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El Rincón del Diablo

BAJO LA SOMBRA DE LOS RELOJES

BAJO LA SOMBRA DE LOS RELOJES  

 

 

"En estos días en los que la muerte

es un adorno para la vida,

las horas del futuro se han venido al presente;

los relojes se han roto, o se los han robado"

 

Montserrat Álvarez

 

 

Mucho tiempo soñé y esperé este instante. Noche tras noche había soportado en habitaciones imaginarias tu rostro sonriente, mientras yo observaba la torre de cadáveres apilada en mitad de la avenida. Luego tus manos, gigantescas y monstruosas, se abalanzaban sobre aquella torre y la aplastaban, borrando toda huella de tus actos. Casi siempre despertaba asustada, ahogando un grito en la garganta o sudando a mares. Viví afectada por el miedo y la incertidumbre muchos años, incluso después de saber que mi vida ya no pendía de un hilo por tu causa. Ahora estás muerto. Lo esperé hace mucho tiempo. Miro a mi alrededor y observo que la noticia fue, sin duda, una gota de felicidad para la mayoría de la gente. Sé que muchos sufrieron lo que yo. Aunque hay quienes lloran tu muerte y salen a las calles a expresar una tristeza tan honda que sólo de verlos me da la impresión que han perdido un ser muy querido, como en los tiempos de muerte que tú cosechabas, como cuando mostrabas tus dientes al mundo y te creías el héroe de la película, indiferente al sufrimiento que tus manos provocaba. Debería estar como muchos, festejando y alegrándome de tu partida repentina, pero algo me contiene. Lo sé, sé perfectamente cuánto daño me has hecho, a mí y a las personas que más he amado. Mi padre y mis hermanos nunca apoyaron tu forma de manejar las cosas, se negaron a ser tus marionetas, se rebelaron como todo ser humano que posee algo de dignidad en su interior. Ellos estuvieron en aquel estadio donde tú y tus tropas irrumpieron violentamente para acabar con todos a balazos. Yo amaba a mis hermanos, a mi padre, amaba las sonrisas y sus gestos de amor conmigo, sus cálidos abrazos, sus caricias desmedidas. Los amaba, y tú te encargaste de borrar para siempre el fulgor de sus ojos negros. Ellos estuvieron ahí, en aquel estadio, y te miraron, desafiantes, a tus ojos de hielo, cuando tus soldados les apuntaron con sus armas y mancharon con su sangre las paredes y la verde hierba. Desde aquel momento te odié como nunca antes lo había hecho, por muchos años, y esperaba una oportunidad para tomar venganza por mis propias manos. Ahora estás muerto, y me encuentro frente a frente contigo. Me tuve que poner mi mejor vestido negro para acudir a este camposanto donde en unos minutos te enterrarán, con todos los honores de un comandante militar que cobró muchas vidas en su dictadura. Estoy aquí, observando tu féretro, silenciosa, sin saber qué hacer. Debería escupir sobre tu tumba, imaginar que te veo a los ojos, al interior de tus pupilas, y te grito: "¡Perro! ¡Eso es lo que te mereces!" Eso y más, tal vez, porque para muchos es poco el castigo que te ha tocado en esta vida, luego de tanta maldad acumulada en nuestras retinas, en los relojes fracturados. Debería hacerlo, pero ahora que estoy frente a ti -los ojos desorbitados, el semblante adusto-, y los recuerdos de mi silueta blanca en el hospital cerrando la válvula de oxígeno que te mantenía con vida me acechan lentamente, apuntándome con su acusador dedo, no puedo más que lanzar un suspiro profundo, y decirte en voz baja, como hablando conmigo misma: te perdono, Augusto, somos seres humanos, y todos cometemos errores.

 

Christian Ahumada Heredia 

Chimbote, 16 de diciembre del 2006.     

   

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