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El Rincón del Diablo

Antoanette Alza Barco

La princesita Gotita Dorada

Propulsores

La habitación

     

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Mayra Florián

Mayra Florián

Una soledad diferente

Simple 

 

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Los otros

Edmundo Paz Soldán


Fran se encontraba en su habitación cuando escuchó a su mamá llamándolo a gritos a almorzar. Suspiró: hubiese querido quedarse en esa luminosa habitación, continuar recreando, tirado en el piso con sus ejércitos de plomo, la batalla de las Termópilas. Le había tomado unos meses informarse de los pormenores de la batalla y proveerse de los mapas adecuados. Había estado encerrado allí toda la mañana, no había ido al colegio pretextando un resfrío; y era la libertad estar en sus pijamas azules y perderse en su mundo de juegos de estrategia, soldados que caían, generales que vacilaban, columnas en formación que incendiaban villorrios.

Intentó ignorar los gritos, pero no por mucho rato. Cuando lo llamó su papá, debió bajar, cabizbajo, fingiendo tener la nariz congestionada para que no lo enviaran al colegio. Todavía en pijamas el jovencito. Seguro con tus soldados, ya no estás en edad. Algún día los haré desaparecer. Sentado en la mesa, papá hacía el crucigrama. Acababa de llegar de la oficina, no se había sacado la corbata. Me duele todo, papi. La nariz, la garganta. Cómo puedes tener un resfrío con este calor. Búscate una mejor excusa y charlamos. Escritor norteamericano de ciencia ficción, cuatro letras. Es verdad, anoche dormí con la ventana abierta, y en la madrugada hace mucho frío. No tengo idea, no sé de escritores. Igual, con ventana abierta o cerrada, no es motivo. A tu edad trabajaba a partir de las cinco de la mañana. Pero cuando uno tiene todo, se malcría.

Había escuchado hasta cansarse el relato de la adolescencia sacrificada de papá, cómo el abuelo lo hacía levantarse temprano para que se hiciera cargo de los hornos en la panadería. Decía que hubiera querido criar así a sus hijos, pero su mujer se lo había impedido, consintiéndolos desde pequeños.

Mamá se sentó a la mesa. Cómo te fue en el trabajo, preguntó. La respuesta fue un gruñido. Hubo otras preguntas, hubo otros gruñidos. El segundero en el reloj del comedor se movía con parsimonia, el minutero permanecía inmóvil como una espada en desuso. Fran estaba ahí, pero no estaba. Escuchaba a sus papás, pero no los escuchaba. La sopa de pollo la sentía insípida. O acaso había comenzado a creer de verdad en su resfrío. Esta tarde saldré temprano, decía su papá, que se estaba dejando crecer las patillas y tenía una expresión algo anacrónica, de guitarrista de banda de rock en los cincuenta. Voy al dentista. Las palabras lentas, las sílabas mordidas. Voy. Al. Den. Tis. Ta. Creí que habías ido ya la anterior semana, dijo su mujer sin verlo, con ese tono incrédulo que usaba ante cualquier plan de su marido. Sus lentes gruesos y su piel descuidada--archipiélagos de manchas negras en el cuello y las manos--la hacían ver más vieja de lo que era. Me sigue doliendo. Parece que me la tendrán que sacar.

Papá partió el pan, y en ese momento Fran notó algo raro. Quizás era la forma en que había agarrado el pan, con la mano izquierda, él que era derecho. Continuó con la sopa, mirándolo de reojo. El ralo bigote, las ojeras que delataban las noches de póker. Fran tuvo la intuición, primero, y la certeza, después. Papá era él, y sin embargo no era él. Alguien lo reemplazaba, alguien aparentaba decir sus palabras con el mismo tono agobiado por la vida, y trataba de imitar su inimitable mirada sin lustre. ¿Mamá se habría dado cuenta de ello? Papá se levantó de la mesa y se dirigió a la cocina. Mamá, susurró Fran. ¿Qué? Papá…
Se armó de valor para terminar la frase. No es el mismo. Papá no es papá.
Yo también lo he notado. Hace mucho que no es el mismo. Tanto trabajo cambia a la gente.
No me refería a eso, mamá. Papá… es otro.
Eso también decía tu hermano cuando llegó a la adolescencia. Por eso aprovechó el menor descuido para mandarse a mudar. Para eso los criamos, para que algún día levanten vuelo. Todos los hijos son ingratos.

