Blogia

El Rincón del Diablo

Dos artículos sobre: Arte de Nariz de Miguel Ángel Malpartida

Dos artículos sobre: Arte de Nariz de Miguel Ángel Malpartida

 

EL OFICIO DE CAER HACIA LO ALTO

Sobre Arte de nariz (Lima: Mesa Redonda, 2007) de Miguel Ángel Malpartida

 

Por Héctor Hernández Montecinos

           

 

Los jóvenes poetas se han tomado la palabra, y muy en serio. Sus escrituras deambulan por distintos países como ráfagas de honestidad, elocuencia y fuerza; un nuevo aire sopla y remece los viejos cánones, los pergaminos de honor y el polvo de las bibliotecas. Latinoamérica es el portaviones de hordas de poetas que vuelan, cruzan el cielo, se estrellan o simplemente se pierden para nunca más volver. Porque, de algún, y de todos los modos, la poesía siempre ha sido un viaje hacia lo que no se conoce, ya sea desde la página en blanco que es ese desierto infinito hasta las profundidades de la tinta que es el mismo océano y sus bestias en lo más profundo, o ese bosque lleno de hermosos árboles que es el libro mismo. La geografía pareciera ser una biografía para el poeta que se atreve a emprender el camino sabiendo que jamás se sale ni se llega a ningún lugar.  

Miguel Ángel Malpartida en Arte de Nariz lo entiende muy bien, intuye el oficio y el arte que significa salir de casa y no volver, que ese gesto radical de la poesía, del mismo modo que la locura y la muerte. Todo viaje, hasta el más insignificante, es la síntesis de una vida entera. Los cielos, los mares, los territorios todos son ese compendio en que la pregunta por un yo se hace innecesaria, porque todo vive más que el ser humano, incluso sus propios libros...

 

(Para leer todo el artículo hacer clik aquí)

 

Sombríos y sensuales: Seres fantásticos en la Literatura

Sombríos y sensuales: Seres fantásticos en la Literatura

 

No es gratuita la dedicación de esta sección a la presencia de los Seres Fantásticos en la Literatura. La temática elegida en esta oportunidad está vinculada íntimamente al bagaje cultural de diversos pueblos del mundo, a sus creencias, a la ideología o la imaginación desaforada de las sociedades en un determinado espacio y tiempo.

La literatura es un mero reflejo social. La sociedad, en busca siempre de respuestas, inventa, crea y forja leyendas, mitos y, por consiguiente, seres fabulosos, extraordinarios, con una serie de atribuciones y características. Lo insólito no sólo aterra: impresiona, enajena los sentidos, produce innumerables sensaciones y es motivo de reflexión. Es así que muchos seres, producto de la imaginación, de la fantasía o las mismas supersticiones, han sido creados y plasmados en un papel, o bien en un lienzo, una composición, los relatos orales, y otras manifestaciones artísticas. Pero avoquémonos esta vez exclusivamente a la Literatura como expresión y conocimiento de estos entes enigmáticos, fuera de lo común, capaces de mantener nuestra atención y provocar efectos sobrecogedores a nuestros sentidos, al punto de quizá dar por ciertas las historias que nos narran sobre ellos.

¿Quién no ha creído alguna vez en la existencia de los hombres-lobo en las noches de luna llena? ¿Quién no se ha visto inquieto en la oscuridad de su habitación luego de ver algún film sobre vampiros? En medio del tumulto de las aguas, subido en una embarcación, ¿quién no ha recordado las historias sobre sirenas, ninfas acuáticas, hipocampos, y sentido que podrían ser verdaderas aquellas historias? La mayoría de nosotros hemos creído de alguna manera en ellos, en diversos personajes míticos o legendarios que responden a aspectos subjetivos, sociales o religiosos de nuestra personalidad.

Desde que la Literatura como Arte se encargó de plasmar esas ideas, han sido muchos los autores que han escrito sobre vampiros, sirenas, tritones, ninfas, hombres-lobo, elfos, esfinges, hipogrifos, entre otros seres fantásticos. La prueba más cercana, seria y fiel se ubica a tan sólo unos cuantas décadas atrás, en el siglo XX, cuando un genio de la Literatura Latinoamericana y Universal nacido en Argentina decidió hacer un estudio profundo y bien fundamentado sobre estos seres imaginarios y moldearlos en un libro. Y si se quiere remontar a muchos años atrás, desde las Culturas Antiguas, se han creado y escrito muchas obras clásicas donde las nereidas, los cíclopes, las terribles quimeras o las gorgonas han sido personajes principales y reflejo de la idiosincrasia de la gente de ese entonces. Es así que seres y personajes célebres hasta hoy en día explotados bastante en la Literatura han tomado un protagonismo y se han hecho un lugar en la Historia misma. El vampiro, un ser fantástico por excelencia, producto de los miedos y las creencias religiosas de la época ha trascendido y mantenido su estirpe hasta la actualidad, siendo tratado y enfocado de puntos diversos, logrando así una representación simbólica de la ideología y las supersticiones humanas.

Hay que recordar que cada Cultura tiene su propia diversidad de seres mágicos, con sus propiedades y caracteres. Después, estos seres han diversificado y ampliado su alcance, como es el caso del vampiro, los licántropos, o algunos seres de la Mitología Europea, especialmente la griega, que son conocidos universalmente y tomados como personajes en numerosos trabajos creativos. Una muestra de lo que se ha venido sustentando es esta sección nueva de El Rincón del Diablo, la cual abre sus puertas precisamente con la selección de un fragmento de la novela Pandora de Anne Rice, escritora británica que aborda como tema en sus trabajos narrativos al vampiro desde todas sus perspectivas. Asimismo, se han incluido algunos artículos y trabajos de estudio acerca de algunos seres fantásticos de culturas distintas, y un texto ensayístico sobre uno de los libros de Jorge Luis Borges que trata y ahonda en la variedad de animales y monstruos de la mitología de diferentes culturas. Además, se ha incluido una selección de microrrelatos correspondientes a la Narrativa Mexicana compilada por el escritor mexicano Javier Perucho y que aborda a la sirena como fuente temática. Y para finalizar, una serie de trabajos en poesía y narrativa de autores nacionales y extranjeros acerca del tema. Así, podrán ver desfilar historias y relatos centrados específicamente en los misteriosos seres alados de la noche y las ninfas acuáticas que atraen con su canto a los navegantes. Y también la utilización de estos elementos y personajes como componentes metafóricos para incluir una idea mayor o vincularla también con el contexto temático.

Como ven, los seres fantásticos, sombríos y sensuales, por su naturaleza enigmática y las indescriptibles sensaciones que nos suelen provocar, han sido tratados desde enfoques diversos. Las fuentes electrónicas figuran con el fin de mostrar de dónde han sido extraídos la mayoría de ensayos y artículos sobre el tema. Nos hubiera gustado abordarlo con mayores trabajos de estudio y a mayor profundidad, pero su naturaleza es tan amplia que nos hubiera hecho falta posts para escribir sobre cada ser fantástico de cada cultura. Una idea general nos parece que basta.

Son cuantiosos los círculos que contienen las sombras y la sensualidad de estos seres. No toda la diversidad está aquí, pero la naturaleza de varios de ellos les ha de atrapar.

Ingresen: el bestiario de ensueño les espera con las alas abiertas.

Y los vampiros también...

 

 

Di@bòliko

DIRECTOR OFICIAL DE ESTE INFERNÁCULO

 

 

Anne Rice: La Dama de la Noche

Anne Rice: La Dama de la Noche

 

No cabe duda alguna que el vampiro es, desde tiempos inmemoriales, el ser fantástico más célebre y mil veces abordado temáticamente en el vasto mundo de la Literatura. Sombrío, incomprendido, sensual. Desde el Drácula del irlandés Bram Stoker hasta los escritores de este nuevo siglo, el vampiro ha sido concebido y enfocado de distintas maneras y sus características han variado según el punto de vista de cada creador.

Terrorífico y voraz en la pluma de los autores del siglo XIX, el vampiro se presenta también como una figura asociada a lo sensual, la lujuria y los bajos instintos. Pese a la maestría con que Stoker sintetiza estos elementos en su novela Drácula, haciéndola verosímil al estar inspirada en un personaje histórico, y que sus hechos se desarrollen en fechas precisas y contemporáneas a los años de aparición de la novela (su acción se ubica en Transilvania, centro geográfico donde confluyen los mitos en torno a los vampiros y el retorno de los muertos; siendo precisamente de esta región de donde proviene el personaje histórico que inspiró la novela: Vlad Dracula, conocido con el sobrenombre de Tepes, o el Empalador), además de la presencia de argumentaciones científicas a todo lo largo de su obra, tanto él como muchos autores quizá han dejado de lado uno de los aspectos importantes de la naturaleza de este ser enigmático: su psicología.

La parte subjetiva del vampiro si bien fue expuesta en Hotel Transilvania, la novela de Chelsea Quinn Yarbro, es un año antes, en 1976, que es tratada con suma maestría por Anne Rice, al plantear una perspectiva diferente y original de los seres de la noche.

En sus Crónicas Vampíricas, Rice altera considerablemente la concepción clásica del vampiro y la enriquece. En la primera serie de sus Crónicas, la novela Entrevista con el Vampiro resulta todo un cambio de la noción que todos tenemos sobre los vampiros. La trama, presentada en sus primeras líneas a través de una entrevista que le hace un joven periodista en San Francisco al vampiro Louis de Pointe DuLac, impacta por abordar detalles que hasta ese entonces habían sido pasados por alto. Entre ellos, lo sorprendente de Entrevista con el vampiro es lo vívido de las descripciones de cómo siente un vampiro al momento de morder a alguien o la experiencia de Louis, el personaje central, de cuando es transformado de humano en vampiro por el terrible Lestat. La personalidad de Louis está muy bien retratada dentro de su angustia y sus vicios humanos, en conflicto con su condición de vampiro e inmortal.

Rice tiene un estilo narrativo complejo y denso, y tiene el acierto de introducir a algunos de los más interesantes vampiros contemporáneos: Lestat, Claudia, Armand, Nicolas, Gabrielle, Marius, Khayman, Maharet, Mekare y Pandora.

Es precisamente de esta última que Rice toma como personaje de una de las novelas que completa la saga de Crónicas. Siguiendo con la misma tónica mostrada en Entrevista con el Vampiro, Pandora es el prototipo de vampiro que siente, que percibe y se deleita ante las impresiones sensoriales del mundo y, con un aire nostálgico, nos va narrando su historia, no se sabe si de vida o de muerte.

Con un estilo acertado, y distanciándose un poco de la denominada Literatura Light, Anne Rice nos adentra en lo más profundo del mundo interior de los vampiros. Pandora es una muestra de ello. Nada mejor que leerla, y comprobarlo.        

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pandora 

 

Anne Rice

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

... pero el eco comenzó a minar de una forma indescriptible su dominio

sobre su vida. El eco, que se producía en un momento en que ella se

sentía fatigada, había murmurado: «Pathos, piedad, coraje [...], existen,

pero son idénticos, al igual que la podredumbre. Todo existe, nada

posee valor.»

E. M. FORSTER, Pasaje a la India

 

 

 

Vosotros creéis que existe un Dios. Hacéis bien: los demonios también

lo creen, y tiemblan.

Epístola General de Santiago, 2,19

 

 

 

Qué ridículo y qué extraño es aquel que se asombra de lo que ocurre en

la vida.

MARCO AURELIO, Meditaciones

 

 

 

Otra parte de nuestra misma creencia sostiene que muchas criaturas se

condenarán; por ejemplo los ángeles que cayeron en desgracia debido

al orgullo y que se convirtieron en demonios; y los hombres de la tierra

que mueren alejados de la fe de la santa Iglesia, concretamente los

paganos; y también aquellos que están bautizados pero llevan una vida

impía, y mueren sin amor; todos ellos se abrasarán en las llamas eternas

del infierno, como nos enseña la santa Iglesia. Por consiguiente, me

pareció imposible que todo saliera bien, tal como nuestro Señor me

estaba demostrando ahora. Yo no tenía una respuesta a esta revelación,

salvo ésta: «Lo que a ti te parece imposible, para mí no lo es. Cumpliré

mi palabra a rajatabla, y haré que todo salga bien.» Eso fue lo que me

reveló la gracia de Dios...

JULIAN DE NORWICH, Revelaciones del amor divino

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1

 

No han pasado veinte minutos desde que me dejaste aquí, en el café, desde que respondí «no» a tu petición; jamás escribiría para ti la historia de mi vida mortal, jamás te contaría cómo me había convertido en un vampiro, cómo había conocido a Marius pocos años después de que él hubiera perdido su vida mortal.

Ahora estoy aquí con tu libreta abierta ante mí, utilizando una de las plumas afiladas y eternamente cargadas de tinta que me dejaste, deleitándome con la sensual sensación que me produce contemplar cómo la tinta negra se fija sobre el costoso papel inmaculadamente blanco.

Nada más natural, David, que me dejaras algo elegante, una hoja que invita a ser escrita. Esta libreta encuadernada en cuero negro y acharolado, adornada con suntuosas rosas, sin espinas pero provista de hojas, un diseño que en última instancia significa sólo diseño pero que demuestra una autoridad. Lo que esté escrito debajo de esta recia y bella encuadernación contará, afirma esta cubierta.

Las gruesas hojas tienen unas rayas azul pálido; eres muy práctico, muy meticuloso, y probablemente sabes que ya casi nunca tomo la pluma para escribir.

Hasta el sonido de la pluma posee su encanto, ese sonido rasposo como el de las mejores plumas de ave en la antigua Roma que utilizaba para escribir en un pergamino una carta a mi padre, cuando anotaba en un diario mis lamentaciones...

Ah, ese sonido. Lo único que falta aquí es el olor de la tinta, pero tenemos una estupenda pluma de plástico que no se secará hasta dentro de varios volúmenes, con la que trazaré una marca negra tan hermosa y profunda como quiera.

Estoy pensando en tu petición de que escriba mi historia. Creo que acabarás por conseguirlo. Presiento que comienzo a ceder a tus deseos, casi como cuando una de nuestras víctimas humanas se doblega ante nosotros, comprobando, mientras fuera sigue lloviendo, mientras persiste la ruidosa cháchara en el café, que quizás esto no resulte tan traumático como había supuesto -el hecho de remontarme dos mil años-, sino casi un placer, como el beber sangre.

En estos momentos persigo una víctima que no me resultará fácil de vencer: mi pasado. Es posible que esta víctima huya de mí a una velocidad equiparable a la mía. Sea como fuere, busco una víctima a la que jamás me he enfrentado.

Existe en ello la emoción de la caza, lo que el mundo moderno llama investigación.

¿Cómo se explica si no el que contemple estos tiempos con tanta nitidez? Tú no me has administrado una poción mágica para estimular mis pensamientos.

Para nosotros sólo existe una poción: la sangre.

«Lo recordarás todo», dijiste en cierto momento cuando nos dirigíamos hacia el café.

Tú, que eres tan joven entre nosotros pero que eras tan viejo como mortal, y tan erudito. Quizá sea natural que te hayas empeñado en recopilar nuestras historias.

Pero ¿por qué tratar de explicar aquí esta curiosidad que te devora, este valor frente a la verdad manchada de sangre? ¿Cómo has logrado convencerme de que acceda a remontarme dos mil años exactamente, para referir mis días mortales en la tierra, en Roma, y cómo me uní a Marius, y las escasas probabilidades que tenía de vencer contra la Suerte?

¿Cómo es posible que unos orígenes que han permanecido enterrados durante tanto tiempo, y que siempre me he negado a reconocer, afloren de golpe en mi mente? Se abre una puerta. Brilla una luz. Pasa.

Me reclino en la silla del café.

Me pongo a escribir, pero me detengo y echo un vistazo a mi alrededor para observar a las personas de este café de París. Veo los monótonos tejidos unisex de esta época, la lozana joven americana con sus prendas militares verde oliva, con todas sus pertenencias en una mochila que lleva colgada al hombro; veo al viejo francés que acude aquí desde hace décadas con el simple afán de contemplar las piernas y los brazos desnudos de las jóvenes, para alimentarse de sus gestos como si fuera un vampiro, para esperar el exótico y mágico momento en que una mujer se reclina en la silla y rompe a reír, cigarrillo en mano, y el tejido de su blusa de fibra sintética se tensa sobre sus pechos y se le marcan los pezones.

