis de advertírmelo, porque... lo que no vea al principio lo descubriré más adelante.

 

 

 

 

El Alcahuete Castigado

Durante la Regencia ocurrió en Paris un hecho tan singular que aún hoy en día puede ser narrado con  interés; por un lado, brinda un ejemplo de misterioso libertinaje que nunca pudo ser declarado del todo; por otro, tres horribles asesinatos, cuyo autor no fue descubierto jamás. Y en cuanto a... las conjeturas, antes de presentar la catástrofe desencadenada por quien se la merecía, quizá resulte así algo menos terrible.

Se cree que el señor de Savari, solterón maltratado por la naturaleza[1] , pero rebosante de ingenio, de agradable trato y que congregaba en su residencia de la calle Déjeuneurs a la mejor sociedad posible, había tenido la idea de prestar su casa para un género de prostitución realmente singular. Las esposas o las hijas, de elevada posición exclusivamente, que desea­ban gozar sin complicaciones y a la sombra del más profundo misterio de los placeres de la voluptuosidad podían encontrar allí a un cierto número de asociados dispuestos a satisfacerlas, y esas intrigas pasajeras no tenían nunca consecuencias; una mujer recogía en ellas sólo las flores sin el menor riesgo de las espinas que con tanta frecuencia acompañan a esa clase de arreglos cuando van tomando el carácter público de una relación regular. La esposa o la jovencita se encontraban de nuevo al día siguiente en sociedad al hombre con el que habían tenido relaciones la víspera sin dar a entender que le reconocían y sin que él, a su vez pareciera distinguirla entre las restantes damas, gracias a lo cual nada de celos en las relaciones, nada de padres irritados, ni de separaciones, ni de conventos; en una palabra, ninguna de las funestas secuelas que traen consigo asuntos de esa índole. Resultaba difícil encontrar algo más cómodo y sin duda sería peligroso ofrecer en nuestros días este plan; habría que temer con sobrada razón que este relato pudiera sugerir la idea de volver a ponerlo en práctica en un siglo en que la depravación de ambos sexos ha desbordado todos los límites conocidos, si no presentáramos, al mismo tiempo, la cruel aventura que sirvió de escarmiento a aquel que lo habla concebido.

El señor de Savari, autor y ejecutor del proyecto, que se conformaba, aunque muy a gusto, con un úni­co criado y una cocinera para no multiplicar los tes­tigos de los excesos de su mansión, vio una mañana cómo se presentaba en su casa cierto individuo amigo suyo para rogarle que le invitara a comer.

-Diablos, con mucho gusto -le contesta el señor de Savari-, y para demostraros el placer que me proporcionáis, voy a ordenar que os saquen el mejor vino de mi bodega.

-Un momento -responde el amigo cuando el criado ha recibido ya la orden-, quiero ver si La Brie nos engaña..., conozco los toneles, voy a seguirle y a com­probar si realmente coge el mejor.

-Muy bien, muy bien -contesta el dueño de la casa siguiendo perfectamente la broma-; sí no fuera por mi penoso estado, yo mismo os acompañaría, pero así me haréis el favor de ver si ese bribón no nos in­duce a error.

El amigo sale, entra en la bodega, coge una palanca, mata a golpes al criado, sube en seguida a la cocina, deja en el sitio a la cocinera, mata hasta a un perro y a un gato que encuentra a su paso, vuelve a la alcoba del señor de Savari que, incapaz por su estado de ofrecer la menor resistencia, se deja asesinar como sus sirvientes, y este verdugo implacable sin turbarse, sin sentir el más mínimo remordimiento por la acción que acaba de perpetrar, detalla tranquilamente en la página en blanco de un libro que halla sobre la mesa la forma en que la ha llevado a cabo, no toca cosa alguna, no se lleva nada, sale de la casa, la cierra y desaparece.

La casa del señor de Savari era demasiado frecuentada para que esta atroz carnicería no fuera descubierta enseguida: llaman a la puerta, nadie contesta, y convencidos de que el dueño no puede hallarse fuera rompen las puertas y descubren el espantoso estado de la residencia de aquel desdichado; no contento con legar los detalles de su acción al público, el flemático asesino había colocado sobre un péndulo, adornado con una calavera que ostentaba como lema: «Contempladla para enmendar vuestra vida», había colocado, repito, sobre esta frase un papel escrito en el que se leía: «Ved su vida y no os sorprenderéis de su final»

Una aventura semejante no tardó en provocar un escándalo; registraron por todas partes y el único objeto que encontraron que guardara alguna relación con esta cruel escena fue la carta de una mujer, sin firma, dirigida al señor de Savari y que contenía las palabras siguientes:

«Estamos perdidos, mi marido acaba de enterarse de todo, pensar en el remedio, sólo Paparel puede aplacar su espíritu; haced que hable con él, si no no hay ninguna salvación».

 Un tal Paparel, tesorero del extraordinario de la guerra, hombre amable y con buenas relaciones, fue citado: admitió que visitaba al señor de Savari, pero que, de más de cien personas de la ciudad y de la corte que acudían a su casa, a la cabeza de las cuales podía colocarse el señor duque de Vendôme, él era de todas ellas uno de los que menos le veía.

Varias personas fueron detenidas y puestas en libertad casi enseguida. Pronto se supo bastante como para convencerse de que aquel asunto tenía ramificaciones innumerables que, al comprometer el honor de los padres y maridos de la mitad de la capital, iban a desacreditar públicamente a un infinito número de personas de la más alta alcurnia, y, por primera vez en la vida. en unas cabezas de magistrados la prudencia reemplazó a la severidad. En eso quedó todo y, por tanto, la muerte de aquel desdichado, demasiado culpable sin duda para ser llorado por gentes honestas, no encontró nunca a nadie que le vengara; pero si aquella pérdida fue insensible para la virtud, hay que creer que el vicio la lamentó durante largo tiempo, y que independientemente de la alegre cuadrilla que tantos mirtos recogía en la casa de este dulce hijo de Epicuro, las hermosas sacerdotisas de Venus, que acu­dían día tras día a quemar su incienso en los altares del amor, debieron llorar sin duda la demolición de su templo.

Y así es como acabó todo. Un filósofo comentaría, glosando esta narración: «Si de las mil personas a las que tal vez afecto esta aventura, quinientas se alegraron y otras quinientas la deploraron, la acción puede considerarse indiferente; pero si, por desgracia, el cálculo arrojara una cifra de ochocientos seres lesionados por la privación del placer que esta catástrofe les ocasionaba contra sólo doscientos que creyeran ganar con ella, el señor de Savari hacía más bien que mal y el único culpable fue aquel que lo inmoló en aras de su resentimiento». Dejo que decidáis sobre todo esto y paso rápidamente a otro asunto.

 


 

[1] Era un lisiado sin piernas. (N. del A.)

 

 

 

 

 

El Preceptor Filósofo

De todas las ciencias que se inculcan a un niño cuando se trabaja en su
educación, los misterios del cristianismo, aun siendo sin duda una de las
materias más sublimes de esta educación, no son, sin embargo, las que se
introducen con mayor facilidad en su joven espíritu. Persuadir, por ejemplo, a
un muchacho de catorce o quince años de que Dios padre y Dios hijo no son sino
uno, que el hijo es consustancial a su padre y que el padre lo es al hijo, etc.,
todo esto, por necesario que sea no obstante para la felicidad de la vida es más
difícil de hacer comprender que el álgebra y cuando se quiere tener éxito, uno
se ve obligado a emplear ciertas equivalencias físicas, ciertas expli­caciones
materiales que, por desproporcionadas que sean, facilitan, sin embargo, a un
muchacho la com­prensión de la misteriosa materia.
Nadie estaba tan plenamente convencido de este método como el padre Du Parquet,
preceptor del con­desito de Nerceuil, que tenía unos quince años de edad y el
rostro más hermoso que fuera posible contem­plar.
- Padre -decía día tras día el joven conde a su preceptor-, de verdad que la
consustancialidad está por encima de mis fuerzas, me es absolutamente im­posible
concebir que dos personas puedan convertirse en una sola: aclaradme ese
misterio, os lo suplico, o ponedlo al menos a mi alcance.
El virtuoso eclesiástico, deseoso de tener éxito en su educación, contento de
poder facilitar a su discípulo todo aquello que un día pudiera hacer de él un
hombre de provecho, ideó un procedimiento bastante satisfactorio para allanar
las dificultades que hacían cavilar al conde, y este procedimiento, tomado de la
naturaleza necesariamente, tenía que resultar bien. Hizo venir a su casa a una
jovencita de trece a catorce años y tras asesorarla convenientemente la unió a
su joven discípulo.
Y bien -le pregunta-, amigo mío, ¿entendéis ahora el misterio de la
consubstancialidad? ¿Comprendéis ya con menos dificultad que es posible que dos
personas se conviertan en una sola?
-Oh, Dios mío, claro que sí, padre -responde el encantador energúmeno-; ahora lo
entiendo todo con una facilidad sorprendente. No me extraña que ese misterio
constituya, según se dice, toda la alegría de los seres celestiales, pues es
agradabilísimo divertirse haciendo de dos uno solo.
Algunos días más tarde el joven conde rogó a su preceptor que le diera otra
lección, pues pretendía que había aún algo en el misterio que no comprendía bien
y que no podría explicarse más que celebrándolo una vez más en la forma en que
ya lo había hecho. El com­placiente clérigo, a quien esta escena divertía
proba­blemente tanto como a su alumno, hace volver a la muchachita y la lección
vuelve a empezar, pero esta vez el clérigo, singularmente emocionado por el
deli­cioso panorama que ofrecía a sus ojos el guapo muchacho de Nerceuil
consubstanciándose con su compañera, no pudo resistirse a intervenir en la
explica­ción de la parábola evangélica y las bellezas que con ese motivo
recorren sus manos acaban por inflamarle totalmente.
Me parece que esto va demasiado de prisa -exclama Du Parquet, agarrando al
condesito por la cintura-, excesiva elasticidad en los movimientos, por lo que
resulta que no siendo tan íntima la conjunción no refleja adecuadamente la
imagen del misterio que hay que demostrar aquí... Si nos ponemos, exacto de esta
forma -prosigue el pícaro, obsequiando a su joven discípulo con lo mismo que
éste ofrece a la muchacha.
¡Ah! Dios mío, ¡que me hacéis daño, padre! -exclama el muchacho-. Y además esta
ceremonia me parece inútil. ¿Qué otra cosa me enseña sobre el misterio?
-¡Oh diablos! -contesta el eclesiástico, balbuceando de placer-. ¿Pero no ves,
amigo mío, que te lo enseño todo de una vez? Esto es la Trinidad, hijo mío... Hoy
te estoy explicando la Trinidad, cinco o seis lecciones más y serás doctor de la
Sorbona.

 

 

 

 

 

 

Hágase Como Se Ordena


- Hija mía -dice la baronesa de Fréval a la mayor de sus hijas, que iba a
casarse al día siguiente-, sois hermosa como un ángel; apenas habéis cumplido
vuestro decimotercer año y es imposible ser más tierna y más encantadora; parece
como si el mismísimo amor se hubiera recreado en dibujar vuestras facciones, y
sin embargo os veis obligada a convertiros mañana en esposa de un viejo
picapleitos cuyas manías son de lo más sospechosas... Es un compromiso que me
desagrada extraordinariamente, pero vuestro padre lo quiere. Yo deseaba hacer de
vos una mujer de elevada posición, pero ya no es posible; estáis destinada a
cargar toda vuestra vida con el ingrato título de presidenta... Lo que más me
desespera es que no llegaréis a serlo más que a medias... El pudor me impide
explicaros esto, hija mía..., pero es que esos viejos tunantes, que acostumbran
a juzgar al prójimo sin saber juzgarse a si mismos, tienen caprichos tan
barrocos, habituados a una vida en el seno de la indolencia... Esos bribones se
corrompen desde que nacen, se hunden en el libertinaje, y arrastrándose en el
impuro fango de las leyes de Justiniano y de las obscenidades de la capital,
como la culebra que no levanta la cabeza más que de cuando en cuando para
devorar insectos, sólo se les ve salir de él a base de reprimendas o de alguna
detención. Así, pues, escuchadme, hija mía, y manteneos erguida..., porque si
inclináis la cabeza de esa forma complaceréis extraordinariamente al señor
presidente, y no me extrañaría que os la pusiera a menudo mirando a la pared...
En una palabra, hija mía, se trata de lo siguiente: negad rotundamente a vuestro
marido lo primero que os proponga; estamos convencidos de que esa primera
proposición será, sin la menor duda, de lo más indecente e intolerable...
Conocemos sus gustos; hace ya cuarenta años que, llevado de convicciones
totalmente ridículas, ese maldito pícaro afeminado tiene la costumbre de tomarlo
todo única y exclusivamente por detrás. Así, pues, hija mía, vos os negaréis,
¿me oís?, y le contestaréis: «No, señor, por cualquier otro sitio que os guste,
pero por ahí, de ninguna manera.»
Dicho esto, se ponen a engalanar a la señorita De Fréval; la arreglan, la bañan,
la perfuman. Llega el presidente, con el pelo ensortijado como un querubín,
empolvado hasta los hombros, gangoso, chillón, balbuciendo leyes y diciendo cómo
tiene que ser el Estado. Gracias al arreglo de su peluca, de su traje ajustado,
de sus carnes prietas y restallantes, apenas se le calcularían cuarenta años,
aunque tenía cerca de sesenta. Aparece la novia, él le hace unas carantoñas y en
los ojos del leguleyo se puede ya leer toda la depravación de su alma. Al fin
llega el momento... la desnuda, se acuestan y por una vez en su vida, el
presidente, bien por tomarse un poco más de tiempo para educar a su discípula o
bien por temor a los sarcasmos que podrían ser fruto de las indiscreciones de
su mujer, no piensa más que en cosechar placeres legítimos. Pero la señorita De
Fréval ha sido bien educada. La señorita De Fréval, que se acuerda de que su
mamá le ha aconsejado que rechazara con toda firmeza las primeras proposiciones
que le fueran a hacer, no desperdicia la ocasión y le dice al presidente:
- No, señor por mucho que queráis no ha de ser así; por cualquier otro sitio que
os guste, pero por ahí, de ninguna manera.
- Señora -contesta el presidente estupefacto-, debo protestar... estoy haciendo
un esfuerzo... en realidad es una virtud.
- No, señor, por más que insistáis nunca accederé a eso.
- Muy bien, señora, hay que teneros contenta -responde el picapleitos, tomando
posesión de su enclave predilecto-. Mucho sentiría disgustaros y más en vuestra
noche de bodas, pero tened cuidado, señora, pues en el futuro, por mucho que me
lo roguéis, ya no podréis hacer que varíe mi rumbo.
- Me parece muy bien, señor -contesta la joven, buscando la postura-, no temáis
que no os lo he de pedir.
- Entonces, ya que así lo queréis, adelante -contesta el hombre de bien,
mientras se acomoda-. En nombre de Ganímedes y de Sócrates, hágase como se
ordena!


