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El Rincón del Diablo

Gladys González

Gladys González

 

Batra la lengua
encima de una lavadora

Batra la lengua
como maniquí cae ella

Batra la lengua
como maniquí ama ella

Batra la lengua
como maniquí la aman a ella

 

 

El lado salvaje del amor,
Muchacho,
me lo llevo en este último viaje
junto a un toque de morfina

y con la sensación de ser una eterna cicatriz
que vaga por la ciudad.

 

 

Gladys González nació en Santiago de Chile en 1981. Ha publicado: Poemas (en coautoría con Diego Ramírez, Balmaceda 1215 ediciones, Chile, 2003), Papelitos (Eloísa Ediciones, Argentina, 2002) y este mismo libro fue editado en e-book por Crunch! Editores, México, en el 2003. Ha sido incluida en la antología de poesía latinoamericana Mundo Literario (Editorial Nuevo Ser, Argentina, 2003) y en (SIC) de la Biblioteca Nacional de Chile (Valente Editores, Chile, 2004). Ha recibido la Beca Taller Biblioteca Nacional (2003) y la Beca Fundación Gabriel & Mary Mustakis a Jóvenes Talentos (2002, 2001).

 

Jessica Freudenthal

Jessica Freudenthal

 

 

Poema curita

 

Tú no ves, con tus ojitos de botón,
que yo podría volarte la cabeza;
tú no escuchas,
con tus orejas de corcho,
la música que engendra mi saliva.

Tú no sientes,
con tu corazón de hormiga,
que mi corazón,
es de carne molida por tu culpa.

Y cada vez que me golpeas
ni te fijas
que los moretones
pintan un hermoso lienzo
en mi piel blanca
abandonada.

Y yo no entiendo,
como tú
con esos ojitos de botón,
tus orejas de corcho,
el corazón de licuadora
y tu lengua de alfiletero,
puedes tenerme así:

Empolvada y rota,
hecha jirones debajo de la cama,
con las piernas abiertas
y el vestido levantado,
la piel de porcelana y los labios de papel,
toda enamorada
chorreándome
las ganas en las bragas.

Y yo no entiendo por qué admito
que me tengas así,
si yo podría volarte la cabeza....

 

 

 

Jasmine

Aladino me frota la panza,
cree que soy una lámpara maravillosa.
No es mentira que yo le haya hecho realidad muchos de sus deseos,
como el de hacerlo volar en una cama.

Aladino delira, hace mucho tiempo ya.
Olvida que soy una mujer y no una lámpara,
además yo ya he dejado de iluminarle los días.

El switch de encendido está roto como yo,
Y el genio no es más que un mal genio de rutina.

Aladino está a mi costado
y no deja de frotarme la panza.

Morimos de tristeza con un "había una vez"
atravesado en la cortina.

 

 

 

Jessica Freudenthal. Nació, de pura casualidad, en Madrid el 6 de junio de 1978. Es boliviana. Actualmente vive en la luna y desde allí contempla la ciudad ladrillo. Es glamorosa, en stereo y totalmente reciclable, hermosa como una botellla de cristal índigo llena de saliva. Dicen los gnomos del jardín que es orgiástica e insciplinada, intuitiva, mordaz y belicosa. Ha publicado hardware (Plural, 2004, Mención de Honor Premio Nacional de Poesía "Yolanda Bedregal") y Poemas Ocultos (Yerba Mala Cartonera, 2006). Dirigió el único número de la revista armatestum literario el mostro. Colabora con diversas revistas literarias. Parte de su obra puede encontrarse en antologías de México, España, Perú, Estados Unidos y Alemania.

Forma parte del consejo editorial de la revista de literatura La mariposa mundial http://www.mariposamundial.blogspot.com/

Y es una de las organizadoras del Festival de Poesía La Paz y El Alto http://www.festivaldepoesiabolivia.blogspot.com/

Vilma Tapia Anaya

Vilma Tapia Anaya

 

1
He entrado a mi espejo
para tocarme.

Mirándome reflejada
me he palpado:

Varada en otras orillas
he descubierto la dulzura
de mi propio misterio.

En lo que pude asir
decayó mi miedo.

Ahora en mí cabe
mucho más viento.

 

 

3
El amor
mi campo de batalla
mi camposanto
mi cuerda floja
mi fuente de vida
mi nido de rosas
mi tierra prometida
mi prueba de fuego
mi corona de espinas.

 

 

 

9
Inmensa
despierta
la luna
lenta
pesada

empuja el cielo

se incorpora
y con sus hombros levanta

extendida noche

la sábana

(DE LUCIÉRNAGAS DEL FONDO)

 

 

 

Vilma Tapia Anaya (Bolivia). Nació en La Paz. Estudió Ciencias de la Educación en la UMSS de Cochabamba. Tiene un Diploma en Salud Mental Comunitaria de la Universidad Mayor de San Simón. Fue invitada a algunos encuentros de escritores y poetas en América Latina y en Europa.

Trabajó en los ámbitos de la educación, el periodismo y el desarrollo sostenible. Ha editado y colaborado con algunas revistas literarias y en los últimos años animó varios talleres de escritura creativa. Publicó "Del Deseo y la Rosa", "Oh estaciones, oh castillos", Luciérnagas del fondo", "Corazones de Terca Escama".

Poemas suyos han sido incluidos en la Antología de la poesía boliviana (2004) hecha por Mónica Velásquez Guzmán y en la antología bilingüe Poesía entre dos mundos (2004).

 

Literatura No Heterosexual

Literatura No Heterosexual

 

Hemos decidido finalizar el año denominando esta sección de la manera como lo hicieron los integrantes de Dragostea, grupo literario de Arequipa, que ya el pasado año 2006 trataron ágilmente en el primer número de su revista del mismo nombre: Dragostea - Blanconegro, esta particular temática, clasificándola como Literatura No Heterosexual, y del cual se hicieron publicaciones de notable labor tanto en lo creativo cuanto en el aspecto de estudio.

Es apreciable en el medio literario local y nacional la carencia de trabajos orientados a este contenido. En la web, publicaciones de este tipo abundan y se pueden observar tan sólo al ubicar el cursor en un espacio en blanco y hacer clic posteriormente para que el buscador Google navegue y clasifique las páginas con acepciones similares a las que uno digita. Existen muchas páginas que supuestamente publican trabajos de creación sobre el tema homosexual, pero estos son de tan baja calidad que simplemente no dan ganas de seguir leyendo.

Son pocos los medios de difusión que publican trabajos que valen la pena. Uno de los trabajos más rescatables a nivel nacional es, precisamente, esta revista del grupo Dragostea, que se acerca a la calidad requerida en cuanto a lo literario. Y tratando de alguna manera, sino insertando entre sus líneas, la presencia de rasgos más humanistas que prejuiciosos alrededor de la homosexualidad.

¿Habría de ser necesario catalogar de alguna manera esta orientación temática en la literatura? Catalogar no es excluir; mucho menos es tratar de poner en la frente o en letreros con luces de neón una etiqueta comercial. Todo lo contrario. Al denominar Literatura No Heterosexual a los poemas o cuentos que abordan la homosexualidad como tema o que simplemente forman parte de aquel grupo humano y escriben lo que sienten, se está no sólo ironizando con respecto a la condición de mayoría social heterosexual, sino tratando de mostrar al público la exclusión de la que hacemos formar parte a estas personas, y nuestra cucufata posición con relación a un tema tan natural y libre de conocer y concebir como lo pudieran ser el amor, los pecados o la corrupción política. Si se pueden hablar abiertamente de temas tan aberrantes como este último, la homosexualidad, por ser más humana, no debería quedar fuera del contexto ni ser vista como una inspiración subterránea.

Así como se reivindicó a la mujer en lo literario, denominando a su producción literaria como Literatura Femenina o de mujeres, igualmente tratamos de reivindicar a estos seres humanos tomándolos en cuenta no sólo como parte de un tema sino como un grupo social que merece respeto y no las burlas de cerdos intolerantes e inmaduros.

España dio ya un primer paso al aceptar el matrimonio homosexual. En Perú, al igual que en otros países de Latinoamérica, este caso se está debatiendo aún, más por influencia de la iglesia católica que la misma sociedad (que ya de por sí se ve influenciada por la cuestión religiosa).

Tenemos que comprenderlo. Este siglo nos abre no sólo nuevas puertas de conocimiento; también nos abre mucho más la mente a opciones nuevas y factibles para la evolución y el avance que tanto impidió la iglesia todas estas décadas, desde inicios de siglo. Antes, la homosexualidad era tomada como una parafilia, una terrible perversión sexual que denigraba el alma humana y nos convertía en un inconcebible ser de las tinieblas. Hoy, pensar en escenas tales como el exorcismo y los ajusticiamientos para idear una "cura" a estos "males" no puede provocar más que vergüenza ajena, sino risa o indignación.

Para todos ellos es un agrado presentarles esta sección como muestra de la liberación de las toscas cadenas que mantenían atado nuestro pensamiento. Como se entiende, no sólo hemos pensado en compartir la voz de algunos creadores en narrativa y poesía, sino buscar y exponer trabajos de estudio y de corte ensayístico, con una clara perspectiva literaria, sobre el tema tratado en esta oportunidad, figurando entre ellos ensayos, artículos y notas sobre la obra de algunos autores clásicos y contemporáneos encaminados a dar luces como tema y visión humana a la Literatura No Heterosexual.

