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El Rincón del Diablo

La Balada del Hombre Lobo

La Balada del Hombre Lobo

 

I. Descenso

Lejanos Gritos... y en suave mito
neblinosos... olvidados...
mudos se yerguen... y llaman...
claman... por los desterrados...
en la niebla, ahí los veo
por encima de ellos me paseo
sin siquiera haberme movido
y ya temo haber perdido... la razón
(tum) el corazón late, sin emoción
mientras se pierde lo consciente
y veo espectros, los veo siempre
pierdo el centro... y mis ojos
sin haberse abierto, sin estar cerrados
aun ven rostros enterrados...
que se mueven ahí concéntricos
nocturno espectáculo tétrico...
enterrados hasta el cuello...
así los veo, y me ven ellos...
desde tan lejos adonde llevo
mi presencia, y mi ausencia...
me castro, y no es nada nuevo
tiemblo, y no me da miedo
mis ojos, sin ser cristales
siento se nublan, llanto de hielo
y espero, rostros me llaman
en un lamento, niebla se espesa
a ratos.... me pesa
a ratos, ligero... me desespero
y la pregunta que nunca llega,
aún me espera...
a ver si llego, y no me atrevo
si es que avanzo o retrocedo
y me están viendo, los siento ciegos...

II. Sombra

Ya, está aflorando, aquí lo siento
no es certero, no es sentimiento
y en un momento,
ahí me quedo, avanzo, me quiebro
no siento...
Y ahí mi aullido penetra el viento...

III. Penumbra

Y en un suspiro, aúlla el viento
esos cuentos que te contaron
no son tan ciertos...
sí existen...
aún peor de lo que suena...
me muero, revivo, con cada luna llena
mi dolor mengua, y duele,
y duele, tan sólo oler el viento...
saber que vivo aunque en mí estoy muerto
saber que vivo éste dolor ajeno,
y ajeno me quedo, ajeno pido
pido el destierro, pido al destino
con mi aullido fiero, la muerte invoco
mi maldita esencia que vuelve loco
y maldito vivo, y maldito muero
maldigo la luna, maldigo mi cuero
que la piel me arranco, por los poros sangro
sangre mis ojos, sangre mi antro
que me encierra sólo en penumbras
y entre rojo miedo esa luz me alumbra...
esa luna no puede ser tan eterna....
tan alterna como su vida es mi muerte...
y en presencia de su faz inerte
al patetismo beso...
y lo sublime se asquea de mis rezos...

IV. Ascensión

Clemencia no pido al señor de los cielos
pues mi culto es otro, oculto hiero...
mi culto es esa luna ya ida
que brilla en el fondo de los infiernos
y le hace techo, y a eso llaman vida
por ella me arrastro, por ella soy ello
una criatura, vestida de anhelos
de la espectral noche, del oscuro cielo
de los desterrados, me alzo en el trono
que no tiene silla, que no tiene cromos
ni figurillas ni rey sentado...
tiene tan sólo un enfermo postrado
que en su delirio se cree poderoso
y que a la luna recibe tembloroso...
convulsionado... encadenado...
preso de la mente de un dios desquiciado
que se sienta en la silla celestial
y se dedica a planear su mundo irreal...
a mí... me sienta a su izquierda
y aun sin brazo me precipita a tierra...
y en mala hora el hombre yerra...
mientras Él juega, los olvidados...
los deja a oscuras, ya condenados...
no iluminados...
Ahí humillados, ya resignados...
tan solo quedan a la diestra...
de un dios creado a inexistencias...
allí inclinados, allí postrados...
queda el monstruo...
queda el hado... de un hombre
sin nombre... un recodo
del engendro, del demonio...
del lobo...

 

Emiliano León C. All Rights Reserved. Eternal_Light 2005.

 

JE L'AIME A MOURIR

JE L'AIME A MOURIR

JE L'AIME A MOURIR

(Elle a du faire toutes les guerres de la vie et l'amour aussi...)
Conozco la burbuja que lame el oprobio caído desde una nube divina, conozco tu boca de amazona aún te recuerdo arrojada de las calles decorosas con un rastro de cruenta pesadilla en la frente de amapola.
Quizás creíste que se habían cerrado los portones de la juerga de estrellas, pero la garra de tu belleza...sobrevive, apenas te queda esperar un segundo más en el tiempo porque tu sangre ha perfumado la tierra.