 

 

 

 

La Mojigata o el Encuentro Inesperado


El señor de Sernenval, de unos cuarenta años de edad con doce o quince mil
libras de renta que gastaba tranquilamente en París, sin ejercer ya la carrera
de comercio que antaño había estudiado y satisfecho con toda distinción con el
titulo honorífico de burgués París con miras a conseguir un cargo de regidor,
había contraído matrimonio pocos años antes con la hija de uno de sus antiguos
colegas, la cual tenía por aquel entonces alrededor de veinticuatro años.
Ninguna otra tan fresca, lozana y entrada en carnes como la señora de Sernenval:
no estaba formada como las Gracias, pero resultaba tan apetecible como la
mismísima ­madre del amor; no tenía el porte de una reina, pero exhalaba en
conjunto tanta voluptuosidad, con unos ojos tan dulces y tan lánguidos, una boca
tan hermosa, unos senos tan firmes, tan bien torneados y todo lo demás tan a
propósito para despertar el deseo, que había muy pocas mujeres hermosas en París
a las que no se la hubiera preferido. Pero la señora de Sernenval, dotada de
tantos atractivos, adolecía de un defecto capital en su espíritu... una
mojigatería insoportable, una devoción crispante y un tipo de pudor tan ridículo
y tan excesivo que a su marido le era imposible convencerla para que se dejara
ver cuando estaba en compañía de sus amistades. Llevando su santurronería al
extremo, era muy raro que la señora de Sernenval accediera a pasar con su marido
una noche completa e incluso en ocasiones en que se dignaba a concedérsela, lo
hacía siempre con las mayores reservas y con un camisón que no se quitaba jamás.
Un dispositivo artísticamente trabajado en el pórtico del templo del himeneo
sólo permitía la entrada con la expresa condición de que no hubiera ningún
contacto deshonesto ni la menor relación carnal; la señora de Sernenval hubiera
montado en cólera si hubiese intentado franquear las barreras que su modestia
fijaba y si su marido hubiera tratado de hacerlo habría corrido de seguro el
peligro de no recobrar jamás el favor de esta sensata y virtuosa mujer. El señor
de Sernenval se reía de todas estas mojigangas, pero como adoraba a su mujer
tenía a bien respetar sus limitaciones; a pesar de ello, a veces trataba de
sermonearla y le demostraba con toda claridad que no es pasándose la vida en las
iglesias o en compañía de los curas como una mujer honesta cumple realmente con
sus deberes, que primero están los de la casa, necesariamente desatendidos por
una devota, y que haría más honor a los designios del Eterno viviendo en el
mundo de una manera honrada que yendo a enterrarse en los claustros y que corría
mucho más peligro con los «sementales de María» que con esos leales amigos, cuyo
trato ridículamente evitaba.
- Tengo que conoceros y amaros tanto como lo hago -añadía a lo anterior el señor
de Sernenva- para no estar seriamente preocupado por vos durante todas esas
prácticas religiosas. ¿Quién me asegura que en ocasiones no os abandonáis más
bien sobre el blando lecho de los levíticos que al pie de los altares de Dios?
No hay nada tan peligroso como esos bribones de curas; hablándoles de Dios es
como seducen siempre a nuestras mujeres y a nuestras hijas, y siempre es en su
nombre en el que nos deshonran o nos engañan. Creedme, querida amiga, uno puede
ser honesto en cualquier sitio; no es ni en la celda del bonzo ni en el nicho
del ídolo donde la virtud erige su templo, sino en el corazón de una mujer
prudente y las honestas amistades que os ofrezco nada tienen que no se avenga al
culto que le profesáis... En el mundo pasáis por una de sus más fieles
sacerdotisas: yo también lo creo, pero, ¿qué pruebas tengo de que merezcáis
realmente esa reputación? Mucho más lo creería si os viera hacer frente a
alevosos ataques; la virtud de aquella esposa que no corre nunca el riesgo de
ser seducida no es la que sale mejor parada, sino la de esa otra que tan segura
se siente de sí misma que, sin temor alguno, se expone a cualquier cosa.
La señora de Sernenval nada respondía a todo esto, pues evidentemente la
argumentación no admitía réplica alguna, pero se ponía a llorar, recurso común a
las mujeres débiles, seducidas o falsas, y su marido no se atrevía a seguir
adelante con la lección.
Así estaban las cosas cuando un antiguo amigo de Sernenval, un tal Desportes,
llegó desde Nancy para verle y para resolver al mismo tiempo ciertos negocios
que tenía en la capital. Desportes era un vividor, de la edad de su amigo poco
más o menos, y no menospreciaba ninguno de los placeres que la naturaleza
bienhechora concede al hombre para que olvide las desdichas con que le abruma;
no pone la menor objeción a la oferta que le hace Sernenval para alojarse en su
casa, se alegra de verle, y al mismo tiempo se extraña de la severidad de su
mujer, quien, desde el momento que sabe la presencia de este extraño en la casa,
se niega a dejarse ver en absoluto y ni siquiera baja a las comidas. Desportes
cree que está molestando y quiere buscar alojamiento fuera, pero Sernenval se lo
prohíbe y le confiesa al fin las ridiculeces de su tierna esposa.
Perdonémosla -le decía el crédulo marido-, ella compensa esos defectos con tan
innumerables virtudes que ha conseguido mi indulgencia, y me atrevo a pedir
también la tuya.
- Encantado -contesta Desportes-, puesto que no hay nada personal contra mí,
todo se lo tolero y los defectos de la esposa de aquel a quien estimo nunca han
de ser a mis ojos sino respetables virtudes.
Sernenval abraza a su amigo y ya no se ocupan más que de placeres.
Si la estupidez de dos o tres cernícalos que desde hace cincuenta años dirigen
en París el gremio de las mujeres públicas, y en particular la de un pícaro
español que ganaba cien mil escudos al año en el reinado anterior con el tipo de
inquisición de que vamos a hablar, si el zafio rigorismo de esas gentes, no
hubiera concebido la ridícula idea de que obligar a esas criaturas a rendir una
cuenta minuciosa de aquella parte de su cuerpo que más solaza al individuo que
las corteja, constituye una de las mejores maneras de gobernar el Estado, uno de
los resortes más seguros del gobierno y, en fin, uno de los pilares de la
virtud, o de que entre un hombre que admira unos pechos, por poner un ejemplo, y
aquel otro que contempla la curva de una cadera, existe sin lugar a dudas la
misma diferencia que entre un hombre honrado y un bribón, y que el que cae
dentro de uno u otro de estos apartados -depende de la moda- tiene que ser por
necesidad el peor enemigo del Estado, sin todas estas zafias vulgaridades,
repito, no hay duda de que dos laudables burgueses, el uno con una esposa
timorata y soltero el otro, podrían ir a pasar una o dos horas, con toda
legitimidad, a casa de una de esas damiselas, pero con estas absurdas infamias
congelan el deseo de los ciudadanos, a Sernenval ni se le pasó por la cabeza
hacer a Desportes la menor sugerencia sobre esta clase de disipación. Este,
dándose cuenta de ello y sin sospechar los motivos, preguntó a su amigo por qué
le había propuesto todos los placeres de la capital y ni tan siquiera le habla
hablado de éstos. Sernenval echa la culpa a la impertinente inquisición, pero
Desportes se ríe de ella y declara a su amigo que a pesar de las listas de los
alcahuetes, los informes de los comisarios, las declaraciones de los alguaciles
y todas las demás modalidades de picaresca establecidas por el patrón sobre este
sector de los placeres del pueblerino de Lutecia, que, por encima de todo,
quiere ir a cenar con unas rameras.
- Escucha -le contesta Sernenval-, me parece muy bien, incluso te serviré de
introductor como prueba de mi filosófica manera de pensar sobre esta materia,
pero por una delicadeza, que espero no vayas a censurar, por los sentimientos
que al fin y al cabo debo a mi mujer, y que no puedo traicionar, me permitirás
que no participe en tus placeres, yo te los procuraré, pero no pasaré de ahí.
Desportes se burla un poco de su amigo, pero viéndole decidido a no dar su brazo
a torcer, lo acepta y salen.
La célebre S... fue la sacerdotisa del templo en el que se le ocurrió a
Sernenval inmolar a su amigo.
- Lo que necesitamos es una mujer de confianza -dice Sernenval-, una mujer
honrada; este amigo para el que solicito vuestros cuidados, va a quedarse muy
poco tiempo en París, y no le gustaría tener que dar malas referencias en su
provincia y que vos perdierais allí vuestra reputación; decidnos con franqueza
si tenéis eso que le hace falta y que bien sabéis que ha de hacerle disfrutar.
Escuchad -contestó la S. J.- me doy perfecta cuenta de a quién tengo el honor de
dirigirme, no suelo engañar a gente como vos, voy a hablaros, pues, como mujer
franca y mis actos os demostrarán que en efecto lo soy. Tengo lo que buscáis,
sólo falta fijarle precio, es una mujer adorable, una criatura que os ha de
cautivar tan pronto como la oigáis... En fin, lo que nosotras llamamos un bocado
de monje, y bien sabéis que esa clase de gente son mis mejores clientes que no
les doy lo peor que tengo... Hace tres días el señor obispo de M. me dio por ella
veinte luises, el arzobispo de R. R. pagó cincuenta ayer y esta misma mañana me
ha proporcionado otros treinta del coadjutor de... Os la ofrezco por diez,
señores, y, para seros sincera, esto por merecer el honor de vuestra estima,
pero hay que ser puntuales en el día y la hora, pues está sujeta a su marido, un
marido tan celoso que no tiene ojos más que para ella; como sólo dispone de los
ratos en que consigue zafarse, no hay que retrasarse ni un minuto en la hora que
señalemos...
Desportes regateó un poco; ninguna ramera cobró en su vida diez luises en toda
la Lorena, pero cuanto mas insistía, más se le elogiaba la mercancía; por fin
aceptó, y el día siguiente, a las diez en punto de la mañana, fue la hora
escogida por la cita. Sernenval no deseaba tomar parte en esta aventura, ya que
no era tan sólo ir a cenar, y por eso habían elegido esa hora para Desportes,
prefiriendo despachar temprano el asunto para poder consagrar el resto del día a
deberes más importantes que cumplir. Llega la hora, nuestros dos amigos se
presentan en casa de su encantadora alcahueta, un gabinete iluminado únicamente
por una luz tenue y voluptuosa alberga a la diosa a la que Desportes va a
ofrecer su sacrificio.
- Dichoso hijo del amor -le dice Sernenval, empujándole hacia el santuario-,
corre a los voluptuosos brazos que hacia ti se tienden, y sólo después ven a
darme cuenta de tu placer; yo me alegraré de tu felicidad y como no he de
sentirme celoso ni por asomo, mi alegría será, por tanto, mucho más pura.
Nuestro catecúmeno entra, tres horas enteras apenas son suficientes para su
homenaje; por fin sale y asegura a su amigo que no había visto en toda su vida
nada parecido y que ni la mismísima madre del amor le habría hecho gozar de
aquel modo.
- ¿Con que es deliciosa? -pregunta Sernenval medio inflamado ya.
- ¿Deliciosa? Ah, no podría encontrar ninguna expresión que pudiera darte una
idea de cómo es, e incluso en ese preciso momento en que toda ilusión es
aniquilada, sé que ningún pincel podría pintar el torrente de placer en que me
ha sumergido. A los encantos que ha recibido de la naturaleza, une un arte tan
sensual para hacerlos valer, sabe añadir un punto, una atracción tan auténtica,
que aún sigo sintiéndome como ebrio... Oh, amigo mío, pruébalo, te lo suplico,
por muy acostumbrado que puedes estar a las bellezas de París, estoy seguro de
que me reconocerás que ninguna otra vale en tu opinión lo que ésta.
Sernenval sigue firme, pero, no obstante, llevado de cierta curiosidad, ruega a
la S. J. que haga pasar a la joven por delante de él cuando salga del
gabinete... Le dice que muy bien; los dos amigos se quedan de pie para poder
verla mejor, y la princesa pasa llena de altivez...
¡Santo cielo, cómo se queda Sernenval cuando reconoce a su mujer! Es ella... Es
esa puritana que no se atreve a bajar por pudor delante de un amigo de su esposo
y que tiene la osadía de ir a prostituirse a una casa como aquella.
-¡Miserable! -exclama enfurecido.
Pero en vano intenta lanzarse sobre la pérfida criatura, ella le había visto en
el mismo instante en que la habían reconocido y ya estaba lejos del
establecimiento. Sernenval, en un estado difícil de describir, decide
desahogarse con S. J.; ésta se excusa por su ignorancia, y asegura a Sernenval
que hacia más de diez años, es decir, mucho antes de la boda del infortunado,
que esa joven venía acudiendo a su casa.
- ¡Esa maldita! -exclama el desventurado esposo, al que su amigo trata en vano
de consolar-. Pero no, es mejor así, desprecio es todo cuanto le debo, que el
mío la cubra para siempre y que con está prueba cruel aprenda que nunca se debe
juzgar a las mujeres, dejándose guiar por su hipócrita máscara.
Sernenval volvió a su casa, pero no encontró ya a su ramera, ella había hecho su
elección, él no se preocupó; su amigo, no deseando imponer su presencia después
de lo ocurrido, se despidió al día siguiente, y el infortunado Sernenval, solo,
desgarrado por el odio y por el dolor, redactó un «inquarto» contra las
esposas hipócritas que nunca sirvió para corregir a las mujeres y que los
hombres no leyeron jamás.

 

 

“Historia del ojo”, sadomasoquismo francés

“Historia del ojo”, sadomasoquismo francés

 

Por: Miguel Ángel Correa Vergara

 

 

..."Acariciándose las piernas, deslizó por ellas el ojo. La caricia del ojo sobre la piel es de una suavidad excesiva... acompañada de una espeluznante sensación de horror"...

Pág. 129 Las patas de mosca, Historia del Ojo.

Bajo el seudónimo de Lord Auch, Georges Bataille, el autor de Historia del Ojo, retó a la sociedad burguesa de los años veinte (1928), y cortó de tajo los dogmas a los que la literatura era sometida en esa época. La novela navega por los límites del surrealismo e impone una estética trasgresora, reinventa así las estructuras y utiliza la prosa y la poesía para crear una imagen oscura, romántica y sádica del deseo de libertad de tres jóvenes.

Mario Vargas Llosa en el prólogo de la esta obra maestra apunta "Histoire de Poeil (nombre original de Historia del Ojo), es un documento clínico sobre las obsesiones". Y en efecto, la historia gira entorno a una fijación "el placer visual" los protagonistas son voyeurs, son víctimas de la represión social y sexual de la época. Como si se tratase de un cuento de hadas underground, las situaciones se desarrollan en paisajes lúgubres llenos de una magia oscura y placentera a la vez.

Georges Bataille le otorga el poder del silencio a los momentos y tiempos que transcurren como imágenes vertiginosas en este contraste encontramos que la profunda relación entre el narrador, Simone una chica morena y Marcelle, la chica rubia, yace en el sexo, en los deseos ocultos y la necesidad de ser libres.

"Aquel día, en la tormenta sin lluvia, a través de la oscuridad hostil, Simone y yo tuvimos que escapar del castillo y huir como animales, desnudos, la imaginación habitada por el tedio que sin duda abrumaría nuevamente a Marcelle. La infeliz internada era como una encarnación de la tristeza y las cóleras que entregaban, sin fin, nuestros cuerpos a los excesos"...

Pág. 80 Un hilillo de sangre, Historia del Ojo.

De la clandestinidad esta novela corta pasó de boca en boca hasta su segunda y tercera edición publicada ya bajo el nombre real del autor en los cuarenta. Su acercamiento con el surrealismo fue enmarcado por influencia de autores como el Marqués de Sade, André Breton, Freud y Nietzsche. Los párrafos de cada episodio esta plena de asociaciones arbitrarias de imágenes inconscientes de deseos y de crisis.

El autor anónimo se presume un joven, pero el mismo Vargas Llosa asume que se trata de un niño mitómano en su despertar sexual; si bien es que el protagonista engaña y practica actividades que hoy han dejado de ser tabúes y que están fuera de una visión cuadrada de la sexualidad por esta razón los contextos en los que esta fue analizada por Vargas Llosa pueden llegar a parecer obsoletos y retrógradas. Actualmente la lectura de esta obra produce el mismo efecto escalofriantemente placentero y la trasgresión a todo tipo de norma social o religiosa. Es esto radica su valor, que se trata de un escrito visionario que inicialmente fue considerado "inmundo", "perverso" o "sacrílego" pero que bajo la luna del nuevo siglo el personaje de Simone, Marcelle, Sr. Edmond y el narrador encajan bien en la versatilidad de la práctica sexual.

