Blogia

El Rincón del Diablo

Perspectivas de lo Religioso

Perspectivas de lo Religioso

 

No es con afán de desprestigiar ni remover los cimientos de nuestra ya arraigada creencia religiosa, anclada en lo occidentalizado, que se apertura esta nueva sección de El Rincón del Diablo. Nada tiene que ver la denominación del blog, por supuesto. Sé que a muchos les resultará chocante echar un vistazo cada mes una edición literaria con tales preceptos y avocando temas tan inquietantes como, a la vez, prohibidos. No se trata tampoco de un sabotaje a la religión que muchos profesamos (sin saber, claro, que es un grosero plagio de Occidente). No es un golpe bajo al Papa, que desde el Vaticano ignorará seguramente (como tal vez no) la existencia de este blog. Se trata de algo disímil que nos habíamos propuesto hacer y que acabamos de plasmarlo. Es la inspección a través de los más oscuros e inexplorados recovecos de la Religión como complejo tema literario el motivo, simplemente, por el cual se ha recopilado e indagado en diversa bibliografía, a la búsqueda extenuante de perspectivas distintas al respecto, para mostrarlas ahora a los visitantes de este sitio web. 

Si nos atrevemos a coger un diccionario cualquiera y buscamos la palabra "religión", encontraremos seguramente un concepto parecido al siguiente: "Conjunto de creencias, normas morales y prácticas rituales relacionadas con la divinidad". Es decir, que no necesariamente hemos de hablar de la divinidad proveniente del Viejo Mundo, afincada en las cercanías de la Península Itálica y extendida en casi todo el mundo cuando hablamos de religión. El estudio de este tema involucra una serie de conceptos basados en las creencias de no sólo ésta sino también de diversas culturas, y que, por supuesto, van asociadas a temas y bibliografía que tienen implicancia con la Sociología, la Filosofía, la Antropología, y otras ciencias que nos permiten una profundidad de análisis, así como el conocimiento de un universo más amplio y diverso.

No necesariamente se tiene que hacer relaciones y conjeturas tiradas de los pelos cuando se observan trabajos como "El Evangelio según Jesucristo" del portugués y Premio Nóbel de 1998, José Saramago. Y es que lo común que se hace al ver estas cosas o al escuchar la palabrita "religión" es imaginar a un templo de adornos de origen barrocos e imágenes de piedra en su interior, con bancas a uno y otro lado, de una alfombra que conduce a un altar que exhibe, detrás, una estatua gigantesca, o quizá una pintura sencilla, de un Cristo crucificado, a la espera inminente de la misa de doce, donde los feligreses han de acudir para juntar las manos, repetir el Ave María como unos auténticos autómatas, arrodillarse, ponerse de pie, hacer lo que el "sumo sacerdote" les diga, y hacer la rutina común y ya conocida por todos los que tienen conocimiento del Catolicismo y sus obscenas variantes. Nos hemos acostumbrado, desgraciadamente, a ver el tema religioso como una rutina digna de viejas beatas, o bien, que debería estar ligado exclusivamente a ello. Inclusive, hasta hace algunos años, en casi todo el Perú (siquiera hoy existen sus excepciones), se dictaba el curso de Educación Religiosa desde el punto de vista Católico, y todo lo que se dijera tenía que ver directamente (yo soy testigo) a las concepciones burdas y exentas del análisis, planteados por esta Iglesia. No es mi objetivo desmerecer a la religión Católica, sólo pienso que la Biblia es una obra literaria de una relevancia tan grande (como lo es también, en sus culturas, el Corán o los libros de Confucio) para dejarlo solamente en la lectura superficial, en la acción tonta de entender al pie de la letra lo que ahí se está planteando. No soy un lector asiduo de este libro, tampoco lo he analizado absolutamente todo con la minuciosidad de un crítico literario, pero sí he capturado ciertas partes de aquel volumen y me he sentado a interpretar, por lo menos, la significancia de los hechos en el Éxodo, los poemas del rey Salomón en Cantar de los Cantares, o las parábolas (de rasgos evidentemente metafóricos y con aire pedagógico) de uno de los Evangelios en el Nuevo Testamento. Y sé que hay planteamientos muy distintos a los que comúnmente la gente les daría. Saramago tuvo una visión diferente del Evangelio e hizo una obra maravillosa, la cual podemos observarla ahora en cada librería, y leer un estilo tan complejo como sencillo para abordar el estado humano del que por hoy es, quizá con justicia, el personaje más célebre de la Historia de la Humanidad.

Hablar de religión es también avocarnos, como dije líneas atrás, a la noción de otras religiones, de otros ritos o creencias. Eso implica, asimismo, tener en cuenta, por ejemplo, que el Satanismo es una religión y tiene sus fundamentos, lo cual no quiere decir que esto es una apología a ello o que al terminar de leer los textos de este blog el lector quedará convertido en un perfecto ateo, en un seguidor de la religión satánica o en un buscador de una creencia más o menos veraz y acorde a su filosofía de vida. Retratamos aquí, tan sólo, un conjunto de trabajos -literarios en su mayor porcentaje- que tiene como tema principal (acaso oculto, o como una sencilla referencia para mostrarnos una idea mayor) a la Religiosidad, a sus miles de facetas y conceptos ligados a una serie de creencias referidas a lo místico-divino, de una manera general.

Así, se han recogido y seleccionado textos que hemos podido encontrar en la red, en revistas literarias y que nos han enviado como colaboración para esta edición, con relación a esta temática. Entre ellos encontrarán una semblanza de la vida y obra de H. P. Lovecraft, escritor estadounidense de la primera mitad del siglo XX; una selección de textos de Los Versos Satánicos de Rushdie, que nos plantean una mirada distinta y una seria crítica de la religión musulmana; un ensayo sobre la novela de Saramago: El Evangelio según Jesucristo, entre otros artículos; una selección de poemas de jóvenes poetas, entre los cuales destaca la figura de Cecilia Podestá, peruana, y que entre sus creaciones publicadas en su reciente blog Muro de Carne, nos vuelve a sorprender con una visión más claramente humana del personaje bíblico de María, a manera de continuación de su trabajo hecho en La Primera Anunciación; y cerrando esta edición, cuatro trabajos narrativos de autores reconocidos a nivel nacional e internacional, como lo son Reynaldo Santa Cruz u Óscar Colchado Lucio, este último, fiel a su estilo, mostrándonos ciertos rasgos del tema religioso en una acertada mezcla con la idiosincrasia de la gente del Ande, su cultura, sus muchas creencias, y brindándonos uno de los cuentos mejor estructurados de su libro Cordillera Negra, ya editado por muchas editoriales hoy en día, poseyendo en el fondo un tinte real-maravilloso, que por el contexto podríamos llamarlo Mágico-andino y que refleja los dogmas, credos y la forma de vida de aquellos hombres.  

Como pueden ver, son muchas las variantes y posibilidades que se pueden apreciar cuando se toca un tema tan delicado pero definitivamente interesante y profundo como lo es la Religión. No muchos tomarán con la seriedad esperada (o, mínimamente, con cierta gracia), el trabajo aquí expuesto. Nos falta, pues, mucha madurez para afrontar este tipo de temas con serenidad y una visión abierta, sin hermetismos ni objeciones infantiles. Esperamos, entonces, haber empezado por algo y, concientes de la hecatombe inminente, hemos de continuar, sabiendo que nada está perdido.

Cerrando así este discurso a manera de Introito, nos queda abrirles las puertas a una habitación de luces que, puede no anuncien un Paraíso, pero sí una perspectiva personal y nueva de cada autor sobre la temática abordada. No están obligados, claro, a continuar leyendo. El Libre Albedrío existe y, por lo tanto, son libres de conocer o no este ámbito, desde una posición mas bien literaria, pero sin una venda gris en los ojos. Pueden desertar o seguir con el camino escogido. Sin embargo, como dicen en los textos bíblicos, el que quiere oír que oiga. En este caso, los que deseen, véanlo a continuación.

 

 

Di@bóliko

DIRECTOR OFICIAL DE ESTE INFERNÁCULO

 

 

Salman Rushdie y Los Versos Satánicos

Salman Rushdie y Los Versos Satánicos

 

Salman Rushdie (1947), novelista británico de origen indio, nació en Bombay y estudió en la universidad de Cambridge. Entre sus primeras publicaciones destacan las novelas "Grimus" (1974), "Hijos de la Media Noche"(1981), una alegoría de la india moderna y "Vergüenza" (1983), donde emplea la fantasía y los sueños a la manera de los surrealistas. También escribió una crónica de sus viajes por Nicaragua "La Sonrisa del Jaguar" (1987) y en 1991 escribió un libro para niños llamado "Harún y el mar de las historias".

"Los Versos Satánicos", novela publicada en 1988, combina la fantasía con la reflexión filosófica y el sentido del humor. Muy bien recibido por el occidente, despertó las iras de los musulmanes shilies, quienes lo consideraron un insulto al Corán y a Mahoma y a la fe islámica. En consecuencia fue prohibida en Irán, Pakistán, Sudáfrica, Egipto y Arabia Saudita. En 1989 el ayatola iraní Ruhollah Jomeni condenó a muerte al autor y a todos los implicados en la publicación del libro, y en 1992 se puso precio a su cabeza por valor de 5.000.000 millones de dólares. A pesar de que Rushdie se retractó públicamente y redactó una declaración en la que manifestaba su adhesión al Islam, la "fatwa" le condenó a la pena de muerte. En septiembre de 1998 el gobierno de Teherán se distanció públicamente de la orden de la ejecución y afirmó que su gobierno no atentaría contra la vida del escritor. Sin embargo en febrero de 1999 los sectores más conservadores de Irán reafirmaron su intención de reanudar la condena y hacerse cargo de la financiación de la recompensa. Durante todos esos años el autor ha permanecido oculto, aunque ha aparecido ocasionalmente en actos públicos de manera inesperada y ha concedido algunas entrevistas. En 1995 publicó "El Último Suspiro del Moro" y en 1997 "Oriente, Occidente".

 

Mahoma, desesperado por atraer hacia su causa a los habitantes de la Meca, fue tentada por Satán para proclamar como revelación divina determinados versículos que, de hecho, eran una perversión de la verdad. Estos versículos reconocían a tres diosas que los residentes de la Meca adoraban, otorgándoles un lugar en el islam como intermediarias entre unos y los Hombres al oír esto las gentes de la Meca aceptaron el islam. Sin embargo, el ángel Gibreel comunicó más tarde a Mahoma que la supuesta revelación provenía de Satán y no de Dios, y le reveló las palabras exactas (que hoy se pueden leer en el Corán) en la versión ortodoxa, las diosas eran descalificadas como "meros nombres", sin poder ni verdadera identidad, cuando les fueron revelados los versículos auténticos, los habitantes de la Meca abandonaron el Islam y abrazaron sus antiguas creencias paganas.

Partiendo de aquella premisa, "Los Versos Satánicos" de Rushdie vendría a ser una recreación actual o una alegoría insólita, plena de humor, de dos sociedades confrontadas en su idiosincrasia y creencias religiosas, evidenciado en el carácter y el pensamiento de los personajes, dando especial énfasis a sus conflictos interiores y asociándolos a retazos de la religiosidad musulmana. Como muestra del planteamiento interesante de esta novela van a continuación unos fragmentos, textos alejados entre sí, aparentemente dispersos,  pero que guardan relación mayor con la esencia de la obra. Aquellos que no profesan la religión musulmana, disfrútenlo...  

 

 

 

 

 

 

 

 

Satanás, relegado a una condición errante, vagabunda, transitoria, carece de morada fija; porque si bien a consecuencia de su naturaleza angélica, tiene un cierto imperio en la líquida inmensidad o aire, ello no obstante, forma parte integrante de su castigo el carecer... de lugar o espacio propio en el que posar la planta del pie.

         DANIEL Defoe, Historia del diablo.

 

 

 

 

 

 

 

I

EL ÁNGEL GIBREEL

 

 

 

 

1

 

 

 

«Para volver a nacer -cantaba Gibreel Farishta mientras caía de los cielos, dando tumbos- tienes que haber muerto. ¡Ay, sí! ¡Ay, sí! Para posarte en el seno de la tierra, tienes que haber volado. ¡Ta-taa! ¡Takachum! ¿Cómo volver a sonreír si antes no lloraste? ¿Cómo conquistar el amor de la adorada, alma cándida, sin un suspiro? Baba, si quieres volver a nacer...» Amanecía apenas un día de invierno, por el Año Nuevo poco más o menos, cuando dos hombres vivos, reales y completamente desarrollados, caían desde gran altura, veintinueve mil dos pies, hacia el canal de la Mancha, desprovistos de paracaídas y de alas, bajo un cielo límpido.

«Yo te digo que debes morir, te digo, te digo...», y así una vez y otra, bajo una luna de alabastro, hasta que una voz estentórea rasgó la noche: «¡Al diablo con tus canciones! -Las palabras pendían, cristalinas, en la noche blanca y helada-. En tus películas sólo movías los labios porque te doblaban, así que ahórrame ahora ese ruido infernal.»

Gibreel, el solista desafinado, hacía piruetas al claro de luna, mientras cantaba su espontáneo gazal, nadando en el aire, ora mariposa, ora braza, enroscándose, extendiendo brazos y piernas en el casi infinito del casi amanecer, adoptando actitudes heráldicas, ora rampante, ora yacente, oponiendo la ligereza a la gravedad. Rodó alegremente hacia la sardónica voz. «Hola, compañero, ¿eres tú? ¡Qué alegría! ¿Qué hay, mi buen Chamchito?» A lo que el otro, una sombra impecable que caía cabeza abajo en perfecta vertical, con su traje gris bien abrochado y los brazos pegados a los costados, tocado, como lo más natural del mundo, con extemporáneo bombín, hizo la mueca propia del enemigo de diminutivos. «¡Eh, paisano! -gritó Gibreel, provocando otra mueca invertida-. ¡Es el mismo Londres, chico! ¡Allá vamos! Esos cabritos de ahí abajo no sabrán lo que se les vino encima, si un meteoro, un rayo o la venganza de Dios. Llovidos del cielo, muñeca. ¡Puummmmba! Cras, ¿eh? ¡Qué entrada, Yyyaaa! Yo te digo... Flas.»

Llovidos del cielo: un big bang seguido de catarata de estrellas. Un principio de Universo, un eco en miniatura del nacimiento del tiempo... el jumbo Bostan, vuelo AI-420 de la Air India, estalló sin previo aviso a gran altura sobre la grande, putrefacta, hermosa, nivea y resplandeciente ciudad de Mahagonny, Babilonia, Alphaville. Claro que Gibreel ya ha pronunciado su nombre, de manera que yo no puedo interferir: el mismo Londres, capital de Vilayet, parpadeaba, centelleaba y se mecía en la noche. Mientras, a una altura de Himalaya, un sol fugaz y prematuro estallaba en el aire cristalino de enero, un punto desaparecía de las pantallas de radar y el aire transparente se llenaba de cuerpos que descendían del Everest de la catástrofe a la láctea palidez del mar.

¿Quién soy yo?

¿Quién más está ahí?

El avión se partió por la mitad, como vaina que suelta las semillas, huevo que descubre su misterio. Dos actores, Gibreel, el de las piruetas, y el abotonado y circunspecto Mr. Saladin Chamcha, caían cual briznas de tabaco de un viejo cigarro roto. Encima, detrás, debajo de ellos, planeaban en el vacío butacas reclinables, auriculares estéreo, carritos de bebidas, recipientes de los efectos del malestar provocado por la locomoción, tarjetas de desembarque, juegos de vídeo libres de aduana, gorras con galones, vasos de papel, mantas, máscaras de oxígeno... Y también -porque a bordo del aparato viajaban no pocos emigrantes, sí, un número considerable de esposas que habían sido interrogadas, por razonables y concienzudos funcionarios, acerca de la longitud y marcas distintivas de los genitales del marido, y un regular contingente de niños sobre cuya legitimidad el Gobierno británico había manifestado sus siempre razonables dudas-, también, mezclados con los restos del avión, no menos fragmentados ni menos absurdos, flotaban los desechos del alma, recuerdos rotos, yoes arrinconados, lenguas maternas cercenadas, intimidades violadas, chistes intraducibies, futuros extinguidos, amores perdidos, significado olvidado de palabras huecas y altisonantes, tierra, entorno natural, casa. Un poco aturdidos por el estallido, Gibreel y Saladin bajaban como fardos soltados por una cigüeña distraída de pico flojo, y Chamcha, que caía cabeza abajo, en la posición recomendada para el feto que va a entrar en el cuello del útero, empezó a sentir una sorda irritación ante la resistencia del otro a caer con normalidad. Saladin descendía en picado mientras que Farishta abrazaba el aire, asiéndolo con brazos y piernas, con los ademanes del actor amanerado que desconoce las técnicas de la sobriedad. Abajo, cubiertas de nubes, esperaban su entrada las corrientes lentas y glaciales de la Manga inglesa, la zona señalada para su reencarnación marina.

«Oh, mis zapatos son japoneses -cantaba Gibreel, traduciendo al inglés la letra de la vieja canción, en semiinconsciente deferencia hacia la nación anfitriona que se precipitaba a su encuentro-, el pantalón, inglés, pues no faltaba más. En la cabeza, un gorro ruso rojo; mas el corazón sigue siendo indio, a pesar de todo.» Las nubes hervían, espumeantes, cada vez más cerca, y quizá fuera por aquella gran fantasmagoría de cúmulos y cumulonimbos, con sus tormentosas cúspides enhiestas a la luz del amanecer, quizá fuera el dúo (cantando el uno y abucheando el otro) o quizás el delirio provocado por la explosión que les evitaba apercibirse de lo inminente..., lo cierto es que los dos hombres, Gibreelsaladin Farischtachamcha, condenados a esta angelicodemoníaca caída sin fin pero efímera, no se dieron cuenta del momento en que empezaba el proceso de su transmutación. ¿Mutación?

Sí, señor; pero no casual. Allá arriba, en el aire-espacio, en ese campo blando e intangible que el siglo ha hecho viable y que se ha convertido en uno de sus lugares definitorios, la zona de la movilidad y de la guerra, la que empequeñece el planeta, la del vacío de poder, la más insegura y transitoria, ilusoria, discontinua y metamórfica -porque, cuando lo arrojas todo al aire, puede ocurrir cualquier cosa-, allá arriba, decía, se operaron, en unos actores delirantes, cambios que habrían alegrado el corazón del viejo Mr. Lamarck: bajo extrema presión ambiental, se adquirieron determinadas características.

¿Qué características respectivamente? Calma, ¿se han creído que la Creación se produce a marchas forzadas? Bien, pues la revelación tampoco... Echen una mirada a la pareja. ¿Observan algo extraño? Sólo dos hombres morenos en caída libre; la cosa no tiene nada de particular, pensarán, treparon demasiado, se pasaron, volaron muy cerca del sol, ¿no es eso? No es eso. Presten atención.

Mr. Saladin Chamcha, consternado por los sonidos que manaban de la boca de Gibreel Farishta, contraatacó con sus propios versos. Lo que Farishta oyó tremolar en el fantasmagórico aire nocturno era también una vieja canción, letra de Mr. James Thomson, mil setecientos a mil setecientos cuarenta y ocho. «... por orden del cielo -entonaba Chamcha con unos labios que el frío ponía patrióticamente rojos, blancos y azules- surgió del aaaazul... -Farishta, consternado, se desgañitaba cantando a los zapatos japoneses, los gorros rusos y los corazones inviolablemente subcontinentales, pero no conseguía ahogar la atronadora voz de Saladin- ... y los ángeles de la guaaaarda entonaban el estribillo.»

Desengañémonos, era imposible que se oyeran mutuamente, y no digamos que conversaran y compitieran en el canto de esta manera. Acelerando hacia el planeta, con la atmósfera silbando alrededor, ¿cómo habían de oírse? Pero, desengañémonos nuevamente, se oían.

Se precipitaban hacia abajo y el frío invernal que les escarchaba las pestañas y amenazaba con helarles el corazón estaba a punto de despertarles de su ensueño exaltado, ya iban a percatarse del milagro del canto, de la lluvia de extremidades y de niños de la que ellos formaban parte y del horrible destino que subía a su encuentro cuando, empapándose y congelándose instantáneamente, se sumergieron en la ebullición glacial de las nubes.

Se hallaban en lo que parecía ser un largo túnel vertical. Chamcha, atildado, envarado y todavía cabeza abajo, vio cómo Gibreel Farishta, con su camisa sport color púrpura, nadaba hacia él por aquel embudo con paredes de nube, y quiso gritar: «No te acerques, aléjate de mí», pero algo se lo impidió, un agudo cosquilleo que se iniciaba en sus intestinos, de manera que, en lugar de proferir palabras hostiles, abrió los brazos y Farishta nadó hacia ellos y quedaron abrazados cabeza con pie, y la fuerza de la colisión les hizo voltear y caer haciendo molinetes por el agujero que conducía al País de las Maravillas. Mientras se abrían paso, surgieron de la blancura una sucesión de formas nebulosas, en metamorfosis incesante de dioses en toros, mujeres en arañas y hombres en lobos. Nubes-criaturas híbridas se precipitaban hacia ellos, flores gigantes con pechos humanos colgadas de tallos carnosos, gatos alados y centauros, y Chamcha, en su aturdimiento, tenía la impresión de que también él había adquirido calidad nebulosa y metamórfica, híbrida, como si estuviera convirtiéndose en la persona cuya cabeza estaba inserta entre sus piernas y cuyas piernas se enlazaban alrededor de su largo y estirado cuello.