Ah, los viejos. Es un hombre de pelo canoso y lleva un abrigo caro. No representa una amenaza para nadie. Vive sumido por completo en su mundo.

Esta noche regresará a su modesto pero elegante apartamento, que mantiene desde la última gran guerra mundial, y se entretendrá mirando viejas películas de la joven belleza Brigitte Bardot. Vive en sus ojos. No ha tocado a una mujer desde hace diez años.

No desvarío, David. Arrojaré el ancla aquí. No estoy dispuesta a que mi historia surja a borbotones como de un oráculo ebrio.

Veo a estos mortales bajo una luz más atenta. Estos mortales me parecen tan frescos, tan exóticos y apetitosos... Tienen el aspecto que debían de tener las aves tropicales cuando yo era niña; tan pletóricas de vida aleteante y rebelde que deseaba agarrarlas, sentir sus alas agitarse en mis manos, capturar su vuelo y poseerlo y compartirlo. Ah, ese terrible momento que se produce en la infancia cuando estrujas a un pájaro rojo y lo matas accidentalmente.

Pero algunos de estos mortales tienen un aspecto siniestro vestidos con esas ropas oscuras: el inevitable traficante de cocaína -están por doquier, son nuestra mejor presa-, que es pera a su contacto en la mesa del rincón, con el largo abrigo de cuero diseñado por un renombrado modisto italiano, con el pelo rapado en las sienes y tupido en la parte superior de la cabeza para ostentar el aire típico de esos individuos, cosa que consigue, aunque no es necesario, pues basta con mirar sus enormes pupilas negras y la dureza de lo que la naturaleza pretendía que fuera una boca generosa. El hombre hace unos gestos bruscos, de impaciencia, con el encendedor sobre el velador de mármol, la señal del adicto; se vuelve a un lado y a otro, no cesa de moverse, se siente incómodo. No sabe que jamás volverá a sentirse cómodo en su vida. Desea marcharse para esnifar la cocaína que ansía ardientemente pero tiene que esperar a su contacto. Sus zapatos están demasiado lustrosos, y sus manos largas y delgadas nunca envejecerán.

Creo que ese hombre morirá esta noche. Siento que se apodera lentamente de mí el deseo de matarlo. Ha suministrado mucho veneno a mucha gente. Lo perseguiría, lo estrecharía entre mis brazos, ni siquiera tendría que envolverlo con visiones. Le dejaría ver que la muerte ha aparecido en forma de una mujer demasiado pálida para ser humana, demasiado alisada por los siglos para ser otra cosa que una estatua que ha cobrado vida. Pero aquellos a quienes espera se proponen matarlo. ¿Por qué iba a intervenir yo?

¿Cómo me ven estas personas? Como una mujer con el pelo castaño, largo, limpio y ondulado que me cubre como el manto de una monja, un rostro tan blanco que parece obra del maquillaje, y unos ojos insólitamente brillantes, incluso semiocultos tras unas gafas doradas.

Ah, es muy de agradecer que en nuestros días existan tantos modelos de gafas, pues si yo me quitara las mías tendría que mantener la cabeza agachada para no asustar a la gente con el mero juego de destellos amarillos, pardos y dorados que emiten mis ojos, que con los siglos han adquirido el aspecto de unas gemas, de forma que parezco una mujer ciega con unos topacios por pupilas, o mejor dicho, unos exquisitos globos oculares formados por topacios, zafiros e incluso aguamarinas.

Mira, he llenado muchas hojas, y lo único que digo es sí, te contaré cómo empezó mi historia.

Sí, te contaré la historia de mi vida mortal en la antigua Roma, cómo llegué a amar a Marius y cómo llegamos a unirnos y a separarnos.

Qué transformación se ha operado en mí, al haber tomado esta decisión.

Qué poderosa me siento mientras sostengo esta pluma, y qué ansiosa de situarnos en una perspectiva nítida y precisa antes de empezar a satisfacer tu deseo.

Esto es París, en tiempos de paz. Está lloviendo. Unos edificios altos y majestuosos con ventanas de doble hoja y balcones de hierro forjado bordean este bulevar. Unos ruidosos automóviles, diminutos y peligrosos, circulan a gran velocidad por las calles.

Los cafés como éste se hallan atestados de turistas de todos los países.

Antiguas iglesias se agolpan junto a edificios de apartamentos, palacios convertidos en museos en cuyas salas paso horas contemplando objetos procedentes de Egipto o Sumer, más viejos incluso que yo. Por todas partes prolifera la arquitectura romana, réplicas idénticas de templos de mi época que hacen las veces de bancos. Las palabras de mi latín nativo invaden la lengua inglesa. Ovidio, mi amado Ovidio, el poeta que predijo que su poesía perduraría más allá del Imperio Romano, tenía razón.

Si entras en cualquier librería lo encontrarás en pequeños libros de bolsillo, diseñados para llamar la atención de los estudiantes.

La influencia romana se fecunda a sí misma, mostrando imponentes robles entre el bosque moderno de ordenadores, discos digitales, microvirus y satélites espaciales.

Es fácil hallar aquí -como siempre- un mal digno de abrazar, una desesperación digna de ser satisfecha con ternura. En mi caso debo sentir siempre cierto amor hacia la víctima, cierta misericordia, cierto autoengaño que me haga creer que la muerte que provoco no desgarra el gran sudario de lo inevitable, tejido con árboles, tierra, estrellas y acontecimientos humanos, que merodea siempre en torno a nosotros, a punto de abatirse sobre todo lo creado, todo lo que conocemos. Anoche, cuando diste conmigo, ¿qué te parecí? Estaba sola en el puente sobre el Sena, caminando a través de la última y peligrosa oscuridad anterior al amanecer.

Me viste antes de que detectara tu presencia. Llevaba puesta la capucha y dejé que mis ojos gozaran de un breve momento de gloria bajo la tenue luz del puente. Mi víctima se hallaba junto al pretil. No era más que una niña, pero estaba siendo asaltada y maltratada por un centenar de hombres. Deseaba morir en el agua. No sé si el Sena es lo bastante profundo para que alguien pueda ahogarse en él. Tan cerca de la calle St. Louis. Tan cerca de Notre

Dame. Quizá lo sea, si uno puede resistirse a un último esfuerzo por aferrarse a la vida.

Pero yo sentí que el alma de esta víctima semejaba un montón de cenizas, como si su espíritu hubiera sido incinerado y sólo quedara su cuerpo, un cascarón roto, enfermo. La rodeé con un brazo, y cuando vi reflejarse el miedo en sus ojillos negros, cuando comprendí que iba a hacerme la pregunta, la envolví con imágenes. El hollín que cubría mi piel no logró impedir que yo pareciera la Virgen María, y ella sucumbió a los himnos y a su devoción, incluso vio mis velos en los colores que había visto en las iglesias de su infancia, al tiempo que se doblegaba ante mí, y yo -sabiendo que no necesitaba beber, pero ansiando beber su sangre, ansiando saborear la angustia que emanaría en sus momentos postreros, ansiando degustar el exquisito líquido rojo que llenaría mi boca y haría que me sintiera humana por un instante en mi monstruosidad- cedí a sus visiones, le doblé el cuello hacia atrás, deslicé mis dedos sobre su piel suave y lacerada, y fue entonces, en el instante en que clavé mis dientes en ella, en que bebí su sangre, cuando me di cuenta de que estabas ahí, observando.

Lo supe, y lo sentí, y vi la imagen de nosotras en tus ojos, lo cual me distrajo momentáneamente mientras experimentaba un torrente de placer que me hacía creer que estaba viva, conectada de alguna forma a los campos de tréboles o a los árboles que hunden en la tierra unas raíces más largas que las ramas que se alzan hacia el firmamento.

Al principio te odié. Me viste mientras gozaba bebiendo la sangre de mi víctima.

Me viste cuando cedí a la tentación. No sabías nada de mis largos meses de abstinencia, en los que, conteniéndome, vagaba como alma en pena. Sólo viste la repentina liberación de mi impuro deseo de succionarle el alma, de alzar su corazón en su carne dentro de ella, de arrancar de sus venas cada preciosa partícula de su ser que anhelaba seguir viviendo.

Porque ella deseaba vivir. Envuelta en santos, soñando de golpe con pechos que la amamantaban, su joven cuerpo se debatió, revolviéndose contra mí, contra mi forma dura como una estatua, mis pezones sin leche incrustados en mármol, sin poder ofrecerle consuelo. Deja que vea a su madre, muerta, desaparecida y aguardándola. Deja que yo vea a través de sus ojos moribundos la luz mediante la cual ella se dirigió hacia esta incierta salvación.

Entonces me olvidé de ti. No estaba dispuesta a dejar que me robaras este instante. Empecé a beber más despacio, dejando que ella suspirara, que sus pulmones se llenaran con fría agua del río, al tiempo que su madre se aproximaba cada vez más, de forma que la muerte se convirtió para ella en un lugar tan seguro como el útero materno. Le chupé hasta la última gota de sangre.

Sostuve su cuerpo inerte como si lo hubiera rescatado, como si hubiera ayudado a una joven borracha, débil y enferma a bajar del puente. Introduje la mano dentro de su cuerpo, destrozando su carne con gran facilidad pese a tener los dedos tan finos, le agarré el corazón, lo acerqué a mis labios y lo succioné, con la cabeza sepultada junto a su rostro, lo succioné como si fuera una fruta, hasta no dejar una gota de sangre en ninguna fibra ni ventrículo. Y entonces, lentamente -tal vez en un gesto dirigido a ti-la levanté y la arrojé al agua que tanto había ansiado.

Ella ya no lucharía mientras sus pulmones se llenaban de agua del río. Ya no se debatiría desesperadamente en el agua. Le chupé el corazón por última vez, hasta arrancarle incluso el color, y lo arrojé tras su cadáver -como unas uvas estrujadas-, pobre niña, hija de un centenar de hombres.

Luego me volví hacia ti, para que supieras que yo me había dado cuenta de que me estabas observando desde el paseo. Creo que traté de atemorizarte.

Furiosa, te hice saber lo débil que eras, que toda la sangre que te había dado Lestat no te serviría de nada si yo decidía despedazarte, prender un fuego mortal en ti e inmolarte, o tan sólo castigarte con una profunda cicatriz, sencillamente por haberme espiado.

En realidad, jamás he hecho nada semejante a un vampiro más joven. Me compadezco de ellos cuando se echan a temblar, aterrorizados, al ver a uno de nosotros, los viejos. Pero, conociéndome como me conozco, debí de huir tan rápidamente que no pudiste seguirme en la oscuridad.

Había algo en ti que me cautivó, la forma en que te dirigiste a mí en el puente, tu joven cuerpo de piel tostada, típicamente angloindia, dotado por tu auténtica edad mortal de una gracia extraordinariamente seductora. Tu misma postura parecía inquirir, sin humillación: «¿Podemos hablar, Pandora?» Quedé desconcertada. Quizá te percataras de ello. No recuerdo si te aparté de mis pensamientos, y sé que no tienes grandes dotes telepáticas. El caso es que de golpe quedé desconcertada, quizá para no pensar en mí misma, quizás ante el temor de que me interrogaras. Traté de pensar en todas las cosas que podía decirte, tan distintas de las historias de Lestat, y de las de Marius relatadas a través de Lestat, y quise prevenirte, prevenirte sobre los antiguos vampiros del

Lejano Oriente que no dudarían en matarte si penetrabas en su territorio, sencillamente por encontrarte allí.

Quería asegurarme de que comprendías lo que todos debemos aceptar, que la fuente de nuestra avidez vampírica reside en dos seres, Mekare y Maharet, ambas tan ancianas que su aspecto es ahora más horrible que bello. Y si se destruyen a sí mismas, todos moriremos con ellas.

Quería hablarte sobre otros que no nos conocieron como una tribu ni conocieron nuestra historia, que sobrevivieron al terrible incendio que nuestra Madre Akasha hizo que se abatiera sobre sus hijos. Quería decirte que existen unos seres que vagan por la tierra y que se parecen a nosotros, aunque no pertenecen a nuestra especie ni a la humana. De pronto sentí el profundo deseo de protegerte.

Quizá se debiera a tus preguntas. Te observé plantado ante mi, el caballero inglés, luciendo tu decoro más airosamente y con más naturalidad que todos los hombres que yo había conocido. Tus elegantes ropas me maravillaron; me impresionó el que te hubieras concedido el capricho de ponerte una fina capa de estambre negra, que te hubieras permitido incluso el lujo de lucir una bufanda de seda roja, cosa que jamás habrías hecho al poco de convertirte en vampiro.

Compréndelo, yo no era consciente la noche en que Lestat te convirtió en vampiro. No sentí aquel momento.

No obstante, todo el mundo sobrenatural había comenzado a vibrar semanas antes al conocer la noticia de que un mortal se había apoderado del cuerpo de otro mortal; esas cosas las sabemos, como si nos las comunicaran las estrellas. Una mente sobrenatural capta las vibraciones de este corte incisivo en el tejido de lo ordinario, y luego otra mente recibe la imagen, y así sucesivamente.

David Talbot, el nombre que todos conocíamos por pertenecer a la venerable orden de detectives clarividentes, la orden de Talamasca, había logrado trasladar toda su alma y su cuerpo etéreo a los de otro hombre. Aquel cuerpo se hallaba en poder de un ladrón de cadáveres al cual se lo arrebataste. Y una vez que hubiste logrado introducirte en el joven cuerpo, con todos tus escrúpulos y valores, con todo el saber de tus setenta y cuatro años, permaneciste anclado en las jóvenes células.

Y así fue como pasaste a ser David el Reencarnado, con su exquisita belleza india y su recia y bien alimentada fortaleza de linaje británico, que Lestat había transformado en un vampiro, uniendo el cuerpo y el alma, mezclando el milagro con el Truco Diabólico, consiguiendo una vez más un pecado que debería dejar pasmados a sus coetáneos y a sus mayores.

¡Y eso te lo hizo tu mejor amigo!

Bienvenido a la oscuridad, David. Bienvenido a los dominios de la «inconstante luna» de Shakespeare.

Haciendo gala de tu valor, te dirigiste a través del puente hacia mí.

-Discúlpame, Pandora-dijiste suavemente. El impecable acento británico de la clase alta y la habitual cadencia británica que resulta tan seductora que parece decir: «Nosotros salvaremos el mundo.»

Mantuviste una cortés distancia entre nosotros, como si yo fuera una doncella virgen del siglo pasado y no quisieras alarmarme ni herir mi tierna sensibilidad.

Sonreí.

Entonces me permití el lujo de examinarte detenidamente, de tomar la medida a este vampiro neófito que Lestat -desoyendo las órdenes de Marius- se había atrevido a crear. Vi tus componentes como hombre: un alma humana inmensa, valerosa, pero que se sentía irremediablemente atraída por la desesperación, y un cuerpo que Lestat había tratado de hacer increíblemente poderoso, incluso a costa de lastimarse a sí mismo. Te había dado más sangre de la que suministrarte fácilmente durante tu transformación. Había tratado de transmitirte su coraje, su inteligencia, su astucia; había tratado de dotarte de un arsenal a través de la sangre.

Había hecho un excelente trabajo. Tu fuerza era compleja y obvia. La sangre de Akasha, nuestra Reina Madre, estaba mezclada con la de Lestat. Marius, mi antiguo amante, también le había proporcionado sangre. Lestat, ah, ¿qué es lo que dicen ahora? Dicen que incluso es probable que haya bebido la sangre de Cristo.

Fue el primer tema que comenté contigo, dejándome llevar por mi curiosidad, pues recorrer el mundo en busca de conocimientos a menudo supone provocar tales tragedias que me resulta odioso.