Las lluvias doradas, la masturbación, el sadomasoquismo, la orgía y el menaje a trois se magnifican en las mentes de los jóvenes, niños, o incluso entes fantasmagóricas protagonistas de un sueño, según la concepción y criterio del lector; y todo gira en elipse interminable hacia el placer por el observar, por contemplar y satisfacer la necesidad de recrear un mundo en el que la liberación sea otorgada mediante el dolor y el orgasmo mismos que castiguen al ojo público.

..."Simone adquirió la manía de romper huevos con el culo. Para ello, se colocaba con la cabeza sobre el asiento de un sillón, la espalda pegada al respaldo y las piernas dobladas hacia mí, mientras tanto yo me la meneaba para rociar de leche su rostro. Colocaba entonces el huevo encima del agujero; ella experimentaba placer agitándolo en la profunda hendidura. Cuando brotaba leche, sus nalgas rompían el huevo, ella gozaba y, sumergiendo mi rostro en su culo, yo me inundaba de esa abundante inmundicia"...

Pág. 57 El armario normando, Historia del Ojo.

Simoné y el narrador buscan la expiación, son rebeldes, incomprendidos, y arden de pasión. Él eyacula sobre el rostro de la morena joven y se masturba al ver sus medias de seda, al verla orinar sobre su tórax o al ver como rompe huevos con sus nalgas. A ella le encanta el exhibicionismo, es codependiente y caprichosa.

Bataille escribe un manuscrito para la continuación de la obra maestra de la literatura erótica según los autores contemporáneos; en el que el castigo y la inexistencia del darma y el karma llegan a las venas y las vivencias de Simone "el objeto de las miradas etéreas de los lectores".

Marcelle por su parte llena de timidez y rectitud, desborda su éxtasis a escondidas, detrás del ojo de la cerradura hasta la extinción. Es el blanco de la obsesión de aquellos que no se sacian de sangre, esperma, orín, yemas de huevo, lodo, sudor, saliva y vísceras. Las letras de Historia del Ojo escriben sueños barrocos ocultos dentro del armario normando, testigo, de la catarsis juvenil de los inconformes.

..."Corté la cuerda, ella estaba bien muerta. La instalamos sobre la alfombra. Simone me vio ereccionar y me la meneó; nos tumbamos en el suelo y follé con ella junto al cadáver. Simone era virgen y nos dolió, pero nos alegraba precisamente que nos doliese"...

Págs. 99-100 Los ojos abiertos de la muerte, Historia del ojo.

Lleno de castillos, lugares oscuros, playas y lugares lejanos está el relato; un viaje a Sevilla y un tutor mirón que satisface los berrinches y la lujuria de Simone y su compañero y amor. La acción los lleva al clímax de lo sadomasoquista y lo porno en sus pensamientos que consuman en vida y los llevan a la adicción.

La novela acoge cuatro muertes entre el suicidio, el asesinato, un accidente en la carretera o una cornada fatal en la plaza de toros. La autodestrucción de los individuos hambrientos de sonámbulos, éxtasis divino y ojos es inexorable; todo culmina en una estampa fuerte y fría.

..."Don Aminado llenó ruidosamente de orina el cáliz que Simone sostenía debajo de la verga.
-Ahora bebe - ordenó Sir Edmond. El miserable bebió en un éxtasis inmundo. Simone se la chupó de nuevo; él gritó trágicamente de placer"...

Pág. 123 La confesión de Simone y la misa de Sr Edmond, Historia del Ojo.

Georges Bataille (1897-1962), ensayista y novelista francés vuelca el erotismo extremo en una creación poética que recurre a arquetipos y símbolos como el sol, los testículos, el huevo y el ojo para narrar una historia anecdótica sobre (lo que algunos llaman) prohibido, el sexo y las fijaciones humanas.

 

 

 

 

 

 

Historia del Ojo
de George Bataille

(Fragmento)

 

 


(...) Un día que estaba yo en su cama y que quise forzar a Simona, ella se me escapó y me dijo bruscamente: "pero, ¡querido mío, éstas completamente loco! ¿Así en un lecho. Como si fuera madre de familia?, no me interesa en absoluto. Con Marcela solamente".

-¿Qué es lo que quieres decir? le pregunté decepcionado, pero en el fondo completamente de acuerdo con ella.

Se me acercó afectuosamente de nuevo y me dijo suavemente con tono soñador: .. mira, apenas nos vea no podrá evitar orinarse. .. hacer el amor".

Al mismo tiempo, sentí un liquido caliente y encantador que corría a lo largo de mis piernas y, cuando hubo terminado, me levanté y regué a mi vez su cuerpo que ella colocó complacientemente bajo el chorro impúdico que ardía ligeramente sobre la piel. Después de haberle inundado el culo también, le embarré el rostro de semen y así, sucia, tuvo un orgasmo demente y liberador. Aspiraba Profundamente nuestro acre y feliz olor: "Hueles a Marcela", me confió alegremente después que hubo terminado, acercando la nariz a mi culo todavía mojado.

Es evidente que Simona y yo teníamos a veces ganas violentas de hacer el amor. Pero no se nos ocurría siquiera que eso fuese posible sin Marcela, cuyos gritos agudos violentaban continuamente las orejas, gritos que para nosotros se ligaban siempre a nuestros deseos más violentos. Por ello, nuestro deseo sexual se transformaba siempre en pesadilla. La sonrisa de Marcela, su simpleza, sus sollozos, la vergüenza que la sonrojaba y ese color rojo que la hacía sufrir al tiempo que ella misma se quitaba la ropa para entregar de repente sus bellas nalgas rubias a manos y bocas impuras, y, sobre todo, el delirio trágico que la había hecho encerrarse en el armario para poder masturbarse con tanta aberración que no habla podido evitar orinarse, deformaba y hacía nuestros deseos insoportables. Simona, cuya conducta durante el escándalo había sido más obscena que nunca -acostada, no se habla siquiera cubierto, sino que habla abierto las piernas-, no podía olvidar que el orgasmo imprevisto provocado por su propio impudor, los gritos y la desnudez de los miembros torcidos de Marcela, habían sobrepasado todo lo que había podido imaginar hasta entonces. Y su culo no se abría delante de mí sin que apareciese el espectro de Marcela furibunda, delirante y sonrojada, para otorgarle a su impudor un peso agobiante, como si el sacrilegio debiese volverlo todo horrible e infame.

Por otra parte, las regiones pantanosas del culo -que sólo tienen semejanza con los días tormentosos, con presagios de inundaciones o con las emanaciones sofocantes de los volcanes y que, también como los volcanes y las tempestades, inician su actividad entre augurios de catástrofe- esas regiones desesperantes que Simona, en un abandono que sólo presagiaba violencia, me dejaba mirar como hipnotizado-, fueron para mi, desde entonces, el símbolo del imperio subterráneo y profundo de una Marcela torturada en su prisión y entregada a las pesadillas. Ya no me obsesionaba más que una cosa: la desintegración que el orgasmo provocaba en el rostro de la joven que sollozaba entre gritos horribles.

Y Simona por su lado no podía mirar el semen ácido y cálido que salía de mi verga sin imaginarse al instante la boca y el culo de Marcela totalmente manchados.

"Podrías golpearle el rostro con tu semen", me confiaba, al tiempo que se embarraba el culo, "para que estercole".




Bataille, George
Historia del Ojo
Ediciones Coyoacán
9na reimpresión 2004, Mexico
ISBN: 970-633-012-7
pp. 46-48

 

La condesa sangrienta

El criminal no hace la belleza;
él mismo es la auténtica belleza.

Sartre.

 


 

 

Erzbeth Báthory de Dacia Maraini:
vampirismo y erótica del paradigma lunar

por Adriana Crolla (*)
Universidad Nacional del Litoral - UADER


La Condesa Drácula: historia y literatura

Nos interesa el tema de la condesa Drácula porque el vampirismo ha acompañado al hombre desde los orígenes de la humanidad y porque a pesar de lo que la cultura racionalista patriarcal ha impuesto, desde un punto de vista mítico-antropológico, estuvo siempre más asociado al misterioso universo de lo femenino y por ende, a lo lunar.

El interés estético-literario en la figura de un vampiro varón, centralizado en la figura histórica de Vlad Tepes y prefigurado en Byron, Polidori, Coleridge, emerge en una época posrenacentista (S. S.XVIII y XIX) cuando la lucha entre la razón (y su intento de desplazar las creencias caratuladas como supersticiosas) y el espiritualismo romántico hacen ya imposible el reencuentro, antes amable, entre vivos y muertos. Momento en que el tabú de lo mortuorio se enlaza con lo femenino y la sexualidad. Temidos tabúes de la modernidad.

Sin embargo debemos esperar hasta avanzado el S.XX para que proliferen textos y estudios sobre el vampirismo femenino, centralizado simbólicamente en una existencia femenina como es Erzbeth Báthory, condesa húngara nacida en 1560 de uno de los linajes más poderosos de Transilvania y muerta emparedada en su recámera en 1614. Cuenta la historia que entre 1607 y 1610, en los tenebrosos subsuelos de su castillo de Csejthe, más de seiscientas doncellas de entre doce y dieciséis años sucumbieron al afán de belleza y perversión erótica de la condesa quien en baños de sangre y éxtasis lésbico creyó encontrar la llave para la eterna juventud. En un diario desgraciadamente perdido, se sabe que realizaba minucioso registro de cada uno de esos horripilantes asesinatos.

En Csejthe, la ignorancia y supersticiones de los habitantes, así como la lejanía de la provincia, daban a la Condesa y a Darvulia, su bruja-hechicera, mucha libertad de acción. La antigua tierra los Dacios era todavía más atrasada que Occidente. Protegida por la sagrada Hungría, el protestantismo no pudo desplazar su ancestral paganismo. Mientras los aterrorizados habitantes temían los embrujos de Darvulia, Erzbeth rezaba conjuros a los antiguos dioses de los bosques Mielikki e Isten. En ese humus de brujería y violencia, el diablo Ordog, servido por sus brujas, habitaba los supersticiosos Cárpatos y el vampiro, el dragón, el lobo, resistiendo a los exorcismos, lo hacían en los bosques por donde la condesa gustaba cabalgar de noche aullando a la luna (según cifra la leyenda).

Las descripciones que se poseen de Erzbeth (avaladas por el único retrato conservado) muestran que más que su belleza, fascina su mirada por los demonios que se ocultan tras sus grandes y negros ojos. Su piel era lechosa, cerúlea y su boca sinuosa como una pequeña serpiente. Su rostro, algo andrógino, trasudaba algo de melancolía, determinación, misterio y crueldad. Lunatismo atávico que se corresponde con la singularidad del blasón familiar, compuesto por tres dientes de lobo, una luna cruzada y un sol en forma de estrella de 6 puntas y el conjunto encuadrado por un dragón que se muerde la cola.

De Hécate, la luna, lamias, Mielikki, vampiros y otras monstruosidades

El hombre percibió desde antiguo la relación del astro nocturno con todo aquello que comporta movimiento, ciclos, renovaciones y repeticiones, con lo fluido y fundamentalmente con lo femenino y lo mortuorio. La compleja ambivalencia de la luna se manifiesta en su asociación con la noche (peligrosa y maternal) y con lo "espectrante" porque su lívida luz revela y semivela a un tiempo. Por ello la luna es asociada a los ámbitos de la imaginación, la fantasía y todo aquello que se relaciona con la acción "reflexiva" (como los espejos) pero a su vez "reflejante", así como con lo interior, pasivo e inferior. Femenina, receptiva y reflectora es considerada como una duplicación del sol, el que, por oposición representa lo superior, racional e iluminante (1).

La dúplice cualidad de sus faces la liga a la ancestral androginia que los hombres primitivos reconocieron en Hécate, la Diosa Madre o primordial. Por ello Hécate, triple símbolo femenino de doncella, madre y bruja o como lamia (2), devoradora de hombres y chupadora de sangre de los niños, es concebida como una personificación de la luna o del lunatismo (obsesiones e insanías provocadas por el principio femenino en su aspecto maléfico). A su vez Diana, la cazadora, en su carácter benéfico relacionada con la naturaleza y la fertilidad, es en su contraparte negativa, asociada a Triva, la triple Hécate, que adquiere categoría poética en muchos autores, pero es Dante quien la evoca fundamentalmente por su aspecto lunar:

"Come ne' plenilunii sereni Trivia ride fra le Ninfe eterne" (3)

Como Diana (la virginal) o Hécate (la terrible), la luna conjuga lo celestial y lo infernal, el orden y el caos, lo oscuro y lo visible, el movimiento y la inacción y en su misteriosa espectralidad, ha presidido los rituales mágicos femeninos desde los confines del tiempo. Horacio en el Epodo V, la Sátira VIII y el Epodo XVII (4) informa sobre la magia y las brujas en la antigüedad y su relación con la luna, la lascivia, lo erótico y la muerte que se consuma en las prácticas bestiales de los rituales mágicos donde la sangre funciona como afrodisíaco que potencia el furor profético.

Su relación con el vampirismo es más fuerte en la mitología de los países de Europa Oriental donde la muerte se liga fuertemente con lo corporal. De hecho, la entrada de la palabra "vampiro" a partir de 1730 en las lenguas de la Europa occidental parece producirse por un episodio de histeria colectiva en Hungría (5). Pero el vampirismo tiene una larga tradición en las culturas clásicas y siempre en relación con presencias femeninas y prácticas lunares. Ello es visible desde lo etimológico ya que la palabra vampiro procede del húngaro o del serbocroata vampir y algunos piensan que procede del turco über ('bruja') . En latín se llamaba strix (lechuza) a los vampiros femeninos y su plural: strigae ha dado en el italiano moderno strega: bruja. Rumania llamaba a los vampiros strigoi, que deriva de striga, (gritar) y por ende del strix latino, debido a los chillidos que se oyen cuando luchan entre sí. Por otro lado, vampiros y brujas comparten la capacidad de transformarse en insectos o seres de la noche con asombrosa facilidad.

Del paradigma solar al paradigma lunar

Recurrimos al concepto de paradigma utilizado por Thomas Khun (7), no en su sentido clásico de norma o "ejemplar" sino como modelo interpretativo. Pareciera ser, según Khun, que hay momentos en que mediante un brinco repentino y no lógico, se hacen trizas las ¨gafas¨ (metafóricamente: el paradigma) con las que se lee la realidad y toda una nueva generación de científicos empieza a educarse usando nuevas gafas y aceptando la nueva visión como natural o "verdadera". Utilizamos entonces esta categoría teórica para explicar cómo un nuevo paradigma estético revoluciona las formas simbólicas de expresión e interpretación artística al iluminar ángulos nuevos y oscurecer otros. En este sentido, las nuevas "gafas" corresponderían al paradigma "femenino" o como lo llamamos: "lunar".

Marisa Rusconi en la introducción a una antología de textos de 50 escritoras italianas en la revista Tuttestorie (8) propone una teoría que engarza las etapas de un viaje por el imaginario erótico femenino hacia "la Noche" reconocida como el nuevo espacio instaurado por la escritura femenina. Viaje de iniciación que, dice, parte de una ciudad prohibida, resabio de un antiguo tabú que culpabilizaba a las mujeres que osaban pasar el umbral entre el imaginario vivido y el metabolizado en el acontecimiento excepcional de la escritura y que las obligó a censurar y autosilenciar sus experiencias más profundas, las emociones de la corporeidad, sus deseos y proyecciones oníricas. Mientras las fantasías sexuales masculinas fueron desde siempre aceptadas y legitimadas, las femeninas se presentan aún hoy como escandalosas porque representan una amenaza al poder patriarcal.

Y para buscar esa ciudad negada la mujer apela a aquel don que la define aunque pretendieron negárselo: la palabra. Palabra irreverente, original, misteriosa e iconoclasta que está perfilando el paradigma femenino actual. Hurgando en ese pozo de ancestral secreto, la mujer está desarticulando el paradigma solar de la escritura, el modelo masculino de apolínea armonía y luminosa limpidez para acercarse a la antigua simbología de su naturaleza lunar.