Aquella persona, empero, no tenía tiempo para tales fantasías; es más, era incapaz de entregarse al más nimio fantaseo. Y es que acababa de ver emerger del remolino de las nubes la figura de una seductora mujer de cierta edad, con sari de brocado verde y oro, brillante en la nariz y moño alto bien defendido por la laca de los embates del viento de las alturas, que viajaba cómodamente sentada en alfombra voladora. «Rekha Merchant -saludó Gibreel-, ¿acaso no has podido encontrar el camino del cielo?» ¡Impertinentes palabras para ser dichas a una muerta! Pero, en descargo del osado, puede aducirse su condición traumatizada y vertiginosa... Chamcha, agarrado a sus piernas, profirió una interrogación de perplejidad: «¿Qué diablos?»

«¿Tú no la ves? -gritó Gibreel-. ¿No ves su recondenada alfombra de Bokhara?»

No, no, Gibbo, susurró en sus oídos la voz de la mujer; no esperes que él confirme. Yo soy única y estrictamente para tus ojos, excremento de cerdo, mi bien. Con la muerte llega la sinceridad, amor, y ahora puedo llamarte por tu nombre.

La nebulosa Rekha murmuraba agrias trivialidades, pero Gibreel gritó otra vez a Chamcha: «Compa, ¿la ves o no la ves?»

Saladin Chamcha no veía, ni oía, ni decía nada. Gibreel se encaró con ella solo. «No debiste hacerlo -la reprendió-. No, señora. Es un pecado. Una enormidad.»

Oh, y ahora me riñes, rió ella. Ahora tú eres el que se da aires de moralidad, qué risa. Tú me dejaste, le recordó su voz al oído, como si le mordisqueara el lóbulo de la oreja. Fuiste tú, luna de mis delicias, el que se escondió en una nube. Y yo me quedé a oscuras, ciega, perdida por amor.

Él empezaba a tener miedo. «¿Qué quieres? No; no me lo digas, sólo márchate.»

Cuando estuviste enfermo, yo no podía ir a verte, por el escándalo; tú sabías que no podía, que me mantenía apartada por tu bien, pero después me castigaste, lo utilizaste de pretexto para marcharte, de nube para esconderte. Eso, y también a ella, la mujer de los hielos. Canalla. Ahora que estoy muerta he olvidado cómo se perdona. Yo te maldigo, mi Gibreel, que tu vida sea un infierno. Un infierno, porque ahí me mandaste, maldito seas, y de ahí viniste, demonio, y ahí vas, imbécil, que te aproveche la jodida zambullida. La maldición de Rekha y, después, unos versos en una lengua que él no entendía, secos y sibilantes, en los que repetidamente creyó distinguir, o tal vez no, el nombre de Al-Lat.

Gibreel se apretó contra Chamcha y salieron de las nubes.

La velocidad, la sensación de velocidad volvió, silbando su nota escalofriante. El techo de nubes voló hacia lo alto, el suelo de agua se acercó y ellos abrieron los ojos. Un grito, el mismo grito que aleteaba en su vientre cuando Gibreel nadaba por el cielo, escapó de labios de Chamcha; un rayo de sol taladró su boca abierta liberándolo. Pero Chamcha y Farishta, que habían caído a través de las transformaciones de las nubes, también tenían contorno vago y difuso, y cuando la luz del sol dio en Chamcha, liberó algo más que un grito.

«Vuela -gritó Chamcha a Gibreel-. Echa a volar, ya.» Y, sin saber la razón, agregó lada orden: «Y canta.»

¿Cómo llega al mundo lo nuevo? ¿Cómo nace?

¿De qué fusiones, transubstanciaciones y conjunciones se forma?

¿Cómo sobrevive, siendo como es tan extremo y peligroso? ¿Qué compromisos, qué pactos, qué traiciones a su íntima naturaleza tiene que hacer para contener a la panda de demoledores, al ángel exterminador, a la guillotina?

¿Es siempre caída el nacimiento?

¿Tienen alas los ángeles? ¿Vuelan los hombres?

 

 

Cuando Mr. Saladin Chamcha caía de las nubes sobre el canal de la Mancha, sentía el corazón atenazado por una fuerza tan implacable que comprendió que no podía morir. Después, cuando tuviera los pies firmemente asentados en tierra, empezaría a dudarlo y atribuiría lo implausible de su tránsito al desbarajuste de sus sentidos, provocado por la explosión, achacando su supervivencia y la de Gibreel a un capricho de la fortuna. Pero en aquel momento no tenía la menor duda: lo que le había ayudado a salir del trance era el deseo de vivir, franco, irresistible y puro, y lo primero que hizo aquel deseo fue informarle de que no quería tener nada que ver con su patética personalidad, con aquel apaño semirreconstruido de mímica y voces, que se proponía desentenderse de todo ello, y Saladin descubrió que se rendía, sí, adelante, como si fuera un espectador de sí mismo en su propio cuerpo, porque aquello partía del centro de su cuerpo y se extendía hacia fuera, convirtiendo su sangre en hierro y su carne en acero, aunque también lo sentía como un puño que lo envolviera sosteniéndolo de una manera que era a la vez intolerablemente dura e insoportablemente blanda; hasta que se apoderó de él por completo y pudo hacerle mover los labios, los dedos, todo lo que quisiera y, una vez estuvo seguro de su conquista, dimanó de su cuerpo y agarró a Gibreel Farishta por los testículos.

«Vuela -ordenaba a Gibreel aquella fuerza-. Canta.» Chamcha permaneció abrazado a Gibreel mientras éste, al principio lentamente, y después con rapidez y fuerza crecientes, batía los brazos. Más y más vigorosamente braceaba y, al bracear, brotó de él un canto que, como el canto del espectro de Rekha Merchant, se cantaba en una lengua desconocida para él, con una música nunca oída. Gibreel en ningún momento negó el milagro; a diferencia de Chamcha, que trataba de descartarlo por medio de la lógica, él nunca dejó de afirmar que el gazal era celestial y que, sin el canto, de nada le hubiera servido mover los brazos a modo de alas y, sin el aleteo, era seguro que habrían golpeado las olas como pedruscos o cosa así, estallando en mil pedazos al tomar contacto con el tenso tambor del mar. Mientras que ellos, por el contrario, empezaron a frenar. Cuanto más briosamente aleteaba y cantaba, cantaba y aleteaba Gibreel, más se acentuaba la desaceleración, hasta que, al fin, planeaban sobre el canal como papelillos mecidos por la brisa.

Fueron los únicos supervivientes de la catástrofe, los únicos pasajeros caídos del Bostan que conservaron la vida. Fueron depositados por la marea en una playa. Cuando los encontraron, el más expansivo de los dos, el de la camisa púrpura, deliraba frenéticamente, jurando que habían caminado sobre el agua, que las olas los habían acompañado suavemente hasta la orilla; mientras que el otro, que llevaba un empapado bombín pegado a la cabeza como por arte de magia, lo negaba. «Por Dios que tuvimos suerte -decía-. Toda la suerte del mundo.»

Yo conozco la verdad, naturalmente. Lo vi todo. Por lo que respecta a omnipresencia y omnipotencia no tengo pretensiones, por el momento, pero una cosa sí puedo afirmar, espero: Chamcha lo deseó y Farishta cumplió el deseo.

¿Quién obró el milagro?

¿De qué naturaleza -angélica o satánica- era la canción de Farishta?

¿Quién soy yo?

Digamos: ¿quién sabe los mejores cantos?

 

 

Éstas fueron las primeras palabras que Gibreel Farishta pronunció al despertar en la nevada playa inglesa, con una sorprendente estrella de mar junto a la oreja: «Hemos vuelto a nacer, compa, tú y yo. Feliz cumpleaños, paisano, feliz cumpleaños.»

Y Saladin Chamcha tosió, escupió, abrió los ojos y, como es propio de un recién nacido, se echó a llorar tontamente.

 

 

 

2

 

 

La reencarnación siempre fue tema de gran importancia para Gibreel, durante quince años la mayor estrella del cine indio, antes ya de que venciera «milagrosamente» al Virus Fantasma que, según empezaba a creer la gente, parecía que iba a cancelar todos sus contratos. Por lo tanto, quizás alguien hubiera podido prever, pero nadie previó, que, cuando se restableciera, podría, por así decirlo, triunfar en lo que habían fracasado los gérmenes, y abandonar para siempre su vieja vida, a menos de una semana de cumplir los cuarenta, esfumándose en el aire, ¡puf!, como por ensalmo.

Los primeros en notar su ausencia fueron los cuatro componentes del servicio de la silla de ruedas de los estudios. Mucho antes de su enfermedad, Gibreel había adquirido la costumbre de hacerse transportar de plató en plató de los grandes estudios D. W. Rama por este grupo de atletas veloces y fieles, porque un hombre que rueda hasta once películas a la vez necesita ahorrar energías. Guiándose por un complicado código de rayas, círculos y puntos que Gibreel aprendiera en su niñez de los legendarios repartidores de almuerzos de Bombay (de los que luego hablaremos más extensamente), los mozos de silla lo transportaban raudos de papel en papel, depositándolo con la misma seguridad y puntualidad con las que otrora su padre entregara los almuerzos. Y, después de cada sesión, Gibreel volvía a la silla, en la que, a marchas forzadas, era conducido al plató siguiente, donde lo vestían y maquillaban y le entregaban los diálogos. En cierta ocasión, él dijo a su equipo de leales: «La carrera de un actor de cine en Bombay se parece a una gymkhana en silla de ruedas.»

Después de la enfermedad, del Germen Fantasma, del Mal Misterioso, del Virus, Gibreel volvió al trabajo, pero con menos agobio, haciendo sólo siete películas a la vez... hasta que, ¡zas!, desapareció. La silla de ruedas quedó vacía en los mudos platós; la ausencia del actor dejó al descubierto la artificiosidad barata de los decorados. Los mozos de silla, losa cuatro a la una, no sabían qué excusas dar cuando los directivos, enfurecidos, cayeron sobre ellos: Oh, sí, debe de estar? enfermo, siempre tuvo fama de puntual, ¿no?, ¿por qué criticar, maharaj?, a los grandes artistas hay que consentirles un poco de temperamento de vez en cuando, vaya, y, por sus protestas, ellos fueron las primeras víctimas del mutis inexplicado de Farishta, siendo lanzados, cuatro, tres, dos, uno, ekdumjaldi, por las puertas de los estudios, y la silla de ruedas quedó abandonada y polvorienta bajo los cocoteros pintados en torno a una playa de serrín.

¿Dónde estaba Gibreel? Los productores, dejados en siete estacadas, fueron presa de pánico por onerosa desaparición. Vean ahí, en el golf del Willingdon Club -sólo nueve hoyos quedan, porque, de los otros nueve, han brotado rascacielos como hierbajos gigantes o, digamos, como lápidas funerarias que marcan los lugares en los que yace el cadáver despedazado de la ciudad vieja-, ahí, mismamente ahí, altos directivos fallan los putts más fáciles; y, si levantan la mirada, verán evolucionar en el aire mechones de cabello arrancado de principales cabezas angustiadas y arrojado desde las ventanas de los últimos pisos. La agitación de los productores era comprensible, porque, en aquellos tiempos de deserción de espectadores cinematográficos, nacimiento de los folletones históricos y reivindicación del televisor por las amas de casa, no quedaba más que un hombre que, colocado encima del título de una película, ofreciera garantía total de Superéxito y Sensación, y ahora el dueño del nombre había partido, no se sabía si hacia arriba, hacia abajo o hacia un lado, pero lo cierto era que se había esfumado...

Por toda la ciudad, después de que los teléfonos, los motoristas, los guardias, los hombres-rana y las dragas del puerto hubieran trabajado infructuosamente, empezaron a pronunciarse epitafios por la estrella apagada. En uno de los siete impotentes platós de los estudios Rama, Miss Pimple Billimoria, el último explosivo descubrimiento de la industria -no una tierna y pálida azucena, sino un despampanante barril de dinamita-, ataviada con gasas de danzarina sagrada y colocada bajo sinuosas reproducciones en cartón de las figuras tántricas del período Chandela sorprendidas en el acto de la cópula -al tener noticia de que su escena cumbre no se rodaría y su gran oportunidad estaba malograda-, hizo el número del desdén ante un público de técnicos de sonido y electricistas que sostenían beedis entre cínicos labios. Pimple, acompañada por un ayah muda de dolor, toda codos, trataba de simular alivio. «¡Caray, qué suerte! -exclamó-. Hoy teníamos la escena de amor, chhi, chhi, y yo estaba desesperada pensando en cómo acercarme a ese bocazas que huele a guano de cucaracha putrefacta. -Dio una patada en el suelo, haciendo sonar los cascabeles del tobillo-. Suerte ha tenido de que las películas no huelan, o no hubiera encontrado papel ni de leproso.» Aquí el soliloquio de Pimple subió de tono, trocándose en un torrente de obscenidades de un calibre tal que los fumadores de beedis se irguieron en sus asientos por primera vez y empezaron a comparar animadamente el vocabulario de Pimple con el de Phoolan Davi, la famosa reina de bandidos, cuyos juramentos fundían los cañones de los fusiles y convertían en goma los lápices de los periodistas.

Mutis de Pimple, llorosa, censurada, una tira de celuloide en el suelo de una sala de montaje. Mientras se alejaba, de su ombligo iban cayendo ágatas que reflejaban sus lágrimas..., aunque en lo de la halitosis de Farishta algo de razón tenía; incluso quizá se quedara corta. Las exhalaciones de Gibreel, nubes ocre de sulfuro y azufre, siempre le dieron -conjuntamente con el pico que la línea del nacimiento del pelo le trazaba en la frente y su melena negra como ala de cuervo-, le dieron, decía, un aire más saturnino que celestial, a pesar de las arcangélicas resonancias de su nombre. A raíz de su desaparición, se dijo que no tenía que ser difícil encontrarlo, que lo único que se necesitaba era una nariz medianamente sensible... y, una semana después de su desaparición, un mutis más trágico que el de Pimple Billimoria acrecentó el tufo diabólico que empezaba a adherirse al nombre que tan dulces fragancias evocara antaño. Digamos que se había salido de la pantalla y entrado en el mundo, y en la vida real, a diferencia del cine, la gente nota si hueles.

Somos criaturas del aire, / con raíces en los sueños / y las nubes renacidas / en el vuelo. Adiós. La enigmática nota descubierta por la policía en el ático de Gibreel Farishta, situado en la cúspide del rascacielos Everest Vilas de Malabar Hill, el hogar más alto del edificio más alto de la parte más alta de la ciudad, uno de esos apartamentos con vistas dobles, desde los que, por este lado, dominas el collar nocturno de Marina Drive y, por el otro, el cabo de Scandal Point y el mar, dio mucho juego en los titulares, FARISHTA SE ZAMBULLE BAJO TIERRA, pregonaba Blitz, tétrico, mientras que «Abeja Laboriosa», de The Daily, optaba por GIBREEL LEVANTA EL VUELO DESDE su PALOMAR. Se publicaban muchas fotografías de la fabulosa residencia, en la que decoradores franceses, provistos de cartas de recomendación de Reza Pahlevi por el trabajo realizado en Persépolis, gastaron un millón de dólares en reproducir, a tan considerable altitud, el interior de una tienda de beduino. Otra ilusión deshecha por su ausencia: GIBREEL LEVANTA EL CAMPAMENTO, vociferaban los titulares; pero ¿había ido hacia arriba, hacia abajo o hacia un lado? Nadie lo sabía. En aquella metrópoli de lenguas y cuchicheos, ni los oídos más finos oían algo fidedigno. Pero Mrs. Rekha Merchant, que leía todos los periódicos, escuchaba todas las noticias de la radio y no se despegaba del televisor, entresacó algo del mensaje de Farishta, percibió una nota que había escapado a todos y subió con sus dos hijas y su hijo a pasear por la azotea del edificio en que vivían. Se llamaba Everest Vilas.

Una vecina; en realidad, la vecina del piso de abajo. Vecina y amiga. ¿Para qué decir más? Por supuesto que las maliciosas revistas de escándalo de la ciudad llenaron columnas con insinuaciones y frases de doble sentido, pero ello no nos autoriza a ponernos a su nivel. ¿Por qué manchar su reputación ahora?

¿Quién era ella? Era una mujer rica, desde luego, porque Everest Vilas no es precisamente un inmueble de viviendas de tipo social, ¿eh? Casada, sí, señor, trece años, con un hombre importante en el sector de los cojinetes de bolas. Independiente; sus tiendas de alfombras y antigüedades iban viento en popa en el mejor punto de la zona de Colaba. Ella llamaba a sus alfombras klims o kliins, y a los objetos antiguos, antijuedades. Sí, y era hermosa, con la belleza dura y reluciente de los etéreos habitantes de las casas altas de la ciudad, con unos huesos, un cutis y una manera de moverse que atestiguaban su largo divorcio de la tierra empobrecida, pesada y pululante. Todos convenían en que poseía una gran personalidad, bebía como una esponja en copas de cristal de Lalique, colgaba el sombrero desvergonzadamente en una Chola Natraj y sabía lo que quería y cómo conseguirlo pronto. El marido era una rata con dinero y buena muñeca para el squash. Rekha Merchant leyó el adiós de Gibreel Farishta en los periódicos, escribió una carta a su vez, llamó a sus hijos, tomó el ascensor y subió (un piso) al encuentro del destino que había elegido.

«Hace muchos años -decía en su carta-, me casé por cobardía. Ahora, por fin, obro con valentía.» Dejó encima de la cama un periódico en el que había enmarcado y subrayado enérgicamente en rojo -con tres fuertes líneas, una de las cuales había roto el papel- el mensaje de Gibreel. La prensa del chismorreo, naturalmente, echó el resto con EL SALTO DE  LA HERMOSA DESCONSOLADA y BELDAD AFLIGIDA SE LANZA AL VACÍO. Ahora bien:

Acaso también ella tuviera la comezón de la reencarnación y, por otra parte, Gibreel, sin comprender el poder terrible de la metáfora, recomendaba el vuelo. Para volver a nacer, antes tienes que... y ella era criatura del cielo, bebía champán en Lalique, vivía en Everest, y uno de sus compañeros de Olimpo había volado. Si él pudo volar, también ella podría tener alas y echar raíces en los sueños.

Ella no lo consiguió. El lala que estaba empleado de portero del complejo de Everest Vilas ofreció al mundo su rudo testimonio. «Yo andaba por aquí, por aquí, sin salir del complejo, cuando oigo un golpe, eras. Me vuelvo. Era el cuerpo de la hija mayor. Tenía el cráneo aplastado. Miro arriba y veo caer al chico y, después, a la niña. Cómo les diría..., casi me caen encima. Yo me tapé la boca con la mano y me acerqué. La niña gemía un poco. Luego miro para arriba por cuarta vez y entonces veo venir a la Begum. El sari flotaba como un globo. Tenía el pelo suelto. Yo aparté la mirada, porque ella bajaba y no es correcto mirar debajo de la ropa.»

Rekha y sus hijos cayeron del Everest; no hubo supervivientes. Las habladurías culparon a Gibreel. Dejémoslo así por el momento.

Oh, que no se olvide, él la vio después de muerta. La vio varias veces. Fue mucho antes de que la gente comprendiera lo muy enfermo que estaba el gran hombre. Gibreel, la estrella. Gibreel, el que venció a la Enfermedad sin Nombre. Gibreel, el que temía al sueño.

 

 

Después de su partida, sus ubicuas efigies empezaron a deteriorarse. En los gigantescos y vistosos carteles desde los que él contemplaba al vulgo, sus lánguidos párpados se desmenuzaban y desprendían, entornándose más y más, hasta hacer que sus iris parecieran unas lunas gemelas cortadas por las nubes o por el fino cuchillo de sus largas pestañas. Por fin, los párpados desaparecieron del todo y sus ojos pintados adquirieron una mirada atónita y protuberante. En las fachadas de los cines de Bombay, las colosales figuras de Gibreel en cartón piedra se desintegraban y desmoronaban, colgaban fláccidas del armazón, perdían brazos, se desteñían y doblaban el cuello. En las portadas de las revistas, su rostro adquirió una palidez de muerte, una mirada abúlica, una vacuidad, hasta que al fin, sencillamente, se borró, y las relucientes portadas de Celebrity, Society e Illustrated Weekly quedaron en blanco en los quioscos, y los editores echaron a la calle a los impresores y culparon a la mala calidad de la tinta. En la misma pantalla, en las salas oscuras llenas de fieles, su fisonomía, supuestamente inmortal, empezó a pudrirse, a llagarse y difuminarse; los proyectores se encallaban inexplicablemente cuando pasaba él, las películas se pararon y el calor de las lámparas quemó su memoria de celuloide: una estrella convertida en supernova por el fuego de sus labios, como es de ley.

