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El Rincón del Diablo

De "Prosas Impúdicas"

De "Prosas Impúdicas"    

LA MASTURBACIÓN es un tabú que hasta ahora, en pleno siglo XXI, sigue vigente. El hecho de proporcionarse placer a sí mismo resulta tan censurable, como el rechazo que se pueda percibir frente al sexo entre ancianos. La voz maternal que amonestaba al niño para no tocarse las partes pudendas, por parecerle "cochino" o "pecaminoso", es solo la propia vergüenza que se manifiesta ante la comprobación de un cuerpo vivo y placentero salido de la misma sangre tras un acto familiar al masturbatorio.

 

 

 

 

LO DIVERTIDO que es dar de nalgadas mientras se hace el amor. Esta iniciativa tiene reacciones diversas, desde luego, pero todas finalmente se acoplan al juego sexual. El dolor, sumado al placer, no es una inclinación reciente, mucho menos excepcional, cuando vemos que de los encuentros corporales surgen cuellos chupeteados, espaldas arañadas, muñecas y tobillos enrojecidos, caderas adoloridas, piernas contusas, labios y pezones ensangrentados. La bofetada directa resulta exagerado, no así la paulatina estrangulación, viendo cómo el rostro se va amoratando hasta llegar al punto exacto en que se corta el aire, momento indicado para soltar las manos de la garganta y entonces la vuelta a la vida, el recuperar la respiración, es mucho más excitante que cualquier orgasmo convencional.

 

 

 

 

DE LAS TANTAS variantes a las que se puede echar mano, está la de la micción, para cuyo efecto es necesario buscar un sitio adecuado en el que la salpicadura no ocasione problemas. El chorro vertido sobre los senos resulta satisfactorio, siempre y cuando éstos sean receptivos a tan cálida fuente; pero lo que más estremece y produce hondas sensaciones es aquel que se dirige hacia el rostro, en una suerte de ducha celestial. También las damas pueden hacer lo propio, cuidando eso sí de acertar en el objetivo deseado. Después de tal experiencia, nunca más las cosas volverán a ser las mismas.

 

 

 

 

ES DIVERTIDO ver la cara de los que, sin ser mirones, sorprenden a una pareja en situaciones explícitas, en plena vía pública, cuando el deseo los urge a prescindir de una habitación. La vergüenza ya no cabe en los que son sorprendidos, tampoco el arrepentimiento (a menos que sean arrestados por actos contra el pudor), dejando al aire libre su cuota de exhibicionismo para estupefacción de los transeúntes. Esta atrevida exposición, sin embargo, no es estudiada, se da de modo imprevisto, aprovechando las sombras de la madrugada mientras se finge estar esperando el autobús o protegidos bajo los matorrales de algún jardín. La niebla que humedece los traseros no es óbice para soltarse a sus anchas, aun sabiendo que pueden ser descubiertos, ya que la adrenalina está justamente en eso, en hacerlo disimuladamente con el pálpito de estar siendo acechados por decenas de ojos.

 

 

 

 

LOS ESTUDIANTES de medicina están a salvo de cualquier impresión. En primer lugar, la sangre, pueden ver ríos de sangre sin inmutarse. Y como detrás de este líquido rojo hay por lo general heridos y, en muchos casos, muertos, los cadáveres les resultan muy familiares, más aún si trabajan en la morgue. Hay muertos y muertos, y en el afán por limpiarlos para hacer la autopsia respectiva, no es raro que se topen con unos jóvenes cuerpos femeninos que, no importando su condición, a más de uno le parezcan apetecibles. Pero solo unos cuantos, según me cuenta un amigo, se atreven a tirarse a la muerta. El resto, se conformará con acariciarla y meter mano como loco, antes de abrirla con un escalpelo en su fría labor diseccionadora.

 

 

Carlos Rengifo.

Del libro: "Prosas Impúdicas" (Hipocampo Editores, 2005).

 

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