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El Rincón del Diablo

Walt Whitman: el místico

Walt Whitman: el místico

 

La poesía norteaméricana moderna nace, puede decirse, con Walt Whitman. El hombre en su integridad física y carnal, con su inmanente grandeza, retorna con Whitman a la poesía lírica. También parece esta obra una réplica poética del credo democrático que se difundió en los Estados Unidos como basamento de una expansión económica y política incontenible. "Hojas de hierba", contiene la mayor parte de la producción poética de Whitman; allí se publicó el "Canto a mí mismo".

    Camden (Pennsylvania), 26 de marzo de 1892 - Muere el poeta estadounidense Walt Whitman, cuya obra ejerció una influencia decisiva en el desarrollo de la literatura estadounidense. Nacido en West Hills (Long Island), el 31 de mayo de 1819, Whitman tuvo una formación autodidacta, siendo escribiente en el bufete de un abogado y aprendiz de tipógrafo. En el distrito de Suffolk ejerció de maestro de escuela durante algunos años. Al volver a Nueva York vivió del periodismo y de la imprenta, dirigiendo desde 1846 el "Daily Eagle", de Brooklyn. Tras viajar por el sur y el sudoeste de los Estados Unidos, publica una obra "Hojas de hierba", que, de las 95 páginas del texto inicial en 1855, han pasado a 500 en revisiones sucesivas. En ella, Whitman desarrolla todo su misticismo espontáneo e individualista en meditaciones sobre la naturaleza y el hombre. Poeta vital, entusiasta y optimista de la democracia y de los Estados Unidos como nación, se alistó como enfermero en la Guerra de Secesión y, años más tarde, en 1873, quedaría paralítico, casi hasta el resto de sus días. Parte de sus mejores obras fueron escritas entre la guerra civil y su muerte. Destacan: "Perspectivas democráticas", "Ramas de noviembre", "Pasaje a la India" y "Dos riachuelos".

 


 

Canto a mí mismo

 

I

Me celebro y me canto a mí mismo.

Y lo que me atribuyo, también quiero que os lo atribuyáis,

pues cada átomo que me pertenece también os pertenece

a vosotros

Vago e invito a vagar a mi alma.

 

Vago y me tumbo a placer sobre la tierra,

para contemplar una brizna de hierba estibal.

 

Mi lengua, cada molécula de mi sangre emanan de este

suelo, de este aire.

He nacido aquí, de padres cuyos padres nacieron aquí y

cuyos padres también nacieron.

A los treinta y siete años de edad, en perfeta salud,

comienzo a cantar, deseando hacerlo hasta la muerte.

 

Que se callen los credos y las escuelas,

que retrocedan un momento, conscientes de lo que son y

sin olvidarlo nunca.

Me brindo al bien y al mal, dejo hablar a todos,

a la desenfrenada Naturaleza con su energía original.

 

XXIV

Yo soy Walt Whitman, un cosmos, el hijo de Manhattan,

turbulento, carnívoro, sensual, que come, bebe y procrea.

No soy sentimental, ni creyéndome por encima de los

hombres y mujeres o apartado de ellos.

Ni más orgulloso que humilde.

 

¡Arrancad los cerrojos de las puertas!

¡Arrancad las puertas mismas de sus goznes!

Quien humilla a otro, me humilla a mí.

Y nada se hace o se dice, sin que al fin vuelva a mí.

 

A través de mi, surge la inspiración.

A través de mi, surge lo corriente y lo sereño.

 

Yo pronuncio la antigua palabra original, hago el signo

de la Democracia.

¡Por Dios! Nada aceptaré que los demás no puedan admitir

en las mismas condiciones.

De mi garganta surgen voces milenariamente mudas,

voces de infinitas generaciones de prisioneros y de esclavos,

voces de ladrones y de decrépitos, de enfermos y desesperados,

voces de lazos que unen a los astros, voces de matrices y de paternas savias,

voces de odio: voces de los corrompidos, de los ineptos,

de los triviales, de los locos, de los resentidos;

voces vagas -nieblas en el aire-, la voz de los escarabajos

rodando su bola de estiércol.

A través de mí, surgen voces prohibidas:

las voces de los sexos y la lujuria, voces veladas que

entreabro,

voces indecentes que yo clarifico y transfiguro.

 

Yo no me tapo la boca ni pongo el dedo sobre mis labios.

Me entremezclo lo mismo ante las entrañas que ante la

frente o el corazón.

La cópula para mí, no es más obsena que la muerte.

 

Creo en la carne y en sus apetitos.

Ver, oir, tocar, son milagros: cada partícula de mi ser es

un milagro.

Divino soy por dentro y por fuera,

y santifico todo lo que toco y cuanto me toca:

el olor de mis axilas es tan exquisito como el de una

plegaria;

esta cabeza mia es más que las iglesias, las biblias y los credos.

 

Si mi adoración se dirige con preferencia hacia alguna

cosa, será hacia la propia extensión de mi cuerpo o hacia

alguna parte de él.

Vosotros no sois más que la réplica deslumbrante de mí

mismo.

Surcos y tierra húmeda que sois vosotros;

la firme y masculina reja del arado, todo cuanto en mí se

cultiva y se labra;

sois mi sangre fecunda; y vuestras pálidas y lácteas

corrientes las ordeñais en mi vida;

sois el pecho que se aprieta a otro pecho, y en mi cerebro

están vuestras ocultas circunvoluciones;

lavadas raíces del cáñamo, tímida alondra, oculto nido de

huevos dobles, sois vosotros;

fermentado jugo de manzanas, fibra de trigo viril, sol

generoso, también sois;

vapores que iluminan y oscurecen mi rostro sois vosotros;

arroyos de sudor y de rocío sois vosotros;

vientos que me cosquilleáis con dulzura al flotar contra mí

vuestro polen fecundador,

vastas superficies vigorosas, ramas de viviente roble,

amantes compañeros en mi vagar sin rumbo, sois vosotros;

manos que yo he estrechado, rostros que yo he besado,

criaturas hermanas que yo estrecho en mis brazos, sois

vosotros.

 

¡Me maravillo de mí mismo: tan admirable es mi ser y

todas sus cosas!

A cada instante, cuanto sucede en mí me penetra de júbilo.

¿Por qué se doblan mis tobillos? ¿De dónde nace mi deseo

más insignificante?

¿Por qué irradio amistad, y por qué causa la recibo?

Cuando subo la escalinata de mi casa, me detengo y me

pregunto: pero ¿es esto real?

La enredadera que trepa por mi ventana me satisface más

que toda la metafísica de los libros.

 

¡Oh maravilla del amanecer!

La tenue claridad deslíe las inmensas sombras diáfanas.

El aire es un manjar para mi lengua.

 

Frescas masas que cruzan oblicuas, hacia arriba y hacia

abajo, saltan en silencio, brincan inocentes, rezuman,

desde el mundo movible.

 

Algo que no puedo ver eriza púas libidinosas.

Mares de jugos resplandecientes inundan la celeste bóveda.

La tierra y el cielo se juntan.

Y de esta diaria conjunción llega por el Oriente un desafío

que se posa un instante sobre mi cabeza para decirme,

agresivo y burlón:

"¿Serás tú el amo de todo esto?"