-Dime la verdad -dije-. Esta historia de Memnoch el Diablo... Lestat afirma que visitó el cielo y el infierno. Que trajo consigo el velo de la Verónica, ¡sobre el que aparecía marcada la faz de Cristo! Que ese velo convirtió a miles de personas a la fe cristiana, que curaba la locura y aliviaba el desconsuelo. Que hizo que los otros Hijos de las Tinieblas alzaran los brazos hacia la siniestra luz matutina, como si el sol fuera el fuego de Dios.

-Sí, todo eso ocurrió tal como yo lo relaté -contestaste, agachando la cabeza con exagerada modestia-. Y algunos de nosotros perecimos en este fervor, mientras la prensa y los científicos recogían nuestras cenizas para examinarlas.

No pude por menos que admirar tu sereno talante. Una sensibilidad del siglo XX. Una mente regida por una incalculable riqueza de información, una gran facilidad de palabra y un intelecto consagrado a la agilidad, la síntesis, las probabilidades, y todo ello contra el telón de fondo de unas experiencias horrendas, guerras, matanzas, lo peor que ha presenciado el mundo.

-Todo eso ocurrió -insististe-. Es cierto que hablé con las ancianas Mekare y Maharet y, no temas, sé muy bien lo frágil que es la raíz. Te agradezco tu interés en protegerme.

Me cautivó tu encanto.

-¿Qué opinas de este Velo Sagrado?-pregunté.

-Nuestra Señora de Fátima-respondiste suavemente-.El sudario de Turín, un lisiado que se levanta de su silla de ruedas curado por las aguas milagrosas de Lourdes. Debe de ser un gran consuelo aceptar esto sin reservas.

-Pero ¿tú no lo aceptas?

Negaste con la cabeza.

-Ni tampoco Lestat. Fue Dora, la chica mortal, quien le arrebató el Velo y lo paseó por el mundo. Pero es un objeto muy singular, hecho con una minuciosidad increíble, más digno del término «reliquia» que ningún otro objeto de los que he visto.

De pronto añadiste con tristeza:

-Quienquiera que lo confeccionara, puso mucho empeño en ello.

-Y el vampiro Armand, el delicado y juvenil Armand, ¿creyó él en ese Velo? - pregunté- Armand lo miró y vio el rostro de Cristo -añadí, buscando tu confirmación.

-Lo suficiente para morir por él -respondiste en tono solemne-. Lo suficiente para abrir sus brazos al sol matutino.

Luego volviste la cara y cerraste los ojos. Era un sencillo y escueto ruego para que no te obligara a hablar de Armand y de cómo se había arrojado a aquel fuego matutino.

Yo suspiré, sorprendida y gratamente fascinada al comprobar que eras un ser muy inteligente, escéptico, aunque claramente conectado a los otros.

-Armand -proseguiste con voz entrecortada, sin volverte hacia mí-. Qué réquiem. ¿Sabe ahora si Memnoch era real, si Dios Encarnado, que tentó a

Lestat, era en verdad el Hijo de Dios Todopoderoso? ¿Quién puede saberlo?

Tu franqueza, tu pasión me conmovieron. No estabas amargado ni eras un cínico. Tus sentimientos hacia esos hechos y seres, las preguntas que planteabas transmitían una gran inmediatez.

-Encerraron el Velo bajo llave -dijiste-. Está en el Vaticano. Se produjeron dos semanas de locura en la Quinta Avenida, en la catedral de San Patricio, cuando la gente acudió a mirar a los ojos a Nuestro Señor, y luego se lo llevaron y lo encerraron en una cámara acorazada. Dudo de que exista una nación en la tierra que tenga el poder de echarle siquiera un breve vistazo.

-¿Y Lestat? -pregunté-. ¿Dónde se encuentra ahora?

-Paralizado, silencioso -contestaste-. Lestat yace postrado en el suelo de una capilla de Nueva Orleans. No se mueve. No dice nada. Su Madre ha ido a reunirse con él. Se llama

Gabrielle, tú la conociste. Lestat la convirtió en vampiro.

-Sí, la recuerdo.

-Ni siquiera ella consigue hacer que Lestat reaccione. Viera lo que viese en su viaje al cielo y al infierno, no conoce la verdad ni de uno ni de otro; él mismo trató de decirle esto a Dora. Y después de que hube escrito toda la historia para él, al cabo de unas noches se sumió en ese estado.

»Tiene la mirada fija en el infinito y el cuerpo relajado. Él y Gabrielle forman una curiosa Piedad en ese convento y capilla abandonados. La mente de

Lestat está cerrada, o peor aún, vacía.

Tu forma de expresarte me complació enormemente. De hecho, me dejó atónita.

-Dejé a Lestat porque era incapaz de ayudarle, no podía hacer nada por él - proseguiste-, y debo averiguar si algunos de los vampiros más ancianos desean acabar conmigo; debo realizar mis peregrinajes y mis progresos para conocer los peligros de este mundo en el que he penetrado.

-Admiro tu sinceridad. No te andas con tapujos.

-Al contrario. Procuro ocultarte mis cualidades más valiosas. -Esbozaste una sonrisa cortés-. Tu belleza me confunde. ¿Estás acostumbrada a esto?

-Sí -repuse-, y desconfío de ello. Pero hablemos de otra cosa. Permite que te advierta que existen unos ancianos a quienes nadie conoce ni es capaz de explicar. Corren rumores de que has estado con Maharet y Mekare, que actualmente constituyen la Mayor y la Fuente de la que todos procedemos. Es evidente que han decidido apartarse de nosotros, de todo el mundo, retirándose a un lugar secreto, y que rechazan toda autoridad.

-Tienes razón -dijiste-. Mi audiencia con ellas fue maravillosa, aunque breve. No quieren gobernar sobre nadie. Maharet se niega rotundamente; mientras perdure la historia del mundo y sus descendientes físicos se encuentren en él (sus miles de descendientes humanos procedentes de tiempos tan remotos que nadie los ha datado), Maharet jamás se destruirá a sí misma ni destruirá a su hermana, acabando de paso con todos nosotros.

-Sí -repuse-, cree absolutamente en eso, en la Gran Familia, en las generaciones cuya trayectoria ha seguido durante miles de años. La vi cuando nos reunimos todos. Ella no nos considera unos seres malignos (a ti, a Lestat, a mí), cree que somos naturales, como los volcanes o los incendios que arrasan los bosques, o los relámpagos que se abaten sobre un hombre y lo matan.

-Precisamente -apostillaste-. Ya no existe la Reina de los Malditos. Sólo temo a otro ser inmortal, a tu amante, Marius. Porque fue él quien antes de abandonar a los otros les prohibió terminantemente que se siguieran creando seres bebedores de sangre. Según Marius, yo soy un bastardo. Es decir, si

Marius fuera inglés, ése es el término que emplearía.

Yo sacudí la cabeza.

-No creo que Marius te lastimara. ¿No fue a ver a Lestat? ¿No fue a ver el Velo con sus propios ojos?

Tú respondiste que no a ambas preguntas.

-Te voy a dar un consejo -dije-: cada vez que intuyas su presencia, háblale. Háblale como lo has hecho conmigo. Inicia una conversación que no sea capaz de interrumpir.

Tú sonreíste de nuevo.

-Es una forma muy hábil de expresarlo-dijiste.

-Pero no creo que debas temerle. Si Marius hubiera querido eliminarte, ya lo habría hecho. Lo que debemos temer es lo mismo que temen los humanos: la existencia de otros seres de nuestra especie, dotados de diversos poderes y creencias. Nunca podemos estar seguros de quiénes son ni qué hacen. Éste es el consejo que te doy.

-Eres muy amable al dedicarme tanto tiempo -respondiste.

Sentí deseos de llorar.

-Al contrario. No conoces el silencio y la soledad que me rodean, y espero que nunca los conozcas; me has procurado calor sin muerte, alimento sin sangre. Me alegro de que hayas venido.

Tú alzaste la vista al cielo, como suelen hacer los jóvenes.

-Lo sé, debemos despedirnos.

Te volviste hacia mí súbitamente.

-Veámonos mañana por la noche -me rogaste-, para seguir conversando.

Me reuniré contigo en el café al que acudes todas las noches para reflexionar.

Quiero seguir charlando contigo.

-De modo que me has visto allí.

-Oh, sí, muchas veces -contestaste. Luego apartaste de nuevo el rostro, imagino que para ocultar tus sentimientos. Al cabo de unos instantes volviste a clavar tus ojos negros en mí y preguntaste-: El mundo es nuestro, ¿no es cierto, Pandora?

-No lo sé, David. Pero me reuniré contigo mañana por la noche. ¿Por qué no fuiste a verme al café? Es un lugar cálido y bien iluminado.

-Me parecía una intromisión intolerable invadir tu sacrosanta intimidad en un local atestado de gente. Las personas acuden a esos lugares para estar solas, ¿no es así? Consideré que sería más correcto abordarte aquí. No pretendía espiarte. Al igual que muchos neófitos, tengo que alimentarme de sangre todas las noches. Fue una casualidad el que nos encontráramos en aquel momento.

-Esto es delicioso, David -repuse-. Hace mucho que nadie me cautiva como lo haces tú. Nos veremos allí... mañana por la noche.

Entonces se apoderó de mí un deseo perverso. Me acerqué a ti y te abracé, sabiendo que la dureza y la frialdad de mi viejo cuerpo te inspirarían un profundo terror, ya que eras tan joven y pasabas tan fácilmente por un mortal.

Pero tú no te apartaste, y cuando te besé en la mejilla tú me besaste en la mía.

Ahora, mientras estoy sentada en este café, escribiendo, tratando de darte con estas palabras más de lo que quizá me hayas pedido... me pregunto qué habría hecho si no me hubieras besado, si hubieras retrocedido impulsado por el temor que suelen sentirlos jóvenes.

David, eres un enigma para mí.

Como verás, no he comenzado a relatar mi vida en estas páginas, sino lo que ha ocurrido entre tú y yo estas dos noches. Permíteme, David, hablar de ti y de mí, y luego quizá consiga recuperar mi vida perdida.

Cuando esta noche entraste en el café, no le di importancia a las libretas.

Llevabas dos. Muy gruesas.

El cuero de las libretas emanaba un olor agradable, a viejo, y cuando las depositaste sobre la mesa detecté un destello en tu disciplinada y controlada mente que me indicó que tenían que ver conmigo.

Yo había elegido esta mesa en el concurrido centro de la sala, como si deseara sentarme en medio de la algarabía de aromas y actividad mortales. Tú parecías satisfecho, seguro de ti, a gusto.

Lucías otro magnífico traje de corte moderno con una capa de estambre, muy elegante, muy Viejo Mundo, y con tu piel dorada y tus radiantes ojos, hiciste que todas las mujeres que había en el café, y algunos hombres también, se volvieran para mirarte.

Sonreíste. Yo debía de parecerte un caracol, cubierta como iba con mi capa y capucha, buena parte del rostro oculto tras mis gafas doradas, y en los labios un suave toque de carmín rosa violáceo que me recordaba un moratón. Al contemplarme en el espejo de la tienda me vi muy atractiva; me complacía el no tener que ocultar mi boca. Mis labios son casi incoloros. Pintados de ese color podía sonreír.

Llevaba estos guantes de encaje negro con las puntas cortadas para que mis dedos sintieran el tacto de las cosas, y me había dado un poco de hollín en las uñas para que no relucieran como el cristal dentro del café. Te tendí la mano y la besaste. Tú mostrabas la prestancia y el decoro de siempre. Luego me dirigiste una sonrisa cálida, una sonrisa en la que creo que dominaba tu antigua fisiología, porque parecías demasiado sabio para alguien tan joven y fuerte. Me maravilló la perfección de la imagen que te habías creado.

-No sabes cuánto me alegra que hayas acudido -dijiste-, que me hayas permitido reunirme contigo en esta mesa.

-Hiciste que deseara hacerlo -respondí, alzando las manos y observando que parecías deslumbrado por el brillo de mis uñas, pese a que me había aplicado hollín sobre ellas.

Extendí las manos hacia ti, imaginando que te apartarías para evitar el contacto, pero dejaste que mis pálidos y fríos dedos aferraran tu mano cálida y tostada. 

-¿Te parezco un ser vivo? -te pregunté.

-Oh, sí, desde luego, un ser radiante y absolutamente vivo.

Pedimos los cafés, tal como esperan de nosotros los mortales, y gozamos con el calor y el aroma mucho más de lo que éstos pueden llegar a imaginar, removiendo el contenido de nuestras tazas con las cucharillas. Yo tenía ante mí un postre de color rojo. El postre sigue ahí, por supuesto. Lo pedí sencillamente porque era rojo -fresas con almíbar- y emanaba un aroma dulce que habría atraído a las abejas.

Tus halagos me hacían sonreír, me complacían. Jugué un poco contigo, aunque sin mala fe. Dejé caer la ca-pucha hacia atrás y sacudí la cabeza para que mi espesa cabellera castaño oscuro resplandeciera bajo las luces del café.

Por supuesto, eso no constituye ningún signo para los mortales, ni tampoco el pelo rubio de Marius o el de Lestat. Pero reconozco que mi cabello me encanta, me encanta cuando me cae sobre los hombros como un velo, y me encantó la expresión que vi en tus ojos.

-Dentro de mí hay una mujer-dije.

El escribir ahora sobre esto -en esta libreta, mientras me encuentro sola en este café- proporciona una arquitectura a un momento banal, y parece tratarse de una penosa confesión.

A medida que escribo, David, a medida que me siento atraída por el concepto de la narración, más firmemente creo en el peso de una coherencia que es posible sobre una hoja pero no en la vida.

Sin embargo, no me propuse tomar esta pluma tuya. Estábamos conversando.

-Pandora, si alguien no reconoce que eres una mujer, es que es imbécil - dijiste.

-Cómo se enojaría Marius conmigo por sentirme halagada por estas palabras

-repuse-. O no. Es probable que lo considerara un punto a favor de su postura. Yo le abandoné, le dejé sin una palabra, la última vez que estuvimos juntos, antes de que Lestat emprendiera su pequeña aventura y mucho antes de que se encontrara con Memnoch el Diablo. Dejé a Marius, y de golpe sentí deseos de localizarlo. Deseé hablar con él como tú y yo lo estamos haciendo ahora.

Me miraste preocupado, y con razón. Debiste de intuir que durante estos últimos, largos y tristes años nada había despertado en mí entusiasmo alguno. -¿Querrás escribir tu historia para mí, Pandora? -me preguntaste de sopetón.

Tus palabras me sorprendieron.

-¿La escribirás en estas libretas? -insististe-. Escribe sobre la época en que estabas viva, la época en que te uniste a Marius, escribe lo que quieras sobre él. Pero lo que deseo ante todo es conocer tu historia.

Me quedé atónita.

-¿A qué viene esta petición?

No respondiste.

-No habrás regresado a esa orden de seres humanos, la Talamasca, ¿verdad?; saben demasiado...

Alzaste la mano.

-No, y jamás regresaré a ella; si alguna vez tuve alguna duda acerca de esa orden, los archivos de Maharet se encargaron de despejarla.

-¿Ella dejó que examinaras sus archivos, los libros que ha conservado a lo largo del tiempo?

-Sí, fue extraordinario... un verdadero almacén repleto de tablillas de arcilla, rollos de pergaminos, libros y poemas de otras culturas cuya existencia el mundo desconoce. Libros redactados en tiempos inmemoriales. Como es lógico, Maharet me prohibió que revelara los datos que pudiera encontrar o que hablara detalladamente sobre nuestro encuentro. Dijo que era arriesgado jugar con esas cosas, y confirmó tu temor de que yo hubiera regresado a la Talamasca, a mis viejos amigos mortales con dotes de clarividencia. Pero no lo he hecho ni lo haré nunca. No me cuesta el menor esfuerzo mantener esta promesa.

-¿Y eso?

-Cuando vi esos antiguos escritos, Pandora, comprendí que ya no era humano. Que la historia que yacía ante mí, aguardando ser recogida por alguien, ya no era la mía. ¡No soy uno de esos seres! -exclamaste recorriendo la habitación con la vista-. Supongo que habrás oído estas palabras mil veces de boca de un vampiro neófito. Pero yo creía fervientemente que la filosofía y la razón constituirían un puente entre ambos mundos que me permitiría trasladarme de uno a otro sin mayores problemas. Sin embargo, ese puente no existe. Ha desaparecido.

