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El Rincón del Diablo

LAS HORAS

LAS HORAS

¿Qué puedo escribir, madre,

ahora que mi cabeza está desanudándose

al compás de las horas? 

Las hojas ovaladas de mi rostro caen

y la perturbación convierte mi sonrisa

en un reflejo fantasmal que la noche expectora

dentro de un vaso de agua turbia.  

¿Qué puedo escribirte, madre,

en estas horas decapitadas y echadas a andar

en los suburbios del recuerdo? 

Sólo salen de mis manos versos toscos

hirientes putrefactos oliendo a mí

a bestia incólume que defeca en las esquinas

que orina sangre y maldiciones en los anchos muros

que se revienta los sesos contra una hoja de papel

y no consigue sacar las palabras exactas para tus ojos. 

No entiendo tu forma de amarme

odio tu misericordia fiel y mis manos pródigas

estas manos que recorrieron los senderos del otoño

las doce flores de primavera que alguna criatura me regaló con una mirada

la ausencia del tiempo presente en mis cabellos desnudos

odio que me ames tanto

porque no valgo nada.  

¿Qué he logrado escribir en esta hoja en blanco? 

Mis vocales y consonantes se conjugan sin acierto:

no logro sacar poesía de mis dedos

las horas pasan y mi lápiz es un esclavo del instinto. 

Mujer de níveas manos:

tu amor me desangra en los vértices de mi sombra

me restablece de mi cruz

inventa una hora nueva para la redención

vuelve a ponerse de pie para levantarme

y sobrellevar esta pesadilla terrenal. 

 

Christian Ahumada Heredia

 