No se pretende una apología de este tema, como siempre hemos recalcado en esta y otras secciones anteriores, sólo pretendemos abordarlo de manera mesurada y con orientaciones literarias, y si es posible, abrirle los ojos al mundo para que actúe más humanamente y con certeza. La intolerancia y el hermetismo no nos conducirán a nada favorable.

Las puertas de un supuesto "Infierno" están abiertas. Dentro, un paraíso distinto los espera. ¿Gusta ingresar?

 

Di@bòliko

DIRECTOR OFICIAL DE ESTE INFERNÁCULO

 

Safo, la décima musa (c. 600-? a.C.)

Safo, la décima musa (c. 600-? a.C.)

 

Safo (c. 600-? a.C.).

Poeta lírica griega cuya fama hizo que Platón se refiriera a ella dos siglos después de su muerte como la décima musa. Nació en la isla de Lesbos, probablemente en Mitilene. Aunque no se sabe mucho acerca de su vida, perteneció al parecer a una familia noble y fue contemporánea del poeta lírico Alceo, de quien se supone fue su amante, y de Stesichorus. También se dice que se casó con un hombre rico de la isla de Andros y que tuvo una hija llamada Cleis. Otra leyenda, que no merece credibilidad alguna, sostiene que, tras ser rechazada por el joven marino Faón, se arrojó desde un acantilado en Léucade (una isla de la costa occidental de Grecia). No se sabe cuando murió, pero en sus poemas de última época se describe a sí misma como una anciana que goza de una vida tranquila, pobre, en armonía con la naturaleza.

Los fragmentos que hoy conservamos de sus poemas indican que Safo enseñó su arte a un grupo de mujeres jóvenes, con las que mantuvo una estrecha relación y para las que compuso sus odas nupciales cuando la abandonaron para casarse. El poeta Anacreonte (mediados del siglo VI a.C., es decir, una generación posterior a Safo), afirmaba, en referencia a este grupo, que Safo sentía un amor sexual por las mujeres; de ahí proceden los términos lesbianismo y safismo, que aluden a la homosexualidad femenina.

Safo escribió nueve libros de odas, epitalamios o canciones nupciales, elegías e himnos, pero apenas se conservan algunos fragmentos de todos ellos. Entre estos destaca la Oda a Afrodita, citada por el erudito Dionisio de Halicarnaso en el siglo I a.C. En el siglo XX se descubrió un papiro con nuevos fragmentos de sus poemas.

La poesía de Safo se caracteriza por la exquisita belleza de su dicción, su perfección formal, su intensidad y su emoción. Inventó el verso hoy conocido como oda sáfica (tres endecasílabos y un adónico final de cinco sílabas). Muchos poetas griegos posteriores asimilaron la influencia de Safo, en particular Teócrito.

 

 

SELECCIÓN DE POEMAS

SAFO 

 

 

Igual parece a los eternos Dioses
quien logra verse frente a ti sentado.
¡Feliz si goza tu palabra suave,
Suave tu risa!

A mí en el pecho el corazón se oprime
Sólo en mirarte; ni la voz acierta
De mi garganta a prorrumpir, y rota
Calla la lengua.

Fuego sutil dentro de mi cuerpo todo
Presto discurre; los inciertos ojos
Vagan sin rumbo; los oídos hacen
Ronco zumbido.

Cúbrome toda de sudor helado;
Pálida quedo cual marchita yerba;
Y ya sin fuerzas, sin aliento, inerte,
Muerta parezco.

 

 

 

A Una Amada
Paréceme a mí que es igual a los dioses el mortal que se sienta frente a tí, y desde tan cerca te oye hablar dulcemente y sonreír de esa manera tan encantadora.
El espectáculo derrite mi corazón dentro del pecho. Apenas te veo así un instante, me quedo sin voz. Se me traba la lengua. Un fuego penetrante fluye en seguida por debajo de mi piel. No ven nada mis ojos y empiezan a zumbarme los oídos. Me cae a raudales el sudor. Tiembla mi cuerpo entero. Me vuelvo más verde que la hierba. Quedo desfallecida y es todo mi aspecto el de una muerta...

 



Soledad a Media Noche
Se han puesto ya la luna y las pléyades. Es media noche. Pasa el tiempo. Y yo sigo durmiendo sola.





En la Distancia

De veras, quisiera morirme. Al despedirse de mí llorando, me musitó las siguientes palabras: "Amada Safo, negra suerte la mía. De verdad que me da mucha pena tener que dejarte." Y yo le respondí: "Vete tranquila. Procura no olvidarte de mí, porque bien sabes que yo siempre estaré a tu lado. Y si no, quiero recordarte lo que tu olvidas: cuantas horas felices hemos pasado juntas. Han sido muchas las coronas de violetas, de rosas, de flor de azafrán y de ramos de aneldo, que junto a mí te ceñiste. Han sido muchos los collares que colgaste de tu delicado cuello, tejidos de flores fragantes por nuestras manos. Han sido muchas las veces que derramaste bálsamo de mirra y un ungüento regio sobre mi cabeza."





Cuasi Ventus
Amor ha agitado mis entrañas como el huracán que sacude monte abajo las encinas. Viniste. Hiciste bien. Yo te estaba aguardando. Has prendido fuego a mi corazón, que se abrasa de deseo. 

 


Una Amada Ausente
Te igualaba a una diosa insigne, y tú te embelesabas con su canto como con otro ninguno. Pero se fue, y ahora sobresale entre las damas lidias lo mismo que la luna de rosados dedos eclipsa todas las estrellas una vez puesto el sol. Y su brillo baña de plata el mar salobre, e ilumina las campiñas floridas, donde ha caído el rocío y han brotado las rosas, el tierno perifollo, las dulces flores del trébol.
Mas en el ajetreo de su nueva vida no deja de añorar el cariño de su amada Atis, y en el pecho le duele de nostalgia el corazón.


 

Un Epigrama
Estas son las cenizas de Timade. Muertas antes de la boda, fue a parar al oscuro tálamo de Perséfone. Y una vez que ella pereció, con un acero recién afilado, todas sus compañeras colocaron aquí como ofrenda la graciosa cabellera de sus cabezas.

 

 

 

 

I
La luna luminosa
huyó con las Pleyadas;
la noche silenciosa
ya llega a la mitad; la hora pasó, y en vela
sola en mi lecho, en tanto
suelto la rienda al llanto
sin esperar piedad.

 

 

II
Amor, que el pecho mío
continamente agita,
es dulce y es impío,
y es más que una avecita
volátil y ligero.
¡Ay! de su dardo fiero,
¿quién consiguió victoria?
Renueva, amada mía,
renueva la memoria
de cuando Atis ardía,
tu dulce amor odiaba
y a Andrómeda estimaba.

 

 

III
Desciende, Venus bella,
y en las doradas copas
con el suave néctar,
mezcla purpúreas rosas,
y a mis dulces amigos
que tu deidad adoran,
con divinal bebida
inspira y alboroza.

 

 

IV
Será tal vez hallada
simplecilla labriega,
si dulce amor hirióla
con su dorada flecha,
Amor el rapazuelo
de Venus Citerea,
que con su blanda mano
doma las bravas fieras.
Y la joven hermosa
nacida en la floresta,
siendo de amor tocada,
ya suaviza y templa,
las rústicas costumbres,
la esquivez de la selva,
plegando sus vestidos
con gracia y gentileza.

 

 

V
De los verdes manzanos
en las frondosas cimas,
con estruendoso ruido
las aguas se deslizan,
las puras frescas aguas
que el peñasco destila;
el delicioso estruendo
de las hojas movidas
del apacible viento
süave sueño inspira,
y con Venus hermosa
soñaba que dormía;
mas de las altas ramas,
del viento sacudida,
una roja manzana
de mi sueño me priva.

 

 

VI
Al Olimpo volara
si alitas yo tuviera,
cual cándida paloma,
y a Pafia la risueña
mis cuitas contara,
mis amorosas quejas,
y de allí a las alturas
de los montes viniera,
y enlazaran mis brazos
la causa de mi pena:
que el amor dulce amargo
con fiera violencia
mi corazón impele,
le arrebata y le lleva,
cual viento impetuoso
arranca por las selvas
en los excelsos montes
a las encinas gruesas.

 

 

VII
La graciosa doncella
en apartada estanza
pasa su edad florida
de delicias privada;
sus cuidadosos padres
dicen: -Amor la espanta,
allí vive contenta,
que no quiere de Pafia
las süaves caricias-;
mas, ¡ay!, niña cuitada,
que ya siente tu pecho
las amorosas llamas,
triste, cerrada y sola,
niña y enamorada.

 



VIII
Morirás, bella joven;
ni servirá ser bella,
ni quedará memoria
de ti sobre la tierra,
porque las frescas rosas
no has gozado de Pieria:
y así desconocida
irás a las cavernas
del horroroso Dite,
ni será quien te vea
cuando en las vanas sombras
des fugitivas vueltas.