Papá puso una cubeta de hielo sobre la mesa y regresó a su silla. Miró a Fran, y éste vio por un segundo un rostro de horror, como una máscara de plastilina que acabara de ser estrujada. Gritó, y saltó de la mesa y se dirigió corriendo a su cuarto. Papá y mamá se miraron. ¿Qué diablos le pasa esta vez? Yo levanto las manos, dijo ella. A ver si lo puedes poner en vereda. Ella siguió comiendo. Él tiró una servilleta al suelo y subió las escaleras a grandes trancos, perseguido por el crujido de la madera.

Tocó la puerta del cuarto de Fran. Fran escuchó los golpes como si fueran el anuncio de algo siniestro. Se puso rápidamente unos jeans sobre el pantalón del pijama. Escuchó los ladridos de Springsteen, el malhumorado boxer del vecino, y a lo lejos las campanadas de la iglesia. Escondió a sus soldados de plomo bajo la cama, abrió la ventana y, agarrándose del reborde, se dejó caer al jardín.

Esperó a Eric y Joaquín a la salida del colegio, en el kiosko de la plazuela donde solían encontrarse los recreos. Bajó un jacarandá que dejaba llover flores sin cesar, les contó, agitado, lo que ocurría.

Así que tu papá no es tu papá, dijo Joaquín, el rostro incapaz de contener la proliferación de pecas. No te entiendo. Y qué vida la tuya. Te olvidaste de cambiarte la camisa del pijama.
Está hablando en metáforas, dijo Eric, que usaba lentes con montura de carey y tenía los incisivos salidos. El que no siente de vez en cuando que sus papás no son sus papás, que levante la mano. Todos tenemos que desconocerlos a veces.

Fran volvió a contarles todo. Daba pasos inquietos de un lado a otro, estrujaba las manos sin descanso. El sol se había instalado en el corazón del cielo, y caía como una plomada sobre la ciudad de calles vacías a la hora de la siesta.

Al final, moviendo la cabeza y entre bromas, aceptaron acompañarlo de regreso a casa. Eran diez cuadras. Las cosas que uno hace por los amigos, dijo Joaquín. Tienes que dejar la bayer, dijo Eric. Saben que no tomo ni cerveza, dijo Fran. ¿Y aquella vez, viendo Tom y Jerry? La primera y la última.

Llegaron y entraron con sigilo por el jardín. Springsteen volvió a la carga con sus ladridos. Se acercaron a la ventana al costado derecho. El papá de Fran leía el periódico sentado en el sofá de la sala, como si nada hubiera ocurrido. No veo nada raro, dijo Eric. Tu papá parece el mismo de siempre. Esperen, esperen.

Pasó un minuto. Fran, de pronto, comenzó a enumerar las sutiles diferencias entre su papá y el que creía un impostor: la forma en que agarraba el periódico y pasaba las páginas, la manera en que doblaba una pierna sobre la otra, el ángulo en que caía un mechón de pelo negro sobre la frente. Logró que la duda se instalara en Joaquín; Eric permanecía escéptico. Mucha televisión, dijo, pasando un trapo por los vidrios de los anteojos. Yo me voy, si quieren quédense ustedes. Parece un juego, encuentre los siete errores.

En ese momento, apareció la mamá de Fran; se acercó a su marido, le dio un vaso de limonada con hielo, y desapareció rumbo a la cocina. Ni se te ocurra moverte, le dijo Fran a Eric. Mi mamá corre peligro. Está allí adentro con un extraño. Quién sabe, robará la casa y la matará. Tendrás eso en tu conciencia. Quizás tu papá declaró contra la mafia, dijo Joaquín, y lo metieron en un programa de protección de testigos, y trajeron a un actor para que lo reemplace. De por ahí es un clon, dijo Eric. ¿No han visto esa mala película de Schwarzenegger? No se hagan la burla, dijo Fran.

Había que hacer algo. ¿Qué? Los soldaditos de plomo debían cobrar vida; podría ordenarles que marcharan hacia la sala y atacaran al extraño. No debía imaginar tonterías. Springsteen lo estaba poniendo más nervioso aún, qué manera de ladrar, un día de estos le haría comer pan con vidrio molido.