Abandona a los muertos...y los retazos de tu vestido hecho jirones
deja abierta la ventana, sacude el fuego, yo necesito de tus dedos que inventan guerras de amor y silencio
Ahora tu eternidad es lo inexplicable de lo inexplicable
en el temor inevitable de tu vuelo.

 

(Para ver todos los poemas, hacer click aquí)

 

Roxana Ghiglino

 

Sirena

Sirena

¿Cómo será perderse en un tiempo hecho de agua?
Jugar a ser sirena vieja,
                              tan profunda como un abismo que se ahoga
y sólo el tiempo...

                           entonces sólo agua:
                           el paisaje más vacío
                           hecho de nada
                           l l e n o  d e   a g u a
                           andando como algún tiempo más lento
                           afectando algas imaginarias
                           que se conciben a sí mismas como
                                                    cabellos humanos
                                                                 ondeándose

           al viento, al tiempo y al blanco...

 

(Para ver todo el poema, hacer click aquí) 

 

Cecilia Podestá 

 

Metáfora de los Seres Abismales

Metáfora de los Seres Abismales

 

CUADERNO

 

16 de diciembre de 19**

 

Estando cerca, tan cerca de tocar el cristal del navío, decidí beberme la inmensidad, oceánica ebriedad en su botella rodante. Ahí dormían Príncipes  abrazados a un cofre de basura,  soñadores oscuros, sirenas hermafroditas que hurgaban ducados en las braguetas.

 

Contuve el aliento lo más que pude y me llené de burbujas que dilataron mi vuelo náutico, la visión recurrente. Al abrir la puerta del camarote, el chico azul besaba

a Demian............ll/ caes.  Vete, no puedo, aquí no soy otro ni el mismo, no me recuerdes por favor.../ Y el Rey Sicario me interroga, complace todos mis extravíos, luego se  perfecciona.

 

La mordaza lubrica el deseo. Sentencia

 

Este instante divaga en el olvido. Nada existe. Se borran secretos del cuaderno

 

 

 

El Voluntario

 

Es la mirada de quien ha perdido toda noción de las botellas que quedaron alineadas para el tiro, de las rosas como blanco de las balas

Es la furia final: metamorfosis que desdobla su naturaleza asesina: es delinearle ojeras al jazmín o latidos a la noche oscura

 

Enferma el perfume brutal de esos pétalos, la sangre diluida con el ápice de una lengua procaz

Fotografiar su sexual demencia debe ser como oír a Leonar Cohen

 

Enferma la cicatriz leída/ su brazo extendido hacia el vacío de los telones. El proyectil que alucina, un diamante en la sien

 

Lo vi por los tejados buscando algo que fumar después de violar a una ninfa. Colgado el cielo, soñé que bailábamos, soñé que me enseñaba a disparar a sangre fría y a decir verdad era placentero...

 

Las diosas nos ven correr desbocados hacia el templo.

Hermosos y malditos, orinamos en la fuente bautismal

 

Gira depravado/ gira la champaña, aquí el infierno, el flash sobre ti, prolonga lunático devenir

 

 

Hector Raah

cielomental@yahoo.es

 

Las Primeras Gotas de Sangre

Las Primeras Gotas de Sangre

 

Por: Migi


La incomprensión de lo que estaba ocurriendo era sólo el principio
de una larga lista de sentimientos que aturdían la mente de Leo. Tras su
conversión, Selena le había llevado hasta un piso cercano a su casa.
La entrada estaba completamente en penumbra, las ventanas estaban cubiertas por
persianas y cortinas espesas de piel roja. La decoración de la casa era
bastante antigua pero creaba una atmósfera bastante romántica, y
el único foco de luz emanaba de las velas colocadas en los candelabros
de oro. El suelo era de mármol blanco, muy frío, pero a la vez muy
cálido ya que reflejaba la escasa luz de las velas. El pasillo que se abría
ante él tras pasar el umbral de la casa, estaba adornado de cuadros de
bailes, fiestas y celebraciones en general, en los cuales siempre había
una persona en concreto que recibía un clamor especial, y por el cual era
el protagonista de la misma. Antes de llegar al final del pasillo, el último
cuadro le llamó la atención, era la escena que acababa de vivir
minutos antes. Un cumpleaños, una fiesta, un baile, un beso... pero como
había llegado hasta allí era algo imposible de imaginar, o por lo
menos no le era posible a él. El cuadro era tan realista, que parecía
una foto pero cuando se acercaba podía apreciar el volumen de las pinceladas
en el lienzo. Aquel cuadro sumió mas si cabe a Leo en su estado de confusión
total acerca de la realidad que le rodeaba.