Fue la muerte de Dios. O algo parecido; porque ¿acaso aquel rostro gigante, suspendido sobre sus devotos en la noche artificial del cinematógrafo, no brillaba como el de un Ente sobrenatural que tuviera su morada, por lo menos, a medio camino entre lo mortal y lo divino? A más de medio camino, dirían muchos, porque Gibreel había dedicado la mayor parte de su excepcional carrera a encarnar, con toda propiedad y convicción, la infinidad de divinidades del subcontinente, en el popular género de las llamadas «películas teológicas». Y es que él poseía el mágico don de trasponer las barreras de la religión sin irreverencia. Con la tez azul de Krishna, bailaba, flauta en mano, entre las bellas gopis y sus vacas de pesadas ubres; con las palmas de las manos vueltas hacia arriba, meditaba, sereno (en el papel de Gautama Buda), sobre los sufrimientos de la Humanidad, al pie de un endeble árbol hodhi fabricado en los estudios. En las raras ocasiones en que descendía de los cielos, nunca bajaba demasiado, limitándose a interpretar, por ejemplo, los papeles del Gran Mogol y de su astuto ministro en el clásico Akbar y Birbal. Durante más de década y media, para cientos de millones de fieles, en un país en el que, aún hoy, la población humana supera la divina en menos de tres a uno, Gibreel representó la más aceptable y reconocible faz del Ser Supremo. Para muchos de sus incondicionales, hacía tiempo que se había borrado la línea divisoria entre el actor y sus personajes.

Los incondicionales, sí, ¿y...? ¿Y Gibreel?

Aquella cara. En la vida real, reducida a tamaño natural, colocada entre simples mortales, no tenía nada de estelar. Aquellos pesados párpados le daban, incluso, un aire de agotamiento. La nariz tenía cierta rudeza; los labios eran excesivamente carnosos para resultar enérgicos, y las orejas, de lóbulos alargados, recordaban el fruto del arlocarpo. Una cara de lo más profano y sensual. Y una cara en la que, últimamente, se advertían las líneas marcadas por su reciente y casi fatal enfermedad. Pero, a pesar de su aire terrenal y su decadencia, seguía siendo una cara íntimamente asociada a la santidad, a la perfección, a la gracia: materia de Dios. Hay gustos para todo, desde luego. De todos modos, convendrán en que no es tan sorprendente, a fin de cuentas, que semejante actor (cualquier actor, tal vez, incluso, Chamcha, pero, sobre todo, él), no es tan sorprendente, decía, que sienta cierta preocupación por los avatares, como el multimetamórfico Vishnu. La reencarnación, otra buena cosa.

 

 

Oh, sí, ya salió otra vez... pero no siempre. También hay reencarnaciones profanas. Gibreel Farishta recibió al nacer el nombre de Ismail Najmuddin. Era natural de Poona, la Poona británica, y vino al mundo en los estertores del Imperio, mucho antes de que aquella población se llamara Pune de Rajneesh, etcétera. (Pune, Vadodara, Mumbai: hoy hasta las ciudades pueden adoptar nombres artísticos.) Se llamaba Ismail por el niño involucrado en el sacrificio de Ibrahim, y Najmuddin significa estrella de la fe, o sea que también era todo un nombre el que dejó para tomar el del ángel.

Después, cuando el avión Bostan estaba en poder de los secuestradores, y los pasajeros, temerosos por su futuro, regresaban al pasado, Gibreel confió a Saladin Chamcha que, al elegir seudónimo, quiso rendir homenaje a la memoria de su madre, «mi mummyji, compa, mi querida mamo, porque quién, sino ella, empezó con lo del ángel, su ángel particular, y me llamaba farishta porque, al parecer, yo era un encanto de criatura, más bueno que el recondenado oro».

Poona no tuvo el privilegio de albergarlo durante mucho tiempo; siendo aún muy niño, lo llevaron a la ciudad-perra en su primera emigración. Su padre consiguió un empleo en la flota, modalidad de a pie, en la que se inspirarían los futuros cuartetos de mozos de silla de ruedas: me refiero a los repartidores de almuerzos o dabbawallas de Bombay. Y, a los trece años, Ismail, el farishta, siguió los pasos de su padre.

Gibreel, rehén a bordo del AI-420, se sumía en disculpable éxtasis al explicar a Chamcha, con ojos brillantes, los misterios del código de los repartidores: svástica negra, círculo rojo, raya amarilla, punto..., repasando con los ojos de la mente todo el itinerario, de la casa hasta la mesa de la oficina, un sistema curioso gracias al cual dos mil dabbawallas entregaban más de cien mil almuerzos al día y, en el peor de los casos, compa, se extraviaban quince. La mayoría no sabíamos leer, y los signos eran nuestro lenguaje secreto.

El Bostan volaba en círculo sobre Londres, los terroristas paseaban por los pasillos y las luces de la cabina del pasaje estaban apagadas, pero la energía de Gibreel iluminaba la oscuridad. Sobre la mugrienta pantalla de a bordo, en la que Walter Matthau, inevitable compañero de todos los vuelos, había exhibido su andar lúgubre y desgarbado antes de ceder el paso a Goldie Hawn, otra habitual de las líneas aéreas, se movían ahora las sombras proyectadas por la nostalgia de los rehenes, y la más nítida de todas era la del espigado adolescente Ismail Najmuddin, el ángel de su mamá, con su gorra Gandhi, portando almuerzos por la ciudad. El joven dabbawalla se deslizaba ágilmente entre la multitud de sombras porque estaba acostumbrado a estas situaciones, figúrate, compa, treinta o cuarenta almuerzos en la cabeza, en una bandeja larga, y cuando para el tren de cercanías tienes apenas un minuto para subir o bajar, y luego, a correr por la calle, por el arroyo, ¡hala!, con los camiones, los autobuses, las motos, las bicicletas y demás, uno-dos, uno-dos, el almuerzo, el almuerzo, los dabbas no paran y, en el monzón, corriendo a lo largo de la vía cuando el tren se averiaba, o con el agua por la cintura en una calle inundada, y luego las pandillas, chico, de verdad, bandas organizadas de ladrones de dabbas, porque aquélla es una ciudad hambrienta, tú, para qué te voy a contar, pero nosotros nos defendíamos, estábamos en todas partes, sabíamos mucho, hasta qué ladrones tenían que escapar de nuestros ojos y oídos; nosotros no íbamos a la policía, nos bastábamos para defendernos.

Por la noche, padre e hijo volvían exhaustos a la chabola que tenían en Santacruz, al lado del aeropuerto, y cuando la madre de Ismail lo veía llegar, iluminado por el verde, rojo y amarillo de los reactores que despegaban, solía decir que sólo verle hacía que todos sus sueños se convirtieran en realidad, lo cual era la primera indicación de que Gibreel tenía algo especial, ya que, al parecer, desde muy joven podía satisfacer los más íntimos deseos de las personas sin saber cómo. A su padre, Najmuddin senior, no parecía importarle que su esposa sólo tuviera ojos para el hijo, ni que los pies del chico recibieran masaje todas las noches mientras los del padre se quedaban sin él. Un hijo es una bendición, y una bendición exige la gratitud de los benditos.

Naima Najmuddin murió. La atropelló un autobús y se acabó. Gibreel no estaba allí para escuchar su plegaria pidiendo vida. Ni padre ni hijo hablaron de dolor. En silencio, como si fuera lo normal y obligado, sepultaron su pena en el trabajo extra, empeñándose en muda competición a ver quién conseguía portar más dabbas en la cabeza, quién adquiría más contratos al cabo del mes, quién corría más, como si más esfuerzo demostrara más amor. Cuando, por la noche, Ismail Najmuddin veía las hinchadas venas del cuello y de las sienes de su padre, comprendía que el viejo había tenido celos de él y que ahora quería derrotarlo en la competición para recobrar la usurpada primacía en el amor de la esposa muerta. Al comprenderlo, el joven aminoró el esfuerzo, pero el padre no cejó y, al poco tiempo, ascendía de simple repartidor a muqaddam supervisor. Cuando Gibreel cumplió diecinueve años, Najmuddin padre ingresó en el gremio de repartidores de almuerzos, la Bombay Tiffin Carriers Association, y, cuando Gibreel cumplió los veinte, su padre había muerto; lo paró un colapso que casi lo hizo estallar. «Se mató a correr -dijo babasaheb Mhatre en persona, secretario general del gremio-. Al infeliz se le acabó el aliento.» Pero el huérfano sabía que no era así. Él comprendía que, por fin, su padre había corrido con el ímpetu suficiente para cruzar la frontera entre los mundos, dejando atrás la propia piel, y llegado a los brazos de su esposa, a la que había demostrado, de una vez para siempre, la superioridad de su amor. Hay emigrantes que se alegran de partir.

Babasaheb Mhatre tenía un despacho azul detrás de una puerta verde, encima de un laberíntico bazar. Era una figura imponente, orondo como un buda, una de las grandes fuerzas motrices de la metrópoli que poseía el don oculto de poder permanecer absolutamente estático, sin salir de su despacho, y, al mismo tiempo, estar en todos los lugares importantes y relacionarse con todos los personajes preeminentes de Bombay. Un día después de que el padre del joven Ismail cruzara la frontera para reunirse con Naima, el babasaheb llamó al joven a su presencia. «¿Qué? ¿Muy triste?» La respuesta, con la mirada baja: Ji, gracias, babaji, estoy bien. «Cierra la boca -dijo babasaheb Mhatre-. A partir de hoy, vivirás conmigo.» Peropero, babaji... «Nada de peros. Ya he informado a mi buena esposa. Está decidido.» Perdón, babaji, pero ¿cómo que por qué?» «Está decidido.»

A Gibreel Farishta nunca se le explicó por qué el babasaheb había decidido apiadarse de él y sacarlo del mundo sin futuro de las calles, pero al cabo de algún tiempo empezó a sospecharlo. Mrs. Mhatre era una mujer muy delgada -si el babasaheb era cuadrado y macizo como una goma de borrar, ella parecía el lápiz-, pero hubiera tenido que estar gorda como una patata para contener todo el amor maternal que llevaba dentro. En cuanto el baba llegaba a casa, ella le ponía dulces en la boca y, por las noches, Ismail oía protestar al imponente secretario de la BTCA: Quita, mujer, que ya sé desnudarme solo. A la hora del desayuno, ella servía grandes platos de papilla a Mhatre y se la daba en la boca, a cucharadas, y antes de que se fuera al trabajo, le cepillaba el pelo. El matrimonio no tenía hijos, y el joven Najmuddin comprendió que el babasaheb pretendía que él le ayudara a llevar la carga. Pero, por extraño que pueda parecer, la begum no trataba al joven como si fuera un niño. «Es que él es muy mayor», dijo a su marido cuando el pobre Mhatre le suplicó: «¿Por qué no das al chico esa maldita papilla malteada?» Sí; pero él es mayor, «hemos de hacer de él un hombre, esposo, no debemos mimarlo». «¡Por todos los demonios! -explotó el babasaheb-. ¿Por qué me mimas a mí?» Mrs. Mhatre se echó a llorar. «Tú lo eres todo para mí -sollozó-: mi padre, mi amante y mi niño. Tú eres mi señor y mi bebé. Si te desagrado, no tengo vida.»

Babasaheb Mhatre aceptó la derrota y tragó la cucharada de papilla malteada.

Él era un hombre bondadoso, pero disimulaba su condición con imprecaciones y grandes voces. En el despacho azul trataba de consolar al huérfano hablándole de la filosofía de la reencarnación, y le decía que sus padres ya estaban a punto de volver a entrar en el mundo por donde fuera, salvo, naturalmente, que sus vidas hubieran sido tan santas que ya hubieran alcanzado la gracia final. Es decir, Mhatre fue quien inició a Farishta en lo de la reencarnación, además de otras cosas. El babasaheb era un espiritista aficionado, golpeador de patas de mesa e introductor de espíritus en vasos. «Pero ya lo dejé -dijo a su ahijado, con el gesto y ademanes melodramáticos que el caso requería-; lo dejé el día en que me llevé el susto de mi vida.»

Una vez (relató Mhatre), el vaso fue visitado por un espíritu auténticamente servicial, un tipo supersimpático, sabes, y yo pensé que era la ocasión de hacer preguntas fuertes. ¿Hay Dios? Y aquel vaso, que hasta entonces corría como un ratoncito, se paró en medio de la mesa, quieto, lo que se dice clavado. Y entonces yo digo está bien, si no contestas a ésta, probemos con esta otra, y le suelto: ¿Hay diablo? A esto, el vaso, ¡chinchinchin!, empezó a temblar -¡tápate los oídos! - , al principio, despacio y, después, aprisa aprisa, como un flan, hasta que saltó - ¡aaa hop!- por el aire, cayó de lado y - ¡cras!- se hizo mil pedazos, pulverizado. Lo creas o no, dijo babasaheb Mhatre a su pupilo, en aquel momento yo aprendí la lección: Mhatre, no te metas en lo que no entiendes.

Este relato causó honda impresión en el joven oyente, porque ya antes de la muerte de su madre, él estaba convencido de la existencia del mundo sobrenatural. A veces, al mirar en derredor, especialmente en las tardes calurosas en las que el aire se aglutinaba, el mundo visible, sus formas y habitantes y todas las cosas parecían asomar a la atmósfera como una profusión de icebergs calientes, y le parecía que, bajo la superficie del aire denso, todo continuaba: que las personas, los coches, los perros, los carteles de los cines, los árboles, hurtaban a sus ojos las nueve décimas partes de su realidad. Él parpadeaba y la ilusión se desvanecía, pero la idea no le abandonaba. El pequeño Najmuddin creció creyendo en Dios, ángeles, demonios, afreets y djinns con la misma naturalidad con que creía en los carros de bueyes o en los faroles, y el no haber visto nunca un espíritu lo atribuía él a un defecto de su visión. A veces, soñaba que descubría a un óptico mago al que compraba unos lentes verdes que corregían su lamentable miopía, permitiéndole ver el mundo fabuloso que había detrás del aire turbio y cegador.

Su madre, Naime Najmuddin, le contaba muchas historias del Profeta, y si sus versiones contenían alguna que otra inexactitud, él prefería no averiguarlo. «¡Qué hombre! -pensaba-. ¿Qué ángel no querría hablar con él?» A veces, no obstante, se le escapaba algún que otro pensamiento blasfemo como, por ejemplo, cuando, sin querer, al cerrar los ojos en su catre de la casa de Mhatre, su cerebro adormilado empezaba a comparar su propia condición con la del Profeta en la época en que aquél, huérfano y pobre, pasó a administrar con éxito los bienes de la rica viuda Khadija y al fin se casó con ella. Y se quedaba dormido viéndose sentado en un estrado sembrado de rosas y haciendo mohines de timidez bajo el sari-pallu con el que se cubría recatadamente la cara, mientras su nuevo esposo, babasaheb Mhatre, acercaba la mano amorosamente para apartar la tela y mirarse en el espejo que él tenía en el regazo. Este sueño de su boda con el babasaheb le hacía despertar abochornado y le producía preocupación por la impureza de su espíritu, que tan terribles visiones le sugería.

De todos modos, en general, su religiosidad se mantenía en un tono menor, era una parte de su ser que no requería mayor atención que cualquier otra. El que babasaheb Marte lo llevara a su casa reafirmó al joven en la creencia de que no estaba solo en el mundo, de que algo velaba por él, y no le sorprendió, pues, que, en la mañana de su vigesimoprimer cumpleaños, el babasaheb lo llamara a su despacho azul y lo echara a la calle sin apelación.

«Estás despedido -silabeó Mhatre sonriendo ampliamente-. Cesado, des-pa-cha-do.»

«Pero, tío...»

«Cierra la boca.»

Y entonces el babasaheb hizo al huérfano el mejor regalo! que éste recibiera en su vida al informarle de que le había conseguido una entrevista en los estudios del legendario magnate cinematográfico Mr. D. W. Rama: una prueba. «Es sólo para cubrir las apariencias -dijo el babasaheb-. Rama es un buen amigo y ya estamos de acuerdo. Para empezar, un papel pequeño; después, dependerá de ti. Ahora desaparece de mi vista y deja de hacerte el humilde. No te va.»

«Pero, tío...»

«Eres muy guapo para pasarte la vida transportando almuerzos en la cabeza. Ahora márchate, fuera, hazte actor del cine homosexual. Te eché hace cinco minutos.»

«Pero, tío...»

«He dicho lo que tenía que decir. Da las gracias a tu buena estrella.»

 

 

 

 

*    *    *

 

 

Zeeny era la primera mujer india con la que se acostaba. Ella se precipitó en su camerino la noche del estreno de La millonaria, con sus ademanes teatrales y su voz fosca, como si no hiciera años. Años. «Yaar, qué desilusión, de verdad; aguante toda la obra sólo para oírte cantar "Goodness Gracious Me" como Peter Sellers o qué sé yo, pensé, a ver si el chico ha aprendido a entonar. ¿Te acuerdas cuando hacías las imitaciones de Elvis con la raqueta de squash? Mi vida, qué risa, qué desastre. Pero ¿qué es esto? En esta obra no hay canción. Puñeta. Oye, ¿puedes escaparte de todos esos caraspálidas y venir con nosotros, los wogs? Puede que se te haya olvidado lo que es nuestra compañía.»

Él la recordaba adolescente y flaca con peinado asimétrico a lo Quant y sonrisa también asimétrica, pero en sentido inverso. Una chica descarada, mala. Una vez, para divertirse, entró en un antro de mala fama de Falkland Road y se quedó allí sentada fumando y bebiendo Coca-Cola hasta que los chulos que controlaban el local la amenazaron con rajarle la cara, porque allí no se permitía ir por libre. Ella sostuvo sus miradas, terminó el cigarrillo y salió. Zeenat no conocía el miedo. Quizás estaba loca. Ahora, a los treinta y tantos años, era médico, pasaba visita en el Breach Candy Hospital, trabajaba con los desamparados de la ciudad y había ido a Bhopal en cuanto saltó la noticia de la invisible nube americana que se comía los ojos y los pulmones de la gente. También era crítico de arte y había escrito un libro sobre el mito limitador de la autenticidad, esa camisa de fuerza folklorística que ella trataba de sustituir por la ética de un eclecticismo refrendado por la historia, porque ¿acaso no se basaba toda la cultura nacional en el principio de apropiarse los trajes que mejor parecían sentar, ario, mogol, británico, eligiendo lo mejor y dejando el resto? El libro había armado gran revuelo, como era de esperar, especialmente a causa del título. Lo titulaba El único indio bueno. «O sea, el muerto -dijo a Chamcha cuando le dio un ejemplar-. ¿Por qué tiene que existir una forma buena y correcta de ser wog? Esto es fundamentalismo hindú. En realidad, todos somos indios malos. Unos peores que otros.»

Ella estaba en la plenitud de su belleza, el pelo largo y suelto y nada flaca. Cinco horas después de que ella entrara en el camerino, estaban en la cama y él se desmayaba. Cuando despertó, Zeenat le explicó: «Te he contado un cuento.» Él nunca llegó a averiguar si le había dicho la verdad.

Zeenat Vakil hizo de Saladin su proyecto particular. «Vamos a conseguir tu recuperación -explicó-. Mister, vamos a conseguir que vuelvas.» A veces, él pensaba que ella quería conseguir su propósito por el procedimiento de comérselo vivo. Hacía el amor como un caníbal y Saladin era su explorador. Él le preguntó: «¿Conoces la relación, perfectamente establecida, entre el vegetarianismo y el impulso antropófago?» Zeeny, que estaba almorzándose su muslo, movió negativamente la cabeza. «En ciertos casos extremos -prosiguió él-, un exceso de consumo de verduras puede liberar en el sistema unos agentes bioquímicos que provocan fantasías caníbales.» Ella le miró con su sonrisa torcida. Zeeny, la hermosa vampiresa. «Vamos, vamos -dijo-. Nosotros somos una nación de vegetarianos y la nuestra es una cultura pacífica y mística, como todo el mundo sabe.»

Él, por el contrario, debía proceder con cuidado. La primera vez que le tocó los pechos, ella derramó unas asombrosas lágrimas calientes, que tenían el color y la consistencia de la leche de búfala. Ella había visto morir a su madre como un ave trinchada para la cena, primero el pecho izquierdo y luego el derecho, y, a pesar de todo, el cáncer se había extendido. Su miedo a repetir la muerte de su madre hacía de su busto zona prohibida. Era el terror secreto de la intrépida Zeeny. Ella no había tenido hijos, pero sus ojos lloraban leche.

Después de su primera cópula, ella empezó a trabajarle, olvidando sus lágrimas. «¿Sabes lo que tú eres? Yo te lo diré. Un desertor, eso eres, más inglés que nada, envuelto en tu distinguido acento como en una bandera, pero no creas que es perfecto, que a veces se te escurre, baba, como un bigote postizo.»

«Me ocurre una cosa extraña -quería decir él-, una cosa extraña en la voz», pero no sabía cómo explicarlo y optó por callar.

«La gente como tú -resopló ella besándole un hombro- volvéis al cabo del tiempo creyéndoos sabediosqué. Pues mira, hijo, nosotros no tenemos tan buena opinión de vosotros.» Su sonrisa era más brillante que la de Pamela. «Ya veo que no has perdido tu sonrisa Binaca, Zeeny», dijo él.

Binaca. ¿De dónde salía ahora ese viejo y olvidado anuncio de dentífrico? Y las vocales no parecían muy seguras. Cuidado, Chamcha, cuidado con tu sombra. Ese individuo negro que se arrastra detrás de ti.

A la segunda noche, ella se presentó en el teatro con dos amigos, un joven marxista director de cine llamado George Miranda, una ballena de hombre, con las mangas de la kurta subidas, un chaleco amplio y abierto, con manchas antiguas y un bigote de sorprendente aire militar, con las puntas engomadas; y Bhupen Gandhi, poeta y periodista, prematuramente encanecido, pero cuyo rostro tenía una inocencia infantil hasta que él soltaba su risa picara y atiplada. «Vamos, Salad baba -dijo Zeeny-. Te enseñaremos la ciudad. -Miró a sus acompañantes - . Estos asiáticos del extranjero no tienen vergüenza -declaró-. Saladin suena a recondenada ensalada. No te digo...»

