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El Rincón del Diablo

ERÓTICA DEL PAGANISMO

ERÓTICA DEL PAGANISMO

                         ERÓTICA DEL PAGANISMO


                 "Nada agrada más a la naturaleza, que los crímenes con que
pretendemos ultrajarla"
                                                         --Sade-

                     No es tu sexo/ lo que en tu sexo busco/ sino ensucial
tu alma.
                                  Leopoldo María Panero


No soy lo que tú piensas
cuando piensas en mí.
No soy tu ángel
tampoco soy tu sombra.
Yo, soy tu dios
porque otro no existe
        entre tus piernas.

Daniel Montoly © 2005

 


Alucinaciones

Esta noche, justo las vi pasar;
eran góndolas de cráneos
volando como herraduras
entre camuflajeados cuervos.
Mientras grupos de enaltecidos
jóvenes, lanzaban piedras
y zapatos, esperanzados
de poder exorcizar su maleficio.

Daniel Montoly© 2005

 


I
                         "Ir más lejos en cuerpo y pensamiento.
                          Pero saber que hay puertas
                          Que sólo abren al horror".
                                - José María Álvarez-

           Me atrae la ecuménica sobriedad
de sus ojos, Mister Poe,
y aunque los siglos
no han pasado para mentirle
a nuestras caras, sino a nuestros ojos
con grandes pompas, y elogios vanos.
Yo me sepulto en sus versos, y huelo
fresco, el perfume de su tumba:
flores de Pérgamo, arrastrado
por el vuelo rozante de los cuervos
que llegan con el invierno a anidar
        en éstas torres, donde el espanto
reina perenne cuando mis ojos cierran.


Daniel Montoly © 2007

 

 


      LUZBEL


  Soy el andrógino del alcohol
conque se celebra
la natividad de los espíritus.
El sepulcro de rosas
quíntuples, deshojadas
sobre las tumbas. Soy la saga
aventura de los muertos
al verse difluirse
en lo sin forma,
tirado del olvido
por sus anos. Soy las lágrimas
perdidas en los infelices días
de las vulvas infieles. Pero,
también yo soy el éxodo
que nunca empieza.
Llámame mentira, y seré el ángel
 que formicará tu cuerpo
cuando nada exista.

Daniel Montoly © 2007

 

 

 


ESPíRITU DEPREDADOR

Vi su cuerpo
antes
que
el espíritu
vi su trasero
antes
que
el vestido
de segunda
mano.
Encontré
en sus tetas
el lugar
idóneo
para
ahorcar
mi adolescencia.


Daniel Montoly ©

 

CONTRASTES

CONTRASTES

 

 

Voces

 

Estando sin pensar las cosas hablan,

o es Dios quien habla

¿será la nada que alquiló una voz?

 

Me dice:

 

"Sólo espera no vivir de la queja,

recibid entonces la tempestad

que os doy,

 

yo diré sus nombres

mientras recordarles pueda.

 

Queda en el baúl las obras sin color,

las ideas olvidadas en lienzos sin rostros.

 

¿Qué del futuro esperar se puede?

si habitando en lienzos estáis vos

 

viajando en el tiempo que sucede

 

¡sufriendo por mi culpa tal dolor!

 

¡Condenadme  entonces

por haberos creado!

 

¡no me nombres sin razones!

 

¡no me pidas que te ayude!

 

¡no existo ni estoy en los cielos!

 

¡nótame como un invento tuyo,

que a fin de cuentas eso soy!,

 

no me tomes en cuenta en la fe,

 

no pises el planeta

que surgió de la ficción,

 

y no te llames hijo,

 

ni padre,

 

ni madre.

 

Vives y desvives,

donde no hay dioses,

donde no hay nada que os salve

de la eterna perdición".

 

 

Me aturde aquella voz,

 

-algo dice que la ignore-,

(las mismas cosas)

ese mismo -algo inconsciente-

me convence diciéndome

 "esa voz no existe"

 

con el mismo tono de voz

que alquiló la nada.

 

Con el mismo tono de voz

de mi conciencia.

 

 

Desesperanza

 

Emergen del inframundo

almas del infierno,

yacen con aires de terror,

un terror diferente,

de ojos blancos

en un espacio gris y yermo.

 

Retornan los espíritus;

el sortilegio envuelve la mente:

 

se llenan los espacios

de vacilación,

estáticas están las torres

en la móvil catedral

prestas a exorcizar

un escenario vació de pecados,

 

¿Qué serían entonces los malos vientos?

¿Por qué me abruman las ideologías?

¿Qué transmuta la vista, la luz,

los ojos vendados?

 

La tranquilidad del alma

suple por espantosa furia al madrigal,

se envuelve en gritos

las líricas voces del mañana...

 

La esperanza queda entonces divagando,

esperando rendida

sin propiedad alguna,

 

(una superalma virgen, fina, viva,

espera sin saber que sufre de esperanza)

 

Ni la esperanza ilusiones deja,

qué más pedirle a la fe...

 

¿qué más?

 

¡perderse entre la nada queda!

 

 

© Ernesto Intriago

 

Hechicera soy...

Hechicera soy...

 

 

dejo las normas

varadas en los conventos

entre falsas imágenes /

seré esta noche

catedral gótica

agasajada con ángeles barrocos

de báculos en vaivén sugerente /

ya no me importa

ser la niña de vestidos rosa

que junta las manos devotamente

y sigue  sumisa

las oraciones de mamá

o el verbo de sus coterráneos /

esta noche

despojaré de mi cuerpo

las ataduras /

bajo lunáticos reflejos

gozaré de mi cruenta desnudez

correré con los cabellos al viento

y reiré  enloquecida

sabiéndome rebelde y sórdida

a los designios

siendo yegua o ave rapaz

cuando me plazca

y sintiéndote después

habitante de mi vientre

porque esta noche

he colgado mi careta benevolente

al pie del cristo crucificado

 

 

 

 

flauta soy

hechicera soy

de tu pulso agitado

y tus ojos-laguna

formando espirales en la superficie /

mi oscuro encanto gobierna

tu hálito entrecortado y

los movimiento circulares

                                           compartidos

en el eco del espacio nocturno /

envuelta en estoraque estoy

inundando el ambiente

de mis aromas brujos

te visto de ropajes invisibles

transparentando tu bondad

y dejándola a merced de mis instintos /

soy música

melodía magnética soy

equilibrando mis notas en tu pentagrama

y dirigiendo el concierto acústico

de nuestras voces en las horas intensas

                               bajo la luna nueva

 

Christian Ahumada Heredia

 

Esa vez de la mangada

Esa vez de la mangada

 

 

Haciendo mi necesidad estuve por ese maizal que hay abajito junto a la quebrada. Calmosa estaba la noche. Buena luna alumbraba... En eso que estoy por levantarme ya, de un de repente lo veo saltar la pirca a un hombre, propio mi primo Saturnino nomás, sólo que vestido completamente de negro: poncho, sombrero, pantalón, todo, todo... ¿Quéee?, dije entre mí, ¿y quién es pues éste? Calladito me quedé, sin moverme, esperando a ver qué hacía.

Avanzó con cuidado, sin hacer sonar mucho las hojas de las plantas, hasta mitad de la chacra. Allí, alzando ambos sus brazos a la luna, empezó a llamar con voz como de buey:

- ¡Joséeeee! ¡Joséeeee!

Empecé a fajarme rápido maliciando que era el propio Saturnino de asustarme el cholo. Sólo para que después -¡lajla!- a chico y grande les hiciera reír contándoles que me había espantado. Pues hoy sí se ha fregado, dije, está bien que sea ayudante de brujo y todo, pero a mí no me las va hacer. Así pensando agarré un terrón de buen tamaño y lo apunté a la espalda aprovechando que estaba volteado haciendo sus ceremonias.

Para su mala suerte, ¡pojjj!, le cayó, en vez de la espalda, en el cerebro; tumbándolo de nariz sobre los maíces que crujieron rompiéndose con el peso.