 

 

IX
Alzad, alzad la casa,
artífices, que viene
el esposo gallardo,
que a Marte se parece:
al menos muy más alto,
muy más robusto y fuerte
que los más esforzados
que la ciudad contiene.
Todos de una vez toman
y de sus asas tienen
la gran Carkesia copa,
y libación ofrecen,
felicidad, delicias,
eternos, justos bienes,
al esposo desean,
y el dulce vino beben.
De todas las doncellas,
tu venturosa suerte
la más linda te ha dado,
ni hallarse otra tal puede:
la dulce joven bella,
por quien tú tantas veces
tiernos suspiros dabas,
hoy a tus brazos viene;
no envidies a los dioses,
si tu ventura entiendes.

 

 

X
Amor bulle en mi pecho
y sin cesar voltea
mi corazón amante
y acá y allá le lleva;
mis miembros desenlaza
su poderosa diestra,
y en viéndome rendido
ya me desprecia y vuela;
tiene sus lindas alas
cual ave, mas es fiera,
y dulce y apacible,
y de indomable fuerza.
Atis, de tu abandono
al crudo Amor te queja,
que en los ojos me abrasa
de Andrómeda la bella.

 

 

XI
Esperio, luz hermosa
de Venus la rosada,
que los tiernos deseos
y enamoradas ansias
benigna satisfaces,
tú conduces a casa
el delicioso fruto
que las almas encanta,
el manchado rebaño
de las ligeras Cabras,
y con su dulce madre
la niña que las guarda.

 

Análisis pragmático de la carta que escribió Rimbaud a Verlaine el 4 de julio de 1873-(PRAGMÁTICA).

 

Alumno: Jorge Alejandro Vargas Prado.
Curso: Teoría Literaria III, profesor: Goyo Torres Santillana, tercer año de Literatura. UNIVERSIDAD NACIONAL DE SAN AGUSTÍN-AREQUIPA, PERÚ.
Año: 2006


El texto que va Usted a leer tiene por objetivo realizar un análisis pragmático, un tanto intuitivo y no muy poco adolescente, de la carta más famosa que provino de la relación entre los poetas franceses Arthur Rimbaud y Paul Verlaine, el cuatro de julio de mil ochocientos setenta y tres.

Elegí este texto porque me parece moldeable, elástico y no muy peligroso. Lo consideraré en este caso como un discurso cualquiera fuera del papel (en el que se escribe). Otra ventaja es el hecho de que gracias a nuestra tradición tenemos el contexto casi preciso en el que se sucedió la carta, lo que ayudará a identificar de mejor manera y con mayor fidelidad los actos de habla presentes.

Rimbaud era un precoz y hermoso genio cuyo temperamento hervía y desencantaba; que cansado de una vida miserable en Charleville decide huir a Paris después de enviarle su poema "El Barco Ebrio" a Verlaine, que era ya un poeta consagrado y a quien admiraba. El actuar de Rimbaud era terrible y de inmediato fue un escándalo imperdonable en el círculo social de Verlaine. No tardó mucho tiempo para que Rimbaud huyera.


Después de que Verlaine lo encontrara muerto de hambre y mucho más descuidado que cuando llegó a su casa, lo mantuvo económicamente por un tiempo.
Su relación estuvo perfilada entre la degradación plena a la que mutuamente se sometían, al desprecio de la sociedad de aquel tiempo y al amor que Verlaine sintió por su mujer.
Rimbaud disfrutaba torturando a Verlaine; lo asustaba, lo amenazaba cruelmente y hasta le acuchilló las manos. Su romance desencadenó una tormenta infernal en la vida de ambos poetas, sin embargo nunca dejaron de escribir.

Londres nos da el primer marco de referencia para nuestro análisis pragmático.
Verlaine, vencido ya por el trato desconsiderado y crudelísimo de Rimbaud, escapa corriendo rumbo a un barco que zarpaba. Rimbaud, después de convencerse de que su amado no volvería nuevamente, salió en su búsqueda.
El puerto mismo no pudo contener su sorpresa. El barco se marchaba.
Alcanzó a distinguir a Verlaine en la cubierta.

Lo que sigue es desesperado y desgarrador:

Regresa, regresa, mi querido amigo, mi único amigo, regresa. Te juro que seré bueno. Si me he mostrado desagradable contigo, fue tan sólo una broma; me cegué y me arrepiento de ello más de lo que te puedes imaginar. Vuelve, porque cuando regreses todo estará totalmente olvidado. ¡Qué desgracia que hayas tomado en serio esta broma!
No paro de llorar hace dos días. Vuelve. Sé valiente, querido amigo. Nada está perdido todavía. Sólo tienes que emprender el viaje de vuelta. Viviremos aquí, nuevamente, valientemente, pacientemente.
Te lo suplico. Además es por tu bien. Vuelve, encontrarás aquí todas tus cosas. Espero que no tengas duda alguna ahora, de que no discutía en serio. Qué suceso y situación más desagradables.
¿Por qué cuando te hacía señas para que bajaras del barco no lo viniste?
¿Hemos vivido juntos durante dos años para llegar a esto? ¿Qué vas a hacer? Si no quieres volver aquí ¿quieres que vaya yo a tu encuentro dónde tú estés?
Sé que yo tengo la culpa. No me olvidarás ¿verdad?
No, tú no puedes olvidarme.
Yo te tengo aquí siempre.
Di, contesta a tu amigo ¿acaso no volveremos a vivir juntos los dos?
Contéstame pronto.
No puedo quedarme aquí por más tiempo.
Escucha únicamente lo que dicte tu corazón.
Dime pronto si tengo que reunirme contigo.


Tuyo, para toda la vida.

Rimbaud

P.d.: Si no puedo volver a verte, me alistaré en el ejército o en la marina.
Regresa; no para de llorar a cada momento, iré, dímelo, ponme un telegrama. Tengo que irme el lunes por la tarde. ¿Dónde irás? ¿Qué quieres hacer?.



En este caso, pese a tratarse de alguna manera de un texto literario, podemos reconocer claramente un emisor y un destinatario desde el punto de vista pragmático[1]. Puesto que Rimbaud es un individuo en particular que escribe una carta concreta a un individuo, y sólo para un individuo, en particular: Verlaine.

Intentaré establecer, descubrir cómo se forman las implicaturas en esta carta; si hay algún tipo de ellas buscaré su origen y lo que en realidad quieren decir los enunciados; y además veremos el tipo de acto ilocutivo que predomina. Al final veremos si los actos ilocutivos dan paso a algún tipo de reacción perlocutiva.

Regresa, regresa, mi querido amigo, mi único amigo, regresa.: Estamos frente a un acto ilocutivo[2] "pedir". En un primer momento, y dejándonos llevar por lo que sabemos hasta ahora de Rimbaud, podríamos sugerir que se trata de "ordenar", pero la presencia de las palabras "querido", "único" y "amigo" nos demuestran el carácter suave y desesperado de la petición. El término "regresa" se repite en tres oportunidades. Podemos suponer lo que esto significa.

Te juro que seré bueno. Rimbaud promete, jura. Pragmáticamente sabemos que para considerar un juramento válido tenemos que estar en un contexto juramental verídico (es decir con un juramentante que juramente en una sesión de juramentación oficial y con un juramentador que le tome el juramento; suena redundante pero es así. Las disculpas están hechas)[3]. Pero no por eso vamos a invalidar la intención de Rimbaud. Él está dispuesto a amar a Verlaine y metaforiza la oficialidad del acto de juramentación para demostrarle el compromiso que está tomando bajo la mirada de un público juramentador que no existe. En otras palabras él se compromete a inventar una situación oficial para verse obligado a cumplir su juramento.

Si me he mostrado desagradable contigo, fue tan sólo una broma; me cegué y me arrepiento de ello más de lo que te puedes imaginar. Definitivamente es un acto de habla informativo/emotivo en el que Rimbaud nos muestra su pesar ante lo que reconoce fue su error. Podemos comenzar a implicar[4] por esto el carácter voluble y débil de Rimbaud. De ser un niñito diabólico y cruel a ser una débil criatura que llora y se arrepiente.

Vuelve, porque cuando regreses todo estará totalmente olvidado. Rimbaud continúa pidiendo pero esta vez el acto ilocutivo obedece a una orden. "Todo estará totalmente olvidado" implica la superioridad sentimental de Rimbaud sobre Verlaine. Rimbaud no considera si todo estará totalmente olvidado para Verlaine y sin embargo obliga a la situación a que se acomode a sus sentimientos.

¡Qué desgracia que hayas tomado en serio esta broma! Nuevamente el Rimbaud superior se impone. Tras haber reconocido su error, gira el asunto para implicar que Verlaine tiene la culpa de todo aquel desbarajuste. Presupongo que Rimbaud no consideraba a los cuchillazos en las manos y demás como una broma a la que no hay que tomar en serio.

No paro de llorar hace dos días. Vuelve. Rimbaud ordena una vez más. Vemos que la orden se relaciona íntimamente con el acto de habla informativo que le antecede; al cual se le podría calificar ilocutivamente de "herir", él quiere que Verlaine sepa que no deja de llorar por su culpa. Rimbaud ordena, manipula y culpa.

