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El Rincón del Diablo

INTENTA ESCUCHARME

INTENTA ESCUCHARME  

Despierta. Escucha, escucha lo que digo,

Lejos estás de mí si estás conmigo.

José Coronel Urtecho, Idilio en cuatro endechas

 

Retrocedió. La calle en silencio, el último gato cruzando fugazmente tras su escurridiza presa. Chillaron sus enlodadas botas. Sintió la humedad. Se vio irritable, increíble de estado, tambaleante,  sobre el charco reciente de la esquina.

Miró su reloj. Pronto dejaría de revolcarse sobre su cama, de procesar las imágenes del día tratando de hallar respuestas a trivialidades, interrogándose, respondiéndose, dudando, discutiendo hasta desconocerse en el escenario híbrido de la ficción.

Maldijo, susurró la palabra indescifrable en estas últimas noches. Nada más patético que estar allí a  veinte pasos del objeto sin luz, sin voz, sin esa forma ahora desconocida. Bebió un poco más de aguardiente. Nada cambiaría el hecho desagradable de la  desconexión, del jodido día de la oración colérica explotando sobre los rostros, salpicándolos, corroyéndolos internamente.

Se sentó en la vereda, prendió un cigarrillo, escupió mientras sus ojos señalaban el objeto. Nada mejor que la lluvia para desgarrar recuerdos, machacar hasta sentirlos polvo, aspirar y vomitarlos por puro masoquismo. Continuó bebiendo, rebobinando la cinta maldita, proyectando las escenas rescatables, pausa, continuación, y sin la opción de descartar las erradas interpretaciones de sus actores melancólicos y sensibleros, echando a perder  una historia de argumentos rescatables.

Era extraño volver a extrañar, desprenderse de sí mismo para adherirse a lo distante. Estar  allí no era una opción saludable para el ego ni para el cuerpo. Se paró, meó y  estornudó, como detestaba hacerlo mientras su fluido era intenso. Bebió las sobras, ahora escucharía el tema y las campanas rechocando una y otra vez dentro de sus sien, sentiría el arroz -jamás lanzado- sobre su cabeza, bailaría el último vals. Avanzaría hacia un más allá siempre invisualizable, la atraparía en su tacto, en su gusto, en su olfato. Sepultaría los puta y perra que invocó en el desencuentro, los relatos sexuales dispersos en oídos sensacionalistas, su ritmo acelerado hurtándolo de energías; callaría en espera de la armoniosa continuación.

Rompió la botella. Ponto volvería del escenario híbrido de la ficción, indiscutiendo, indudando, inrespondiéndose, desinterrogándose de trivialidades improcesadas, para confirmar que él -o aquella parte errada- estaba allí afuera acometiendo el silencio, desgarrando la historia a punta de puñaladas lexicales, ignorando su fugaz entrometimiento a la experimentación.

Mal parido, se dijo, mientras corría lentamente la cortina de su habitación. Lo observó gritar, resbalarse sobre el suelo fangoso, levantarse, desquitar su ira contra las piedras alrededor. Su nombre retumbó en medio de la noche.  Desenterró los puta y perra que retenía en el resentimiento, los relatos sexuales, el ritmo acelerado de noches perdidas.

Hijo de puta, se dijo, mientras marcaba el número de emergencia. Ellos se encargarían de tipos cursis como él, tipos sin salvación existencial, estancados hasta el agotamiento en el no-presente.

Esperó hasta escuchar la sirena, los gritos de oposición.

Sería difícil volver a procesar las imágenes retenidas para internarse en el escenario de la ficción, pero lo intentaría.

 

Carlitos Brigante

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