Ya que me estaba corriendo, riéndome con ganas, cuando una preocupación me asaltó. Quién sabe lo habré cascado muy fuerte, pensé, y me volví a mirarlo. De veras, botadito, hociqueado ahí sobre el surco estaba el pobre, sin moverse, como desmayado. Ay, caracho, muy fuerte creo que le he dado diciendo regresé a ayudarlo levantarse.

Por agarrarlo que estoy, me doy cuenta al mirar su cara, que no era el Saturnino, sino el propio don Antolín Matos, su patrón; ese hombre que decían que era medio brujo y que era su tío de la Ishica, de quien tiempito ya me hallaba yo enamorado  y paraba atrás atrás nomás de la muchacha.

Asustado, dejándolo ahí tirado, saltando la pirca, me fui esa travesía, a la carrera, antes que fuera a tomar conocimiento y me reconociera.

Después de todo, bienecho, dije, para que otra vez no la esté molestando a su sobrina, para que aprenda a ser hombre.

Eso dije acordándome de esa vez del rodeo en Rayán, de donde me vine apurado pensando alcanzarla a la Ishica por el camino, luego que la vi despedirse de los dueños del ganado que estábamos marcando.

Lejitos, lejitos, por un costado nomás, sin dejarme ver todavía, iba yo; pensando salir de un de repente a encontrarla. En eso, ya cerquita que estoy, me doy cuenta que más abajo, detrás de unos puyós ramosos que daban sombra al camino, estaba parado un hombre como esperándola. ¡Trasss!, se hizo mi cuerpo pensando en que ya tendría su enamorado. Pero de pronto me doy cuenta que donde Antolín Matos nomás era, su tío, que de alguna parte estaría viniendo seguro. Lamentando mi mala suerte, itacado bien mi alforjita, escondiéndome entre los puyós, seguí avanzando un poquito distanciado. 

Haciéndose el gracioso iba el hombre a su lado, medio topándola con el hombro. Parecía un poco mareado y por la forma como le hablaba debía estarla palabreando. ¿Qué cosa?, dije, ¿a su sobrina? Su sobrina legítima es, hija de su hermana. Quería abrazarla quería abrazarla, pero ella no se dejaba. Sacudiendo su hombro botaba el brazo del hombre y se apartaba cada que él se arrimaba mucho. Medio molestándose ya parecía estar la muchacha. Entonces, para ayudarla y por celoso que me encontraba, me puse a toser bien fuerte saliendo a un clarito para que de una vez me vieran. Asustado se apartó él y se volteó a verme con malos ojos. La Ishica también feo se avergonzó. No supo qué hacer. Agachó la cabeza y se volteó. Después empezó a irse esa bajada, con trotecito rápido, mientras el otro, todo desganado, se iba por su tras.

Yo saqué mi hondilla, y disimulé sigueteando a las perdices que saltaban por ahí entre el monte, mientras ellos llegaban ya a la casa del molino, donde, según le oí decir a la Ishica, arriba en el rodeo, estaba su mamá esperándola. Hasta no convencerme no me alejé del lugar. De veras, ahí nomás salió la mujer a darles el encuentro. Sólo entonces, Brujo carajo, diciendo me fui esa travesía, renegando de lo que me había hecho la mala, sin maliciar que ahora, al poco tiempo nomás, sin querer lo tumbaría de hocico en el maizal...

 

 

Haciendo un esfuerzo, Antolín Matos logró levantarse, sintiendo que la cabeza le daba vueltas. A la luz de la luna, vio sus manos, su ropa, manchadas de polvo. La noche, silenciosa, parecía contemplarlo. No entendía aún lo que le había ocurrido:

- ¿José? -fue lo primero que asomó a su boca, no como llamando, más bien como quejándose.

Ahí fue que se agitaron las hojas y estalló una carcajada que hizo caer los choclos que estaban recién macollando. Una enorme lengua de fuego del tamaño de una planta de maíz, habló botando llamaradas, haciéndolo chasnar las hojas:

- ¿Ya estás bien Antolín? -se burló la voz y otra vez feo se carcajeó.

- ¿Fuiste tú, José? - preguntó medio resentido el hombre, pálida su cara, como sin sangre.

Una nueva carcajada le respondió. Al ratito, ya calmándose, dijo:

- Me hubiera gustado Antolín, me hubiera gustado; para que otra vez seas más precavido...

Pero Antolín no estaba ocioso para entrar en averiguaciones, mas otra urgencia era lo que lo atormentaba:

- Te he llamado -le dijo- para prolongar el pacto. Pasado mañana se cumplen los diez años de plazo que me diste. Aún estoy joven y no quiero irme.

- ¡Ajá! -la voz cambió de tono, poniéndose medio seria-. Eso debiste haberlo pensado bien cuando firmamos el contrato.

"¿Ven esa candela que arde en su maizal de don Tito?"

"¡Atatau, mal sitio será o entierro habrá quién sabe!"

"Mejor no miren, puede ser malo".

- ¿Pero no habrá algo que se pueda hacer? -dijo Antolín con voz suplicante-. Sé que a otros les has dado hasta veinte años, y a mí, ¿por qué no?

- Eso depende del arreglo. Contigo fue por diez... a no ser que...

- ¿A no ser qué, José? -brilló en sus ojos una lucecita de esperanza.

- Que cambies tu alma por la de alguien muy querido. Tu sobrina, por ejemplo; a ella la quieres, ¿verdad?

- ¿Mi sobrina? ¿Ishica? ¡Nooooo! -dijo Antolín-. Ella no, por favor...

"Una fea culebra dizque han encontrado la otra noche enroscada en sus piernas de la Ishica, chupándole los senos en lo dormida que está".

"¡Yaaa, qué dizque!... el demonio habrá sido, qué va ser culebra de verdad".

"Allau, se secará esa muchacha".

- Sólo te puedo conceder una cosa -dijo la voz, fría, metálica, que ahora salía de una sombra de pie entre los maizales.

- ¿Qué...? ¿Cuál...?

- Mata a un hombre cualquiera sin darle tiempo al arrepentimiento, en un lugar donde pueda llevarme su alma. Y mucho cuidado con volver a tocar a tu sobrina bajo mi forma. Morirás si algún daño te hacen. Recuerda que eres animal herido...

"¿Y mataron a la culebra?"

"No, dizque, pero la punta de su rabo lo habían trozado con la barreta. Bijuqueándose dizque logró escapar por su chacra del Antolín Matos. Era de colores, encanto seguro. Nadie ha visto culebra asina".

- Está bien -dijo Antolín Matos-. ¿Viviré otros diez años?

- Si cumples, sí -dijo el demonio-. ¡Si cumples! -le advirtió con una carcajada. Y desapareció.   

 

 

Chirapiando estaba y corría viento. De un momento a otro se desataría la mangada. Yo acababa de recoger mis vacas a su corral y parado a la puerta, bien envuelto en mi poncho, reparaba ahora la tarde, neblinosa, triste, viendo cómo  los pájaros, con las alitas cerradas, se dirigían como flechas a sus refugios en los montales al pie de la montaña.

Mi casa, en un altito sobre el camino, aparente es para distraerse mirando a los que pasan, pero eso cuando hace buen tiempo, no como ahora que más tristeza daba.