Tu tristeza refulgía alrededor de ti, brillaba en tus juveniles ojos y en la suavidad de tu carne nueva.

-De modo que lo sabes -dije. No me había propuesto pronunciar esas palabras. Brotaron espontáneamente-. Lo sabes -repetí, soltando una leve pero amarga carcajada.

-Sí. Lo supe cuando examiné los documentos de tu época, gran cantidad de ellos, de la Roma imperial, y otros vetustos fragmentos de piedras inscritas con unos garabatos que ni siquiera logré identificar. Lo supe, sí. ¡Pero esos documentos no me importan, Pandora! Me importa lo que somos en estos momentos.

-Qué extraordinario -dije-. No sabes cuánto te admiro y cuán atractiva me parece tu actitud.

-Me alegra saberlo -respondiste. Luego te inclinaste hacia mí y añadiste-:

No digo que no llevemos nuestra alma humana, nuestra historia, dentro de nosotros; es evidente que sí.

»Recuerdo que en cierta ocasión, hace mucho tiempo, Armand me contó que al preguntar a Lestat: "¿Qué puedo hacer para comprender a la raza humana?", Lestat contestó: "Lee o ve a ver todas las obras de Shakespeare y averiguarás cuanto precisas saber sobre la raza humana." Armand siguió su consejo. Devoró los poemas, asistió a la representación de sus obras teatrales, vio las nuevas y espléndidas películas protagonizadas por Laurence Fishbourne,

Kenneth Branagh y Leonardo DiCaprio. Y cuando Armand y yo hablamos por última vez, me dijo lo siguiente sobre su educación: "Lestat tenía razón. No me procuró libros sino el medio de comprender a la raza humana. Ese hombre Shakespeare escribe (y cito a Armand y a Shakespeare tal como lo expresó Armand, y yo te lo repetiré) como si brotara de mi corazón:

Mañana, y al otro, y al otro,

los días transcurren a un monótono ritmo,

hasta la última sílaba del tiempo recogido en la Historia;

y todos nuestros ayeres han indicado a los necios

el camino hacia la polvorienta muerte.

Apágate, apágate breve candela.

La vida no es sino una sombra errante;

un pobre actor que se mueve y agita durante horas sobre el

escenario, y luego desaparece para siempre;

es una historia relatada por un idiota,

repleto de sonido y furia, que no significa nada.

»"Este hombre escribió eso -prosiguió Armand-, y todos sabemos que es la pura verdad y que todas las revelaciones han sucumbido más pronto o más tarde ante ella, y sin embargo nos encanta la forma en que lo expresó

Shakespeare, deseamos oírlo una y otra vez. Deseamos recordarlo. Deseamos no olvidar una sola palabra de lo que escribió."

Ambos guardamos silencio durante unos instantes. Tú bajaste la mirada y apoyaste la barbilla sobre el puño. Yo sabía que todo el peso de la aventura que había emprendido Armand hacia el sol reposaba sobre ti, y me había encantado el modo en que habías recitado esas palabras, y las palabras en sí mismas. Por fin dije:

-Y me produce placer, piensa en ello, placer, el que me recites esas palabras.

Sonreíste.

-Deseo saber qué podemos averiguar -dijiste-. Deseo conocer cuanto podamos ver. De modo que acudo a ti, un vampiro hembra. Hija del Milenio, un vampiro que ha bebido de la misma reina Akasha, que ha sobrevivido dos mil años, y te pido, Pandora, que escribas para mí, que escribas tu historia, que la escribas como quieras.

Permanecí en silencio por unos instantes.

Luego dije ásperamente que no podía hacerlo. Pero unos recuerdos habían despertado en mí. Vi y oí unas discusiones y peleas que se habían producido hacía siglos, vi brillar la luz del poeta sobre unas eras que había conocido íntimamente a través del amor. Otras eras no las he conocido, pues yo era un pobre espíritu errante, sumido en la ignorancia.

Sí, ciertamente, existía una historia que debía ser escrita; pero en esos momentos me negué a reconocerlo.

Tú te mostrabas muy afligido tras haber pensado en Armand, tras haber recordado cómo se había dirigido hacia el sol matutino. Añorabas a Armand.

-¿Existía algún vínculo entre vosotros? -me preguntaste-. Disculpa mi atrevimiento, pero me refiero a si existía algún vínculo entre vosotros cuando Armand y tú os conocisteis, puesto que Marius os había dado a ambos el Don Oscuro. Sé que no sientes celos, me consta. No habría mencionado el nombre de Armand si hubiera detectado cierto resentimiento en ti, pero todo lo demás es una ausencia, un silencio. ¿No existía un vínculo entre vosotros?

-El único vínculo era el dolor. Él se dirigió hacia el sol, y el dolor es sin duda alguna el vínculo más sencillo y seguro.

Soltaste una risita.

-¿Cómo puedo convencerte de que accedas a mis deseos? Compadécete de mí, graciosa dama, confíame tu canción.

Esbocé una sonrisa indulgente, pero pensé que eso era imposible.

-Es demasiado disonante, querido -repuse-. Demasiado... -Cerré los ojos.

Deseaba decir que mi canción era demasiado dolorosa para cantarla.

De pronto alzaste la mirada. Tu rostro mudó de expresión. Parecía como si quisieras hacerme creer que habías caído en trance. Sacudiste la cabeza, señalaste algo, y luego dejaste caer la mano sobre la mesa.

-¿Qué ocurre, David? -pregunté-. ¿Qué ves?

-Espíritus, Pandora, fantasmas.

-Pero eso es inaudito-contesté. Sabía, no obstante, que David decía la verdad-. El Don Oscuro nos arrebata ese poder. Incluso las antiguas brujas,

Maharet y Mekare, nos aseguraron que una vez que la sangre de Akasha penetró en ellas y se convirtieron en vampiros hembras, no volvieron a oír ni ver a los espíritus. Tú has hablado con ellas recientemente. ¿Les contaste que tenías ese poder?

David asintió. Era evidente que la lealtad le obligaba a no decir que ellas no lo poseían. Pero yo lo sabía. Lo vi en la mente de David, y lo comprobé personalmente cuando me entrevisté con las ancianas gemelas que habían exterminado a la Reina de los Malditos.

-Veo unos espíritus, Pandora -dijiste en tono de preocupación-. Si me esfuerzo puedo verlos por doquier, y en algunos lugares muy específicos cuando ellos lo desean. Lestat vio el fantasma de Roger, su víctima en Memnoch el Diablo.

-Pero eso fue una excepción propiciada por un arrebato de amor que experimentó el alma de ese hombre, un arrebato que desafió a la muerte, o que en todo caso demoró el fin del alma, algo que nosotros no alcanzamos a comprender.

-Veo espíritus, pero no he venido para agobiarte ni atemorizarte.

-Cuéntame más detalles -le rogué-. ¿Qué viste hace unos segundos?

-Un espíritu débil, incapaz de herir a nadie. Es uno de esos tristes humanos que no saben que están muertos. Constituyen una atmósfera en torno al planeta. Los llaman «espíritus errantes». Pero yo tengo más dentro de mí mismo para explorar.

Tras una breve pausa, continuaste:

-Al parecer, cada siglo produce un nuevo tipo de vampiro. Digamos que el curso de nuestro desarrollo no se establece desde el principio, como tampoco el de los seres humanos. Tal vez una noche te cuente todo lo que veo (esos espíritus que nunca logré ver claramente cuando era mortal). Te contaré algo que me confesó Armand sobre los colores que veía cuando se apoderaba de una vida, cuando el alma abandonaba el cuerpo envuelta en unas ondas que irradiaban colores.

-¡Jamás había oído semejante cosa!

-Yo también veo eso -dijiste.

Observé que casi te dolía hablar de Armand.

-Pero ¿cómo es posible que Armand creyera en el Velo? -pregunté, asombrada de mi vehemencia-. ¿Por qué se dirigió hacia el sol? ¿Cómo es posible que eso consiguiera aniquilar la razón y la voluntad de Lestat? ¡La

Verónica! ¿No sabían que ese nombre significa Vera icon, que jamás existió tal persona, que un hombre que regresó al antiguo Jerusalén el día en que Cristo recorrió las calles cargado con su cruz no logró hallarla? La inventaron los sacerdotes. ¿Acaso no lo sabían?

Creo que yo había tomado ya la dos libretas, pues al bajar la vista advertí que las sostenía en la mano. Es más, las estreché contra mi pecho y examiné una de las plumas.

-La razón -murmuré-. ¡La preciosa razón! ¡La conciencia psíquica dentro de un vacío! -Meneé la cabeza y te sonreí amablemente-. ¡Y vampiros que hablan con los espíritus! Seres humanos capaces de desplazarse de un cuerpo a otro... -Con un ímpetu que hasta a mí me pareció insólito, añadí-: El alegre y moderno culto a los ángeles, tan de moda hoy en día, la profunda devoción que se observa en todas partes. Y las personas que se levantan de la mesa de operaciones para referir su experiencia de vida después de la muerte, un túnel, un amor que las abraza. ¡Oh, sí, Lestat te creó en una época propicia!

Francamente, no me explico esos fenómenos.

Era evidente que mis palabras, o mejor dicho la forma en que una mano invisible me había hecho exponer mi punto de vista, te habían impresionado, tanto como a mí.

-No he hecho más que empezar -dijiste-, y ya me codeo con brillantes Hijos del Milenio y adivinos callejeros que leen el futuro en las cartas del Tarot. Estoy ansioso por examinar bolas de cristal y espejos oscurecidos. Buscaré entre aquellos a quienes los demás consideran locos, o entre nosotros mismos, entre seres como tú que han contemplado algo que creen que no deben compartir con nadie. ¿No es cierto? Pero yo te pido que lo compartas. Estoy harto del alma humana. Estoy harto de la ciencia y la psicología, de los microscopios e incluso de los telescopios orientados hacia las estrellas.

Yo estaba fascinada. ¡Con qué convicción te expresabas! Noté que me ardían las mejillas debido a los sentimientos que inspirabas en mí. Hasta creo que te miré boquiabierta.

-Yo mismo soy un milagro -añadiste-. Soy inmortal, y deseo recabar más información sobre nosotros. Tú tienes una historia que contar, eres muy vieja, y estás acabada. Siento amor por ti y valoro que las cosas sean como son y, nada más.

-¡Qué frase tan extraña!

«El amor.» Te encogiste de hombros. Alzaste la vista al techo y luego la clavaste en mí para conferir mayor énfasis a tus palabras.

-Y llovió y llovió durante millones de años, y los volcanes hirvieron y los mares se enfriaron, ¿y luego se produjo el amor? -Te encogiste nuevamente de hombros, burlándote de ese concepto tan absurdo.

No pude por menos que reírme de tu pequeño gesto. «Demasiado perfecto», pensé; pero de pronto me sentí rota y hundida.

-Esto es muy inesperado -comenté-, porque aunque yo tenga una historia, una pequeña historia...

-¿ Sí?

-Bien, mi historia, suponiendo que la tenga, está precisamente relacionada con los puntos que has destacado. -De golpe me ocurrió algo muy extraño.

Volví a soltar una breve risita y dije-: ¡Te comprendo! No, no el que veas espíritus, pues éste es un tema demasiado trascendente, pero ahora comprendo el origen de tu fuerza. Has vivido toda una vida humana. A diferencia de Marius, a diferencia de mí, no se apoderaron de ti en la plenitud de tu existencia, sino casi en el mismo momento en que se produjo tu muerte natural. Es por ello por lo que no quieres saber nada de las aventuras, y los defectos de los espíritus que vagan errantes por la tierra. Estás decidido a seguir adelante con el coraje de un hombre que ha fallecido en su vejez y comprueba que se ha alzado de la tumba. Has propinado una patada a las coronas fúnebres. Estás preparado para el Olimpo, ¿no es así?

-O para Osiris, que habita en el más profundo de los abismos -respondiste-. O para los fantasmas de Hades. Ciertamente, estoy preparado para los espíritus, para los vampiros, para aquellos que ven el futuro y afirman conocer el pasado, para ti, que posees una inteligencia extraordinaria dentro de un envoltorio muy bello, que ha perdurado un sinfín de años, una inteligencia que quizás ha destruido todo en ti salvo tu corazón.

Te miré estupefacta.

-Perdóname. Ha sido una grosería por mi parte -dijiste.

-No, explícate.

-Siempre les arrebatas el corazón a tus víctimas, ¿no es cierto? Deseas su corazón.

-Tal vez. No esperes que pronuncie unas frases tan sabias como haría Marius, o las ancianas gemelas.

-Me siento atraído por ti -dijiste.

-¿Porqué?

-Porque llevas una historia dentro de ti; detrás de tu silencio y tu dolor yace una historia, perfectamente articulada, que espera ser escrita.

-Eres demasiado romántico, amigo mío -repuse.

Aguardaste con infinita paciencia. Creo que sentiste el tumulto que se agitaba en mi interior, el modo en que mi alma se estremecía ante tantas emociones nuevas.

-Es una historia insignificante -dije. Vi unas imágenes, unos recuerdos, unos instantes, los elementos que incitan a las almas a la acción y la creación.

Vislumbré una minúscula posibilidad de recuperar la fe.

Creo que ya conocías la respuesta.

Tú sabías lo que yo iba a hacer, antes que yo misma. Sonreíste con discreción, pero estabas impaciente, sobre ascuas.

Mientras te miraba, pensé en el esfuerzo de narrar toda la historia...

-Quieres que me vaya, ¿no es cierto? -dijiste. A continuación te levantaste, tomaste tu abrigo, un tanto húmedo debido a la lluvia, y te inclinaste elegantemente para besarme la mano.

Yo seguía sosteniendo las libretas.

-No -contesté-. No puedo hacerlo.

Te abstuviste de hacer ningún comentario.

-Vuelve dentro de dos noches -dije-. Prometo devolverte las libretas, aunque sus páginas estén en blanco o sólo contengan una explicación más satisfactoria sobre el motivo que me impide recuperar mi vida perdida. No te decepcionaré. Acudiré a la cita y te entregaré estas libretas, pero no esperes nada más.

-Dentro de dos noches -apostillaste- volveremos a encontrarnos aquí.

Te observé en silencio mientras abandonabas el café. Como ves, David, ya ha comenzado.

Y como ves, también, he utilizado nuestro encuentro como introducción a la historia que me has pedido que narre.

 

 

 

De: Pandora

© 1998, Anne Rice

 

"Manual de zoología fantástica" de Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero

Por: María Ángeles Vázquez

 

"... es bueno seguir multiplicando los polvorines mentales, el humor
que busca y favorece las mutaciones más descabelladas [...]
es bueno que existan los bestiarios colmados de transgresiones,
de patas donde debería haber alas y de ojos puestos en
el lugar de los dientes"

Julio Cortázar (1)

 

La primera edición de este texto fue publicada en el año 1957 por la editorial Fondo de Cultura Económica de México, con una tirada de 10.000 ejemplares, en papel biblia y bajo la supervisión del escritor mexicano Emmanuel Carballo.

Borges y Margarita Guerrero, quienes ya publicaron en colaboración El "Martín Fierro" (BB.AA., Columba, 1953), nos inducen con la lectura de este extraordinario compendio fantástico a que "...Pasemos [...] del jardín zoológico de la realidad al jardín zoológico de las mitologías ..." (2), en el que recrean experiencias literarias, filosóficas, históricas e incluso sagradas, de un amplio espectro mitológico y cultural.



Nos encontramos ante una obra marginal de Borges, aunque a pesar de ello, ha sido traducida a varios idiomas, entre los que se incluyen el estonio. Hemos hallado una referencia de ello en la revista Vikekar (Arco Iris), en la que en su número 1-2 se dieron a conocer algunos fragmentos de El Manual de zoología fantástica, traducidos por Ruth Lias en el año 1997.