LA PÉRDIDA DE LA PERFECCIÓN

LA PÉRDIDA DE LA PERFECCIÓN

Yo siempre había creído en mi abuela. Ella no sólo me había apoyado en la iniciativa, a espaldas de mis padres, sino que había prometido escuchar el relato de mi debut sexual para corregirme la actuación pero, qué chiste pesado, me interrumpió mi mamá cuando aún yo no había concretado nada. Estaba de pie, desnudo sobre el colchón, moviendo mi flauta para el gran concierto de esa noche, mi chica jugueteaba también, todo prometía, pero mamá abrió la puerta de mi cuarto. Se puso verde, después la vi amarilla y luego roja. Como un semáforo, pensé. Quise ser natural y presentarle a Rocío. Me llevaba dos años y era dueña de unas tetas descomunales, pero Rocío me defraudó con una súbita muestra de inmadurez: se escondió debajo de la sábana. Parecía un fantasma descuidado y me dio por reír. Una teta sobresalía de la sábana, columpiándose al compás de su respiración agitada. Agarraba tan fuertemente la sábana que yo no podía cubrir mi parte más sobresaliente. Mamá gesticulaba nerviosa; de semáforo pasó a ser veleta, daba la cara, daba la espalda, daba la cara, se volvía, pero no decía ni pío. Me costó entender que había ocurrido algo en casa.Después me enteré que mi madre se había levantado para tomar agua; siguiendo su ritual al beber agua de noche, en la oscuridad, había mirado hacia el jardín y sus ojos tropezaron con la sorpresa: la abuela. ¿La abuela? ¡La abuela! Tenía su balcón cuajado de claveles, sus flores favoritas. La dulce viejita me robó el shou cayéndose del balcón cuando estaba regando a deshora sus claveles. La regadera reposaba cerca de ella, junto a una de las macetas de claveles, y estaba desnuda, algo que mi padre no le perdonará nunca: se veía el tatuaje que se había hecho en las dos nalgas cuando los hippies batían alas y gritos y mi abuela pensaba en cantar rock en la luna y en tener sexo desenfrenado con gentiles extraterrestres generosamente excitantes. El tatuaje era hermoso: una cara que reproducía a mi abuela de joven, en los años 60, una cara cuya boca adquiría expresiones en dependencia del bamboleo de cada glúteo.Todavía papá tiene un tic por la vergüenza que sintió por la exhibición del culo de la abuela. Pero tampoco mi mamá iba a perdonarle a mi padre que estuviera en el garage en brazos de la vecina nueva. Fue la tercera sorpresa de la noche para mi mamá, que pensaba que papá estaría trabajando en su estudio de abogado, la correcta explicación para sus frecuentes y prolongadas ausencias nocturnas.Cuando salí del cuarto, Rocío seguía jugando a los fantasmas y mamá había recuperado el habla. Gritó al caer de las escaleras. Y siguió gritando más fuerte. Estaba histérica, más allá de que le doliera la pierna fracturada. Gritaba como si la estuviesen desollando: hablaba de la abuela, de los claveles y de mis bolas, me pedía que me vistiera y telefoneara al estudio de papá. Todo a los gritos, todo entremezclado. Había otros gritos, inexplicablemente, Rocío se había contagiado. Y yo también grité, para calmarme. Por culpa de nuestro desordenado comportamiento, mi padre salió desnudo del garage, y detrás, envuelta en la manta que mamá solía llevar a los picnis de cumpleaños, apareció la vecina nueva, una pelirroja alta digna de modelar para mascarón de proa y romper todos los océanos. Hubo testigos, y mamá, aunque no vio nada de eso, se enteró enseguida. Incluso, cuando la llevaban al hospital no quiso irse hasta recuperar su apreciada manta. De la abuela no se acordaba, gritaba por la pierna y por la manta, y no tuve más remedio que arrancársela a la bicha.Caray, qué cosas tiene la vida. Yo siempre había creído en mi abuela, hasta que murió. Desde entonces la enfoqué distinto. No se trata de pasarle la cuenta porque no pude contarle sobre mi debut, no, hablo de desengaño: mi abuela decía que yo era su compinche, que a mí podía contármelo todo. En reciprocidad, yo le contaba todo, hasta mis sueños más locos. Era una mujer de experiencia, muy desenfadada, y yo confiaba en su palabra. Pero no me habló del viejo cartonero que metía en su dormitorio. La muy zorra. Eso se lo guardó bien guardado. Se tragaba al viejo en silencio. Dada la impetuosa juventud que vivió mi abuela, no creo que el cartonero haya entrado por razones de trabajo. Pobre viejo, dormía como un tronco, en cueros, sobre una cama desordenada; había claveles entre las sábanas, en el piso. No me fue fácil despertarlo. Creo que nunca entendió lo sucedido aquella noche. Tampoco nunca supimos su nombre. Se escapó en medio de la confusión. Como hizo Rocío, y por eso le puse cruz y raya y desinflé en mis sueños sus tetas. Me fui a tocar mi música con la flaca Herminia, cuya boca era de una succión como para estar colgada en el Louvre. Aún me pregunto si el destino que mi abuela escribió al morirse es mejor que aquel otro donde yo debutaba con Rocío, la abuela chingaba en secreto, como papá, y mamá tomaba en paz su vaso de agua, ignorando los temblores que ocultaba la casa. Y todos felices, normales, perfectos.Mamá, con el tiempo, tras asistir a varios grupos de reflexión, se enamoró de la vecina amante de mi padre. Desengañada del flojo de mi padre y de los hombres, en general, la pelirroja correspondió a su pasión; hoy viven en un pequeño pueblo, dedicadas a la cerámica ecológica. Papá colgó el título de abogado para fundar la Iglesia de la Brújula de Jehová, que demoniza a los cartoneros como los mensajeros del Mal pero no se preocupa por solucionar el problema de la pobreza. A mi abuela nadie le lleva flores al cementerio. Sus famosos claveles se secaron. De aquella noche, a mí me ha quedado la costumbre de dormir con la vieja manta de los cumpleaños debajo de la almohada, aunque el verano pegue fuerte. De todos modos, duermo como un plomo y siempre desnudo.

Sigo viviendo en la vieja casa, y aún estoy sin debutar. Mi analista le echa la culpa a la persistencia de aquella teta de Rocío colgando fuera de la sábana. Yo invento sueños para que el tipo no se quiebre por tanto fracaso. He descubierto que lo excita hablarle de que sueño con tetas combinadas con claveles, tatuajes y una manta. A veces me pregunto si el analista no terminará enamorándose de mí. Bah, para lo que importa. 