 

(Trad. de Concha Zardoya)

 

 

Extraído  de: http://www.geocities.com/rhaph/whitman.html

EL ESOTERISMO EN “CANTO A MÍ MISMO”

EL ESOTERISMO EN “CANTO A MÍ MISMO”

 

 

"Nadie entenderá mis versos, si insiste en interpretarlos como una empresa literaria, o como una tentativa de realizar dicha empresa, o como algo principalmente encaminado hacia el arte o el esteticismo."

W.W.

 

 

Muchas apreciaciones se han dado respecto a CANTO A MÍ MISMO de Walt Whitman, aquel gran escritor norteamericano que canta al hombre en su más grande dimensión. Intentaremos dar a conocer los caracteres esotéricos de este libro, basados en tres dualidades muy importantes que nos demuestran que Whitman tenía un conocimiento profundo de las cosas, así como la procedencia de las mismas y del rol que debe asumir cada ser que habita nuestro universo.

La primera dualidad corresponde a los elementos ESPÍRITU-MATERIA, los cuales dan origen a la unidad llamada hombre, pues, sin materia ni espíritu  el hombre no puede existir; pero Whitman va más allá y plantea el origen de la unidad del EQUILIBRIO: "Creo en ti, alma mía. / Pero el otro que soy, no debe humillarse ante ti, / ni tú debes humillarte ante él, :: Todo es tan claro como para afirmar que anuncia una armonía entre lo espiritual y lo material; "el otro que soy" es la denominación que hace el poeta de lo material, lo cual si se impone sobre lo espiritual el hombre moderno está viviendo. Pero Whitman, no ve únicamente el peligro que pueda representar la supremacía de lo material sobre lo espiritual sino también el peligro que puede ocasionar la supremacía de lo espiritual: "Y yo he dicho que el alma no vale más que el cuerpo, / y que el cuerpo no vale más que el alma". Dicho equilibrio, cuando se ha logrado, es el origen de la paz, la justicia y el amor en el hombre, quien en una forma espontánea no lo puede lograr sin que en él exista, en primer lugar, un estado de armonía.

La segunda dualidad es VIDA-MUERTE, quien da origen a la unidad de la REENCARNACIÓN. Whitman pregunta: "¿es agradable nacer?", la respuesta no deja de ser positiva, y se siente al leer el libro, dado a que es una obra de ensalzamiento a la vida donde se mezclan todas las vivencias gratas e ingratas que un hombre puede tener; y sin embargo él nos replica: "Pues yo os digo que es tan agradable morir.", y aquí surge la pregunta nuestra: ¿Por qué es tan agradable la muerte para Whitman?, sencillo, desde un punto esotérico, para él la muerte no significa un punto final sino un punto de partida, juzga a la muerte como el nacimiento en otro plano de existencia; lo que nos sirva para afirmar que él creía en la reencarnación del hombre: "(Yo mismo he muerto ya mil veces)", "Creo que volveré a la tierra dentro de cinco mil años", nos dice sin duda alguna hasta llegar a demostrarnos en lo más sencillo: "La hojita más pequeña de hierba nos enseña que la muerte no existe" y de lo cual Walter Allen, al analizar el significado de la hierba dentro del texto de Whitman, reafirma nuestra posición: "La hierba es el símbolo de la vida, de la promesa de vida y de la continuidad de la vida. Sintetiza el nacimiento, la muerte y la resurrección. (...) Aceptar la hierba implica aceptar en su totalidad el ciclo de la vida y la muerte, con la acotación de que la realidad es la vida, no la muerte: ésta no es más que una etapa en el camino hacia más vida." Esta combinación de dualidad y unidad lo podríamos explicar como una condensación de la forma que tenía Whitman de concebir la vida, creencia tal que requiere de un entendimiento esotérico como para afirmar: "Soy inmortal".

La tercera dualidad nos es presentada por los siguientes versos: "y que nada, ni Dios es más grande para uno que uno mismo" y "Dios está allí esperando... esperándome hasta que llegue perfectamente vestido", es decir, es el planteamiento de la dualidad HOMBRE-DIOS que nos va a indicar el origen de la REALIZACIÓN como unidad. En la primera versión Whitman eleva al hombre al plano más importante entre todas las cosas que existen e inclusive por sobre de Dios; pero en la otra versión que completa esta dualidad notamos que Dios está ubicado en un plano muy superior al hombre. Esta contradicción engendra la unidad de la realización, la cual no se podrá dar si el hombre no se considera importante y a la vez no reconoce a un ser superior a quien hay que llegar "perfectamente vestido" y para adquirir dicha vestimenta se requiere de una realización trascendental traspasando niveles de vida hasta llegar a la perfecta evolución, teniendo en cuenta que el centro de todo esto es el hombre mismo, quien tiene que transformar su mundo exterior e interior. Asimismo, Whitman es conocedor del tiempo que pueda durar dicha realización: "si llego a mi destino ahora mismo, / lo aceptaré con alegría, / y si no llego hasta que transcurran diez millones de siglos, esperaré... esperaré alegremente también (...) porque conozco la amplitud del tiempo" y que no se da únicamente en este pequeño sitial que representa nuestra tierra en comparación con la inmensidad del universo: "Mi sol tiene su sol y alrededor de él gira sin descanso; / va con sus camaradas de un sistema superior / y otros mayores siguen / y otros mayores y mayores... "También es conciente que dicha realización se tiene que lograr en una forma individual; "Nadie, ni yo, ni nadie, puede andar este camino por ti, / tú mismo has de recorrerlo" y que el único medio de lograrlo es a través del amor: "Y aquél que camina una sola legua sin amor, camina amortajado hacia su propio funeral". Pero esta búsqueda de la realización se marca nítidamente en los siguientes versos: "Hoy, antes del alba, subí a la colina, miré los cielos apretados de luminarias / y le dije a mi espíritu: Cuando conozcamos todo estos mundos y el placer y la sabiduría de todas las cosas que contienen, ¿estaremos ya tranquilos y satisfechos? / Y mi espíritu dijo: / No, ganaremos esas alturas sólo para continuar adelante." Hay que aclarar que el subrayado es del propio Whitman y que también es el único en todo el libro, a excepción de las palabras: yankee, leggins, lo cual ya nos está dando una referencia, por los visto muy importante para él, para poder orientar su obra dentro del verdadero significado. Y si analizamos: "Dios está allí esperando... esperándome hasta que llegue perfectamente vestido" descubrimos que hace alusión nada menos que al aura con la cual se visten nuestros cuerpos revelando nuestro grado de desarrollo o de realización, y bien se sabe que para llegar a la presencia de Dios se requiere de un grado de desarrollo perfecto simbolizado en la frase: "vestido perfectamente" lo que indica nuevamente que Whitman conocía esta primordial condición para que se produzca el encuentro del hombre con Dios.