En 1967, según algunos estudiosos de la bibliografía borgiana y en 1968, según otros, se modifica su título como El libro de los seres imaginarios (aunque el F.C.E. reeditaría más tarde con la rúbrica original), en la que amplía el manual bajo este nuevo rótulo. Se incrementan treinta y cuatro textos más (sin duda por la inclusión de nuevos seres no zoomórficos: el doble, las hadas...). En 1969, la editorial E.P. Dutton de Nueva York inicia la publicación de las obras completas de Borges, traducidas por Norman Thomas Di Giovanni, ya con el nuevo título. En posteriores obras completas, por deseo expreso de Borges, se eliminan aquellos trabajos realizados en colaboración. En 1964 aparece la obra traducida al alemán y en 1965 en francés.

El Manual de zoología fantástica pretende ser, tal y como Borges lo expresa en el prólogo, la primera obra en su género. El Islam y la Cábala, la literatura china, la epopeya babilónica, los clásicos griegos y latinos, la Edad Media y el Renacimiento son algunas de las fuentes de que se sirven los autores (curiosamente están excluidos los Cronistas de Indias) en su descriptivo recorrido por el bestiario de la imaginación que reúne al Minotauro, la Sirena, la Quimera, el Dragón, el Basilisco, el Cancerbero, el Ave Fénix, el Grifo, el Golem, el Simurg, etc., seres que se metamorfosean en algunos casos, para, aprovechándose del cuento literario (leyendas, libros sagrados, fábulas ...), representar lo fantástico en el sentido más atávico. Los animales soñados por Kakfa, por C.S. Lewis y por Poe, tal vez como arquetipos yungianos relacionados con símbolos sexuales, o como la metáfora del mundo superior de Parménides, donde el universo es producto de un sueño, lo deífico, las metáforas de la imaginación ancestral, lo religioso y lo mágico, conforman el conjunto del desarrollo del texto.

John Ashton, Peter Lum y Joseph Wood Krutch habían publicado pocos años antes, según ha investigado Martha Paley (3), obras similares en inglés y es posible que no sea la antología de Borges la primera en castellano. El escritor peruano José Durand, publica en 1950, con propósito similar al de Borges, Ocaso de Sirenas, Manatíes en el siglo XVI (4), libro en el que se evidencia, a través de los cronistas españoles del siglo XVI, la alucinación y sorpresa de éstos ante la apasionante visión que les ofrecía no solo la geografía americana, sino su extraordinaria cosmogonía. Pero dado el prestigio internacional de un escritor con respecto al otro, será la antología de Borges la que alcance mayor resonancia e influjo en obras posteriores. Lo cierto es que a partir de esta fecha, comienzan a prodigarse los bestiarios latinoamericanos que, o bien recopilan a la manera de Borges testimonios remotos sobre seres fantásticos, o bien adoptan el mundo animal -ya sea fingido o real- como soporte y vehículo de idearios sobre el amor, las relaciones sociales o la condición humana. Transcribiremos una de las inquietantes criaturas que Borges cita en su obra.

EL BORAMETZ

El CORDERO vegetal de Tartaria, también llamado borametz y polypodium borametz y polipodio chino, es una planta cuya forma es la de un cordero, cubierto de pelusa dorada. Se eleva sobre cuatro o cinco raíces; las plantas mueren a su alrededor y ella se mantiene lozana; cuando la cortan, sale un jugo sangriento. Los lobos se deleitan en devorarla. Sir Thomas Browne la describe en el tercer libro de la obra Pseudodoxia Epidemica (Londres, 1646). En otros monstruos se combinan especies o géneros animales, en el borametz, el reino vegetal y el reino animal. Recordemos a este propósito, la mandrágora, que grita como un hombre cuando la arrancan, y la triste selva de los suicidas, en uno de los círculos del Infierno, de cuyos troncos lastimados brotan a un tiempo sangre y palabras, y aquel árbol soñado por Chesterton, que devoró los pájaros que habían anidado en sus ramas y que, en la primavera, dio plumas en lugar de hojas.

Este texto de difícil clasificación, podría ser una "antología fabulada", "ficción en prosa" o simplemente lo que Borges nos sugiere, un recuento erudito de la larga tradición literaria en la que se incorporan seres sobrenaturales y bestias mágicas. Aunque estamos de acuerdo con Mignolo [1988] (5) cuando asegura que estos términos ("Zoología fantástica" y "Seres imaginarios") nos remiten a la ficción fantástica y al concepto que de ella tiene Borges: fusión de textos, ambivalencia lingüística, inserción de la historia en el texto y viceversa, el antiparaíso en definitiva, recursos que utiliza Borges permanentemente en su creación literaria.

Hemos encontrado muy poca crítica literaria en torno al Manual, aunque se han ocupado de él, Gogol [1975] (6) que le dedica unas pocas páginas a El libro de los seres imaginarios y a Lupi [1967-1972] (7) que elabora la taxonomía del Manual de zoología fantástica.

Por otra parte, el artista oaxaqueño Francisco Toledo (1944), presentó en el mes de noviembre del pasado año 1999, en el Palacio de Bellas Artes de México, la exposición Zoología Fantástica de Francisco Toledo, con 46 de sus tintas y acuarelas, inspiradas en El libro de los seres imaginarios. La muestra establece una relación cercana entre el progenitor de la obra y el observador y ya ha sido expuesta en 17 países, entre los que se incluyen España, en Casa de América de Madrid, diferentes lugares de U.S.A., América Latina y Oriente.


[La esfinge, Francisco Toledo, 1983. Serie Zoología Fantástica, acuarela y tinta sobre papel]

EL BESTIARIO

Las literaturas de tradición oral, transmitidas de generación en generación con un contenido casi exclusivamente mítico y descontaminado de la cultura occidental, han sido un leiv motiv en el desarrollo de la literatura latinoamericana, desde los mitos y leyendas de los grupos sociales indígenas, hasta los cronistas españoles del siglo XVI, se han recogido en autores como Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez, Augusto Monterroso, Pablo Neruda y Jorge Luis Borges, por citar solo a algunos de ellos. Inaugurado por Aristóteles y Plinio, el bestiario es considerado un género breve y descriptivo muy popular en la época clásica y más tarde en la Edad Media. Podemos encontrar una descripción de la historia del género en la escritora ya citada, Martha Paley de Francescato (1977) en Bestiarios y otras jaulas y en Margaret Mason en "The Bestiary in contemporary Spanish American Literature" (1974).

Fusionando la verdad y la fantasía, animales reales e imaginarios con alegorías místicas y moralizadoras en la tradición del "enxiemplo" y en la creencia de que el mundo exterior es reflejo visible y manifestación del reino de Dios y el encanto y fantasía de tales representaciones, que los cronistas de Indias darán nuevo impulso, los bestiarios conocen el mejor momento de auge en la prosa latinoamericana del siglo XX. Son varias las obras que favorecen este fenómeno: La casa de fieras. Bestiario (1922) de Alfonso Hernández Catá, el Manual de Zoología Fantástica (1957) de Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero o el Bestiario (1951) de Juan José Arreola, titulado inicialmente como Punta de Plata, que aparece como conjunto en 1958, aunque algunos de sus textos son de 1951, Otros ejemplos posteriores los encontramos en Para un bestiario de Indias (1968) de Alberto M. Salas, compilación de testimonios del siglo XVI, el Bestiario mexicano (1987) de Roldán Peniche B., catálogo de entes fabulosos mexicanos de la época prehispánica, Los animales prodigiosos (1989) de René Avilés Fabila o El Bestiario de Indias del Muy Reverendo Fray Rodrigo de Macuspana (1995), compilado por Marco Antonio Urdapilleta que según el profesor Lauro Zabala, reúne materiales de diversas fuentes en las que se reconocen subtextos alegóricos y una síntesis de conocimientos empíricos de diversa naturaleza. Según la información ofrecida también por el Dr. Zabala, se ha publicado el primer Diccionario de bestias mágicas y seres sobrenaturales de América (UdeG, 1995) compilado por Raúl Aceves. Por último, hemos rastreado en la existencia de algunos bestiarios poéticos, (menos divulgados) como el "Bestiario" de El jarro de flores, (1922) de Juan José Tablada, el de Estravagario, (1958) de Pablo Neruda, El gran zoo, (1967) de Nicolás Guillén, "Los animales saben" en No me preguntes cómo pasa el tiempo (1964-68) de José Emilio Pacheco, Ínfima fauna (1962) de Carlo Antonio de Castro, etc.

Todos ellos son deudores de la sugestión literaria por los animales reales o por los monstruos maravillosos. El animal fingido, tradicional o nuevamente creado, se convierte en un acicate para la imaginación y el animal real se convierte en pretexto de idearios o en fórmulas para exorcizar demonios propios: las bestias fantásticas conviven así con las inventadas.

El vehículo de presentación de estos textos asegura -como en las misceláneas-, una lectura fragmentaria con estructura similar a los microcuentos, tal y como Borges señala en el prólogo, "... no ha sido escrito para una lectura consecutiva. Querríamos que los curiosos lo frecuentaran como quien juega con las formas cambiantes que revela un calidoscopio" (8).

 

_____________
ALGUNAS EDICIONES DEL TEXTO

1957. México D.F., Fondo de Cultura Económica, Colec. Breviarios nº 125, 1ª edic., 1957, 159 pp. con ilustr.
1964. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
1966. México D.F./Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2ª edic., 159 pp.
1967. El libro de los seres imaginarios, Buenos Aires, Edit. Kier, 159 pp.
1970. Manuale di zoologia fantastica, traduc. de Franco Lucentini, Roma, Edit. Einaudi, 200 pp.
1971. México D.F., Fondo de Cultura Económica (edic. y ampliada).
1978. El libro de los seres imaginarios, Buenos Aires, Emecé Editores, 217 pp. [1990].
1980. El libro de los seres imaginarios, Barcelona, Editorial Bruguera, 211 pp. [1982, 1986].
1983. México D.F., Fondo de Cultura Económica, 4ª reimpres., 160 pp. con ilustrac.
1984. México D.F., Fondo de Cultura Económica, 1ª edic. con ilustraciones del pintor mexicano Francisco Toledo, 167 pp.
1988. México D.F., Fondo de Cultura Económica, 1ª reimpres., 167 pp.
1988. Fantastická zoologie, traduc. de Anna Housková, Praga, Odeon.
1989. El libro de los seres imaginarios, Barcelona, Emecé Editores, 224 pp. [1990].
1997. El libro de los seres imaginarios, en Obras completas en colaboración, Barcelona, Emecé Editores, 4ª edic., 1061 pp.
1998. El libro de los seres imaginarios, Madrid, Alianza Editorial, 248 pp.

_____________
CITAS:

(1) "Paseo entre las jaulas" en Territorios, México, Siglo XXI Editores, 1988, 4º edic., pág. 44.

(2) Prólogo a la edición citada del Manual de zoología fantástica.

(3) Paley de Francescato, Martha. Bestiario y otras jaulas, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1977.

(4) La segunda edición del texto, ampliada, rectifica el título original y se convierte en Ocaso de sirenas. Esplendor de manatíes, publicada en México D.F. por el Fondo de Cultura Económica, en 1983. Una reseña de esta obra la podemos encontrar en La letra e de Augusto Monterroso.

(5) Mignolo, Walter. "Jorge Luis Borges (1899-1986)", en Historia y Crítica de la Literatura Hispanomericana.3. Época Contemporánea, Barcelona, Edit. Crítica, 1988, pp. 291-293.

(6) Gogol, John M., "Borges and Rilke on the reality of imaginary beings", Proceedings of the Pacific Northwest Conference on Fereign Languages, 26:1 (1975), pp. 50-52.

(7) Lupi, A., "La tassonomia del disordine nel Manual de Zoología Fantástica", Studi di letteratura ispano-americana, 4 (Milán, 1967-1972), pp. 91-96.

(8) Borges, Jorge Luis y Margarita Guerrero. El libro de los seres imaginarios, Barcelona, Emecé, 1990, pág. 8.

 

De bestias, fieras y seres fantásticos

De bestias, fieras y seres fantásticos

 

Por: Michael Telias

 

En esta última entrega, nos adentramos en el mundo de las bestias, los gigantes, los monstruos y los animales extraordinarios. También ellos están presentes en nuestra Biblia.

 

En las primeras dos entregas de "Mitología Judía en el Tanaj" tratamos el tema de semidioses, ángeles y héroes. Recordamos sus apariciones, sus peripecias, y sobre todo las similitudes con el mundo de la mitología griega y otras mitologías. Desde un punto de vista antropológico o psicológico (o ambos), es entendible que estos seres divinos sean personificados. La personificación de la deidad es un viejo truco que nuestras mentes nos fabrican para poder seguir conectados a la realidad. La falta de lógica inherente a la creencia en un ser divino nos confunde y atemoriza, por lo que damos a esta creencia un envoltorio humano: cuerpo y cabeza, manos y piernas y hasta alas para volar. Mientras que en el judaísmo y en el cristianismo estas mismas personificaciones se oponen a convicciones básicas y son, por lo tanto, abstractas por definición; en otras culturas como la griega y la católica, las personificaciones son totalmente realistas y detalladas.

Sin embargo existen otros personajes fantásticos que pueden ser descritos más detalladamente, sin contradecir, de manera extrema, las prohibiciones de personificación e idolatría, y por lo tanto aparecen en el Tanaj frecuentemente. Estos personajes también aparecen, por supuesto, en otras mitologías. Dedicaremos esta tercera y última entrega de "Mitología judía en el Tanaj", a las bestias, animales, seres fantásticos, productos de la imaginación, los miedos, temores y esperanzas de aquellos que escribieron los libros que componen el Tanaj, hace 2.500 años. En nuestro mundo moderno y racional, no puede concebirse una creencia real en tales seres y sin embargo, nos apasiona la idea de criaturas supernaturales.

 

Animales fantásticos y su simbolismo

Los nórdicos europeos y los japoneses sostenían que en los bosques apartados se podía ver un animal con aspecto de caballo, cola de león y piernas de cabra, que en su frente poseía un cuerno de propiedades mágicas innumerables. En la India el unicornio era de color púrpura, ya que éste era el color de los vestidos reales. En Cuba, en el siglo XX, un cantor habló de un Unicornio Azul. Los griegos hablaron de un caballo sin cuerno, pero alado: Pegaso ayudó a Belerofonte a matar a Quimera. Al Bureq es el nombre del caballo alado que llevó a Mahoma durante el Ma'arag, su travesía desde Arabia hasta Al Aqsa en una noche.

Pero no todas las bestias mitológicas son buenas y ayudan a la humanidad. Lo contrario es lo correcto. En la mayor parte de los casos, estas criaturas mitológicas son herramientas en las manos de los dioses para atemorizar a los mortales, para proteger ciertos secretos o lugares, o para liberar batallas y guerras entre los dioses o entre mortales. Los campeones de la imaginación, está demás decirlo, fueron los griegos. El Cancerbero, el perro temible de tres cabezas, cuida las puertas del mundo de los muertos (Hades). El Grifo, cuerpo de león y cabeza y alas de águila, protegía las posesiones del dios Apolo. El Minotauro, cuerpo de hombre gigante y cabeza de toro, era prisionero en su propio laberinto, en donde devoraba jóvenes que eran sacrificados por el cruel rey Minos.

Estas criaturas no son solamente meras peripecias de la imaginación. Ellas encierran en su seno los miedos, pasiones y esperanzas de los hombres y mujeres que las crearon. Así, el unicornio simboliza la pureza, la inocencia y hasta la virginidad; el minotauro, las trágicas consecuencias del incesto y la lujuria; la quimera es la personificación del mal, mientras que los sátiros son el símbolo de la alegría y el regocijo. Los dragones chinos eran símbolo de los sueños, protectores de los hombres y hacedores del bien, mientras que los dragones nórdicos eran la amenaza a toda princesa desprevenida...