"Si concede - afferma Rusconi - ad alcune scrittrici particolarmente immagnifiche la bizzarria di uscire dai modelli precostituiti; di visitare vestite da streghe con la penna in mano, gli oscuri universi abitati da fantasmi, zombi, vampiri, lupi mannari; di raccontare storie gotiche e sanguinarie in cui, immancabilmente eros si congiunge a thanatos, in osceni amplessi, di inventare diabolici intrighi, orrende carneficine, allucinanti sabba, dionisiache sfrenatezze; insomma, di ricostruire il vasto itinerario delle perversioni e depravazioni, trascrivendolo però "con inconfondibile tocco femminile".

Textos que nos están habilitando la entrada al infierno, a planear sobre el lado oculto de la luna y hasta a mirar/nos en los ojos de la locura. Recuperemos la noche, decía un slogan feminista y esto es lo que las escritoras realizan contándose(nos) historias de íntima provocación. La noche es mi día preferido, dijo Emily Dickinson y Paola Capriolo agrega:

"Fra i due centri di attrazione - reale/imaginario - io scelgo istintivamente il secondo e lo identifico in una dimensione notturna. Ma questo rifiuto del giorno esprime inanzi tutto un sentimento di esclusione della vita e della vitalità, mentre si nutre di un viaggio interiore. Ecco più che la tenebra, la penombra è per me la luce dell´interiorità. Non riesco a immaginare che un pensiero importante possa nascere in pieno sole....a me non interessano fatti e sentimenti ben definiti, mi coinvolgono solo quelli fluidi, fluttuanti, intrínsecamente ambigui; infatti immergo storie e personaggi nel luogo dell´indistinto, degli scambi, dei passaggi" (9)

De la Condesa escrita y sus revulsiones

Isabel Monzón, en su libro sobre el mito de la Condesa (10), hace un rastreo de las escritoras que a partir de la segunda mitad del siglo XX sucumbieron a su fascinación para liberarla del silencio y encierro. Una tenue telaraña parece enlazar estos textos a la lengua francesa y la mítica París de los poetas y la literatura maldita.

Valentine Penrose es la pionera con su La comtesse sanglante publicado en Paris en 1963. Luego, en forma menos explícita, aparece en el cortazariano 62 modelo para armar (1968). Esta sangrienta Isabel, iba a integrar junto a Isabel de Hungría, la santa e Isabel de Austria, la melancólica, el libro Tres mujeres llamadas Isabel que Marguerite Yourcenar proyectó escribir durante los setenta y que nunca llegó a publicar aunque sí a comentar. Finalmente, el texto La Condesa sangrienta que Alejandra Pizarnik publica en 1965 inaugura en la escritura femenina argentina la vinculación de la muerte con lo obsceno, el sadismo y la sexualidad. Visto a la distancia, así como parece presagiar los terribles tormentos, desapariciones y matanzas sin castigo que se cometerían en la Argentina pocos años después, este texto también inspiró una magnífica producción de estudios sobre la relación entre la perversión e intimidades de la Condesa, con el universo erótico y la psiquis femenina. A comienzos del tercer milenio, la fascinación por la condesa se expande en biografías, estudios y hasta óperas y partituras musicales de un músico de apellido Báthory que se proclama su descendiente.

Pero el ámbito de la crítica silencia (y encontramos que tampoco es relevante su presencia en Internet (11)) y por ello intentamos rescatarla en este trabajo, es la obra de teatro de Dacia Maraini: Erzbeth Báthory: casi, azioni e vicende di un vampiro, escrita a fines de los 80 (12).

El texto de la Maraini consta de dos actos y once personajes de los cuales 7 son mujeres. Es un universo femenino habitado por una soberana y tres terribles colaboradoras: Dorkó (que en esta obra aparece como nodriza y primera víctima y luego obsecuente secuaz), Kata (la carcelera del final) y Darvulia, la bruja de los bosques: especie de Hécate y Parka nativa que la introduce en los misterios insondables del mal:

Darvulia: "No te engañés a vos misma, Erzbeth.- Vos no sos un juez ni bueno ni malo. Vos sos un vampiro que se alimenta de carne joven y fresca. Vos no castigás, vos amás...
"

De ella aprende Erzbeth el grado de libertad que es necesario alcanzar para que el sublime, absoluto y total espíritu del mal sea conquistado. Para alcanzar, en el gesto gratuito del dolor ajeno, el pacto diabólico que sellaron con sus labios: detener el tiempo y alcanzar la inmortalidad que poseerá mientras no se enamore de su ruina. Y para ello debe convertirse en el sino fatal de otros, poner el mundo al revés, ir más allá de los límites y de lo permitido, llena de determinación y coraje a reinstaurar el bien ancestral.

- Darvulia: "Poner del revés las normas no es fácil. Erzbeth. El revés de la montaña es el fondo del mar. Es necesario ir hasta las raíces de nuestra experiencia para volvernos fúlgidos, como diamantes....El revés no es hacer parodias. Te sentás en el cielo y castigás a tus criaturas con el dolor. Eso es una banal imitación de la acción divina...Para ser sublime el mal debe concluir en sí mismo, absoluto y total. No podés ser cruel en nombre de la justicia, por más pervertida que la justicia sea. Dejá a la Inquisición esos placeres. Los espíritus de la noche exaltan a capricho lo casual, la irregularidad de la perfección, la locura...El mal hecho a medias nos vuelve vulgares. El revés del revés lleva, por acrobacia, al absoluto bien. El mal mata al hombre, pero lo hace libre de toda simulación."

En este universo de pulsiones femeninas desbordadas, de riesgo y de excesos, otro personaje, Ilona, perturba a la condesa por el exceso de goce y saber que transmite su canto.

Si no puede existir el mal a medias, la voz de Ilona perturba porque supera el límite de la libertad e inocencia. Motivo para que el vampiro la desee y se obstine en su posesión. Ilona, la fea y simiesca cantora, con su historia de vejaciones y violaciones, ha despertado no sólo la lujuria del vampiro sino también su furia y su avidez de posesión de vidas y cosas que le habilita el linaje y la cultura ancestral en la que reina. Sin embargo, la frágil Ilona se enfrenta con determinación porque el bien que la regula la hace capaz de amar el oprobio y la oscuridad e inmolarse por amor. Para callar esa voz que intenta arrastrarla a la dulzura, la condesa prueba con Ilona un nuevo y atroz instrumento de tortura inventado poco tiempo antes en Nüremberg: la dama de hierro. Ilona, convencida de la finalidad redentora y cristiana de su inmolación, canta mientras las puntas de acero penetran su cuerpo y su sangre baña a la gozosa asesina.

Sin embargo, este vampiro femenino sabe admirar la verdad en su oponente. Por ello, cuando llegan los representantes del rey a atraparla y Dorkó se preocupa por hacer desaparecer el cuerpo destrozado de la doncella, Erzbeth le ordena: "Dejála donde está. Que adoren su sacrificio. Que la hagan santa. Se habrá cumplido su voluntad". La muerte de Ilona no escapa a la norma. Responde a los sutiles lazos que toda relación vampírica instaura. El vampiro desea poseer, apropiarse de la vida (el alma) de la víctima para subsistir, pero entre victimador y víctima se instala un juego maléfico y fascinante en el que la libertad, el poder y la sexualidad están indisolublemente ligados. Por ello, el deseo del vampiro de consumir la sangre y por ende la energía y el alma de su víctima termina siendo correspondido por el mismo deseo de esta última de ofrendar su preciado fluido aunque pierda la vida. Erzbeth lo sabe y se lo dice a Kata, la carcelera: "Terminarás por enamorarte de mí como Dorkó, como Darvulia. Y vos misma entonces me pedirás que te haga el mal".

Sabemos que los monstruos participan desde los orígenes de las cosmogonías encarnando el mal o el caos que amenaza constantemente el orden cósmico. Su destino es ser lo contrario. Y si vampiro y Cristo tiene en común el amor por la sangre es, como explica Erzbeth necesario, "porque los contrarios se asemejan. Uno es reflejo del otro.Opuestos e iguales, intercambian sus partes, se reconocen, uno en el otro. Se necesitan".

El vampiro femenino de la Maraini es un monstruo sabio que está más allá de la regla, porque sabe que su destino es mostrar la otra faz de la luna, o la falacia que esconden los espejos. Si Narciso se perdió al enamorarse de su propia imagen, este Narciso femenino no se engaña y se "extraña" delante de su imagen descubriendo la profunda comunión entre la luna y los espectros. Mirándo(se) en el espejo se dice:

"Es inútil que me mirés con esos ojos de fantasma...Dejáme dormir!...Ese fango lunar que se enrosca en sí mismo. Le gusta mirarse mientras saca afuera de su vientre chato las formas de la vida...Cree que puede parir hijos verdaderos..Puh (escupe) Un espejo que da vida a la vida...Sos más fría que la luna, más rígida que una lápida mortuoria. No podés dar vida, vieja Furia. No podés ser madre, espejo de la desgracia, ni siquiera podés ser esos soplos de luces que se llaman recuerdos. Estás vacía como un pozo vacío y sólo podés abismarte adentro tuyo. Adiós viejo piojo. Ya no te miraré más"

Al comenzar la obra Erzbeth se refleja y habla al enorme espejo que ella misma había diseñado para contemplar durante horas su victoria sobre el tiempo. Lo que se dice mientras la nieve inunda el recinto resulta enigmático:

"Todo ha ocurrido ya. Veinte siglos hace. Cuando el cordero aún no había sido sacrificado y yo tenía la noche en el cuenco de mi mano. Hombre ahorcado, torre suspendida, carretón de fuego. Cómo pudo suceder un oprobio semejante? Ya no queda agua en el fondo del aljibe. El secreto es demasiado profundo como para que pueda ser penetrado. Veinte y más siglos hace que este secreto me ha cortado la lengua en dos"

Pero no lo es tanto cuando comprendemos que después de que el espejo ha vomitado y parido a los personajes de su pasado, la obra se cierra con el mismo parlamento del comienzo, aunque ahora ya ante un espejo vacío. Totalmente vampirizada, Erzbeth "es" el espejo. Con absoluta lucidez, ha elegido amar su ruina, ser el monstruo total. Por ello, explica Pizarnik, "el espejo es su morada y nadie tiene más sed de sangre y sexualidad feroz que esas criaturas que habitan los fríos espejos" (13).

Es un vampiro en busca pero no sólo de exceso vital y erótico, sino esencialmente de la absoluta libertad. Es un vampiro mujer en extrema rebeldía decidido a poner en tela de juicio todos los discursos, ideologías y acciones con que los poderosos victimizan a los sometidos. Mostrar el revés del revés demostrando que la ley y la norma es ejercida por vampiros disfrazados que subliman su sed de sangre en simbólicos rituales sociales.

Y que ella, condenada por cuna y educación a la sumisión y a la condena de su sexo, eligió llevar el mal hasta lo imposible para poder hacer y decir en libertad. Mostrar en hechos y como mujer, lo que la cultura masculina simuló en la escritura. Sola en su amurallado aposento, Erzbeth recita un pasaje del Libro de Enoc (14) donde se menciona a Azazel y sus sangrientas enseñanzas. Aquél que comandó la legión de los doscientos ángeles que violentaron sexualmente a las hijas de los humanos y dieron origen a todas las perversiones y excesos del mundo. La cita contribuye a hacer visible la relación entre su sangriento destino y el de una humanidad que navega ya desde sus orígenes en un interminable río de sangre:

"Y cuando los hombres no pudieron ya contentar a los gigantes se levantaron contra ellos y se lanzaron a pecar en contra de las aves y las bestias, los reptiles y los peces y se devoraron la carne, uno del otro y bebieron sangre..."

Dialogando con sus enemigos, Erzbeth va deconstruyendo todos los supuestos que organizan el entramado ideológico de una sociedad que es desde sus cimientos hipócrita y bestial. Por ejemplo, cuando Ursula, su monjil suegra, le dice (a la niña que era cuando fue enviada al castillo de su futuro marido para educarse con esta despiadada mujer) que no debe ir al bosque sino rezar, Ursula se refiere a Dios como un amante: "El Señor está ávido de tus oraciones. Hazle sentir que lo deseas". Y Erzbeth contesta secamente: "No lo deseo".

Y luego cuando Ursula intenta explicar que Dios quiere que sea feliz haciéndolo feliz a él, la niña comprende el egoísmo que entraña el apotema y contesta: "Soy feliz cuando voy a caballo. Pero Dios no quiere que vaya a caballo. Por lo tanto Dios no quiere que yo sea feliz".

No pudiendo domarla con la dialéctica, Ursula, que ha comprendido la fuerza incontenible del carácter de la niña, la tortura con el látigo para domar su orgullo:

"Ursula: De naturaleza como la tuya nacen los santos. Erzbeth. Yo lo sé. Pero basta un pequeño error para hacer de nosotros un demonio...Atále las manos a la espalda Dorkó...Eso es ... Y ahora azotála con todas tus fuerzas. Dále más fuerte, Dorkó, más fuerte! El orgullo debe ser domado, mi niña, el orgullo debe ser truncado desde el nacimiento porque de lo contrario hará de ti un monstruo. Llorá niña, liberáte, pedí perdón, llorá"

Pero Erzbeth ya es un monstruo y lo sabe desde antes de llegar al castillo. En el viaje hacia su destino de muerte ha elegido no ser como se espera de ella, pensar en vez de dormir y que los "pensamientos le entren por las orejas y le salgan por la nariz". Cuando la nodriza le explica que con la suegra aprenderá a ser una buena esposa y a "acomodar los armarios", siente que el vampiro ya ha entrado a habitarla. Pincha el brazo de Dorkó y succiona su sangre con una expresión cargada de maldad y erotismo: "Erzbeth: Ves esta gota de sangre, Dorkó? La chupo con la punta de la lengua y me la trago... "

En el diálogo que instaura en la fría y lunar superficie del espejo de su prisión con los personajes de sus recuerdos, va recuperando esa ansia de verdad que la posee demostrando las contradicciones y mentiras con que los hombres simulan sus debilidades. Y así hace ver a su marido que: a) el racional Rey Rodolfo cree en vampiros aunque Ferenz trate de convencerla de lo contrario.; b) que Ursula, a pesar y "en razón de" su profunda devoción cristiana, cree fervientemente en adivinaciones y prácticas brujeriles; c) que tan violento y carnicero como un vampiro es Ferenz cuando masacra vidas enemigas en la batalla, aunque crea estar cumpliendo con su deber de buen soldado. Y cuando el Canciller Megvery quiere hacerla confesar de ser la causante de las desapariciones de tantas jóvenes, le demuestra que hay razones que las justifican: naturales (epidemias, lobos), fantásticas (vampiros) y sistémicas (la pobreza e ignorancia de los propios padres que venden sus niñas a los turcos). Pero que las más terribles son las políticas porque son el instrumento más poderoso para la legalización del mal:

"Erzbeth: El Estado se arroga el derecho de verter sangre inocente con el beneplácito de los doctos. Y existen los que lo hacen a escondidas. El placer de la sangre es un antañoso placer, Megvery, misterioso y profundo. No existe quien pueda eliminarlo, pero el Estado puede permitirse este placer, tiene las leyes para imponerlo, los gobernados, no."