Sé valiente, querido amigo. Esta frase puede ser peyorativa. El hecho de incitar la valentía implica que se carece de la misma. Rimbaud le dice cobarde a Verlaine. Y relaciona esa falta de valentía con el hecho de haberse ido, de no regresar y por ende, de ser causa de la prolongación del sufrimiento mutuo.

Nada está perdido todavía. Sólo tienes que emprender el viaje de vuelta. Rimbaud relaciona el salvamento de la relación al regreso de Verlaine. Vuelve a dejarle las responsabilidades al amado. Culpabiliza.

Viviremos aquí, nuevamente, valientemente, pacientemente. El adverbio refuerza la predicción que Rimbaud hace sobre el futuro de su amorío. Afirma unilateralmente una decisión doble.

Te lo suplico. Además es por tu bien. Rimbaud contextualiza y explicita su intención. Maneja claramente el mensaje que quiere que Verlaine comprenda. Pero el verdadero acto ilocutivo se parece más a culpar o herir que al de suplicar. Esta idea se refuerza por la expresión siguiente.

¿Por qué cuando te hacía señas para que bajaras del barco no lo viniste?
¿Hemos vivido juntos durante dos años para llegar a esto? ¿Qué vas a hacer? Si no quieres volver aquí ¿quieres que vaya yo a tu encuentro dónde tú estés? Predomina en esta parte el acto interrogativo. Rimbaud quiere indagar sobre los sentimientos y sobre las acciones de Verlaine. Nuevamente la presencia de esta intención quisquillosa y malsana de culpar, aunque en este caso de manera más solapada al recaer el peso en la referencia que se hace al convivir y que significa de alguna manera soportar el peso (de la culpa) con la pareja.

Sé que yo tengo la culpa. No me olvidarás ¿verdad? Los conflictos entre las implicaturas y las explicaturas vuelven a mostrarse. Rimbaud viene aceptando en sus locuciones la culpabilidad propia, pero hemos visto hasta el hartazgo que eso no es lo que en realidad quiere decir. En la segunda parte interviene directamente y sin reparos en los sentimientos de Verlaine. Y le asegura que no se olvidará de él.

No, tú no puedes olvidarme. Yo te tengo aquí siempre. Cuánta debilidad espiritual de Verlaine nos muestra este verso. Podemos precisar entonces, y asegurados por los precedentes, que el rol pasivo en la relación fue desenvuelto por Verlaine. Una nueva muestra de cómo Rimbaud manipula a su amado. La segunda oración, pese a todo es romántica y sensible. Aunque no haya respuesta de Verlaine, Rimbaud está resignado a amarlo por siempre.



Di, contesta a tu amigo ¿acaso no volveremos a vivir juntos los dos?
Contéstame pronto. El acto ilocutivo de ordenar se ve suavizado por la palabra "amigo" que ya por el contexto y por los referentes mismos en la carta se nos muestra como el término preferido, el más tierno y el menos escandaloso para llamar al amado. Rimbaud empuja y construye en los sentimientos de Verlaine sin preocuparse de su opinión ni de sus sentimientos.

Escucha únicamente lo que dicte tu corazón. ¿A quién realmente pide Rimbaud que escuche Verlaine? Rimbaud extorsiona a su compañero y lo confunde de una manera sutil y demoníaca. Por lo argumentado me atrevo a decir que Rimbaud realmente se vuelve, se siente (dueño del) el corazón del viejo poeta.

Tuyo, para toda la vida. Rimbaud se entrega en este acto de habla expresivo eternamente. Pese a todo, podemos implicar en esta frase aquel sentimiento de desesperación que le produce la falta del ser "amado".

P.d.: Si no puedo volver a verte, me alistaré en el ejército o en la marina.
Regresa; no para de llorar a cada momento, iré, dímelo, ponme un telegrama. Tengo que irme el lunes por la tarde. ¿Dónde irás? ¿Qué quieres hacer?. Rimbaud termina la carta con una post data a modo de sinopsis de todo lo que quiso decir durante la misiva. El primer acto ilocutivo que notamos es el de amenazar (aunque es algo poco común por el romanticismo en el uso -la amenaza se ve condicionada con la negación del amor, además del tipo de lenguajes delicado y asertivo[5]- , un buen acto ilocutivo gasta todas las opciones que tiene para lograr su cometido; por estas razones notamos que Rimbaud cuida de su imagen personal, ‘face[6]' según Brown y Levinson). Seguido está presente el acto ilocutivo de ordenar y uno expresivo que tiene como ilocución manipular. Al final se presentan nuevamente las preguntas como para comprobar/obligar el efecto certero de la carta.

La primera y más saltante característica del texto que podríamos anotar es la prevalecía de actos ilocutivos que buscan que una orden (o pedido según se vea) se realice: la vuelta de Verlaine al lado de Rimbaud. Podemos cuestionarnos sin embargo acerca del real carácter de la carta. ¿Es realmente una carta en la que se ruega?. Considero que se puede tener en cuenta, y muy enserio, el doble discurso que maneja Rimbaud en la mayoría de sus apreciaciones. ¿Qué busca con informarle a Verlaine que sufre todo el tiempo con su partida?. Presupongo que Rimbaud, conciente de la personalidad débil de Verlaine, busca su retorno por medio de la culpabilidad; aunque el mismo intente engañarse, o engañar a Verlaine, aceptando con arrepentimiento el pecado.
Pero como sabemos todo análisis, sea pragmático o no, es subjetivo. Nada aportamos al precisar aquello, pero siempre hay que tenerlo en cuenta; así que no podemos estar seguros de las intenciones de Rimbaud, el único capaz de dilucidarnos la duda sería él mismo.

A su vez la carta nos puede servir para pintar la personalidad de nuestros personajes de mejor manera.
Rimbaud se nos presenta decadente y depresivo; capaz de quebrarse hasta la humillación con tal de conseguir lo que quiere (pues como veremos, la inmadurez con la que después se trata el asunto, sencillamente sorprende); queda de lado esa locura malvada en la que es capaz de acuchillar.
Verlaine queda como un manipulado con el cual Rimbaud juega y juega y del cual es imposible desprenderse. Queda marcado también un contraste entre esa personalidad débil y sin iniciativa con la bestia que arremetía contra su mujer y su hijo bebé; a los cuales torturaba después de embriagarse con Rimbaud.

Para acabar con este asunto y quedarnos más tranquilos veremos si los ambiguos actos ilocutivos de Rimbaud maduraron de manera correcta e hicieron efecto en el receptor.

Cuatro días después de esta carta Verlaine respondió desesperado con un telegrama en el que le pedía a Rimbaud volverse a ver en Bruselas, lugar al que había llegado, para despedirse pues tenía pensado enrolarse en el ejército carlista.
La carta fue entonces persuasiva, y esto sí se puede afirmar categóricamente, la comunicación funcionó de manera correcta y después del arrepentimiento de Verlaine, cosa que buscó Rimbaud, se volvieron a encontrar, cosa que buscó Rimbaud también.
Rimbaud llegó ese mismo día (vaya nivel de perlocución el del telegrama, Verlaine definitivamente sabía también cómo trabajar los actos ilocutivos) pero al encontrarse las cosas volvieron a ser las mismas.
Verlaine decidió no irse y Rimbaud, al haber conseguido la entrega sincera de su compañero, quiso volverlo a dejar.
Irónico ¿no?. Tal vez este tiempo que el hemos dedicado al análisis pragmático de esta carta quisquillosa no haya sido del todo pertinente.
¡Vaya Rimbaud a saber!


Bibliografía:

- MONTERO, ROSA. Pasiones. Editorial Aguilar. Buenos Aires - Argentina, 1999.
- CARRÉ, JEAN-MARIE. Cartas de la Vida Literaria de Arthur Rimbaud. Editorial Poseidón. Buenos Aires - Argentina, 1945.
- BONNEFOY, YVES. Rimbaud por sí Mismo. Monte Avila Editores. Caracas - Venezuela.
- ESCANDELL VIDAL, M. VICTORIA. Introducción a la Pragmática. Editorial Anthropos. Barcelona - España. 1993.
Textos consultados a partir de esta edición.
- AUSTIN, J.L. Cómo Hacer Cosas con Palabras. Paidos. Barcelona - España. 1971.
- BROWN, P. y LEVINSON, S. Politiness. Some Universal in Language Use. Cambrigde. 1987.
- GRICE, H. P. Logic and Conversation. 1975.