Para demostrar que CANTO A MÍ MISMO es un libro que contiene caracteres esotéricos, no bastan todas las ideas expuestas hasta aquí; por lo tanto, no es necesario explicar la simbolización del esquema desarrollado para ver su significado numérico (4) y filosófico. En primer lugar, hallamos la existencia de tres dualidades (ESPÍRITU-MATERIA, VIDA-MUERTE, HOMBRE-DIOS) y tres unidades (EQUILIBRIO, REENCARNACIÓN, REALIZACIÓN), este número 3 ya nos da una connotación esotérica, pues, significa el origen del desarrollo a través de la potencia espiritual, que en CANTO A MÍ MISMO queda formulado por el esfuerzo a desplegar teniendo como base superficial a las tres dualidades y como base profunda las tres unidades. Continuando encontramos que sumando las dualidades más las tres unidades, obtenemos el número 6 que en hebreo corresponde a la letra daleth, cuya palabra conduce a la unión con Dios, lo que traducido a nuestro esquema queda definido en que cuando se llegue a alcanzar las tres unidades, partiendo de las tres dualidades, estamos en condiciones de ir al encuentro de Dios. Si por otra parte sumamos todos los elementos que intervienen en este proceso veremos que son 9, nueve porque todos son distintos, que simboliza el paso del espíritu a la materia, la encarnación y la transmutación, etapas que nos acercan a la perfección. Además, si sumamos los nueve elementos más el único resultado de esta evolución (LA PERFECCIÓN), obtenemos el número 10, que simboliza dicha perfección y que califica, en forma global,  a todo el proceso como perfecto.

En síntesis diremos que en CANTO A MÍ MISMO encontramos la siguiente formulación filosófica: El hombre que logra obtener EQUILIBRIO a través del tiempo infinito que le es dado a beber por intermedio de las diversas reencarnaciones llevando adelante su REALIZACIÓN trascendental, llega a la PERFECCIÓN o mejor dicho al encuentro con Dios. Todo un gran planteamiento esotérico que nos lleva a una profunda meditación.    

 

Gonzalo Pantigoso Layza

(Texto extraído de la revista Alborada nº 16 - Diciembre 1983).

 

Bécquer, El Gran Desconocido

Bécquer, El Gran Desconocido

Prefiero a Bécquer y Gerardo Diego antes que Machado, ese gran desconocedor de las tradiciones y folclore soriano que escribiera los mejores versos sobre Soria, pero también los más ásperos y antisorianos que he leído, así que no quiero infectarme de "machaditis" y, sí, en todo caso, de la reflexión machadiana sobre la vida y el amor. Y de Bécquer me fascinan, desde la adolescencia, sus "Rimas" y sus "Leyendas". Su faceta esotérica comencé a descubrirla con el paso de los años, ampliándose así, mágicamente, el mundo becqueriano adolescente que ha ido creciendo y madurando conmigo mismo. 

Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida Bécquer nace en Sevilla (1836) un año antes de que Larra se suicidara. El realismo impera como movimiento literario y artístico cuando llega a la edad adulta, pero él restaurará la tradición romántica.

A los 25 años de edad se casa con la soriana Casta Esteban el 19 de mayo de 1861, y viviría en Noviercas en una casa que la Diputación va a convertir en "museo becqueriano", impulsando así la denominada "Ruta de los Ojos Verdes", de carácter turístico-literario, que se extiende por Soria, Zaragoza y Aragón.

La primera de las leyendas sorianas becquerianas, "El monte de las Ánimas" la publicó el 7 de noviembre de 1861. El 15 de diciembre publicaría "Los Ojos Verdes"; en febrero de 1862 daría a conocer "El Rayo de Luna" y un año despues, "La promesa"; el 27 de junio de 1863 publicó "La corza blanca", todas ellas ubicadas plenamente en tierras sorianas. Además, en febrero de 1863 publicó "El Gnomo", ubicado en el Moncayo, aunque fundamentalmente refiriéndolo a la ladera aragonesa.

Gustavo Adolfo publicó también diversos artículos de temática soriana, complemento literario a los excelentes dibujos etnográficos de su idolatrado hermano Valeriano; colaboración que también se dió en 89 acuarelas obscenas en las que se satirizan ciertas costumbres amorales de la corte isabelina.

 

¿Ocultista?

¿Fue Bécquer un ocultista?. Ésta es la pregunta que plantea y responde Carmen de la Torre Vivero en "El mundo esotérico de Gustavo Adolfo Bécquer". Asevera esta poetisa y "teósofa" que el mundo esotérico está reflejado en sus obras: "¿Quién no recuerda sus leyendas?. Es curioso observar que algunas las sitúa en fechas mágicas. Nochebuena, Viernes Santo, Día de Todos los Santos, en las que tienen lugar acontecimientos en donde alienta el misterio y el prodicio de algo sobrenatural...". 

Muy interesante es, en este aspecto, lo que escribe en "La mujer de piedra", de sus "Ensayos y Esbozos", en opinión de Carmen de la Torre. Verán ustedes que la interpretación que da Bécquer es la que estoy aplicando desde hace más de un año en esta serie para el análisis iconográfico de los monumentos sorianos y que Bécquer fue, por tanto, un claro antecesor en este ámbito de Fulcanelli:

"Es muy común encontrar en las portadas de las catedrales, en los capiteles de los claustros y en las entreojivas de la urna de los sepulcros góticos multitud de figuras extrañas y no obstante, se refieren sin duda a personajes reales; indescifrable simbolismo de los escultores de aquella çepoca, con el cual escribían, a la manera que los egipcios en sus obeliscos, sátiras, tradicones, páginas personales, o fórmulas cabalísticas o de alquimia o adivinación. Cuando la inteligencia se ha acostumbrado a deletrear esos libros de piedra, poco a poco se va haciendo la luz en los caos de líneas y accidentes que ofrecen a la mirada del profano, el cual necesitaba mucho tiempo y mucha tenacidad para iniciarse en sus fórmulas misteriosas y sorprender una a una las letras de su escritura jeroglífica.

A fuerza de contemplación y de meditaciones, yo había llegado por aquella época a deletrear algo del oscuro germanismo de los monumentos de la Edad Media; sabía buscar , en el recodo más sombrío de los pilares acodillados, el sillar que contenía la marca masónica de los constructores; calculaba con acierto el machón, o la parte del muro que gravitaba sobre el arca de plomo o la piedra redonda en que se grababan con el nombre de la secta y del maestro, su escuadra, el martillo y la simbólica estrella de cinco puntas, o la cabeza de un pájaro que recuerda el ibis de los faraones. Una parábola bajo el segundo velo, una alusión histórica o un rasgo de las costumbres, aunque ataviados con el disfraz místico, no podían pasar inadvertidos a mis ojos si los hacía objeto de inspección minuciosa".

 

Los elementales

En el ocultismo y esoterismo se dice que hay seres que habitan en otras dimensiones, pero que a veces pueden ser observados por seres humanos, que los sufren o se benefician. Los cuatro elementos básicos del ocultismo (tierra, aire, fuego y agua) tienen sus propios "espíritus elementales". Pues bien, en Bécquer aparecen por doquier. 

He aquí una pequeña recopilación realizada por Carmen de la Torre: "Todo un simbolismo encierra a la leyenda de "Los Ojos Verdes", esos ojos de mujer que llegan a hechizar al valiente caballero Fernando de Argensola atrayéndole a la misteriosa fuente de la que todos huyen y a la que él va como alucinado, escuchando la voz de la mujer de los verdes ojos que le llama. Mujer intangible como el agua, que habita en la fuente de los Álamos, una de esas fuentes encantadas que esconden a genios, silfos y ondinas, a la que le atraen unos verdes ojos con su fuerza magnética; ojos de sierena o del espíritu de las aguas. Esos espíritus de las aguas de los que nos habla también Roso de Luna y otros muchos ocultistas al hacer referencia de los lagos y las fuentes encantadas".