Finalmente, hasta la maternidad es puesta en tela de juicio. Y a Anna, la hija embarazada, la hace confesar que más que temer traer al mundo otro vampiro, está preocupada por el honor de la familia puesto en entredicho por tan horripilante progenitora. Erzbeth entonces le aconseja que diga siempre la verdad sobre su madre porque es justamente su genealogía de locura y sangre, lo que certifica su más límpida y profunda humanidad y no su bestialidad: "decí que soy una criminal, que desciendo de una familia de locos y sanguinarios. Que cumplí mi destino hasta el fondo"

La última y más lúcida enseñanza de esta escritura femenina que no se deja "incautar" por el resplandor del sol sino que atravesando la luna reflejada en la fría superficie del pozo (o de los espejos, para el caso es lo mismo) atrapa la más descarnada verdad. Verdad que se patentiza cuando le demuestra que los vampiros, los fantásticos, están desapareciendo de los bosques pero que hay otro tipo de vampirismo, más peligroso y solapado basado en la "simulación y la mentira", Vampirismo atávico que siempre ha existido y que no desaparecerá:

"Si crees que el gusto por la sangre desaparecerá, te equivocás. Tomará otros nombres. Los vampiros aprenderán a beber en vez de sangre, vino. Como el cura en el altar. Sorberán los sueños, los miedos, el espíritu de los mortales y se volverán irreconocibles. Nadie logrará distinguir entre un vampiro y un ser normal. Y esto provocará la caída en el infierno de la vulgaridad cotidiana".

Y que la única salida para conjurar la violenta lujuria que los vampiros reales han instaurado, es la sangre del ensueño que sólo los libros y la imaginación transmiten. Es éste el sentido que impronta el consejo testamentario que envía a Pal, su hijo y heredero:

"Dígale que si se decide a ser soldado como su padre, también él conocerá el sabor de la sangre. Pero si ese sabor le horroriza, entonces que se haga adicto a los libros en los cuales también hay sangre, pero es la sangre del ensueño, menos voluptuosa que aquella que se derrama con las manos, que es quieta y sosegada y no hace nacer odios. Si Pal quiere la felicidad, aquella que la abuela Ursula le auguraba, que se refugie en los libros, que no haga la guerra, que jamás holle los bosques, el lugar de los vampiros".


(*) CROLLA, ADRIANA (Santa Fe - Argentina). Profesora de Letras y de Italiano en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la UNL y en la Universidad Autónoma de Entre Ríos. Especialista en Docencia Universitaria.
Vicepresidente de la AALC (Asoc.Arg. de Lit. Comparada). Fundadora y Directora del Centro de Estudios Comparados. Fundadora y dos veces Presidente de la Asociación de Docentes de Italiano del Litoral. Cofundadora de ADILLI (Asoc. De Docentes e Investig. de Lengua y Literatura Italiana).
Directora de la Revista del Centro de Estudios Comparados: El hilo de la fábula (UNL), se ha especializado en el área de la italianística, traducción, género y los estudios comparados. Participa en publicaciones especializadas de Argentina, Brasil, España e Italia. Publicaciones: Marguerite Duras. Miradas al fin del milenio. (coatura) -UNL 1999. Compiladora y traductora de: "La piel desnuda. Poetas italianas entre milenios" (2000) Laborde Ed. Rosario. Compiladora y co-autora de Realidad y fantasía en las letras italianas. (2005) Centro de Publicaciones UNL- ADILLI -Santa Fe.
Dos veces becaria Intercampus. España y becaria MAE - Italia. Ha dictado cursos y conferencias como profesora invitada en las universidades de Salamanca, Complutense, Barcelona, Sevilla, Málaga, Córdoba y Valladolid (España) y en Macerata, Udine, Milán, Venecia, Bérgamo y Perugia (Italia).

acrolla@fhuc.unl.edu.ar - acrolla@gmail.com


NOTAS Y BIBLIOGRAFÍA

(1) Cirlot, Juan Eduardo: Diccionario de símbolos. Barcelona, Ed. Labor, 1981

(2) Según la mitología griega, Lamia era la hija de Libya y Belus. Zeus se enamoró de ella y, Hera, furiosa porque su marido la había vuelto a engañar otra vez, castigó a la pobre Lamia quien a partir de entonces, estaría obligada a devorar a sus propios hijos. Sin embargo, esto dejó de ser un 'castigo' cuando Lamia empezó a disfrutar con ello porque se dio cuenta de que le gustaba, convirtiéndose así en un ser inmortal que chupaba la sangre de los niños. Pero no sólo Lamia es un vampiro en la mitología griega. Hécate, también. Según la mitología era una diosa pagana asociada con el Inframundo, una triple diosa que representaba tanto a la doncella como a la madre y a la bruja. Se la asocia con los vampiros porque consumía sangre y se le conoce por ser una bruja que dejaba el Inframundo durante la noche para salir a los caminos sedienta de sangre. Por ello se levantaban estatuas que la representaban en los cruces de los caminos y se le hacían ofrendas para tratar de apaciguar su sed de sangre humana. Se pensaba que las Empusais eran las hijas de Hécate, que salían del Inframundo durante la noche con la misma sed de sangre y que tenían la capacidad de asumir bellas formas femeninas para atraer a los hombres.

(3) Alighieri, Dante: La Divina Comedia, Paradiso, XXIII, 26

(4) Citado por Héctor Ciocchini en "Bajo el signo de Hécate y Tisifone: el congreso de brujas" en Monstruos y maravillas, Bs As, Corregidor, 1992, pp.45

(5) Según el historiador Rosell Hope Robbins aparecería documentada por primera vez en Inglaterra en 1734, adonde llegó a través del alemán. Y en francés en 1751, de donde pasó a las otras lenguas románicas. En español está documentada por primera vez en 1843.

(6) http://www.geocities.com/Athens/Delphi/3925/V.htm

(7) Queremos utilizar entonces la categoría científica de "paradigma" para explicar teóricamente este fenómeno y para ello recurrimos al epistemólogo Thomas Khun quien estudiando la forma cómo los científicos elaboran teorías y realizan experimentos llegó a la conclusión de que los cambios revolucionarios que trastruecan las teorías no constituyen un período normal de la evolución científica. Kuhn rechaza la idea de "progreso" en la ciencia ya que un nuevo paradigma no reemplaza uno viejo por ser más evolucionado sino que lo que se produce es la adopción de un nuevo rumbo que implica conocer lo mismo pero de un modo diferente. Khun, Thomas: La estructura de las revoluciones científicas, Méjico, FCE, 1982

( 8) Cutrufelli, Maria Rosa; Guacci, Rosaria e Rusconi, Marisa: Il pozzo segreto. Firenze, Giunti Ed., 1993

(9) Rusconi, Marisa; Capriolo, Paola: Il rifiuto del giorno. Citado en Il pozzo segreto, pp..307

(10) Monzón, Isabel: Báthory: acercamiento al mito de la condesa sangrienta. Buenos Aires. Editorial Feminaria Ed, 1994. http://www.isabelmonzon.com.ar/www.isabelmonzon.com.ar

(11) Sólo dos site en español incluyen el texto de Dacia Maraini (en relación a la puesta en escena de la obra en el Teatro de la SHA de Bs As durante la primavera de 1999 y una mención que hace la licenciada Monzón en un homenaje a la Pizarnik realizado en la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) en esa misma época y del que participó Alejandra Aristegui, la actriz que representó el personaje de la obra de la Maraini). http://www.isabelmonzon.com.ar/www.isabelmonzon.com.ar Si la búsqueda se hace con un buscador italiano como Virgilio, la dupla Maraini- Bathory no se incrementa particularmente ya que sólo aparece en 10 site en relación al teatro de la autora o a un comentario de una puesta en escena de esta obra.

(12) Está publicado de acuerdo al Catalogo dell´Archivio di Teatro en: Maraini, Dacia: Erzbeth Bathory - Il geco - Norma 44. Roma, 1991. Site: http://www.sb.aau.dk/sb/publikationer/romansk/italien03.html.
(Todas las citas son de la versión traducida por Humberto Ceferino Arias, director de la puesta en escena en Bs As y que manejamos en un juego de fotocopias pues nos fue imposible tener acceso a la versión italiana original)

(13) Pizarnik, Alejandra. "La Condesa sangrienta" en Textos selectos, Bs As, Corregidor, 1999, pp.126.

(14) El nombre de Azazel como espíritu del pecado aparece en la Biblia sólo en Levítico 16: 8, 10, 26. El ritual Levítico establecía que el sumo sacerdote debía presentar delante de Jehová, en el día de la expiación, dos machos cabríos, sobre los cuales echarían suertes: una suerte por Jehová y otra por o para Azazel al cual se le trasmitiría el pecado de todo el pueblo. La Vulgata latina dice: chaper emissarius (macho cabrio emisario o macho cabrio que desaparece en el desierto). No ha sido fácil identificar quién era Azazel pero su nombre significa etimológicamente "conducir hacia un lugar desierto".
En el Libro de los Vigilantes, VIII, es considerado uno de los 200 hijos del cielo o "ángeles vigilantes" que descendieron a Ardis, sobre el Monte Armon para copular con las hijas de los hombres. La fuente extrabíblica judía más antigua es el libro etíope Enoc. 52: Azael (1:1 ss) o Azazel (9: 4-6) quien aparece en décimo lugar en la lista de los ángeles caídos. Enoc habla de éste de la siguiente manera: capitulo 9:5 "Has visto lo que Azazel ha hecho; cómo ha enseñado a los hombres toda especie de iniquidad, y cómo ha revelado al mundo todo lo que pasa en los cielos", capítulo 10:12 "Pero la tierra ha sido mancillada por las enseñanzas impuras de Azazel. Así pues, es éste quien debe ser responsable de todos los crímene"s. capitulo 13:1 Dijo Enoc a Azazel: "Ya no hay paz para ti. Una gran sentencia ha sido pronunciada contra ti. El te encadenara. 2- No habrá para ti sosiego ni misericordia, porque has enseñado a los hombres a ultrajar a Dios, a pecar y a tiranizar a tus semejantes".
"Azazel, un altro angelo, insegna agli uomini ad usare le armi e la violenza, e i giganti, nati dall'unione con le donne, cominciano a mangiare carne umana: "La terra ,allora, accusò gli iniqui" e "per la perdita degli uomini, (gli uomini) gridarono e la loro voce giunse in cielo". In risposta alle loro suppliche il Signore manda giù a liberarli i quattro arcangeli. Questi uccidono i giganti, di cui restano gli spiriti, e gli angeli vendicatori attaccano direttamente i Vigilanti, che vengono sprofondati nella terra e che saranno puniti fino al giorno del giudizio". http://www.netliber.com/tesi/santa.htm. Santamicone, Massimo: L´estetica del demoniaco. Dalla rivolta metafísica al paradosso dell´alterità. Università di Perugia, 1999.

(Para ampliar el tema se consultó, además de la Biblia y El libro de Enoc, a varios site, entre ellos http://www.angelologia.it/dizionario.htm)

 

Extraído de: http://www.isabelmonzon.com.ar/maraini.htm

 

 

 



   

 

La Condesa Sangrienta

Alejandra Pizarnik - Selección de capítulos de Ivana Otero [*]

 


LA VIRGEN DE HIERRO

...parmi les rires rouges............
des lévres luisantes et les gestes............
monstreux des femmes mécaniques.............
R. DAUMAL............

Había en Nuremberg un famoso autómata llamado "la Virgen de hierro", la condesa Báthory adquirió una réplica para la sala de torturas de su castillo de Csejthe. Esta dama metálica era del tamaño y del color de la criatura humana. Desnuda, maquillada, enjoyada, con rubios cabellos que llegaban al suelo, un mecanismo permitía que sus labios se abrieran en una sonrisa, que los ojos se movieran.
La condesa, sentada en su trono, contempla.
Para que la "Virgen" entre en acción es preciso trocar algunas piedras preciosas de su collar. Responde inmediatamente con horribles sonidos mecánicos y muy lentamente alza los blancos brazos para que se cierren en perfecto abrazo sobre lo que esté cerca de ella -en este caso una muchacha. La autómata la abraza y ya nadie podrá desanudar el cuerpo vivo del cuerpo de hierro, ambos iguales en belleza. De pronto, los senos maquillados de la dama de hierro se abren y aparecen cinco puñales que atraviesan a su viviente compañera de largos cabellos sueltos como los suyos.
Ya consumado el sacrificio, se toca otra piedra del collar: los brazos caen, la sonrisa se cierra así como los ojos, y la asesina vuelve a ser la "virgen" inmóvil en su féretro.


MUERTE POR AGUA

Está parado. Y está parado de modo
Tan absoluto y definitivo como si
Estuviese sentado.
...W. GOMBROWICZ

El camino está nevado, y la sombría dama arrebujada en sus pieles dentro de la carroza se hastía. De repente formula el nombre de alguna muchacha de su séquito. Traen a la nombrada: la condesa la muerde frenética y le clava agujas. Poco después el cortejo abandona en la nieve a una joven herida y continúa viaje. Pero como vuelve a detenerse, la niña herida huye, es perseguida, apresada y reintroducida en la carroza, que prosigue andando aun cuando vuelve a detenerse pues la condesa acaba de pedir agua helada. Ahora la muchacha está desnuda y parada en la nieve. Es de noche. La rodea un círculo de antorchas sostenidas por lacayos impasibles. Vierten el agua sobre su cuerpo y el agua se vuelve hielo. (La condesa contempla desde el interior de la carroza). Hay un leve gesto final de la muchacha por acercarse más a las antorchas, de donde emana el único calor. Le arrojan más agua y ya se queda, para siempre de pie, erguida, muerta.


EL ESPEJO DE LA MELANCOLIA

¡Todo es espejo!
...OCTAVIO PAZ

...vivía delante de su gran espejo sombrío, el famoso espejo cuyo modelo había diseñado ella misma... tan confortable era que presentaba unos salientes donde apoyar los brazos de una manera de permanecer muchas horas frente a él sin fatigarse. Podemos conjeturar que habiendo creído diseñar un espejo, Erzébet trazó los planos de su morada. Y ahora comprendemos por qué sólo la música más arrebatadoramente triste de su orquesta de gitanos o las riesgosas partidas de caza o el violento perfume de las hierbas mágicas en la cabaña de la hechicera o -sobre todo- los subsuelos anegados de sangre humana, pudieron alumbrar en los ojos de su perfecta cara algo a modo de mirada viviente. Porque nadie tiene más sed de tierra, de sangre y de sexualidad feroz que estas criaturas que habitan los fríos espejos. Nunca pudieron aclararse los rumores acerca de la homosexualidad de la condesa, ignorándose si se trataba de una tendencia inconsciente o si, por el contrario, la aceptó con naturalidad, como un derecho más que le correspondía. En lo esencial, vivió sumida en un ámbito exclusivamente femenino. No hubo sino mujeres en sus noches de crímenes. Luego, algunos detalles son obviamente reveladores: por ejemplo, en la sala de torturas, en los momentos de máxima tensión, solía introducir ella misma un cirio ardiente en el sexo de la víctima. También hay testimonios que dicen de una lujuria menos solitaria. Una sirvienta aseguró en el proceso que una aristocrática y misteriosa dama vestida de mancebo visitaba a la condesa. En una ocasión las descubrió juntas, torturando a una muchacha. Pero se ignora si compartían otros placeres que los sádicos.
Continúo con el tema del espejo. Si bien no se trata de explicar a esta siniestra figura, es preciso detenerse en el hecho de que padecía del mal del siglo XVI: la melancolía.
Un color invariable rige al melancólico, su interior es un espacio de color de luto; nada pasa allí, nadie pasa. Es una escena sin decorados donde el yo inerte es asistido por el yo que sufre esa inercia. Este quisiera liberar al prisionero, pero cualquier tentativa fracasa como si hubiera fracasado Teseo si, además de ser él mismo, hubiese sido, también, el Minotauro, matarlo, entonces, habría exigido matarse. Pero hay remedios fugitivos. Los placeres sexuales, por ejemplo, por un breve tiempo pueden borrar la silenciosa galería de ecos y de espejos que es el alma melancólica. Y más aún: hasta puede iluminar ese recinto enlutado y transformarlo en una suerte de cajita de música con figuras de vivos y alegres colores que danzan y cantan deliciosamente. Luego, cuando se acabe la cuerda, habrá que retornar a la inmovilidad y al silencio. La cajita de música no es un medio de comparación gratuita. Creo que la melancolía es, en suma, un problema musical: una disonancia, un ritmo trastornado. Mientras afuera todo sucede con un ritmo vertiginoso de cascada, adentro hay una lentitud exhausta de gota de agua cayendo de tanto en tanto. De allí que ese afuera contemplado desde el adentro melancólico resulte absurdo e irreal y constituya "la farsa que todos tenemos que representar". Pero por un instante -sea por una música salvaje, o alguna droga, o el acto sexual en su máxima violencia-. El ritmo lentísimo del melancólico no sólo llega a acordarse con el del mundo externo, sino que lo sobrepasa con una desmesura indeciblemente dichosa, y el yo vibra animado por energías delirante.
Al melancólico el tiempo se le manifiesta como suspensión del transcurrir - en verdad, hay que transcurrir, pero su lentitud evoca el crecimiento de las uñas de los muertos- que procede y continúa a la violencia fatalmente efímera. Entre dos silencios o dos muertes, la prodigiosa y fugaz velocidad, revestidas de variadas formas que van desde la inocente ebriedad a las perversiones sexuales y aun al crimen. Y pienso en Erzébet Báthory y en sus noches cuyo ritmo medían los gritos de las adolescentes. El libro que comento en esta notas lleva un retrato de la condesa: la sombría y hermosa dama se parecen a la alegoría de la melancolía que muestran los viejos grabados. Quiero recordar, además, que en su época una melancólica significaba una poseída por el demonio.