«Hace unos días vi a una periodista de televisión -dijo Miranda - . Tenía el pelo color de rosa. Dijo que se llamaba Kerleeda. Yo no la entendí.»

«Es que George es muy inocente -interrumpió Zeeny-. Él no sabe lo raros que os volvéis. Esa Miss Singh, qué escándalo. Yo le dije, el nombre es Khalida, guapa, rima con Dalda, que es un utensilio de cocina. Pero no hubo manera de que lo pronunciara. Y era su propio nombre. Porque vosotros, chicos, no tenéis cultura. No sois más que unos wogs. ¿No tengo razón?», agregó abriendo mucho los ojos con gesto de regocijo, temerosa de haber ido demasiado lejos. «Déjale en paz, Zeenat», dijo Bhupen Gandhi con su voz dulce. Y George, violento, murmuró: «No te ofendas, es una broma.»

Chamcha decidió sonreír y contraatacar: «Zeeny -dijo-, la tierra está llena de indios, tú lo sabes, llegamos a todas partes, somos hojalateros en Australia y nuestras cabezas van a parar al frigorífico de Idi Amin. Quizá Colón tenía razón; el mundo está formado por Indias: Orientales, Occidentales, Septentrionales. Qué diantre, deberíais estar orgullosos de nosotros, de nuestro espíritu emprendedor, de la forma en que pasamos fronteras. Lo malo es que no somos indios como vosotros. Y vale más que os acostumbréis a nosotros. ¿Cómo se llama ese libro que has escrito?»

«Escuchen -Zeeny se colgó de su brazo-. Escuchen a mi Salad. Ahora, de repente, quiere ser indio, después de pasarse la vida tratando de volverse blanco. No se ha perdido todo. Ahí dentro aún queda algo vivo.» Y Chamcha notó que se sonrojaba, que aumentaba su confusión. La India; todo lo enmarañaba.

«¡Por vida de! -agregó ella, clavándole un beso como una cuchillada-. Chamcha. Vaya, joder. Tú te pones en ridículo y esperas que no nos riamos.

 

 

 

 

*    *    *

 

 

«¿Por qué no te has casado?», dijo él de madrugada, cuando ninguno de los dos podía dormir. Zeeny resopló. «Desde luego, has estado fuera demasiado tiempo. ¿Es que no me ves? Yo soy morena.» Apartó la sábana, arqueando la espalda para exhibir sus opulencias. Cuando Poolan Devi, la reina de los bandidos, salió de las cañadas para rendirse y ser retratada, los periódicos destruyeron de inmediato el mito inventado por ellos mismos acerca de su belleza legendaria. Ella, en lugar de apetitosa, era ahora fea, vulgar, repulsiva. Lo que hace la piel oscura en el norte de la India. «No me convence -dijo Saladin-. No esperarás que yo me lo crea.»

«Bien, aún no eres del todo idiota -rió ella-. ¿Quién quiere casarse? Yo tenía cosas que hacer.»

Y, después de una pausa, ella le devolvió la pregunta: Bueno, ¿y tú?

No sólo casado sino, además, rico. «Anda, cuenta. ¿Cómo vivís, tú y la señora?» En una mansión de cinco plantas en Notting Hill. Últimamente, él empezaba a sentirse inseguro allí, porque la última partida de ladrones se habían llevado no sólo los consabidos vídeo y estéreo, sino también el perro guardián pastor alemán. No era posible, empezaba a creer él, vivir en un sitio en el que los elementos criminales raptaban animales. Pamela le dijo que era una antigua costumbre local.

En los Viejos Tiempos, dijo (para Pamela, la Historia se dividía en: la Antigüedad, la Edad Media, los Viejos Tiempos, el Imperio británico, la Edad Moderna y el Presente), el secuestro de animales domésticos era un buen negocio. Los pobres robaban los canes de los ricos, les enseñaban a olvidar sus nombres y los vendían a sus afligidos e indefensos amos en las tiendas de Portobello Road. La historia local de Pamela era siempre muy detallada y, con frecuencia, inexacta. «¡Santo Dios! -dijo Zeeny Vakil-. Vende la casa y múdate cuanto antes. Yo conozco a esos ingleses, son todos iguales, gentuza y nawabs. No puedes luchar contra sus jodidas tradiciones.»

Mi esposa, Pamela Lovelace, frágil como la porcelana, grácil como una gacela, recordó él. Yo echo raíces en las mujeres a las que amo. Las trivialidades de la infidelidad. Él las desechó y se puso a hablar de su trabajo.

Cuando Zeeny Vakil descubrió cómo ganaba el dinero Saladin Chamcha, lanzó una serie de gritos que impulsó a uno de los árabes de medallón a llamar a la puerta para preguntar si ocurría algo malo. Vio sentada en la cama a una hermosa mujer a la que algo que parecía leche de búfala le resbalaba por las mejillas y le goteaba por la barbilla y, después de pedir disculpas a Chamcha por la intrusión, se retiró apresuradamente, perdón, amigo, eh, es usted un hombre afortunado.

«Pobre infeliz -jadeó Zeeny entre carcajadas-. Esos cochinos angrez, bien te han jodido.»

Conque ahora resultaba que su trabajo era chistoso. «Tengo un don para los acentos -dijo él, ufano-. ¿Por qué no había de aprovechar?»

«¿Por qué no habría de aprovechar? -remedó ella agitando las piernas en el aire-. Mister actor, acaba de volver a resbalarle el bigote.

Ay, Dios mío.

¿Qué me ocurre?

¿Qué diablos?

Socorro.

Porque él tenía realmente aquel don, de verdad que lo tenía, él era el Hombre de las Mil y una Voces. Si querías saber cómo debía hablar tu botella de ketchup en el anuncio de televisión, si no estabas segura de la voz que correspondía a tu bolsa de fritos con sabor a ajo, él era tu hombre. Él hacía hablar a las alfombras en los anuncios de los grandes almacenes, imitaba a personajes célebres, judías fritas, guisantes congelados. Por la radio, podía convencer al auditorio de que era ruso, chino, siciliano o presidente de los Estados Unidos. Una vez, en una obra de radioteatro para treinta y siete voces, él las interpretó todas, con una serie de seudónimos, y nadie lo notó. En compañía de Mimi Mamoulian, su equivalente femenina, él dominaba las ondas hertzianas de la Gran Bretaña. Dominaban un segmento tan amplio del círculo de la voz que, como decía Mimi: «Vale más que delante de nosotros nadie mencione la Comisión Antimonopolios ni en broma.» Ella tenía una gama asombrosa; podía representar cualquier edad de cualquier lugar del mundo en cualquier tono del registro vocal, desde la angelical Julieta hasta la fatal Mae West. «Tú y yo tendríamos que casarnos cuando estés libre -le sugirió Mimi-. Entre los dos, podríamos ser las Naciones Unidas.»

«Tú eres judía -repuso él-. A mí me educaron con ciertas opiniones sobre los judíos.»

«Bueno, soy judía -dijo ella encogiéndose de hombros-. Pero el circunciso eres tú. No hay nadie perfecto.»

Mimi era muy bajita, con unos rizos negros muy prietos y aspecto de anuncio de Michelin. En Bombay, Zeeny Vakil se desperezó y bostezó, ahuyentando de su pensamiento a las otras mujeres. «Demasiado -rió-. Te pagan para que los imites, siempre y cuando no tengan que verte la cara. Tu voz se hace famosa, pero a ti te esconden. ¿Adivinas por qué? ¿Verrugas en la nariz, ojos bizcos, etcétera? ¿Alguna idea, monín? Menos seso que una maldita lechuga, palabra.»

Es verdad, pensó él. Saladin y Mimi eran una especie de leyendas, pero leyendas con lunar, estrellas opacas. El campo de gravedad de sus dotes atraía el trabajo hacia ellos, pero ellos permanecían invisibles, abandonando el cuerpo para asumir voces. Por la radio, Mimi podía convertirse en la Venus de Botticelli, podía ser Olympia, la Monroe, cualquier maldita mujer que quisiera. A nadie le importaba un pito su aspecto; ella se había convertido en su voz, valía un potosí, y había tres muchachitas perdidamente enamoradas de ella. Además, compraba inmuebles. «Conducta neurótica -confesaba sin avergonzarse-. Excesiva necesidad de arraigo, debida a hecatombes en historia armenio-judía. Cierta desesperación causada por la edad y pequeños pólipos detectados en la garganta. Las fincas son tan sedantes... Las recomiendo.» Poseía una rectoría en Norfolk, una granja en Normandía, un campanario toscano y una costa marina en Bohemia. «Todas, encantadas -explicaba-. Cadenas, aullidos, sangre en las alfombras, señoras en camisón, lo que quieran. Y es que nadie renuncia a la tierra sin pelear.»

Nadie, excepto yo, pensó Chamcha, sintiendo cómo le atenazaba la melancolía, allí tendido, al lado de Zeenat Vakil. Quizás yo sea ya un fantasma. Pero, por lo menos, un fantasma con un pasaje de avión, éxito, dinero, esposa. Una sombra pero una sombra que vive en el mundo tangible, material. Con Activo. Sí, señor.

Zeeny le acariciaba los rizos de encima de las orejas. «A veces, cuando estás callado -murmuró-, cuando no haces voces graciosas ni actúas con grandilocuencia, y cuando te olvidas de que la gente te mira, pareces un espacio en blanco. ¿Sabes? Una pizarra vacía, no hay nadie en casa. Me pone frenética, me entran ganas de abofetearte, de sacudirte para que despiertes. Pero también me da pena. Y es que eres tan tonto, tú, la gran estrella con la cara del color no apto para sus teles en color, que tiene que viajar al país de los wogs con una compañía de mala muerte, y, además, haciendo el papelito de babu, para poder salir en una obra. Te dan de puntapiés y aun así te quedas, los amas, jodida mentalidad de esclavo, palabra. Chamcha -le agarró por los hombros y lo sacudió, a horcajadas sobre él, con sus pechos prohibidos a pocas pulgadas de su cara-. Salad baba, o como te llames, por el cielo, vuelve a casa.»

La gran oportunidad de Saladin, la que pronto podría hacer que el dinero perdiera su significado, empezó en pequeña escala: televisión infantil, una cosa que se llamaba La hora de los aliens por Los Monsters de La guerra de las galaxias, inspirada en Barrio Sésamo. Era una comedia sobre un grupo de extraterrestres entre mono y psicópata, animal y vegetal, e incluso mineral, porque intervenía una artística roca espacial que podía explotarse a sí misma para extraer sus materias primas y regenerarse antes del episodio de la semana siguiente y que se llamaba Pygmalien. También aparecía una criatura brutal y eructadora, como un cactus con vómito, producto del basto sentido del humor de los productores del programa, oriunda de un planeta desierto situado en el confín del tiempo: ésta era Matilda, la austra-alien; y tres sirenas espaciales, rollizas y cantarínas, conocidas por Alien-Hadas, acaso por su talante risueño y distante; y una cuadrilla de hippies venusinos y artistas del spray de los ferrocarriles metropolitanos y similares que se llamaban Alien-Nacion; y, debajo de una cama de la nave que era el principal decorado del programa, vivía Bugsy, el escarabajo pelotero gigante de la Nebulosa de Cáncer, que se había escapado de su padre; y, en un tanque de peces, podías encontrar a Cerebro, el abalone gigante superinteligente al que chiflaba comer chinos; y Ridley, el más aterrador del reparto habitual, que parecía un juego de dientes pintado por Francis Bacon al extremo de una bolsa ciega y que tenía obsesión por la actriz Sigurney Weaver. Las estrellas del programa, los equivalentes de Kermit y Miss Piggy, eran Maxim y Mamá Alien, pareja elegantísima, de seductor atuendo y peinado asombroso, que ansiaban ser - ¿y qué si no?- celebridades de la televisión. Eran interpretados por Saladin Chamcha y Mimi Mamoulian que, de una secuencia a otra, cambiaban de voz al mismo tiempo que de traje, y no digamos de pelo, que pasaba del púrpura al bermellón, se erizaba en diagonal hasta un metro de distancia o desaparecía del todo; o de facciones y órganos, porque podían intercambiarlo todo: piernas, brazos, nariz, orejas, ojos, y cada cambio conjuraba una voz diferente de sus legendarias gargantas proteicas. El éxito del programa se debió a la utilización de novísimas imágenes creadas por ordenador. Los fondos eran simulados: nave, paisajes extraterrestres y escenarios intergalácticos; también los actores eran procesados por las máquinas, obligados a pasar cuatro horas al día soportando la aplicación de maquillaje protésico que -una vez los vídeo-ordenadores habían hecho su trabajo- les hacía parecer no menos simulados que los escenarios. Maxim Alien, playboy espacial, y Mamá, invicta campeona galáctica de lucha libre y reina universal de la pasta, tuvieron un éxito fulminante. Pasaron a los horarios preferentes y fueron solicitados por América, Eurovisión, el mundo.

A medida que La hora de los aliens adquiría preponderancia, empezó a suscitar las críticas políticas. Los conservadores lo encontraban espeluznante, obsceno (Ridley se ponía materialmente erecto al pensar intensamente en Miss Weaver), estrambótico. Los comentaristas radicales empezaron a atacar su tendencia al estereotipo, su énfasis en la idea de que lo extraño es monstruoso, su falta de imágenes positivas. Se presionó a Chamcha para que abandonara el programa; él se negó y se convirtió en blanco de ataques. «Tendré problemas cuando regrese -dijo a Zeeny-. El maldito programa no es una alegoría. Es entretenimiento. Sólo pretende distraer.»

«¿Distraer a quién? -preguntó ella-. Además, incluso ahora sólo te dejan salir al aire después de cubrirte la cara de pasta y ponerte una peluca roja. Gran cosa el Deluxe, palabra.»

«La verdad es -dijo ella cuando despertaron a la mañana siguiente-, Salad, cariño, que eres bien parecido, no un palurdo. Una piel como la leche, recién vuelto de Inglaterra. Ahora que Gibreel ha dado el esquinazo, tú podrías sucederle. Hablo en serio, sí. Necesitan una cara nueva. Vuelve a casa y tú podrías ser una gran estrella, mejor que Bachchan, más grande que Farishta. Tu cara no es tan rara como la de ellos.»

Cuando era joven, dijo él, cada una de las fases de su vida, cada personalidad que asumía, parecía temporal y eso le tranquilizaba. Sus imperfecciones no importaban, porque él podía sustituir fácilmente un momento por el siguiente, un Saladin por otro. Ahora, empero, el cambio empezaba a resultar doloroso; las arterias de lo posible habían empezado a endurecerse. «No es fácil decirte esto, pero ahora estoy casado, y no sólo con mi esposa, sino con mi vida. -Otra vez se le escapaba el acento-. En realidad, vine a Bombay por un motivo, y no era la obra. Él tiene más de setenta años y yo ya no tendré muchas oportunidades. Él no ha ido al teatro; Mahoma tendrá que ir a la montaña.»

Mi padre, Changez Chamchawala, dueño de una lámpara maravillosa. «Changez Chamchawala, pero hablas en serio, no creas que vas a poder dejarme. -Ella palmoteo-. Estoy deseando verle en persona.» Su padre, el famoso recluso. Bombay era una cultura de imitaciones. Su arquitectura reproducía el rascacielos, su cine reinventaba incansablemente Los siete magníficos y Love Story obligando a todos sus héroes a salvar por lo menos un pueblo de los bandidos asesinos y a todas sus heroínas a morir de leucemia por lo menos una vez en su carrera, a poder ser al principio. La invisibilidad de Changez era el sueño indio del infeliz crorepati que vivía enclaustrado en Las Vegas; pero un sueño no es ni siquiera una fotografía, al fin y al cabo, y Zeeny quería verlo con sus propios ojos. «Cuando está de mal humor, hace muecas a la gente -le advirtió Saladin-. Nadie lo cree hasta que lo ve, pero es la verdad. ¡Y qué muecas! Gárgolas. Además, es un puritano y te llamará descarada y, de todos modos, probablemente, yo me pelearé con él, está escrito.»

Lo que había traído a la India a Saladin: el perdón. Éste era el motivo de su viaje a su ciudad natal. Pero no habría podido decir si venía a darlo o a recibirlo.

 

 

 

 

*    *    *

 

 

¿De qué acusaba el hijo al padre? De todo: espionaje de un niño, robo de la olla del arco iris, exilio. De convertirle en lo que acaso no habría sido. De «hacer un hombre de». De «qué voy a decir a mis amigos». De irreparables rupturas y ofensivos perdones. De sucumbir a la adoración de Alá con la nueva esposa y también de culto blasfemo de la anterior. Sobre todo, de «adepto de lámpara maravillosa» de «abresesamista». Él todo lo consiguió con facilidad, donaire, mujeres, riqueza, poder, posición. Frotar, puf, genio, deseo, en seguida, amo, ya está. Era un padre que había prometido, y luego escamoteado, una lámpara maravillosa.

 

 

*    *    *

 

 

La mujer de sus sueños era más baja y menos grácil que la de verdad, pero en el momento en que Chamcha la vio pasear tranquilamente por los pasillos del Bostan, recordó la pesadilla. Cuando Zeenat Vakil se marchó, él cayó en un sueño atormentado y tuvo un presentimiento: la visión de una mujer-bombardero con una voz de acento canadiense, casi inaudible de tan suave, profunda y melodiosa como un océano lejano. La mujer del sueño iba tan cargada de explosivos que, más que el bombardero, era la bomba; la mujer que paseaba por el pasillo tenía en brazos a un niño de pecho que parecía dormir plácidamente, un niño tan bien envuelto y tan estrechamente abrazado que Chamcha no consiguió distinguir ni un solo rizo de pelo recién nacido. Influido por el sueño, Chamcha pensó que, en realidad, el niño era un manojo de cartuchos de dinamita o alguna especie de artefacto que hacía tictac, y ya iba a gritar cuando reaccionó y se reprendió severamente. Éstas eran precisamente las tontas supersticiones que ahora dejaba atrás. Él era un hombre correcto, con el traje bien abrochado, que iba camino de Londres y de una vida ordenada y feliz. Él formaba parte del mundo real.

Saladin viajaba solo, rehuyendo a los restantes miembros de la compañía Prospero Players, esparcidos por la clase turista, con camisetas del Pato Donald, que doblaban el cuello imitando a los danzarines de natyam, llevaban saris benarsi, bebían demasiado champán barato de avión e importunaban a las desdeñosas azafatas que, por ser indias, sabían que los actores eran gente de baja estofa; en suma, comportándose con la falta de discreción propia de los cómicos. La mujer que llevaba el niño en brazos tenía para los faranduleros blancos una mirada que los convertía en volutas de humo, en espejismos, en fantasmas. Para un hombre como Saladin Chamcha no había nada tan penoso como la degradación de lo inglés por los propios ingleses. Volvió a su periódico, en el que una manifestación del «rail roko» de Bombay era dispersada por cargas de policías armados de lathis. El reportero del periódico sufrió la fractura de un brazo y su cámara fue destrozada. La policía publicó una «nota». Ni el periodista ni ninguna otra persona fue atacada intencionadamente. Chamcha cayó en sopor de avión. La ciudad de las historias perdidas, los árboles talados y los ataques no intencionados se borró de su pensamiento. Cuando volvió a abrir los ojos, tuvo la segunda sorpresa de aquel macabro viaje. Un hombre pasó por su lado camino del aseo. Llevaba barba y unas gafas baratas con cristales de color, pero Chamcha lo reconoció: allí, viajando de incógnito en la clase turista del vuelo AI-420, estaba el superstar desaparecido, la leyenda viva Gibreel Farishta en persona.

«¿Ha dormido bien?» Saladin comprendió que la pregunta iba dirigida a él, y apartó la mirada del gran actor de cine para contemplar al personaje no menos extraordinario que iba sentado a su lado, un inefable americano con gorra de béisbol, gafas de montura metálica y una camisa verde neón sobre la que se retorcían las figuras entrelazadas de dos resplandecientes dragones chinos dorados. Chamcha había eliminado al ente de su campo visual, en un intento de envolverse en un capullo de intimidad, pero la intimidad no era posible.

«Eugene Dumsday, a sus órdenes. -El hombre dragón le tendió una enorme mano colorada-. A las suyas y a las de la Guardia Cristiana.»

Chamcha, atontado por el sueño, movió la cabeza: «¿Es militar?»

«¡Ja! ¡Ja! Sí, señor, podría decirse que sí. Un humilde soldado de a pie del ejército de la Guardia Todopoderosa.» Oh, todopoderosa guardia, pues claro, haberlo dicho. «Yo, señor, soy un hombre de ciencia y mi misión, mi misión y, permítame decirlo, mi privilegio, ha sido visitar su gran nación para combatir la aberración más perniciosa que jamás haya agarrado de los huevos a la imaginación popular.»

«No sé a qué se refiere.»

Dumsday bajó la voz. «Me refiero a la caca del mono, señor. El darwinismo. La herejía evolucionista de Mr. Charles Darwin.» Su tono hacía evidente que el nombre del atormentado Darwin, obsesionado por Dios, le resultaba tan repulsivo como el de cualquier demonio de cola hendida, Belcebú, Asmodeo o el propio Lucifer. «He prevenido a sus compatriotas contra Mr. Darwin y sus obras -le confió Dumsday-. Con mi exposición asistida de cincuenta y siete diapositivas personales. Últimamente, señor mío, hablé en el banquete del Día del Entendimiento Mundial del Rotary Club de Cochin, Kerala. Hablé de mi país, de su juventud. Yo la veo perdida, señor. La juventud de América; yo veo que, en su desesperación, recurre a los narcóticos e, incluso, porque yo soy un hombre que habla claro, a las relaciones sexuales prematrimoniales. Y yo lo dije entonces y se lo digo ahora. Si yo pensara que mi tatarabuelo había sido un chimpancé yo estaría también bastante deprimido.»