"En "El Gnomo", hace una fantástica descripción de esas grutas en las que viven los enanos; míticos seres guardadores de joyas, monedas, piedras preciosas ..." (por cierto que escaladores diversos dicen haber sido salvados en los últimos años por duendecillos de no caer en precipicios en la cumbre y laderas del Moncayo).

"En "La Corza Blanca" vuelve a describir el mundo invisible y mágico de trasgos, hadas y duendecillos de las fuentes. De transformaciones de lindas muchachas en corzas, en noches de luna".

Asimismo los espectros y fantasmas son habituales en su obra, especialmente en la famosa leyenda de "El monte de las Ánimas", en la que recurre a los misterioros templarios, que también cita en "El Rayo de Luna".

 

Celtismo

¿Fue Bécquer un ocultista..?. Los datos que he seleccionado parecen indicarnos que, cuando menos, tenía conocimientos de esoterismo y ocultismo, adquiridos tal vez en alguna sociedad teosófica o masónica. ¿Quién lo puede saber...? Lo que sí es cierto es que, en la obra de Bécquer, se encuentran arquetipos del inconsciente colectivo a doquier. Por eso resultan tan fascinantes sus Rimas y Leyendas.

Investigadores hay que han visto muchas influencias celtas en las Leyendas bécquerianas, como por ejemplo el catedrático Martín Almagro-Gorbea, que así lo expuso en agosto de 1992 en uno de los cursos de verano en El Escorial. Imagino que entre ellas se encuentra, especialmente, la referida a "La Corza Blanca", localizada en la fuente de "Los Álamos", en Beratón, así como las múltiples referencias a ondinas y elfos.

La transformación de mujeres sobrenaturales en corzas o ciervas, en efecto, está reflejada en diversas tradiciones célticas, e incluso entre los sioux, por sorprendente que parezca. La Ofrenda de la Pipa Sagrada para renovar el Árbol del Mundo tiene su origen en la aparición de la Dama Blanca, llamada "Mujer-Bisonte Blanco", entre los sioux. La leyenda dice que dos lakotas fueron a cazar y divisaron a lo lejos lo que parecía un gran bisonte blanco, cuando se acercaron vieron que era una mujer mágica "vestida con blancas pieles de gamo", según cuenta Alce Negro.

En la Edad Media existen diversas apariciones de la Virgen junto a ciervos o adoptando sus formas, y en un lais de María de Francia, "Guigemar", éste lanza una una flecha a una cierva blanca que habla, sorprendente parecido a "La Corza Blanca".

Igualmente resulta sorprendente la vinculación de Sertorio, que encontró apoyo entre nuestros antepasados celtíberos, y una corza que le regaló un campesino. Esta corza, blanca, se le aparecía en sueños y le adivinaba el futuro. Cuando cae asesinado Sertorio en la tienda del traidor Perpenna, la corza, que dormía tranquilamente por los alrededores, murió y se transformó en humo claro.

 

La Dama Blanca

Los diversos arquetipos femeninos se plasman constantemente en la obra de Bécquer, casi siempre en perjuicio del hombre, como sucede en "El Monte de las Ánimas", "Los ojos verdes" o "La Corza Blanca".

En La Corza Blanca, en opinión de Joan Estruch Tobella, la protagonista "asume y resume tres arquetipos femeninos: Constanza (mujer altiva y caprichosa), Azucena (mujer espiritual), y Corza-Ondina (mujer sensual y diabólica)".

En "El Rayo de Luna" se evidencia claramente el arquetipo de la luna y del ánima junguiana, que han sido muy bien analizados por Esther Harding en "Los Misterios de la Mujer". Ahí es donde leemos que diversas tribus consideraban que la mujer quedaba embarazada no por el semen masculino, sino por los rayos de la luna. 

Bécquer, en esta leyenda que sitúa entre San Polo y su querido San Juan de Duero (quiso transformarlo en museo arqueológico), está atrapado, como su personaje, Manrique, por el arquetipo de la Dama Blanca. Quizás pueda el lector comprenderlo mejor si transcribo el siguiente texto bécqueriano de la leyenda "El Caudillo de las manos rojas":

"Oís las hojas suspirar bajo la leve planta de una virgen? ¿Veis flotar entre las sombras los extremos de su diáfano chal y las orlas de su blanca túnica? (...) Esperad y la contemplaréis al primer rayo de la solitaria viajera de la noche; esperad y conoceréis a Siannah, la prometida del poderoso Tippot-Delhi, la amante de su hermano, la virgen a quien los poetas de su nación comparan a la sonrisa de Bermach, que lució sobre el mundo cuando éste salió de sus manos...".

Las hadas son una manifestación mitológica y folclórica del arquetipo de la Dama Blanca. William Butler Yeats, Premio Nobel de Literatura, creía en ellas y afirma que en Irlanda le contaron que las hadas pueden suplantar durante un tiempo al alma de cualquier ser viviente, animal o persona, alojándose en sus cuerpos, como sucede en "La Corza Blanca" de Bécquer, por ejemplo.

 

¿Neognóstico?

¿Fue Bécquer un neognóstico?. La pregunta puede sorprender al lector, pero si revisamos sobre todo sus tres leyendas hindúes veremos que está más que fundado plantear esta incógnita.

El dualismo, maniqueísmo y gnosticismo, tan estrechamente relacionados, parecen asomar en "La Creación (poema indio)", "El Caudillo de las manos rojas (tradición india)" y en "Apólogo". Es así como leemos en "La Creación":

"El amor es un caos de luz y de tinieblas; la mujer, una amalgama de perjurios y ternura; el hombre, un abismo de grandez y pequeñez; la vida, en fin, puede compararse a una larga cadena con eslabones de hierro y de oro".

Bécquer describe en "La Creación" una cosmogonía pseudohindú claramente gnóstica, en donde los "gandharvas" actúan como demiurgos. Antón Risco incluso encuentra un antecedente."El cuento parece una fiel transposición en una mitología hinduista de la explicación del origen del mundo que proponía un famoso gnóstico de la antigüedad, Saturniano de Antioquía", afirma.

En "Apólogo" la humanidad es creada por error, en este caso debido a una embriaguez de Brahma, y en "El caudillo de las manos rojas", en el que se ven también algunos elementos neomaniqueos, Bécquer hecha mano del simbolismo de la peregrinación por el Himalaya y el Tibet en sincronía con el desarrollo interior del protagonista, Pulo, rajá de Dakka.

 

Templos

Además de las referencias sorianas de Bécquer señaladas el sábado pasado, hay que reseñar algunos datos más. En 1856 se estableció en Soria el tío de los hermanos Bécquer, Curro. Ambos hermanos podrían haber visitado Soria ya en 1859. Entre 1861 (año en que se casó con la soriana Casta Esteban Navarro) y 1867 esta constatada documentalmente la estancia de Gustavo Adolfo y su hermano en la provincia de Soria (capital, Noviercas y Pozalmuro) en diversas ocasiones.

