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El Rincón del Diablo

La Elegida

La Elegida  

YO fui la elegida, mi padre con gran antelación me escogió entre todos sus hijos para llevar a cabo esa decisiva empresa. Mis hermanos, tal como lo esperaba, objetaron mi designación. Estaba claro que se sintieron desplazados y que mi condición de hembra los humillaba en su orgullo viril.
Recuerdo, aún emocionada, el instante preciso en que mi padre nos anunció su propósito, había que dar a sus súbditos un ejemplo de voluntad y sacrificio, es decir, una señal que los guiara en el caos en que deambulaban.
La primera competencia nos enfrentó en un torneo de sabiduría en el que uno a uno mis hermanos fueron derrotados. Al final sólo quedamos mi gemelo y yo. Entonces, el rey más excelso nos observó con el rostro severo de siempre y blandió tres preguntas continuas. Tres veces respondimos sin vacilar y noté que mi oponente me espiaba con enfado. Llegado a ese instante supremo, una última interrogante fue propuesta por nuestro padre y luego de largas deliberaciones, un desliz cometido por mi hermano, me otorgó la victoria. Emocionada, acepté el honor de sentarme a la vera del trono sagrado junto al ser más insigne de todos.
El segundo reto consistía en el desafío de fuerza, y como yo imperé en la prueba inicial, esperaría a mi retador entre los que se aprestaban a luchar. Mi padre, gran honor, me concedió el privilegio de dar la señal de apertura y ellos se enfrascaron en una ardua y animada pugna. Mi gemelo se irguió altivo y su primer rival no tardó en lanzar un grito de combate. Pero aquel, tan parecido a mí, poseía la inteligencia de un Dios y su victoria no fue nada complicada. Casi instantáneamente el otro pidió una tregua y luego otra, hasta abandonar la contienda y reconocer su impotencia.
Después del descanso ritual, mi gemelo derrotó a mis otros cuatro hermanos en descomunales encuentros y al pasar a mi lado me contempló con un gesto soberbio y triunfal.
Una nueva pausa me separó de la inminente disputa y nuestro padre levantó el báculo, ordenando el inicio de la gran pelea. Mi contendor conocía a la perfección mis desplazamientos y yo en cambio me veía sorprendida por sus argucias. En vano intenté acorralarlo y sacar partido de mi plasticidad y fueron inútiles igualmente los conatos defensivos que acometí con brazos y piernas. El no tenía igual, pensaba yo, hasta que vino a mi memoria que el haber venido juntos al mundo, me otorgaba el poder de adivinar sus intenciones como él estaba haciendo con las mías. Giré en torno a su delgada figura y realicé las maniobras que él no podría prever, deconcertándolo y casi emparejando el duelo, pero el tiempo que había dispuesto mi padre acabó y al evaluar los logros de cada uno, los de él superaban ligeramente a los míos y fui vencida.
Por decisión de nuestro padre, en la tercera y definitiva prueba sólo mi gemelo y yo participaríamos, puesto que el brillo de la victoria había iluminado nuestras cabezas, dotándolas del halo distintivo de los seres celestes.
Los aspirantes derrotados en las sucesivas etapas, forjaron un círculo cabalístico en torno a nosotros. En sus rostros era fácil interpretar el enorme dolor en que estaban inmersos, pero también la extraordinaria curiosidad por asistir a la proclamación del elegido.
Una densa bruma fue el preludio a la batalla final. Nuestro padre había decidido que la esencia sobre la que mediaríamos fuerzas, sería el amor, sí, lo más sencillo y a la vez lo más complejo, señalaría al heraldo del sublime gobernante en esta aventura histórica.
Luego de unas horas-siglos en las que el tiempo pareció desvanecerse, nuestro padre dio por terminada la primera fase del cuestionario. Nos miró orgulloso, nos arengó con dulzura y propuso una definitiva pregunta, aquella que estaba relacionada con la solidaridad. Los dos demostramos al unísono que pensábamos en los demás antes que en nosotros y que el bienestar de la humanidad estaba por encima de un egoísta individualismo. No obstante, sólo uno podría salir airoso, y tras una extenuante lucha, fui reconocida como la que poseía mayor capacidad de entrega y sacrificio. El glorioso señor calmó como pudo a mi vencido hermano y se me acercó con el semblante inmaculado del cielo. Las lágrimas enturbiaron mis ojos unos segundos pero después asumí el reto con firmeza.
En los días sucesivos, mi gemelo y nuestro padre sostuvieron interminables pláticas, a las que atribuí el carácter de un consuelo paterno, pero a medida que el tiempo transcurría, noté que mis hermanos me espiaban distantes y silenciosos. Yo, de todos modos, continué con los preparativos y fortalecí mi espíritu con extensas plegarias y cósmicas meditaciones y sentí que estaba preparada para los obstáculos que surgirían en el camino.
Mi padre, al anochecer la cuarta luna, solicitó mi presencia y me comunicó sombrío que había sido relevada de la misión en favor de mi gemelo. Yo lo miré estupefacta y tuve que conformarme con suplicar una explicación. Un silencio de hielo detuvo mis pasiones y los argumentos fueron enumerados con frialdad. La conclusión era simple, los antecedentes condenaban a las hembras a una situación oprobiosa a través de los tiempos, porque la primera en ser enviada había cometido un terrible e imperdonable delito y esto dificultaría que la humanidad aceptara mi ejemplo y estuviera dispuesta a seguirme.
En la quinta luna tuve que asistir a la coronación de mi hermano y al ritual que acreditaba su magnificencia, vi sus ojos felices y descubrí en su irónica sonrisa al consejero inseparable que tuvo mi padre esos días. Recién lo comprendí todo y la ira, sentimiento desconocido, se apoderó de mí.
Ya han pasado infinitas lunas y sin embargo la tristeza me agobia cuando sé que de haber sido enviada, muchas cosas hoy fueran distintas, y un sollozo brota de mi alma al ver que nadie sabe de mí, de mis virtudes, de mi auténtica condición de elegida y en cambio todos los hombres recuerdan y veneran a mi gemelo, al que llaman Jesús de Nazareth....

Reynaldo Santa Cruz

 

 

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Reynaldo Santa Cruz. Sociólogo de 33 años, Reynaldo Santa Cruz escribía de pura afición hasta que decidió estudiar literatura en La Habana. Desde entonces, su currículum de premios ha ido creciendo anualmente. El año antepasado obtuvo también una Mención Honrosa en el Cuento de las 1,000 Palabras. Anteriormente había logrado ese reconocimiento en concursos nacionales de Copé, Ricardo Palma, Asociación Peruano Japonesa y en los Juegos Florales de la Católica. En España obtuvo menciones en los concursos "Lena" y "Felguera", y en 1993 se hizo del Premio Internacional Guardo Palencia, convirtiéndose en el segundo latinoamericano en alcanzar tal galardón. Es autor de "La muerte de Dios y otras muertes" publicado en 1990. "La Elegida", presentado bajo el seudónimo "Raquel", reúne los ingredientes de lo mejor del género.

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1 comentario

vivian -

No cabe duda que tuve al frente a uno de los mejores escritores contemporaneos ..........
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