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El Rincón del Diablo

Deseos Ocultos

Deseos Ocultos  

Quedé impresionado cuando la vi. Desde que subí a la combi tuve esa sensación extraña que suele acompañarme en este tipo de circunstancias. Pienso que fue casi como una recaída. Tenerla tan cerca de mí fue, sin duda, el motivo por el cual mi mente y mi cuerpo se estremecieron. Era muy linda, no cabía duda: aquél fue un factor esencial. Pero había algo que la diferenciaba de las demás.  Llevaba bastante tiempo sin consentir malos pensamientos; sin embargo, su sola presencia hizo que me exaltara en demasía. Y parecía ser que yo le agradaba también a ella. Me miraba seria por un momento; luego, esbozaba una sonrisa fugaz, y bajaba la vista. Yo sí la miraba con descaro, algunas veces. Otras no se podía. A pesar que su cuerpo obstruía el panorama de su madre, ella se mostraba vigilante todo el tiempo. Las pocas veces que podía observarla captaba detalles estupendos. A esto, trataba de ocultar ciertas expresiones que denotaran mis inclinaciones. Podía contemplarla y mantener mis sentidos alertas a la vez. Confieso que, la mayoría de veces, la razón se va por el excusado y me dejo llevar por mis instintos. Esta vez no. Como ya dije, hay algo en ella que me hace verla con otros ojos, sin perversión; pero siempre con los deseos deslizándose en la superficie de mi piel. Son pocos los momentos de lucidez. Pero a diferencia de hace algunos años, ahora puedo sacudir la cabeza y decirme: "¡Basta! ¿Cómo se te ocurre pensar semejantes barbaridades?". Ahí entra a tallar mucho la reflexión. Mi capacidad de autocontrol se ha ido trabajando; de lo contrario, mis acciones serían el resultado exclusivo de mis impulsos. Sin embargo, todo se borra cuando empiezo a espiar sus piernas bien formadas, sus brazos delgados, sus pechitos prematuros, casi invisibles, su rostro limpio y risueño, su traviesa sonrisa, la mirada atenta de la madre, y entonces me hago el desentendido y miro hacia la ventana, a cualquier parte menos a ella, como quien no quiere la cosa. Son los primeros indicios de desconfianza los que se notan en el semblante marchito de la madre, los gestos de incomodidad, la seriedad exagerada. Es como la señal que me indica cuidado, que es hora de la retirada.

Las esquinas de la avenida Pardo se van sucediendo, una a una. Pronto, la calle que atraviesa la empresa arriba a lo lejos y pienso que es el instante perfecto para acabar con esta tortura. Le dirijo una mirada más. Ella se da cuenta que alguien le observa. Levanta la cabeza, hace lo mismo, y me sonríe. Correspondo ese saludo-despedida y le guiño un ojo. Quiere reírse, pero lo evita. En el fondo, está siendo mi cómplice. Está aprovechando el ocasional sueño de su madre para hacer de las suyas. Estoy comenzando a creer que se ubicó encima de las piernas de su mamá para bloquear toda vigilancia.

La esquina donde tengo que bajar se va acercando. Le paso la voz al cobrador y pronuncio con fuerza el nombre de la calle. Éste hace lo propio con el conductor. La combi se estaciona. La pequeña está frente a frente con su madre. Me ve bajar. Una vez en la acera, la observo antes de que la combi arranque y sonrío. Ella interpreta positivamente esa sonrisa y me dice adiós con la mano. Puedo ver cómo la madre se sobresalta y mira hacia todos lados. La combi avanza y aquella imagen se va perdiendo por completo. Cada relación es igual: nunca perdura. Me tengo que conformar con su recuerdo persistente, y con la esperanza de volverla a encontrar, algún día, y disfrutar plenamente de su cuerpo lozano. Podría escribir una historia sobre esto. Sí, sólo bastaría con dejar grabado su rostro pueril en mi memoria. Podría sentarme a escribir en la computadora apenas llegue, ahora que la inspiración se desborda; sin embargo, tengo que cumplir con ciertos parámetros de mi vida. Ahora es el mundo y yo solamente. Debo olvidarme de mis deseos ocultos y volver a ser el hombre de negocios que todos admiran.

© Esteban Couto

Chimbote, 03 de agosto de 2005.

 

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