¿Descifraría el simbolismo hermético de algunos templos románicos sorianos, como al parecer sabía hacerlo?, me pregunto.

 

Espíritus del agua

Hemos visto en las dos semanas anteriores que Gustavo Adolfo Bécquer había reflejado en su obra conocimientos ocultistas diversos sobre alquimia, gnosticismo, dualismo filosófico, espíriritus elementales, tradiciones celtas.., etc. Hoy abordaremos básicamente cómo refleja su contacto con el elemento "agua" y sus espíritus que, en definitiva, no es sino un recoveco más del largo proceso iniciático del alma masculina o, por decirlo en términos junguianos, del proceso de individuación.

El "trasmundo", el lado fantástico de Bécquer ha sido estudiado por críticos españoles, hispanoamericanos, franceses, británicos y norteamericanos. Realmente sorprende el eco internacional de Bécquer, mientras parece que ha quedado en el olvido en la Soria en la que vivió largas temporadas a causa de su matrimonio con la soriana Casta Esteban. Machado, o mejor dicho, la "machaditis", ha acaparado la atención institucional, en detrimento de Bécquer y Gerardo Diego. ¡Qué pena!... Yo, por mi parte, seguiré siendo uno de sus trovadores en esta tierra que tanto amó y tanto trascendió.

Y dicho esto centremos nuestra atención a tres leyendas bécquerianas ubicadas en Soria: "La Corza Blanca", "Los Ojos Verdes" y "El Rayo de Luna" (las dos primeras ubicadas por Beratón y su falda del Moncayo, la segunda localizada entre San Juan de Duero y San Saturio en la capital). Transcribamos algunas referencias que nos sirvan para el comentario posterior.

"Manrique amaba la soledad porque en su seno, dando rienda suelta a la imaginación, forjaba un mundo fantástico (...)Creía que en el fondo de las ondas del río, entre los musgos de la fuente y sobre los vapores del lago vivían unas mujeres misteriosas, hadas sílfides u ondinas, que exhalaban lamentos y suspiros o cantaban y se reían en el monótono rumor del agua, rumor que oía en silencio, intentando traducirlo" ("Los Ojos Verdes").

"Reina de las ondinas, sigue nuestros pasos./ Ven a mecerte en las ramas de los sauces, sobre el haz del agua./ Ven a embriagarte con el perfume de las violetas que se abren entre las sombras./ Ven a gozar de la noche, que es el día de los espíritus (...) Venid, que ha llegado el momento de las transformaciones maravillosas..." ("La Corza Blanca").

"En la fuente de los Álamos habita un espíritu del mal. El que osa enturbiar su corriente paga caro su atrevimiento (...) Fernando, yo te amo más aún que tú me amas; yo, que desciendo hasta un mortal siendo un espíritu puro. No soy una mujer como las que existen en la tierra; soy una mujer digna de ti, que eres superior a los demás hombres. Yo vivo en el fondo de estas aguas, incorpórea con ellas, fugaz y transparente: hablo con sus rumores y ondulo con sus pliegues. Yo no castigo al que osa turbar la fuente donde moro; antes le premio con mi amor, como a un mortal superior a las supersticiones del vulgo, como a un amante capaz de comprender mi cariño extraño y misterioso (...) ¿Ves, ves el límpido fondo de este lago? ¿Ves esas plantas de largas y verdes hojas que se agitan en su fondo?... Ellas nos darán un lecho de esmeraldas y corales..., y yo..., yo te daré una felicidad sin nombre, esa felicidad que has soñado en tus horas de delirio y que no puede ofrecerte nadie...Ven"

("Los Ojos Verdes").

 

"Unus Mundus"

Cuando el mundo era joven y todavía regía el hemisferio derecho ( "femenino, intuitivo, emocional e irracional") en la percepción y asimilación del universo y de las vicisitudes internas (del alma o de la psique), todo era distinto.

Los mil dioses y diosas estaban presentes en cualquier parte y lugar. Todo tenía un trasfondo sacro. Lleno de supersticiones, sí, pero numinoso, trascendente y revitalizador de lo anímico. Además las personas se identificaban con su entorno, ellas formaban parte de él y éste pasaba a ser algo consustancial en la psique humana a través de los mecanismos de proyección, transferencias y sincronicidades. Lévy Bruhl llamó a esta especie de "unión" con el nombre de "participación mística", que aún subsiste entre los pueblos primitivos y que, en menor medida, permanece potencialmente en nosotros mismos.

Ahora, por contra, nos domina el hemisferio izquierdo del cerebro("masculino y racional"). Nuestro yo, la consciencia, quiere controlar toda nuestra vida psíquica, y el inconsciente (que no subconsciente, sino en todo caso supraconsciente) tiene que compensar psicológica y anímicamente tal desequilibrio. El proceso de individuación es la búsqueda de ese equilibrio, pero para lograr sacarle el máximo provecho hay que hacerlo sacrificando al yo, en cierto modo, siendo consciente de que existe "otra realidad", otro YO más importante y verdadero (los junguianos le llaman "Sí-Mismo"). 

El proceso de individuación ha de hacerse conscientemente y ello supone un nuevo regreso -pero esta vez sabiébdolo- al estado de "participación mística" primitivo. En este proceso se llega a captar el "unus mundus", es decir, que todo el universo está vinculado estrechamente entre sí, como ha llegado a demostrar la Física Cuántica, por otra parte.

En Bécquer este camino iniciático -que inicialmente se comienza en la soledad de uno consigo mismo, como Manrique o Fernando- es evidente. Su visión de la Naturaleza evidencia un estado de "participación mística" y un apercibimiento del "unus mundus". Así se refleja especialmente en las tres leyendas sorianas citadas.

Y así lo confiesa en "Las Hojas Secas": "Hay momentos en que ..el espíritu... se desliga de la carne, pierde su personalidad y se confunde con los elementos de la Naturaleza, se relaciona con su modo de ser y traduce su incomprensible lenguaje".

Cabe aquí formularse una pregunta, que ha quedado estupendamente expuesta por García Viño en un caso concreto: "Recreaba Bécquer simplemente creencias medievales o hacía profesión de las suyas propias? Por ejemplo, cuando se refiere a los "hilos imperceptibles atan los hombres a las estrellas", ¿muestra aceptar con ello las afirmaciones de la Astrología o se limita a adornar el contexto temporal de su narración?".

Que cada cual de su respuesta en función de la personalidad de su psique. La mía es que Bécquer vivió una vida psíquica muy intensa. Que transmutó sus vivencias y la naturaleza en la que vivía. Que vivió, con mayor o menor consciencia, un proceso de individuación que ha reflejado poéticamente en sus Rimas y en sus Leyendas, muy especialmente. Y que murió preso del arquetipo del "Puer Aeternus", a los 34 años, en esa juventud en la que murieron también otros autores y artistas románticos.

