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El Rincón del Diablo

Atrayéndote con mi Canto

Atrayéndote con mi Canto  

El manso oleaje golpea suavemente el peñasco en el que mi cuerpo reposa. Refrescantes y tenues gotitas me salpican como lluviamarina el rostro, los pechos. A mi derecha se encuentra, majestuosa, la Isla Blanca. Al otro lado, el Cerro de la Paz, con su enorme cruz en la cima, enmudece ante el eco de mi canto invisible.

El pausado movimiento de las olas atrae tu lancha hacia mí, Edmundo. Tus ojos examinan con inquietud el horizonte. Piensas, observándolo, sobre el origen de ese extraño sonido que percibes y que los demás pescadores desconocen. Este canto está dedicado para las olas y para ti, Edmundo. Sólo tú sabes que te estoy atrayendo con mi canto. No, amor, no estás loco, mucho menos dormido. Mi voz es real, ¿la percibes? Óyela, siente cómo las notas exhaladas por mi garganta hacen hervir tu sangre. Todo lo que ves aquí es real. El rumor del mar, las aves chillando en el aire buscando alimento, las redes repletas de peces que tú subes a cubierta con la ayuda de tus compañeros, las miles de lanchas que ocupan el mar, todo es parte de nuestra naturaleza, Edmundo. Lo imprescindible ahora es que me encuentres, que sepas que existo, que mis brazos hace mucho esperan tu llegada, que no soy sólo producto de tu imaginación, que no soy una fantasía. ¿Quieres saberlo? ¿Quieres sentir ese efervescente placer que guardo hace muchos, muchísimos océanos? Llega hasta mi cuerpo que en silencio te espera, y desgaja uno a uno sus innumerables secretos (Beberás de mis aguas, te sumergirás en ellas, te enredarás en mi musgo, fusionarás tu cálida esencia con mi cuerpo ávido y azul). Es hora que sigas mi canto y llegues a mis brazos vehementes. Tienes que descubrir mi apartado refugio, debes hacerlo, amor mío... Abre tus sentidos... Búscame...

Mis pensamientos parecen alcanzarte, transportados por el viento. Puedo apreciar tus movimientos rígidos, tu perturbación notoria. Acercas la embarcación hacia donde me encuentro, ansiosa de ti, de envolverte con mis helechos marinos. El oleaje golpea la proa. Estás maniobrando el timón, buscándome desesperadamente con los ojos. Echo un vistazo a cubierta, y descubro a varios de tus compañeros que también hacen lo mismo, entre asustados y emocionados. ¿También ellos logran escuchar mis canciones? Es extraño, siempre creí que eras tú el único que conseguía hacerlo. Si te cantaba para ti, para atraerte a mi diminuta isla: mi hechizo sólo surtía efecto en tus oídos, en tu mente. ¿Por qué ellos, entonces? ¿Por qué?

Logras avizorarme, al fin, Edmundo. Me miras desde donde estás, fascinado, con una graciosa mueca en el rostro, observando con curiosidad cada una de mis formas. Pero no puedo quedarme, no con tanta gente al acecho. Ya te dejé contemplar mi figura envuelta en nubes de espuma, y no permitiré que nadie más me descubra. ¡De ningún modo! Rápidamente giro el cuerpo, doy un salto, y me sumerjo en las aguas del mar, moviéndome al ritmo del suave oleaje y percibiendo las delgadas voces de los pescadores que se diluían en la atmósfera. Sé que apenas habrán logrado ver, como sucede a menudo, cual si fuera un espejismo nadando en la bruma, mi enorme cola de pez.

 

Esteban Couto

 

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