Ya iba a entrarme a practicar un rato siquiera mi rondín, instrumento en que me hallaba afanado tiempito ya, cuando en eso, como en un sueño, la veo asomarse por abajito por esa única planta de tara que había en toda la travesía, a la Ishica, apurada apurada, mirando el cielo. ¡Aso!, mi corazón cómo empezó a brincar de alegría, igualito como sapo dentro de mi pecho. Estaría viniendo seguro de la casa de los Callán, al pie del molino, donde había vaquería y afanada estaba la gente haciendo quesos todos esos días. Ansioso la llamé antes que se pasara, ¡Ishica! ¡Ishica!, ¿a dónde vas? Viéndome se sobreparó como aprovechando para tomar aliento. ¡A mi casa!, me respondió risueña, ¿a dónde más pues? No sabiendo cómo nomás retenerla, ¡Ven!, le dije, mi mamá te necesita. Sorprendida paró las orejas, ¿Cómo dices?, preguntó. ¡Mi mamá te necesita!, le dije fuerte para que se convenciera que no me había oído mal. ¿De veras?, dijo dejando de sonreír. De veras, le respondí poniéndome serio, sin darle maliciar nomás; ya que ese ratito mi vieja estaría por Chacana o Palillo cambiando papitas por camotes, mientras mi taita también se hallaba por Jimbe negociando reses. De manera que estaba yo solito, huachito, como por acá decimos, sólo esperando su compañía de la Ishica que como mandada se asomaba ahora.

Confiesa subió la cuestita alzando altito su pollera. Para qué nomás será diciendo. Gotas gruesas empezaron a caer de uno en uno reemplazando a la chirapa.

Cuando llegó a mi lado, viendo sus pechos que querían reventar dentro de la tela de percal y más todavía cuando al abrir los brazos para cubrirse mejor con su manta me hizo sentir ese olor a mujer que tanto ansiaba yo; todo nervioso, medio disimulando mi voz que quería temblar por la emoción, le dije nomás que pasara, que adentro estaba mi vieja esperándola; mientras en mis adentros me hallaba luchando conmigo mismo, pensando cuál sería lo más conveniente, si hablarle bonito nomás o a la fuerza arrastrarla de una vez adentro.

Ya que estaba por entrar, como si su cuerpo algo le anunciara, se paró de un de repente y se volteó a mirarme, ¿De veras?, diciendo, ¿de veras ahí está? Sí, le dije acercándome lo más que pude a su ladito, ahí está, Ishiquita, ¿acaso te engaño? "Ahora es cuando", pensé, acercándome a oler su cuello que me apeteció como una fruta fresca cuando lo alargó para llamar a mi vieja por su nombre.

El vapor pegajoso que salía de su seno, por el agüita de la chirapa que había humedecido su ropa, bañó mi rostro y lo hizo incendiar mi cuerpo llenándome de más valor y ganas justo ese ratito en que empezaban a caer más seguido esos goterones que anunciaban la mangada. Abrazándola decidido medio con fuerza, Ishiquita, le dije, adentro está pues mamita, ¿quieres verla? Ella por un momento se quedó rígida, sorprendida nomás; pero cuando sintió que la estaba ya medio arrastrando al cuarto pegando mi cara a sus mejillas chaposas, sintiendo ya su aliento, cómo nomás será dio un sacudón de un de repente y se hizo soltar. De un brinco salió puerta afuera riendo nerviosamente, mientras yo por su tras corría a empuñarla de nuevo.

Como tres vueltas dimos alrededor de la casa atollándonos en ese barro de la lluvia que había caído la noche anterior. En una de esas resbaló mi llanque y caí al suelo, embarrándome. Ella, que me había sentido caer, más allacito se volvió a mirar. Y al verme levantarme todo avergonzado sacudiendo mi ropa, con ganas se huajayllaba yéndose a parar ahí junto a una mata de yerba santa. Atatau cholo, diciendo mana válej, ni correr puedes. Todo desganado y adolorido, me acerqué a la puerta, alegrándome nomás en mi adentro que no estuviera enojada. No he querido agarrarte, le decía yo, dando contestación a sus burlas; pero ella seguía quebrándose de risa, Mejor di no he podido diciendo, y agregaba, Eso te pasa por mentiroso y por mano larga, ¡bienecho!

 

 

Desde la montaña de Tarapucro la estás viendo, Antolín. ¿Es ella? Claro pues, ella es. Deja tu cuerpo ahí entre las chilcas y elévate en forma de águila, y desde el alto míralos. ¿Qué hace ahí solita junto a ese muchacho, ahora que ya la mangada se viene a todo dar desde la Cordillera Negra? Déjalo ya ahí al fondo a Saturnino Mejía, ya debe estar muerto, ¿quién puede salvarse rodando de semejante altura, golpeándose entre las peñas y cayendo al fondo mismo del barranco? ¿Te preocupa lo que gritó en el momento que lo empujabas? "¡Favooor!, me mata don Antolíiiiiin!". Despreocúpate, hombre, por estos sitios solitarios no vive nadie. Sólo las momias de los gentiles que pueblan estos cerros pueden haberte oído...

 

 

No creí que fueras asina, dijo Ishica viendo como el primer chaparrón hacía sonar las hojas de las matas y los rayanes que por ahí crecían, tamaño cholo, pensé que siquiera más serio serías; cómo me has hecho demorar por gusto; ahora ni cómo para irme con esta mangada que me ha agarrado aquí a medio camino..., así hablaba, haciéndose la molestosa nomás; pero en el fondo parecía contenta más bien. No te molestes, Ishiquita, le dije yo, ven arrímate a mi lado, aquí bajo el alero, hasta que pase la primera tanda siquiera; después te vas pues, qué tanto apuro. ¿Así?, ni ociosa de pararme a tu junto, me respondió, sabiendo más todavía lo mañoso que eres, no loca...

Por más que se arrimaba contra las yerbasantas, su ropa empezaba a empaparse nomás, haciéndome ver con gusto cómo se redondeaban sus nalgas y, ¡achallau!, sus pechos.

Al cabo de un rato, no pudiendo otra cosa más que hacer, no le quedó otro remedio que hacerme caso viniendo a guarecerse bajo el alero; pero cuidando de ponerse medio lejitos de donde estaba parado yo.

En eso que entre risa y risa volvemos a la conversación de mi vieja, yo diciéndole que de veras adentro estaba, pero durmiendo, y ella alegándome que era yo un mentiroso; cuando de un de repente, cómo nomás será, bajando del cielo nuboso un águila medio rara, haciendo ¡parrr! ¡parrr! con sus alas, medio queriendo detenerse en el aire, casito nos tumba de un alazo, si no es porque a tiempo nos agachamos y logramos arrinconarnos a la pared haciéndole perder campo en su ataque. Haciéndole perder campo en su ataque. Haciéndonos asustar tan feo, se pasó de largo nomás. ¡Yaa!, ¿qué pues quiere ese animal?, dijo ella reparando con sobresalto por ahí por donde se perdía. Yo también, qué raro, dije, nunca he visto un águila volar tan bajito, más peor por acá donde no gallinas criamos.

 

 

Fue el día anterior que Antolín Matos le dijo a su criado:

- Mañana tempranito te vas a Tarapucro a recoger leña para carbón. He conseguido ya el fierro; necesitamos urgente hacer dos barretas para trabajos de la chacra. Esas que tenemos están muy toscas y son pequeñas...

Y tempranito, Saturnino Mejía, estaba que hacía fogatas por Tarapucro.

Rato ya, pasado el mediodía, cuando se estaba nublando todo, al volverse hacia la cima, vio que su patrón de allí bajaba, poco después nomás que viera un águila sobrevolando las crestas de la cordillera y que ahora había desaparecido.

- ¿Ya estamos? -le preguntó el hombre llegando a su lado.

- Sí, patrón, ya estoy acabando -le respondió.

Antolín Matos apenas miró los pequeños troncos que se quemaban.

- ¿Esto? -dijo meneando la cabeza-, esto no, hombre; ven por acá, por acá hay mejor leña.

Y empezó a bajar por la parte más fea de la montaña, por ahí por donde Saturnino no se había atrevido. 

- Por acá, por acá - le iba llamando, abriéndose paso entre las chilcas, sobre un suelo de filosas rocas.

Saturnino tenía que pisar fuerte para no caer. Antolín avanzaba como si nada.

- Por acá, sí; por acá...

Iban asomándose a donde la montaña se cortaba a plomo. Al fondo, quién sabe a qué profundidad, pasaban las aguas de la quebrada, cubierta de monte.