Al entrar en la siguiente habitación el aire se cargó de un olor
a muerte que pareció excitar a Leo, pero que dejó indiferente a
Selena, que encendió la chimenea que estaba al final de una larga mesa
de tablero de cristal y patas de metal. En un rincón de la habitación
aparecieron dos sillones iluminados por la luz del fuego que parecía más
azul que de costumbre. Todo esto estaba turbando de manera profunda a Leo, y necesitaba
cuanto antes respuestas de lo que estaba ocurriendo. Selena con paso ligero salió
de la sala, disculpándose con un simple gesto de mano. Leo asintió
y se sentó en el sillón más cercano al fuego. Entre los dos
sillones había una mesa de madera con una caja de lo que parecía
ser plata, con una inscripción en un idioma que parecía latín
o griego... Leo se quedó pensativo mirando la caja y hundió la cabeza
entre las orejeras del sillón que a pesar de su apariencia algo incómoda,
era tan confortable o más que un colchón de plumas. Selena reapareció
saliendo de la habitación en la que había entrado, pero se había
cambiado de ropa, pero seguía tan bella como antes. Al girarse Leo se quedó
atónito al verla con un vestido negro y dos copas de cristal tallado con
rosas, incluidas las espinas que no permitían el menor error al cogerlas.
Dejó las dos copas en la mesa y cogió una jarra de cerámica blanca
con leones rojos dibujados y sirvió en las dos copas. Leo volvió a
mirar la jarra y ahora los leones eran transparentes. "¿Zumo de tomate?"
ironizó su mente mientras temía mirar el contenido de la copa, sabiendo
perfectamente lo que era. Selena se sentó en el otro sillón y miró
fijamente a los ojos de Leo.

"No eres el primero que no mato, pero por ello no debes creerte especial."
La voz de Selena había sonado muy profunda y seria, pero al mismo tiempo
sirvió de sedante para Leo que vio este gesto como una esperanza para conseguir
respuestas.

"Quisiera preguntarte muchas cosas, y no sé por donde empezar"
atrevió a decir Leo con cierto temor en la voz.

"Las respuestas las tendrás a su tiempo ahora beberás por
primera vez la sangre de un mortal, aún no estas acostumbrado a vivir demasiado
tiempo sin beber, así que... bebe".

Como hipnotizado por las palabras de Selena cogió la copa de cristal y
se la llevó a la boca, bebiendo ansiosamente, hasta que rebosó la
sangre ligeramente por la comisura de los labios.

La sangre entró por su garganta rápidamente y le dio una fuerza
y una energía inusitada, pero que distaba mucho de lo que había
sentido bebiendo la sangre de Selena.

"¿Por qué no siento lo mismo que cuando bebí de tu sangre?
Preguntó Leo, aunque pronto se arrepintió. Los ojos de Selena se
perdieron en el fuego de la chimenea, e hizo un gesto con el dedo de silencio,
llevándolo desde sus labios hasta los de él y luego acariciándole
la cara.

"Ahora solo beberás y descansarás, esta noche será
el momento de las respuestas". Tras estas palabras, Leo empezó ver
todo distorsionado y nublado, y oyó por última vez la voz de Selena antes
de caer dormido, decir: "Espero que no seas otro más en la lista
de mis errores".