Joaquín sugirió entrar por la puerta de la cocina. Lo atacamos entre los tres, lo amordazamos y llamamos a la policía. Eric dijo que esas cosas sólo se le podían ocurrir a Joaquín. Te pasa por ver tanta televisión. Como si fuera coser y cantar. Mi papá es fuerte, dijo Fran con algo de orgullo; hace mucho que no va al gimnasio, pero igual se conserva bien. Eric sugirió que podía ir corriendo a su casa y traer un revólver, sabía dónde estaba el de su papá. ¿No que no creías? Entre el dolor y la nada, prefiero el dolor. El tono de Eric era de falsa solemnidad, se dijo Fran; el mismo que usaba cuando declamaba en las clases de literatura. No es momento para bromas. Se preguntó cómo siendo los tres tan diferentes habían terminado de mejores amigos. Acaso cada uno, a su modo, no terminaba de encontrarse en el mundillo adolescente del colegio, hecho de seres que jugaban a ser hombres en base a violencia y morbo sexual. Acaso había una explicación más práctica: a los once años, los tres habían descubierto que les fascinaba el fútbol en tapitas, y durante dos años se habían reunido casi todos los sábados por la tarde, en la sala de juegos de Joaquín, a jugarlo sobre una frazada gris que Eric había robado de su casa.

Fran volvió a observar al extraño que hacía el crucigrama del periódico y recordó con nostalgia a su papá; a duras penas aguantó las lágrimas. Quizás el impostor lo había asesinado, y había tirado el cadáver al río con una piedra maciza amarrada a los pies. No volvería a verlo más. Era cierto, no se llevaban bien, papá era tan hosco, tan poco dado a muestras de cariño. No había sido siempre así. Fue él el que le regaló los primeros soldaditos de plomo, a manera de sobornarlo para que fuera al colegio esa primera, traumática, lluviosa semana. Con él fue de niño al estadio todos los domingos, a ver mediocres partidos de fútbol. En el entretiempo, comían sandwiches de carne con chorrellana. Esos días no volverían.

Después de una breve discusión, acordaron ir juntos a casa de Eric. Irían en micro, sería más rápido. Fueron corriendo a la parada, a una cuadra y media. A lo lejos, se volvieron a escuchar las campanas de la iglesia.


Fran deseaba que el micro avanzara más rápido. El chofer escuchaba música clásica y paraba en cada esquina; el bus se iba llenando de gente: oficinistas gesticulantes, colegiales de mala traza, secretarias sin sonrisas. Sus amigos charlaban en el asiento delantero y lo miraban de reojo. Acaso lo creían un ser patético y sólo le estaban siguiendo la corriente. Era difícil culparlos, después de todo. Ellos no habían sentido lo que él a la hora del almuerzo, al ver que detrás de la cara tranquila de papá se escondía una cara de horror, y que la máscara caía apenas un segundo para revelarle a él la verdad, si tenía los ojos para verla. La había visto, y por eso se había salvado; mamá no, y por eso, si seguían demorándose, la aguardaba algo perverso.

Nos bajamos en la próxima esquina, dijo Eric abriendo la boca más de la cuenta, mostrándole sus dientes amarillentos.
Y Fran, de pronto, comprendió todo.
Por eso Eric había querido ir solo a traer el revólver. Y todo su escepticismo había sido una actuación. Porque el Eric que conocía no tenía todos los dientes amarillentos; un molar en el lado superior izquierdo era negro, gracias a un puente que le habían puesto hacía un par de años. No podía estar equivocado, lo veía todos los días en el colegio.

Eric se levantó de su asiento, Joaquín hizo lo propio. Fran notó que Joaquín se levantaba dando primero un paso hacia adelante con el pie derecho, y no con el izquierdo, como recordaba que lo hacía, como creía recordar que lo hacía.

¿Vienes o qué?, preguntó Eric.

Ese timbre de voz no era el de Eric. Una ligera diferencia, pero la suficiente para su oído aguzado. Momentos antes no se había dado cuenta de ello. La rutina de la realidad era tan fuerte que a veces era imposible notar cambios leves, trastornos en el orden de las cosas. Ahora sí, Fran estaba seguro de que, como su papá, Eric y Joaquín eran otros, unos impostores. Se aferró al reborde metálico del asiento delantero, trató de ganar unos segundos mientras discurría su próxima movida.