- De aquí, mira; fíjate dónde hay buena leña...

Saturnino asomó el rostro al hondo de la encañada. Ahí fue que sintió que lo empujaban y volaba por los aires...  

 

 

Con toda fuerza la mangada empezó a caer. El día se oscureció más todavía. Los truenos y los relámpagos se sucedían a cada momento. La Ishica, por el susto sería o de mañosa quién sabe, se había puesto cerquita de mí, como para empuñarla de un salto nomás. Y más que eso, seguía haciéndome zumba que no la había podido dizque agarrar, como provocándome... De un de repente, Qué tanto ya será diciendo di un salto a lo descuidao, y justo la agarré de su monillo como con cólera, sintiendo de nuevo su olor pegajoso que encendía mi sangre. Hoy sí, dije entre mí, por nada la suelto. Y empecé a arrastrarla con todas mis fuerzas; mas sintiendo que se estaba dejando llevar nomás sin poner mucha resistencia, tuve que aflojar un poco para no maltratarla. Sólo cuando vio que iba a tumbarla sobre la tarima luchó un poco agitando sus brazos y arañándome; pero con la ansiedad que llevaba yo encima la hice caer nomás de espaldas sobre la cama. Ahí sí, como un loco empecé a besar su boca, su cuello, sus ojos, mientras la sentía que jipaba en mi debajo, ya rendida, y ahora acariciaba mis cabellos.

En eso, afanado que estoy desabrochando su monillo, siento que, ¡ploc!, algo como un peso blando cae con fuerza, y ahí nomás una picadura como con espina me hace aullar de dolor y revolcarme sobre la cama después de soltarla a la Ishica . No vi nada ese ratito, sólo oí el grito que dio ella y que después quedaba muda, paralizada... Cuando levanté mi cabeza reparé a mi lado, vi que un feo animal, como culebra o como lagarto, cuto de cola, de colores verde y rojo tornasolado, se arrastraba sobre los pechos de ella y le clavaba sus colmillos en el cuello...

Como borracho, sintiendo que mi sangre se volvía quemante, oyendo como en un sueño la granizada que caía sobre la tejas, me paré y busqué como pude el machete que felizmente colgado allí estaba, a la mano. La culebra ya se bajaba ese ratito en que el cuerpo de la Ishica se convulsionaba y empezaba a botar espuma por la boca, mientras su cara se torcía en feos gestos de dolor. El animal se detuvo al verme con el machete, se enroscó en su poca cola, y se rizó, mirándome con sus ojos que reventaban en sangre, listo para saltar, sacando su larga lengua amenazante. Ya cuando mis ojos se nublaban y todo lo veía azul, di un machetazo como al aire, y sin saber si acerté o no, sentí que mi cuerpo se amontonaba, que todo se ponía silencioso, que las tinieblas me tapaban...

 

 

De pronto, como en un amanecer, puedo ver la luz que viene hacia mí o acaso yo estoy yendo hacia ella. Siento que mi cuerpo está liviano, que flota en el aire como neblina o nube... Recién debe haber escampado, porquen las llocllas están que se escurren todavía por la falda de los cerros, mientras arriba brilla el sol en un cielo despejado que da envidia de puro azul... Estoy muy alto de las cosas y las gentes. Y puedo ver lo que hay dentro de las casas. Allí está mi cuerpo abrazado a la tarima, mi cabeza recostada sobre los muslos de mi amada Ishica, que tiene los dientes apretados, crispadas las manos, los ojos congelados... Con la cabeza separada del cuerpo, apenas sanguinolento, sobre el piso terroso, botadita está la culebra. Y sobre las montañas de Tarapucro, enredado entre las chilcas, en medio de un charco de sangre, yace el cuerpo de Antolín Matos, sin ojos y sin lengua; mientras al fondo de la quebrada mi pobre primo Saturnino (¿qué hace?, ¿porqué está allí?), un huequito con sangre tiene en la cabeza, como si algún animal le hubiera sorbido el seso o chupado la sangre. Pero en los alrededores todo está tranquilo; la gente está que va a los pastos, a las lomas, a la vaquería...

 

 

Óscar Colchado Lucio 

Del libro: Cordillera Negra (Editorial San Marcos)

 

La Elegida

La Elegida

 

YO fui la elegida, mi padre con gran antelación me escogió entre todos sus hijos para llevar a cabo esa decisiva empresa. Mis hermanos, tal como lo esperaba, objetaron mi designación. Estaba claro que se sintieron desplazados y que mi condición de hembra los humillaba en su orgullo viril.
Recuerdo, aún emocionada, el instante preciso en que mi padre nos anunció su propósito, había que dar a sus súbditos un ejemplo de voluntad y sacrificio, es decir, una señal que los guiara en el caos en que deambulaban.
La primera competencia nos enfrentó en un torneo de sabiduría en el que uno a uno mis hermanos fueron derrotados. Al final sólo quedamos mi gemelo y yo. Entonces, el rey más excelso nos observó con el rostro severo de siempre y blandió tres preguntas continuas. Tres veces respondimos sin vacilar y noté que mi oponente me espiaba con enfado. Llegado a ese instante supremo, una última interrogante fue propuesta por nuestro padre y luego de largas deliberaciones, un desliz cometido por mi hermano, me otorgó la victoria. Emocionada, acepté el honor de sentarme a la vera del trono sagrado junto al ser más insigne de todos.
El segundo reto consistía en el desafío de fuerza, y como yo imperé en la prueba inicial, esperaría a mi retador entre los que se aprestaban a luchar. Mi padre, gran honor, me concedió el privilegio de dar la señal de apertura y ellos se enfrascaron en una ardua y animada pugna. Mi gemelo se irguió altivo y su primer rival no tardó en lanzar un grito de combate. Pero aquel, tan parecido a mí, poseía la inteligencia de un Dios y su victoria no fue nada complicada. Casi instantáneamente el otro pidió una tregua y luego otra, hasta abandonar la contienda y reconocer su impotencia.
Después del descanso ritual, mi gemelo derrotó a mis otros cuatro hermanos en descomunales encuentros y al pasar a mi lado me contempló con un gesto soberbio y triunfal.
Una nueva pausa me separó de la inminente disputa y nuestro padre levantó el báculo, ordenando el inicio de la gran pelea. Mi contendor conocía a la perfección mis desplazamientos y yo en cambio me veía sorprendida por sus argucias. En vano intenté acorralarlo y sacar partido de mi plasticidad y fueron inútiles igualmente los conatos defensivos que acometí con brazos y piernas. El no tenía igual, pensaba yo, hasta que vino a mi memoria que el haber venido juntos al mundo, me otorgaba el poder de adivinar sus intenciones como él estaba haciendo con las mías. Giré en torno a su delgada figura y realicé las maniobras que él no podría prever, deconcertándolo y casi emparejando el duelo, pero el tiempo que había dispuesto mi padre acabó y al evaluar los logros de cada uno, los de él superaban ligeramente a los míos y fui vencida.
Por decisión de nuestro padre, en la tercera y definitiva prueba sólo mi gemelo y yo participaríamos, puesto que el brillo de la victoria había iluminado nuestras cabezas, dotándolas del halo distintivo de los seres celestes.
Los aspirantes derrotados en las sucesivas etapas, forjaron un círculo cabalístico en torno a nosotros. En sus rostros era fácil interpretar el enorme dolor en que estaban inmersos, pero también la extraordinaria curiosidad por asistir a la proclamación del elegido.
Una densa bruma fue el preludio a la batalla final. Nuestro padre había decidido que la esencia sobre la que mediaríamos fuerzas, sería el amor, sí, lo más sencillo y a la vez lo más complejo, señalaría al heraldo del sublime gobernante en esta aventura histórica.
Luego de unas horas-siglos en las que el tiempo pareció desvanecerse, nuestro padre dio por terminada la primera fase del cuestionario. Nos miró orgulloso, nos arengó con dulzura y propuso una definitiva pregunta, aquella que estaba relacionada con la solidaridad. Los dos demostramos al unísono que pensábamos en los demás antes que en nosotros y que el bienestar de la humanidad estaba por encima de un egoísta individualismo. No obstante, sólo uno podría salir airoso, y tras una extenuante lucha, fui reconocida como la que poseía mayor capacidad de entrega y sacrificio. El glorioso señor calmó como pudo a mi vencido hermano y se me acercó con el semblante inmaculado del cielo. Las lágrimas enturbiaron mis ojos unos segundos pero después asumí el reto con firmeza.
En los días sucesivos, mi gemelo y nuestro padre sostuvieron interminables pláticas, a las que atribuí el carácter de un consuelo paterno, pero a medida que el tiempo transcurría, noté que mis hermanos me espiaban distantes y silenciosos. Yo, de todos modos, continué con los preparativos y fortalecí mi espíritu con extensas plegarias y cósmicas meditaciones y sentí que estaba preparada para los obstáculos que surgirían en el camino.
Mi padre, al anochecer la cuarta luna, solicitó mi presencia y me comunicó sombrío que había sido relevada de la misión en favor de mi gemelo. Yo lo miré estupefacta y tuve que conformarme con suplicar una explicación. Un silencio de hielo detuvo mis pasiones y los argumentos fueron enumerados con frialdad. La conclusión era simple, los antecedentes condenaban a las hembras a una situación oprobiosa a través de los tiempos, porque la primera en ser enviada había cometido un terrible e imperdonable delito y esto dificultaría que la humanidad aceptara mi ejemplo y estuviera dispuesta a seguirme.
En la quinta luna tuve que asistir a la coronación de mi hermano y al ritual que acreditaba su magnificencia, vi sus ojos felices y descubrí en su irónica sonrisa al consejero inseparable que tuvo mi padre esos días. Recién lo comprendí todo y la ira, sentimiento desconocido, se apoderó de mí.
Ya han pasado infinitas lunas y sin embargo la tristeza me agobia cuando sé que de haber sido enviada, muchas cosas hoy fueran distintas, y un sollozo brota de mi alma al ver que nadie sabe de mí, de mis virtudes, de mi auténtica condición de elegida y en cambio todos los hombres recuerdan y veneran a mi gemelo, al que llaman Jesús de Nazareth....

