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El Rincón del Diablo

MOLOCH

MOLOCH

La mañana era clara y más bien calurosa. Sobre la multitud pendía el disco solar, calentándola. En la tierra, a las afueras de Cartago, el bullicio no podía ser más grande, casi comparable al de la plaza en día de mercado. Pero en lugar de los comerciantes de esclavos pregonando su mercancía, lo que se oía eran los cuernos y tambores de los sacerdotes; el extendido murmullo del gentío era el mismo, sin embargo, tanto aquella ocasión profana como en ésta, sagrada. Elevándose contra el cielo despejado se veía la brillante efigie de Moloch. Su forma era la de un hombre grueso con cabeza bovina, y tenía algo de grotesco en su factura. El bronce pulido del que estaba hecha albergaba grandes cavidades semejantes a hornos en donde ardía leña desde hace ya algunas horas. La superficie del ídolo estaba calentada al rojo, y así recibiría los pequeños cuerpos que le serían entregados. El sacerdote mayor consideró que era tiempo de empezar la ceremonia de sacrificio. Pidió, ritual e innecesariamente, permiso al rey y casi con el mismo ademán indicó a los acólitos que había llegado el momento. Cuernos, címbalos y tambores renovaron su ímpetu, queriendo simbolizar los bramidos que emitiría la imagen si cobrase vida. La multitud calló. Las víctimas, seis infantes sin defectos de pocas semanas de vida, fueron llevadas ante Moloch y depositadas una a una sobre sus brazos extendidos. El llanto de los inmolados era cubierto por la algarabía de la música disonante, estridente, pero bien pensada. Tal vez alguno de los concurrentes de olfato muy fino alcanzaría a percibir el olor de la carne quemándose, pero por lo demás las muertes resultaban distantes, impersonales. Eran contados aquellos de los presentes que expresaban alguna emoción, pero entre ellos resaltaba un hombre de mediana edad. Era un comerciante nuevo en la ciudad, y aunque la emoción de ver a su hijo siendo sacrificado no lo hacía contorsionarse ni gemir como a algunas mujeres, sí era claro que experimentaba profundas emociones. Se cubría la cara con ambas manos, pero ni así podía ocultar sus muecas desencajadas, espasmódicas. Sus ojos estaban inyectados de sangre y su mandíbula en su punto más bajo, moviéndose de lado a lado, en algo que tanto podía ser un sordo sollozo como una carcajada histérica o aun un atoro. La gente prefería estarse alejada de él pues les provocaba una vaga repulsión su actitud, pero también porque no se fiaban mucho de los foráneos. Cuando por fin el último infante había sido pasado por el fuego de Moloch, el sacerdote principal autorizó a la muchedumbre a disolverse. El hombre de las muecas se dirigió como los demás hacia la ciudad, pero lo hizo solitario y con paso bastante más lento, se diría que reviviendo mentalmente cada momento del espectáculo, casi ahogada en su llanto. No le habló, y apenas le dirigió una mirada como la que se da a una balanza rota o a un esclavo que se ha quedado lisiado. Dos semanas después, el hombre abandonaba la ciudad. Había repudiado a su mujer, liquidado sus negocios y vendido su casa. Su viaje no sería muy largo. Solamente tenía que llegar a otra ciudad, prudencialmente distante, en donde se practicara el mismo culto. Siendo un hombre saludable y de fortuna no le sería difícil encontrarse otros suegros, a los que pagaría una cantidad decente en monedas de plata a cambio de una joven esposa. Se establecerían como forasteros ricos y despertarían envidias entre sus vecinos. Engendrarían un hijo, cuya belleza y perfección de proporciones serían motivo de jactancia para su padre. Llegaría nuevamente la fiesta de Moloch, y entre los bebés elegidos para el sacrificio estaría el hijo del forastero, no había duda. Y una vez más él, el hombre de las muecas, podría saborear ese retorcido placer de ver su carne siendo abrasada por Moloch.

Óscar Meneses Lovatón


 
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