Los Cuatro de El Paso

Los Cuatro de El Paso

 

Hubiera querido escribir esto escuchando Sargent Pepper o Revólver; cualquier disco de los vétales. Pero sólo la música de las esferas me acompaña esta noche, la misma música que me acompañaba por Yandehl, calle abajo, hasta llegar al edificio donde vivía Yuri. Yo le silbaba desde el estacionamiento, por la parte de atrás, y él  me decía, a través de su ventana, "ya salgo, espera". Cada uno con su pasaporte, seguíamos la ruta al puente fronterizo, rumbo a Juárez "number one". Yuri encendía un tronchito en el camino desolado y me lo pasaba de rato en rato hasta que ya no era posible despegarlo de sus dedos. Yuri, quien era muy bueno en armar los tronchos, era John Lennon, así lo habíamos decidido los cuatro una noche de juerga en casa de Alfonso, es decir, de Ringo Star. Alfonsotocaba piano y no sé cuántos instrumentos más, hasta tenía un diploma del conservatorio de música. Javier era Paul Mc Cartney, tocaba la guitarra y cantaba temas de Pedro Guerra. A mí, que no sabía tocar ningún instrumento y estaba ya muy ebrio para decir algo coherente aquella noche tequilera, no me quedó otra cosa que ser George Harrison (My Sweet Lord, Something, Bangla-Desh, etc.). Confieso que de niño me alucinaba Paul, el bonito, y muy melódico y dulce con Yesterday y Michelle, ¿cuántas horas no me habré pasado cantando sus canciones? Hasta los temas que cantaba John, en mi versión de la historia del rock, los pasaba para Paul. En la adolescencia rebelde me incliné por John, el contestatario, el de la voz droga con Lucy in the Sky With Diamonds y Across the Universe. Yuri, Javier, Alfonso y yo éramos, entonces, los cuatro de El Paso, de la maestría en la Universidad de El Paso para ser más exactos. Hasta llegamos al colmo de tomarnos una foto tipo la portada de Abbet Road, cruzando la pista en la puerta de mi departamento, otra noche de borrachera, aunque en nuestra versión fotográfica todos estábamos descalzos como Paul -de quien decían, aquellos días en que salió a la venta el disco (1969), que esa foto de Paul descalzo se debía a que había fallecido-. Ringo venía de Juárez, Paul de Chiahuahua, John de México D.F. y George de Lima (Perú).

Cruzábamos el puente (todavía se podían ver los graffitis abajo, en la ribera del Río Grande: la cara del Che, Gringos Go Home), Yuri me decía que le parecía increíble que en unos minutos ya podía pisar su territorio. Eso mismo sentía yo, que era de más al sur. Lo primero que hacíamos era entrar al primer antro a tomar una Corona. Yuri no conocía bien los sitios, era nuevo, había llegado recién a la Universidad aquel semestre. Yo lo llevaba a Juárez para matar el aburrimiento de El Paso. "Oye, güey, tú te conoces Juárez como la palma de tu mano", me decía asombrado. Ese bar al que entramos primero, doblando de la Juárez hacia la Mariscal, tenía una barra circular en el centro, y alrededor había mesas de billar donde los vaqueros mexicanos siempre jugaban sus apuestas. Yuri tenía anteojos pequeños y redondos, no era nada gratuito que fuera John, y además usaba el cabello largo que siempre lo llevaba amarrado con cola. Estábamos haciendo planes para probar peyote y seguir las enseñanzas de Don Juan, según lo dictado a Carlos Castaneda, hasta que en la rockola pusieron a Marco Antonio Solís. Entonces Yuri empezó a hablarme de aquel cantante. Curiosamente yo recién sabía quién era aquel baladista y me había empezado a gustar, sobre todo, un par de canciones que escuchaba en la radio esos días (No hay nada más difícil que vivir sin ti, y la otra que también cantaba Olga Tañón). Yuri era un viejo fan de aquel cantante con look a lo Jesucristo Super Star, lo había seguido desde sus tiempos en los Bukis: "No mames, güey, es un cantante de putamadre", me replicaba sin que yo lo hubiera objetado. "Salud, compadre", le ponía mi vaso en alto. Acabábamos de tomar un par más de botellas de cerveza y seguíamos por la avenida Mariscal. Yuri con su jean azul, su polo blanco y sus zapatillas (o tenis) blancas, con su andar ligero, se detenía a comprar una cajetilla de cigarros, ya que en México estaba más barato que en Texas.