Reynaldo Santa Cruz

 

 

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Reynaldo Santa Cruz. Sociólogo de 33 años, Reynaldo Santa Cruz escribía de pura afición hasta que decidió estudiar literatura en La Habana. Desde entonces, su currículum de premios ha ido creciendo anualmente. El año antepasado obtuvo también una Mención Honrosa en el Cuento de las 1,000 Palabras. Anteriormente había logrado ese reconocimiento en concursos nacionales de Copé, Ricardo Palma, Asociación Peruano Japonesa y en los Juegos Florales de la Católica. En España obtuvo menciones en los concursos "Lena" y "Felguera", y en 1993 se hizo del Premio Internacional Guardo Palencia, convirtiéndose en el segundo latinoamericano en alcanzar tal galardón. Es autor de "La muerte de Dios y otras muertes" publicado en 1990. "La Elegida", presentado bajo el seudónimo "Raquel", reúne los ingredientes de lo mejor del género.

Rasgos Paganos

Rasgos Paganos

 

Mesías

Cuando A asesinó a B, su hermano, contra todos los patrones de la lógica, B resucitó. Entonces A mandó a C, su hijo, a perdonar los pecados del mundo.

 

Deducción

Ellos, después de reflexionarlo un poco, le dijeron: "Tú no puedes ser Dios". No se hizo problemas: creó otra civilización.

 

Involución

El niño no pudo escapar, tuvo que aprender del mundo: vivir en él. Se vio contribuyendo con el avance histórico de la humanidad... Tarde se percató de que lo arrastraba a su fin.

 

Progreso

Abortarás a cambio de prosperidad, le susurró el mundo entero. Fijó su objetivo, construyó un mundo propio: creó un imperio que debía transmitirse por generaciones. Luego, con la cultura que dejara; a través de sus hijos, también movería las riendas del mundo. Estas cavilaciones la retornaron a su anciana existencia, y a pensar en su descendencia, aquella que no alcanzó a tener.

 

Constancia

Soy el que desea cambiar el sistema, soy el mal. Eres quien mantiene las cosas como están, eres el bien. Estoy junto a un dios perdonador y hago todo conforme a su voluntad, soy el bien. Creo en el mismo dios, pero lucho contra otros que también creen en él, soy el mal. Somos los agresores, intentamos dominarlos porque si avanzan nos dominarán a nosotros, somos el bien. Soy el que quiere a su familia y quien vive dentro de los parámetros de la cultura, soy el bien. Realizas actividades no convencionales pero interesantes para ti, pues te permiten ser feliz, aunque esto signifique no entregarte como debieras a los tuyos, eres el mal. Soy el que no entiende ni es entendido; tengo gustos que no se dicen en público, pues herirían susceptibilidades, soy el mal. Quiero hacer lo que se me plazca y no escuchar lo que diga este bien o este mal: ¿quién soy?

 

Daniel Gonzáles Rosales

 

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Daniel Gonzales Rosales(Huarás, 1976). Es Autor del libro Algunas mentiras y otros cuentos, ganador del concurso de cuentos  CONAJU 2006.  Desempeña la labor docente en su ciudad natal  y colabora en revistas del medio y de la capital. Ya pronto nos entregará su segundo libro de cuentos: La felicidad de hallar felicidad.

La Sed Demonia (de la ciudad maldita)

La Sed Demonia (de la ciudad maldita)

‘Nos recibió el rey en el espacioso pórtico de su palacio
y nos condujo al interior de éste, en una de cuyas inmensas salas
vimos una multitud de personas que hacían libaciones en honor a Baco.
Comían con mucho gusto sabrosos manjares, servidos en vajilla de oro.
En cuanto a beber no dejaban de hacerlo ni un solo instante.
Tenían siempre la copa en la mano.'
- Virgilio, La Eneida

 


- Como podemos darnos cuenta - dijo el profe Toño Arrayán alejándose del retroproyector -, la tesis de grado de Bernardo San Roque plantea una hipótesis descabelladamente cuerda.

- ¿Cuál será la mentada hipótesis? - pareció preguntar el silencio que caía sin terminar de caer en el espacio entre los anteojos perspicaces de Alejo Waddington y el entrecejo cuajado de intriga de Manuel Carampangue (el primero se apoya de espaldas a la muralla de la sala próxima al pasillo; el segundo en la claridad que tragan las ventanas de la muralla opuesta en el 3er piso de la Universidad de Playa Ancha, desde donde se domina la entrada de la Quinta Roma y el camino que nos tienta hacia la playa). Por lo que el curso completo de Historia de la Cultura - o Histeria de la Locura, como le dicen los alumnos- cabe tanto física como mentalmente entre ambos mosqueteros, Alejo Waddington y Manuel Carampangue.

- Siempre ha existido una sola ciudad - sentenció el profe Toño Arrayán con el cansancio de estar plenamente convencido -. Nunca ha habido más que una única ciudad. La ciudad.

La voz del profe Arrayán sonó normal, no tuvo la grandilocuencia en frecuencia modulada que se espera en casos como estos; sonó como cuando uno pide que le vendan medio kilo de pan allá en la amasandería, o cuando salta el teléfono rinrineando y uno advierte: ‘si es para mí no estoy'.

Los alumnos miraron todos a la pared posterior y entonces la pantalla del retroproyector se encendió. Mejor dicho se encendió porque los muchachos posaron sus miradas por arriba de la pizarra, acción sin la cual nada se hubiera encendido. O en otras palabras, nada se ha encendido jamás porque la pretendida diferencia de lo que ocurre antes y después de apretar el botón on / off no existe. Apareció un extracto del texto que era la tesis de grado del poeta Bernardo San Roque, con el que supo defender su título de profesor de Historia:

‘‘Allá por los tiempos del Gondwana, cuando la tierra aún latía con el corazón del Primer Continente, allá por esos tiempos o incluso antes vio la luz el día en que el ancestro del ser humano emergió del océano y asentó su huella en la orilla de esta Isla perdida en el mar sideral del Universo.''

