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El Rincón del Diablo

En la fortaleza de Muzot

En la fortaleza de Muzot En 1514 Isabelle de Chevron y Jean de Montheys contrajeron matrimonio en la fortaleza construida por los Blonay, una unión que, pese a lo esperado, duró poco. Montheys murió un año después en la batalla de Marignan por una espada que le atravesó el estómago, cerca de los intestinos. Cuando el cadáver llegó a Muzot, ella contempló la escena con incrédulo rostro, pero luego de algunos minutos pidió que alejaran aquel cuerpo de su vista, alegando no conocer a dicho hombre. A los tres meses, un par de pretendientes declararon su amor a la viuda de Montheys, se debatieron a duelo y murieron en el acto. A partir de allí Isabelle enloqueció y fue común verla correr en las noches rumbo al cementerio de Miège, donde estaban enterrados su esposo junto a sus dos pretendientes.

No era la primera ocasión que Rilke imaginaba la figura de aquella dama. En su diario, confesó haberla fantaseado desde el balcón, como en otras oportunidades, pero el 26 de enero de 1922 sintió una repentina conmoción en el cuerpo: el llanto de Isabelle frente a los sepulcros, la flexión del enjuto torso y el golpeteo infructífero de las manos contra la tierra; una, dos, tres veces.

Esa noche, Rilke se convenció de que había que deshacerse por fin de esa imagen, aunque solo tuvo fuerzas para respirar con cierto desgano, mantenerse de pie y animarse a inclinar la vista hacia el jardín, donde un suave viento hacía ondear los rosales.

-La cena está lista -cuenta el poeta que oyó de pronto, la voz de su ama de llaves en tono tímido, respetuoso, que lo hizo volverse sin reparos.

Sí. Era una costumbre acercarse por aquellos días al balconcillo y mirar el paisaje invernal de Muzot, ¿pero qué más podía hacer? Alejarse por instantes del cuarto de trabajo, de las arcas viejas y desusadas, de la ventana doble que permitía ingresar una luz opaca y que lo incitaba a sentir el aire fresco del exterior. No había otra alternativa ante el cansancio de permanecer sentado frente al escritorio durante horas, extensos minutos dedicados a relatar detalles de sus días en minuciosos epistolarios.

Ahora, Frieda le informaba desde la puerta que podía bajar al primer piso y sentarse a la mesa, aviso que calmó su ansiedad; luego de comer pensaría en el párrafo que había dejado pendiente, a pesar de que no lo entusiasmaba ni atraía mucho, acaso porque solo deseaba continuar su anterior trabajo. Al salir de su pieza advirtió que su ama de llaves, en vez de bajar junto a él a la cocina, ingresaba a la capilla del costado, un habitáculo donde se encontraba empotrada una svástica. No había entrado para llevar a cabo su acostumbrado rezo y Rilke se percató de ello al verla aparecer de nuevo, aunque en esta ocasión con una palmatoria y dos cirios en las manos.

-Le dejaré las velas si es que quiere más luz en el cuarto-le dijo ella, ingresando a su pieza y dejando los objetos encima de la consola de abenuz.

Bajaron con lentitud, se sentaron a la mesa y comieron el puré y las patatas con salsa. Tanto él como ella no se decidieron a hablar de algún asunto; más bien guardaron silencio hasta concluir el postre. Finalmente, y luego del agradecimiento, ella llevó los platos al lavabo y él subió a su cuarto de trabajo, con mayor ánimo para continuar su diario y la carta que pensaba enviar a la princesa Marie Taxis.

 

Mientras escribía, no pudo dejar de pensar nuevamente en la leyenda que según algunos aldeanos narraba las apariciones nocturnas de Isabelle de Chevron cada noche por los alrededores de Muzot. En sus notas, el poeta alega sentir esa figura como un fantasma que deambula en su memoria, en sus días cotidianos, en su habitación. Y es que saber, después de aquellos trágicos sucesos de 1514, que la viuda perdió el juicio y la sensatez, que burló en las madrugadas la vigilancia de su nodriza Ursule para ir rumbo al cementerio de Miège, lo turba considerablemente. Rilke conoce a la perfección dicho mito: por aquellos años hubo el temor de su nodriza por encontrar muerta a su ama, lo que no tardó en acontecer: una noche de agosto, encima de un sepulcro, rígida e inerte, con las manos unidas unas a otras. El mito se expandió por el resto del pueblo y ahora ya no sería el cuerpo de Isabelle sino su espectro que iba a atisbarse en el campo, perdiéndose entre los arbustos, buscando desesperada al amado Montheys.