[1] Victoria Escandell hace hincapié en conceptualizar los términos básicos de pragmática en dicotomías con los que utiliza la gramática: emisor/hablante y destinatario/receptor (pragmática/gramática). Se relaciona entonces a los términos pragmáticos con situaciones y actantes únicos en un determinado y único contexto. El emisor es un ser determinado que produce un enunciado determinado (modificación del entorno) para un destinatario determinado.
[2] Austin desarrolla la teoría de los actos de habla (unidades mínimas de comunicación) y plantea su tricotomía de acto locutivo/ilocutivo/perlocutivo.
El acto locutivo es cuando se emite el enunciado con un significado. El Ilocutivo tiene que ver con la intención con la que se produce el enunciado (¿Qué queremos efecto queremos producir en el destinatario?) Y el perlocutivo está relacionado más cercanamente con el efecto en el destinatario. Es decir con la realización del acto ilocutivo.
[3] Sobre este punto Austin desarrolla la teoría de los Infortunios. En síntesis podríamos decir que no basta con que los enunciados sean convencionales sino también que tienen que emitirse siempre en las condiciones requeridas. Un fallo a esas condiciones se le conoce como Infortunio.
[4] Voy a utilizar el término "Implicatura" que desarrolló Grice bajo una óptica bastante amplia: Implicatura es todo lo que se transmite en el enunciado pero que es diferente de su contenido proposicional. Todo lo que se puede implicar de un enunciado. En mi análisis las implicaturas tendrán relación estrecha con el contexto.
[5] Entiéndase como "asertivo" a la capacidad de propugnar las ideas, las creencias, las opiniones pero siendo siempre cortés con los demás. Decir lo que uno piensa sin herir o molestar a nadie.
[6] El concepto de face es la noción principal dentro de la teoría de Brown y Levinson (considerada como el mejor y más novedoso desarrollo de la Teoría de la cortesía). Escandell define de la siguiente manera el concepto de Brown y Levinson: Cada individuo tiene y reclama para sí una cierta imagen pública que quiere conservar. (...) De la necesidad de salavaguardarla se derivan todas las estrategias de cortesía. (...) es el modo en el que se determinan los comportamientos sociales.

 

Tema homosexual en la literatura cubana de los 80 y los 90: ¿renovación o retroceso?

Tema homosexual en la literatura cubana de los 80 y los 90: ¿renovación o retroceso?

 

Alfredo Alonso Estenoz

Casa de las Américas

 

La crítica acerca de la literatura de tema homosexual escrita en Cuba después de1959, suele tomar como punto de partida -y acaso como única referencia- el relato de Senel Paz "El lobo, el bosque y el hombre nuevo" y la película a la que este dio origen. La elección puede entenderse si tenemos en cuenta que ambas obras sirven de resumen al debate sobre la homosexualidad dentro de la Revolución Cubana. Dicho debate se centra en la pregunta de si los homosexuales tienen derecho o no a formar parte activa de una sociedad de nuevo tipo, o si su condición sexual contradice los principios en los que esta busca asentarse.

La polémica contenida en "El bosque..." tuvo, sin embargo, antecedentes en la literatura cubana de finales de los 80, y es por ello que puede hablarse de resumen (aunque este, como veremos, haya sido adecuado sólo hasta un momento). La crítica coincide en que 1988 fue el año del resurgimiento del tema homosexual en nuestra literatura. En esa fecha se publican dos textos claves: «¿Por qué llora Leslie Caron?», cuento de Roberto Urías,1 y «Vestido de novia», poema de Norge Espinosa.2 Espinosa había obtenido ese año el premio de la revista El Caimán Barbudo con un libro en el que se incluía ese texto. La expectativa no literaria que ambos textos despertaron, por supuesto, influyó en su fortuna. Por primera vez desde 1959 se publicaban textos que situaban a un sujeto homosexual como centro del conflicto; vale decir, no era un personaje más o un subtema dentro de una trama más amplia. Pero no sólo eso: también ese sujeto era visto con una carga de positividad hasta entonces ausente. La mirada se emitía desde este tipo de personaje, a diferencia de los años 60, en los que el control del relato estaba en manos de un narrador heterosexual, con el poder de su lado. Este podía reconocer la angustia del otro, pero no defenderla corriendo todos los riesgos.

En el caso del texto de Urías, el narrador protagonista no sólo es homosexual sino que se trata de una loca. Para colmo, una loca no integrada socialmente, "una bella parásita" -así se autodefine-: no trabaja, dejó los estudios, la familia lo mantiene. Su angustia reside en que no sabe qué hacer con su vida: no porque se halle indeciso en cuanto a su identidad, sino porque el medio social le es totalmente adverso y le impide toda acción. El personaje cuestiona un sistema de vida (heterosexual, aprobado socialmente) que puede ser más corrupto que aquel que le atribuyen. La pasividad del protagonista es total: se encuentra inmóvil en el centro del relato, narrando únicamente su angustia. No puede tomar ninguna decisión: sólo lamentarse, pues el contexto le impide dirigirse hacia un lugar o hacia otro.

El poema de Espinosa, por su parte, refiere el conflicto de un adolescente afeminado, cuya sexualidad no resulta ser aún lo más importante por el momento. Se trata del clásico muchacho raro, queer, que se halla diferente ante un contexto que valida las posturas definidas. Igualmente el protagonista no sabe hacia dónde dirigirse, y el poema se estructura sobre la base de continuas preguntas sin respuesta: "con qué ojos / con qué espejos va a mirarse este muchacho", para cerrar con las mismas interrogantes que le dan inicio, con lo que se refuerza la condición de círculo vicioso, inquebrantable. A diferencia de la inmovilidad de Leslie Caron, este adolescente huye, pero ambas actitudes están determinadas por la incongruencia con el medio social. Espinosa introduce uno de los tópicos asociados al tratamiento de la homosexualidad: el derecho a ser extraño frente al predominio de lo sexualmente definido. Con ello, vuelve sobre un enfoque recurrente en los años 60: el del sujeto que, por sus características físicas (entiéndase también, sexuales), es incapaz de insertarse en la dinámica viril del momento. Tal perspectiva estuvo presente todo el tiempo en la llamada narrativa de la violencia, protagonizada por autores como Eduardo Heras León, Norberto Fuentes y Jesús Díaz.

En la reivindicación de características que no pueden suprimirse mediante el único entrenamiento de la voluntad, Espinosa acude al lado edípico de su personaje. Es curioso cómo, algunos años después Diego, protagonista de "El lobo, el bosque y el hombre nuevo", le reprochará a David su sanidad en los siguientes términos: "A ustedes [los revolucionarios] la vida les es fácil: no padecen complejos de Edipo, no les atormenta la belleza, no tuvieron un gato querido que vuestro padre les descuartizó ante los ojos para que se hicieran hombres."3 La defensa de lo raro hecha por Espinosa haya eco en otro texto de obligada referencia: el poema "Desnudo frente a la ventana" (1990), de Abilio Estévez. Aquí el hablante del poema enfatiza su diferencia frente a un código de conducta asociado a la virilidad que supone lo militar. Estévez escribe:

En ti todo es grato. No están en cambio, el miedo y la vergüenza. Ni aquella tarde

en que pude mirarme en el espejo y descubrir la diferencia entre mi brazo y el

brazo de mi padre, entre su paso militar y el mío leve, paso que no se escuchaba. 4

Para comprender más ampliamente el texto de Espinosa, es necesario recurrir al

exergo que lo encabeza, un fragmento de la «Oda a Walt Whitman», de Federico García

Lorca:

Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whitman,

contra el niño que escribe

nombre de niña de su almohada,

ni contra el muchacho que se viste de novia

en la oscuridad del ropero.

 

Quien conoce el texto de Lorca, sabe contra quién el poeta levanta su voz: contra la loca, el pájaro, o como queramos llamarle a ese modo de asumir la homosexualidad. No los recrimina por su condición sexual, sino por la naturaleza superficial y, según manifiesta el poema, contaminante de toda pureza. A ellos opone el camarada amistoso que acompañaría a Whitman, como éste soñaba. Señalo este particular porque tal visión estará presente en el tratamiento del tema a lo largo de los 90 y planteará una serie de exclusiones de este sujeto en base a la dicotomía deber/deseo.

Volviendo al texto de Urías, encontramos en él otro tópico que surgiría conjuntamente al que nos ocupa: el homosexual como reflejo de contradicciones dentro del sistema político vigente. Víctor Fowler, en un libro que constituye un primer intento en Cuba de sistematizar las obras de tema homosexual o con referencias a él, ha definido adecuadamente los dos campos predominantes: uno en el cual el homosexual, inscrito en situaciones que operan como metáforas de la macro-historia, sirve como vehículo para discutir aspectos del proyecto revolucionario, y otro en donde asistimos a una problemática inter-grupal, a un drama íntimo focalizado en la salida al espacio público o en el autorreconocimiento de la identidad.

El homosexual de Urías se ubica en el primer grupo; el de Espinosa, en el segundo. Poco después de editados estos dos textos, la temática fue apareciendo con más frecuencia y su tratamiento se fue complejizando. En 1990 se publica el relato «El cazador», de Leonardo Padura,6 y al año siguiente en ya mencionado «El lobo, el bosque y el hombre nuevo», de Senel Paz. La cantidad de textos sobre esa temática fue tan grande que hicieron creer que el homosexualismo se había puesto de moda, acontecimiento dirigido a la búsqueda de un mercado, no sólo nacional, aunque también a una renovación temática. El entusiasmo de la crítica fue tan repentino que llegó a creerse que por primera vez ese tema aparecía en nuestra literatura.7 Sin embargo, tal entusiasmo desconoce toda una tradición literaria cubana que ha abordado, de una u otra forma el tema, en muchos casos con un nivel de complejización mayor que el propuesto por los autores jóvenes. Por otra parte, la sorpresa de muchos críticos y lectores estuvo condicionada también por un largo período de silencio al respecto, cuando, desde finales de los 60 hasta mediados hasta finales de los 70, la homosexualidad fue estigmatizada oficialmente.