De la misma manera, los animales y bestias de la mitología judía tienen su propio simbolismo, que puede ser general o particular, etiológico o meramente narrativo. Lo importante es siempre tener en cuenta que existe una diferencia entre aquellos animales mitológicos que realmente aparecen en el Tanaj y aquellos que se dicen ser pertenecientes a la época tanájica. Así, por ejemplo, existe un mito que cuenta de cómo los unicornios sobrevivieron el diluvio. La historia popular nos habla de que a pesar de que Noé no incluyó a los unicornios en el Arca, estos nadaron debajo del Arca y de esa manera permanecieron protegidos hasta que la tierra se secó. Esta historia es, claro está, producto del folklor cristiano post-bíblico, y por supuesto no aparece en ningún pasaje del Tanaj.

 

 

Animales que hablan

En el Tanaj nos encontramos con varias historias de animales que tienen la habilidad, fija o temporal, de hablar. El caso más conocido es el de la serpiente, que convence a la mujer, la cual come del fruto del árbol prohibido y le da de comer a Adán, con lo cual ambos pecan y son expulsados del Paraíso (Gen. III, 1-5). A lo hora del castigo, todos pagan el precio. En el caso de la serpiente se nos cuenta algo un poco inusual (Gen. III, 13-15). Si el castigo de la serpiente es, a raíz de su mala acción, reptar por el suelo y comer polvo, entonces quiere decir que antes de la infracción la serpiente ¿tenía patas?

Más allá de la descripción física de la serpiente, existe también (inusual desde todo punto de vista) una descripción de su personalidad. Es astuta, más que toda otra bestia del campo. Además, la serpiente habla... Curiosamente, el castigo de Dios no incluye la abolición de la capacidad de la serpiente de hablar, por lo tanto, según el Tanaj, hasta nuevo aviso las serpientes todavía hablan.

Lo más interesante, sin embargo, reside obviamente en el mensaje moral que se esconde detrás de los actos de la serpiente. Dios planta un árbol en medio del jardín del Edén, que es el más hermoso de los árboles, el más apetecible y además aquel que puede darle a los hombres la capacidad de la razón y el conocimiento ("la ciencia del bien y del mal"), pero claro está, Dios pretende que los hombres no sucumban a la tentación. Cuando la serpiente provoca lo que provoca, a pesar de las trágicas consecuencias, los seres humanos son elevados, en realidad, al nivel de dioses. Ellos saben ahora lo que antes sabía solamente Dios. Por otro lado, hay que hacer hincapié en dos elementos: el primero es que la serpiente era "astuta", no malvada o mal intencionada; el segundo es que la serpiente no pretende ni exige nada a cambio de la revelación y no parece ganar nada de la nueva situación. Más aún, si era un animal tan astuto, seguramente pudo haber previsto el hecho de que Dios se enojaría y lo castigaría, y aún así lleva a cabo su "misión".

Existe un personaje muy parecido a la serpiente tanájica, en la mitología griega. Su nombre era Prometeo, quien dio a los hombres el secreto del fuego, a pesar de la terrible cólera de los dioses del Olimpo. Prometeo paga un precio muy alto por esta insolencia, por este favor a los hombres. Recordemos que el Tanaj nos cuenta que a raíz de la tentación, "Y abriéronse los ojos de ambos...".

Otro animal parlante es el burro de Bilaam, el hechicero que trata de maldecir al campamento israelita en su camino a la tierra de Canaán. Ciertos cristianos mesiánicos que se dicen judíos, y que desgraciadamente frecuentan este sitio de Internet, han contestado a alguno de mis artículos insinuando que Bilaam era un profeta. Pues bien, el Tanaj habla de Bilaam solamente como un hechicero y mago, y en ningún momento como profeta: naví - ðáéà (Num. XXII-XXIII). El burro de Bilaam habla temporalmente, solamente cuando "Dios abre su boca". El burro le da una lección de moral y buenas maneras a Bilaam, el cual queda avergonzado por el hecho. El burro es capaz de ver al ángel y Bilaam no.

 

Monstruos marinos

Desde siempre los mares, océanos, y todo curso de agua han servido como fuente de inspiración para las mentes de los hombres. La imposibilidad de permanecer debajo del agua por más de algunos instantes llevó al hombre, desde el principio de la civilización, a especular sobre lo que se esconde debajo de la superficie. Con el desarrollo de la navegación marina, estas especulaciones fueron más allá de los límites del simple pensamiento a la hermosa zona de la imaginación.

Los israelitas estuvieron conectados con el mar desde el comienzo. La enorme variedad de la geografía local contribuyó muchísimo a este desarrollo: al sur el Mar Rojo y en Egipto el Nilo, al oeste el Gran Mar (Mediterráneo) y al este el Mar Muerto y el Mar de la Galilea, todo esto junto en un territorio relativamente pequeño. Nos concentraremos en tres bestias marinas fascinantes.

La palabra "leviatán" en hebreo moderno se refiere simplemente a las ballenas, y tal vez éstas, junto a los delfines y toninas, sirvieron de inspiración para la creación del Leviatán tanájico. Se trata al parecer de un monstruo marino, azote de los mares, personificación del mismo Satán. Diferentes profecías nos cuentan de la victoria de Dios sobre el Leviatán, como símbolo del bien que prevalece sobre el mal (Isa. XXVII, Sal. LXXIV, Sal. CIV, Job III, Job XL). No faltan ejemplos de monstruos marinos en ninguna mitología, por lo tanto el trabajo de comparación lo dejo para el devoto lector.

Otro monstruo marino temible es el Tanín. En hebreo moderno su aceptación es la de cocodrilo, lo cual parece ser lo más cercano a la realidad. No olvidemos que la influencia egipcia en la cultura canaanea e israelita es enorme. Por lo tanto, la figura del cocodrilo que habitaba las orillas del Nilo es un elemento común. Mientras que éste se figura como un dios en ojos de los egipcios panteístas, su imagen es de terror y maldad en ojos de los redactores del Tanaj. Esto es claro, a la vista del deseo del Tanaj de asentar la creencia en un solo dios, mostrando como el Dios único es aquel que creó al Tanín, reduciéndolo a una simple criatura más (Gen. I, 21). Sin embargo, en otros pasajes es un enemigo de Dios, una especie de fuerza maligna a la cual hay que erradicar (Isa. XXIV, Isa. LI, Job IV).

Finalmente podemos citar el famoso encuentro de Jonás con el gran Pez que lo traga y lo mantiene en su estómago por tres días (Jon. II). Es interesante que Jonás, en su plegaria a Dios desde el vientre del pez, lo nombra a éste el sheol, un sinónimo para "infierno". Sin embargo, el gran Pez es un enviado de Dios, para darle a Jonás una lección sobre responsabilidad y poder.

 

Criaturas increíbles

Más allá de estos monstruos que se figuran como animales peligrosos, existen otras criaturas que excitan la imaginación aún más. Nos concentraremos en dos tipos, los gigantes y las quimeras. Ambos conceptos nos son conocidos de la mitología griega. Los gigantes fueron expulsados por Zeus e intentaron rebelarse (los titanes). Algunos gigantes poseían un sólo ojo (los cíclopes), o parte de su cuerpo era de animal (como el minotauro). La quimera era un monstruo, mitad mujer mitad serpiente, o mujer cuyos cabellos eran serpientes, y tenía el poder de petrificar a quien la mirara a los ojos.

Gigantes en el Tanaj hay muchos. Básicamente los gigantes constituyen una raza, los anaceos, de la palabra anak que significa literalmente gigante. Son seres que existen en el mundo desde los comienzos (Gen. VI, 4), relacionados con los Nefilim -los cuales analizamos en anteriores entregas de esta serie-, como hijos de los nefilim o como antepasados de éstos, e inclusive como sinónimos. Son éstos los gigantes que asustan a los espías que Moisés envía a la Tierra de Canaán (Núm. XIII, 33, Deut. I, 28 y IX, 2, Jos. XI, 22 y XIV, 12). Fuera de éstos también encontramos personas que fueron catalogadas como gigantes por su gran altura, como Goliath, el filisteo de seis codos y medio (I Sam. XVII); Og, Rey de Bashán, de nueve codos de altura y cuatro codos de ancho (Deut. III), y el luchado egipcio, de cinco codos de estatura (I Crón. XI). Un codo, generalmente, equivale a medio metro. Por lo tanto, Og medía cuatro metros y medio...

Quimera en el Tanaj existe solamente una, pero en tal magnitud que su sola existencia es fascinante. El libro del profeta Ezequiel comienza con la descripción de cuatro criaturas increíbles. El aspecto de cada uno es el de un hombre, pero con cuatro rostros cada uno, como las cuatro direcciones de la rosa de los vientos. Sin embargo sus caras eran al mismo tiempo solamente tres, la de un hombre, la de un águila y la de un león. Y cada lado tiene cuatro alas y patas de becerro. Y las criaturas en sí son como antorchas vivas, desplazándose dentro del fuego, bañados en relámpagos y estallidos. Y cuatro ruedas de fuego llenas de ojos los seguían hacia toda dirección. Y a través de la visión de esta terrible y amenazante criatura llega Ezequiel el profeta a la máxima inspiración, a ver a Dios mismo y a su trono en los cielos, y luego al fin de la visión, la cual lo deja exhausto. ¿Por qué habría Dios de personificarse en un ser tan terrible? Parecería más lógico profundizar en las profecías de Isaías, las cuales hablan de la personificación de Dios en el puro amor y paz. Sin embargo, Ezequiel opta por subrayar la faceta temerosa y alarmante de la supuesta personalidad de Dios, y éste análisis podría llevarnos decenas de artículos.

 

Apuntes Finales

Hemos analizado en estos tres artículos los principales elementos relacionados con la mitología judía en el Tanaj. Existe un mundo entero, inmensamente rico en mitología, en la literatura post-bíblica. Sin embargo nuestro mandato se limita a los libros que componen el Tanaj. Tal vez, en un futuro, volvamos a sumergirnos en el mar de los monstruos, ángeles y héroes, que nos llenan la mente de reflexiones y el espíritu de fantasías.

 

TINTA ROJA: El Vampiro y su presencia en la Literatura.

TINTA ROJA: El Vampiro y su presencia en la Literatura.

 

En 1847 nace en Dublín Bram Stoker y cincuenta años más tarde, en mayo de 1897, la editorial inglesa Contable Press le edita una novela cuya trascendencia superará todos los sueños del autor. Stoker había publicado ya otras obras de tipo fantástico, pero la edición de Drácula marcará un momento histórico para la literatura fantástica y de terror. De hecho eclipsará toda la obra anterior y posterior de este irlandés y grabará a fuego en el gusto de las generaciones por venir el deseo de contar historias de estas criaturas de la noche, de los no muertos, cimentando con su personaje un icono que ese arte industrial llamado cine adoptará sin recelo y del que la literatura se seguirá alimentando hasta nuestros días.

Pero vayamos paso a paso, y un posible comienzo podría ser indagar en el origen mismo de estas criaturas. Para eso debemos remontarnos a las tradiciones pobladas de demonios como Lilith, de origen asirio-babilónico, cuya figura desnuda y de largos cabellos revueltos que a veces terminan en forma de serpiente. Libidinosa con los hombres, suele arrancar los recién nacidos a las madres para beber su sangre, comer su carne y absorber la médula de sus huesos. En la mitología griega encontramos a las estriges, las lamias y las empusas. En China, el horrible Chíng shuh reanimaba cadáveres y comía carne humana y en la India, el baital, un cadáver reanimado, podía asumir la forma de un murciélago. Pero poco tienen que ver todas estas zoologías infernales con el vampiro que ha llegado hasta nuestros días.

"Todo lo que tenemos que hacer es seguir las tradiciones y las supersticiones...porque estas dos cosas - la tradición y la superstición- lo son todo."

Estas sabias palabras pertenecen al más grande cazador de vampiros que haya existido: Abraham Van Helsing. Y no le faltaba razón porque recién en el siglo XVIII  el vampiro aparece en la escena europea y esto es gracias a la superstición, aunque aún no es una figura propiamente literaria ni mucho menos romántica o épica. El vampiro representaba entonces la metáfora de la epidemia de la peste.

Imaginemos el siguiente cuadro: Europa Oriental, Los Balcanes, la peste haciendo estragos, diezmando la población, adornando los campos con los cuerpos de adultos y niños fallecidos, cuerpos que desprenden los fétidos aromas de la muerte (un siglo después, Edgar Allan Poe tomará revancha contra las elites aristocráticas en "La Máscara de la Muerte Roja"). Como pueden ver, una pintura que no tiene nada de romántica.

De estas poblaciones rurales saldrán los primeros informes sobre vampiros, muertos que se levantan de sus tumbas e infectan a otros, y ¡beben su sangre! Las principales capitales de Europa deciden echar un vistazo y así surgen informes pseudos-científicos sobre estos seres, y los intelectuales discuten sobre la veracidad de los casos expuestos, a caballos siempre entre la superstición más pura y la necesidad de mantener la sumisión popular a los agentes de dios omnipotente.

 

POLIDORI: El primero

"De la tumba yo me he levantado / a buscar mi prometido bien / para hallar al hombre por mi amado / y beber la sangre de su sien. / Cuando ocurra así / yo me iré de aquí / a buscar otros hombres también..." ("La novia de Corinto", J.W. Goethe)

Un nuevo escenario se abre en el siglo XIX. Los peligros de nuevos brotes de superstición han quedado relegados a los confines rurales y en las ciudades el vampiro sólo visitará a los poetas y a los novelistas. Los románticos se entregarán a una búsqueda exacerbada por lo extraño (que muchas veces los conducirá -como en el caso de Poe o Maupassant- a la autodestrucción) e, indagando las más oscuras regiones del alma humana, surgirán pesadillas voluptuosas y macabras. Lo horripilante es ahora la nueva categoría del gusto, la nueva fuente de placer.

Con estas ideas en la cabeza, mucho talento y fascinados por lo maligno, esta generación de escritores volcará sobre el papel historias sobrecogedoras, abordando temas relacionados con fantasmas, vampiros y con todo aquello sádico y morboso que puedan producir el máximo horror. Milton, con el "Paraíso Perdido" marcará el arquetipo de belleza satánica, ángeles caídos disfrutando de las delicias de un Edén donde se dan cita todas las pasiones humanas, y un poeta, Lord Byron, será quien encarne, gracias a su fuerte personalidad, el modelo de la trasgresión llevada al paroxismo. Flaubert dirá de él: "...No creía en nada sino en todos los vicios, y en un Dios vivo que existe solamente para hacer posible el placer del mal..." Bajo estas premisas tan cercanas al vampirismo no resulta raro que Byron inspirara el primer cuento de vampiros.

"El vampiro. Un cuento", se publica en 1819. Su autor, John Polidori, era el secretario y médico personal de Byron, relación penosa para ambos pero sobre todo para Polidori que era el blanco de todos los sarcasmos y desprecios del poeta. Polidori morirá a los veintiséis años de sobredosis. En su relato introduce al pérfido Lord Rutheven que será el prototipo de vampiro de la literatura inglesa: el distinguido y canalla aristócrata, frío y calculador, enigmáticamente perverso y terriblemente fascinador con las mujeres, precisamente lo contrario de su autor.

Los vampiros están de moda, pero habrá un libro catalizador de este onirismo reinante: "Varney, el vampiro o La Fiesta de la Sangre", de James M. Rymer, donde el vampiro Francis Varney protagoniza una incansable repetición de historias húmedas y sangrientas con todos los excesos kitsch de la novela gótica: noches frías de viento ululante, gritos exasperados, puñaladas, disparos y un sinfín de exclamaciones de sangre y muerte... Motivos que, con el tiempo, se harán clásicos y dejarán una huella notable en el "Drácula" de Stoker.

 

EL CONDE QUE VINO DE LEJOS

Inspirándose en el príncipe valaco Vlad Tepes, conocido también como Vlad el Empalador, cuya vida agitada transcurrió en pleno siglo XV, Stoker hilvanó una novela inquietante, cuyos mayores méritos radican en su estructura narrativa que se va construyendo a través de distintos puntos de vista, haciendo avanzar la historia de manera fragmentada, ya que la suma de los diarios, cartas y artículos de cada personaje conforman el todo del relato.