La música estridente salvia de los antros donde chicas semidesnudas bailaban sobre las barras o en las pistas con un tubo al centro. "Pásele, pásele", nos decían los tipos de las puertas. Ah "Princesitas Night Club Drivers", "Club extranjero", "Virginias", "La Madelon Discoteque", "Las Vegas", "Bar Faustos", "Queens", "Mona Lisa", "Bar Chavacan Salón Baile", "Rancho Grande Salón Bar GoGo Girls", "Irmas Bar Club", "Juniors", "Eduardos", "Acapulco". Yo ya sabía cuál era el mejor y cuál era el peor. Entramos al "Bar Faustos". Yuri pide una TKT y yo una Carta. Una muchacha algo gorda, con el fondo de Hotel California de The Eagles, baila en torno a un tubo que hay en el centro del escenario. Da vueltas agarrándose con la mano izquierda al tubo, juntando los pies, luego flexionando las piernas y echándose atrás los cabellos; después se sujeta con las dos manos y empieza a menear el trasero mientras se agacha lentamente; también da un salto y se cuelga del tubo para, inmediatamente, descender dando vueltas rápidas como un trompo. Yuri me contaba que estaba escribiendo una novela sobre el narcotráfico, se basaba en parte en la vida de El Señor de los Cielos, decía que era falso lo de la muerte de aquel famoso narco. Y me explicaba su plan. Yo le decía que estaba escribiendo unos poemas sobre este desierto, sobre la cuestión de los "mojados" y el amor dantesco. Luego él me contaba del D.F., "tienes que ir, allí tienes mi depa, güey", me invitaba una y otra vez. La muchacha que bailaba en ese momento nos sonreía coquetamente. Una canción más, una botella más. Y seguíamos en nuestro mágico y misterioso tour hacia los antros de la frontera.

Llegábamos a la "16" -el club más lejano pero el que más le gustaba a Yuri- ya medio pedos, luego de salir de la Mariscal , doblando la Juárez y caminando varias cuadras de la 16 de Setiembre. Allí no bailaban, pero las meseras eran muy bonitas, las mejores, y conversaban más. A ese local nos había llevado hacía poco Antonio, caserito del club, ex estudiante de la maestría, originario de Chiapas, más conocido como el "chiapaneco". En la "16" la hacíamos con Cuba Libre, con el buen ron, y abarato, que vendían allí. Mariana y Lupita no se dejaban convencer para salir algún día con nosotros. (Mariana me dijo días después, la semana siguiente, en que fui solo, que sí habían aceptado para salir con los dos, que habíamos quedado para encontrarnos en tal sitio y hora, y que, según ella, nosotros las habíamos dejado plantadas). Salimos del local bien borrachos. ¿Qué nos íbamos a acordar de sus promesas de amor? Comimos unos tacos y burritos en el Taco Tote. Era tarde, como tenía que ser para regresar a la oquedad de El Paso. En la Juárez nos cruzábamos con muchos "nacos" y con algunos mariachis que había en las puertas de los antros. Alguna prostituta nos quedaba mirando con desconfianza. Pasábamos el control policial de los Estados Unidos enseñando nuestras visas oliendo a licor y cigarrillo. Caminábamos nuevamente por las calles vacías de El Paso, y por inercia, quedando piernas todavía, decidíamos echar un vistazo al Maxima's.

