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El Rincón del Diablo

PIEDRA DE SILENCIO

PIEDRA DE SILENCIO

Nada qué decir 

Así fue mi vida y no tengo nada qué decir.
Busqué soledad, la tuve.
 

Y si huí de casa desde niño, desde siempre.
Si no he jugado. Si no he amado. Si no he lactado.
Si me he sentido un extraño todo el tiempo
fue por escribir poesía.
 

Y si me han creído un loco,
y me he sentido más cerca de la muerte,
si no he sido feliz,
fue por escribir poesía.
 

Y si rehuí la escuela y la adolescencia misteriosa,
lo hice queriendo estar a solas conmigo.
 

Si me enamoré una, dos, tres mil veces
para que me dejaran siempre
fue porque la vida es así de caprichosa.
 

Y si mi ser es cercanamente nostálgico y afligido,
y si me aterra la rutina y el reloj
será por mi manera de mirar
o probar los alimentos.
 

Y si a veces río o lloro. Y si de buena gana me deprimo
es porque encuentro cosas animadas
detrás de los objetos muertos.
 

Y si pienso que otro mueble cabría mejor
en el espacio que ahora ocupo
es porque interrogo mi existencia.

Hormigas gigantes 

Por qué soy yo y no otro,
uno de un millón como los pájaros. 

Por qué no duermo, trabajo, ceno
y sujeto a mi cuello una corbata de grabado azul. 

Por qué soy yo y no otro,
por ejemplo
un insecto gigantesco y risueño
que es feliz arrastrándose
y comiendo cosas duras. 

Y cuando requieran mi nombre,
decir: “soy esta alma”. 

Por qué soy yo y no otro. Y libre
pueda dormir donde quiera mi sueño. 

Necesito que el caer de una fruta
sea plácida música. 

Por qué soy yo y no otro,
errante, amigo de todo cuanto existe
sin tener hambre, cansancio o miedo. 

Y ser por siempre, de buena gana,
solamente un hombre
que pasa con su cabeza alada.

 

 

 

Piedra de silencio 

Puedo incurrir
en no saber quién soy desde la ventana del autobús.
Puedo incurrir en mi soledad tres veces,
en mi escapatoria, en mi angustia,
en mi eterna reclusión.
 

Puedo incurrir en el límite, en el movimiento,
en la velocidad,
en el silencio,
en el beso que se da por amor.
 

Puedo incurrir en el paisaje,
en los desiertos, en los cerros, en las playas,
en las sonrisas sepultadas y sus ruinas.
 

Puedo incurrir en el alma, en tocar a Dios,
en desilusionarme y dormir una semana.
 

Puedo incurrir en buscar algo diferente cada vez
y que en la sombra mi alma no más.
 

Puedo incurrir en prendarme de la mujer ajena
otra vez.
 

Puedo incurrir en buscar la metamorfosis adecuada
para escapar de lo inapelable, de lo triste.
 

Puedo incurrir en lo mismo,
en el silencio, en el sonido, en el ruido;
en amar, en volver y quedarme solo para siempre.
 

Puedo incurrir en mi falta, en las mismas paredes
y en el mismo encierro.
 

Puedo incurrir en enamorarme de un anhelo
y apartarme de mi tiempo.
 

Puedo incurrir, apenado, en los recuerdos y
en las trenzas negras de las niñas
que en el tiempo muerto me quedaron esperando.
 

Puedo incurrir en que todo está sepulto
y que estoy triste
de considerarme ajeno a mi realidad.
 

Puedo incurrir en que he extraviado mi mundo y mi fe
y la gente que era mi gente.
 

Puedo incurrir en que me compadezco
de toda existencia y de cualquier otra
aunque fuese una aventura.
 

Puedo incurrir en no estar de acuerdo
de vivir para la cadena.
 

Puedo incurrir en mi exilio otras “tantas veces”;
tener soledad, barba, tristeza, anhelos imposibles.
 

Puedo incurrir en estilizar todo cuanto pueda ver en el espejo;
suponer huidas, oscuridades, sentimientos, espectros, dioses.
 

Puedo suponer la mitad de mi vida soñando con la otra mitad 

Puedo suponer criaturas, paredes, espacios; la no-existencia,
una nariz muy grande y las negras patas de una mosca.
 

Puedo suponer una muchacha de vestidos cortos, la rosa en sus cabellos.

Puedo incurrir en la articulación de su mirada, en el mensaje, en la música.

Puedo incurrir en que tiene boca, ojos, andar, amor; y no existir. 

Puedo incurrir en una lágrima, en un mal rato, en una interrogación y excarcelarme,
y una vez más incurrir en un instinto, en una lucha, en un levantamiento

y tratar de vivir con el hechizo…

 

 

 

En algún andén 

He conversado a solas con mis zapatos
en un andén del mundo.
 

No me engañes (aunque lo quiera), vida,
que vendrá lo que yo quiero.
 

Conozco mi tormento, alma,
sé de lo extranjero que soy en el camino.
 

Y por eso siento la pena. La pena grande
que cuelga de la rama como fruta.
 

Déjame partir hacia mi destino
Hacia el destino del mundo.
 

Del mundo que quise, que quise siempre
como un tesoro y no lo tuve...

 

 

Azagar

 
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