Gibreel Farishta estaba sentado al otro lado del pasillo, mirando por la ventanilla. Empezaba la película y se bajaban las luces. La mujer del niño seguía de pie, arriba y abajo, quizá para que el chiquitín no llorase. «¿Y cómo le fue?», preguntó Chamcha, comprendiendo que tenía que decir algo.

Su vecino titubeó. «Me parece que el sistema de sonido se averió -dijo al fin-. Es lo que yo pienso, o ¿por qué habían de ponerse esas buenas gentes a hablar entre sí, de no creer que yo había terminado?»

Chamcha se sintió un poco avergonzado. Él pensaba que, en un país de fervorosos creyentes, la idea de que la ciencia era la enemiga de Dios tenía que ejercer una fácil atracción; pero el aburrimiento de los rotarios de Cochin le demostraba que estaba equivocado. A la luz parpadeante de la película, Dumsday, con su voz de buey inocente, siguió poniéndose en evidencia, completamente ajeno a lo que hacía. Al término de un paseo por el magnífico puerto natural de Cochin, al que Vasco da Gama llegó en busca de especias, con lo que puso en marcha toda esa ambigua historia del Este y el Oeste, Mr. Dumsday fue abordado por un mocoso con pssts y hey-mister-okays. «¡Eh, usted, yes! ¿Quiere hachís, sahib? Eh, misteramérica, Yes, unclesam, ¿quiere opio, calidad insuperable, del más caro? Okay, ¿quiere cocaína?

Saladin empezó a reír por lo bajo, sin poder contenerse. Aquello debía de ser la venganza de Darwin: si Dumsday consideraba al pobre Charles, tan pacato y Victoriano él, responsable de la cultura americana de la droga, qué ironía que él fuera visto en todo el globo como representante de la misma ética contra la que tan denodadamente batallaba. Dumsday le miró con dolorido reproche. Duro sino el del americano en el extranjero que no sospecha por qué suscita tanta hostilidad.

Después de que aquella risita involuntaria escapara de labios de Saladin, Dumsday se sumió en un sopor, taciturno y ofendido, dejando a Chamcha con sus propios pensamientos. ¿Debía considerarse la película de a bordo como una mutación de la forma especialmente vil y casual, que al fin sería extinguida por la selección natural, o representaba el futuro del cine? Un futuro de películas de estrambóticas peripecias eternamente protagonizadas por Shelley Long y Chevy Chase era insoportable, una visión del infierno... Chamcha empezaba a cerrar los ojos otra vez cuando se encendieron las luces, la película se detuvo y la ilusión del cine fue sustituida por la de estar contemplando el telediario cuando cuatro figuras armadas empezaron a correr por los pasillos.

 

 

 

*    *    *

 

 

Los pasajeros fueron retenidos en el avión secuestrado durante ciento once días, encallados en una pista inundada de una luz trémula y rutilante, en torno a la cual se estrellaban las grandes olas de arena del desierto, porque uno de los cuatro secuestradores, tres hombres y una mujer, había obligado al piloto a aterrizar y nadie podía decidir qué había que hacer con ellos. No habían aterrizado en un aeropuerto internacional, sino en una pista para jumbos, capricho extravagante del jeque local, construida en su oasis favorito, al que ahora conducía también una autopista de seis carriles muy popular entre hombres y mujeres solteros, que paseaban por su ancha vastedad en coches lentos, mirándose por las ventanillas con ojos hambrientos..., pero una vez hubo aterrizado el 420, la autopista se llenó de vehículos acorazados, camiones y grandes coches negros con banderas. Y mientras los diplomáticos discutían lo que debía hacerse con el avión, si asaltar o no asaltar, mientras trataban de decidir entre transigir o mantenerse firmes a expensas de vidas ajenas, una gran quietud envolvió el avión y no tardaron en empezar los espejismos. Al principio había acción a un ritmo constante, mientras el cuarteto secuestrador se mostraba electrizado, frenético, ansioso de apretar el gatillo. Son los peores momentos, pensó Chamcha, mientras los niños gritaban y el miedo se extendía como una mancha; ahora es cuando todos podríamos saltar por los aires. Luego, la situación quedó controlada: eran tres hombres y una mujer, todos altos, ninguno enmascarado, todos guapos; ellos también eran actores, ahora eran estrellas, estrellas fugaces, y tenían nombres artísticos. Dara Singh Buta Singh Man Singh. La mujer era Tavleen. La mujer del sueño era anónima, como si la imaginación del sueño de Chamcha no tuviera tiempo para seudónimos; pero, al igual que ella, Tavleen hablaba con acento canadiense, meloso, con esas oes delatoras redondas. Cuando el avión hubo aterrizado en el oasis de Al-Zamzam los pasajeros, que observaban a sus captores con la atención obsesiva con que una mangosta pasmada mira a una cobra, comprendieron que en la belleza de los tres hombres había un algo narcisista, un romántico amor al peligro y a la muerte que les hacía aparecer con frecuencia en las puertas del avión, mostrando el cuerpo a los francotiradores profesionales que debían de estar apostados entre las palmeras del oasis. La mujer se abstenía de esta frivolidad y parecía hacer un esfuerzo para no reprender a sus colegas. Ella parecía ajena a su propia belleza, lo que la hacía la más peligrosa de los cuatro. Saladin tenía la impresión de que los chicos eran muy delicados, muy pagados de sí mismos, para estar dispuestos a mancharse las manos de sangre. Les costaría trabajo matar; ellos hacían esto para salir por televisión. Pero Tavleen estaba allí trabajando. Él no apartaba la mirada de ella. Los chicos no saben, pensó. Ellos quieren comportarse como los secuestradores del cine y de la televisión; en realidad, están imitando una imagen tosca de sí mismos, son gusanos que devoran su propia cola. Pero ella, la mujer, sabe... Mientras Dara, Buta y Man Singh se pavoneaban y hacían cabriolas, ella se quedó quieta, volvió la mirada hacia el interior, e hizo que los pasajeros se quedaran tiesos de miedo.

¿Qué querían? Nada nuevo. Una patria independiente, libertad religiosa, libertad de presos políticos, justicia, rescate y salvoconducto al país que ellos eligieran. Muchos de los pasajeros llegaron a simpatizar con ellos, a pesar de que se encontraban bajo constante amenaza de ejecución. Si vives en el siglo veinte, no te cuesta trabajo verte retratado en quienes, más desesperados que tú, tratan de modelarlo a su voluntad.

Después de aterrizar, los secuestradores liberaron a todos los pasajeros menos a cincuenta, que consideraban era el número máximo que podían vigilar cómodamente. Las mujeres, los niños y los sikhs pudieron marchar. Resultó que Saladin era el único miembro de la compañía Prospero Players que no recuperó la libertad; pero sucumbió a la lógica perversa de la situación y, en lugar de sentirse afligido por verse prisionero, se alegraba de perder de vista a sus mal educados colegas; a paseo la chusma, pensó.

Eugene Dumsday, el científico creacionista, se sintió incapaz de aceptar la idea de que los secuestradores no fueran a liberarlo a él. Se puso en pie, oscilando a su gran altura como un rascacielos en un huracán, y empezó a gritar incoherencias histéricamente. Un hilo de saliva le caía por las comisuras de los labios y él la lamía con lengua febril. Bueno, un momento, canallas, ya está bien, ya está bien, peroqué, peroaquién se le ocurre, etcétera; preso en su pesadilla de vigilia, siguió babeando y babeando hasta que uno de los cuatro, evidentemente la mujer, se le acercó y le partió la mandíbula con la culata del rifle. Y, lo que es peor, el baboso Dumsday en aquel momento se lamía los labios cuando se le cerraron violentamente los maxilares, cercenándole la lengua, que fue a parar al pantalón de Saladin Chamcha, seguida rápidamente de su antiguo propietario. Eugene Dumsday cayó deslenguado e inconsciente en brazos del actor.

Eugene Dumsday consiguió la libertad a trueque de perder la lengua; el persuasor consiguió persuadir a sus captores entregando su instrumento de persuasión. Ellos no estaban para cuidar a un herido, con riesgo de gangrena, etcétera, por lo que él siguió al éxodo del avión. En aquellas primeras horas de revuelo, Saladin Chamcha no hacía más que pensar en cuestiones de detalle, si son rifles automáticos o metralletas, cómo subieron todo ese material a bordo, en qué partes del cuerpo se puede recibir una bala sin morirse, qué asustados deben de estar esos cuatro, qué conscientes de su propia muerte... Una vez se marchó Dumsday, esperaba quedarse solo, pero en la butaca que había dejado el creacionista se sentó un hombre diciendo: con permiso, yaar, pero en estas circunstancias uno necesita compañía. Era la estrella de cine, Gibreel.

 

 

*  *  *

 

Se ve a sí mismo en el sueño: no un ángel impresionante, sino un hombre con su ropa de calle, las prendas heredadas de Henry Diamond: gabardina y sombrero gris sobre unos pantalones excesivamente grandes sujetos por tirantes, un jersey de pescador y una camisa blanca holgada. Este Gibreel del sueño, tan parecido al de la vigilia, está temblando en el retiro del Imán, cuyos ojos están blancos como las nubes. Gibreel habla en tono quejumbroso, para disimular el miedo. «¿Por qué insistir con los arcángeles? Deberías saber que esos días ya pasaron.»

El Imán cierra los ojos, suspira. La alfombra tiende largos tentáculos peludos que se enredan en torno a Gibreel sujetándolo con fuerza.

«Tú no me necesitas -insiste Gibreel-. La revelación está completa. Déjame marchar.»

El otro mueve la cabeza y habla, pero sus labios no se mueven, y es la voz de Bilal la que llena los oídos de Gibreel, a pesar de que no se ve el altavoz, ésta es la noche, dice la voz, y tú tienes que llevarme volando a Jerusalén.

Entonces el apartamento se esfuma y ellos están de pie en el tejado, al lado del depósito del agua, porque el Imán, cuando desea moverse, puede permanecer quieto y hacer que el mundo se mueva alrededor de él. Su barba ondea al viento. Ahora es más larga; si no fuera por el viento que la hace tremolar como pañuelo de gasa, le llegaría hasta los pies; tiene los ojos rojos, y su voz pende del cielo. Llévame. Gibreel arguye: Por lo visto, no me necesitas para nada; pero el Imán, con un solo movimiento de asombrosa rapidez, se echa la barba sobre el hombro, se sube la falda enseñando dos piernas flacas con una capa de vello casi monstruosa, da un gran salto en el aire de la noche, hace una voltereta y se instala sobre los hombros de Gibreel, agarrándose a él con uñas convertidas en largas y curvadas garras. Gibreel siente que se eleva hacia el cielo, portando al viejo del mar, el Imán cuyo cabello crece a ojos vista flotando en todas las direcciones y cuyas cejas son como gallardetes al viento.

Jerusalén, ¿por dónde cae?, se pregunta. Pero es que, además, es una palabra muy resbaladiza, Jerusalén, tanto puede ser una idea que un lugar: una meta, una ilusión. ¿Dónde está el Jerusalén del Imán? «La caída de la meretriz -le dice al oído la voz incorpórea-. Su ruina, la ramera de Babilonia.»

Vuelan en la noche. La luna se calienta, empieza a hacer burbujas como el queso arrimado a la lumbre; él, Gibreel, ve caer los pedazos de vez en cuando, gotas de luna que chisporrotean en la sartén del cielo. Abajo aparece tierra. El calor se hace intenso.

Es un paisaje inmenso, rojizo, con árboles de copa aplastada. Vuelan por encima de montañas que también tienen las cumbres aplastadas; aquí hasta las piedras están aplastadas por el calor. Llegan a una montaña alta, de forma cónica casi perfecta, una montaña que también se ve en una postal que está en una repisa, muy lejos; y, a la sombra de la montaña, una ciudad se extiende a los pies de los viajeros, implorando, y en la falda de la montaña, un palacio, el palacio, su palacio: la Emperatriz difamada por mensajes radiados. Es una revolución de radioaficionados.

Gibreel, al que el Imán utiliza de alfombra mágica, desciende un poco, y en la noche sofocante, las calles parecen estar vivas, retorcerse como serpientes; mientras, delante del palacio de la derrota de la Emperatriz, está levantándose una montaña nueva, delante de nuestros propios ojos, baba, ¿qué pasa ahí abajo? La voz del Imán pende del cielo: «Baja. Yo te enseñaré lo que es Amor.»

Cuando llegan a la altura de los tejados, Gibreel advierte que las calles son un hervidero de gente. Los seres humanos están tan comprimidos en esos tortuosos caminos, que forman una entidad mayor, homogénea, implacable y serpenteante. La gente avanza despacio, a paso regular, de los callejones a las calles estrechas, de las calles estrechas a las calles más anchas, de las calles más anchas a los paseos y de los paseos a la gran avenida, de doce carriles de ancho, bordeada de eucaliptus gigantes que conduce a las puertas de palacio. La avenida está repleta de humanidad; es el órgano central del nuevo ser de muchas cabezas. De setenta en fondo, la gente camina gravemente hacia las verjas de la Emperatriz. Delante de las cuales los guardias de palacio esperan en tres filas, echados, rodilla en tierra y de pie, con las metralletas preparadas. La gente sube la pendiente hacia las metralletas; setenta en fondo, ya están a tiro; las metralletas barbotan y ellos mueren, y los setenta siguientes se encaraman sobre los cuerpos de los muertos, las metralletas vuelven a carcajearse y la montaña de muertos crece. Los que están detrás empiezan, a su vez, a trepar. En las oscuras puertas de las casas de la ciudad hay madres con el manto en la cabeza que empujan a sus adorados hijos al desfile, ve, sé mártir, haz lo necesario, muere. «Ya ves como me quieren -dice la voz sin cuerpo-. No hay en el mundo tiranía que pueda resistir el poder de este amor lento y en marcha.»

«Eso no es amor -responde Gibreel, llorando-. Es odio. Ella los ha arrojado en tus brazos.» La explicación suena endeble, superficial.

«Ellos me quieren -dice la voz del Imán- porque yo soy agua. Yo soy fertilidad y ella es podredumbre. Ellos me quieren por mi costumbre de destrozar relojes. Los seres humanos que se apartan de Dios pierden el amor, y la certidumbre, y también el sentido de su Tiempo infinito que abarca pasado, presente y futuro; el tiempo sin tiempo que no necesita moverse. Nosotros anhelamos lo eterno, y yo soy eternidad. Ella no es nada: un tic o un tac. Ella se mira al espejo todos los días y siente terror de la vejez y de la huida del tiempo. Por ello, es prisionera de su propia naturaleza; también ella está encadenada al Tiempo. Después de la revolución, no habrá relojes; nosotros los destruiremos todos. La palabra reloj será borrada de nuestros diccionarios. Después de la revolución no habrá cumpleaños. Todos volveremos a nacer, todos tendremos la misma edad invariable a los ojos de Dios Todopoderoso.»

Ahora calla porque debajo de nosotros llega el momento supremo en el que el pueblo se acerca a las metralletas. Las cuales son silenciadas a su vez, cuando la interminable serpiente de gente, la pitón gigantesca de las masas sublevadas, abraza a los guardias asfixiándolos y ahoga la risotada letal de sus armas. El Imán suspira. «Ya está hecho.»

Las luces del palacio se apagan mientras el pueblo camina hacia él, con el mismo paso mesurado de antes. Entonces, del interior del palacio oscurecido brota un sonido escalofriante que empieza como un lamento alto y penetrante y luego se hace profundo como un aullido, un ulular tan fuerte como para llenar con su rabia todas las hendiduras de la ciudad. La cúpula dorada del palacio estalla como un huevo y de ella se eleva, resplandeciente de negrura, una aparición mitológica con vastas alas negras y el cabello tan largo y tan negro como largo y blanco es el del Imán: Al-Lat, comprende Gibreel, que ha salido de la concha de Ayesha.

«Mátala», ordena el Imán.

Gibreel lo deposita en el balcón ceremonial de palacio, con los brazos abiertos para abarcar la alegría del pueblo, cuyo sonido ahoga los alaridos de la diosa y se eleva como un cántico. Y Gibreel es impulsado al aire, irresistiblemente, una marioneta que va a la guerra; y ella, al verlo venir, da la vuelta, se agacha en el aire y, gruñendo espantosamente, viene a él con todo su poder. Gibreel comprende que el Imán, peleando por delegación, como siempre, lo sacrificará tan prestamente como a la montaña de cadáveres que está en la puerta de palacio; que él es un soldado suicida al servicio de la causa del clérigo. Yo soy débil, piensa, no soy adversario para ella, pero ella ha sido debilitada por su derrota. La fuerza del Imán mueve a Gibreel, y pone rayos en sus manos. Se inicia el combate; él arroja lanzas de rayos a sus pies y ella le echa cometas al vientre; nos estamos matando el uno al otro, piensa él, los dos moriremos y habrá dos nuevas constelaciones en el espacio: Al-Lat y Gibreel. Se tambalean como dos guerreros exhaustos dando mandobles en un campo sembrado de cadáveres. Los dos caen rápidamente.

Ella cae.

Baja en picado, Al-Lat, reina de la noche; choca contra el suelo destrozándose la cabeza; y yace, inerte y rota, un ángel negro descabezado, con las alas arrancadas, junto a una puertecita lateral de los jardines de palacio. Y Gibreel, al apartar de ella la mirada horrorizado, ve que el Imán se ha hecho monstruoso, está tendido en el patio del palacio con la boca abierta ante las puertas, y a medida que el pueblo va entrando, él se lo va tragando entero.

El cuerpo de Al-Lat se descompone y desintegra en la hierba, dejando sólo una mancha oscura; y ahora todos los relojes de la capital de Desh empiezan a dar campanadas y siguen y siguen, más de doce y más de veinticuatro y más de mil y una, anunciando el fin del Tiempo, la hora que no puede medirse, la hora del regreso del exiliado, de la victoria del agua sobre el vino, del comienzo del Antitiempo del Imán.

 

 

De: "Los Versos Satánicos"

© 1988, Salman Rushdie

 

 

Lovecraft, Cthulhu y la civilización perdida

Lovecraft, Cthulhu y la civilización perdida

H. P. Lovecraft.

Por Travis

Los datos sobre la biografía y el estilo de Lovecraft han sido recogidos de varios prólogos de las diferentes obras recopilatorias de sus cuentos, estos escritos constituyen también la base del epílogo donde se analiza el relato elegido como representación de su obra, de todos estos prólogos quiero destacar el escrito por Rafael Llopis (Los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft y otros Alianza Editorial) cuya lectura  recomiendo a todos los seguidores del hombre de Nueva Inglaterra.
 

 BIOGRAFIA

    Howard Philips Lovecraft nació en la ciudad de Providence en el estado de Rhode Island (E.E.U.U.) el 20 de Agosto de 1890. Su padre Winfield Scott Lovecraft era un viajante de comercio que falleció cuando Howard tenía ocho años, siendo hijo único se educo exclusivamente entre adultos: su madre Sarah Susan Phillips, sus abuelos maternos y las dos hermanas de su madre.

    Durante su infancia y adolescencia permaneció aislado de los otros muchachos dedicándose sobre todo a la lectura en especial la Astronomía, las Mil y Una Noches, las leyendas del paganismo clásico y los escritores del siglo XVIII. Su primer relato, La bestia de la cueva (imitación de los cuentos terroríficos de la tradición gótica) fue escrito a los quince años de edad, pero no fue hasta 1908 que vio publicado su primer relato titulado El alquimista.

    Ya entrado en la veintena se inclinó por el estilo del escritor Lord Dunsany y en 1917 a la edad de veintisiete años publicó el relato fantástico Dagon, en la revista Weird Tales donde posteriormente vieron la luz otros relatos suyos.

    En 1921 fallece su madre tras pasar una larga temporada ingresada en un sanatorio, aquel mismo año y acuciado por necesidades económicas comienza a ganarse la vida como crítico y corrector de pruebas y estilo. Por aquella época comenzó a mantener relaciones epistolares con varias personas interesadas en sus relatos, algunas de las cuales se convertirían posteriormente en escritores y algunas incluso en escritores bastante conocidos como el caso de Robert Bloch.
 

En esta época comenzaron a gestarse los mitos de Cthulhu, el primero de sus relatos perteneciente a este ciclo es La ciudad sin Nombre (1921), posteriormente y a partir de La llamada de Cthulhu (1926), los mitos adquieren su forma adulta y definitiva, en colaboración con todo su círculo de amistades.

    También en esta época data su amistad con Sonia Greene, diez años mayor que él con la que se casaría en 1924 y se marcharía a vivir a Brooklyn, Nueva York. El matrimonio se separó a los dos años de casados y se divorció legalmente tres años más tarde.

    Regresó a Providence donde permanecería ya para siempre a excepción de algunos breves viajes. A finales de febrero de 1937 ingresó en el Hospital Jane Brown Memorial, de Providence. Allí murió a primeras horas de la mañana del 15 de Marzo de 1937 a la edad de cuarenta y siete años víctima de un cáncer intestinal complicado con la enfermedad de Bright. Fue enterrado tres días después en el panteón de su abuelo Philips en el cementerio de Swann Point; aunque su nombre esta inscrito en la columna central, ninguna lápida señala su tumba.