Sabía aquella historia y, sobre todo, vivía en el mismo palacete donde aquella mujer vio a su esposo sin vida, se enteró de la muerte de sus dos pretendientes y planeó cada medianoche la manera de escapar al cementerio con el único fin de matarse. La primera vez que tuvo miedo fue aquella madrugada en la que, mientras descansaba en el balconcillo y sentía la fría corriente de aire sobre la piel de su rostro, creyó ver una mancha azulina en el descampado. Esa misma iridiscencia la debieron observar también los aldeanos, haciéndolos confundirla con el espectro de Isabelle. ¿Pero era una mancha? Había escrito varias horas, eso sí, aunque de manera infructífera. Alegó aquella visión al cansancio y la debilidad, y decidió por fin acostarse para continuar al día siguiente. Desde aquella vez, sin embargo, le era imposible evitar el recuerdo de dicha anécdota; le asaltaba la duda, la incertidumbre. A pesar de la ofuscación que significaba imaginar a Isabelle había cierto deseo por retenerla en su mente. La viuda de Montheys, quizá, habría estado en la misma pieza donde él ahora se encontraba, tal vez maniática de acercarse a la ventana para observar el jardín, acaso buscando a su esposo en la penumbra como ahora él hacía con ella. ¿Y por qué no salía de la fortaleza e iba a caminar? Siempre volvía a su pieza y continuaba las cartas.

Al día siguiente, tan pronto despertó de un profundo sueño, fue al escritorio a escribir lo que había imaginado mientras dormía. Le pareció asombroso y ridículo, pero no dudó en describirlo con detalle en su diario. Le causaba cierto pánico el haber esbozado en su mente el semblante de Chevron, escuchado su voz, un tono apacible y galante. De los sucesos recordaba muy poco. Ella había aparecido en Muzot de repente y había ingresado a la fortaleza para quedarse un tiempo. Él no se había opuesto a tal medida, reconociendo incluso que se trataba de la viuda, y aunque no le extrañó saber eso, sí le molestó que Frieda se opusiera. A partir de ahí todo era difuso y poco rememorable. La última voz que había oído antes de levantarse era la suya, pero ahora le costaba recordar la frase exacta.

Cuando terminó de traspasar dicha ilusión a su cuaderno de apuntes, llamó a su ama de llaves. Esta apareció y antes de escuchar el motivo de su presencia, le preguntó a Rilke si deseaba que le sirviera el desayuno. «He tenido un mal sueño», dijo más bien él, desde el escritorio, por lo que Frieda entendió que no debía prepararle nada hasta más tarde.

El resto del día se dedicó a leer los volúmenes que tenía en el estante. Recién cuando anocheció se propuso revisar lo que había escrito en la mañana, y si bien la anécdota lo abrumó de nuevo, prefirió olvidarse de lo sucedido. Bajó a la primera planta y encontró a Frieda viendo el jardín a través de la ventana.

-¿Piensa usted en el rostro de Isabelle de Chevron?-cuenta Rilke que le preguntó aquel día, mientras se sentaba a la mesa.

Su ama repuso que no y le preguntó a continuación si deseaba cenar, consulta que el poeta consintió.

 

Luego de la comida, subió a su cuarto de trabajo. Es obvio que Muzot le parecía un lugar apropiado para lo que pretendía llevar a cabo, aunque no entendía por qué hasta ahora no había encontrado el momento adecuado para proseguir con sus elegías, comenzadas en Duino, detenidas todavía en Muzot, sin ningún indicio de ser retomadas con éxito. Sin embargo, saber que el lugar era ideal para su propósito lo tranquilizaba; el 25 de julio de 1921 ya le había escrito a la princesa Taxis tan pronto se instaló, luego de que la señora Klossowska arreglara el inmueble para su estadía: «Aquí estoy, pues princesa, perdidamente enamorado de este Muzot».

En el fondo, ya no es cuestión de esperar.

Se levanta para ir al balconcillo, manía que ya no puede evitar, y a pesar del riguroso invierno se mantiene apoyado a la barandilla por minutos. Hay mucha esperanza por ver esa luminosidad en el campo, muchos ánimos por querer saber algo más sobre la viuda de Montheys; si se mantiene allí es porque sabe que tal aparición no demorará en acontecer. A la media hora dará un profundo respiro e ingresará a su alcoba.

Después de esa visión, se encierra durante varias noches en su pieza hasta que el 11 de febrero, exhausto y emocionado, escribe una misiva a la princesa Marie Taxis. Al final de la carta, se lee: «Justo este sábado once, a las seis de la tarde, están listas las Elegías. Princesa, si supiera que todo esto sucedió en pocos días, como una tempestad, como un huracán en el espíritu. Incluso me olvidé de comer y solo Dios sabe quién me alimentó. Desearía estar en Duino con usted pero Muzot e Isabelle me han tratado como un huésped privilegiado, y creo que es obligación mía quedarme un tiempo más».

 

El 17 de febrero, luego de levantarse de una repentina siesta, confesaría haber soñado por segunda vez con la viuda de Montheys. Se levantó conmocionado y solo escribió un breve texto: «Hoy he soñado de nuevo con una mujer que decía llamarse Isabelle. Yo negaba esa afirmación pero ella insistía en llamarse así; una, dos, tres veces». Como es costumbre suya en Muzot, baja al salón para encontrarse con Frieda, pero ve a esta sentada al frente de una mujer de cabellos blancos, arropada con un atuendo de pieza entera. Rilke se presenta y la mujer hace lo mismo. « Isabelle de Chevron » , cree escuchar, y se apresura a preguntar de nuevo.

 

Edwin Chávez

Del libro: 1922 (Estruendomudo, 2005)

 

 

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3 comentarios

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