Miró al chofer, a las secretarias, a los oficinistas, a los colegiales en torno suyo. Sospechó con pavor que todos eran otros.

El atardecer llegaba con prisa; el sol se precipitaba hacia las montañas en el oeste, tiñéndolas de un resplandor entre púrpura y anaranjado. Fran se dio la vuelta y corrió hacia la puerta trasera; el micro se hallaba todavía en movimiento; saltó y cayó pesadamente, golpeándose contra el pavimento.

El micro se detuvo. Fran se incorporó a duras penas. Dio unos pasos vacilantes, luego comenzó a correr antes de que la gente descendiera del micro. Le dolía todo el cuerpo, pero aún así siguió corriendo. Sentía que lo seguían, creía sentir que lo seguían; percibía el golpeteo apurado de unos pasos en el pavimento de la calle. No volteó la cabeza para mirar si era así.

Con la respiración acezante, se dijo que debía llegar al lugar al que habían llevado a todos los que estaban en la ciudad antes de que llegaran los otros. O al lugar al que se habían fugado todos los que estaban en la ciudad antes de que llegaran los otros. No sabía dónde se hallaba ese lugar, pero estaba seguro de que existía.

Cruzó un puente. Debía seguir corriendo. 


 

Cuento inédito
 

Encontrado en: http://www.losnoveles.net/v1pazsoldan.htm

YO NO SOY UN GÁNSTERS

YO NO SOY UN GÁNSTERS

Viajo irreversiblemente viajo  

viajo en esa combi negra empapada de luz vertical 

viajo súbitamente en esta nave pedestre en el río Anidre 

por donde me interno como una sonda abrasadora que no embellece 

los cálculos las piedras el emplasto con que se cubre esta enorme ciudad  

como un cuerpo abandonado 

Viajo en esta negra combi y no hay niños ni perros a quien cargar ni llevar 

Viajo contra mi mismo en esta negra combi que me ata y me lleva abolsonado 

acucharado en vilo esposado que cruza el Estigia como un reo contumaz 

como un pastelero de esquina 

Estoy derramado Me baño en las viejas costas del Amanrote soy esclavo  

del príncipe Ademus donde me encapuchan intolerablemente por hablar otro 

idioma por orar echado por sudar arcaicamente y gritar desde una torre 

¿puedo viajar tranquilamente aspirando spray sobre las pardas ondas  

transparentes ennublarme y seguir las flechas que manchan el aire los líquidos caminos 

al sordo rebramar de sus olas? ¿Puedo viajar desde dentro vermiforme pajita 

concentrado y redondo por esta tierra que no es tierra que no es cielo que no se que 

puede ser salvo unos postes y casas que dejo atrás como la vida que no se adelanta 

sino se atrasa sin verlo mas sin recordarlo mas? 

Viajo en esta negra combi al volante mirando por el retrovisor a mis pasajeros 

Que solo yo los saludo cada mañana cuando toman y alzan el dedo sin yema y se 

suben como pidiendo disculpas tan pesados que hunden las llantas por sus deseos 

mas blancos que sus huesos que sus enredados pelos en las carreteras que las 

pasan durmiendo embabando el parabrisas el espejo donde no miran sino las estaciones  

que se suceden como gañidos en sus oprimidos pechos arrastrando sus quijadas  

como garras silvando en el viento pero todo se desvanece en el camino  

como el pasado de estos seres de estos burócratas que en sus tiempos libres fueron  

rebeldes mas ahora yo los conduzco a su destino como si los tuvieran en esta negra  

combi babélico sodomista gomorrista que se detiene contra un árbol como un perro  

para orinar en sus raíces en esa pared donde las putas revientan las cucarachas y las  

mariposas con sus zapatitos de punta mientras recuerdo a Marcel Duchamp con su 

Desnudo bajando una escalera y a esta chica violada y panzona que recojo como  

un buen samaritano pero yo no soy un buen samaritano tampoco un gánsters  

la noche no hace distingos a mi costado está el asesino de uniforme el coimero y   

el sátrapa Estas almas que me los llevo que me he puesto yo como una hernia en la 