    Después de su muerte, sus amigos y admiradores se dedicaron a recopilar sus cuentos dispersos o inéditos y a publicarlos. Se creó una editorial llamada Arkham House que tuvo un éxito cada vez mayor. Cabe citar las recopilaciones Beyond the wall of sleep (Mas allá del muro del sueño), 1943; The Weird Shadow Over Insmouth (La extraña sombra sobre Insmouth), 1944, y The Dunwich Horror (El Horror de Dunwich), 1945.
 

 EL ESTILO DE LOVECRAFT

    Los relatos de H.P. Lovecraft poseen dos características principales, que a menudo aparecen mezcladas. Por un lado son fantásticos, al estilo del ya mencionado Lord Dunsany, y por otro son extrañas y terribles visiones cósmicas que revelan influencias de Edgar Allan Poe, Algernoon Blackwood y Arthur Machen.

    La primera época conocida como "época dunsaniana" a la que pertenecen sus primeros cuentos publicados está invadida del irrealismo onírico, del fondo numinoso de religión arcaica, de los nombres sonoros de dioses olvidados, de la descripción de templos sepultados y de civilizaciones perdidas que cristalizaron en un mundo onírico que no fue solo épico y legendario como el de este su primer maestro, sino terrorífico también, elemento añadido por Lovecraft y que constituía para él un ingrediente imprescindible.

    Con el tiempo sin embargo la vía puramente onírica de Dunsany y su estilo maravilloso y poético comenzaron a serle insuficientes. Coincidiendo según algunos críticos de su obra con su apertura al mundo exterior como consecuencia de la muerte de su madre, Lovecraft necesitaba de una estructura mas verosímil que contara con el apoyo de la razón, de la ciencia y de la realidad. De manera que la conocida estructura dunsaniana fue asimilando estos elementos nuevos hasta que se produjo el salto dialéctico a su fase madura, la de los Mitos de Cthulhu.

    En esta nueva etapa destacan como se ha señalado la influencia de dos escritores, uno es Arthur Machen del que tomó los cultos de la antigüedad clásica, los afanes arqueológicos, las doctrinas esotéricas de ciertas sociedades secretas, el materialismo de explicar lo sobrenatural mediante ciertos secretos científicos hoy olvidados.

    El otro es Algernoon Blackwood del cual tomó la idea de la existencia de seres primordiales que han sobrevivido hasta nuestros días y la idea de que el universo no es nada sin la presencia de ciertas fuerzas elementales de la naturaleza, teorías ambas que se resumirían en una frase de este autor: "Es concebible que tales potencias o seres hayan sobrevivido desde una época infinitamente remota en que la conciencia se manifestaba quizá a través de cuerpos y formas que ya hace tiempo se retiraron ante la marea de la ascendiente humanidad, formas de las que solo la poesía y la leyenda han conservado un fugaz recuerdo bajo el nombre de dioses, monstruos, seres míticos de toda clase y especie".

    Estos rasgos temáticos son identificados por el lector como el tema principal de la fase de los mitos cosa que el mismo Lovecraft explicaba: "Todos mis relatos, por desconectados entre sí que puedan parecer, están basados en la misma idea: la de que este mundo estuvo habitado en otra época por otra raza, la cual fue expulsada del planeta por practicar la magia negra, y ahora vive en un plano exterior, acechando la ocasión de volver a tomar posesión de la Tierra."

    Además de estas dos influencias, los mitos se alimentaron de múltiples aportaciones debidas a las lecturas e ideas de Lovecraft y de su círculo de amigos, así se añadieron elementos de la literatura de ciencia ficción, del ocultismo y de las religiones esotéricas.

    De esta manera el mundo onírico se transforma en realismo formal donde se contraponen la realidad objetiva y materialista, la razón y la conciencia frente a lo irracional y lo oculto. Y esta es verdaderamente la gran aportación de Lovecraft y sus colegas, en un mundo materialista y científico la explicación meramente sobrenatural cada vez convence menos, el relato fantástico necesita de visos de verosimilitud, no se trata sin embargo de hacerlo pasar por verdad científica objetiva, pero sí de darle un tinte de verdad que lo haga aceptable en un nivel estético.

    Retomando de nuevo las palabras de Lovecraft: "El principio fundamental debe ser el de una exposición científica -puesto que ese es el modo normal de presentar un hecho nuevo al conocimiento existente-, y no debe modificarse mientras el relato se desliza gradualmente de lo posible a lo imposible". "La ficción espectral debe ser realista y atmosférica, sin perder nunca de vista que el escenario, el ambiente y los fenómenos son más importantes para el efecto que se desea causar que los personajes y la trama. El impacto de una narración fantástica reside simplemente en la violación de una ley cósmica considerada como absoluta -una huida imaginativa de la realidad- puesto que los héroes lógicos son los fenómenos, mas que las personas."

    Esta formula que ha sido bautizada como "cuento materialista de terror" exigía por consiguiente el abandono de los países y tierras míticas de antaño y su transposición a la geografía conocida que en el caso de Lovecraft son las costas atlánticas del territorio llamado Nueva Inglaterra que incluye los estados de Connecticut, Maine, Nueva Hampshire, Vermont, Massachusets y el propio Rhode Island. Aquí bajo diferentes nombres inventados pero conservando en esencia el ambiente que destilaban esos pueblos y ciudades costeras (que Lovecraft conocía tan bien) tienen lugar gran parte de sus relatos.

    Su horror al mar también se integra perfectamente con los demás elementos de sus cuentos. Cthulhu, máximo símbolo de su horror, yace en el fondo del mar. Los seres híbridos de sus relatos a menudo son cruces de hombres y bestias marinas. Los barrios portuarios, el olor a pescado corrompido son, en sus relatos, signo inequívoco de la presencia del mal.

    En entonces de ese mar gigantesco y misterioso (todavía en la actualidad y más aún cuando Lovecraft lo contemplaba) , probablemente el único territorio sobre la tierra capaz quizás de albergar lo desconocido de donde surgen muchos de sus horrores arquetípicos encarnados no en puros dioses, ni en figuras oníricas sino en seres materiales (aunque de una materia distinta y ajena a la que conocemos) que habrían venido a la Tierra mucho antes que el hombre, estos seres son personificaciones de los arquetipos más aterradores y primitivos, de los monstruos más antiguos de nuestro abismo interior. Estos monstruos nunca domesticados, se manifiestan de nuevo con todo su poder cuando, en el sueño (una de las pocas puertas abiertas a ese abismo interior), descendemos a las profundidades del alma donde habitan.

    Aquí se produce la lucha entre las Primordiales encarnaciones de nuestros terrores y deseos más ancestrales, y la razón que los hundió en los abismos del subconsciente desde donde sueñan con regresar y volver a dominar el mundo. Es la lucha interior entre la razón y el abismo que se manifiesta en la contemplación alucinada del hombre moderno enfrentada a los demonios de los tiempos remotos.

    Este razonamiento sobre el significado de los mitos de Cthulhu ha sido explicado por algunos críticos de la obra de Lovecraft como consecuencia de su propia personalidad y de su desdichada y solitaria vida. Lovecraft nunca creyó en la abstracta y estéril mitología cristiana que imperaba en torno suyo, en cambio fue desde su infancia un devoto de los cuentos de hadas y de las Mil y Una Noches, en los que tampoco creía, pero los cuales, pareciéndole tan (in)ciertos como La Biblia le resultaban mucho mas divertidos.

    Así pues lejos de creer en magias y esoterismo, fue siempre un hombre lógico, materialista, racionalista, ateo. Sin embargo esta inevitable conclusión a la que llegaba sobre el mundo en el que vivía se transformaba también en angustia y decepción, ¡Qué pena que el mundo sea bajo y miserable! ¡Qué pena que los sueños sean tan solo eso! Era pues un hombre que no creía nada pero que se sentía profundamente desdichado por ello.

    Al descubrir que la religión (la suya y cualquier otra) era un absurdo quedó en él un vacío que intentó llenar con un mundo místico imaginario, así pues su literatura funciona más como evasión (para él y de paso para sus lectores), supo transmutar sus dolores en arte, en sus relatos encontró expresión mítica, la vida reprimida de sus sentimientos, en ellos supo sublimar las fantasías que rechazaba su intelecto formalista, aunque nunca pretendió creer en su irracionalismo ni hacer creer a nadie en él.

    Lovecraft aludió a su afición a lo fantástico diciendo que se trataba de "una característica de la personalidad, cuya fuente solo puede ser rastreada por un psiquiatra o un biólogo...El objetivo de una narración es el de reflejar una emoción, o una situación real de la vida, y si se tiene en cuenta la influencia que lo fantástico ejerce sobre nuestras emociones y sobre nuestra vida hay que convenir en la necesidad de la narración fantástica como forma literaria, ya que el sentimiento de lo misterioso es una emoción auténticamente humana".

    Los viejos mitos y leyendas de la antigüedad abolidas por el racionalismo del siglo XVIII y recuperados por el Romanticismo de un modo puramente estético se convierten así en esta etapa en una defensa, una huida ante el vacío existencial que nos ha dejado una ciencia y una razón empeñadas en que comprendamos que el mundo no es otra cosa que lo que en realidad es, pero de un modo casi burlón los mitos de Chulthu recogen de ese mundo racional y moderno lo que les interesa y sin moverse de él lo subvierten y lo retuercen hasta transformarlo en un caos cósmico nacido de los abismos de tiempos remotos y haciendo brotar de sus profundidades marinas y terráqueas a los antiguos moradores que se ríen de nuestra razón.

    Deberíamos abandonarnos todos de alguna manera a esta fantasía y disfrutar con su lectura sumergiéndonos en otros mundos que aun sabiendo que no existen nos producen "el ligero estremecimiento que permite gozar de la agradable sensación del terror" y como expreso en una conocida frase madame du Deffand, quien, habiéndosele preguntado en pleno siglo XVIII si creía en los fantasmas, contestó que no, pero que le daban miedo. No está la cosa pues en "creer" sino en "sentir". Y aunque no me fiaría de una persona que creyera en lo que se narra en La sombra sobre Insmouth tampoco me fiaría de nadie que no se estremeciera al leerla.
 
 
 

THE SHADOW OVER INSMOUTH

 

 Prólogo

    Este relato publicado en 1931 ha sido elegido por dos motivos, primero porque es un ejemplo muy claro de la época mas célebre del escritor conocida como la de "Los mitos de Cthulhu" y segundo porque particularmente lo considero el más terrorífico de cuantos he leído del hombre de Providence y casi diría que de cuantos he leído del género.

    No sé si será verdad eso que dicen que la lectura de cuentos de terror requiere una especial atmósfera para poder paladearlos mejor pero lo cierto es que en mi caso difícilmente pueden darse mejores condiciones: en la soledad de una antigua pensión, en medio de la noche y escuchando de fondo el rugir del oleaje en la bella y misteriosa ciudad de San Sebastián.

    Puede que fueran estas especiales condiciones las que hicieron que me impactara tanto esta lectura o puede deberse también a que soy una persona que nació y ha vivido siempre en ciudades y pueblos costeros, algunos de los cuales parecen una copia exacta del terrible puerto de Insmouth.

    Recomiendo a todas las personas interesadas en este modesto estudio del relato que por supuesto lo lean primero, y me atrevería incluso a sugerirles que para hacerlo se trasladaran a alguna localidad costera a ser posible frente al océano Atlántico vivo y violento el mismo que baña las costas de Nueva Inglaterra donde vivió nuestro hombre, espero que allí, en algún brumoso puerto de mar, en medio del silencio de la noche interrumpido solo por el sordo rumor del oleaje y los chillidos de las aves marinas tengan la ocasión de disfrutar (sufrir) tanto como lo hice yo.
 

", no podía sustraerme a la sensación de que en todo momento me vigilaban unos ojos ocultos, taimados y fijos que no parpadeaban  jamás".

La Sombra sobre Innsmouth, H.P. Lovecraft.


 Sinopsis

Innsmouth es como Arkham, Newburyport o Miskatonic el nombre imaginario pero perteneciente a la geografía real de la región de Nueva Inglaterra, el narrador en primera persona del relato oye hablar de esta localidad de modo casual en la estación de ferrocarril de Newburyport donde se encuentra haciendo escala en un viaje de placer.

    Los rumores sobre pactos con demonios del mar, plagas misteriosas, extrañas joyas sacadas nadie sabe de donde, milagrosas capturas de pescado de tamaño descomunal así como ciertos detalles sobre el insólito aspecto físico de los habitantes del pueblo espolean la curiosidad del viajero que decide averiguar algo más sobre Innsmouth.

    Sus investigaciones le llevan al museo local donde se haya expuesta una de esas joyas llegadas desde el pueblo misterioso, la contemplación de esa joya, una tiara adornada con siniestros motivos acuáticos representando a extrañas criaturas híbridas despierta en el hombre una extraña sensación de "familiaridad". En el mismo museo le mencionan también la existencia en el pueblo de cierto culto conocido como "Orden Esotérica de Dagon" al que eran adeptos la práctica totalidad de sus escasos habitantes.

    Con la curiosidad convertida en obsesión el viajero decide en contra de los numerosos consejos que recibe en Newburyport acudir al día siguiente a visitar el pueblo.

    Efectivamente a la siguiente mañana nuestro héroe coge un cochambroso autobús del que es el único pasajero y con un hombre de aspecto siniestro al volante comienza el viaje.

    La tenebrosa descripción del recorrido del autobús por Insmouth sembrado de construcciones ruinosas y decadentes e invadido por un persistente y nauseabundo olor a pescado podrido va sumergiendo cada vez más al lector en una atmósfera preñada de inquietud y amenaza, en palabras literales del narrador "El interminable espectáculo de callejones desiertos y fachadas miserables, la infinidad de cuchitriles oscuros, vacíos, abandonados a las telarañas y a la carcoma, provocan un temor que ninguna filosofía puede disipar."

    El visitante recorre el pueblo encontrando más de lo mismo, casas convertidas en escombros, factorías abandonadas y grupos de paisanos silenciosos y hoscos de andar torpe y bamboleante reconocibles en seguida por tener la "pinta de Innsmouth" manifestada sobre todo en sus ojos fijos e imperturbables que no pestañean jamás, todos jóvenes, no se ven ancianos por ningún sitio, tampoco se ven perros ni gatos, las ventanas de los pisos altos cerradas y clavadas con tablas.

    Cada vez más inquieto desea marcharse cuanto antes de tan insólito lugar pero una vez mas la curiosidad vence a la prudencia, al tropezarse con un anciano borrachín del cual le han comentando (en una tienda de comestibles atendida por un forastero como él) que suele contar disparatadas leyendas sobre el pueblo, decide abordarle y soltarle la lengua con una botella de whisky.

    El anciano borracho le cuenta una historia fantástica sobre el origen de la maldición que ha caído sobre Innsmouth, hace muchos años algunos marineros del pueblo llegaron a un archipiélago de los Mares del Sur, en una de las islas había una gran abundancia de pescado cuando en la otras apenas se sacaba para malvivir, además había muchos objetos de una extraña clase de oro con motivos labrados mostrando unos seres monstruosos mitad peces mitad ranas, interrogando a los nativos se enteraron de que andaban en tratos con esas criaturas que procedían de los abismos marinos donde habitaban en ciudades submarinas. A cambio de sacrificios humanos, las bestias del mar les entregan el oro y toda la pesca que quisieran. Con el tiempo aquellos seres llegaron a mezclar su sangre con los humanos dando como resultado criaturas híbridas que nacían con apariencia humana pero que con el tiempo se volvían como los seres del abismo y terminaban arrojándose al agua para vivir entre ellos una vida inmortal.

    Los nativos enseñaron a los marineros los ritos y conjuros necesarios para invocar a las bestias del mar que estaban diseminadas por todo el mundo de manera que en cualquier parte del océano se podía dar con ellos.

    Los marineros de regreso a Innsmouth trajeron consigo aquellos rituales convenciendo a sus conciudadanos de que era esa la solución para la decadencia económica de su pueblo, y conminándoles a abandonar los inútiles ritos cristianos y adoptar la religión de la Orden Esotérica del Dagon.

    El alucinado anciano termina abruptamente su historia, se muestra aterrorizado  "¡Vayase de aquí!, ¡nos han visto!" y desaparece corriendo.

    El visitante aunque conmovido por la grotesca historia no la cree en absoluto, aun así decide abandonar cuanto antes el pueblo que le resulta cada vez más aborrecible, ¿hará falta decir lo que sucede entonces?, al llegar a la estación del autobús el conductor le comunica "con un repugnante acento gutural" que el autobús está estropeado, no tendrá más remedio que pasar la noche en el hotel del pueblo...

    En una habitación de aspecto lúgubre, en medio de una "atmósfera de humedad estancada, lo que me sugería inevitablemente emanaciones de putrefacción y muerte" va llegando la noche.

    En medio del silencio y la oscuridad empiezan a oírse ruidos de pasos furtivos, alguien intenta entrar en la habitación sin conseguirlo, se oyen gruñidos que no guardan relación con ningún lenguaje humano, la luz eléctrica ha sido cortada, el forastero siente la necesidad de escapar de allí cuanto antes, los inhumanos gruñidos van en aumento, el olor a pescado se hace mas fuerte, alguien comienza a embestir la puerta, parece como si una horda se hubiera reunido en el pasillo con la intención de entrar en la habitación del modo que sea, el forastero huye del siniestro edificio descolgándose por la ventana de su habitación.

    Desde la calle ve como una tropa de siluetas bamboleantes sale del Hotel en su persecución comandadas por una figura coronada por una tiara, la misma que habia visto en el museo de Newburyport.

    Nuestro hombre huye por las calles del pueblo tan solo alumbradas por la luna, desde ellas contempla como miles de formas nadan en el agua en dirección al pueblo, prosigue la huida, por las aceras resuenan los pasos enérgicos y los gritos guturales de sus perseguidores, el hombre decide huir campo a través suponiendo que la chusma ha cortado las carreteras de acceso.

    El fugitivo se dirige por las vías abandonadas del tren hacia las afueras del pueblo, solo tiene que atravesar el punto en el que estas vías cruzan la carretera principal y estará a salvo pero antes de llegar escucha el ruido de la horda aullante que se acerca precisamente por esa carretera, tiene que esperar a que pasen el punto que cruza la vía y se alejen para proseguir su huida, sabe que va a ver a sus perseguidores de cerca por primera vez en aquella encrucijada bañada por la luz de la luna, se propone cerrar los ojos para no mirarles pero ... ya sabemos que no lo hará, "Entonces no pude resistir más, y abrí los ojos".

    Los siguientes tres párrafos que siguen constituyen la descripción más aterradora que mis pobres ojos han leído nunca, porque la horda gutural y nauseabunda que cruza la vía esta formada por aquellas criaturas que aparecían labradas en la tiara, las descritas también por las palabras del anciano borracho pero ahora "vivos y en todo su horror" de piel reluciente y escamosa, brincando y aullando, el horror de nuevo vagamente "familiar" tantas veces descrito y soñado pero ahora hecho terrible realidad a escasos cien metros de distancia.

    Como es lógico nuestro hombre se desmaya de pavor, cuando despierta ya es de día y el pueblo ha vuelto a la (a)normalidad, el viajero prosigue su huida hasta llegar a sitio seguro donde dará cuenta a las autoridades de los espantosos prodigios que ha presenciado.

    ¿Es este el fin del terrorífico relato? No!!!, queda el sobrecogedor epílogo, aunque todo parece haber terminado hay algo que atemoriza al narrador, no puede quitarse de la cabeza la remota familiaridad de los rostros que ha contemplado, de manera obsesiva comienza a investigar a sus antepasados y descubre en varios de ellos pertenecientes a su familia materna aquella "mirada de ojos fijos e imperturbables que no parpadean jamas", una expresión desasosegadora que antes no había sabido comprender pero que ahora se le revelaba como una horrible realidad, la sospecha se ve confirmada cuando se le muestran algunas antiguas joyas de la familia cuya contemplación hace perder el conocimiento al narrador al igual que lo había perdido aquella noche en la encrucijada, porque contempla labradas en aquellas joyas las mismas imágenes que contemplo entonces en vivo.

    El hombre trata de olvidar lo que ha descubierto, busca un trabajo rutinario y se entrega a él con ahínco para no pensar, pero...entonces comienzan los sueños, la puerta al otro mundo de la que no se puede escapar.

    En los sueños contempla fantásticas ciudades submarinas por donde flota rodeado por criaturas que aunque al despertar le causan pánico, en el sueño no le producen ningún temor, en otros sueños se encuentra a su abuela materna en una ciudad bajo el mar, le dice que no ha muerto sino que ha regresado al mar donde vive en un reino maravilloso, un reino que también le esta destinado a él, habitado por sus semejantes que ahora descansan pero que algún día irrumpirán de las aguas para conquistar el mundo, al despertar de este sueño el hombre se mira en el espejo y ve reflejado en él su rostro que tenia de manera inconfundible LA PINTA DE INNSMOUTH!!!!.

    El hombre conoce ahora su origen y su destino, al principio piensa en quitarse la vida como algunos antepasados suyos que hicieron el mismo descubrimiento pero luego todo cambia, el horror y la ansiedad se relajan y comienza a sentirse atraído por las desconocidas profundidades del mar, en las ultimas líneas el narrador lleno de gozo escribe sus planes de correr de nuevo hacia Innsmouth, nadar hasta el arrecife y sumergirse en los negros abismos "Y allí, en compañía de los Profundos, viviremos para siempre en un mundo de maravilla y gloria".