Rosa Elvira Peláez

PEDIDOS DE AMOR

PEDIDOS DE AMOR

Ella contempló aún incrédula cómo esos ojos claros la miraban fijamente. El viento sopló fuerte, haciendo que caiga su gorra, meneando su cabello en el aire. Por alguna razón el tiempo parecía haberse congelado: para ella todo era distinto. Los ojos del pequeño aún la contemplaban, parecían tan indiferentes ante todos, tal vez hasta al calor de su madre, quien lo tenía en brazos. Sintió un frío que le recorrió el cuerpo: estaba segura que no era simplemente el viento. Contempló una vez más al pequeño, quien todavía mantenía la mirada posada en la suya, y pudo notar cómo en ella se manifestaba una cierta pena. Se preguntó cómo alguien tan pequeño podría sentir un sufrimiento capaz de borrar de sus ojos algún brillo de alegría. Su madre se alejó de la tienda en donde hacía instantes había estado observando un adorno. La muchacha, aún con el corazón en la mano, miró de nuevo al pequeño quien se alejaba más de ella, teniendo la mirada perdida y una tristeza infinita. Pues había algo que en ella no le permitía alejarse del pequeño. Esos ojos que la habían visto con una ternura incomparable le pedían algo que ella no podía negar, y que era su lado maternal, el cual había empezado a nacer desde aquel momento. No era un obsequio lo que los ojos del pequeño le pedían: era solamente un pedido, un pedido de amor. 

Mayra Florián

EL CANTO DEL ZUMBAYLLU

EL CANTO DEL ZUMBAYLLU

NARRACIÓN ORAL 

"El canto del zumbayllu se internaba en el oído avivando en la memoria la imagen de los ríos  de los árboles negros que cuelgan en las  paredes de  los abismos"  J.M.A       
                                                        
De niña mi madre decía que si hablaba   tanto se me iban a acabar las palabras. Siempre me ha gustado hablar y hablar y jugar con las palabras. Pasaron unos muchos años y seguí hablando y jugando con las palabras,luego comencé con esto de contar historias y gracias a la buena ventura, las palabras no se me han acabado aún... todavía hay muchas palabras para contar muchas historias...

 ¿QUIÉN HACE EL "CANTO DEL ZUMBAYLLU"?

Elizabeth Lino (teatrista). Inició su formación  teatral en el año 1992. Ha realizado diversos trabajos que tienen que ver con la artes escénicas (teatro,performance, danzas, radionovelas, video, radio).

Su encuentro con la narración oral la ha llevado a apropiarse y recrear las historias extraidas de la tradición oral y la literatura .

Es Bachiller en Literatura Peruana y Latinoamericana por la UNMSM de Lima - Perú.

"La palabra posee una mágica fuerza que nos transporta y nos da la posibilidad de viajar a muchos mundos con sólo dejarla llegar a nuestra imaginación, con sólo entregarnos a su juego y su poder
Contar historias es para mí compartir un fascinante viaje, donde el tiempo no existe, donde podemos ser y hacer lo que queramos"