Que estos temas aparecieran nuevamente en la literatura cubana significaba, ante todo, un desafío a esa estigmatización. Más aún cuando eran presentados con rasgos positivos, cuando de posibles héroes o de héroes enmascarados (como aparecieron en varios relatos de Norberto Fuentes y de Eduardo Heras León), pasaban a héroes evidentes y positivos. Tal positividad se encarna, en «El cazador», en el halo de simpatía que el narrador intenta despertar hacia el personaje. En un inicio se le ve maquillándose ante el espejo, deseando tener lo que no le concedieron (ser biológicamente una mujer), pero luego se quita violentamente el maquillaje. Sus gestos, al vestirse, son más bien masculinos. Porque no estamos ante una loca (como sugiere el inicio del texto), sino ante un homosexual medido que busca relaciones estables en las que el afecto sea lo primero. Detesta a las locas, por razones similares a las de Lorca. No le interesan los contactos efímeros, con los que suele asociarse también el mundo homosexual. Su caza se ve frustrada por un medio predominantemente heterosexual, ajeno a las relaciones que él busca. Su ideal, Anselmo, el hombre con quien tuvo anteriormente una relación, se ha casado con una mujer. En el texto abundan los estereotipos con respecto al tema homosexual: la dicotomía hombre/mujer: ser homosexual significa no estar de acuerdo con la condición biológica de hombre, y sufrir por ello. Si el hombre activo busca en el homosexual pasivo una satisfacción típicamente masculina, entonces la mujer puede desplazar al homosexual sencillamente porque en ella los atributos de feminidad son naturales, al tiempo que ofrece la oportunidad de construir una familia con hijos. El cuento concluye con la depresión total del personaje y la sugerencia de un suicidio. La síntesis, como decíamos, del acercamiento al tema que nos ocupa la hallamos en «El lobo, el bosque y el hombre nuevo». En él no se trata sólo de despertar nuestra simpatía sino de hacer explícito el debate. En Diego confluyen las tres cosas que estaban prohibidas ser durante la década del 70: homosexual, religioso y cuestionador (démosle a esta palabra sólo el sentido del que se hace preguntas) del sistema. Constituye una conjunción demasiado violenta. Sin embargo, busca reivindicar la homosexualidad desde el punto de vista político. Quiere hacer saber que su condición sexual no le impide ser, a su modo, revolucionario, y su patriotismo y su devoción por la cultura cubana (se autodefine como «patriota y lezamiano») están por encima de las urgencias de un proceso histórico determinado. Se compara con los revolucionarios en el sentido de que él también antepone el Deber al Deseo, uno de los rasgos con que aquéllos siempre se definen. Su Deber es la cultura nacional. Al ofrecer una clasificación de los homosexuales, se ubica entre los que pueden contenerse, la primera categoría. La última la ocupan las locas de carroza, sólo precedidas por las locas a secas, a las que odia por «fatuas y vacías», y de las que afirma que, si invirtieran el tiempo en hacer algún trabajo socialmente útil, ya estaríamos llegando al comunismo o al paraíso. ¿El propio Diego cae en una discriminación de ese tipo de homosexual basada en consideraciones sociales? Los maricones entran en una categoría intermedia entre los homosexuales y las locas. Diego explica que al homosexual se le estigmatizó por considerar que su naturaleza era «sobornable y traicionera», al juzgarlos incapaces de resistir los impulsos sexuales.

Como vemos, su definición de la homosexualidad no es sexual, sino política, por lo que el sexo es un pretexto para abordar otras cuestiones: la necesidad de incluir a todo el mundo en un proyecto social que se ha propuesto la igualdad. Su relativización de la homosexualidad vinculada al deseo irresistible la hace cuando observa que las clasificaciones citadas funcionan también para los heterosexuales: en los hombres, la escala más baja la ocupan los que denomina picha-dulce (que pueden ir al correo, por ejemplo, y por el camino meterle mano a cualquiera, «incluso a una de nosotras», sólo porque no pueden resistirse); y, entre las mujeres, las putas que tienen relaciones sólo por placer. Sin embargo, su visión sigue siendo estática, ya que finalmente apuesta por la imposibilidad de que esos dos mundos se intercambien. En la película Fresa y chocolate, esa incontaminación se refuerza con la introducción de un personaje, Nancy, que quiere dejar fuera toda duda con respecto a la sexualidad de David.

Estereotipos, contradicciones, politización, exclusiones finales. Habría que esperar a la aparición, en el reciente 1998, del libro de relatos Cuentos frígidos. Maneras de obrar en 1830, de Pedro de Jesús López,8 para que apareciera un sujeto homosexual que se expresara libremente, cuyo conflicto central no fuera su homosexualidad y que no desapareciera al final del relato. Los narradores de Pedro de Jesús, en su mayor parte en primera persona, relatan desde una subjetividad gay que se expresa en su totalidad. La diferencia con los textos anteriores y con otros publicados en los 90, es que la homosexualidad de los personajes no constituye su conflicto central ni el dilema se estructura alrededor de su condición. Importan más la soledad de muchos de sus personajes, la incongruencia entre las ideales y la realidad, la trivialidad y lo efímero de los encuentros, la búsqueda de compañía, los peligros que puede entrañar el deseo incontrolado. La imposibilidad de establecer una identidad sexual fija es otro de los temas del libro, pues los personajes intercambian roles, desafían estereotipos. Nos encontramos ante una subjetividad homosexual enunciada desde dentro, desde un narrador en primera persona y, como en los textos anteriores, desde una mirada heterosexual. Tampoco hay una defensa a ultranza de la sensibilidad gay ni esta aparece de algún modo ideologizada. La homosexualidad es el escenario natural donde ocurre una serie de historias que, aunque con un fuerte componente (homo)sexual, tratan una diversidad de cuestiones. Por otra parte, la ausencia de motivaciones y reivindicaciones políticas marca también un punto de giro.

Otro caso significativo lo constituye la narrativa de Ena Lucía Portela, quien, antes de aparecer su libro de relatos Una extraña entre las piedras,9 había publicado cuentos de tema homosexual, ha publicado ya dos textos sobre el tema, ya estudiados por la crítica. Me centraré en el relato que da título al volumen: cuenta las peripecias de una cubana recientemente emigrada Nueva York y que se inserta en una comunidad lesbiana. La peculiaridad reside en que por primera vez se asume la homosexualidad desde una perspectiva consciente de género. El modo de vida y las referencias de los personajes son eminentemente lesbianos, aunque la autora cuestiona constantemente los estereotipos que suelen darse en ese medio. Sombra, su pareja, es una «feminista radical» con un «extraordinario, yo diría que hasta susceptible, sentido de la dignidad gay», pero, al mismo tiempo, «una de esas mentalidades totalitarias que temen a la risa, las parodias, la ironía, la retórica negra y los juegos de palabras», todo lo que, según la narradora, conforma la «sustancia pulp». Ésta no significa aquí la literatura de baja calidad, básicamente policial, ni tampoco lo trivial, sino de un equivalente de lo posmoderno, donde las identidades fijas e inamovibles son cuestionadas. Sombra representa esa identidad férrea, moderna, mientras que Nepomorrosa, la siguiente relación de la narradora, encarna lo pulp, lo queer, palabra que, aunque ausente en el relato, resulta particularmente enfática. Hacia el final del texto se admite que «la sustancia pulp, en efecto, había venido a complicar los múltiples sentidos de la mirada gay, de manera tal que a veces ni siquiera podíamos reconocernos. Se había perdido la pureza y no era raro que la gente straight quisiera, como quien dice, probar».

En el relato, al igual que en el libro de Pedro De Jesús, la aceptación de la identidad homosexual no constituye en sí un dilema. Ése es el contexto, la mentalidad en que se mueven sus personajes. Los conflictos se generan en otra zona: el cuestionamiento de una identidad que suele erigirse por oposición a otra. Lo que importa es cómo ese mundo también genera enfrentamientos que en muchos casos tienden a reproducir los patrones heterosexuales: dominación, falta de intercambio, estereotipos. Por otra parte, a la autora no le interesa asociar sexualidad y política. La narradora declara que «no tenía problemas políticos ni económicos demasiado serios; en realidad no tenía problemas, [...] emigraba como los pájaros, por razones de clima». En ambos autores se observa una voluntad explícita de suprimir las condicionantes políticas ligadas al sexo. Mostrar un tipo de sexualidad pasa a un segundo plano, mientras que al primero saltan la escritura y las complejidades composicionales y discursivas.

Pedro de Jesús y Ena Lucía Portela representan la continuidad con (y el rescate de) una manera de representar al sujeto homosexual en Cuba ajena a consideraciones circunstanciales y a reivindicaciones que pueden leerse como un primer momento del emergencia de una sensibilidad homosexual. En este sentido, rescatan para nosotros lo mejor de una tradición cubana que cuenta con obras como El ángel de Sodoma, de Alfonso Hernández Catá, Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro, Paradiso, de Lezama Lima, o la narrativa de Severo Sarduy y la de Reinaldo Arenas. En esa tradición, la homosexualidad constituye en sí el centro de la discusión y los conflictos y no una vía para discutir cuestiones de otro tipo.

