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El Rincón del Diablo

EL AIRE ANGUSTIADO EN LOS ALREDEDORES DEL MERCADO MODELO

EL AIRE ANGUSTIADO EN LOS ALREDEDORES DEL MERCADO MODELO

Por: Danny Harley

En una novela de Saramago, Premio Nóbel de Literatura, un personaje conversa con el techo de su habitación, convirtiéndose éste, a su vez, también en todo un personaje; lo mismo me parece que es el aire alrededor del Mercado Modelo, que tiene una personalidad propia, es de un carácter angustiado, hiriente, crispado, erizado, funesto, pero al mismo tiempo confidencial y amigable con todo tipo de seres que deambulan por allí y que le cuentan sus penurias, como los vendedores ambulantes de ojos atravesados por la desesperación de vender poco o no vender nada, los locos en pelotas, los mendigos profesionalizados, las prostitutas desdentadas, los desocupados timberos, los taxistas semi asaltantes, los pandilleros terokaleros, los vigilantes que no vigilan nada, las vendedoras de juguerías y las chicas que te jalan con su voz sensualona a que comas ceviche, anticucho, mazamorra, pescado frito o chifa en el puesto que las contrata por unos pocos soles diarios. El aire angustiado y angustiante también forma parte de los que se arremolinan en torno a los desquiciantes kioscos de periódicos de la esquina a leer las novedades macabras del infierno urbano y comparten los pasos de los drogadictos que atraviesan la calle Manuel Ruiz presurosos para trepar el muro de la cuesta de Chile y en ese pampón dar rienda suelta a su éxtasis y tragedia. Es como el aire de la peste, que contagia a todo el mundo que se acerca; en este caso el aire irradia su angustia, su nerviosismo, su inestabilidad, su precariedad, su no saber qué va a pasar dentro de unos minutos, unas horas o el día de mañana.

El que pasa por los alrededores del Mercado Modelo y huele este aire tiene, sino la vida, al menos el día destruido, lleno de quejas, ayes y lamentos. Cada vez que cruzo esta parte del centro de Chimbote siento que la vida no vale nada, quiero meterme un tiro de diazepanes azules o unas cuantas cervezas heladas adentro como un río sedándome las venas. Siento que soy jalado por manos esqueléticas que quieren convertirme en uno más de los fantasmas que habitan este tugurio peruano de la esquizofrenia y el comercio informal, con olor a basura y a chancho frito, a perfume barato de hermosas chicas que pasan a veces contoneando el altar femenino de sus cuerpos, oliendo a fondo el humo de las fábricas pesqueras del barrio Miramar que hasta aquí llegan; humo que a su vez es un canto quejumbroso de los explotados.

He visto en los alrededores del Mercado Modelo, entre Ruiz, Espinar, Leoncio Prado y Gálvez que son, en esas cuadras, pantanos o ríos negros en llamas invisibles, a niños abandonados llorando desconsoladamente, que me han llevado a sentarme un poco más allá a llorar interiormente como ellos. Y cuando me he sentado a comer cualquier cosa en uno de los puestos, niños y niñas, hombres y mujeres con los rostros aterrados por la dulzura de la muerte que les ronda, pidiéndome que les deje un poco de sobras en el plato para que lo coman ellos. Y todo con la música de fondo de la chicha, el huayno, la salsa y el reggae que tocan furibundamente los vendedores de CDs piratas, como himnos para el fin del mundo, acompañados de las letanías de algunos evangélicos clamando contra los pecadores y el payaso que hace piruetas por una propina, el político que recolecta firmas para su candidatura y nuevamente una bella chica pasando como un ángel al que todos estiramos los ojos como un cuerda verde a la salvación efímera.

Año tras año, día tras día, varias veces al día, varias veces cada hora, por motivos de realizar trámites, dirigirme a mi trabajo, a las imprentas, a las oficinas o simplemente caminando por caminar, hablando solo por estos caminos urbanos que no conducen más que al desencanto y a la tristeza sin fondo de la indiferencia y la ingratitud del ser humano hacia el ser humano, tengo la cruz más pesada de la vida, que es volver una y otra vez a cruzar los alrededores del Mercado Modelo y oler hasta desangrarme la nariz con su aire de jardines pudriéndose en los antiguos pantanos que están bajo sus cimientos, donde quizás nunca debió erigirse esta ciudad hace 100 años.

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