‘‘Caminó y caminó con la paz de no tener un paradero que lo clavara a esta o aquella latitud, y a cada tranco que daba se alejaba de su origen anfibio, debiendo olvidar tal origen para ampararse del conocimiento que horadaba con sus pasos. ''

‘‘Mas hubo algo que lejos de pasar al olvido se convirtió en el ímpetu inconsciente que lo guiaba, reminiscencia única de aquella otra vida sustentada en la voluptuosidad de las aguas. ''

‘‘Así la Geografía, madre ora llana ora escarpada, sintió caminar a dichos ancestros mientras el clima y los elementos fueron moldeando aspecto y condición de aquellos peregrinos. ''

‘‘Vio la luz el día en que el primigenio instinto cuadrúpedo se detuvo y fue trocándose en intuición bípeda, aún ruda e incipiente. ''

‘‘Las antípodas del mar sideral de la Isla vieron llegar, por fin, al peregrino y el camino por él trazado: al frente de su prole, de los animales que criaba para inmolarlos a los dioses de su hambre, dirigiendo el traqueteo de su carreta, un hombre puso un pie al lado del otro y quedó inmóvil, con el báculo en una mano y con una copa en la otra, símbolo único del atavismo que ni los siglos ni la aridez de su viaje habían podido olvidar: su sed.''

‘‘Ese hombre se detuvo porque había encontrado sin duda el paraje en donde podría saciar su sed y consolarse del para siempre destierro de los mares; se había encontrado con la vertiente subterránea que asciende en forma de vergel, portando la sangre de la tierra: había descubierto la glauca vid, la enredadera de las hojas de parra, los racimos de pezones de donde chupar el negro néctar: el vino.''

‘‘Este sitio fue el elegido por el hombre para darle tierra a su prole y a sus animales, donde construiría los primeros muros de su ciudad, la única ciudad que ha existido. ''

Los comentarios acudieron a las bocas de los discípulos de Histeria de la Locura, y éstos tuvieron que desviar sus miradas de la proyección hacia las miradas de sus compañeros que ya albergaban la incertidumbre sembrada por las ideas del poeta -y profesor- Bernardo San Roque. Así fue que la proyección quedó abandonada en la pared posterior, y como nadie la miró a partir de entonces, todos allí creyeron de hinojos que ésta se había apagado.

Pero nosotros sabemos que no es así y por qué.

- ¡Qué tesis más pletórica de poesía!- clamaron las cejas aún intrigadas de Manuel Carampangue.

Todos los alumnos comentaron algo a su vez, y como un buen ejemplo citaré las opiniones de Alejo Waddington y de Javier Calaguala. Mas seamos austeros y altruistas: guardémonos de derrochar palabras por un lado; fomentemos la creatividad del lector por el otro; solamente dejaré consignado que los anteojos de Alejo tenían su propia opinión respecto del contexto histórico atravesado por el misticismo; mientras que los cabellos cortos y erizados de Javier Calaguala se pronunciaron con vivo interés por la hipótesis del origen anfibio del ser humano. Que el lector pues proceda de buen grado y complete este siempre incompleto intento que es la escritura.

Entre tanto, empujado quizás por los comentarios de sus alumnos, el profe Toño Arrayán apoyó su mirada en las ventanas, mirada que se descolgó hacia la calle merced al silencio de nuestro catedrático. Sus ojos se percataron de un hecho por él nunca antes visto: en la entrada de la gloriosa Quinta Roma ponía sus pies -uno primero, otro después- el ahora abstemio y siempre mesiánico poeta autor de la tesis, Bernardo San Roque.

- ¿Qué se traerá entre versos este muchacho? - se preguntó nuestro profesor-.

Después pensó: o mejor dicho recordó: ‘‘...el ancestro del ser humano emergió del océano y asentó su huella en la orilla de esta Isla perdida...''

Como buen maestro del poeta tesista en Histeria de la Locura, no pocas de las ideas de Bernardo fueron concebidas por el profe Arrayán.

Tan convencido y firme estaba en estas ideas que siempre estaba a un paso de olvidarlas. Por eso fue normal que las olvidara entonces también y, para disimularlo, recurrió a la promisoria y eminente dupla de su cátedra histérica:

- Pasemos ahora a la interpretación de lo dicho por San Roque. Según lo acordado, es el turno de Alejo y Manuel de exponer sus impresiones - dicho lo cual el profesor ensayó la postura karateca con que se prepara una patada mortífera: extendió sus brazos y sus manos cayeron en ambos extremos; se apoyó en una pierna, elevando la otra semiflexionada. Entonces Alejo puso sus papeles en los brazos del profesor como partituras, y en la pierna flectada dejó el cuaderno. Entre tanto, Manuel armó una caja de cartón y la llevó a los pies de la mesa del profesor. Alejo se disponía a disertar y Manuel visualizaría las ideas con una performance dadaísta.

Pero antes de eso Alejo trazó una línea cronológica en la pizarra de izquierda a derecha; en el principio puso Gondwana y al final escribió Esplendor de la Ciudad Única. Con asombro vieron los compañeros que debajo de dicho esplendor Alejo anotaba: Mundo Helénico.

Todo presto para la exposición crítica de nuestro binomio.

Comenzó Alejo Waddington:

- La sed es el motor de la voluntad humana; lo prueba el estadío anfibio de los antecesores no sólo del hombre sino de toda manifestación mamífera; lo avalan los fenómenos climáticos de entonces que propiciaron los hielos eternos que a su vez devinieron glaciaciones acordes a la magnitud de la sed. Gracias a Dios esto no fue sospechado por Schopenhauer, o si no habría muerto deshidratado, sin lugar a certezas.

Calló Alejo y cedió la acción a Manuel, que metido en la caja - que era de una marca de aceite vegetal - apareció en la pose barroca de un angelito marmóreo, echando un chorrito de agua por la boca. Luego volvió a esconderse entre el cartón.

Retomó Alejo Waddington la palabra:

- Si la sed hidrata la voluntad, el hambre es el mecanismo que asegura la supervivencia de nuestro cuerpo, ese cuerpo que tarde o temprano se pone en marcha impelido a saciar la sed del alma.

Aquí Manuel se puso de pie y, tirando con fuerza hacia arriba de los extremos de la caja, perforó el fondo de la misma con sus pies; quedó pues a bordo de un troncomóvil, o de un cajamóvil o cartónmovil a combustión de aceite vegetal, y se puso a andar en él rondando la mesa mientras alternaba tragos de agua -con los que justificaba su desplazamiento- hasta enterar 9 vueltas en torno a la mesa del profe.

Alejo entonces:

- Mientras camina y caminando traza su camino, el hombre siente el impulso vital de ocupar sus adminículos naturales. Es natural que haga su trayecto ensayando las voces de los idiomas con que logre comunicarse.

Aquí Manuel repitió las vueltas en su cajamóvil, pero no bebiendo sino articulando frases sueltas en varias lenguas muertas: primero en sánscrito; luego en arameo; luego, en el provenzal renacentista, para terminar en el griego de Hesíodo y compañía.

Atento continúa Waddington:

- Hablando es cómo se impone el hombre de la inferioridad en más de un semejante respecto de él; es así como nace la metáfora bíblica del origen óseo de la mujer a partir del hombre. Lo que Dios se guardó de revelar a los profetas es que de las costillas en realidad nacieron las primeras hachas, las primeras lanzas y demás armas con que los antepasados forjarán su dominio.

Manuel detiene su vehículo en mitad de la mesa, se pone de pie y debajo de su polera saca con fingido dolor un fémur de vaca, con el que procede a auto infligirse varios golpes circenses en la cabeza.