BAÑOS DE SANGRE

Si te vas a bañar, Juanilla,
dime a cuáles baños vas
...Cancionero de Uspala

Corría este rumor: desde la llegada de Darvulia, la condesa, para preservar su lozanía, tomaba baños de sangre humana. En efecto, Darvulia, como buena hechicera, creía en los poderes reconstitutivos del "fluido humano". Ponderó las excelencias de la sangre de muchachas - en lo posible vírgenes- para someter al demonio de la decrepitud y la condesa aceptó este remedio como si se tratara de baños de asiento. De este modo en la sala de torturas, Dorkó se aplicaba a cortar venas y arterias; la sangre era recogida en vasijas y cuando las dadoras ya estaban exangües, Dorkó vertía el rojo y tibio liquido sobre el cuerpo de la condesa que esperaba tan tranquila, tan blanca, tan erguida, tan silenciosa.
A pesar de su invariable belleza, el tiempo infligió a Erzébet algunos de los signos vulgares de su transcurrir. Hacia 1610, Darvulia había desaparecido misteriosamente, y Erzébet que frisaba la cincuentena, se lamentó ante su nueva hechicera de la ineficacia de los baños de sangre. En verdad, más que lamentarse amenazó con matarla si no detenía inmediatamente la propagación de las execradas señales de la vejez. La hechicera dedujo que esa ineficacia era causada por la utilización de sangre plebeya. Aseguró -o auguró- que, trocando la tonalidad, empleando sangre azul en vez de roja, la vejez se alejaría corrida y avergonzada. Así se inició la caza de hijas de gentilhombres. Para atraerlas, las secuaces de Erzébet argumentaban que la Dama de Csejthe, sola en su desolado castillo, no se resignaba a su soledad. ¿Y cómo abolir la soledad? Llenando los sombríos recintos con niñas de buena familias a las que, en pago de su alegre compañía, les daría lecciones de buen tono, les enseñaría cómo comportarse exquisitamente en sociedad. Dos semanas después, de las veinticinco "alumnas" que corrieron a aristocratizarse no quedaban sino dos: una murió poco después, exangüe; la otra logró suicidarse.


MEDIDAS SEVERAS


...la loi, froile par elle-même, he
saurait être accesible aux passions
qui peuvent légitimer la cruelle
action du meurtre.
...SADE

Durante seis años la condesa asesinó impunemente. En el transcurso de esos años, no habían cesado de correr los más tristes rumores a su respecto. Pero el nombre Báthory, no sólo ilustre sino activamente protegido por los Habsburgo, atemorizaba a los probables denunciadores.
Hacia 1610 el rey tenía los más siniestros informes - acompañados de pruebas- acerca de la condesa. Después de largas vacilaciones decidió tomar severas medidas. Encargó al poderoso palatino Thurzó que indagara los luctuosos hechos de Csejthe y castigase a la culpable.
En compañía de sus hombres armados, Thurzó llegó al castillo sin anunciarse. En el subsuelo, desordenado por la sangrienta ceremonia de la noche anterior, encontró un bello cadáver mutilado y dos niñas en agonía. No es esto todo. Aspiró el olor a cadáver, miró los muros ensangrentados; vio "la Virgen de hierro", la jaula, los instrumentos de tortura, las vasijas con sangre reseca, las celdas -y en una de ellas a un grupo de muchachas que aguardaban su turno para morir y que le dijeron que después de muchos días de ayuno les habían servido una cierta carne asada que había pertenecido a los hermosos cuerpos de sus compañeras muertas...
La condesa, sin negar las acusaciones de Thurzó, declaró que todo aquello era su derecho de mujer noble y de alto rango. A lo que respondió el palatino... te condeno a prisión perpetua dentro de tu castillo.
Desde su corazón, Thurzó se diría que había que decapitar a la condesa, pero un castigo tan ejemplar hubiese podido suscitar la reprobación no sólo respecto a los Báthory sino a los nobles en general. Mientras tanto, en el aposento de la condesa fue hallado un cuadernillo cubierto por su letra con los nombres y las señas particulares de sus víctimas que allí sumaban 610... En cuanto a los secuaces de Erzébet, se los procesó, confesaron hechos increíbles, y murieron en la hoguera.
La prisión subía en torno suyo. Se muraron las puertas y las ventanas de su aposento. En una pared fue practicada una ínfima ventanilla por donde poder pasarle los alimentos. Y cuando todo estuvo terminado erigieron cuatro patíbulos en los ángulos del castillo para señalar que allí vivía una condenada a muerte.
Así vivió más de tres años, casi muerta de frío y de hambre. Nunca demostró arrepentimiento. Nunca comprendió por qué la condenaron. El 21 de agosto de 1614, un cronista de la época escribía: Murió hacia el anochecer, abandonada de todos.
Ella no sintió miedo, no tembló nunca. Entonces ninguna compasión ni emoción ni admiración por ella. Sólo un quedar en suspenso en el exceso de horror, una fascinación por el vestido blanco que se vuelve rojo, por la idea de un absoluto desgarramiento, por la evocación de un silencio constelado de gritos en donde todo es la imagen de una belleza inaceptable.
Como Sade en sus escritos, como Gilles de Rais en sus crímenes, la condesa Báthory, alcanzó, más allá de todo límite, el último fondo del desenfreno. Ella es una prueba más de que la libertad absoluta de la criatura humana es horrible.


*Ivana Otero, autora de esta selección sobre el texto de Pizarnik, es Licenciada en Antropología. Se graduó en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

 

Extraído de: http://www.isabelmonzon.com.ar/condesaporpizarnik.htm

 

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Breve anatomía de la sombra

Breve anatomía de la sombra

 

Dromedarios abriles en tibios apellidos de nada

 

"Lo que mira en esos ojos

es la nada del universo

mis ojos son ciegos cielos"

G.Bataille

Cierro mis ojos y digo:

cierro las celdas de mi cráneo y digo:

cierro el extraño silencio del ruido

que ociosas van tomando forma de poema y digo:

pienso y no pienso en un asesinato y digo:

me resuelvo triste ecuación cuadrática

entre dromedarios abriles góticos y digo:

pienso en la naturaleza del cuchillo

y me secuestro mientras digo:

a veces pienso y cierro los no  ojos

el mundo parece apretar no mis parietales y digo:

una silaba enloquecida

resbalándose bajo la espalda de junio

toma forma de híbridos ataúdes

y en cada una de ellas

un tibio apellido de NadaAa

 

 

 

 

 

Pez de arena

 

"me arrebata el opio de tu piel hasta

Lo ebúrneo de otra pureza..."

G.Rojas.

 

 

El reloj es un viejo hueso

Abierto a la llaga de esta araña metafísica

Voy detrás del domingo puntualmente a morir

Mientras ella desnuda su fétida barba

y el viejo aliento que la describe

nuestros brazos arrodillados a nuestra cintura

el dorso muriendo hacia el norte

arrebatado los ojos hacia la espalda de su vientre

el pez de arena en la cintura y debajo de la araña milenaria

redunda sobre nuestras manos el granizo

 la lluvia y los cuchillos de enero

la torrente de decir basta y algo más..

mientras ella deshoja cigarrillos  y la curvatura de la bruma

y un disfraz de beso duerme en nuestros labios

en telarañas de lineas góticas y mi sexo un vil Samsa

 

 

 

 

 

 

Tálamo de Borges

 

Costra de Bataille

En el humo desoxigenado de su Borges

El silencio de ayer media un metro

Su latido macabro

Su nariz sangrante

Galopando entre la bicefálica almohada,

Alcohol de Borges  saliva demoníaca de  sus ojos

 Ronda la muerte la casa que nunca habito

El humo rojo del cigarrillo

En nuestro cerebro, su dialéctica equis resbalándose

 En nuestros pavimentados dedos

En el ceso,

De tristeza en tálamos de Borges y no Borges de  ojos amarillos...

 

 

 

 

 

 

 

33 kilómetros de cereal hormigueo

 

33 kilómetros de cereal hormigueo del viejo Tauro

Su tacto se pierde y pare ebrio la idea del 53 reventando coxis

Sueña con un asesinato, un suicidio de palabras

Una

Gota

 

Ci-ca-triza

 

Alcohol borgiano en su sangre en la yema de sus dedos,

Este café no ha recibido más bautismos

 que el desnudo artístico de nuestros  tauros aullantes

a estos todos llaman bobary:

plancha  sucias melancolías

y de noche lava con lagrimas

el

tálamo

la costra aullante

el ano babilónico del milenario Tauro.

Amigo

 y conocido mártir...

 

 

 

 

 

 

Breve Anatomía de la sombra

 

"Eres bella como matar es bello"

G.Bataille.

 

Sinestèsico  esdrùjula

y ùltimamente

duda en mi garganta.

la flor negra de tu sexo

una hoja de hierba que flagela tu risa

eclociòn de goznes que niega a tu noche y le dicta su olor

a mi pecho humedecido

La noche desnuda tu sombra  tu labio  humedecido y peinado

labio de mujer

tus manos tienden la vieja alcoba de la duda en mi garganta

y resumen su silencio a su sexo a tus botones húmedos y aullantes

La noche resuelve su breve anatomía en mi pecho,

inventa ser mujeR...

inventa ser testigo de la sombrA...

 

Alejandro Mauthino

 

Rasgos Sadomasoquistas: La escritura maldita en Farabeuf

Rasgos Sadomasoquistas: La escritura maldita en Farabeuf

 

Por Claudia Reina

El rito es nada más mirarlo.
Farabeuf

 