La eclosión de literatura homosexual en Cuba, antes de estos dos narradores, acaso tenga un valor más histórico que estético, en el sentido de traer de nuevo a la palestra pública un tema silenciado. Pero en ese esfuerzo por reanimar la presencia de un tipo de sujeto entre nosotros, la reducción y la simplificación con que en muchos casos fueron tratados no sólo atenta contra la representación del sujeto homosexual sino contra el hecho estético mismo, al reducir la intensidad y la complejidad de los textos. Con ambos autores se abre la posibilidad de abordar el tema homosexual sin que medien cuestiones ajenas a la problemática misma, por lo que hacer uso de él con otros fines (ya sea para debatir otros asuntos, para hacer llamados a la tolerancia, o para reafirmar militantemente una identidad) representaría un retroceso.

 

 

 

1 Roberto Urías: «¿Por qué llora Leslie Caron?», Letras Cubanas, julio-septiembre de 1988

2 Norge Espinosa: «Vestido de novia», Rolando Sánchez Mejías (comp.): Mapa imaginario. 26 nuevos poetas cubanos, La Habana, Embajada de Francia e Instituto Cubano del Libro, 1995.

3 Senel Paz: "El lobo, el bosque y el hombre nuevo", Unión, La Habana, a. IV, No. 12, 1991, p. 36.

4 Abilio Estévez: "Desnudo frente a la ventana", Casa de las Américas, No. 181, julio-agosto de 1990, p. 74.

5 Víctor Fowler: La maldición. Una historia del placer como conquista, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1998, p.144.

6 Leonardo Padura: «El cazador», La Puerta de Alcalá y otras cacerías, Madrid, Olalla Ediciones, 1998. Leonardo Padura: «El cazador», La Puerta de Alcalá y otras cacerías, Madrid, Olalla Ediciones, 1998.

7 Cf. Arturo Arango: «Los violentos y los exquisitos», Letras Cubanas, julio-septiembre de 1988.

8 Pedro De Jesús: Cuentos frígidos. Maneras de obrar en 1830, Madrid, Olalla Ediciones, 1998.

9 Ena Lucía Portela: Una extraña entre las piedras, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1999.

 

EL AMOR ES UN DIOS MATERIALISTA: SOBRE EL GOCE DE LA PIEL DE OSWALDO REYNOSO / Gustavo Faverón Patriau

EL AMOR ES UN DIOS MATERIALISTA: SOBRE EL GOCE DE LA PIEL DE OSWALDO REYNOSO / Gustavo Faverón Patriau

 

Oswaldo Reynoso. El goce de la piel.
Editorial San Marcos, Lima, 2005.

 

En su última nouvelle, El goce de la piel, Oswaldo Reynoso parece recoger los hilos de más de uno de sus temas cruciales: el homoerotismo y la homosexualidad en los ritos juveniles, al modo de Los inocentes; la multiplicidad de la condición citadina y su resonancia en las formaciones tribales urbanas, tema no secundario de En octubre no hay milagros; la reflexión estética y moral vinculada con la escritura literaria, a la manera de En busca de Aladino. De acuerdo con un proceso que se ha vuelto constante y creciente en el trabajo del autor arequipeño, en El goce de la piel las cosas están dichas con una suerte de lirismo callejero, que no teme lidiar con el problema de buscar un estatus poético para el idioma a veces sucio y destemplado de la calle.

A diferencia de muchos autores realistas posteriores, de aspiración más o menos marginal, algunos de los cuales escriben tras su huella (Sergio Galarza, por ejemplo), en Reynoso esa lengua se vuelve conducto para reflexiones que trascienden la frontera intelectual de la cantina y la tropelía esquinera. Reynoso no rehúye su compromiso autoimpuesto de pensar nuestra cultura, o ciertos aspectos de ella, a través de la palabra de la pandilla de barrio, del lumpen carcelario, de las esforzadas y más o menos móviles clases populares, y, por supuesto, de la intelectualidad desplazada fuera de los grandes circuitos de transmisión ideológica de nuestra sociedad. Si cuenta historias de marginales, lo hace sin renunciar (¿por qué habría de renunciar?) a una intención canónica: no habla desde el centro, pero habla hacia el centro.

El goce de la piel, en sus escasas páginas, tiene un afán abarcador, cuyo primer síntoma es el amplio espectro social y generacional de sus personajes (dos de ellos parecen transitar de la adolescencia hasta la ancianidad). Ese es el caso, sobre todo, de uno de los protagonistas, que es uno y es varios: Malte, que habita, con ese nombre pero con identidades cambiantes, los cinco capítulos de la narración. En algún pasaje, Malte es un quinceañero hijo de italianos (13); en otro, un pandillero adolescente, hijo de "un dirigente anarcosindicalista" (24); en otro más, tiene veinte años y viene de una "familia emigrante de la sierra. Madre abandonada con cuatro hijos. Fracasadas invasiones en arenales" (32). Tiene "sólo tercero de secundaria" y debe "trabajar de lo que se encuentre en el camino" (32). Ese Malte, además, ha pagado una condena en Lurigancho y es devoto de Sarita Colonia (34).

Esa devoción da la pauta de uno de los temas centrales del relato. La fe en la Sarita, y el "rosario blanco" (31) que Malte lleva al cuello en esta encarnación, son quizá los únicos símbolos cristianos que salen indemnes de la mirada crítica del narrador. Como si su pertenencia al mundo popular, su índole casi pagana, los alejara de la temible sombra de la Iglesia oficial y la religión del espíritu. Porque la fe católica es sin duda uno de los blancos del libro. Reynoso compone su crítica contra ella, inicialmente, siguiendo un recurso marxista: la baja del altar para inscribirla en el sistema del capital, mostrando la trastienda de su carácter terreno y su naturaleza negociante: es la Iglesia que compra adeptos, que ofrece "descargas económicas" y "ayudas cristianas" a los padres del personaje-narrador a cambio de que entreguen al hijo al sacerdocio. A medida que el narrador vaya escapando del fantasma eclesiástico, los símbolos de la Iglesia se irán desacralizando. En el primer capítulo, su padre concluye los diálogos bebiendo "el vino de su copa" (14) en compañía de un sacerdote; en ese mismo episodio, la primera experiencia homoerótica del narrador y el Malte italiano se sellará de modo similar: bebiendo ambos de un "gran copón dorado" y coronando uno al otro "con un racimo de uvas negras" (18). Pero el vino de la misa cristiana se transfigurará en pisco (24), en licor servido "en dos copones" (31), en el alma de la "noche cervecera" (39). Cuando el narrador esté ya plenamente librado de la angustia cristiana, sobrevendrá el pasaje curioso en que, en torno a una mesa de escritores, Martín Adán parecerá oficiar de sumo sacerdote ateo, una vez más,"frente a un gran copón de pisco" (39).

Como si ésta fuera una hagiografía en negativo, la narración es la historia de un abandono de la religión, pero no contada como el relato de un desengaño, sino a la manera de un descubrimiento. Las claves son muchas, y van desde el pasaje en que los púberes amantes salen en busca de "un tesoro que está escondido en un baúl" (14) hasta el momento en que el narrador nos informa de que la suya será una cacería tras "la iluminación alucinada del misterio de la existencia" (24). En un principio, el personaje-narrador es aún víctima de sus aprensiones cristianas, se contiene de tocar al objeto de su deseo homosexual "porque hubiera sido pecado mortal" (18), e incluso después de que cede a la expectativa, siente que a causa del contacto "merecía la muerte y las llamas del infierno por siempre jamás" (17).

Cielo e infierno son, pues, las coordenadas del orden natural al principio del relato. Cuando los jóvenes enamorados abran el misterioso baúl, y extraigan el "tesoro" buscado, éste, que llegará a ellos junto con el descubrimiento de su sexualidad, será leído por el protagonista como un hallazgo "de muerte y de exaltación de la alegría y del desenfreno" (17): la inauguración de un carnaval (no bakhtiniano, pues no será temporal, sino definitivo), la abolición del orden primero. Del baúl, significativamente, saldrán también "gobelinos" y "máscaras y antifaces" (17): no sólo el carnaval sino las señas de la representación y la identidad. Con ello quedan puestos sobre el terreno los hitos temáticos del relato: la subversión del orden, la revelación del yo en la sexualidad, y la representación estética de ambas cosas.

La piedra de toque del abandono de la religión es la constatación de que el dolor no es necesario, y que el placer indoloro puede ser pleno y extenso. El último rezago de su amor cristiano por el su­frimiento parece tenerlo el protagonista en la contemplación de un San Sebastián "lacerado con dardos" que "apenas cubría su sexo con una angosta tira de tela" (17). De allí en adelante, el mismo baúl, caja de Pandora, del que brotaron gobelinos y antifaces, descubrirá en su seno estampas ya no de "rostros dolientes... ni mucho menos de vírgenes adoloridas" (17), sino figuras felices e indoloras: estampas de santos que no representan ideas celestiales, sino alegrías terrenas. La suma de las revelaciones será "el inicio de la destrucción de esa tenebrosa fe inculcada en el miedo al pecado" (19). La conclusión del protagonista es una transformación de la angustia tanática de la espiritualidad cristiana en éxtasis materialista. El muchacho tiene una sensación semejante a las que se cuentan en "los testimonios de los místicos cuando narran su experiencia en la búsqueda de la plena religación con Dios" (26), pero elude la cara espiritual para emprender "el camino hacia la religación mística con los cuerpos" (27). Sólo cuerpos, sólo materia.