Otro aspecto notable es, pese a las diferentes versiones fílmicas y posteriores juegos literarios con el personaje, la ausencia protagónica del conde. La novela, al trabajar sobre los dichos de los otros personajes, siempre que se  menciona a Drácula es por la narración de un tercero: Jonathan Harker al principio en Transilvania; Mina, al traspasar las notas del encuentro del grupo de perseguidores del Conde, en una de sus casas de Londres, etc. Esta limitación resulta un acierto, porque aunque las apariciones de Drácula de manera física son pocas su presencia es sobradamente fuerte a través de los temores y crueldades que les inflige a nuestros héroes.

"Drácula" combina suspenso y aventuras con elementos extraños y fantasiosos, muchos de ellos surgidos de los mitos sobre vampiros. Por ejemplo, la tierra de la que proviene el conde, Transilvania, fue un siglo antes presa de la peste. Otra curiosidad sobre la novela que se aleja de sus revisiones posteriores es que en el libro de terror hay fuertes vínculos entre los protagonistas (amistad, matrimonio, lealtad, que, por ejemplo los impulsará a vengar la muerte de la desdichada Lucy). No faltan tampoco las situaciones sádicas y sensuales que despiertan tanto odio como horror, ni ninguno de los tópicos clásicos: hay estacas, colmillos, mujeres en ropa de cama -sugerentes como bellas-, lobos, niebla, persecuciones, tumbas, cementerios...sangre.

 

SENSUALIDAD Y COLMILLOS

Si en la primera mitad del siglo XIX el amante fatal es un hombre, en la segunda, la mujer tiene mayor presencia. De belleza salvaje y exótica o angelical, de líneas voluptuosas y siempre lujuriosas, estas damas contaminadas por la presencia inequívoca de la muerte encontrarán en la pluma de otro irlandés, Joseph Sheridan Le Fanu, su obra cumbre, considerada por muchos el mejor relato de vampiros.

"Carmilla" (1872) centra su historia en una mórbida pasión lesbiana que insinúa mucho más de lo expresado y logra descubrir con hondura lo venenoso que puede resultar una pasión establecida sobre las intensidades más suaves de la languidez. La vampira Carmilla hará de las suyas acosando a su joven víctima que le ha dado alojamiento en su castillo, y a medida que esta no muerta va extasiándose con la vida que ha decidido tomar, para la víctima se desata un juego de seducción peligroso y lleno de extrañas y tumultuosas sensaciones.

Goethe con "La Novia de Corinto" (1797) y Baudelaire con "La metamorfosis del Vampiro" (1857), explorarán la sensualidad misma del alma femenina vampírica, tan seductora e irresistible, tan letal y voraz, a través de la poesía.

El tema vampírico desarrollado en el siglo XIX encierra infinidad de variaciones. Aparte de las líneas trabajadas con el arquetipo del lord satánico y la mujer fatal, encontramos en el vampiro del folklore relatos sobre leyendas populares y rurales que recrean un terror primitivo, enriquecidos con las descripciones regionales, ya sea en una aldea rusa ("La Familia del Vurdalak" de A. Tolstoi) o en Calabria, como la obra de Marion Crawford "Pues la Sangre es Vida", que se destaca por su sencillez y su fuerza plástica. Otros buenos ejemplos pueden ser "La tumba de Sara" de Loring, "El Viji" de Gogol, "La Guzla" de Merimée o "El Misterio de Ken" de Julian Hawthorne, que sitúa su historia en Irlanda.

Por último, está la fuerza invisible, el vampirismo psíquico como en "El Parásito" de Arthur Conan Doyle, "El Horla" de Maupassant o "Transferencia" de A. Blackwood. Colmillos invisibles que penetran en lo más profundo del alma humana, contaminando y llevando a su víctima a una paranoia morbosa y descontrolada. La descendencia de las criaturas surgidas en el siglo XIX ha llegado hasta nuestros días...

 

VAMPIROS: SIGLO XX

El personaje de James Woods en "John Carpenter´s Vampires" ("Vampiros" 1998) suelta a boca de jarro que los vampiros "no son esos seres refinados y amanerados que pintan las novelas".

Seguramente Richard Matheson habría estado de acuerdo. Sin embargo, este escritor estadounidense de prosa dura y concisa escribió una de las mejores y más originales novelas de vampiros en lo que va de este siglo: "Soy Leyenda" (1954). El libro parte de la premisa de una sociedad invertida, donde los vampiros son cazados por el último sobreviviente de una raza extinguida: los seres humanos. La obra de Matheson es desafiante y cruda.

Pero así como se producen puntos de contactos inevitables, se disparan diferencias notables, ya que un tema frecuente en la literatura vampírica que se escribirá en el siglo XX, es el de indagar en el origen mismo del vampiro. Explicar su historia es una constante y parece ser, salvo excepciones, una regla de oro al momento de escribir una novela de vampiros. Narrar sus dotes y su metamorfosis nos puede llevar desde un ser cuyo centro es una especie de molusco Lovecraftiano a seres de belleza infernal poseídos por un ente maligno hace mucho tiempo atrás.

Perdida la inocencia y el aura romántica, la riqueza de la literatura de este siglo radica en la búsqueda de las alternativas del tema vampírico o, partiendo del modelo y la historia clásica, minarlo con códigos actuales, violencia, belleza, sexualidad, lesbianismo y homosexualidad, sangre y más sangre, siempre buscando innovar, aunque el arquetipo impuesto por el lord satánico y la mujer fatal siguen siendo los más usados.

La literatura de historia alternativa propone un encuentro con una historia clásica pero fracturada y vuelta a ordenar de acuerdo a nuevos parámetros, introduciendo nuevos personajes o utilizando otros famosos.

Pero la palma a lo alternativo se lo lleva otro escritor y crítico de cine inglés, Kim Newman, que allá por 1922 se preguntó lo que hubiera ocurrido si Van Helsing y Jonathan Harker hubieran fracasado y el plan de conquista de Drácula hubiera sido un éxito. "El año de Drácula" se sitúa en 1888, Van Helsing y Harker están empalados en las puertas del Palacio de Buckingham, Drácula se ha convertido en príncipe consorte de la reina Victoria y Gran Bretaña es una isla plagada de vampiros mutantes, donde se tejen intrigas y se persiguen asesinos seriales de vampiros. Utilizando los personajes de Stoker (los que han sobrevivido, claro, porque Mina y Arthur han sido convertidos en vampiros), los mezcla con otros personajes famosos de la literatura y del cine. Newman nos muestra a Madame Stoker como anfitriona de fiestas mientras su marido (el escritor Dom Bram) cumple junto a Sherlock Holmes penitencia en un campo de concentración; o al Barón Orlok, que no es otro que el Nosferatu de Murnau, que es carcelero en la Torre de Londres, lugar que se ha convertido en una prisión donde la tortura está a la orden del día. El Dr. Jeckyll trabaja codo a codo con el Dr. Murnau (la creación de Wells) y una descendiente de Carmilla ayuda a un agente británico en una intriga contra el régimen impuesto por el Empalador.

"El año de Drácula" tendrá una secuela ubicada en plena primera guerra mundial: "El Sanguinario Barón Rojo" que narra como Alemania y el Imperio austrohúngaro se levantan contra el resto de Europa. Tan original como la primera, mezcla política y ciencia ficción con una sátira de la guerra. Como bonus aparece Edgar A. Poe, quien es contratado para escribir la historia de un comando muy particular liderado por otro famoso, el Barón Rojo.

Otro caso de historia alternativa con el príncipe valaco de por medio, es la obra de Brian Stablefore "El Imperio del Miedo", donde Dragulya se enfrentará a otro personaje célebre ahora devenido en vampiro: nada más ni nada menos que Ricardo Corazón de León.

 

KING, RICE Y OTROS CHUPASANGRE MODERNOS

Salem´s Lot es un pueblo tranquilo donde nada espectacular ni extraño sucede. Bueno...nada sucedía. Cierto día dos hechos tornarán esa tranquilidad en una pesadilla: celebre escritor (no podía ser de otra manera) decide asentarse en el pueblo para escribir una novela sobre una casa y sus misterios. Esa casa, más bien una mansión (ubicada en una colina por supuesto), es comprada por unos extraños personajes. Imaginen el resto.

La pluma efectiva y profesional del señor Stephen King convierte esa típica fórmula pueblo chico / infierno grande a la que ya nos tiene acostumbrados, en una novela escalofriante, donde el horror de la violencia y la muerte se van apoderando lentamente de los habitantes de Salem´s Lot...y del lector. Un pueblo infectado por vampirismo, una prosa directa y personajes atractivos que se perderán en el abrazo del vampiro, eso es "La Hora del Vampiro" (Salem´s Lot"), cuyo comienzo está entre lo mejor que se ha escrito, porque aquello que se insinúa resulta más certero que lo que se muestra.

La imaginación exuberante y violenta de Brian Lumley a lo largo de sus "Crónicas Necrománticas", cinco volúmenes hasta la fecha, dan vida a un universo donde necroscopios y nigromantes, espías, muertos que se levantan de sus tumbas, conviven con vampiros cuyo núcleo existencial son una criaturas amorfas y hediondas a la manera del más puro Lovecraft. Grupos de espías paranormales rusos e ingleses y Wamphyris (vampiros) se enfrentan a lo largo de la saga, siendo sin duda el primero de los libros - "El que habla con los muertos" - una obra rebosante de ingenio y horror. Allí conoceremos la historia de Harry Keogh, un joven necroscopio (que puede comunicarse con los muertos y estos lo adoran).

Si "Carmilla" de Le Fanu es una exaltación a la belleza y las pasiones voraces jugando con el lesbianismo, la literatura contemporánea se ha encargado de embellecer aún más a esos demonios chupasangre que habitan la noche eterna. Siguiendo este modelo y llevando las pasiones a la insinuación homosexual (y el horror más atroz está justificado pro las atormentadas almas de sus protagonistas), "Las Crónicas Vampíricas"  de Anne Rice se van transformando de a poco en una saga épica, como si de una gran familia se tratara.

"Entrevista con el Vampiro" abrirá la saga en 1976. Allí se presentan los dos pilares de las historias por venir, Louis y Lestat, siendo este último, a partir del segundo volumen, "Lestat El Vampiro", el verdadero protagonista de las crónicas. El mérito principal de la obra de Rice es haber encontrado un equilibrio entre la novela de terror y elementos románticos góticos  y ahondar en las atribuladas mentes de sus protagonistas, especies de semidioses sangrientos a los que no les falta belleza ni problemas.

La historia va de a poco introduciendo otros personajes, algunos vampiros, otros en vía de serlo, y el delirio vampírico alcanza su punto máximo en "La Reina de los Condenados", hasta desembocar en el apocalíptico "Memnoch el Demonio", donde Lestat se las verá negras al conocer y enfrentar ni más ni menos que a Dios y al Diablo. Sin ocultar sus toques melodramáticos, Rice ha logrado construir alrededor de la figura clásica del vampiro seductor una historia con raíces en el tiempo, dotando de un fondo histórico a cada personaje y llegando a la esencia misma del vampiro, su origen: un demonio que posee a dos jóvenes señoritas en la época de los faraones.

Con la reciente edición de "La Vampiro Pandora", Rice inicia una nueva serie de historias de vampiros unidas todas por David Talbot, un investigador de fenómenos paranormales, ahora convertido en vampiro por Lestat en "El cuento del Ladrón de Cuerpos", que se ha propuesto ser el historiador de sus compañeros de fortuna.

La lista es larga, poblada. La literatura vampírica se alza a través de los siglos, vigorosa en creatividad y cantidad. La sensualidad que despierta en la mente humana la sangre, la inmortalidad de la carne, la sofisticación de lo maligno o simplemente el horror de los antiguos mitos, siguen seduciendo a los fatídicos e incansables humanos que caminan sus días buscando en los rincones de sus inimaginables sueños cínicos y reprimidos historias trágicas y tenebrosas.

Voluptuosas historias que navegan por los siglos sedientas de ser contadas desde que el hombre habitó la tierra, y degustó el sabor de la carne y el placer de la sangre, y un redentor osó decir que no debe mezclarse la sangre con la carne porque eso es pecado. Y el pecado ha sido y es infinitamente más interesante. 

 

Texto extraído de:

http://www.geocities.com/houseofnekhbet/oldsite/literatura.htm

 

Los Hombres Lobo en la Literatura

Los Hombres Lobo en la Literatura

 

Al igual que el Drácula de Stoker o el Frankenstein de Mary Shelley, el mito del Hombre Lobo también tiene raíces muy fuertes en la literatura pese a que no ha sido uno de los personajes mas explotados por los autores.

Como ya antes había mencionado, quizá la primera referencia al hombre lobo fue en el año 7 d.c. y provenía de "Las Metamorfosis" De Ovidio en donde se relata la historia de Licaon a quien Zeus convirtió en lobo como castigo. Referencias más explícitas a la licantropía las podemos encontrar en el "Satyricón" de Petronio (siglo I), donde se describe la historia de Nicero, testigo ocular de la transformación voluntaria de un soldado en lobo.

Finalizada la época de la caza de brujas, habiendo entrado la Humanidad en el brillante siglo XIX en que la luminosidad que aportaba la ciencia intentaba desterrar toda neblina de oscurantismo e ignorancia, el mito del Hombre Lobo se arraigó en la literatura y produjo la aparición de obras interesantes en el naciente género terrorífico: en 1838 se publicó una fantasía sobre hombres lobos en el campo de Kent llamada "Hughes, El Hombre Lobo" de Sutherland Menzies. También existe una mujer lobo de Transilvania que comía niños en "La Nave Fantasma // El Lobo Blanco De Las Montañas Hartz" (1839) del Capitan Fredrick Marrayat.

En 1846 se publican los 77 capítulos de "Wagner, El Hombre Lobo"de George W. M. Reynolds en donde se narra la historia de Wagner, un campesino alemán que hizo un pacto con el diablo, ganando vida eterna con la condición de convertirse en un hombre lobo cada siete años. Sobre la misma línea del pacto diabólico para convertir a un hombre en lobo tenemos la obra "El Jefe lobo" de Alejandro Dumas publicada en 1857. En "Hugo, el lobo" (1859) la pareja de Emile Eerckmann y Alexandre Chatrian, nos sitúa en una boscosa y nevada Selva Negra alemana para contarnos los terribles infortunios que padece el viejo conde de Nidck a causa de la herencia maldita de su sangre, y que vuelven periódicamente cada invierno con la presencia en los montes que rodean el castillo de una misteriosa y siniestra anciana a la que los lugareños llaman 'La Peste Negra'. Más tarde en 1865 Sabine Baring-Gould también tuvo su aporte con "El libro De Los Hombre Lobo", una obra no ficcional que fue muy difundido y se convirtió quizás en la más importante al respecto de todo el siglo XIX.

Ya en los albores del siglo pasado podemos encontrar la aventura de John Silence, el investigador de lo oculto creado por Algernon Blackwood, llamada "El Campamento del Perro" (1908) donde surge la licantropía psíquica, o "La Marca de la Bestia" (1932) de Rudyard Kipling donde se describe una dramática transformación a consecuencia de una maldición religiosa. Pero no fue hasta 1933 en que Guy Endore llegó a convertirse en el equivalente licantrópico de Bram Stoker con su novela "El Hombre Lobo De París", la cual es el relato de la lucha del hombre por reprimir sus instintos animales, en donde Aymar Galliez narra la sorprendente historia de su sobrino, Bertrand, que desde niño muestra un comportamiento extraño por las noches. Con el tiempo, Bertrand descubre que sus pesadillas, en las que se convierte en una bestia salvaje, son realidad.

Finalmente remontándonos a autores un poco mas contemporáneos tenemos por ejemplo a Stephen King con su novela "El Ciclo Del Hombre lobo" (1983) en donde se narra que en tan sólo un año puede morir mucha gente y sólo un niño tendrá la habilidad de descubrir quién es el asesino que se transforma a la luz de la luna llena. Y será él mismo quién se encargará de deshacerse de él. Otra novela sobre el tema que el mismo autor escribió en mancuerna con Peter Straub es "El Talismán" (1984) donde se retrata a los hombres lobo como protectores del Mundo de los Territorios. Un hombre lobo en particular (llamado lobo) ayuda al joven Jack Sawyer en su aventura para localizar un artículo antiguo de poder.