 THE END.
 

 EPILOGO

    En este cuento se manifiestan como se ha dicho al principio casi todas las claves que configuran los mitos de Cthulhu, no en vano está publicado en 1931 cuando la elaboración de los mitos estaba en su apogeo, el primero de ellos La ciudad sin nombre había sido publicado en 1921 y el último El morador de las tinieblas en 1935.

    Encontramos aquí  la existencia de mundos remotos sumergidos en las profundidades del mar o de la tierra habitados por criaturas horrendas que aguardan el momento de volver al mundo que una vez fue suyo y también el reconocimiento del narrador de su propio origen monstruoso (manifestado en parte en los sueños) que le hermana con esas criaturas primordiales así como las descripciones de las decadentes poblaciones rurales de Nueva Inglaterra y sus huraños y siniestros habitantes.

    Como se ha explicado en la descripción del estilo de Lovecraft en este como en los otros relatos se manifiesta la contradicción entre el racionalismo mecanicista y el anhelo de sueños numinosos que estaban ligados a la imagen fabulosa del pasado, un pasado aterrador dominado por las fuerzas del mal pero que son al fin y al cabo nuestro propio pasado manifestado en símbolos que perviven en nuestro subconsciente. El narrador va reconociendo progresivamente en los horrores contemplados su propio origen, su pertenencia a ese pasado abismal, al principio es un extraño, el único ser normal en un lugar enfermo que adopta la actitud del espectador alucinado (al fin y al cabo un "alter ego" de su propia actitud ante la vida y ante sus semejantes) pero que acaba por descubrir que él mismo es mucho mas monstruoso aun.

    El descubrimiento de su hermandad con las criaturas del abismo seria así una metáfora sobre la revelación al ego racionalista de la existencia de su propio substrato irracional, ese "terror ancestral que yace en todos nosotros como denominador común", el monstruo está oculto en nuestro interior.

    Pero como se ha visto también anteriormente la transposición a la escritura de estas inquietudes están revestidas de un armazón físico y palpable, Innsmouth es un nombre inventado pero perteneciente al mundo real, es un pueblo señalado en el mapa, con un pasado recogido en los anales de las bibliotecas, aunque aislado se puede llegar hasta el simplemente cogiendo el autobús, la descripción de sus ruinas es inquietante pero perceptible a través de los sentidos y no se diferencia mucho de la que cualquier viajero pudiera ofrecer de un pueblo en decadencia, sus gentes, asilvestradas y atrasadas tienen un aspecto desasosegante pero al fin y al cabo humano y en un primer momento achacable a la endogamia, y todo lo que le ocurre al viajero hasta su contemplación de la alucinante horda submarina se puede interpretar como resultado del atraso, el fanatismo y la entrega del solitario pueblo a un rito oscurantista y maléfico, el horror de Innsmouth es un pues y hasta ese terrible momento en la encrucijada bañada por la luz de la luna un horror verosímil.

    Pero incluso ese desfile infernal podía ser interpretado como una alucinación provocada por el miedo y por las extrañas leyendas escuchadas y las perturbadoras imágenes de monstruos submarinos contempladas en la tiara, y su posterior "conversión" en una criatura del abismo producto de la locura.

    Como conclusión es de señalar una última característica que resulta ser la más inquietante en la lectura de este y otros relatos de Lovecraft, según muchos de sus analistas el escritor de Providence manifestaba un profundo sentimiento racista, desde niño su madre le decía que su familia provenía de Inglaterra y que él era por tanto de estirpe británica y por consiguiente ajeno al terrible país en que vivían, más tarde manifestaría un sentimiento enormemente reaccionario, sentía  una gran predilección por el siglo XVIII en particular y por todo lo antiguo en general a la par que un miedo visceral por todo lo nuevo, incluso deploraba la independencia de su país, se consideraba británico al cien por cien y adoraba todo lo que le recordase el pasado colonial de su patria.

    Amaba la Nueva Inglaterra colonial porque aún no había sido mancillada por según sus propias palabras "esa chusma de extranjeros miserables venidos de la Europa Continental". En una de sus cartas relata un viaje a los barrios bajos de Nueva York y dice que se vio obligado a caminar por el centro de la calzada para no rozar esa "horda itálo-semitico-mongoloide" que pululaba, leprosa, llena de llagas y podredumbre, en las aceras.

    ¿Serán sus monstruos híbridos y sus criaturas ajenas e inhumanas una transposición de aquellos mendigos costrosos y seres degenerados?

    En el relato y en un primer momento, la decadencia física de los habitantes de Innsmouth es achacada además de a la endogamia a la contaminación por mezcla de sangre con otras razas, sin olvidar que posteriormente se revela que esa degeneración es producto de la mezcla con "criaturas extrañas", ¿sería esto una condena implícita del concepto tan americano de crisol donde se funden razas distintas?.

    Más aun, al principio del cuento se describe como tras informar a las autoridades de lo ocurrido en el pueblo estas se presentaron en Innsmouth, volaron e incendiaron las casas del pueblo y detuvieron en masa a sus pobladores internándoles en campos de concentración (sic) sin acusación, sin juicio y sin que se volviera a saber nada de los detenidos, no es necesario decir a que nos recuerdan estas acciones.

    Y más todavía (y soy consciente de que estoy quizás yendo demasiado lejos) durante la primera parte del relato del anciano, la que hace referencia a lo sucedido en la isla de los Mares del Sur se cuenta como cuando los habitantes del resto del Archipiélago tuvieron conocimiento del comercio diabólico que tenía lugar allí arrasaron con todo lo que encontraron y dejaron sobre las ruinas para protegerse de los seres acuáticos "unas piedras pequeñas como talismanes que llevaban grabado encima un signo de esos que llaman ahora svástica".

    ¿Qué significa en realidad todo esto? ¿estamos ante un cuento de terror o ante una metáfora sobre la limpieza étnica obra de un escritor racista y fascista? Calma!!! Intentaremos explicar que no es así.

    Por lo que cuentan sus biógrafos al final de su vida empezaba a simpatizar con los fascismos crecientes, sin embargo esta simpatía tiene una explicación más psicológica que política ya que no adoptó nunca postura política alguna de forma pública ni tuvo contacto con las organizaciones pronazis que se multiplicaban en aquellos días, y como murió en 1937, no se puede adivinar cuál hubiera sido su postura definitiva cuando se revelaron las atrocidades cometidas por los nazis.

    Así pues esas ideas solo deben explicarse en razón de la personalidad de Lovecraft, sus simpatías nazis eran simpatías de neurótico que necesitaba orden para vencer su propio desorden, de fracasado que anhelaba poder, de hombre torturado por su propia lógica inexorable, de niño enfermizo y delicado que teme al obrero hirsuto, y también de hombre espiritualmente malsano que necesitaba pureza. También laten en su profrascismo su odio neurótico al hombre y a la sociedad, su educación aristocrática, medrosa y miserable, su incapacidad ante la vida práctica y también su protesta social, seguramente vio en el fascismo un nuevo orden luminoso, un alborear real de utopías gloriosas en las que apenas se atrevía a creer. Su profascismo se revela entonces como puramente imaginario, ideal, fantástico como sus cuentos.

    Además su racismo tenía más de fobia (entendida como miedo o pánico) que de odio, en sus propias palabras "Soy sencillamente incapaz de contemplar seres anormales sin sentir náuseas", expresaba estos miedos de la misma manera que un hombre con fobia a las serpientes expresaba su miedo irracional a estos reptiles.

    Por otro lado también encontramos que estas supuestas ideas están expresadas de forma contradictoria, su amada Nueva Inglaterra aparece en sus cuentos como un lugar tenebroso, y sus habitantes de cuya pureza anglosajona tanto se enorgullecía se muestran como seres atrasados, degenerados por los muchos cruces consanguíneos, poseídos de supersticiones sin cuento, dominados por un absurdo orgullo misoneista y encerrados en un círculo pequeño y sofocante, con lo cual su territorio soñado se revela como una mera utopía, Lovecraft rechaza lo extraño pero señala la decadencia de lo propio, sentía terror por el prójimo pero sentía como cárcel el ambiente enrarecido de los suyos.

    Tampoco debemos olvidar como se señaló al principio que el mismo en su "alter ego" del relato acaba por reconocer su propia pertenencia a esa raza degenerada.

    En fin, queda a elección del lector si desea perderse en estas elucubraciones psicológicas, sociales y políticas o bien si desea simplemente gozar de un cuento de terror y recorrer con el viajero narrador la pesadillesca geografía de Innsmouth, paladear su espanto al escuchar a la horda que rumorea por el pasillo frente a su puerta, huir en su compañía por las oscuras calles del pueblo perseguido por legiones aullantes y nauseabundas o tumbarse con él sobre la hierba y contemplar el desfile de abortos de las profundidades para terminar hundiéndose con él en las oscuras aguas y nadar entre ciclópeas ciudades sumergidas. Yo se lo recomiendo.


"Al despertar no lograba acordarme de todo, pero los fragmentos que recordaba habrían bastado para hacerme pasar por un loco, o quizá por un poeta maldito."

La Sombra sobre Innsmouth, H.P. Lovecraft

 

Por: Travis. Agosto, 2001.

Texto extraído de:

http://www.kruela.ciberanika.com/misce1.htm

El Otro Evangelio

El Otro Evangelio

 

Por Agustina Jojärt


He aquí la historia de la humanidad; la historia indispensable que, como sea que quiera ser contada, será inevitablemente oída. Cada uno sabrá qué Evangelio contiene la historia que merece la categoría de fundamental.
El Evangelio que propone José Saramago es, tal vez, de lectura obligatoria para aquellos que no creen o creen poco; los que creen, ya han elegido una historia irrefutable. Y como alguna vez escribió su compatriota Pessoa, el Diablo no niega sino que contrapone; así, este Evangelio es una mezcla cuidadosa de historia novelizada, delicadas descripciones de lo que no nos atreveríamos a imaginar por cuestiones de pudor y una continua convocatoria a la pregunta que alguna vez nos hemos hecho, y que alguna vez convertimos en propia: ¿Quién fue? ¿Para qué vino? ¿En qué parte de su historia se cumplió la voluntad del Padre?; propia en cuanto se refiere a la ineludible crisis de identidad que no sólo acosó a Ananías y a José, sino que también fue de Jesús y nuestra: "... , Por qué estoy aquí, Qué razón conocida o ignorada me explica, Cómo será el mundo en que yo ya no esté, siendo éste lo que es [...], el mundo se irá transformando a su alrededor, pero para esas dos preguntas primeras sigue sin haber respuesta."
Quizá este sea el evangelio que faltaba: una historia acerca de Jesús, contada por Jesús; cuando el Hijo de Dios es más hombre de lo que cualquiera de nosotros podría haberse imaginado entonces el cristal se torna a veces trasparente, otras veces turbio. La imagen que se crea de este Jesús deja de ser incuestionable y acabada.
El laureado escritor portugués logra el descenso de los personajes a un plano real, desmitificando la imagen -si así fuera- divina que se tiene de José, María y Jesús. La esencia, tal vez, está en presentar a los hombres y mujeres desde su aspecto débil, mortal y susceptible de tentación. En la constante lucha por anochecer y amanecer, la humanidad avanza, "[...], pero como la resistencia humana tiene límites breves, pues así de débiles nos hicieron, todo nervios y fragilidad, pronto se desmoronaba tanta valentía [...]". Dibuja los padecimientos humanos, comunes a todas las épocas, proyectando las vivencias de un grupo de personajes al resto de la humanidad. Cuenta este Evangelio según Jesucristo, que su padre terrenal, José, un carpintero que no mereció mayores calificativos, murió en la ciudad de Séforis, crucificado, cuando acababa de cumplir sus treinta y tres años. Tras la muerte de José, Jesús hereda de éste una culpa en forma de sueño, que le irá a revelar la historia de su pueblo y la razón de su vida. Y este joven judío de apenas trece años, de espíritu rebelde -y como tal, un tanto terco-, emprende el camino hacia un encuentro con su destino: el azar y la voluntad divina. Puede ser que descubran a Jesús ya no como el hijo que toda madre ansía tener, sino como el hijo que todos somos.
Hay una imagen bastante espiritual que aparece a lo largo de la novela y que traza las etapas de madurez de Jesús. En su adolescencia, oscuramente huye del hogar materno y experimenta un extraño y engañoso encuentro con el Diablo, quien tras haberlo instruido como pastor, lo echa un día diciéndole: "No has aprendido nada, vete". Jesús ya tiene alrededor de los treinta años, y antes del desenlace definitivo, que será su unión con Dios, hay el episodio que podría ser un purgatorio donde, subidos a una barca, Dios y el Diablo revelan a Jesús las verdades más necesarias que serán conocidas en poco tiempo: la crucifixión bajo promesa de la gloria y la constitución de la Iglesia.
Para Saramago, Dios y el Diablo, unidad indispensable por la cual sin el uno no existe el otro, enseña también límites de sus poderes, al punto que Dios reconoce que no son los hombres quienes circunstancialmente lo abandonan, sino que es él quien no logra llegar al lugar donde lo buscan.
No es bueno que el hombre esté solo. La presencia de María Magdalena (o de Magdala, ciudad de la que provenía) funciona como el as en la manga de la conciencia de Jesús. La sabiduría y paciencia de esta mujer, mayor en edad que Jesús, parecen fruto de la observación de la experiencia propia y ajena. Se podría pensar que en este Evangelio, esta María pecadora reemplaza la figura de aquella otra María y madre de Jesús, que va perdiendo protagonismo a medida que él avanza hacia su destino. Allí, donde el hombre llora y se pierde, una mujer le enjuga las lágrimas y se pierde con él. Esta dulce y sublime estampa de la compañera, permanece muchas veces, sin llegar a comprender las razones de su Jesús, en los tiempos de niebla.
Como es el caso de otros poetas y filósofos, Saramago también expone la figura de Judas de Iscariote como un elemento esencial mediante el cual sin su accionar, Jesús no hubiese cumplido la voluntad del Padre. Es el propio Jesús quien pide que uno de sus discípulos anuncie en el Templo al Rey de los Judios; viendo que ninguno se atreve a pronunciarse, Judas se entrega para dicha tarea. Sin embargo, tras ver que su anuncio al César le provoca a Jesús la condena y la crucifixión, Judas de Iscariote se ahorca drásticamente en una higuera por el peso de una culpa que ni Dios podrá quitarle.
Si bien este Evangelio, según Jesús, según Saramago, es un relato por momentos próximo a nuestras propias capacidades, por momentos extraordinario y divino -como se espera que suceda con lo que del Hijo de Dios proviene-, es de sospechar que algunos hechos y conceptos difieren de los dados a conocer ya por otros Evangelios. Pero no debe buscarse una lógica comprensible que explique al poeta, sino reconocer su íntimo propósito; tal vez, allí esté la magia de lo que diga o se calle. De esta manera, Saramago construye su idea del mundo: quien quiera oír, que oiga.

 

Texto extraído de: http://www.lamaquinadeltiempo.com/critica/saramag.htm 

La Saga del Exorcista

Por Miguel Martín

 

EL EXORCISTA (NOVELA)

William P. Blatty era guionista de películas estadounidenses, incluso se había labrado buena fama con sus colaboraciones junto a Blake Edwards (por ejemplo en la comedia "El nuevo caso del inspector Clouseau" de la saga de "La pantera rosa"). Sin embargo este autor será recordado principalmente por una única novela carente de cualquier vestigio de comicidad. "El exorcista" no es ni mucho menos su primera novela, aunque sin duda es la más conocida de todas las que ha escrito. En ella Blatty da rienda suelta a su mentalidad católica y remueve los cimientos de su propia religión. El objetivo resulta claro, cada página de su libro es una provocación. Sin embargo, y por encima de todo, "El exorcista" es un ejercicio de redención ante la pérdida de fe. No hay que ser demasiado observador para darse cuenta que hay mucho de este católico neoyorquino en el personaje del confuso Padre Karras (y haciendo lo propio en "Legión" con el detective Kinderman). Las dudas existenciales se suceden sin cuartel, así como el permanente sentimiento de culpa de una religión basada en el castigo. Para algo William P. Blatty se educó en centros jesuitas (de gran protagonismo en la historia), obra y gracia de una madre demasiado religiosa. El camino que recorrerá el protagonista hasta recuperar su fe, será doloroso aunque efectivo.



Los verdaderos protagonistas de "El exorcista" son Chris Macneil, una ajetreada actriz que no presta la suficiente atención a los que le rodean, y su hija Regan, una niña que enferma psicológicamente hasta niveles alarmantes tras el divorcio de sus progenitores. Tras muchas y detalladas pruebas, los médicos son incapaces de dilucidar lo que realmente sucede en la mente de Regan. Uno de ellos le da la clave: si la niña cree estar poseída por un demonio (en su insistente creencia de que la joven sufre una dolencia mental), habrá que realizarla un exorcismo para que la misma mente que la ha enfermado, crea que al fin ha sido liberada. Será entonces cuando Chris Macneil se decida a llamar a un sacerdote para que le dé su opinión. El padre Karras, ocupado con su crisis de fe, intentará ayudar a descubrir si lo que sucede realmente a la niña es en verdad una posesión demoníaca o una enfermedad psicológica. Ante hechos reveladores, Karras accederá a realizar un exorcismo en el que le acompañará el experimentado padre Merrin.

También hay lugar para el misterio policiaco en "El exorcista", y este vendrá en forma de asesinato que el entrañable detective Kinderman intentará resolver. En su investigación descubrirá los oscuros secretos que esconden todos aquellos que rodean a los Macneil, en especial los asustados criados de la familia. Todos ellos (también la institutriz que se hace cargo de la pequeña) serán protagonistas de una terrorífica historia en la que únicamente pueden actuar como meros espectadores.




Blatty da al lector la oportunidad para que piense que todo lo acontecido no es más que fruto de una verdadera enfermedad psiquiátrica, dejando abierta una ventana al escepticismo. No en vano el final del exorcismo se nos niega mediante una puerta cerrada tras la que es imposible vislumbrar lo que realmente sucede, actitud muy loable por parte del autor pero que apartaría a un lado en el posterior guión cinematográfico en aras de una mayor efectividad.

"El exorcista" fue escrita por William P. Blatty durante 1969, y se dice que está basado en un suceso real acontecido a un joven de catorce años al que le sucedieron cosas similares a las que se cuentan en el libro (convulsiones, contorsiones e incluso los extraños mensajes que surgían a Regan en la piel). De hecho se supone que la posesión demoníaca al desafortunado joven vino propiciada por sus jugueteos con la Ouija, detalle que sería recogido posteriormente en el libro. El autor se enteró de la noticia mientras estudiaba en Georgetown (el mismo escenario en el que se desarrolla la mayor parte de "El exorcista") y recopiló información sobre el caso hasta dar forma a la que se convertiría en su novela más famosa.


EL EXORCISTA (PELÍCULA)

Chris MacNeil (Ellen Burstyn) es una actriz archiconocida con una vida demasiado ajetreada. Su reciente divorcio no parece haber sentado muy bien a su hija Regan (Linda Blair), que parece resentirse emocional y psicológicamente del proceso de separación paterno. Su comportamiento no parece ser normal, y hasta parece haberse buscado un amigo imaginario al que contar sus penas. Poco a poco su estado nervioso irá decayendo, pasando de la jovialidad inicial de la joven a un comportamiento hosco y anormal. La visita a cientos de médicos de distintas especialidades no parece poder hacer nada por la niña, cuya salud sigue deteriorándose hasta límites insospechados. Como solución de urgencia, la actriz hace llamar a un sacerdote en plena crisis de fe (el Padre Karras, interpretado por Jason Miller) para que realice un exorcismo.




La novela en que se basa el film homónimo, fue escrita en 1969 por William P. Blatty y publicada en 1970 con enorme fortuna de cara a las ventas. Debido a esta gran popularidad que había alcanzado la novela (y en parte al éxito que había tenido unos pocos años antes "La semilla del diablo" de Polanski), la Warner decidió ponerse en contacto con el autor para comprarle los derechos de su novela. Blatty debió intuir el potencial que tenía una película como aquella, por lo que terminó siendo el guionista y el productor del film. Por la palestra de directores bailaron nombres como los de Mike Nichols ("El graduado") o John Boorman (que más tarde pasaría a encargarse de la pretenciosa secuela: "El hereje"), e incluso Stanley Kubrick (idea desechada debido a que el puntilloso director quería ser también el productor del film y Blatty no estaba dispuesto a dejar pasar su oportunidad). Finalmente la labor de dirigir una película tan arriesgada como "El exorcista" fue a parar a manos de William Friedkin ("Jade", "Hunted: la presa"), que venía de alcanzar el éxito con "The french connection: Contra el imperio de la droga". También hubo problemas para encontrar a los actores que encarnaran los papeles principales, baste un ejemplo para cada uno de ellos de los nombres que se barajaban: Marlon Brando como Padre Merrin (finalmente interpretado por Max Von Sydow), Jack Nicholson como Padre Karras (papel que recayó en Jason Miller) y Shirley MacLaine como Chris MacNeil (que interpretaría con soltura Ellen Burstyn). Sin duda alguna la elección final de caras no demasiado conocidas para el gran público dotaron de mayor realismo al argumento.