    Hay que reconocer a Salvador Elizondo como un creador excepcional de infiernos; quizá este sea el punto de inicio para una aproximación a su obra; sin embargo, no es lo único que debe tomarse en cuenta, está también su inclusión dentro de la categoría de escritor maldito, sus influencias literarias provenientes de escritores satánicos (el término no es tan alarmante como parece) y las ideas que subyacen y a veces se repiten (no como tautologías sino como motivos de nuevos descubrimientos) dentro de su obra.
    Qué es ser un escritor maldito. Un recorrido por la historia literaria proporciona nombres que pueden contestar a esa pregunta: Baudelaire, Lautrémont, Bataille, el Marqués de Sade, Rimbaud, Poe. Un escritor maldito va al encuentro de las fuerzas oscuras de la naturaleza humana, desciende a los infiernos, tiene conversaciones sagradas con el demonio, es un poseedor de obsesiones oscuras, casi ininteligibles, tenebrosas, y lo que lo conduce a esto es un estado de zozobra interior que acaso pueda encontrar consuelo en la blasfemia. Las flores del mal y Cantos de Maldoror son ejemplos de esta literatura maldita.
    Un escritor maldito no elige serlo, lo es sin remedio, y tiene que soportar el estigma y el goce de serlo. Salvador Elizondo tiene una vida que refleja su alianza con las fuerzas oscuras que estarán expresadas en su literatura. Sufrió de depresiones, alucinaciones, delirios, hasta el grado de tener que ser internado en un hospital psiquiátrico; su mirada siempre estuvo fija en escritores con los cuales se sintió identificado y a su vez lo influyeron, y en general tuvo experiencias tanto personales como literarias que le transmitieron un conocimiento preciso y perverso del mundo de las sombras del alma humana.
    Farabeuf es un libro siniestro, oscuro, perturbador, confuso. Las situaciones que en él se viven son aún más escalofriantes porque no corresponden a la lógica de los sentimientos o pensamientos de los seres comunes. Por qué, por ejemplo, la Enfermera quiere someterse voluntariamente al tormento sangriento que el doctor Farabeuf ejecuta con maestría; por qué para el doctor no hay placer más exquisito que el de rebanar un cuerpo con sus afiladísimos instrumentos quirúrgicos; por qué la fotografía de un supliciado mediante el tormento llamado "los cien cortes" provoca en la Enfermera el deseo de morir de la misma forma. No es fácil responder a esto y tampoco la novela lo hace; al lector sólo le queda asistir a una serie de actos que quizá no comprenda pero que no puede dejar de observar fascinado.
    No son las anteriores las únicas preguntas que se pueden formular, también hay interrogantes en cuanto a la construcción formal de la novela. Quién narra. Quién es el que inicia diciendo, ¿recuerdas? A quién se dirige. Cómo identificar las voces que de pronto aparecen como fantasmas. Cómo ordenar los acontecimientos sin que nos desordenen a nosotros. Farabeuf pertenece a la novela experimental que proliferó por los años sesenta del siglo pasado en México; entre sus características están la de ser una literatura acogida predominantemente por las élites (es decir, escritores, críticos, que son los que más están familiarizados con los procedimientos de la literatura); tomar preceptos utilizados por el nouveau roman basados en que el narrador no es quien tiene la última palabra y no es, en ciertos casos, absolutamente confiable; la relatividad de la verdad; el uso de una perspectiva fenomenológica de la realidad; etc. El mundo construido por este tipo de novelas no es necesariamente ordenado y lógico; el lector no puede aspirar a que la historia se resuelva al final ni a acabar siquiera con una certeza. No obstante, a este tipo de novelas no se las puede insertar completamente dentro del noveau roman porque entre las características de esta corriente está la de no permitir que las situaciones salgan de su límite; es decir, todo debe permanecer atado a la cotidianidad por más intrincados que sean los métodos narrativos, mientras que en novelas como Farabeuf no es posible permanecer todo el tiempo en la realidad, o al menos no dentro de una realidad "normal", debido a que a veces las situaciones desembocan en lo metafísico o incluso en lo irreal.
    Una mujer espera en una vieja casa ubicada en París la llegada del doctor Farabeuf. Mientras lo espera se entretiene en consultar la ouija o en practicar un método de adivinación chino mediante hexagramas. Eso es todo. Lo demás son rememoraciones, recuperación de diálogos y recuerdos, apariciones repentinas de voces y narradores desconcertantes. El subtítulo de la novela es la crónica de un instante y éste se refiere a ese instante culminante que no llega tan pronto como se piensa, que se retarda cuanto más se extiende la narración de hechos que tienen que ver indirectamente con la llegada de Farabeuf a la casa. Es el arribo del doctor y lo que pasa con la mujer una vez que éste ha llegado. Es un momento de claridad espiritual que sobreviene cuando se conjuntan el suplicio, el dolor, el placer y la ritualidad de todo este acto: "conocerás el sentido de un instante dentro del que queda inscrito el significado de tu muerte que es el significado de tu goce. Aprende; la contemplación del suplicio es una disciplina y una enseñanza". (Pág. 133). La novela es sólo ese instante del cual el lector, intelectualmente, no sabe nada. Es un momento que deja en la incertidumbre, en la sospecha, jamás en la afirmación contundente de lo que ocurrió.
    La ambigüedad es una de las constantes del texto, no es posible sustraerse a esa perspectiva de la realidad que se nos impone. Las interpretaciones acerca de lo que sucede saltan desbocadas, todo es inquietante, y cuando se creía tener una pista se propone una nueva visión. Creo que el texto no puede quedarse en una sola interpretación porque éste no lo permite, nunca da nada a que asirse. Por ejemplo, casi al final de la novela, cuando se tenía más o menos afianzada la identidad del chino supliciado, se dice: "Mire usted esa fotografía con gran cuidado: ¿no reconoce usted a Melaine Dessaignes?" (Pág. 149). ¿Eso quiere decir que el supliciado es en realidad la monja que también es la Enfermera?, ¿o la Enfermera está entre el público que observa la ejecución?, ¿y todo este tiempo que se pensaba que el supliciado era un hombre, era una equivocación?
Salvador Elizondo ha sido un gran admirador de la cultura China y esta influencia se ha traspasado a Farabeuf. "Para la filosofía china el mundo está constituido por un número infinito de correlaciones cambiantes que sólo pueden expresarlo en un instante dado." (Teoría del infierno, Pág. 119). En la novela se da ese instante y todo lo que tuvo que suceder para que se produjera. El I Ching es un libro del cual el escritor tiene conocimiento y del que toma algunos de sus principios para aplicarlos al texto; por ejemplo, el emblema esencial es en donde está expresada la dialéctica del universo, en él están contenidos el yin y el yan (creo que todo mundo conoce este emblema: la esfera dividida por una línea ondulada dividida en blanco y negro, con un círculo blanco en lo negro y viceversa). Esta dialéctica igualmente está expresada de alguna manera en las dos mujeres que aparecen en la novela, o en las acciones de los personajes. Por tanto, es muy importante para una interpretación más acertada tomar en cuenta esta influencia oriental que es básica para entender Farabeuf (para más información acerca de la visión del escritor del I Ching consultar el ensayo titulado El I Ching en el libro Teoría del infierno).
Una de las características de la poesía Mallarmeana es hablar de algo sin nombrarlo nunca. Nombrarlo es destruir el goce. Comparando este precepto con la escritura de Elizondo (quien por cierto es admirador de Mallarmé) puede verse que encaja a la perfección. El escritor sugiere y el lector debe adivinar (y acertar). En el texto se sugiere que la mujer será sometida al suplicio denominado "los cien cortes", pero se sugiere nada más. El lector espera hoja tras hoja la confirmación de esa acción y nunca llega. Se dan pistas; Farabeuf cargando con su maletín lleno de instrumentos afilados, la mujer obsesionada con el suplicio; y sin embargo, jamás llega esa absoluta certeza que indique que en verdad el tormento fue efectuado en el cuerpo de la mujer. Las acciones son casi siempre ambiguas, en un momento el dolor puede transformarse en placer y la vida en muerte sin que nos percatemos apenas de ello.
El Marqués de Sade, Baudelaire y Bataille son referencias imprescindibles para hablar de una escritura maldita practicada por Salvador Elizondo. De ellos ha rescatado muchas de sus ideas y las ha puesto a funcionar dentro de los textos de acuerdo a su estilo y visión particular. Hay también otros escritores como Joyce, Válery y Mallarmé de los cuales ha admirado su manera de construir el mundo ficcional o poético, lo cual se ve reflejado en su obra.
Entre sus influencias no se encuentran únicamente las de tipo literario puesto que también ha sido un gran admirador del cine y la pintura. Luchino Visconti es uno de los directores cinematográficos que ha marcado su obra; la narración insistente manejada con un ritmo obsesionante y el hecho de que los personajes inanimados representen papeles más importantes que los actores humanos son características de las películas de Visconti que pueden encontrarse sin mucha dificultad en Farabeuf. Incluso Elizondo se apropia de técnicas cinematográficas para aplicarlas a la narración, como la sensación de que hay una cámara, a veces móvil, a veces estática, que le va mostrando, a su tiempo, al lector las diversas escenas.
Gironella, Francisco Corzas, Sofía Basi, son algunas de sus influencias pictóricas. Sólo para ilustrar hasta qué grado las ha adherido a su escritura transcribo unas palabras que le dedica a la pintura de Gironella: "Ha pintado un espejo que nos devora y nos hace vivir dentro de él. Ese espejo es una realidad que nos convierte en nada o en la imagen de lo que verdaderamente somos. Espejo canicular del delirio." (Cuaderno de escritura, Pág. 80). Este espejo que menciona, hablaré de él un poco más adelante, es el mismo que aparece en la novela, incluso cumple con las mismas funciones.
El lenguaje es un punto esencial en la narrativa de Elizondo por la especial atención y cuidado que pone en él. Es tal la importancia del lenguaje que incluso llega a ser, en Farabeuf, el protagonista, haciendo que los personajes y situaciones sean meras marionetas manejadas por él. Por ejemplo, es muy común que en la novela una misma situación se narre de maneras distintas, agregando elementos, contradiciéndose, pero sin que el lenguaje pierda en ningún momento su cualidad renovadora; incluso éste da la sensación de estar más vivo que los propios personajes. Elizondo apuesta por un lenguaje que haga más que un lenguaje que diga, lo que provoca que la novela tenga una textura de artificialidad, pero ésta no significa que el escritor no haya logrado dar a su universo ficcional el aire de verosimilitud que necesita, sino que es una artificialidad consciente y buscada. El escritor quiere que el lector sepa que ha creado un mundo de palabras con las cuales ha hecho que se produjeran situaciones que pueden tener sentido o no, eso no importa, lo que importa es que han nacido gracias a un lenguaje en movimiento y evolución, que hace que todo lo que nombre despierte y quede a merced de él. No digo que hace que todo tenga vida porque no es precisamente eso lo que transmiten los personajes; éstos reaccionan a sus mandatos, son fríos, precisos, un mero instrumento para que el lenguaje cree construcciones verbales sorprendentes. El lector está ante el fenómeno verbal en carne viva.
Elizondo ha buscado siempre, no sólo en Farabeuf, un lenguaje estético y lo ha encontrado en la medida en que ha incorporado la poesía en la prosa. Gracias a ello sus textos han adquirido cualidades propias de la poesía como la búsqueda de la economía verbal, la elaboración minuciosa de imágenes, la preocupación por lo que se hace con la palabra. Además de esto, otra característica con respecto al lenguaje es la práctica de una escritura aforística con la cual el escritor puede reducir un pensamiento complicado a unas cuantas turbadoras palabras. Así, su obra es a fin de cuentas un espectáculo (se convierte en espectáculo dado la artificialidad del lenguaje y las acrobacias que se hacen con él) en donde se trata de observar, de mirar, no de explicar lo que sucede.
Hay dos aforismos de Salvador Elizondo que me gustaría transcribir para entrar en el tema de este ensayo: La locura es un estado de lucidez provocado por el conocimiento de la esencia del mal. Y: El mal primero asusta, luego fascina, luego vuelve a asustar. Por qué hablar del mal en Farabeuf. El mal no debe tomarse como una posición moral frente al mundo narrado; de hecho, en la novela, no hay ese tipo de apreciaciones ni los diferentes narradores toman alguna posición particular frente a lo que se está planteando. El mal es la parte oscura del hombre, aquello que no puede entenderse mediante mecanismos racionales; los personajes dejan al descubierto esa parte del alma que se niega y se reprime, se guían por el instinto para conocer más puramente a la belleza, a la muerte o al horror. Siendo así, las acciones de los personajes son impulsadas por el "mal", y éste no puede comprenderse por medio de la inteligencia, ni debe, porque entonces pierde su poder de fascinación; de esta manera se propone presenciar el mal sin que se intente comprenderlo. La novela nos enfrenta con el lado oscuro del corazón, pero va más allá: nos somete a su fascinación.
La fotografía del supliciado, y el suplicio en sí, es clave porque a partir de ella se desencadenan en los personajes sentimientos sombríos. Un hombre chino atado a una estaca, con los brazos echados hacia atrás, es sometido al tormento de "los cien cortes" por cuatro hombres que se afanan en mutilarlo y apretar las ligaduras que provocarán el desmembramiento. El hombre ha cometido un crimen y ése es su castigo, pero eso es lo de menos, la importancia radica en lo que esa carne martirizada está significando para los que la ven. El rostro del supliciado es enigmático; vemos su cuerpo mutilado, sangrante, pero su rostro es el de un santo. La cara alberga una tranquilidad terrorífica para el lector; observa hacia el cielo, ajeno a lo que hacen con su cuerpo. La Enfermera al encontrarse con esta fotografía olvidada quizá entre las páginas de un libro se obsesiona con el tormento de "aquella carne maldita e infinitamente bella." (Pág. 40)
Los personajes que aparecen dentro de la historia son cuatro, esto de acuerdo con mi propia interpretación de la novela pero para quienes estén interesados en leer acerca de otras interpretaciones pueden remitirse al libro La isla desierta cuya bibliografía completa se encuentra al final de este ensayo. Dos personajes son el reflejo, como en un espejo, de los otros dos; éstos últimos, que son el reflejo de los primeros, repetirán las mismas acciones de aquéllos sólo que en espacios cronológicos separados. Farabeuf y la Enfermera son los personajes originales, por así decirlo. La Enfermera, en algún momento, estuvo sentada al final de un pasillo en una casa de París esperando la llegada del doctor; una vez que éste llegó se enfundó las manos en sus guantes, escogió uno de sus instrumentos quirúrgicos y condujo a la Enfermera a un cuarto con la puerta pintada de blanco y la cerraron. Después de un minuto nueve segundos (no por capricho transcribo el tiempo exacto) se escuchó un grito. Eso es todo lo que el lector textualmente puede saber; la novela obliga a interpretar en base a conjeturas: o bien el doctor inició la tortura en el cuerpo de la Enfermara o realizaron el coito. Anteriormente mencioné el tiempo en que tardó la Enfermera en gritar; en un punto de la novela se dice: (...) durante el tiempo que pudo haber durado el acto anteriormente nombrado (coito) -canónicamente un minuto nueve segundos (Pág. 57). En otro momento se menciona que Farabeuf puede amputar una pierna mediante el instrumento quirúrgico adecuado en un tiempo de un minuto con nueve segundos. Cualquiera de las dos cosas pudieron haber pasado en esa habitación.
La Enfermera y el doctor de acuerdo a las situaciones adoptan personalidades diferentes. La Enfermera también fue una monja disfrazada, Mlle. Melanie Dessaignes, quien en unión con Farabeuf, que se disfrazó de reportero, planearon un fraude político-religioso para canonizar al supliciado chino.
Los otros dos personajes son un hombre y una mujer. La mujer que obsesionada por la fotografía del torturado, encontrada en las páginas de un libro, en una casa de Honfleur, está a punto de la locura. También, al igual que la Enfermera en otro tiempo, espera por el doctor en la misma casa parisina, acompañada de un hombre. La identidad de esta mujer es imposible de precisar por lo que todo lo que se piensa acerca de ella es apenas una hipótesis:

No recuerdo nada. Es preciso que no me lo exijas. Me es imposible recordar.
Es necesario que no me atormentes con la posibilidad de esa mentira que he-
mos forjado juntos ante aquel espejo enorme que nos reflejaba entre sus man-
chas y grietas (...). Soy capaz de imaginarme a mí misma convertida en algo
que no soy, pero no en algo que no he sido. (pág. 23)

    La mujer ha perdido la identidad asumiéndose como la Enfermera que estaba a la espera del doctor; sin embargo, su espera no es ficticia, a su debido tiempo llegará un Farabeuf decrépito que ayudado por el hombre hará la representación de la tortura mediante un artificio denominado Teatro Instantáneo. Aquí, al igual que con la Enfermera, no se sabe si en verdad la tortura se llevará a cabo o no.
Con el doctor es diferente, de él se tiene más información porque hay una voz en plural que lo interroga acerca de su vida. No se sabe quienes están detrás de esa voz pero su función es hacer hablar a Farabeuf de sí mismo. Esta voz es muy particular porque uno puede darse cuenta de que está enterada de todas las acciones llevadas a cabo por el doctor; de hecho, la relación entre la voz y aquél es como un sometimiento a un interrogatorio que está obligado a responder, e incluso es posible deducir que esta voz tiene autoridad sobre él por la manera altanera e irónica con que se le dirige. De Farabeuf se sabe que estudió medicina, que en su juventud se acostaba con Madame Bistouri (la Enfermera), que escribió el Précis de Manuel Opératoire, un texto que se volvió un clásico dentro del mundo de la medicina aunque polémico por "el uso tan inapropiado que los literatos están haciendo de él (nótese la ironía)." (Pág. 27). Y que durante su estadía en Pekín, en 1901, fotografió a un chino condenado a sufrir el tormento de los "cien cortes" por haber asesinado a un príncipe. Pero también hay cosas de las que no es posible estar seguros, por ejemplo, ¿cuál es la verdadera relación de Farabeuf con esa mujer que se ha olvidado a sí misma?; ¿quién es aquél hombre que acompañaba a la mujer en la playa de Honfleur en donde ella recogió una estrella de mar que arrojó lejos de sí con asco?; ¿era Farabeuf? Hay aún algo más turbador. Se habla de un espectáculo organizado para que la mujer recupere la memoria y se olvide de sus obsesiones, pero ¿quién es ese hombre que ha llevado a cabo el Teatro Instantáneo con ayuda del doctor?; ¿es el propio Farabeuf desdoblado?; ¿en verdad llegará el doctor a la representación para efectuar una tortura verdadera?
Los tantos espacios de indeterminación en la novela hacen que ésta sea rica en interpretaciones pero por lo mismo la hacen sumamente peligrosa ya que es muy fácil dejarse llevar por la imaginación y darle al texto significados que no tiene. En uno de sus aforismos Elizondo dice: El conocimiento no puede expresar (en el lenguaje) (o con el lenguaje) más que lo siguiente: el conocimiento es imposible (mediante el lenguaje). Y eso es lo que se experimenta al leer el libro; uno se encuentra ante un lenguaje utilizado magníficamente pero también laberínticamente debido a que nos lleva de una incertidumbre a otra. El lector se encuentra ante el pesimismo del lenguaje, su imposibilidad de asir al mundo, de nombrar con exactitud lo que lo rodea. La realidad es inexpresable, dice Elizondo, y es verdad, al menos en la novela, en donde nunca se puede dejar de sospechar que detrás de lo narrado hay algo más, otra realidad, algo que se nos ha escapado a hurtadillas.
    No es mi intención extenderme en la significación del texto porque no es el tema de este ensayo, pero he querido exponer brevemente esta interpretación para que se vea la enorme dificultad de darle a la novela una única explicación, más cuando se tienen personajes y situaciones ambiguas. Sin embargo, quiero agregar algo más; hay dos símbolos recurrentes, un espejo y un cuadro. En el espejo se observan el hombre y la mujer y conjeturan acerca de su existencia, se dicen que quizás ya estén muertos, que tal vez sean sombras de otros, una invención (de la Enfermera y Farabeuf tal vez), etc. Esperan al ver su reflejo la confirmación de su ser pero éste los somete siempre a la duda y a la irrealidad. El cuadro representa una pintura del renacimiento veneciano llamado Amor sagrado y Amor profano (la pintura en realidad existe y es de Tiziano). En ella están dos mujeres, que es una misma pero con diferentes atributos; una es la Venus que representa el amor profano y la otra el amor sagrado. Extrapolando esa información a la novela, la mujer sin identidad representaría lo sagrado y la Enfermera lo profano. Lo interesante es que estas dos mujeres del cuadro son en realidad una sola representando dos caras opuestas, por lo que lo mismo podría pasar con la mujer y la Enfermera y con el doctor y el hombre. Es posible que sólo haya dos personajes y los otros dos entes no sean más que un testimonio, como se hace suponer: ¿Era un verdugo? (se refiere a Farabeuf) / No; era un testigo / ¿Cómo lo sabes? / Yo soy su testimonio (al parecer quien hace las preguntas es el hombre y quien responde es la mujer) (Pág. 138). He querido mencionar estos dos detalles para hacer notar que pueden ser pistas para llegar a la verdadera identidad de los personajes; aunque por otro lado es posible que no sean más que espejismos que no signifiquen nada. La novela recuerda a cada momento que un exceso de confianza en la realidad y el conocimiento se paga caro.
    En Farabeuf se retoman temas típicos de la literatura decadente como el uso de instrumentos sangrientos, la afanosa tarea de cortar cuerpos, los cadáveres putrefactos, etc. Sin embargo, este tipo de textos lo que buscaba era escandalizar al lector; en cambio en la novela no existe intención moral, no existe más que escritura, acciones desarticuladas de moral, personajes que están más allá del bien y el mal.
Coito-tortura, placer-dolor, desnudez-muerte, hay una línea tan delgada entre ellos que traspasándola una cosa puede pasar inmediatamente a ser otra (recuérdese lo mencionado anteriormente; el coito según se dice dura un minuto con nueve segundos y la amputación de un miembro tiene la misma duración; la división entre dolor y placer casi se desvanece). La mujer obsesionada con la foto del supliciado, de tanto observarla, se enamora de ese cuerpo mutilado. El doctor Farabeuf conduce a la Enfermera a la habitación y de un momento a otro el coito se convierte en un acto de tortura. La línea se traspasa casi por instinto, como un proceso ineludible, como una acción anhelada desesperadamente por lo más desconocido del alma humana.
Los cuerpos son bellos únicamente destazados, doblegados ante el filo de un instrumento quirúrgico. Nada es más placentero que ver saltar la sangre de los miembros amputados, nada más hermoso que el cuerpo sometido a su destrucción:

