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El Rincón del Diablo

Extraña Primavera

Extraña Primavera

 

Estamos en primavera y yo debía sentirme feliz. Siempre me ha gustado esta estación en particular, pero me encuentro ante un dilema que borra la alegría de ese renacer de la naturaleza. Ante mis ojos, Melisa se metió por el cable del teléfono y desapareció. Unos minutos antes había respondido una llamada, y unos minutos más atrás al fin nos habíamos encontrado después de pedirle reiteradas veces una oportunidad para explicar mi conducta de aquella noche junto a Lola.

Acudí a la cita, en su casa, pensando borrar el pésimo recuerdo. Era el Día de la Primavera y pensé que todo obraba a mi favor: iba a invitarla a la celebración en el Rosedal. Habría mucha gente, lo suponía, pero allí, en el Rosedal, le había declarado mi amor a fin de año: revivir aquellos instantes podía allanarme el camino hacia la confianza. Pero Melisa me recibió con un amistoso beso, me dijo que no había nada que explicar, que no me preocupara, y me hundió: supe que no iba a ser fácil borrar su indiferencia.

Su mirada era distinta y declinó el paseo por el Rosedal, mientras acariciaba una rosa. Miré con recelo el hermoso ramo de rosas en su florero favorito. Fuese quien fuese quien le obsequió las flores, era alguien muy interesado en agradar. Melisa estaba como hipnotizada junto al florero acariciando la flor, alejada de mis ansiedades. Traté de llevar la conversación hacia el punto que me interesaba y mencioné a Lola. Su querida prima Lola. En el momento en que iba a decirle tajantemente que entre Lola y yo no había nada, sonó el teléfono. El aparato se encuentra en la misma mesa del florero, y, por la forma en que Melisa hablaba -los ojos le brillaban endemoniadamente-, era evidente que estaba encantada de recibir la llamada.

Aquella conversación parecía no tener fin y comencé a sentir un impulso siniestro hacia el hombre que me robaba su atención. Era un hombre, sin dudas. Solamente hablando con un hombre, una mujer se comporta así, como hacía Melisa. Le pedí que dejara de atenderlo y escuchara lo que yo necesitaba decirle. Sonriente, me regañó con un gesto de la mano y siguió conversando. Insistí con mis reclamos y tironeé del cable, sentí una vibración rara: ella se quedó mirándome muy seria y fría, pero sobre todo, muy distante. Y juro que desapareció por el cable telefónico. En ese mismo instante en que su mirada me helaba.

Durante largo rato el cable quedó colgando de mis manos, con una indiferencia atormentadora. El cable quemaba mis manos y mi mente se resistía a procesar los hechos. Yo sentía frío.

 

La policía no me cree y me abruman las horas de interrogatorio. Quieren que confiese dónde está el cadáver, cómo la maté y por qué. Sigo diciendo que ella estaba hablando con alguien, seguramente un hombre, juro que hablaba muy entusiasmada y que yo le pedí que cortara la comunicación, y ella me miró y desapareció. Así, sencillamente: se fue por el cable del teléfono. Una y otra vez he explicado que agarré el tubo y no escuché nada. Estaba muy nervioso, con frío, y colgué, y estuve horas esperando que sonara el aparato con la esperanza de que fuera ella. Pero nadie llamó y Melisa no regresó. La policía dice que en esa casa nunca hubo teléfono. Lola, la prima, lo corrobora, y para complicar más mi situación, Lola afirma que nunca me ha visto y que su prima jamás le habló de un hombre llamado como yo.

Con aprensión sé que la policía remueve cielo y tierra buscando datos que echen una luz sobre mi persona. No encuentran nada, absolutamente nada, y comienza a preocuparme una idea: que sin Melisa no existo. Primavera más cruel ni en pesadillas.

 

Rosa Elvira Peláez

Buenos Aires, 2002.

(Del libro inédito La danza de los locos y otras historias en la yema de los dedos).

 

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