Pero esa noche fue diferente. "Un par de tragos más para el estribo", le dije a Yuri. Pos sí, mañana es domingo, güey, y si no fuera, qué más da", respondió. Los ancianos vaqueros, gringos y chicanos, los pochos y los pachucos, como siempre estaban bailando con las ancianas vestidas y maquilladas como muchachitas, y en el pequeño estrado el eterno grupo mestizo tocando cumbias, rock and roll y corridos. No había ninguna mesa libre, y peor se encontraba la barra. Sólo una mesa estaba al parecer disponible para nosotros, en donde había una mujer sola, de unos cincuenta años tal vez, fumando un cigarrillo. Yuri se acercó para preguntarle si nos podíamos sentar con ella. Vi la expresión de afirmación de la mujer. Nos sentamos. Pedimos cervezas. Yuri se dedicó a hablar con aquella mujer que se veía muy amable. A mí me entraron ganas de bailar. En el pequeño estrado, con el grupo que tocaba, había una muchacha con un vestido ceñido y un gran escote, que bailaba, hacía coros, tocaba la pandereta y otros instrumentos pequeños, y a veces cantaba. Un poco llenita, cabello negro largo, una silueta de diosa. Yo le hacía ojitos desde la mesa y ella respondía coquetamente con una sonrisa. La invité a bailar cuando tocaron un cover de Santana y ella aceptó. Miré al resto del grupo por si alguien ponía mala cara y, felizmente, nadie me miró mal. Pero eso fue lo que creí. Mientras bailaba, ya me había parecido extraño que habiendo bebido tanto aún podía mantener la lucidez. Pero tampoco era así. En medio de esa confusión interior, Alma, así se llamaba ella, apretaba bien fuerte su cuerpo contra el mío. Sentía su perfume. Acariciaba mi mejilla con sus labios. Ya no resistí más y le di un beso, luego ella me dio otro beso. Nos quedamos besándonos un largo rato sin dejar de bailar, en eso se calla la música, se callan todos, y sólo queda un ruido bajo y helado como un zumbido. Todo fue rápido. Ni tiempo para que se me congele la sangre. Ni tiempo para dudar si era real, era producto de nuestra borrachera o qué cosa estaba sucediendo. Yuri jalándome de un brazo hacia la puerta, diciéndome "vámonos, ya la jodiste". Y yo mirando a todos, algo incrédulo, transformados en vampiros; inclusive Alma, que se había hecho a un lado, estaba convertida en vampiresa. Sí, vampiros, como esa pinche película de Tarantino, pero del otro lado, del lado gringo más bien. La toma final era vernos los dos huyendo por la puerta falsa, y en vez de las pirámides aztecas en la parte trasera del Máxima's, mismo Del crepúsculo al amanecer, ahora estaban las Torres Gemelas en ruinas.

 

Miguel Ildefonso

De: El Paso (Estruendomudo, 2005)

 

Fuego

Fuego

 

Noche oscura. Un cierto baile de disfraces. Me encontraba sola entre personajes distinguidos y diferentes personalidades, pero todos ellos ajenos totalmente a mi persona. No sabía como, pero había acabado accediendo a las peticiones de amigos y conocidos para asistir al evento, aún sin tener demasiada predisposición para ello. Vestida de frac, con el pelo bien recogido y una máscara cubriéndome el rostro, la noche se presentaba monótona e hipócrita, llena de sonrisas forzadas y conversaciones superfluas. Todo parecía diseñado con un mismo patrón, pero allí, entre la sonora y homogénea multitud se encontraba ella, un ser demasiado perfecto para pertenecer a esta atmósfera mundanal, de pie junto al balcón abierto donde la luz de la luna la cubría de un aura extraña. Su piel enfermizamente blanca contrastaba con su oscuro atuendo y con la multidiversidad de colores que la rodeaban. Su pelo, rojo como la sangre que corría por sus azuladas arterias, ondeaba salvajemente como una llamarada de fuego salida del mismo infierno. Y sus ojos, de un color grisáceo sin vida, miraban con un aplomo y una confianza indescriptibles a su alrededor.

No sé qué fuerza me conducía hacia ella, no puedo explicar esa atracción inevitable que empujaba mi cuerpo hacia el suyo, pero en un segundo que se eternizó en mi memoria tomé delicadamente su mano y la besé, levantando lentamente mis ojos para encontrarme con los suyos, con la misma confianza y aplomo que había observado en ellos con anterioridad. De repente, sus blanquecinas y aparentemente frágiles manos me transportaron hacia el exterior del balcón, y cuando quise darme cuenta estaba cerrándolo para quedarnos a solas con la luna en aquella oscura noche.

No hubo mediación de palabra, tan solo un acuerdo implícito de nuestros instintos más primitivos en el momento en que su negro y mi blanco, su blanco y mi negro se mezclaron en un baile acalorado, en el momento que nuestros labios sellaron ese pacto secreto entre mi deseo y su necesidad.