cintura a 150 kilómetros por hora derritiéndome sin paradero fijo nocturnal con sus 

rostros agrandados por el viento y sus palpitaciones que remueven los asientos Los  

llevo a sus oikos al hoyo donde tal vez jamás los vea eso no importa eso no importa 

bajan y bajan y me estoy aliviando como si estuviera defecando y la canción de la Piaf 

me anuncia un nuevo día respiro la bruma amarro y flameo lo que queda de mi De este  

largo viaje que recién empieza o que termina miserablemente  

Me he ablandado cada viaje es una pérdida una nostalgia una dedicación a mis  

semejantes una profilaxia un desgaste amical una borrachera un beso esquivo una  

muerte un retrato goyesco de mi abuela una punzante compasión en el estómago 

Cada uno de mis miembros están solitarios solitarios como ensayando para cavar una  

zanja y rellenarlo con las facciones de una cara que no recuerdo  

Cada día es una enfermedad nueva y virulenta Y hay ganas de hachar y martillar 

los gladiolos de tu boca y hay ganas de quemar fotografiar mi desgano y hay ganas 

de ir al volante y hundirlo todo 

Leo Los adoradores del fondo del mar ¿Tendré algún fondo? Mi cabeza no puede  

alucinar hierve corruptamente por una mujer

Respiro nuevamente después de las 12 Respiro nuevamente sobre un paisaje en cero duchado como una piedra destilada   

Me arrimo al asiento toco el acelerador y jalo la palanca El mundo rueda sobre otros  

cuerpos como un bufido tenso me adentro en sus forros Ya no se que hacer la cuerda  

pandeada se estira como un láser en el ojo Y ninguna ave me recuerda haberla visto  

virgen desde una tanqueta que dispara 

Viajo irreversiblemente viajo 

¿Los muertos viajan viajan los muertos?  

 

Domingo de Ramos

DESNUDISMO DE ESPACIOS

DESNUDISMO DE ESPACIOS

A tus espacios abiertos

Que mis manos forjaron

Y que sólo la muerte los cerrará.  

I   

Este corazón es un verso incendiándose

En el cenicero de la casa  

 

II 

Es un desierto

De arenas de seda rojas

Destendidas   en   el   olvido 

De geografía de seda fruncida

Destendida en caderas cansadas de mujer fresca

Ya casi arruinadas por el tiempo

(Aunque la palma de mi mano abierta

Como el molde de su caricia curvada

                                                     Que fue alguna vez

Intente reconstruirlas desde el recuerdo) 

Es un desierto

Y en sus arenas están sepultados

Los cadáveres       de algunas    caricias

Que aún conservan la piel

Un desierto

Donde aún se escucha el eco

De una manada de gemidos

Galopando hacia el sur 

Un desierto

O una mano

O un corazón        

  

III 

Estoy aquí

Sentado en las mejillas húmedas del otoño

Y te necesito 

Sentado en un segundo de atrás

Que me quiere triste

Para no llegar a minuto

Sentado en una esperanza sin espaldar

Sentada también de esperar tanto  

Estoy aquí

Y te necesito    para necesitarme

Y te necesito    también para no necesitarme  

 

IV 

Hoy

En una banca cruzada de brazos

Sentada al pie del paisaje

Entre el silencio y tu nombre

Entre árboles

Alguna vez he deseado desmayarme

Y despertar tarde… 

Ayer

Una mano de caricias conocidas me despertó

Entonces…Otro silencio se despertó conmigo

Otras manos de viejo conmigo

Otros árboles

Pero conmigo tu nombre

-¡Mujer!

-¿Señor?…mi madre murió hace mucho mi vida

Al pie de otro paisaje

Entre el silencio y un nombre que aún no conozco

Seguramente esperándole

Entre árboles  

 

V 

Te he visto venir

Desnuda       de materia y espacio

Atravesando la mañana que nos separaba

Rajándola    sin querer    con la mirada 

Desnuda

Te parecías aquellas tardes de lluvia     sombrías

Soltadas de dios en algún otoño 

Te he visto venir

Arrastrando la mirada con aquel silencio pardo

Que traspasaba todas las cosas

Desnuda de mis manos       y sus avenidas desiertas

Desnuda de mi tristeza       y sus distancias

Desnuda hasta transparentársete el corazón

Y su leña incinerada aún humeante 

Te he visto venir

Arrastrando la mañana como la basta de tu desnudez 

Dejando el universo de tarde vacío de ti 

Te he visto venir

Atravesarme

Arrastrarme

Abriendo Espacios

VI

El amor es una mujer desnuda de espaldas pensando en ti

VII

Mi mujer es un pedazo de tierra

Sembrada de rosas

-si quiero-  

 