 

Ondina-Ánima

Su confrontación con el arquetipo multifacético del Ánima (lo "femenino" de la psique y del inconsciente colectivo) tampoco quedó resuelto y sus vicisitudes se reflejan en su obra. Varias de estas confrontaciones se personalizaron en las leyendas sorianas citadas, donde el elemento "acuático" (el agua es regenerativa,pero también maligna) se hace numinoso al vincularlo a ancestrales figuras míticas y del folclore europeo: dama del lago, ninfas, ondinas, sirenas, náyades, melusinas y otras mujeres acuáticas ( xanas, lamias...). Por todo lo dicho, no es extraño que Rubén Benitez afirme que "leer sus leyendas es acompañar al narrador en una aventura espiritual misteriosa".

Todo arquetipo y su reflejo simbólico o material (temas omníricos, literarios, artísticos.., etc) es ambivalente, dual. Tiene, en sí, una potencialidad psíquica positiva o negativa. Y así acontece con el Ánima, sobre la que hablaremos largamente al hablar de las musas de Bécquer y Machado próximamente. El diverso final que tienen los protagonistas masculinos de las tres leyendas citadas es una prueba de ello.

"La diferente actitud de uno y otro -señala Sagrario Ruiz-, llevará a desenlaces completamente distintos; en el caso de Fernando, al triunfo del mundo fantástico, quiero suponer que el protagonista sólo muere para el mundo real y que, por el contrario, comienza una nueva vida en el reino de la fantasía, como aquel personaje de uno de los "laïs" de María de Francia,, Lauval, el cual, amado por un hada, marchará con ella a la Isla de Avalón -región fantástica- a vivir otra vida que la realidad no conoce".

Paracelso -médico, astrólogo y alquimista- sabía mucho sobre estas manifestaciones "acuáticas" del arquetipo del Ánima con las que se encontró, como Bécquer, en su proceso de individuación, debido a su "imaginación activa". Jung, en su "Paracélsica", habla de la irrupción de estas figuras simbólicas del folclore europeo, en estos términos:

"Los fenómenos anímicos pertenecen a aquellos "fenómenos límite", que aparecen en situaciones psíquicas especiales. Tales situaciones se caracterizan siempre por la irrupción más o menos súbita de una forma o situación vital que parece ser la condición o el fundamento imprescindible del curso individual de una vida. Cuando aparece una catástrofe de esta especie, no sólo se rompen todos los puentes que quedaron atrás, sino que parece no existir ningún camino hacia adelante. Se está ante una oscuridad sin esperanza e impenetrable, cuyo vacío abismal se llena de súbito por la visión o la presencia palpable de un ser extraño, pero que promete ayuda; del mismo modo que en una larga soledad, el silencio o la oscuridad se hacen visibles, audibles y palpables, y el propio conocido se nos aparece en figura desconocida (...) Esta soledad, junto con la preocupación de una obra infinitamente oscura, basta para activar el inconsciente, o como dice Dorn para poner en función la imaginación, y por la fuerza de sus imágenes traer a la realidad fenoménica cosas que antes aparentemente no existían. Bajo tales circunstancias nacen imágenes de la fantasía en las que lo inconsciente se hace intuible y experimentable, y que son de hecho `spirituales imaginationes´(...)

El Ánima (Ondina de ojos verdes) en su faceta de guía por el inconsciente colectivo (el agua) conducirá a Fernando (Bécquer) por la corriente subterránea de los arquetipos. En "La Corza Blanca" la postura racionalista del protagonista, por contra, acaba con Constanza-Corza desaprovechando así un desarrollo psíquico importante. Por contra, en El Rayo de Luna, hay un exceso de imaginación en Manrique, un desequilibrio psíquico que se decanta hacia el inconsciente en detrimento negativo del yo. En Los Ojos Verdes, por contra, la actitud racionalista e incrédula de Fernando desaparece y comprende que ha de sumergirse en el interior de su alma para buscar el "hierosgamos", la "coniuntio oppositorum", la unión del consciente con el inconsciente. Sobre lo que pasó después nos da la respuesta la muerte prematura de Bécquer, que siguió en este sentido los pasos de Nóvalis. No logró superar la confrontación.

 

 

Texto Extraído de: http://web.jet.es/sotabur/becquer.html 

Lo esotérico en el Talmud

Lo esotérico en el Talmud

 

Daría la sensación de que el esoterismo se enseñó por primera vez en tiempos antiguos. No hay dudas de que las escuelas establecidas por los profetas discutieron las formas de preparar a los individuos para recibir el don de la profecía. También se ocuparon de inculcar métodos intelectuales específicos para comprender los temas místicos. Estos grupos secretos continuaron sus estudios durante el período del Segundo Templo y, aparentemente, las distintas sectas esenias habrían recibido la influencia de sus enseñanzas secretas según puede deducirse de fuentes externas al Talmud (Filón de Alejandría, Josefo, etc.).

Los sabios mishnaicos y talmúdicos que se ocupaban de estudios esotéricos eran los herederos de la tradición antigua, que tiene sus raíces en los días de los profetas y ha subsistido hasta nuestro tiempo. 

Los textos válidos determinan que torat ha-sod  dvch trvt (misticismo), estaba dividido en dos partes: Maasé Bereshit ty>arb hsim (Acto de la Creación) y Maasé Merkavá  hbkrm h>im (Hechos del Carro).

 El primero era más teórico: se ocupaba de la creación del Mundo y de las primeras revelaciones divinas; Maasé Merkavá se fundamenta en la descripción que hace el profeta Ezequiel del Carro Divino. Es un estudio de las relaciones imperantes entre Dios y el mundo, que contenía el germen de lo que más adelante se conoció con el nombre de Kabalah ma'asit (Kabalah práctica).

Como ya lo hemos señalado, todos estos temas están cubiertos de misterio. Lo único que sabemos es que la mayoría de los estudiosos judíos se ocupaban de temas esotéricos. Algunos con intensidad extrema; otros, considerándolos como parte esencial de los estudios religiosos generales. También había académicos que no se consideraban dignos de enfrentar tales conocimientos y, por lo tanto, tomaban la materia como mero pasatiempo. 

Eran varias las razones por las cuales se ocultaba el mundo místico y esotérico. Un motivo elemental era que se consideraba que aquellos asuntos relacionados con la grandeza de Dios debían dejarse en manos de personas que fueran dignas de estudiarlos.

Sin embargo, también existía el temor de que se hiciera un uso indigno de los poderes que adquiría el hombre que conocía los nombres y los secretos según los cuales estaba constituido el mundo. Los sabios veían al "conocimiento de las letras según las cuales se había creado el cielo y la tierra" como un instrumento que otorgaba a los mortales el poder de hacer actos de creación. Se cuenta que uno  de los estudiosos creó un hombre mediante el recitado de nombres. Esta es la primera referencia a la leyenda del golem  que aparecen en la literatura esotérica medieval. Este poder para crear, o destruir, que tenía el Baal Shem (literalmente "poseedor del nombre") era un argumento poderoso para ocultar estos temas del conocimiento de aquellas personas que podían explotar esos poderes con fines malignos.

Había otro elemento: el estudio de las enseñanzas esotéricas no era meramente teórico. Parecería que iba acompañado por experiencias místicas profundas que, aparentemente, resultaban peligrosas para aquellos que no estaban bien preparados. Creemos que estas experiencias recibían al nombre de pardés (huerto). 

