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El Rincón del Diablo

Otra narración vivencial del 2004

Otra narración vivencial del 2004  

Llovizna


La nieve empieza a discurrirse en las alturas y cae la llovizna como queriendo pronunciar una caricia en los techos de olvidados campamentos. Es otro amanecer en las frías minas de la Lima serrana, aquella oculta y añeja que acoge la vida, una vida que enfrentó un medio hostil y se forjó a tientas en abruptos peñascos, donde el hombre se permitió respirar en pulmones colosales.
Aquí el tiempo para los mineros es un anciano de lento andar y el viento helado es quien da la típica sequedad a la piel de las mejillas y los labios. Hay obreros que llegan traídos de sus pueblos para trabajar con la promesa de "aquí estarás mejor", felices ellos miran la vivienda en que residirán.
Para permanecer aquí hay que soportar la altura de 4500 m. s. n. m. El campamento minero se encuentra en la región noreste del departamento de Lima, próximo a la cadena de los andes.
Al medio día, cuando los obreros descansan, se oye el ruido de la sirena de salida y pasan entonces ellos riendo, bromeando o escupiendo blasfemias sobre el nombre de algún capataz. Cansados se oyen las pisadas de sus botas haciendo un sonido grave en la nieve. Luego aparecen los hijos de los mineros, los mineritos como las mujeres cariñosamente los llaman, también ayudan a sus padres dentro del socavón a seleccionar el mineral, llevan manos y mejillas rojas como sello innegable de aquel trabajo.
Y es que para los habitantes de esta tierra la vida es una monotonía cotidiana, un ir y venir casi mecánico. La mina, un monstruo de óxido y humo, va royendo lentamente los pulmones de los seres.
Cuando cae la noche, el cuello del día; los hombres cansados, no solo los buenos ni malos, vuelven a sus hogares, mientras otros se reúnen a beber alcohol con los compañeros y buscan pelea. Pero hay aquel que regresa luego de beber, entonces golpea a la mujer y los hijos, golpea duro en la nieve y lanza insultos (cuantos pueda). La madre llora y sangra, no se queja, eso aprendió de una crianza arcaica, la sumisión como fruto del constante castigo.
Afuera hay presión, todo corre en ritmo acelerado como la saliva mezclada con la hoja de coca en sus gargantas. Así pasan los días en el campamento olvidado y la llovizna vuelve a caer, ahora en la faz de la madre golpeada.

Galia Gálvez Retamozo
18 Marzo, 2004

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