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El Rincón del Diablo

Crucifixión

Crucifixión Me duelen las muñecas, los brazos, las costillas… parece que mi cuerpo se hará añicos en cualquier momento y nadie va a hacer nada para impedirlo. El cansancio de llevar más tiempo del que puedo calcular aquí en suspensión hace que mis ojos, agotados, comiencen a cerrarse para dar paso a la oscuridad y el silencio en este lugar dejado de la mano de Dios. Todo parece que se calma… el dolor ya ha sobrepasado los límites de mi humanidad y apenas se siente. La oscuridad ya se ha hecho perpetua, no sé si porque ya no puedo abrir los ojos o porque la noche ha caído sin apenas yo notarlo, y calma algo la desesperación que siento por volver a posicionar mis extremidades en la tierra. Unos golpes sordos me despiertan de un tormentoso sueño… están cortando madera y hundiendo clavos en ella… la pena invade por un momento mi atormentado corazón, ya que eso significa que alguien más va a sufrir lo que yo estoy sufriendo. Unas pequeñas lágrimas recorren mi amoratado rostro al pensar en mi compañera de tormentos. Intento enfocar mi vista a los lados, pero lo veo todo demasiado borroso y tan solo distingo sombras. Un aullido de dolor me congela la sangre… es una mujer joven la que está siendo torturada y esos gritos desgarradores tan solo pueden significar una cosa: que le han incrustado el primer clavo. Tras dos aullidos más el silencio vuelve a invadir el camino en el que estamos. Algo me golpea las costillas: una mueca de dolor recorre mi faz. Un fornido hombre me ha lanzado un puñal, rasgando mi piel en una línea rojiza y chorreante. Escucho unas apagadas risotadas a mi alrededor, y otro puñal atraviesa el aire clavándose en mi brazo. Una inesperada furia recorre mis entrañas y recupero algo de visión intentando desfibrarme de las cuerdas que me sujetan a la madera, pero solo consigo dañarme más las muñecas, que empiezan a sangrar de nuevo. Con horror veo como el hombre del primer puñal se acerca con un enorme martillo, y con una despreciable sonrisa blande ese instrumento para estamparlo en mis piernas. Un sordo crujido me ensordece por un momento… me ha roto las piernas y el dolor es aún peor de lo acumulado. La cabeza ya no me responde bien… las risas de esos hombres cada vez se hacen más lejanas y poco a poco una suave brisa me recorre el cuerpo elevándome por encima de todo. Veo mi propio cuerpo inerte bajo mis transparentes pies y opto por no permitir que a mi compañera de tormentos le hagan lo mismo, así que flotando ligeramente atenazo su cuerpo, la despojo de su alma, y nos dejamos llevar por esa suave corriente de aire hasta la inmensidad. Queda en mis oídos, por último, un breve “gracias” de mi compañera, como una secuencia de voces, antes de tormento, ahora de paz. 

Silvia Calmet 

 
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