 

El Ingreso en el Huerto

En el Talmud hay un relato muy famoso sobre cuatro sabios que entraron en este "huerto": R. Akiva, Simeón ben Zoma, Simeón ben Azai y Elías ben Abuia. Los guiaba el más sabio y experimentado, R. Akiva, y se cuenta que les advirtió sobre ciertos peligros que encontrarían, usando palabras que no podían tener sentido para quienes no hubieran viajado por esas esferas. Sin embargo, y a pesar de su guía, el grupo no pudo superar los peligros: Ben Azai murió, ben Zoma perdió la razón y ben Abuia "arrancó plantas de raíz", o sea, llegó a conclusiones heréticas, aparentemente bajo influencia gnóstica.

R. Akiva fue el único que "entró en paz y salió en paz". Este es el relato más detallado, pero no el único, y tenía la intención de subrayar los peligros que aguardaban a aquellos que ingresaban a estos dominios.

Sin embargo, no se debe concluir que existían dos áreas separadas de material "revelado" y "oculto".

Hasta cierto punto, se las veía como componentes de una Toráh que abarcaba todo. Un discípulo bien acreditado que absorbía las enseñanzas de su rabino también aprendía la sabiduría esotérica. Se contaba que Rabban Iohanan ben Zakkai no había dejado nada de lado y había aprendido tanto "cosas grandes como pequeñas" de sus maestros, ya que ambas estaban incluidas en la Toráh. Aún más, el enfoque del Talmud ve todos los mundos, el de la naturaleza material y el de las esferas metafísicas más elevadas, como una unidad, sin barreras entre cada parte.

Muchas veces, el análisis talmúdico de los asuntos cotidianos se eleva a terrenos metafísicos, en ambos, sin tensiones. Los relatos de las apariciones de Elías a los sabios y sus conversaciones con ellos sobre Halajá o asuntos esotéricos son moneda corriente en el Talmud y suelen surgir de distintas asociaciones halájicas, profundas o triviales.

Esta relación íntima entre temas esotéricos y prosaicos es una de las características más notorias de la literatura esotérica en general. El místico judío no está alejado de la halajá y de los problemas prácticos. Por el contrario, el experto halájico suele ser también un místico y el kabalista estudia asuntos legales y místicos con el mismo entusiasmo. De hecho, en cierto sentido, la literatura esotérica es una interpretación y sustentación teológica de los detalles cotidianos de la halajá. 

 

El Hombre en el Mundo

Con frecuencia se realza la posición del hombre en este mundo y se lo considera como un perpetuador del proceso creador. Para la literatura esotérica, el concepto de que el hombre fue creado a imagen de Dios es una estructura elemental y el hombre es capaz de crear de manera independiente. R. Eliezer comentó:

 "La Toráh ya no está en el cielo. Dios la dio a los hombres y serán ellos quienes decidan sobre este tema"; aseveración a la cual se habían opuesto la mayoría de los académicos. Esta afirmación, que ilustra el convencimiento talmúdico de que el hombre es un creador, quedó concluida varias generaciones después, cuando uno  de los sabios preguntó a Elías, el profeta, qué había opinado Dios en aquella oportunidad. Y Elías respondió: "Dios sonrió y dijo: ‘Mis hijos han prevalecido sobre Mí. Sí, mis hijos prevalecieron'". 

(Adin Steinsaltz Extractado de Introducción al Talmud -Ediciones La Aurora)

 

 

Fuente: http://www.mystix.com.ar/miscelaneaesoterico.htm 

Cortázar, Borges y Bioy Casares: Un particular mundo oculto en cada uno.

Cortázar, Borges y Bioy Casares: Un particular mundo oculto en cada uno.

CASA TOMADA

 

De: Julio Cortázar

"Pasé mi infancia en una bruma de duendes, de elfos, con un sentido del espacio y del tiempo diferente al de los demás" (revista Plural n°44, México 5/1975)

 

 

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene que pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-¿Estás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

 

 

 

 

 

LAS RUINAS CIRCULARES

 

De: Jorge Luis Borges

"La escritura no es nada más que un sueño dirigido."

 

 

Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.

El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.

Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.

A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.

Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.

Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.

En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.

El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido... En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.

Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.

Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.

El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.

 

 

 

 

 

EL NAVEGANTE VUELVE A SU PATRIA

 

De: Adolfo Bioy Casares

 

 

Creo que vi Pasaje a la India, porque en el título de la película estaba mi país. Al salir del cine, tomé el subterráneo -o Metro, como acá lo llaman- para ir a la embajada, donde todos los días trabajo un par de horas. Lo que así gano me permite ciertas extravagancias que dan un poco de animación a mi vida de estudiante pobre. Sospecho que por culpa de esas extravagancias, recaigo últimamente en una suerte de sonambulismo que suele provocar situaciones molestas. Un ejemplo: al recordar el viaje en subterráneo, me veo cómodamente sentado, aunque tengo pruebas de haber permanecido de pie, cerca de las puertas, asido a una columna de hierro y a punto de caer cuando el tren se detiene o se pone en movimiento. Desde ahí miro, con una mezcla de conmiseración y de censura, a un estudiante camboyano, muy mal entrazado, que en un asiento, a la mitad del vagón, dormita con la cabeza reclinada contra el vidrio de la ventanilla. Su pelambre, tan abundante como sucia, deja ver un redondel calvo y arrugado; la barba es rala y de tres o cuatro días. Dormido sonríe, mueve los labios rápida y suavemente, como si en voz baja mantuviera una amena conversación consigo mismo. Pienso: «Parece contento, aunque no hay razón para que lo esté. Vive, como yo, entre europeos hostiles, por más que lo disimulen. Hostiles a quienes juzgan diferentes. En tal sentido los indios tenemos alguna ventaja, por ser menos diferentes; pero a este muchacho, con su traza tan particular ¿quién no le lleva ventaja? Aunque fuera occidental y del Norte, se lo vería como a un representante de la escoria del mundo. Ni siquiera yo, que me considero libre de prejuicios, me atrevería así nomás a confiar en él».

Bajo en la estación La Muette y en seguida me encuentro en la calle Alfred-Dehodencq, donde está la embajada. Por increíble que parezca, el portero no me reconoce y se niega a dejarme pasar. Mientras forcejeamos a brazo partido, el hombre grita: « ¡Fuera! ¡Fuera!» varias veces. En una de las últimas, el grito se convierte en un amistoso: «Sour-sday», que en camboyano significa: «Buenos días». Abro los ojos y aún perplejo, veo a mi amigo el taxista, un compatriota, que mientras me zamarrea para despertarme, repite el saludo y agrega: «Tenemos que bajar. Llegamos al barrio». Me incorporo, casi doy un traspié al salir del vagón; sigo al compatriota por el andén, sin preguntar nada, por temor de equivocarme y de que me crea loco o drogado. Antes de subir la escalera, cuando pasamos frente al espejo, tengo una revelación, no por prevista menos dolorosa. Quiero decir que el espejo refleja mi pelambre sucia, mi barba rala, de tres o cuatro días; pero lo que francamente me fastidia es comprobar que también en ese momento muevo los labios y, peor todavía, sonrío hablando solo, como un imbécil.