La novela "El exorcista" fue recortada por el propio William P. Blatty, sobre todo en cuanto a profundidad de personajes (los sirvientes de Chris MacNeil tienen mayor protagonismo en el libro) y a la investigación del detective Kinderman. Sin embargo estos recortes hacen que la historia gane en concisión y efectividad: lo realmente importante del guión es la relación materno-filial entre la niña poseída y su frustrada madre, y el proceso de redención de un hombre (el Padre Karras) que ha perdido la fe. Lo pausado de su planteamiento (que en algún momento llega a parecer de estilo casi documental) hace que cuando llega finalmente el momento del exorcismo, todo resulte tan verídico como las pruebas diagnósticas a las que se somete Regan previamente. Además, el momento terrorífico de mostrar las consecuencias de la posesión de la joven, se hace esperar más de la cuenta para que sea el propio espectador el que se vaya imaginando el deplorable estado de Regan. El constante juego de luces y sombras (sobre todo sombras), hizo el resto. Visto el resultado, las expectativas no defraudan.

William Friedkin firma una de las mejores películas de terror que se han hecho jamás, con un calculado efecto de tensión que se va acumulando en episodios esporádicos hasta culminar en un final del todo terrorífico. Sigue sorprendiendo a día de hoy el realismo de sus escenas, lo malsano y blasfemo de algunos sucesos que acontecen a lo largo del metraje, y lo arriesgado general de la propuesta.

Su estreno en cines fue un rotundo éxito, la gente llenaba las salas para descubrir con sus propios ojos de qué iba todo aquello. El morbo generado por ver en pantalla la amplia amalgama de maldiciones que padecía una niña de corta edad (por lo tanto un ser del todo inocente), no impidió que muchos espectadores quedaran escandalizados. En los cines hubo desmayos, gritos pavorosos y enloquecidas y precipitadas deserciones. "El exorcista" jugaba principalmente con los sentimientos religiosos de los espectadores, no demasiado acostumbrados a ver en pantalla grande un vapuleo tan sádico a sus propias creencias.




No hay muchas oportunidades para ver una película de terror que sea aclamada por crítica y público al mismo tiempo. Y es que el éxito no solo llegó en forma de dinero recaudado, sino que incluso fue galardonada con dos Óscars de la academia al mejor guión adaptado (un nuevo acierto de Blatty) y al mejor sonido. E incluso podía haber sido mejor, ya que aspiraba a un total de diez premios.

Como anécdota curiosa, comentar que el nombre que se le da al demonio en el libro en que se basa el film, Pazuzu, no es nombrado ni una sola vez en la película. Así, con este práctico recurso de omisión, se da a entender que incluso podría tratarse del mismo Satanás. Al fin y al cabo solo lo nombran como "el demonio". En la secuela sí se retoma el nombre demoníaco de la novela original y lo dota de su propia trama argumental.

Muchas veces se ha divagado sobre la maldición que lleva esta película a sus espaldas, basado en los variados accidentes de decorado y a las enfermedades contraídas por parte del equipo a lo largo de su grabación. La leyenda se vio acrecentada con la precipitada muerte de uno de los protagonistas del film, Jack MacGowran (que interpretaba al director Burke Dennigs), días después de terminar el rodaje a causa de una gripe repentina. El halo de leyenda negra que recayó sobre la película influyó sin duda alguna de cara a la recaudación, convirtiéndose en su día en la segunda película más taquillera solo detrás de "El padrino".


EL EXORCISTA II, EL HEREJE (PELÍCULA)

Han pasado cuatro años desde que se produjo el trágico exorcismo en aquella intrigante casa de Georgetown, y aunque la joven Regan se ha convertido ya en una adolescente despreocupada, el demonio parece no tener intenciones de abandonar la tierra. El argumento de "El hereje" gira en torno a dos ideas fundamentales que se entrelazan durante todo el desarrollo: por un lado está Regan (de nuevo interpretada por Linda Blair) y sus visitas constantes a una doctora experta en hipnotismo (Louise Fletcher); por el otro se encuentra el Padre Lamont (Richard Burton), que ha sido instado por la Iglesia a que investigue las verdaderas motivaciones del fallecido padre Merrin (al que vuelve a dar vida Max Von Sydow).

"El hereje" fue dirigido por un tipo solvente como John Boorman, director de "La selva esmeralda", "Deliverance" o "Excalibur", que sin embargo en esta ocasión firmó una película aburrida y con escaso sentido. Mucha culpa de ello recae sobre el guionista William Goodhart, que hace de la trama algo confuso y difícilmente digerible. La única baza con la que cuenta esta monótona secuela es la incorporación de un reparto solvente, con el gran Richard Burton ("¿Quién teme a Virginia Wolf?", "Cleopatra") a la cabeza. Max Von Sydow vuelve a repetir el rol de la primera parte, teniendo su personaje una gran importancia en el desarrollo de esta segunda entrega. Eso sí, sorprende la completa omisión de referencias hacia el Padre Karras, el otro gran damnificado del exorcismo que se narraba en la película de William Friedkin..





El mayor problema de este film surge ante la pregunta sobre la conveniencia de hacer una segunda parte de una película autoconclusiva como "El exorcista". La única razón por la que se realizó una secuela como esta fue sin lugar a dudas el éxito de su predecesora, que triunfó tanto a nivel de público como de crítica. En cambio, "El hereje" no gusta a casi ningún aficionado al género de terror y fue un estrepitoso fracaso en taquilla. Durante todo el metraje de "El hereje", se nota que el intento de proporcionar una explicación convincente a los sucesos acaecidos en la primera parte son del todo absurdos e innecesarios. Se da a conocer al espectador el verdadero demonio que poseyó a la muchacha (aunque en "El exorcista" se diera a entender que estaba poseída por el demonio, no por un demonio en particular), de nombre Pazuzu, y el porqué de su ataque a una joven inocente como Regan (explicación que raya en lo sonrojante).

"El hereje" funciona mejor como precuela que como secuela, siendo los momentos más logrados aquellos en los que reaparece el Padre Merrin sufriendo su primer encontronazo con el demonio Pazuzu en África. Sin embargo las escenas en que Regan es hipnotizada, primero junto a la doctora y más tarde junto al sacerdote, resultan a ratos cargantes y a ratos ridículas. De hecho la incorporación al argumento del aparato de hipnosis compartido resta credibilidad al conjunto, y no olvidemos que una de las mejores bazas con las que contaba "El exorcista" era precisamente su espeluznante verisimilitud. De ahí que en "El hereje" no haya ningún instante realmente terrorífico, como mucho alguna escena ligeramente inquietante y poco más..





Hacia el final de la cinta se recupera durante unos instantes el interés con el que el espectador había comenzado a ver la película, aunque poco a poco incluso la conclusión parece una broma torpe y pretenciosa.

Además de Max von Sydow y Linda Blair (que se negó a encasquetarse el maquillaje que lucía en la primera parte, siendo sustituida en las escenas de flash-back por un doble), también repite personaje Kitty Winn en el papel de Sharon, la confundida institutriz que ya saliera en "El exorcista".


LEGIÓN (NOVELA)

La segunda parte de "El exorcista" fue escrita en 1983 por William P. Blatty, doce años después de que aquella saliera a la venta y se convirtiera en un genuino bestseller de terror. Los seguidores de aquella magnífica novela y de su no menos esplendida adaptación cinematográfica de 1973, se quedaron boquiabiertos con la continuación bastarda que realizó en 1977 para el cine John Boorman. "El hereje (El exorcista II)", era una película extraña y aburrida, que se desligaba por completo del universo dramático creado por Blatty en la novela original. Quizás por ello el autor se decidiera a escribir una verdadera continuación de su propia novela, aunque las referencias a "El exorcista" sean meramente testimoniales. Casi todas las conexiones entre ambas novelas se basan en la repetición de algunos personajes ya conocidos, en especial la figura del detective Kinderman. De secundario interesante en "El exorcista" a protagonista absoluto en "Legión". Sin embargo no será el único personaje que reaparece por sus páginas, aunque hablar demasiado de ello sea destripar un poco la trama del libro.

La acción que narra "Legión" transcurre pasados doce años desde aquel terrible exorcismo de trágicas consecuencias que acabó con la muerte del padre Karras, exactamente el mismo tiempo que separa la publicación de ambas novelas. El asesinato de un niño dentro de una barca será investigado por Kinderman, obsesionado con cuestiones religiosas de carácter universal. Todas las pistas encontradas en el cadáver del niño parecen indicar que el culpable del crimen es Géminis, un asesino en serie ya fallecido. ¿Simple casualidad? Es posible, aunque un segundo crimen que reproduce la metodología del Géminis (un dedo cortado, el símbolo del zodiaco de géminis marcado en una mano, su apellido comienza por K) lo hace poco probable. La investigación llevará al confuso detective al ala de psiquiatría de un hospital, donde algunos médicos (y no pocos pacientes) se convertirán en posibles sospechosos de los asesinatos. ¿Será también casualidad que todos los muertos guardaran diferente grado de relación con el detective Kinderman?.





El protagonista absoluto de la novela, el entrañable detective Kinderman, pone de manifiesto a través de sus pensamientos cuestiones filosóficas que sin duda preocupan a William P. Blatty. Y es que las dudas existenciales que carcomían al padre Karras en "El exorcista", son prácticamente idénticas a las que sufre en "Legión" el policía. Y al igual que ya le sucediera a Karras anteriormente, Kinderman recobrará su maltrecha fe en el último momento y por la vía drástica. Digamos que Karras se transmuta para la ocasión en el detective, que a su vez parece ser el reflejo del alma del escritor. Sus disertaciones sobre religión son abundantes, aunque resulten entretenidas al lector debido al desparpajo del protagonista. El policía está seguro de la existencia de Dios, por lo que no puede aceptar que éste permita la maldad y la injusticia imperante. ¿Por qué permite todo el dolor que existe en los corazones de medio mundo? ¿Es por que no quiere, o por que no puede? ¿Acaso no es Dios el ser perfecto que los cristianos pretenden? Kinderman se planteará todas estas cuestiones y muchas otras más. Algunas de las teorías religiosas que se mencionan a lo largo del libro son fácilmente rebatibles por mentes escépticas o ligeramente científicas (como por ejemplo atribuirle a Dios el mérito de la evolución, y no a las mutaciones aleatorias y progresivas), pero hay que reconocerle al autor la originalidad de su propuesta sobre el verdadero origen del Ángel Caído. Al fin y al cabo el significado de Lucifer es "Portador de Luz", y todos y cada uno de nosotros necesitamos la luz para existir.

Hay dos detalles que hacen que la trama (interesante de por sí), alcance momentos de mayor atractivo. Uno de esos momentos hace referencia a una experiencia paranormal que guarda bastantes similitudes con el "ruido blanco", grabar silencio y realizar preguntas en voz alta. Uno de los personajes, obsesionado no por la existencia de Dios como el propio Kinderman sino por la existencia del Más Allá, realizará una serie de experimentos al respecto. También dignas de mención son las chispeantes conversaciones del detective judío con el católico Padre Dyer (personaje que también aparecía como secundario en "El exorcista"), repletas de una ironía y un cinismo muy gratificante.

"Legión" es una novela policíaca con tintes de misterio. También hay lugar para el terror, pero de una forma mucho más diluida que en "El exorcista". De hecho no llega a alcanzar en cuestión de calidad a su predecesora, aunque sin duda es una novela muy entretenida que deja tras su lectura un grato sabor de boca.

Texto extraído de: http://www.aullidos.com/leerarticulo.asp?id_articulo=88&id_Pagina=1

 

¡Santa Beatriz, mi amor! Dante y la Religiosa Perversión

¡Santa Beatriz, mi amor! Dante y la Religiosa Perversión

 

En la Vita Nuova, Dante inicia la santificación de su amor pasional o el apasionamiento de la santidad; la carnalidad no puede diluirse ni extraviarse en la gloria de Dios, más bien aquella debe invadir los sagrados misterios celestiales contaminándolos de sensualidad.

El virtuosismo religioso se convierte en flanco predilecto de la persistencia amatoria de Dante, pues la muerte de su amada no debe privarlo de su intensa vida sentimental;  su paso de la limitación terrenal a los dominios de la Divinidad debe otorgarle la santidad que se le concede a los amantes, la corona de los santos mártires del amor, y proclamarla: Santa.

Por lo que, Dante disimuladamente esboza, como un aliento cálido y reconfortante, la imagen de Beatriz en la Divina Comedia, contaminando la ya improbable moralidad y el virtuosismo cristiano con la imposición de su deseo y amor pasional: la amada que es enconadamente humana y desvirtuadora, que es espíritu pero que todavía es relente de carne, inconteniblemente a pesar de la inmaterialidad.

Dante nos ofrece un nuevo orden, la salvación, el paraíso en el ser deseado, a través de un atrevimiento mayor: el viaje antojadizo, por intermediación de su amada, por los altamente, hasta ese entonces y antes del amor, esquivos misterios inmateriales, sólo porque la melancólica Beatriz ha querido mostrar a su amado, extraviado pecaminosamente en la oscura selva, los castigos y merecimientos que le habrían aguardado, en ventaja de los que han debido padecerlos sin prevención, sin salvación; entonces éste se convierte en un descriptor de los pecados cometidos y de los sufridos castigos de otros, pues al sobrevolar, felizmente, las realidades infernales su vida pecaminosa es silente, sólo lo reconocemos redimido por un llamado, el de Beatriz, y por lo tanto contundentemente librado, para siempre y desde el principio, del pecado, del castigo. Así es como no limita su rol de simple bendecido y condena, con flamígera pluma, a influyentes personajes de su época, convirtiendo a la Divina Comedia en plena ironía y desechando su equívoca moralidad.

Dante ha nacido con deslumbramiento de buena estrella, con la soga a la mano para no descender dentro del abismo, pues así lo deja muy bien sentado Brunetto Lattini, sodomita y querido Maestro del poeta: "si sigues tu estrella, no puedes por menos de llegar a glorioso puerto..." (Canto XV - Infierno);  es decir, cuando ya estaba extraviado en la selva incierta, ya tenía por delante la dadivosa salvación. Dante, entonces, deja muy bien sentado, también, dicho camino: "...Dejo las amarguras y voy en busca de los sabrosos frutos que me ha prometido mi Sincero Guía; pero antes me es preciso bajar hasta el centro del Infierno" (Canto XVI - Infierno). Promesa del Guía Espiritual, ¡qué descanso de intentos morales!, el cielo será concedido, ¡qué delicia de Cielo junto a la amada!, pero por lo menos antes debe contemplar y sólo contemplar los castigos que podría haber padecido, sino hubiese sido salvo, ¡qué salvación para más anhelada!, no por cuenta del pecador, sino por la redención que la amante otorga para ascender a un Cielo, donde el recuerdo de la carne es lo que guía el presente absolvedor, pues no hay mérito o penitencia distinta del recorrido desesperado, de la perennización del amor carnal para merecer la promesa divina, el premio espiritual. Descender al centro del infierno para probar una vez más que el amor carnal envuelve en insistente e incendiaria flama liquidando otro lenguaje pirómano, correctivo y consecuentemente menor. Y allí, transfigurado, incendiado, amado, conocer los padecimientos de los que fue liberado, no padeciéndolos, quizá para enamorarse más de Santa Beatriz: ese es el único esfuerzo para el Paraíso.

Pero la advertencia para los que estamos conociendo de su salvación es impositiva: ¡cuán esquivo, intenso y anhelado se nos hace el ascenso al Paraíso!, la Divinidad se regodea y oculta en su velado misterio y a cuenta sílabas se revela, ¡ojalá el entendimiento esté de nuestro lado al escudriñar su palabra!: "...Ahora bien, lector, ¡así Dios te permita sacar fruto de esta lectura!..." (Canto XX - Infierno).

En el cielo, por ahora, rige Beatriz que desde su ascensión ha trastocado las leyes de la salvación antiguamente democratizadas por el Hijo de Dios, ahora aparecen limitadas y tiranizadas amorosamente, bajo la bendición de la Divinidad: "¿Crees tú, Malacoda, que a no ser por la voluntad divina y por tener el destino propicio -dijo mi Maestro-, me hubieras visto llegar aquí sano y salvo, a pesar de todas vuestras armas? Déjame pasar porque en el Cielo quieren que enseñe a otro este camino salvaje." (Canto XXI - Infierno).

Así con esta sentencia Virgilio, guía infernal del absuelto amante, detiene a la jauría de diablos que estaban a punto de coserlos con filudos garfios.

Pero Dante sufre, también, un ataque de desmerecimiento y, en pleno proceso de gratuita salvación, pronuncia un mea culpa efímero: "Entonces me afligí, como me aflijo ahora, cuando pienso en que vi; y refreno mi espíritu más de lo que acostumbro para que no se aventure tanto que deje de guiarlo la virtud; porque si mi buena estrella u otra influencia mejor me ha dado algún ingenio, no quiero yo mismo perderlo por abusar de él..." (Canto XXVI - Infierno). 

Tanto cielo para demasiado amor no vaya a arruinarlo todo.

Virgilio, guía de turismo del Infierno, consecuentemente, despliega la verdadera naturaleza de nuestro Amado y nos la ofrece: "Ni la muerte le alcanzó aún ni le traen aquí sus culpas para que sea atormentado, sino que ha venido para conocer todos los suplicios..."; "-Soy un espíritu que he descendido con este ser viviente de grado en grado y tengo el encargo de enseñarle el infierno." (Canto XXVIII - Infierno).

Luego de tanta permisividad y albedrío, Dante, regodeado y ya campeador se infla y le da tratamiento de súbditos espirituales a los condenados, siendo aún carne: "-Si quieres que te alivie, dime quién fuiste...". Con tanta amplitud y condescendencia dispone el alivio para Alberigo de Manfredi, reconocido fraticida, en plena profundidad infernal: "...Extiéndeme ahora la mano y ábreme los ojos... Yo no se los abrí y creo que ser con él desleal fue una lealtad por mi parte." (Canto XXXIII - Infierno), esa fue la sentencia justa del contemplativo para el sufriente, cuando éste le imploró el natural y justo discurrir de sus lágrimas, ahora hechas hielo y que le impedía desfogar su dolor.

Por último, Dante reviste de consideración divinizadota a Júpiter, a quien llama "Dios", y ubica a Capaneo, quien lo ha retado hasta la muerte, en el séptimo círculo, y a los gigantes ciegamente retadores circundando el foso del noveno, porque no limita la absolución amorosa de la Divinidad para asegurar su beneficio bajo cualquier Cielo, haciendo su deseo Universal.

 

Luis Vásquez

Texto extraído de la Revista Cultural "Los Zorros" Nº 5

Chimbote, 2005.

 

Canción de amor de María

Canción de amor de María

 

 

(de Oraciones, canciones y maldiciones de mujeres impuras)

 



Los hombres que me amaron saben de la facilidad que tengo

para destruir una mañana.

 


Saben que duermo con la boca abierta

Despidiendo hasta la última luz que intenté robar de sus cuerpos

Y que poco obtuve.

 

 

Los hombres que me amaron saben como es el hilo mi llanto

y el terco caer de mi baba

lo escucharon al dejarme

y algunas veces y como una maldición

quizá los descubre intentando la nostalgia vana

y pueden volver a oírlo como una canción errante

y volver a amarme y dejarme

con la misma facilidad con la que abren los ojos

para convertirme en una pieza frágil en su memoria.

 

 

ellos saben que regreso a las viejas ciudades que destruimos juntos

buscando el dolor que dejaron como cosas viejas

para que alguna vez se hallen con sorpresa

en nuestra vieja fabula

mudada a un poema tan absurdo como este.

 

 

 

Y saben tanto y tan poco de mi risa

también de las promesas de mi boca

de mi danza obscena y desesperada

de las construcciones edificadas sobre sus frágiles espaldas

y de los proyectos imposibles

convertidos en hermosos laberintos

entre los que fui perdiendo la razón

y perdiéndome yo

sin atarme al hilo que desprendía de sus ropas

y que podía conducirme a la salida.

 

 

(Para ver todo el poema, hacer click aquí)

 

Cecilia Podestá

Poema extraído de su blog:

http://murodecarne.blogspot.com/

 

Húmedo Humero

Húmedo Humero

 

Mudos nudos de melancolía

 

La muerte esquina

Mis besos huesos en sus pétalos de nada

Han dejado cuajado en  su garganta.

Brazos de hielo cielo a su falda acre,

Esta allí que este fatídico preso beso,

Arrastre sus desobedientes manos rió abajo

 A tus marías y tus evas.

¿Es acaso un río de esperma la

Que fecunda este mar de soledades

Y da de beber silencios a estos peces agrios de melancolía?

...el silencio aprende a leer...

Y en una masturbación de palabras

Maria y Eva crucifican este beso

En suaves ostias de locura.

...534 horas de indemne luz...

La mujer que dios ama suele llamarse soledad.

 

 

 

Baladas a la muerte

 

...una bala alada va ensangrentar renglones  y ventrículos de muerte,

Se pierde la razón y aún quedan palabras...cuando Dios inaugura en mis ojos sus ebrios versos góticos...

 

 

 

Telarañas  de líneas góticas

 

Dispongo de estas líneas

Esta negra tinta de martes

Las ciudades abortivas de soledad

No encuentran más plazas que este silencio

En estas calles estrechas de tu hueso

Es ésta mosca la que entibia una vereda...

En calles estrechas de melancolía,

El reloj es un viejo hueso

Abierto a la llaga de  esta araña metafísica

Que teje este nido de cadáveres,

Que van detrás del lunes puntualmente a morir...

 

 

 

Alejandro Mauthino