El autor Whitley Strieber exploró también estos temas en sus novelas "The Wild" (1991) en las cuales se retrata al hombre lobo como medio con el que se trae de vuelta a la naturaleza la inteligencia y espíritu humano, y "The Wolfen" (1978) en el que los hombres lobo se retratan como depredadores de la humanidad, actuando como control "natural" en su población ahora que han sobrepasado los límites tradicionales de la naturaleza.

En 1989 la novela "Howling Mad" de Peter David toma el argumento inusual de ofrecer un lobo que ha sido mordido por un hombre lobo, y como resultado convirtiéndose en un "lobo-hombre". El lobo-hombre provee al lector con una perspectiva única sobre la civilización humana.

Y aunque su tema principal no es la licantropía, en la saga de Harry Potter tenemos a Remus John Lupin, hombre lobo amigo del padre de Harry que aparece por primera vez en "Harry Potter y el prisionero de Azkaban" (1999), el tercero de los siete libros planeados de la serie escrito por J. K. Rowling.

Muchos de estos textos han sido adaptados a la pantalla grande para crear los grandes clásicos cinematográficos del hombre lobo, pero ésa es ya otra historia...

 

Loup D'Hermite.

Texto extraído de:

http://loupdhermite.awardspace.com/archives/2006/08/entry_191.html

LA SIRENA EN EL MICRORRELATO MEXICANO

LA SIRENA EN EL MICRORRELATO MEXICANO

 

EDICIÓN NO VENAL.
Compilación de Javier Perucho*

 



Mariano Silva y Aceves

DOÑA SOFÍA DE AGUAYO



Doña Sofía de Aguayo, la víspera de sus segundas bodas, buscaba con ansiedad en la arquilla de marfil calado que le servía de joyero, y sobre su lecho caían rosas de diamantes, perlas desgranadas, pesados aretes, cadenas de oro y cintillos con mil adornos produciendo un alegre sonido. Allí creía tener guardada una prenda de su primer amor, que su confesor le pedía con exigencia, so pena de impedir el matrimonio. Fue vana la tarea. El interior de raso azul quedó vacío y doña Sofía, después de remirarlo, arrojó el arca como cosa inútil. Buscó afanosamente en todas partes sin mejor fortuna, y acabó por ver en ese contratiempo la señal de su desdicha en las futuras bodas.
Su apellido y su riqueza, para las gentes de su tiempo, en toda la Nueva España, eran títulos que obligaban a los mayores miramientos; pero su hermosura daba confianza a los corazones más castigados y ella gustaba de los martirios de amor.
Con esos pensamientos, aquella misma tarde, escribió al que iba a ser su esposo, su resolución de romper los pactos otorgados, en bien de su alma. Y todavía sonaba el rasgueo de la pluma de ave en la amarillenta cartulina, cuando del rico encaje de la manga cayó sobre el billete un pequeño camafeo con bordes de oro, en cuyo centro, con aire de malicia, tocaba la doble flauta una sirena.



 




Julio Torri

A CIRCE

¡Circe, diosa venerable! He seguido puntualmente tus avisos. Mas no me hice amarrar al mástil cuando divisamos la isla de las sirenas, porque iba resuelto a perderme. En medio del mar silencioso estaba la pradera fatal. Parecía un cargamento de violetas errante por las aguas.
¡Circe, noble diosa de los hermosos cabellos! Mi destino es cruel. Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí.

 




Raúl Renán

CIRCE


Gracias a mi mente que se mantuvo humana, a salvo de los hechizos de la diosa, logré escabullirme, y al llegar a las afueras cayó sobre mí un puerquero que me sometió venciendo mis chillidos.

 




Salvador Elizondo

AVISO


La isla prodigiosa surgió en el horizonte como una crátera colmada de lirios y de rosas. Hacia el mediodía comencé a escuchar las notas inquietantes de aquel canto mágico.
Había desoído los prudentes consejos de la diosa y deseaba con toda mi alma descender allí. No sellé con panal los laberintos de mis orejas ni dejé que mis esforzados compañeros me amarraran al mástil.
Hice virar hacia la isla y pronto pude distinguir sus voces con toda claridad. No decían nada; solamente cantaban. Sus cuerpos relucientes se nos mostraban como una presa magnífica.
Entonces decidí saltar sobre la borda y nadar hasta la playa.
Y yo, oh dioses, que he bajado a las cavernas de Hades y que he cruzado el campo de asfódelos dos veces, me vi deparado a este destino de un viaje lleno de peligros.
Cuando desperté en brazos de aquellos seres que el deseo había hecho aparecer tantas veces de este lado de mis párpados durante las largas vigías del asedio, era presa del más agudo espanto. Lancé un grito afilado como una jabalina.
Oh dioses, yo que iba dispuesto a naufragar en un jardín de delicias, cambié libertad y patria por el prestigio de la isla infame y legendaria.
Sabedlo, navegantes: el canto de las sirenas es estúpido y monótono, su conversación aburrida e incesante; sus cuerpos están cubiertos de escamas, erizados de algas y sargazo. Su carne huele a pescado.

 




Edmundo Valadés

LA BÚSQUEDA


Esas sirenas enloquecidas que aúllan recorriendo la ciudad en busca de Ulises.

 




Augusto Monterroso

LA SIRENA INCONFORME

Usó todas sus voces, todos sus registros; en cierta forma se extralimitó; quedó afónica quién sabe por cuánto tiempo.
Las otras pronto se dieron cuenta de que era poco lo que podían hacer, de que el aburridor y astuto Ulises había empleado una vez más su ingenio, y con cierto alivio se resignaron a dejarlo pasar.
Ésta no; ésta luchó hasta el fin, incluso después de que aquel hombre tan amado y deseado desapareció definitivamente.
Pero el tiempo es terco y pasa y todo vuelve.
Al regreso del héroe, cuando sus compañeras, aleccionadas por la experiencia, ni siquiera tratan de repetir sus vanas insinuaciones, sumisa, con la voz apagada, y persuadida de la inutilidad de su intento, sigue cantando.
Por su parte, más seguro de sí mismo, como quien había viajado tanto, esta vez Ulises se detuvo, desembarcó, le estrechó la mano, escuchó el canto solitario durante un tiempo según él más o menos discreto, y cuando lo consideró oportuno la poseyó ingeniosamente; poco después, de acuerdo con su costumbre, huyó.
De esta unión nació el fabuloso Hygrós, o sea "el Húmedo" en nuestro seco español, posteriormente proclamado patrón de las vírgenes solitarias, las pálidas prostitutas que las compañías navieras contratan para entretener a los pasajeros tímidos que en las noches deambulan por las cubiertas de sus vastos trasatlánticos, los pobres, los ricos, y otras causas perdidas.

 




José de la Colina

LAS SIRENAS


Otra versión de la Odisea cuenta que la tripulación se perdió porque Ulises había ordenado a sus compañeros que se taparan los oídos para no oír el pérfido si bien dulce canto de las Sirenas, pero olvidó indicarles que cerraran los ojos,
y como además las sirenas, de formas generosas, sabían danzar...

 




René Avilés Fabila

LAS SIRENAS O LA LIBRE EMPRESA


Cierto balneario hubo de adquirir, para fines estrictamente propagandísticos, un lote de sirenas. Traídas en peceras anchas y altas, las distribuyeron por todas las piscinas. Para que no extrañaran su lugar de origen, también se compraron pececillos dorados, caballos de mar y uno que otro tritón. El siguiente paso fue ahondar las albercas y colocar un letrero luminoso que con descaro anuncia a las bellas y sugestivas sirenas e indica tarifas.
Ninguno nada por admirarlas. Su belleza es elocuente. Pero como lanzan al viento su voz que encanta a los humanos hasta cultivarlos y hacerles olvidar a la mujer y a los hijos, es indispensable tener dos o tres salvavidas -cuyos oídos están tapados con cera dulce- dispuestos a evitar que alguna persona se ahogue al arrojarse tras ellas.
La clientela, masculina en su totalidad, abarrota las piscinas desde entonces. Los balnearios cercanos, sin recursos económicos suficientes para contrarrestar la hábil propaganda, tuvieron que cerrar por quiebra, ya que sus albercas se habían secado de soledad.
(El pez grande se traga sin remedio al pequeño.)

 




Felipe Garrido

MUCHO TIEMPO DESPUÉS


Mucho tiempo después, una noche tuve un sueño maravilloso. Soñé que estaba a la orilla del mar, en una playa rocosa. Las olas reventaban y la espuma me salpicaba. Comencé a oír una canción; la canción más hermosa que he escuchado jamás. La cantaba una sirena rodeada de peces, que tocaba su guitarra en el agua, cerca de la orilla.
A la mañana siguiente me levanté tempranito. Era domingo y todos dormían. Me vestí sin hacer ruido, para no despertar a mi hermano; bajé las escaleras, atravesé el patio y entré al taller. ¡Qué quieto, qué callado estaba! Hacía un poquito de frío. Junto a la ventana, en una repisa, había un montón de barro, cubierto con un trapo mojado. Puse un poco en uno de los tornos, me eché agua en las manos y comencé a trabajar.
Dentro de mí yo seguía viendo a la sirena que cantaba. Cerraba los ojos y la veía tan claramente como en mi sueño. Comencé a copiarla con pedacitos de arcilla. Trabajé mucho tiempo, sin moverme de mi lugar. Le puse su corona de plumas, su guitarra, sus collares, su gran cola de pescado. Luego la vi completa, mi sirena, y me gustó. Al final le puse por fuera, también de barro, un corazón.
-Eres un artista -me dijo el abuelo al rato, cuando la vio. La llevamos al horno. Luego la pinté. La puse en mi cuarto, arriba de la mesa. En las noches, cuando me estoy quedando dormido, como que la oigo cantar.

 




Agustí Bartra

CIRCE

"No hay sueños en mí, Ulises. No proyecto sombra sobre cosa alguna. El mundo es como una rueda radiante que comienza a girar cada mañana cuando abro los ojos. ¡Es todo tan sencillo! Un pájaro atraviesa el cielo: vuela, nada más. Una herramienta es brillante y dura: ha sido hecha por el ingenio. El mar está siempre despierto; las piedras duermen siempre. Yo no sueño, Ulises: cuento: una brizna, las estrellas, el aroma del heno, la lluvia, los árboles. Y como no quiero repetir nada, a nada le pido permanencia. La vida es como el agua: tócala con la mano abierta y la sentirás vivir, siempre igual en su fuga. Pero si aprietas la mano para cogerla, la pierdes. Mucha gente ha pasado, de muchas leyes y distintos países, por esta casa a orillas del mar. Y en cada uno la felicidad tenía un nombre diferente; pero se trataba siempre de alguna vieja y arrugada historia que llevaban a cuestas. ¡Quédate, Ulises!"

 




Guillermo Samperio

SIRENAS TAJANTES


Mientras escribía un relato en mi nueva computadora, escuché de pronto un sonido de guitarras a mi espalda; al principio no le di importancia, pero al poco rato recordé que no tenía radio ni aparato alguno en funciones. Pensé en un guitarrista callejero, pero la música era tan vívida dentro de la casa, que dispuse asomarme a la sala. Allí encontré una pecera enorme que nadie había traído y dentro de ella dos sirenas entonando canciones de Heitor Villa-Lobos; me miraron, me sonrieron y yo me acerqué a ellas con ganas de enamorarme de cualquiera, o de las dos. Cuando toqué el vidrio con la intención de meterme al agua y hacer el amor con las sirenas, la pecera reventó como un gran globo de Cantoya y, para acabarla de amolar, desaparecieron las mujeres de cola de pescado. Regresé confundido a mi computadora y escribí esta constancia de la posibilidad imaginativa de la electrónica ante la contundencia de lo fantástico.

 




Marco Antonio Campos

EL CANTO DE LAS SIRENAS


Cuando llegué a la isla creí que las sirenas me esperaban desde siempre. Yo, que huía de mí, de una mujer, de los días de fracaso que caían en mi sangre como la luna en el mar, buscaba perderme en la espesura de su canto. ¿La causa? -preguntarán-. Fue desde aquella mañana de invierno cuando supe que el amor era un engaño de la sangre; cuando supe que la ternura o la piedad eran dos fieras inútiles en las selvas del hombre. Por eso quise perderme; por eso quise escuchar su canto, que aun siendo el más dulce, el más hondo, será para mí, de todos modos, un pretexto más para la tristeza. Yo quiero oírlo, ya...
Estoy cruelmente satisfecho. Me doy cuenta que incluso en la destrucción se puede hallar la felicidad. Sonrío al recordar el pasado, aunque en esa sonrisa -no hay remedio- haya el signo de la derrota. Pero qué importa, ¡bah!, me muero de tristeza y rencor.
Miro el atardecer: los dientes blanquísimos de las olas, las nubes que empiezan a calcinar con sus dedos las ramas del horizonte. ¿Las voces? ¿Las voces? ¡No se oyen ya las voces! Grito desesperadamente. El barco pasa.
Lloroso, impotente, lo evidencio: las sirenas no cantaron para mí...

 




Marcial Fernández

LA SIRENA


La vi y me quedé boquiabierto: sin duda era una sirena. Cabellos rojos, rostro de infanta, pechos frondosos y cola de pez. En ese momento sentí que mi sola presencia la aterró, pues se revolvía espantosamente como si quisiera escapar de algo: su torso desnudo y su monstruosa cola emergían y desaparecían a ras de la marea. Su canto, asimismo, se asemejaba más a un lamento que a una entonación melodiosa. La imagen duró apenas unos instantes. Más tarde me enteré que en esa misma playa una mujer fue devorada por un tiburón.

 




Ana Teresa Peralta

SIRENA SIN MAR


Nació y creció siempre cerca del mar. Ella, como sus cinco hermanas, amaba todo lo que se relacionara con el océano; de hecho, no conocía otro lugar tan encantador y maravilloso.
Lola era la más pequeña de aquella singular familia y se caracterizaba por ser la más hermosa de sus hermanas, lo que no quiere decir que ellas no lo fueran, pero Lola las opacaba con su tierno y hermoso rostro.
Como había nacido cerca de la playa, no fue necesario enseñarle a nadar, sólo la mayor le mostró cómo se debía mover dentro del agua. Lola aprendió con gran rapidez, poseía una enorme gracia para nadar como sirena y sus hermanas comenzaron a llamarla así: Sirena. Jugaban a que lo eran y se disfrazaban construyendo con la arena sus largas colas.
Desde pequeña escuchó aquel sustantivo y empezó a creer que era cierto; pasaba las horas nadando y perdiéndose en el océano, de verdad creía ser una sirena y no había nada que mostrara lo contrario. Fue tanta su fantasía que imaginaba tener una aleta brillante y hermosa cada vez que se clavaba en las olas. Sus hermanas comenzaron a preocuparse por su pequeña hermana, no era normal lo que hacía y en su desesperación llamaron a un especialista.
Cuando el médico evaluó a Lola le diagnosticó una enfermedad que le creaba alucinaciones y necesitaba ser internada. La noticia fue muy difícil de aceptar, pero al final su familia cedió.
Lola gritaba, pataleaba, mordía, lloraba, ¡no podían separarla de su hogar! Decía que si la privaban de la sal del océano iba a secarse y convertirse en una mujer fea; gritaba desesperadamente que necesitaba ver el crepúsculo y el ocaso desde la playa, ¡no debían llevársela! Tuvieron que sedarla para poder trasladarla. Sus hermanas lloraban desconsoladas.
No hubo día en que Lola no exigiera que la llevaran a su casa, se mojaba el cabello, salía al patio cuando llovía, deseaba con toda su alma regresar a donde pertenecía.
Nunca regresó.

 




SOBRE LOS AUTORES

 

 

___________________________________________________________________________________

* Javier Perucho, editor y ensayista mexicano. Su libro más reciente es la compilación de ensayos Estéticas de los confines (México, Verdehalago, 2003).