Manuel cae exánime dentro de la caja. Reanuda Alejo el discurso:

- Seguro ya de su poder, el hombre sigue caminando sin que la sed lo abandone ni un instante; mas bien es ésta la que lo mueve a realizar todo lo antedicho. Ha de encontrarse un día con el vergel que brota de los cauces subterráneos y se precipitará a morder los cárdenos pezones en racimos de uva, de donde probará el néctar negro que, junto con calmar su sed, la agrandará, teniendo que beber siempre más para colmar su ímpetu. Ahí hará poner la primera piedra a sus esclavos sin costillas, desde la primera hasta la última piedra: así levantará los muros de su ciudad.
Manuel emerge de la caja con la apostura griega del Coloso de Rhodas, portando en una mano el preclaro símbolo del Imperio: una caja de vino tinto, la cual abre y prueba a grandes sorbos.

Y ya pronto a concluir, agrega Alejo:

- Si bien la historiografía comienza a escribirse entre los márgenes del Tigris y el Eufrates, no es sino después, en el piélago de Grecia, donde se consolidará la naciente ciudad ocupada de saciar la sed que la gobierna, congregando a los gentiles en los patios interiores. Tanto para defender la ciudad como para propiciar la sed, los helenos vieronse en la necesidad de conjugar la guerra en los campos que mediaban entre sus murallas y las enemigas. Por lo que la vida de los hombres se consagró a la educación para la guerra. El prototipo de la ciudad única que luego se ha repetido se sitúa en dicha región y no es otra que Esparta. Esparta dominó, entre otras, a la vecina región de Argos, y en su esplendor sujetó a su yugo a la culta Atenas. Nótese que dicho dominio la convirtió en un vasto reino que los libros consignan - y nosotros aquí, para mayor coherencia poética así hemos de referirnos a ella - con el nombre de La Sed Demonia.

Junto con terminar Alejo su intervención, se volvió hacia Manuel de Rhodas, quien empuñando el envase de vino con un brazo extendido comenzó a oscilar entre los bordes internos de la caja, efectuando la clásica pantomima del ascensor, semejando el lento estrépito con que el terremoto se llevaba al monumento, para terminar hundiéndose en el mar, el mismo mar en donde todo había tenido origen.

Y eso fue todo.

El curso de Histeria de la Locura prorrumpió en vítores y se puso de pie aplaudiendo con desaforado fervor a sus dos compañeros. Tanto a Carampangue como a Waddington los sacaron en andas de la sala para llevarlos a celebrar su hazaña a la Quinta Roma, donde mueren los valientes.

Mientras todo eso pasaba, el profe Toño Arrayán volvía poco a poco de los abismos de su olvido, en cuyo borde había estado equilibrando su humanidad para acrisolar el tiempo perdido al que debía su sabiduría. Con sus brazos extendidos evocó los linderos del horizonte donde caben todos los elementos, los que se polarizaron en la punta de los dedos de sus manos que apuntaban hacia la tierra; su pierna hundida en el suelo lo había conectado con las corrientes fluviales que nunca alcanzan la claridad de la superficie, pero que gestan el palpitar de la vida que escapa a nuestros ojos. Y su pierna en alto enarbolaba ese equilibrio que se extendió por ambos mundos, para poder regresar desde lo volátil del olvido hacia el peso del conocimiento a que nos encadena la gravedad de la existencia terrena.

El profe Arrayán supo que el trance se había consumado. Abrió los ojos. Entonces efectuó la patada mortífera por los aires, liberando un grito que recorrió todos los pasillos de la Universidad. Tras lo cual se pasó una mano por el pelo, tomó sus libros de historia y abandonó la sala de clases.

Como corresponde a un templo erigido en honor a Baco, el curso de Histeria de la Locura hizo libaciones con cerveza para celebrar a Rómulo Waddington y a Remo Carampangue en su triunfal entrada a la nunca como se debe respetada Quinta Roma.

Era la algarabía en torno a estos dos césares que lucían sus cabezas ornadas de fragantes coronas del eucalipto circundante por allí.

Cuando, en medio de los brindis, fue Manuel quien vino a percatarse que el verdadero acreedor de todo honor y artífice de toda gloria, el poeta Bernardo San Roque, ocupaba una mesa sobre la que afanosamente escribía en un cuaderno, sin más estimulante que un cigarrillo, al que daba pitadas trémulas y ausentes. Así se lo hizo saber a Alejo Primero; entonces ambos se excusaron ante la plebe y se dirigieron a la mesa magra y sin alegría del poeta Bernardo San Roque.

Sin decir ni Vía Apia se sentaron a la mesa del poeta, quien aparte de mover las cejas con un breve gesto de nerviosismo, en ningún momento cesó de escribir para saludar a sus dos futuros colegas.

Bernardo respiró el aire viciado de aquel coliseo, tratando de calmarse.

- ¿Qué pensamientos te ocupan ahora, poeta? - le preguntó Alejo Waddington-.

- La escritura de un ensayo que me perturba y cuyo nombre es: ‘El Renacimiento Post Apocalíptico' - contestó Bernardo, sin apartar la vista del cuaderno -.

- Sabe que acabamos de exponer sobre tu trabajo de tesis, Bernardo - le dijeron las cejas de Manuel -.

- Al curso le ha sorprendido tu hipótesis acerca de La Sed Demonia - agregaron los anteojos de Alejo -.

- No pronuncies jamás ese nombre aquí en este antro - se apresuró a responder Bernardo, mirando a Alejo con severidad -. Ni aquí ni en ninguno.

- Pero ¿por qué? - inquirió Waddington -.

- Ya les explicaré - dijeron las mejillas sin rubor de San Roque -. Por ahora quiero enseñarles esto.

Y Bernardo sacó debajo de su cuaderno un gran pliego de papel, amarillo de tantos años que habían pasado por él. Lo abrió:

Era un mapa antiquísimo que ilustraba el Continente Primero, y que en sus cuatro vértices contenía dibujos de caracteres humanos representando batallas y sacrificios, ritos caníbales y fornicaciones colectivas. Esta joya de la cartografía habría enloquecido de ambición a los más exquisitos coleccionistas.

A medida que el poeta Bernardo San Roque les enseñaba dichas ilustraciones, nuestros héroes no pudieron más que inclinarse de estupor sobre el mapa y abrir sus bocotas, presos ambos de la más abismante revelación:

- ‘Tenían siempre la copa en la mano' - recordó Bernardo esa frase que armonizaba perfecta con las imágenes de esos hombres que sostenían cada uno un recipiente labrado en la arcilla milenaria -.

Simbologías dispersas por aquel mapamundi hacían referencias a los caminos y destinos que en esa época se harían o ya se habrían hecho: racimos de uva donde todavía nada era edificado; seres inclasificables que en cuatro patas emergían de las aguas y que merced a su propia evolución se internaban en tierra firme, ahora sostenidos por dos piernas desde las cuales mataban, fornicaban, vencían.

- ¡Este es el Gondwana! - profirió Manuel con sus cejas a un tris de colapsar.

Bernardo no le contestó.