No faltarán minutos para que tu cuerpo se recubra de estrías lentas que la sangre
traza, por gravedad, en las comisuras del cuerpo después de que el bisturí recorre
la piel como una caricia perceptible, pero inequívoca en el florecimiento de las
vísceras que brotan a través de las incisiones como los retoños de una primavera
tenebrosa. (Pág. 153)


La belleza tiene su valor cuando se relaciona con el dolor, el sufrimiento y la muerte porque la belleza, ante todo, debe asombrar y horrorizar al mismo tiempo. Recuérdese el cuadro, la hermosa mujer representada en él adquiere su belleza intrigante en la unión de contrarios. Las cuchillas del doctor Farabeuf hacen que quede al descubierto una belleza que de otro modo hubiese quedado incompleta. Los personajes también adquieren su lógica-estética, sigo apelando a mi interpretación, cuando se unen como contrarios. La Enfermera y la mujer unidas conforman el amor puro corrompido; el hombre y el doctor la relación amorosa violentada.
El amor, otro tema importante en la novela, no puede ser verdadero sin sacrificio, violencia, horror. Bataille dice que el amor-erotismo es el deseo de dos seres por salvar un abismo; la relación amorosa proporciona por unos segundos, en el orgasmo, la cancelación de las fronteras individuales, después de eso el abismo vuelve a imponerse:

Tratarías de reconocer en el brillo de aquella cuchilla afiladísima los reflejos
que produce el sol sobre el lente de la cámara con la que hacía apenas unos
minutos te había fotografiado sentada entre aquellas rocas junto al mar, pen-
sarías tal vez que yo había recobrado la estrella de mar que tú habías arrojado
indiferentemente a las olas y tratarías de descubrir en la punta amenazadora
de aquel bisturí la identidad de esta conjetura improbable sin lograrlo y por
escapar de ese abrazo sangriento que yo te ofrecía con los brazos levantados
en un gesto ritual, abrirías aquella puerta y penetrarías silenciosa, abandona-
da al espanto y a la delicia de una seducción que apenas lograbas imaginar,
sí, penetrarías en aquel cuarto sin decir una palabra, sin implorar clemencia,
como quien se dispone a cumplir con los términos de un convenio y yo te se-
guiría, con las manos en alto, enfundados los dedos en el hule tenso de aque-
llos guantes color de ámbar, silencioso también, prefigurando lentamente en
mi mente tu abandono y tu entrega, tu muerte. (Pág. 118)


    El erotismo y la tortura son inseparables; por un lado, existe el deseo de esa trascendencia casi mística por medio del coito, pero también está el horror del amor, el abismo y la imposibilidad de anularlo a no ser por medio de la muerte. La mujer quiere entregársele muerta al hombre porque es la única manera de estar con él indefinidamente; es por ello que el amor se convierte en un sacrificio sangriento en donde ya no existe el binomio hombre-mujer sino verdugo y víctima. El desmembramiento del cuerpo es un ritual exquisito de entrega; el placer de ver una cuchilla hundiéndose en la carne es provocado por la apropiación de un cuerpo ajeno que se va convirtiendo lentamente en pertenencia del verdugo. El amor es profanar y santificar al otro.
La muerte se presenta como conocimiento y espectáculo. Recordemos la fotografía del supliciado: "-Fotografiad a un moribundo -dijo Farabeuf, y ved lo que pasa. Pero tened en cuenta que un moribundo es un hombre en el acto de morir y que el acto de morir dura un instante (...)." (Pág. 26). Otra manera de convertir a la muerte en un espectáculo representado es mediante el Teatro Instantáneo del doctor, donde se supone que la mujer será enfrentada simbólicamente al suplicio que conduce a la muerte y obtendrá a cambio un conocimiento total acerca de sí misma que la hará volver a recordarse. La descripción parsimoniosa de los cuerpos mutilados funciona como una forma ceremonial de invocar lentamente a la muerte, de hacerla incluso palpable en la persona que se está supliciando. La muerte también se presenta como fascinación, horror y belleza: "Nosotros, inmóviles, suspendidos en la contemplación de esa carroña bellísima, de ese rostro maravillado y cruel, paralizados en ese paroxismo interminable de grito contenido." (Pág. 100).
Es necesario ver todo lo que ocurre en la novela como un ritual, una ceremonia de iniciación, entrega y consumación. No se plantea un descuartizamiento burdo de cuerpos; hay un método, un procedimiento para cada cuchillada. El hombre supliciado es sometido a un martirio sistematizado y el desmembramiento desprende un aire religioso; recuérdese la fotografía del chino, su rostro en éxtasis, de un acto meramente carnal como lo es la tortura se pasa a una experiencia mística que llega cuando el dolor se convierte en un placer exquisito. El sadomasoquismo extendido en toda la novela es necesario para trascender hacia un delirio místico-religioso.
Dolor y placer son otras de las sensaciones que van unidas. En el fondo de las acciones de los personajes hay una búsqueda tenebrosa del placer, un hedonismo perverso. Antes hablé de que para Salvador Elizondo es más vívida la escritura que la realidad, así todo lo que sucede dentro de la novela es mucho más inquietante como ficción que como realidad en gran medida por mediación del tipo de lenguaje usado. En la realidad, lo descrito en la novela sería una simple carnicería; hecho texto se convierte en un ritual:

La experiencia del dolor creo que es más, muchísimo más intensa imaginada
que experimentada; yo creo en los extremos del dolor físico que están repre-
sentados en la fotografía del torturado chino en la que me basé para escribir
Farabeuf, el dolor que expresa esa fotografía es muchísimo muy superior en
términos de literatura; claro está, al dolor físico que experimenta el chino que
está siendo torturado. (En la isla desierta, Pág. 50)

    El lenguaje utilizado para describir las situaciones sangrientas es frío, preciso, como cuando se hace un inventario pormenorizado de los instrumentos quirúrgicos destinados a las mutilaciones. El horror es también producido por los espacios sombríos en que se desarrollan los acontecimientos, ya sea la casa parisina con los pisos cubiertos de periódicos viejos o aquella playa en que la mujer recogió una estrella de mar. Pero también el horror lo constituye un elemento persistente, que anega todos los espacios: el silencio. Hay demasiado silencio en la novela; los personajes callan o hablan ambiguamente, únicamente se oye el gotear de la sangre, el serruchar de los huesos, o hay gestos que no se saben interpretar: ¿qué hace la mujer empeñada en el movimiento de la ouija, qué respuesta espera, qué significa el ideograma chino que ha trazado inconscientemente en una ventana? El silencio se extiende, es por eso que no queda más que mirar, observar cuidadosamente todo para entender cada detalle, y aún así no se puede evitar encontrar un eco en esa voz que dice melancólicamente dentro de la novela: "Muchas veces pienso que no he pasado nada por alto, absolutamente nada, pero hay resquicios en esta trama en los que se esconde esa esencia que todo lo vuelve así: indefinido e incomprensible" (nótese la autorreferencia que se hace, en varias ocasiones, a las mismas complicaciones que tenemos los lectores con la novela). (Pág. 69).
El ideograma, ese signo de silencio y misterio, está presente como símbolo. La realidad es una grafía compleja que conglomera en sí misma muchos significados; una sola línea que se borre o que se agregue y todo cambia; así es cómo se narra en Farabeuf una misma situación que se altera cuando un nuevo elemento entra en acción o cambia. Por ejemplo, el ideograma que la mujer dibuja en la ventana significa número seis, pero también "la disposición de los trazos que lo forman recuerda la actitud del supliciado y también la forma de una estrella de mar, ¿verdad?" (Pág. 150).
Si algo ha retomado Elizondo de los escritores malditos es el erotismo y el horror ante el abismo que hay entre dos personas: esto en Bataille; del Marqués de Sade su deseo de destrucción, de transgredir lo sagrado, de aterrorizar todo lo gozoso; y de Baudelaire su admiración hacia la belleza corrompida, su deleite ante el dolor y el sufrimiento. Pero no sólo estas influencias son a nivel temático, a nivel de lenguaje también hay similitudes. No hacen falta muchos esfuerzos para notar que algunos de los escritores malditos eran unos dandys o snobs, pero su elegancia, su extravagancia y refinamiento eran fructíferos, y se transferían al lenguaje. De tal manera el léxico suele ser cuidado, utilizado con gran conciencia estética; una mirada hacia la novela lo comprueba. Dentro de todo lo sangriento o lo impresionante que puede ser leer acerca de la carne pasada por una cuchilla nos encontramos con que el lenguaje nunca pierde su compostura y se mantiene fresco, renovador, elegante.
No puede dejar de verse a Farabeuf como una novela llena de erotismo (sádico, masoquista, perverso, pero erotismo). La principal imagen erótica la constituye la fotografía del supliciado, en la cual "Bataille (la figura de Bataille aquí es decisiva porque la fotografía aparece en su libro Les Larmes d Eros que es de donde Elizondo la tomó) advierte todas las características esenciales del erotismo: la crueldad, la violencia, la violación de la interioridad del cuerpo humano, la profanación de las estructuras vitales, el atentado contra la interdicción, la fascinación del suplicio y el éxtasis místico." (Teoría del infierno, Pág. 75-76). Es una novela muy sensorial, siempre está apelando a los sentidos, pero también jugando con ellos, confundiéndolos; después de todo no es fácil olvidar palabras como éstas: "¡Quién hubiera pensado que Farabeuf se valdría de ese objeto cuya sola concepción, estudiada metódicamente, es capaz de romper la mente en mil pedazos!" (Pág. 151). Y es como si esa sentencia se hiciera extensiva al lector, ¿acaso nosotros también no estamos siendo sometidos a esa ruptura?, ¿y nuestra mente no está siendo, en cierta manera, supliciada?
Lo último que puedo decir acerca de esta novela es que es un texto que merece leerse y estudiarse a pesar de todas las complicaciones que acarrea. Farabeuf es un infierno textual digno de Salvador Elizondo.

Bibliografía
Tríptico Mexicano
Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Salvador Elizondo
Manuel Durán
SepSetentas 81
México, 1973

En la isla desierta. Una lectura de la obra de Salvador Elizondo
Dermot F. Curley
Fondo de Cultura Económica
México, 1989

Cuaderno de escritura
Salvador Elizondo
Fondo de Cultura Económica
México, 1988

Teoría del infierno
Salvador Elizondo
Fondo de Cultura Económica
México, 2000

 

El sadismo de los cuentos de hadas

El sadismo de los cuentos de hadas

 

Si echamos la vista atrás, cuando no había televisión, ni cine, ni existía la play-station, la historias de tradición oral y los cuentos de hadas que formaban parte de la literatura infantil eran adornados con considerables dosis de crueldad. Antes de los hermanos Grimm, la literatura infantil no existía, pero tampoco existían los niños en la manera en que hoy los concebimos. Hace siglos, los niños nacían uno tras otro, las madres parían como conejas, y estos morían con frecuencia a muy temprana edad, siendo casi ignorados hasta que habían demostrado su capacidad de sobrevivir. Una vez hecho, se incorporaban de inmediato a las filas de los adultos.
Los niños aristócratas eran vestidos con corsés, chalecos y pelucas empolvadas, y los niños de las clases bajas, que eran mucho menos resistentes y enfermaban con facilidad, se ponían a trabajar en el campo. Se les casaba tan pronto como les fuera posible, para que cumplieran con el deber de procrear. La Revolución Industrial del siglo XIX trajo grandes cambios. Las fábricas y las vías de tren se extendieron y los pueblos a su vez se transformaron en ciudades. Las masas de población se extendieron del campo a los centros fabriles y así nació la clase media urbana y la nueva familia victoriana. Los niños, en vez de marcharse de casa como aprendices, trabajaban en las fábricas y pasaban más tiempo en el hogar, y también se tenían menos hijos. De esta manera comenzó a nacer la noción de infancia como un periodo definido de la vida humana, con sus propias necesidades y características, el juego, la educación y la instrucción moral. Al principio los libros eran un objeto de lujo y eran caros, pero mas tarde empezaron a circular a precios económicos.
A medida que la clase media crecía, la tasa de alfabetización aumentaba. Se empezaron a publicar las fábulas de Esopo, y más tarde las de los hermanos Grimm. Estos no tenían gran interés en los niños ni en sus libros, pues eran académicos preocupados por el lenguaje y el folclore y la preservación del patrimonio cultural, pero encontraron el mercado infantil más lucrativo. Las referencias al sexo, al incesto y al embarazo fueron expurgadas, pero se mantuvieron sin embargo la violencia de los relatos, cuya función principal era hacer más dramática la lucha entre el bien y el mal. El objetivo principal era enseñar moral y buenas costumbres a los niños y promover ciertos valores familiares, como la primacía del padre en el hogar, la disciplina, la obediencia y la piedad.
Por poner un ejemplo, durante años circuló un truculento relato sobre una niña que se comía a su abuela. En el camino hacia casa de esta, la niña se encuentra con un hombre lobo, que al enterarse de su destino, la engaña y la hace avanzar por el camino más largo, el de las agujas, mientras él toma el más corto, el de los alfileres. El avispado lobo llega antes, mata a la anciana, pica su carne, mete la sangre en una botella y se introduce en la cama. Cuando llega la pequeña, hambrienta y sedienta, el lobo la incita a beber la sangre y comer la carne de su abuela, metiéndose después en la cama con el malvado. Al descubrir el engaño al que ha sido sometida, finge que quiere defecar y se escapa, soltando el nudo que el lobo le ha atado a la pierna. En otra versión del cuento, la heroína pasa por un río y una puerta y se encuentra con una mujer gruesa que fríe las orejas de la abuela y cocina los dientes. Las versiones que nos han llegado más actualizadas de Caperucita Roja no son tan atroces, pero no dejan de resultar violentas.

posted by ana elena pena @

 

Extraído de: http://anaelenapena.blogspot.com/2004/12/el-sadismo-de-los-cuentos-de-hadas.html