 

 

Devolverte mi canción

Devolverte mi canción

 

pálida muchacha de cabellos tibios y morenos

yo amé tu guitarra de madera joven y extraños vientos

yo pulsé tus senos y besé tu alma hasta casi ahogarme

y aún no sé en qué orilla más me falta encontrarte

 

¿no escuchas la voz del mar agitándose en mi pecho?

¿no sientes cómo se desmaya el día en el vertedero de mi sangre?

asómate a mis ansias y ponme cerca el horizonte

voy a cruzar la noche y devolverte mi canción

 

 

 

 

De noche en noche

 

De noche en noche viene por el mar

sentada sin rostro sobre las olas mansas

nadie sabe si es sólo bruma

o una mujer de rizados bucles

 

ella apaga el grito de los náufragos

con el rumor de su risa que debe ser muy grande

 

a veces camina lenta empinada en el aire

por las soledosas calles olvidadas del puerto

 

su voz no es terrible ni es nieve entre sus dientes

pero su aliento que no es aire ni silencio

abre los párpados de los niños dormidos en las playas

 

mañana vendrá también

                       pasado / y nunca

y sólo la brisa que sabe de su rastro

habalrá del tiempo muerto

y del amor roto

            sobre las dunas

 

 

 

 

No es ningún río de luceros

 

no es ningún río de luceros

lo que ves a la distancia

son las luces de neón

de un puerto que de vez en cuando existe

 

cuando mi alma está sola y tú distante 

dicen que vaga mi sombra por esos muelles

 

tú debes saber a dónde voy

y a qué me llevan

yo sólo sé que las olas son altas

y que hablan del este tiempo y de otros

 

ah edad madura sin frutos sobre el viento

yo tengo la calma de la tempestad en ciernes

y sé del rocío y tu larga cabellera

sé también de aquel río de luceros

que no es ningún puerto y acaso existe

 

 

 

 

Mujer de vestido blanco

 

sé que me esperas en la margen izquierda del río santa

mujer de vestido blanco

de pasos silenciosos como las brumas

 

sé que existes

a pesar del miedo y mis vigilias

 

alguna vez te he visto

entre sueños vagarosos

buscándome entre la lluvia

con esos tus ojos inmensos

que no son

de este mundo

 

no me persigas tanto

no ames mi rastro tras tu pena

 

ya he de ir hacia ti

golondrina o viento

solo o rama

a posarme al fin en tu garganta

 

 

Óscar Colchado Lucio

Del libro: Sinfonía azul para tus labios (Ediciones Altazor, 2005).

 

Canto bajo el agua

Canto bajo el agua

 

 

CONJURO

 

Voy a convocar a los magos de todos los caminos

a las ninfas de los ríos subterráneos

a las sílfides del crepúsculo violáceo

a las salamandras del cenit resplandeciente

a los gnomos de todas las quebradas

a las hadas dueñas del encanto

y al Gran Arcano del Universo

para que desciendan sobre ti

el agua sideral copulada en bendiciones

y te hagan el confidente de todos los secretos

el poseedor del fuego inagotable

para que nunca te alcance

el aleteo de la nostalgia.

 

 

 

SUPREMO SECRETO CON MAHOMA

 

Iluminado el ambiente con las lámparas

abriste las puertas

del jardín de mi templo

trepaste las escaleras

para tocar el pórtico de mi santuario

 

Como el misterio de la luna nueva

mi belleza ontológica se hizo presente

envuelta en aromas de sándalo y almizcle

depusiste el orden de mi templo

penetrando en mi sagrado recinto

 

Besando la columna

de tu arquitectura

fui An-nisá

como la Universal Naturaleza

y receptáculo ardoroso de tu acto

 

En la aurora de Nardos y laureles

dominando los latidos de mi pecho

fui atraída

a tu vara prodigiosa

 

Tu falo

rama de fresco almendro

horadó mi cuerpo en el ara de tu lecho

entregándote mi virginal pureza

conocí el Fohat que hoy me ilumina

 

Oh viejo Ulema

fuiste generoso al aquietar mis ansias

para aprender de ti  Muhammed

nací mujer para elevarme

 

 

 

OCTAVA CASA

 

Demiurgo

Bendice mi casa octava

Estoy esbozando el esquema

Polarizándolo todo

Amando la vida

 

Ha llegado en silencio

Muy en silencio

Tanto que casi no lo veo

Casi no lo siento

 

Yo quiero tu claridad

Para disipar mi bruna

Para borrar la duda de sus manos

La sombra en sus cabellos

Dame la lluvia serena

 

Tuve la magia de la promesa

Pero no la entrega

Y en el reflejo aislado

Vi la maestría de su canto

 

Lo amo en el Segundo Atributo

En la puerta teofánica

Pero bendice mi casa octava

Si es él quien debe entrar.

 

 

 

MANDALA

 

Has ingresado a mi vida

como la órbita de un planeta

las escamas de una piña

o el espiral de un caracol

en todas partes / en cada átomo

de mi cuerpo / en cada fibra de mi ser

te tengo en la piel

en cada cabello en cada respiración

 

Te necesito tanto / te amo tanto

pero debo trabajar el otro lado del Mandala

El silencio...

 

 

 

PARADOJA

 

Frente al espejo de lo absurdo

yo / con mi risa del primer momento

festejando mi dicha del instante

y el dolor de su ausencia

teniéndolo todo y no teniendo nada.

 

Estoy mirando los dos lados de la broma

las dos caras de Juno

el otro lado de la sabiduría

el lado opuesto de mi esquema

la otra mitad de mi existencia

la cuenta regresiva de mis pasos.

 

Estoy riendo de mi dicha fresca

y llorando mi etapa de silencio.

 

 

Gloria Díaz Azalde

 

Internándose en un Reino Cerrado

Internándose en un Reino Cerrado

 

I.


Larga la noche,
largos tus ojos
ondulantes y ligeros detenidos tras mi muerte.

Agazapada vienes
te disfrazas de colibrí
y con tu pico ahuecas mi corazón.

Larga la noche
y largo tu pecho
endureciendo ecos vacíos.

Tu fantasma me motiva,
inquilina de tu vientre soy.
Perdida
en tu noche,
me derramo
y digo tu nombre.


II.


Estuvimos a la orilla del mar,
cuando las olas nos adormecían con su canto amable,
cuando tomarme la mano
era habitual.

Ahora,
yo camino hacia un extremo
tú hacia el otro
¿Qué puedo hacer yo?
¿Acaso voltear el rostro para saber si aún me miras?

Seguiré el llanto de las gaviotas
me iré tras ellas,
emularé un grito
y seré pez.


III.


Un nuevo golpe arremete,
soy solo el cuerpo
ya no hay más voces que la mía;
sin embargo,
adentro hay una guerra,
una guerra que se gesta desde la palabra no dicha.

¿Cómo debo entender tus ojos?
¿Tu cabello cano es en realidad cano?
Dime hija de quién soy,
cuerpo de quién soy.


IV.


Intentas cazar olas que te vencen infinitas veces. Olas que te confunden con la arena y te suspenden en agua salada y piedras. Enfrente de un mar, como el de las Costas Normandas, contemplas su caminar de elegante zorra; mientras te muestra sus dientes de espuma blanca. Comienzas a zambullirte.

 

Erika Almenara