En cambio, les dijo (y todo esto acompañado de los respectivos gestos con que iba orientando su relato en los puntos del mapa):

- Estas costas del suroeste corresponderían a lo que hoy es esta larga y angosta faja de tierra que, mal que mal, nos sostiene. Ahí vemos que hay un par de racimos de uva, a diferencia de otros lugares en que hay sólo uno o bien ninguno. Y esto es clave para explicar por qué el hombre se convirtió en sedentario, y por qué construyó la ciudad única sobre los vergeles. Además echa luces sobre el origen de los dioses: los dioses no han engendrado al hombre sino todo lo contrario; los dioses son la excusa para que el hombre de antiguo venga diciendo que las guerras y conquistas son designio divino. ¡Dónde la viste! Ya Platón supo la verdad de toda la imaginería mitológica creada para justificar ¡el dominio de las viñas rebosantes de vino! Esto el divino Platón lo habría plasmado en la poesía que escribió antes de conocer la filosofía socrática, por la que abandonaría la poiesis y quemaría sus poesías, negándonos la verdad para siempre. Pero con documentos como esta cartografía podemos colegir que a lo mejor lo que Platón entrevió fue el inequívoco futuro de los valles y viñedos que serían circundados por las murallas imperiales. ¿Por qué no suponer que esto lo pudo llevar a predecir que hoy, en el fértil Valle Central, se levantaría el Reino de Chile? ¡Imagínense tamaña alegoría velando la verdad detrás de los dioses! :

Júpiter zapateando una cueca sobre las nubes del Olimpo criollo, desatando las lluvias para perpetuar la abundante cosecha.

Afrodita prodigando el amor carnal entre miles de chilensis cuadrúpedus ávidos de vino, después de la refriega de los sexos.

Apolo desdoblándose en rayos solares a lo largo de Melipilla, de Casablanca y Pirque, calentando las tierras con la vida distante a años luz.

Y Minerva levantando Teatros Municipales de la nada donde se exhiban ‘La Pérgola de las Flores' y ‘La Negra Ester' en horarios continuados, que develen la empalagosa idiosincrasia que los chilenos y chilenas debemos al milagro de los mostos.

¡Ah, pero todo esto no es más que un puñado de conjeturas, compañeros! - dijo Bernardo-. Algo que bien pudo haber sido escrito, y que ahora sólo nos es dado suponer.

- De todos modos - dijo Manuel - es formidable poder tener si quiera una idea de lo que la Tierra era en un comienzo, y en cuanto a Chile, los arcanos de su origen...

- Pero sobre todo el origen de La Sed Demonia - acotó Alejo-.

- ¡Te dije que callaras ese nombre, Waddington! - saltó el poeta -. ¿No ves que pronunciarlo en los recintos de Baco es como ofender al tirano en su propia corte? ¡Estás arriesgando la cabeza, hombre!

- No exageres, Bernardo - le dijo Manuel Carampangue -. Si nadie más ha escuchado nada.

- Dinos mejor por qué tanta aprehensión por mentar ese nombre aquí - le dijo Alejo Waddington -. Además es sospechoso que hace tiempo no te vea tomarte un trago.

Y como si el poeta Bernardo San Roque hubiese estado esperando esa pregunta, miró en silencio a sus dos compañeros y respiró profundo; entonces cayó de brazos cruzados sobre la mesa y empezó a hablar despacio (como cuidando que las multitudes que ocupaban la barra y demás mesas no lo fueran a escuchar mientras alzaban sus copas):

- Temo que todo lo que he pensado sobre... La Sed Demonia... (bajó la voz para no escucharse ni él mismo), temo que sea en vano. Algo me dice en silencio que su existencia es real cuando sueño despierto con esos hombres que se muestran los dientes riendo y chocan sus copas en el aire, o cuando me alejo por las veredas frías, y las murallas más altas que mi esperanza se me vienen encima preguntándome ‘¿dónde crees que estás?' ‘¿por dónde caminas, Bernardo San Roque?'. Entonces apuro el tranco y pronto me veo corriendo por las calles, y mi sed me alcanza apenas para beberme la vertiente tibia que emana de mis ojos; voy corriendo para olvidarme que un día... un día perdido en el pasado atendí yo también con fervor a ese fuego que me subía por la garganta y me zambullía en las botellas como un desaforado... No era así la cosa, no se trataba sólo de llenarse la boca con la oquedad líquida de los pezones de racimos colgando de las parras; eso me dije y me lo repetí un día en que todo fue demasiado y comencé a vomitar agua, espasmos de hilitos líquidos que nada, nada tenían que hacer conmigo. Eso sentí. Sentí que yo no era de estas calles y que las puertas de los bares fruncían sus batientes ante mi presencia, y que nada sacaría de allí dentro a los que allí dentro habitaban. Porque, a lo mejor o por desgracia, no pueden vivir sin ello. Tuve la impresión de que esos hombres no podrían vivir fuera de las murallas de la ciudad única, y entonces ¿qué?, me pregunté, ¿qué es en verdad La Sed Demonia?

Bernardo San Roque se incorporó en su silla mirando a sus dos amigos, con la última interrogante flotando inquieta en sus ojos.
Ni Manuel ni Alejo supieron qué decir.

De pronto algo llamó la atención del poeta Bernardo San Roque, que miraba hacia la puerta de la Quinta Roma, buscando algo de calma. Era el profe Toño Arrayán que le hacía señas diciéndole algo.

- El profe, compañeros - dijo Bernardo poniéndose de pie -. Seguro querrá que lo acompañe por ahí a respirar aire puro.

Así se despidió Bernardo San Roque, y se alejó en dirección a la puerta con sus libros bajo el brazo.

- ¿De regreso por los muros de la ciudad? - le preguntó sonriendo el profe Arrayán -.

- No- le dijo Bernardo -, sólo merodeaba para apuntar algunas ideas importantes.

 

 


Alberto Quilapán (Chile)

Texto extraído de la Revista Virtual AUTOSCOPIA:

http://tania.blogia.com/2005/121601-la-sed-demonia-de-la-ciudad-maldita-.php

 

La Otra Orilla

La Otra Orilla

 

El esoterismo evoca generalmente la idea de "secreto", de "disciplina del arcano", de conocimientos reservados. Esta idea, aplicada a la literatura, da como fruto creaciones tan inigualables como "Canto a mí mismo" de Whitman, "Las Ruinas Circulares" de Borges o las mismas "Leyendas" que hicieran conocido a Bécquer. En realidad, no hay escritor que esté ajeno al estudio de las artes secretas condensadas en el Esoterismo. Aquellos elementos que muy pocos conocen, aquellos enigmas de los cuales no se halla explicación alguna y que se le atribuye a fuerzas desconocidas, aquellos misterios en los cuales nos sentamos a reflexionar sobre su inextricable naturaleza, han sido aprovechados por los autores aquí expuestos, entre reconocidos y noveles, para presentarnos un planteamiento sobre esta particular temática y abordarla desde distintos aspectos, desde la incertidumbre de la vida después de la muerte hasta los componentes ocultos que se ciernen sobre hechos insólitos (como la aparición de una silueta blanca a la margen izquierda de un río, o el destino catastrófico de una ciudad que tres niños índigo observan en la lectura del Tarot), teniendo siempre como base una serie de conceptos bien fundamentados, evocándolos de puntos distintos o personales (el amor, la nostalgia, la melancolía o el deseo), y tomando forma con dilucidaciones elevadas.

Se ha tomado en cuenta también los estudios que se han hecho alrededor de la obra de autores reconocidos y que tienen relación con la influencia de lo esotérico para concebir ideas variadamente complejas. Así, Gonzalo Pantigoso nos plantea las concepciones acerca de la naturaleza humana tras la poesía de Whitman; o el trabajo de un ensayista español con respecto a los rasgos desconocidos de Bécquer evidenciado en los sucesos insólitos que plantea en sus "Leyendas". Asimismo, se ha seleccionado de tres escritores representativos de la Narrativa Argentina del siglo XX un cuento, respectivamente, donde se hallan elementos de corte aparentemente fantástico pero con raíces ocultistas, demostrando de esta manera el profundo estudio que han tenido con respecto a la temática abordada en esta sección, de la cual se pueden expandir, como miles de ramificaciones, una infinidad de significaciones sobre la infinidad de misterios que nos envuelven.

Sólo me queda dejar abierta la puerta que separa lo real de lo oculto. Recorran el sendero incógnito revelado para ustedes. He aquí un espacio para los autores que a partir de este punto, plasman en una "pradera color desierto" sus reflexiones.   

 

 

Di@bòliko

 

DIRECTOR OFICIAL DE ESTE INFERNÁCULO