Fuego, un irresistible y abrasante fuego recorriendo todo mi cuerpo fue lo único que podría decir que sentí, fuego cuando sus blancos y afilados colmillos se clavaron en mi cuello, quitándome la vida y, al mismo tiempo, entregándome la eternidad. Siempre pensé que este ritual sería oscuro, tenebroso y frío, pero no, nada de eso sentí en sus brazos, sino todo lo contrario: calidez, luminosidad y fuego que ardía hasta en el alma. Ese fue mi nuevo amanecer, mi vampírico y eterno amanecer.

 

Silvia Calmet

Atrayéndote con mi Canto

Atrayéndote con mi Canto

 

El manso oleaje golpea suavemente el peñasco en el que mi cuerpo reposa. Refrescantes y tenues gotitas me salpican como lluviamarina el rostro, los pechos. A mi derecha se encuentra, majestuosa, la Isla Blanca. Al otro lado, el Cerro de la Paz, con su enorme cruz en la cima, enmudece ante el eco de mi canto invisible.

El pausado movimiento de las olas atrae tu lancha hacia mí, Edmundo. Tus ojos examinan con inquietud el horizonte. Piensas, observándolo, sobre el origen de ese extraño sonido que percibes y que los demás pescadores desconocen. Este canto está dedicado para las olas y para ti, Edmundo. Sólo tú sabes que te estoy atrayendo con mi canto. No, amor, no estás loco, mucho menos dormido. Mi voz es real, ¿la percibes? Óyela, siente cómo las notas exhaladas por mi garganta hacen hervir tu sangre. Todo lo que ves aquí es real. El rumor del mar, las aves chillando en el aire buscando alimento, las redes repletas de peces que tú subes a cubierta con la ayuda de tus compañeros, las miles de lanchas que ocupan el mar, todo es parte de nuestra naturaleza, Edmundo. Lo imprescindible ahora es que me encuentres, que sepas que existo, que mis brazos hace mucho esperan tu llegada, que no soy sólo producto de tu imaginación, que no soy una fantasía. ¿Quieres saberlo? ¿Quieres sentir ese efervescente placer que guardo hace muchos, muchísimos océanos? Llega hasta mi cuerpo que en silencio te espera, y desgaja uno a uno sus innumerables secretos (Beberás de mis aguas, te sumergirás en ellas, te enredarás en mi musgo, fusionarás tu cálida esencia con mi cuerpo ávido y azul). Es hora que sigas mi canto y llegues a mis brazos vehementes. Tienes que descubrir mi apartado refugio, debes hacerlo, amor mío... Abre tus sentidos... Búscame...

Mis pensamientos parecen alcanzarte, transportados por el viento. Puedo apreciar tus movimientos rígidos, tu perturbación notoria. Acercas la embarcación hacia donde me encuentro, ansiosa de ti, de envolverte con mis helechos marinos. El oleaje golpea la proa. Estás maniobrando el timón, buscándome desesperadamente con los ojos. Echo un vistazo a cubierta, y descubro a varios de tus compañeros que también hacen lo mismo, entre asustados y emocionados. ¿También ellos logran escuchar mis canciones? Es extraño, siempre creí que eras tú el único que conseguía hacerlo. Si te cantaba para ti, para atraerte a mi diminuta isla: mi hechizo sólo surtía efecto en tus oídos, en tu mente. ¿Por qué ellos, entonces? ¿Por qué?

Logras avizorarme, al fin, Edmundo. Me miras desde donde estás, fascinado, con una graciosa mueca en el rostro, observando con curiosidad cada una de mis formas. Pero no puedo quedarme, no con tanta gente al acecho. Ya te dejé contemplar mi figura envuelta en nubes de espuma, y no permitiré que nadie más me descubra. ¡De ningún modo! Rápidamente giro el cuerpo, doy un salto, y me sumerjo en las aguas del mar, moviéndome al ritmo del suave oleaje y percibiendo las delgadas voces de los pescadores que se diluían en la atmósfera. Sé que apenas habrán logrado ver, como sucede a menudo, cual si fuera un espejismo nadando en la bruma, mi enorme cola de pez.

 

Esteban Couto