VIII 

Mientras la luna se desnuda

A las espaldas de una cordillera barbicana

Tú tormenta serrana Precipitada

Te desatas en gemidos y lágrimas

Y yo campesino de todas tus zonas

Desnudo      me dejo acariciar por tu lluvia menuda

Y danzo con mi quena

Al compás de tus relámpagos  

 

IX 

Que mi beso

Tarde o temprano caiga

De golpe o lentamente

-como más te guste-

Cruce las montañas       y caiga

Arrastrando huesos piedras caminos a mano

Al sur de la caída

Perpendicularmente

Abriendo espacios…  

 

X 

Yo

He abierto tus senos

Los he abierto para la mañana

(Y las ganas de cualquier hombre) 

Los he abierto para que entre aire

(Y no morirnos de calor)  

Yo

He decapitado tus senos

Para servirme la cerveza el agua y el pan húmedo 

Para el avance del geómetra el geógrafo y el historiador 

Yo

He decapitado tus senos

Para estar más cerca a tu corazón

  

 

Yosset Bermejo Villavicencio (24), ganador de los juegos Florales UNT 2003, con el poemario  Desnudismo de espacios y bajo el seudónimo de Nadi. Actualmente estudia lengua y literatura en la UNT, es Editor General de la revista Reflejos, Secretario de Organización de Eventos y Producciones Académicas Reflejos, miembro del Grupo de Estudios Lingüísticos y Literarios “Luís Hernán Ramírez” y ex miembro del grupo Propuesta Joven.  

 

CANTO VISCERAL

CANTO VISCERAL

MEMORIA DE NOLASCO  

Para Esther,

que vino a ver el mar.  

Cuando los indios llegaron al mar

mi cadáver se llenó de vida

legua y media al sur de Santa

estalló una luz en la llanura acribillando mi orfandad

nos quedaremos Cayetana

leña     aguada     corte     y pesca

el Colorado sabe

que en el monte de huarangos y la pampa

clama una voz mochica mitad silencio

                     mitad estertor.  

Era el sesenta

en nuestra celeste angustia

y a Pedro, Bartola y Francisca

se le adormecían los pies

de tanto pantano

junco y totora

llegará el día incandescente

en que los huanchaqueros y la ranchería

redescubran su vocación por la sal

dormirá el olvido

en el recodo inmemorial de las aguas

estallará el petardo

y llegará otro tiempo

se multiplicarán los alaridos en Chimbote

bendiciendo los junios

la luz de nuestras sienes

                                   ( extraviada )

se apagará la noche

en que los nudos de mi red contrita 

se desvanezcan infinitos

con el dolor de mi cuchara.  

El año en que los indios

alcanzaron mi reino

yo era pescador

nunca más reconocí el silencio

ni su respiración acompasada

desde entonces sólo supe

de anarquía y dinamita

granizada y fumarolas sobre mis leños

desde entonces empecé a vivir

                                            (de a pocos )

el ácido bemol

de nuestras muertes. 

  

 

ME PREGUNTO...   

aquí

cuando me falta el pan

el vino     la risa

la lluvia londinense

mi más excelsa agonía

me pregunto si no fui yo

el fundador de tu calle

el albañil de tu vereda

tu jardín     tu espejo

tu Jirón de la Unión

y tus árboles

hasta tu torpe vehemencia

me pregunto

                      ( exhausto

                      de tanto cansarme )

si no soy más el antihéroe

que desayuna en el mar

si tu cabello se ha tornado

por fin azul ante el sol

y se ha caído el último

vello sobre mi pecho

me pregunto

si tu llameante

e inextinguible incendio

aun me habita

o si deambula en mi busca

por la estación del tren

la avenida indiferencia

el corral quemado

o el más puto y luminoso

lupanar de mi ciudad. 