En efecto, de allí en adelante la narración prescinde de Dios para recomponer su misticismo a escala humana. El pasaje nodal de ese cambio sobreviene en la cuasi onírica tarde en que el narrador descubre que Malte ha sido, salvando anacronismos insustanciales, el modelo original de uno de los cuerpos pintados por Michelangelo en la Capilla Sixtina: las imágenes "divinas" no son espirituales porque no son representación de almas, sino idealización de cuerpos de carne y hueso; análogamente, la fe religiosa no es sino una sublimación innecesaria de la vida terrena.

Pero Reynoso tampoco idealiza el cuerpo como una totalidad inconsútil y mucho menos inmaculada. Es un marxista -como el narrador-personaje (49)-, y escribe casi siempre debatiéndose entre esa estética del cuerpo, el deseo y el placer, y un reconocimiento del cuerpo como espacio de confluencias y marcas sociales. Los cuerpos de sus personajes llevan señas de clase, están atravesados por todos los accidentes de la vida pública. La visita del "profesor" (el narrador adolescente del inicio, ya maduro, es, autobiográficamente, un maestro y un escritor) al barrio del Malte ex presidiario, es una inmersión en la marginalidad limeña: "precarias construcciones de madera y esteras" (32), en medio de las cuales el cuerpo del muchacho "se imponía a la pobreza de su vestimenta" (32). El cuerpo es la defensa del individuo, el escudo de las marcas sociales, dentro del cual se abriga una humanidad inconmovible. Malte es, sólo metafóricamente, "un ángel con las alas quebradas" (43), como lo son sus compañeros de cárcel, "no importa que los hayan reducido a la condición más baja de la humanidad" (35). El cuerpo no es sólo sitio del placer, sino refugio del ser humano prístino, abrumado de injusticias: bajo los cuerpos en la sociedad subyace, en potencia, pero acosada, la humanidad igualitaria. Así, la elegía del goce corporal se transforma en una poética del cuerpo del pobre -"lo que nunca le pudieron quitar fue el disfrute libre de su piel" (36)-, hálito que anuncia, optimista, un mundo de clases abolidas: "el disfrute puro sin ningún apetito de posesión ni de pertenencia" (50). Con ello, la utopía erótica de El goce de la piel deja ver su dimensión política, su alegato del erotismo libérrimo como cifra de igualdad. El cuerpo es el único bien inalienable. Por eso, un "chibolo limpio de barriada pobre" es el extremo de la perfección; porque está depurado, porque sólo se tiene a sí mismo, sin afeites ni disfraces. Allí radica el sentido de los pasajes de masturbación en que los muchos personajes adolescentes alcanzan el placer todos a un tiempo, lanzando "un rugido de felicidad" (26): el goce individual se diluye en el grupal, se entrega a él, es el camino a la comunión del colectivo (en este punto, El goce de la piel parece hallar una conclusión para la recurrencia tópica del asunto de la masturbación colectiva que aparecía ya como intuición en Los inocentes).

La nouvelle concluye con una variante de "El otro", el célebre relato borgeano sobre el encuentro anacrónico entre un yo anciano y su joven alter ego (o viceversa). En este caso, son dos hombres viejos los que comparten una banca frente al mar de Lima. Uno se ha asumido homosexual; el segundo juega con sus nietos. "Lo miro al otro en ese atardecer frente al mar y en sus ojos brillan flamas marrones. Tengo miedo de preguntarle su nombre" (50), dice el narrador. La lógica de los encuentros entre el narrador y los diversos Malte, que se han repetido en cada capítulo, impulsa al lector a suponer que ahora el segundo viejo es un nuevo Malte. El peso de la referencia borgeana nos conduce a pensar en el cruce insólito entre dos facetas desprendidas de una misma persona. El miedo del narrador a conocer la identidad del vecino, entonces, no es ciertamente el temor del viejo ex amante a reconocer las máscaras adoptadas por su antiguo amor: es mucho más. Es la cifra del temor del narrador (¿o del autor?) a descubrir que toda la teoría de la identidad subvertida, toda la estética del cuerpo que se ha construido discursivamente hasta ese punto, pueda ser el resultado de un pro­longado arranque de solipsismo: la homosexualidad como epítome del narcisismo, un descubrimiento desconsolador, en caso de ser real (el narrador nunca se atreverá a preguntar el nombre de su eventual compañero de banca).

"Es posible también que en esa mañana de mi adolescencia en Mollendo cuando maté al dios de los curas hubiera emprendido, sin darme cuenta cabal, la búsqueda de una divinidad concreta, humana y bella, que me enseñara el goce pleno de la libertad" (50), dice el narrador, mirando al mar, como en el verso de Martín Adán que sirve de leitmotiv a otro capítulo. "Es posible". También es posible que su búsqueda haya sido inútil.

Ahora bien, ¿es este libro un hito crucial en la obra de Reynoso? Y, para hacer la pregunta más abarcadora, y acaso polémica: ¿es Reynoso un autor fundamental en nuestra tradición? Para la primera pregunta, mi respuesta es que sí. En la aparente modestia de estas cincuenta páginas, Reynoso ha dejado confluir, y ha cerrado, dos líneas temáticas obsesivamente presentes en su obra. Por un lado, profundiza las interrogantes sobre la estética de la creación literaria abiertas por En busca de Aladino, reconciliándolas con su inquisición sobre la ética de ese mismo ejercicio avanzada en Los eunucos inmortales. Su respuesta, por el momento, es sin duda interesante: Reynoso encuentra aquí una forma de ligar significativamente la estética sensualista y el compromiso social, proponiendo un texto en que ambos, como hemos visto, son enteramente indesligables.

Por otra parte, El goce de la piel cierra un círculo abierto con Los inocentes, y continuado con En octubre no hay milagros, algo que hace de esta nouvelle el sitio de reflexión sumaria sobre dos temas capitales del autor: la moral de la tribu y la estética de la pobreza. Un lector de Reynoso reconoce de inmediato las pandillas de Los inocentes en la presencia de los nuevos círculos callejeros que pueblan El goce de la piel. Pero, a diferencia de lo que ocurría en esos antecedentes, en la nueva obra la homosexualidad no es una marca de identidad distinta, semiescondida, a ratos vergonzante, ardua de manejar, sino una forma de liberación radical frente a ciertas oscuridades tradicionales, encarnadas aquí crucialmente por la tradición católica. El goce de la piel tiene un mérito mayor en la obra de Reynoso: el de ser la primera instancia en que el autor ha alcanzado a integrar la homosexualidad dentro de su discurso político de forma enteramente natural. Hay una importancia moral en eso: todos sabemos que muchas izquierdas, especialmente las más radicales, y notoriamente en ciertos casos latinoamericanos, pese a sus proclamas de igualdad, se han distinguido históricamente por una homofobia empecinada y feroz. Reynoso, escritor comprometido como tantos de su generación, ha tomado para sí el deber de decir algo al respecto, y lo ha hecho de manera inteligente y sutil.

 Para la segunda pregunta -¿es Oswaldo Reynoso un autor fundamental en nuestra tradición?-, mi respuesta tiene muchas aristas. Reynoso no es un escritor cómodo, no es alguien que se conforme con unas fórmulas lingüísticas aprendidas y domesticadas. Intenta, más bien, expandir su sintaxis narrativa y sus formas retóricas de acuerdo con sus asuntos y sus obsesiones. Y lo hace dentro de un parámetro difícil, que él mismo se ha impuesto: no traicionar la vitalidad callejera de su idioma narrativo, hacer literatura con la lengua de las clases po­pulares. Eso lo conduce a fijarse una actitud experimental cuyos frutos no son siempre acabados. Uno puede distinguir la dificultad de su escritura, notar las costuras, señalar la trabajosa elaboración de la prosa, percibir, al fin y al cabo, que la narración es producto de un cierto tra­bajo cuyas huellas no se han alcanzado a borrar. No es fácil leer a Reynoso y sentir que uno se sumerge en la ficción, porque las marcas de la construcción de sus relatos afloran a cada instante. Reynoso, que nunca ha eludido el deber de hacer literatura importante -lidiar con temas cruciales, no quitarle el cuerpo a los retos de su tiempo y de su entorno-, no ha conseguido nunca escribir un gran libro. Pero es, en cambio, un escritor fundador con respecto a ciertas líneas temáticas de nuestra tradición: la literatura de las migraciones provincianas en Lima, la génesis de las nuevas culturas populares, la narrativa de tema homosexual, la representación de las tribus populares capitalinas, y, con todo ello, la mirada diversificadora a los distintos estratos y capas dentro de las clases marginales, que en Reynoso dejan de ser un amasijo homogéneo para adquirir cierta estructura. (Claro está que en distintos aspectos de esa fundación lo acompañaron, muchas veces con mejor fortuna, otros, como Congrains e incluso Ribeyro). Reynoso es, si cabe, un autor que parece haber asumido la responsabilidad de recibir él los golpes, estrellarse con las vallas y experimentar los deslices para que otros vengan detrás y encuentren el camino más o menos desbrozado.

Extraído de: http://huesohumero.perucultural.org.pe/4711.shtml

Revista Hueso Húmero Nº 50