LA RELIGIOSIDAD DEL CUERPO

LA RELIGIOSIDAD DEL CUERPO

Con este cuadro de Diana Chávez Zapata doy apertura a esta breve nota. La religiosidad y la herejía; el orden y el desconcierto; el cuerpo y el alma; el destino como péndulo que se mueve alrededor del pensamiento humano: estos elementos y muchos más se pudieron apreciar, no sólo en la particular y muy sui géneris obra de esta joven pero destacada pintora, sino en una gran variedad de obras plásticas que formaron parte de la exposición “Arte Sacro y Globalización” que se llevó a cabo del 27 de abril al 5 de mayo en la galería de la Municipalidad Provincial del Santa y que tiene como principales protagonistas a los jóvenes pintores del Taller de Artes Plásticas “Palamenco” de la Universidad Nacional del Santa; entre ellos tenemos a Diana Chávez, Sandra Solano, Leslie Ramírez, Hans Villafana, Deysi Limay, Miguel Ángel Olivares, Emely Mendoza, entre otros. Coincido con algunos amigos que fueron a ver esta exposición en que la temática ha rebasado los límites estipulados por el juicio común del público, quienes llevan en su mente una idea de lo que sus sentidos hayan captado de cada obra exhibida. Ahora, esta exposición ha llegado a su fin; sin embargo, por motivo de esta brillante iniciativa de los integrantes de Palamenco y de su profesor asesor, Amarildo Obeso Sánchez, es que doy mis más sinceras felicitaciones a todos los chicos del taller e inicio esta nueva sección de elrincondeldiablo, con creaciones literarias orientadas a hereje religiosidad que nos puede inspirar el mundo, la carne y el silencio del alma.    

Di@bòliko

DIRECTOR OFICIAL DE ESTE INFERNÁCULO

 

Del poemario “Rosas Negras”: Tres momentos para la redención…

Del poemario “Rosas Negras”: Tres momentos para la redención…

ROSAS 

cantan a los oídos serafines

heridas cicatrices y deseos

que el hambre soterrado entona

y los mortales linchan

rosa pétalo y espina

una corona en las faldas de la sien

púas azotando los sentidos

flor enviudada columpiándose de una oreja y

un paseo negro hachando la cabeza  

INFERNO 

paraíso denostado

vilipendiado

paraíso aherrojadol

a razón sepultada

la carne desollada

la celebración insepulta a la fiesta del hueso la desnudez salta sobre la mesa

la mesa empantana la moral

la lucidez

la Constitución

la danza al aire. De las notas una mano tallando siluetas. Las mujeres, sus labios relamiéndose

en la barra dos machos forman una silla atravesada la sodomía

en la alfombra tres cuerpos escarlatas alquilándose la felicidad

a la alcoba las hembras entrelazadas rasgan las espaldas

besan los torsos. Su deseo la jauría

dan aullidos al bosque. Del abrevadero de las piernas beben

una cortesana

un homosexual: la subasta bajo la axila del cielo. Un postor marrón. Un regateo. El paraíso

asegurado

tras los borrachos la cantina. Ellos el evangelio del inferno

la sed del Convento

bajo la escalera

dos espectros afiebrados castigando los escrúpulos del matrimonio

una respiración acezante. Una novela de Kundera

Baudelaire cabalgando la esqueleta y

enarbolando

el

rabo  

REDENCIÓN 

estoy despanzurrado y abierto

como un batracio

al marasmo del pantano exhibiendo mi podredumbre

para que la muerte la recoja con su lástima

ya la ciénaga me ha caído

como plomo y

como éste me hundo en la barca de Caronte

esperando la redención  

 

Juan Carlos Lucano

 

PITÁGORAS

PITÁGORAS

Pitágoras

abre sus ojos

absorto mira de costado

levanta sus cejas  sonríe

vuelve a mirar

ingresa en un túnel

llega a la ciudad

los niños lo abrazan le entregan sus tareas

en cestos de viento

suma de lados y vértices

raíces lilas en hipotenusa

el sabio resuelve ejercicios

jugando las cartas a orillas del mar

diademas lozanos engarzan arena

en los tobillos del sol.   

Eva Velásquez

marzo / 2005

 

VACÍO DE UNOS PIES CONJUNTOS SOBRE UNA ÚLTIMA FORMA DE EXISTENCIA

VACÍO DE UNOS PIES CONJUNTOS SOBRE UNA ÚLTIMA FORMA DE EXISTENCIA

¿Qué cuerpo puedo negar
si el mío es cálido vacío?

Oscar Málaga


En el vacío de tus pies conjuntos
donde la nieve descarga su petrificado color
como mirada que arrastra el viento
como triste figura purpúrea
como torso herido en la ternura
donde galopan mis ojos cenicientos
-b-e-s-t-i-a /d-e-l /o-l-v-i-d-o-
existe una lluvia desnuda
que derrumba mi boca y
mi última forma de existencia.

 

John López