Chimbote, 21 de junio de 2006  

Augusto Rubio Acosta 

BLOOD & WORLD

BLOOD & WORLD

 

 

PUCCA (FUN LOVE)  

 

Cenizas en mi boca derraman la tristeza de mi polo
una foto en el poste y mi voz como danza rota
escondida en un cadáver a la moda.

Vacía estás como el abismo que se oculta en el sudor de tus manos
quemadas por la indiferencia de aquellos ojos desconocidos
donde no se puede llorar porque está prohibido mientras bailas
en esta discoteca.
Y deseas los bailes cortados con cuchillas eléctricas
mientras arrancan tu voz que grita en el silencio de un baño maloliente
perdidas lágrimas arañando tu cuerpo
perdidas entre la multitud de cadáveres improvisados llenos de sudor
mientras sus rostros desaparecen en un mar de eructos cerveceros
y disparos al aire.

Sonríe. Y detrás de ti
diluye las miradas en tu cara blanca y en tu piel garabateada
por las mismas sombras de donde escapas
y te mueves haciendo sueños
como un niño que hace una burbuja
y llora al estallar. Sonríe, porque tus dientes prueban el piso
mientras te mueves sin compasión
por la soledad de algún espejo, por las calles arremolinadas a un perfume
desasido por las formas que te invaden,
cuando de pronto te das cuenta
que tú también sientes frío
y que tus manos
están llenas de lágrimas rojas,
mientras te vuelves a convencer
que es tu sangre

tu sangre.

   

De: Anatomía de un Vacío

 

 

INICIO

Tus amigos te mirarán hasta morderte
el corazón
y entonces
oirás
la vieja melodía del destierro.
 John Lennon
en tu pecho
no morirá desangrado.
 Aves blancas en tu cuello
cuervos
canciones tiernas
como un instante en tu boca
sólo sueños en el jardín de las ausencias.
 Libertad
el inicio de un ojo que oscurece
las estrellas.
 

El amor
como una aventura
en el espejo ensangrentado.

  

(inédito)

 

 

  

Paolo Mario Astorga Requena (Lima- Perú 1987) es un joven poeta en el cual ya se pueden ver rasgos de una precoz madurez literaria. Es técnico en Diseño web y computación. Sus primeros poemas recogidos en libro aparecieron en una antología llamada: “Reflejos del Alma”. Es Creador y editor de la revista digital de creación literaria llamada Remolinos: www.remolinos.ar.gs Ha publicado sus poemas en innumerables páginas literarias como Encontrarte, Margen Cero, Serpoeta.com , Almaegen.net , tu Breve espacio y Oxigen, además de haber publicado también sus poemas y algunos artículos en el portal de Liceus, una revista literaria española. Es Creador y editor de la I Antología Digital de poesía “La Voz Del Mundo.”

INSÓLITAS FIGURAS

INSÓLITAS FIGURAS

A SORBITOS

Soplo
Soplo
Soplo para no quemarme la lengua

Soplo
Soplo
Tomo un té amo

Rico es
Rico es
Cuando un te amo
Se bebe caliente

La garganta aguanta
E l c o r a z ó n a s o r b i t o s m e l l e n a
  
     
AMOR ENTRE NEUMÁTICOS
  
El cielo y el infierno conspiran en tu piel como el caos y la belleza que nos gobierna; tu diabético azucarado morirá pronto. Busca una mirada en colisión por el espejo retrovisor. Busca y en su búsqueda le acaban de poner papeleta, todo ver tu falda verde y tus ojos ámbar. ¡Maldito trafico de piernas e insomnios titilan tú cabeza! No tuve tiempo de suicidar mis sentidos o fallecer. Yo me mato, me mato, ¡me maté!. Me pidieron Filtro de agua, de aceite, de gasolina, cambio de aceite, batería para el corazón del auto y hasta se me pinchó el neumático derecho delantero de mi risa. Pasé a molestia, mis dientes corretean en el asfalto, ¡maldita sea el día que se te ocurre pincharte! 7.30 a.m. es el ingreso al trabajo, fácil me ponen memorandum o quizás me boten finalmente del espacio, qué bonito se siente desfallecer, qué bonito, espera, acaba de sonreírme alguien por el espejo retrovisor, ¿serán tus ojos negros?, mira que necesito dos neumáticos para avanzar…  

 

Luis Boceli